Capítulo 5: porque era suya

Era incapaz de concentrarse en clase. Volver al instituto el lunes no podría haber resultado más frustrante. Los lunes siempre eran difíciles, por supuesto, aunque lo eran más desde que eso suponía pasar menos tiempo con Inuyasha durante cinco terribles días. El fin de semana fue maravilloso. El viernes por la noche, Inuyasha le hizo el amor de nuevo a las dos de la mañana y, por la mañana, se duchó con ella si a aquello se le podía considerar una mera ducha. Tuvieron que separarse durante unas horas, ya que ella debía hacer acto de presencia en su casa. Más tarde, se reencontraron en la ciudad y pasaron la tarde con Kamui. Por la noche, se quedó a dormir allí de nuevo aunque, dormir precisamente, fue lo que menos hizo. Regresó a su casa el día anterior por la tarde para continuar con su vida de estudiante.

De lunes a viernes solo se podían ver por las tardes, cuando ella cuidaba de Kamui. Tenían la opción de escabullirse unos minutos, tal vez media hora para estar a solas, pero con el cuidado de no alertar a Kamui. Otra pega era que no podía quedarse a dormir en su casa en tantas ocasiones como a ella le gustaría si no quería que sus padres sospechasen. Para ellos, trabajaba de lunes a viernes por la tarde y se quedaba a dormir en casos excepcionales. Cuando saliera por las tardes los fines de semana, tendría que mentir diciendo que salía con sus amigas, al igual que hizo el viernes anterior.

No había palabras en su vocabulario para definir cómo se sintió la primera vez que Inuyasha le hizo el amor y cómo continuó sintiéndose. Dolió unos instantes, mas eso era algo físico, nada más. Su espíritu se elevó a otro nivel más allá de lo meramente terrenal. Alcanzó las estrellas, pudo tocarlas y caminar bajo su manto. Por un momento, vio el mundo desvanecerse a su alrededor e Inuyasha se convirtió en su único soporte vital, en su alma gemela. Lo amaba a tal nivel que ni siquiera podía expresarlo. Si eso no era amor, no podía ni especular sobre qué lo sería.

Estaba en la inopia. Sus amigas se lo dijeron en varias ocasiones a lo largo del día hasta que terminó por sentirse avergonzada.

— ¿Me estás escuchando Kagome?

Yuka chasqueó los dedos frente a ella, intentando captar su atención tras una soporífera clase de ciencias naturales en la que se resguardó en su mundo secreto. Se sobresaltó por el gesto, consciente de su estado de ensimismamiento y respiró hondo. Yuka siempre fue la voz cantante del grupo de amigas. Si había algo que a las demás le causaba vergüenza o pavor, allí estaba Yuka para tirar hacia adelante como un toro encabritado.

— Y-Yo…

— ¿Se puede saber qué te sucede hoy?

— Pues…

— A lo mejor está pensando en un chico. — insinuó Eri.

Erika o Eri, como la llamaban cariñosamente, estaba obsesionada con los chicos desde parvulario. No era una obsesión enfermiza o perversa, ni una revolución de hormonas. Simplemente, creía que todo estaba relacionado con los chicos. Por primera vez, dio en el clavo.

— Chicas, no seáis tan picajosas. Kagome no ha debido dormir muy bien hoy, seguro que está cansada.

Ayumi siempre fue la voz conciliadora del grupo. Si Yuka provocaba la guerra, Ayumi declaraba la paz. Siempre sabía qué decir, cómo decirlo y en qué momento. Tenía mucha empatía con la gente que la rodeaba. Seguro que sería una gran psicóloga, tal y como ella deseaba. Su aspecto sereno y calmado también aportaba grandes facultades para ese propósito. Siempre estaba impecable, ni un solo cabello se escapa de la presión del pasador con el que lo recogía en la coronilla y eso que el cabello de su amiga era aún más rizado que el suyo. Su mirada color azul agua marina aportaba mucha paz y siempre tenía una sonrisa para todo el mundo.

— ¿Te vienes al prado a comer?

— ¿A comer? — de repente se fijó en los otros alumnos levantándose de sus asientos— ¿Ya es la hora de comer?

— Tierra llamando a Kagome. — Yuka señaló el reloj sobre la pizarra electrónica — Las dos. ¿Acaso quieres soporta otra chapa sobre los excrementos fósiles?

En absoluto. En lugar de escoger platos cocinados y calientes de comida, escogieron bocadillos para llevárselos al prado, donde muchos estudiantes como ellas aprovechaban ese día soleado y cálido tan poco habitual a finales de octubre. Utilizaron servilletas de papel para no sentarse directamente sobre el prado y se sentaron formando un corro entre las cuatro.

— Y bien, ¿con quién estuviste el viernes?

La verdad era que Yuka estaba tardando en preguntárselo.

— Con un chico, por supuesto. — añadió Eri.

Se encogió de hombros con las mejillas sonrojadas. No podía hablarles de Inuyasha, corría un gran riesgo haciéndolo aunque fueran sus mejores amigas. Tampoco podía usar de cabeza de turco a otro chico del instituto por si se les ocurría preguntarle. Solo podía mentir.

— No es nadie que conozcáis… — jugueteó con el bocadillo entre sus manos — Es un chico de mi barrio.

— ¿Es pobre?

— ¡Yuka! — la amonestó Ayumi — Eso no tiene ninguna importancia. Lo importante es que sepa apreciar lo valiosa que es Kagome.

Ayumi siempre le hacía sentirse mucho mejor. En verdad tenía un don para hablar con las personas. Por otra parte, Inuyasha no era pobre, en absoluto. No obstante, eso a ella no le importaba. Quería un hombre al que amar y que la amara al mismo tiempo, un hombre con el que compartir su vida, formar una familia. No pedía nada extraño, ¿no?

— Y, lo más importante, ¿lo hicisteis?

Tan directa como de costumbre. Yuka tenía que dedicarse al periodismo con esa agresividad natural. Además, su aspecto se parecía al de las reporteras que se veían por televisión. El corte serio de media melena, los ojos castaños a juego con el color de su cabello y el rostro de líneas rectas y definidas era perfecto para la televisión y para amedrentar a algún famoso. En realidad, no estaba segura de si le pegaría más el telediario o un programa de prensa amarilla.

— ¿Me está ignorando a propósito o es que ha regresado a la luna?

Un poco de cada una. No era una pregunta a la que deseara contestar a decir verdad. Intentó echarse atrás, incitarla a que cambiara de tema, pero Yuka no lo iba a dejar pasar. Finalmente, fue Ayumi quien la descubrió.

— ¡Sí que lo has hecho!

Entonces, se inició una batería de preguntas por parte de las tres que casi la tiró de espaldas al suelo. No podía contestar a todo eso, no se sentía cómoda.

— Veréis…

— ¿Y de qué marca eran sus calzoncillos?

Todas se volvieron hacia Eri, anonadas por su extraña pregunta. ¿Qué importancia tenía eso?

— ¿Qué? — se quejó — Cada una pregunta lo que quiera.

Eri era tan extravagante como la mismísima Lady Gaga cuando se lo proponía. Su estilismo fuera del instituto hacía que la gente se volviera en la calle. Su obsesión por los chicos nunca dejaba de sorprenderlas. Saber lo que Eri pensaba era absolutamente imposible. Nunca acertaban. En determinadas situaciones como aquella, cuando "leerle" la mente debiera ser pan comido, ella siempre despuntaba. Le pareció que podría vivir de esa parte de su carácter. Ya imaginaba a Eri con su propia marca de moda. Entonces, ya liberada del yugo de sus padres, quienes hacían cuanto podían por cuartar su extravagante forma de ser, seguro que se teñiría su media melena morena de algún color impactante o de varios, se haría un corte de pelo menos tradicional, se haría las manicuras más llamativas e incluso tatuajes en su tez blanca.

— Dinos, ¿cómo fue?

No iban a dejar el tema. Por suerte, un repentino chaparrón, que empapó a todos los alumnos que estaban comiendo en el prado inmediatamente, la salvó. ¿De dónde procedía ese nubarrón tan negro? Unos instantes antes, el cielo estaba soleado y azul, sin una sola nube. Nadie pudo predecir lo que iba a suceder. Corrieron hacia el vestíbulo más por costumbre que por evitar mojarse, ya que todos estaban empapados. Una vez allí, contemplaron el cielo ennegrecido con sorpresa.

Se quitó la americana y la corbata al llegar a clase y las colocó sobre la calefacción como otros tantos alumnos. La camisa estaba helada y se transparentaba. Deseó tener un recambio de ropa como algún otro alumno. Tomó asiento y se encogió tímidamente, temerosa ante la idea de que algún chico se le quedara mirando. Justo un maldito sujetador de color rojo. Tenía tantas ganas de impresionar a Inuyasha con lencería adulta que a lo mejor no lo pensó bien.

A la hora de salir, su americana y su corbata estaban secas. Se dirigió al cuarto de baño e hizo el cambio. Se quitó la camisa empapada con alivio y palpó el sujetador empapado. Podría quitárselo. A partir de ahí, solo iba a ir a casa de Inuyasha y seguro que no le importaría que no usara sujetador. Nadie la vería. Decidida, se quitó el sujetador también y se puso la americana. El escote en v era más de lo que hubiera deseado en esos momentos. Por suerte, podría secar el resto de su ropa en casa de Inuyasha.

Recogió una bolsa en secretaría antes de marcharse para guardar la ropa mojada.

— ¡Hola, preciosa!

— ¿Eh?

Se giró emocionada al oír ese apelativo con el que Inuyasha parecía haberla bautizado. ¿Había ido a buscarla? Lamentablemente, al volverse se percató de que aquel era Bankotsu Shichinintai, el capitán del equipo de baloncesto, no Inuyasha. Deseó que no se le hubiera notado demasiado la decepción en la cara. Tampoco deseaba herir sus sentimientos. Bankotsu era guapo, muy guapo, aunque no fuera su tipo. Su altura era la esperada para un jugador de baloncesto y más que musculoso diría que era fibroso, como acostumbraban a ser los jugadores de baloncesto. Su cabello negro era muy largo y siempre estaba recogido en una trenza que le llegaba hasta la cintura. Estaba tan bronceado que parecía un surfista profesional. Con esos ojos azules suyos y esa sonrisa tan encantadora, seguro que conquistaría a cualquier chica. Menos a ella, claro. A ella ya la había conquistado otro hombre.

— Hola, Bankotsu.

— ¿Vamos juntos al gimnasio?

— ¿Al gimnasio? — notó cómo se le encendía una bombilla en la cabeza — ¡Dios mío!

— No me lo digas. — sonrió — Se te había olvidado.

— Por completo.

— No pasa nada porque te despistes un día.

— No, las eliminatorias empiezan en un par de semanas. ¡No puedo faltar a los ensayos!

Sin darle una sola explicación, salió corriendo hacia el patio en busca de Inuyasha para darle una explicación. Odiaba que los entrenamientos le quitaron tiempo junto a él, pero necesitaba ese complemento. Las universidades decentes tenían en cuenta las actividades extraescolares y a ella le gustaba ser animadora. Se prometió que no le quitaría demasiado tiempo. Después, podía coger el metro o un autobús hacia el apartamento de Inuyasha.

Salió bajo la lluvia sin más remedio. A lo lejos pudo ver la silueta difuminada de Inuyasha bajo un paraguas. La estaba esperando, convencido, probablemente, de que ella era una chica precavida que guardaba un paraguas plegable en la cartera del instituto. A partir de entonces, sin duda alguna, lo haría. A medida que se iba a cercando, Inuyasha empezó a avanzar hacia ella, percatándose de que era ella. Se encontraron a medio camino, bajo su paraguas.

— ¡Estás empapada! — exclamó sin poder dejar de fijarse en su atuendo — ¿Dónde está la otra mitad de tu uniforme?

— Es una larga historia… — musitó antes de ponerse a coger aire tras la carrera.

— Vamos al coche, Kamui nos espera y necesitas secarte.

— ¡No, espera! — lo detuvo — Tengo entrenamiento del equipo de animadoras, lo olvidé por completo.

— Pero si no tienes la ropa...

— La tengo en la taquilla, en el gimnasio. — agachó la cabeza, avergonzada — Siento no haberte avisado. Me has estado esperando…

— No pasa nada, preciosa. — le colocó bien el cabello mojado — ¿A qué hora terminas para venir a recogerte?

— Normalmente dura una hora, pero, ahora que empieza la temporada, podría alargarse. — reconoció — Cogeré el metro cuando acabe para ir a tu casa.

— ¿Tu sola hasta mi casa con este tiempo y en ese estado? ¡Ni de coña!

— Pe-Pero...

— Nada de peros. Dejaré a Kamui entretenido y vendré a recogerte. — decidió — Además, me apetece verte bailar.

La respuesta de Inuyasha le hizo sentir reconfortada. No estaba acostumbrada a que alguien ajeno a su familia cuidara de ella. Era una sensación de lo más agradable. Encantada, le tendió su cartera para que se la llevara en ese viaje y regresó corriendo al instituto.

Inuyasha llegó cuando solo les faltaba ensayar un par de veces más la coreografía según lo que habían acordado. Se dirigió en silencio hacia las gradas, tomó asiento y la saludó con una sonrisa. Sin saltarse la coreografía, se las ingenió para devolverle el saludo y le sonrió también. Quería hacerlo bien porque él la iba a estar mirando, pero, al contrario de lo que ella deseaba, empezó a equivocarse en los pasos. Tener a Inuyasha allí, mirándola tan atentamente, la puso nerviosa. Quería la perfección, lo que la llevó a más de un traspiés o desfase de tiempo en el ritmo.

— ¡Kagome! — la llamó la jefa del equipo de animadoras — ¡No haces más que equivocarte! No puedes bailar así el día del partido.

— Lo siento mucho, Rika. — musitó encogiéndose de hombros — No volveré a equivocarme.

— Eso espero, Kagome. — suspiró — Es mejor que hoy te sitúes la última del grupo o provocarás un accidente.

— Sí… — aceptó con un nudo en el estómago.

Ojalá Inuyasha no hubiera presenciado aquella escena tan humillante. Su afán de impresionarlo la había llevado al fracaso frente a sus narices. Encima, Rika nunca fue demasiado agradable con ella, su relación era tirante. Tenía muy claro que si era animadora, no era gracias a Rika; era porque fue admitida cuando la jefa era otra chica que ya se había graduado.

Inuyasha observó furioso la escena. Kagome lo estaba haciendo fenomenal. Tuvo algún traspié, vale, ¿y quién no lo tendría con una coreografía tan rápida y dinámica? Además, estaba seguro de que fue su presencia lo que la puso nerviosa. Él también había temblado cuando sus padres vieron sus primeros juicios. Era normal sentirse así. No obstante, la reprimenda de esa otra chica que supuso que sería la jefa de animadoras le molestó en lo más hondo de su ser. Allí había algo más, no era solo por eso. Decidió que después del entrenamiento lo averiguaría y se aseguraría de que jamás volviera a molestarla.

En la siguiente repetición, Kagome lo hizo perfecto, sin un solo fallo y mucho mejor que aquella que desmerecidamente se hacía llamar la jefa de animadoras. ¿Por qué demonios no era Kagome la jefa de animadoras? Tenía el físico y la habilidad necesaria para serlo. Cada vez más enfadado, esperó a que Kagome se dirigiera hacia los vestuarios y siguió a Rika, quien salió la última tras darle lo que parecía el parte del día al entrenador del equipo de baloncesto, quien, probablemente, también se responsabilizaría de ellas.

Al salir tras ella del gimnasio, vio a Kagome hablando con el capitán del equipo de baloncesto, aquel que la asaltó en otra ocasión frente a él. Apretó los puños enfadado y no fue el único que lo hizo. Rika se comportó exactamente igual que él antes de dirigirse hacia unos árboles, intentando evitarlos. ¡Entonces era eso! ¿Cómo no se le ocurrió antes que estaba celosa?

— Eres Rika, ¿no?

— ¿Eh? — se giró abruptamente al escuchar la voz desconocida a su espalda — Sí, ¿quién es usted?

— Soy, digamos, el protector de Kagome. — improvisó acercándose a ella.

— ¿El protector de Kagome?

— Si sabes lo que te conviene, no volverás a fastidiar a mi chica.


Kagome lo esperaba en el vestíbulo con su uniforme al completo colocado media hora después.

— ¡Ven aquí, preciosa! — le pasó un brazo sobre los hombros — ¿Por qué ahora llevas todo el uniforme?

— Estaba mojado… — admitió — La lluvia nos pilló por sorpresa a todos.

Caminó con ella hacia el coche mientras le explicaba cómo había sucedido. A él también le pilló por sorpresa el temporal aunque, por suerte, estaba a resguardo almorzando en la cafetería que solía frecuentar frente a su trabajo cuando sucedió. Se encogió de hombros y se fijó una vez más en lo bien que le sentaba el uniforme. Se moría de ganas por…

— ¡Qué ganas tengo de hacerte el amor! — exclamó permitiendo distraídamente que su mano se deslizara hacia la mini falda de Kagome.

— ¡Para, aquí no! — exclamó al sentir las manos de Inuyasha en su trasero.

Si por él fuera, le haría el amor allí en medio, sin llegar hasta el coche, en público. La deseaba tanto que haría cualquier cosa por conseguirla, sobre todo después de… Sacudió la cabeza para quitárselo de la cabeza. No quería ni pensar en ello.

— ¿Qué has estado haciendo mientras me cambiaba? Me sorprende que hayas llegado más tarde que yo…

Kagome detectaría una mentira, pero la verdad tampoco era una opción. Se limitaría a omitir cierta información por su bien.

— Le he dejado un par de cosas claras a esa tal Rika.

— ¡No es verdad! — exclamó horrorizada — ¡Va a odiarme!

Ya la odiaba. Sin embargo, no sentía deseos de reventar la burbuja de Kagome.

— Tranquila, solo la he convencido para que te deje en paz.

— ¿Estás seguro? — le preguntó dudosa.

— Sí preciosa.

Justo en ese instante, el chaparrón les cayó encima totalmente por sorpresa por segunda vez. Había amainado, por lo que dejó el paraguas en el coche. No tenía pinta de que fuera a llover de nuevo. Sorprendidos y empapados, corrieron hacia el coche, donde se resguardaron. En el coche, Kagome se quitó la americana; la camisa se transparentaba. Empezó a sudar. Si superaba el límite de velocidad por un día, no sucedería nada, ¿no? No sabía cuánto más podría esperar.

Para su suerte, no se cruzó con ningún coche de patrulla. Guio a Kagome hacia el ascensor y estaba a punto de besarla dentro cuando se detuvo. Era el vestíbulo. Maldijo en voz baja antes de que sonara la campana y se abrieran las compuertas. En el ascensor entraron un matrimonio con su molesta hija y un chico con el mismo uniforme del colegio de Kagome. Muchos niños y jóvenes de la zona acudían a esa escuela. La niña iba a otra escuela femenina y religiosa. Sus padres eran católicos ortodoxos, agarrados y muy conservadores. Odiaba coincidir con ellos.

— ¡Oh, Taisho! — ya empezaban — ¡Qué gusto verlo! ¿Qué tal le va en el juzgado? ¿Ha enviado a la cárcel a muchos pecadores?

Por eso precisamente no le gustaba encontrarse con ellos. Eran de las pocas personas que conseguían hacerle sentir incómodo.

— ¿Kagome?

Volvió la cabeza en cuanto escuchó que alguien pronunciaba el nombre de Kagome. Era el otro chico que había entrado en el ascensor. Lo conocía, vivía en el mismo piso que él. Si no se equivocaba, era el hijo de Neyman Wolf, un empresario viudo que casi nunca estaba en casa. Contuvo el aliento. Ese chico se llevaba a una chica tras otra al apartamento y nunca volvía a salir antes del día siguiente. Lo quería bien lejos de Kagome.

— ¿Y cómo está Kamui? Seguro que ya ha crecido mucho. — le habló la señora en esa ocasión — ¿Cómo vive su religiosidad?

Pues de ninguna forma porque no eran católicos; no practicantes, al menos. ¿Cómo podía separar a ese moscón de Kagome sin llamar la atención del matrimonio?

Sonrió a Kouga al verlo, sorprendida de encontrarse en ese lugar y se acercó aprovechando que Inuyasha estaba distraído con aquel matrimonio tan "peculiar". Kouga era tan guapo que podría dejar sin aliento a una chica. La verdad era que se parecía bastante a Inuyasha físicamente, pero su cabello era negro como el tizón y sus ojos azules. Tenía unos ojos azules maravillosos, muy intensos, capaces de atrapar a una persona en ellos. Una vez, en el pasado, se planteó salir con él cuando se lo insinuó, pero la invitación a su casa la echó para atrás. Si quería que pasaran la primera cita en su apartamento sin padres, solo le interesaba una cosa.

Sonrió al pensar en lo mucho que había cambiado Inuyasha. Al principio, era exactamente así, como Kouga. Con el tiempo, fue descubriendo al hombre bajo esa fachada y era maravilloso.

— ¿Desde cuándo vives aquí, nena?

¿Nena? ¿Quién se creía ese para llamarla nena? ¡Menudo idiota! Si solo lo dejaran en paz de una buena vez esos dos…

— No vivo aquí, no nos llega para tanto. Vengo a trabajar de niñera por las tardes.

Un ruido continuo, como si alguien estuviera tocando una puerta la distrajo. Volvió la vista discretamente durante unos instantes para comprobar qué era, asustada ante la idea de que se tratara de una avería. No, se trataba de la preciosa niña pelirroja de ojos verdes que entró con sus padres. Golpeaba el suelo insistentemente con sus zapatitos de charol y la miraba como si fuera un insecto al que aplastar. ¿Ella? ¡Si ni siquiera la conocía! ¡Nunca antes había visto a esa niña!

— Tú siempre tan trabajadora. Deberías tomarte un respiro o vas a colapsar.

Se esforzó por ignorar el molesto ruido y seguir la conversación con Kouga.

— ¡No seas tonto! — se rio con él.

El ruido se volvió más intenso. ¿Acaso los padres no se daban cuenta de lo que estaba haciendo? No, estaban demasiado ocupados intentando sonsacarle consejo jurídico gratuito a Inuyasha.

— Basta, Ayame. — la reprendió Kouga en voz baja para que solo ellas lo escucharan — Ya es suficiente.

— ¡No quiero que hables con esa! — dictaminó la pequeña.

Los padres se volvieron un instante al escuchar la voz de su hija, pero no hicieron nada. Continuaron avasallando a Inuyasha.

— Pórtate bien. — le advirtió — Esto son cosas de mayores.

¿Cosas de mayores? Tampoco estaban diciendo nada del otro mundo, y, si él creía que estaba ligando con ella y consiguiéndolo, se iba a llevar una sorpresa.

— ¡No quiero que hables con esa guarra! — exclamó señalando la camisa transparente de Kagome.

Se quedó conmocionada por lo que acababa de decir aquella niña que nada más verla le pareció una muñeca de porcelana. Sin duda alguna, no era tan inocente como una muñeca de porcelana. Kouga echó fuego por los ojos aunque fue Inuyasha quien se interpuso entre ella y la niña, dando por terminada la conversación con los padres.

— Deberías disculparte. —le exigió inmediatamente a la niña con tono autoritario.

Ante tal muestra de autoridad, Ayame se encogió de hombros y retrocedió un par de pasos hasta toparse con la pared del ascensor. Justo en ese instante, sonó la campana que indicaba que habían llegado al primer piso que solicitaron.

— Mi hija no tiene por qué disculparse por nada. — su padre le tomó la mano y tiró de ella hacia la puerta — No es su culpa que entren busconas como esa en el edificio. A saber qué ha venido a hacer…

Se marchaban, dejándolos con la palabra en la boca, insultándola sin ningún ápice de vergüenza. ¿Cómo podía haber personas como esas en el mundo? Quería devolvérsela, defenderse y demostrarles cuan equivocados estaban, pero ellos ya se iban y, por más que lo odiara, si vivían en ese edificio, se los encontraría en más ocasiones. No quería iniciar una guerra que podría perjudicar a Inuyasha.

Inuyasha no pensó lo mismo cuando impidió con una mano que se cerraran las puertas del ascensor y los enfrentó.

— Esa chica trabaja para mí; es la niñera de mi hijo pequeño. — masculló — No es nada de lo que usted la está llamando y, sinceramente, me ocuparé personalmente de que Hacienda le cruja.

Con esas últimas palabras, se apartó de las puertas para permitir que se cerraran. El matrimonio, horrorizado, se volvió con la tez pálida para mirarlo antes de que las puertas se cerraran. No se avergonzaba de admitir que estaba muy satisfecho de su hazaña y de la cara que se les quedó. Solo le faltaba cobrar su recompensa con la dama en cuestión. O eso creía hasta que la vio abrazada a Kouga Wolf, quien estaba disfrutando de lo lindo haciéndose con su triunfo.

— Tranquila, pequeña. — murmuró muy cerca de su rostro — Tú no puedes ser nada de eso porque eres el ser más dulce e inocente que conozco.

— ¿En serio? — preguntó Kagome en un murmullo.

— Claro que sí.

Eso lo tendría que estar diciendo él, era su derecho. ¡Maldito niñato desconsiderado y aprovechado! Además, a Kouga no le importaba lo más mínimo que él estuviera allí; es más, juraría que Kouga hasta se había olvidado de él. Lo que sí le sorprendió fue el hecho de que Kagome lo estuviera ignorando también.

Al salir del ascensor, por supuesto, Kouga la invitó a su casa. Para su suerte y aún bajo la reprobatoria mirada de Kagome por su grosero comportamiento, usó su condición de niñera para rechazarlo y tirar de ella hacia su apartamento. Apenas le dio un mísero instante para que se despidiera. Abrió la puerta de la casa y la empujó dentro sin miramientos. Era suya, ¡demonios! Con todo lo que le había costado conseguirla, no se la cedería a nadie.

Cerró la puerta de un portazo y la agarró otra vez. Sin soltarla, entró al salón para asegurarse de que todo estuviera en orden con Kamui. Lo primero que intentó fue correr hacia Kagome, cosa que evitó alegando que tenían un asunto que resolver antes en su despacho. Kamui aceptó a regañadientes y se volvió a sentar frente a la televisión para ver sus dibujos animados de por las tardes. Él condujo a Kagome por el pasillo hacia su dormitorio, donde la obligó a entrar. Luego, la empujó sobre la cama.

— Inuyasha, ¿qué ocurre?

Ocurría que estaba muy celoso de ese niñato y de todos los que se creían con derecho a perseguirla. Si pudiera hacerlo, pondría un letrero luminoso sobre su cabeza para que todos supieran que estaba cogida por él. Nadie podía tocar ni mirar lo que era suyo. Si no podía hacerlo saber a los demás, marcaría a fuego a Kagome. No se detendría hasta que se le notara en la cara que era una mujer sexualmente más que satisfecha.

— Inuyasha, por favor... — sollozó.

Inuyasha, sin hacer ningún caso, colocó una de sus piernas sobre su hombro y le sacó lentamente la media que le llegaba hasta la mitad del muslo. Repitió el mismo proceso con la otra pierna. Luego, le quitó las bragas. Sin ningún cuidado, ni ceremonias, le abrió las piernas y le subió la falda. Tomó posición entre sus piernas y tiró de la camisa hasta hacer saltar los botones. Después le apartó el sujetador con los dientes. La tenía justo como a él más le gustaba. Suplicándole que se apartara al mismo tiempo que todo su cuerpo respondía con ansiedad a sus acciones.

Se inclinó y tomó con la boca uno de los pezones mientras que con su otra mano acariciaba el centro mismo de su calor. Kagome no quería jadear, no quería sonrojarse, no quería desearlo. Al contrario, quería castigarlo por comportarse de esa forma tan primitiva que la excitaba tanto como la cabreaba. Ahora bien, su cuerpo siempre la traicionaba en esos momentos. Lo deseaba tanto que se moriría si no lo alcanzaba.

Su lengua sustituyó su mano y la llevó hasta el límite, pero no le regaló el orgasmo que su cuerpo anhelaba. En su lugar, se desabrochó los pantalones y se colocó en su centro mismo para penetrarla. Fue todo muy rápido, caótico y salvaje. Duró poco, pero fue tan intenso que se tuvo que tapar la boca para no gritar, temerosa de que Kamui la escuchara. Se sentiría muy avergonzada si el niño los escuchaba o si incluso entraba mientras lo estaban haciendo.

Recibió su peso encantada sobre ella y se abrazó a él. Le encantaba ese momento que venía después de haber hecho el amor, cuando aún latían en su interior los últimos espasmos del orgasmo y todo era calma y laxitud.

— Mía…

Tembló confusa al escuchar el susurro de Inuyasha. ¿Suya?

Continuará...