Capítulo 6: La paz que precede la tormenta
Había pasado un mes completo desde que se acostaron por primera vez. Incluso tuvo la regla por segunda vez en ese tiempo. Inuyasha no la tocó esos días para no incomodarla. Parecía que le asustara la idea de hacerle daño durante esos días específicos del mes y tomaba distancia. Como no hubo ningún indicio de que su rechazo se debiera a que estuviera con otra o a que hubiera perdido el interés, decidió no darle más importancia de la que tenía. Desde entonces, había sido increíblemente feliz hasta la noche anterior.
Por la noche, discutieron de nuevo a cuenta del sobre con dos mil dólares que Inuyasha le entregó en pago por su trabajo como niñera. Primero, un día antes, discutieron porque ella no quería aceptar el dinero. No se sentía cómoda aceptando ese dinero del hombre del que estaba enamorada. Eso por no decir que, en un lugar recóndito de su ser, sentía que ese dinero era en pago de otro tipo de servicio. Se sintió sucia por pensar algo así cuando Inuyasha la había tratado siempre tan bien. Una discusión que parecía que no iba a tener fin, en la que ninguno tenía las de ganar, terminó finalmente con el discurso de Inuyasha, el discurso de un auténtico abogado.
— Nunca aceptes que no se te pague por tu trabajo. Tu tiempo es valioso, tanto como el de cualquier otra persona y, regalarlo, mucho más cuando aún eres tan joven, no va a beneficiarte en nada. Tu tiempo y tu trabajo deben ser recompensados siempre. — dejó claro — Nuestro trato era este. Tú has cumplido con tu trabajo cuidando estupendamente de Kamui, así que yo te pago ahora.
Así la convenció para aceptar el sobre. Por ese día, parecía que al fin habían hecho las paces, pero, al siguiente día, se avecinó la segunda disputa. En el sobre había quinientos dólares más de los que acordaron. Inuyasha alegó que se trataba de los sábados extra que trabajó. Le parecía un pago exagerado por dos sábados y se lo hizo saber. Inuyasha se enfadó.
— Estoy harto de que cuestiones mis decisiones. Soy tu jefe y creo que estoy siendo un buen jefe recompensándote por tu trabajo. Deberías ser más agradecida y callarte o ya sabes dónde está la puerta.
Se acostaron muy tensos. Justo ese viernes se iba a quedar a dormir en casa de Inuyasha y sintió deseos de marcharse. Estaba segura de que Inuyasha también desearía que se marchara. Para evitarlo, pasó toda la tarde con Kamui y vio la televisión con él tras la cena, temerosa de la hora de acostarse. Eso era lo último que recordaba antes de despertar esa mañana en el dormitorio de Inuyasha junto a él. Como no recordaba haberse acostado ella misma, supuso que él la cargó. De hecho, llevaba la misma ropa de la noche anterior; podría haberle puesto el pijama.
No pudo evitar fijarse en que dormían cada uno en un lado de la cama, sin tocarse. El labio inferior le tembló de rabia. ¿Por qué era tan testarudo? Ya sabía que era él quien mandaba, que, si él la echaba, no habría nada que pudiera hacer para recuperarlo, que dependía total y absolutamente de él. No necesitaba que además se lo recordara tan cruelmente. En momentos como ese, se planteaba si Inuyasha en verdad podía sentir algo por ella. Lo amaba, pero todo tenía un límite. Si él solo deseaba sexo, nada más, tendría que encontrar la fuerza para dejarlo.
Se deslizó fuera de la cama con cuidado de no despertarlo, más por evitar otro momento incómodo que por otra cosa, y abrió su bolsa de viaje. Cogió la ropa de recambio y se dirigió al cuarto de baño. Allí tenía todos los productos que necesitaba. Inuyasha compró su champú, su gel de ducha y sus cremas hidratantes habituales para que ella no las cargara cada vez que se quedara a dormir. ¿Cómo un hombre que hacía algo como aquello podía resultar a veces tan primitivo?
Meditó mientras se duchaba hasta llegar a una conclusión. Aquella discusión era una soberana tontería que se estaba convirtiendo en un problema totalmente innecesario para los dos. Uno de los dos tenía que ceder antes de que cometieran alguna estupidez. En esa ocasión, cedería ella. Odiaba ser quien lo hiciera porque eso le daba a Inuyasha una posición de poder más asentada que podría usar en su contra en un futuro. También porque sentía que, en cierto modo, le estaba dando la espalda a todos los derechos por los que habían luchado millones de mujeres a lo largo de los últimos siglos. Aun así, cedería. Lo haría porque aquello no los estaba llevando a ninguna parte.
Su plan no era pedir disculpas, ni para por el estilo. Tampoco era una idiota, ni creía posible que alguno de los dos tuviera razón. Simplemente, haría como que nada había pasado. Se comportaría con total normalidad con él e incluso cocinaría una tarta. No una tarta en forma de mujer tan significativa como la tarta del libro de Margaret Atwood, La mujer comestible, pero sí una tarta muy rica que desayunarían los tres en son de paz.
Con ese objetivo en mente, se vistió y peinó a toda prisa para cocinar una tarta de manzana antes de que Inuyasha y Kamui se levantaran. Los sábados, ninguno de los dos solía ser madrugador, sobre todo si se habían acostado tan tarde como la noche anterior. La última vez que ella recordaba haber consultado el reloj, eran casi las doce de la noche. Se miró en el espejo antes de salir. Deseó haber escogido ropa más elegante para la ocasión que aquellos vaqueros gastados y un suéter rosa. Solo pensó que estaban en noviembre y hacía frío. Como a Inuyasha no solía importarle su ropa, solo el modo más rápido de quitársela…
Preparó la masa en seguida y peló y troceó las manzanas en forma de medias lunas. Colocó cada media luna sobre la masa líquida con sumo cuidado para darle la forma tan característica del pastel de manzana. Después, abrió el horno ya precalentado, reguló de nuevo la temperatura y metió la tarta dentro. Estaría lista en seguida; la tarta de manzana no tardaba demasiado en hacerse. Mientras tanto, dejaría el café preparado en la cafetera. ¿Y después qué?
En el salón se sintió totalmente inútil. Inuyasha tenía contratada una empleada de una empresa del servicio de limpieza que limpiaba todas las mañanas de lunes a viernes su casa. Estaba todo impoluto, tal y como prometía el servicio, y como deseaba Inuyasha. No había nada que pudiera hacer en la casa para ayudar o contentar a Inuyasha, así que decidió ver la televisión un rato. Había dibujos animados y reposiciones de series antiguas. Hizo zapping en busca de algo que la contentara sin éxito. ¿Qué podía hacer para entretenerse? El día anterior hizo todos los deberes para tener una excusa para ignorar a Inuyasha.
Su mirada dio casualmente con unos álbumes de fotografías que jamás había ojeado. En el primero que abrió, encontró fotografías de Inuyasha de cuando aún iba al instituto. Debía ser de su edad más o menos. Por aquel entonces, ya era un chico guapísimo que estaba siempre rodeado de chicas y de amigos, aunque las fotografías parecían bastante viejas, como si tuvieran mucho más de quince o veinte años, la edad que aparentaba él. En realidad, no sabía qué edad tenía Inuyasha. Ella siempre creyó que sobre unos treinta años a pesar de parecer demasiado joven para una carrera laboral tan brillante. No obstante, esas fotografías parecían como las de sus abuelos de niños, de hace unos cuarenta años. Inuyasha no podía ser tan mayor. ¡Tendría cincuenta años por lo menos si estaba en lo cierto tasando esas fotografías!
Seguro que se estaba equivocando; estaba paranoica. Convencida de ello, tomó el segundo álbum, donde encontró fotografías de la universidad, de su primer trabajo y del Tribunal Supremo. A cada año que pasaba se volvía más atractivo. Parecía que se divertía mucho en esa época. En todas esas fotografías siempre sonreía y nunca estaba solo. Parecía una persona muy sociable, mucho más que en ese momento. Parecía relajado, feliz y deseoso de empezar con su vida. ¿Qué le habría sucedido desde entonces a Inuyasha para que su actitud ante la vida cambiara tanto?
Cuando abrió el tercer álbum, vio con una sonrisa las primeras fotografías de Kamui nada más nacer. Aquel álbum recolectaba la corta niñez de Kamui junto a su padre, el cual siempre estaba a su lado. ¿Dónde estaba la ex mujer de Inuyasha? A lo mejor había tirado las fotografías en las que aparecía ella. Teniendo en cuenta que no había ningún álbum de su boda, ni fotografías de alguna mujer en especial, supuso que las habría tirado. También le rondó por la cabeza el pensamiento de que nunca tomaron ninguna. No, eso era una tontería. ¿Cómo no iban a tomarse ni una sola fotografía juntos? Se suponía que una vez se quisieron. Aunque, por otra parte, nunca se tomó una fotografía con ella desde que se conocieron.
Aquellos pensamientos no la estaban ayudando en nada. Volvió a colocar los álbumes en su sitio, arrepentida de haber fisgado y, paradójicamente, contenta al mismo tiempo de haber conocido al Inuyasha anterior. Un teléfono sonó. Estaba convencida de que era el teléfono del despacho de Inuyasha y los despertaría a todos. Por lo que Inuyasha le explicó, ese era un teléfono privado para clientes, otra línea diferente de la que usaban en la casa para uso doméstico. ¿Por qué un cliente llamaba un sábado tan temprano? Los abogados, o fiscales en ese caso, también tenían derecho a un descanso.
Corrió hacia su despacho para coger el teléfono antes de que despertara a alguien. Dejó la puerta abierta al entrar y tomó el auricular.
— Despacho del fiscal Taisho, ¿qué desea? — improvisó — ¿Hola?
Nadie contestó. ¡Diablos, habían colgado! Volvió a colocar el auricular en su sitio y se fijó en un cajón que estaba abierto, el primero del escritorio. Era un cajón con cerradura; Inuyasha debió dejárselo abierto sin querer. Por curiosidad, le echó un vistazo. Lo único que había en ese cajón eran unos papeles plastificados que tenían pinta de ser bastante importantes. Casi inconscientemente los cogió. Movió el plástico y pasó el primer folio en blanco. Eran unos papeles de divorcio. ¿Su divorcio? Al fin y al cabo, era abogado, seguro que tenía copias de todos los divorcios que facilitó. Sin embargo, ¿no guardaría esas copias en sus archivadores? ¿Por qué guardar esa bajo llave?
Solo había una forma de contestar a todas sus preguntas, aunque no debía mirar, lo sabía. Era algo muy privado de Inuyasha, algo en lo que no tenía ningún derecho a husmear. La curiosidad la venció. Pasó al siguiente folio y vio escrito el nombre de Inuyasha y sus apellidos a máquina. Tragó saliva fuertemente, sintiendo como el sudor le recorría la espalda por la tensión. Debajo había otro nombre que no pudo llegar a leer.
— ¿Qué haces?
¡Inuyasha estaba allí! Se le cayó el portafolio de entre las manos al escucharlo. Se iba a enfadar más con ella, seguro.
— Na-Nada... — pensó a cien por hora una excusa — Es decir, estaba leyendo... quiero decir que… Vine a coger el teléfono cuando sonó.
Eso era verdad al menos.
— Pareces nerviosa...
Si ya la había pillado, estaba jugando con ella. No se movió cuando él caminó hacia ella, ni se inmutó cuando se inclinó a su lado para recoger unos papeles que evidentemente reconocería. Además, el cajón estaba bien abierto gracias a su colaboración.
— ¿Qué hacías con esto?
Usó un tono tan meloso que un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Inuyasha se estaba preparando para la discusión, la esperaba con ansias para echárselo en cara todo. A ella no la engañaba. Sabía que cuanta más calma aparentaba, mayor era el fuego que latía dentro de él. Diría que en ese momento era un volcán en erupción que la iba a engullir.
— Contesta. — exigió con tono autoritario.
Tragó saliva con fuerza antes de atreverse a contestar.
— Yo- yo... lo siento mucho, Inuyasha... — musitó — Solo quería evitar que os despertarais cuando vine… no era mi intención... yo no…
Se desplomó en el suelo de forma humillante. De hecho, jamás se había sentido tan avergonzada como en ese momento. El despacho de Inuyasha era privado, era un lugar de trabajo y un lugar donde se guardaban documentos muy importantes clasificados. Justificar su presencia allí ya era lo bastante difícil como para tener que justificar además que la hubiera pillado con unos papeles que él habitualmente guardaba bajo llave. ¿Qué iba a pensar de ella? Seguro que creía que había estado esperando el menor descuido por su parte para fisgar en su despacho.
Escuchó suspirar a Inuyasha mientras que ella lloraba sin control. El cajón se cerró sobre su cabeza y oyó el sonido que producía una llave al cerrar una cerradura. Después, antes de que pudiera reaccionar, Inuyasha la agarró y la levantó en un instante. A pesar de estar enfadado, sus manos no le hicieron daño.
— No quiero que vuelvas a abrir ese cajón, ¿entendido? — aclaró — Contiene algo privado que no quiero que nadie más lea, ¿de acuerdo?
Asintió con la cabeza con entusiasmo. Eso era lo único que podía hacer en ese momento, pues ya se había deshecho en lágrimas y disculpas inútilmente.
Inuyasha la miró sin tener muy claro qué hacer en ese momento. Esos últimos días no se habían comportado demasiado bien el uno con el otro. Todo había sido una discusión tras otra; la clase de situación que él había querido evitar desde el principio. Se suponía que solo iba a ser sexo, pero, en su lugar, aquello empezaba a convertirse en una relación sentimental. Eso no tendría que haber pasado. Quería que siempre estuvieran de acuerdo, que no se pelearan por tonterías, que no se generaran esos momentos tensos e incómodos que tanto odiaba.
Sin embargo, al volver a mirar los ojos rojos de Kagome, supo que eso ya sería imposible. Debió imaginar que Kagome sería incapaz de llevar adelante esa clase de relación, era demasiado sensible. En realidad, debió prever muchas de las cosas que estaban sucediendo. No quería perder a Kagome tan pronto, pero, si tampoco deseaba que su relación llegara más lejos, era el momento para…
Un olor extraño alcanzó sus fosas nasales en ese instante. Aspiró el aroma varias veces y frunció el ceño.
— ¿Huele a quemado?
— ¡Mi tarta!
— ¿Qué tar…?
Kagome salió corriendo hacia la cocina sin darle una sola explicación. No tardó ni dos segundos en comprender la situación y echó a correr a su espalda. De la cocina salía un humo negro que estaba viciando el ambiente de toda la casa. Entró a tiempo de evitar que Kagome tocara con las manos desnudas la bandeja del horno. La apartó al verle abrir el horno, cogió un paño y agarró la bandeja con la tarta quemada mientras giraba la ruleta para apagar el horno. Dejó caer si ningún cuidado la tarta en el fregadero y abrió las puertas de la terraza de par en par para que saliera el humo. A continuación, encendió el extractor de humos. Era un milagro que no hubiera saltado la alarma de incendios. Tendría que llamar a la compañía para que la revisaran.
— Lo siento mucho, yo solo quería preparar una tarta para desayunar… yo no…
Eso mismo supuso él. Giró la cabeza para mirar la tarta quemada en la fregadera. Seguro que habría estado deliciosa, y que esa era la clase de cosa que hacía una novia para su pareja, no una amante. ¡Diablos, se le estaba yendo de las manos por completo! Kagome no entendía y él tampoco estaba seguro de entender sus propios términos.
— Son cosas que pasan, Kagome.
— Pero…
— Tiene solución, ¿vale? Solo hay que limpiar un poco…
Justo en ese momento, empezó a sonar la alarma de incendios con un timbre que les taladraba los oídos. Instantes después, les cayó el agua encima. Al parecer, ya no tendría que llamar al técnico, pero sí iba a tener que dar muchas explicaciones al portero, a los vecinos y al camión de bomberos que acababa de recibir un aviso de incendio.
— ¡Soy un desastre!
Mientras tanto, Kagome no dejaba de llorar. No sabía qué debía hacer con ella. ¿Cómo debía consolarla? Si la trataba como a su hijo, aunque fuera eso justamente lo que le exigía la situación, ella se enfadaría. Si la trataba como a una persona adulta con todas sus consecuencias, se quedaría echa un flan. Si la trataba como a una novia, se le colgaría del brazo hasta resultar molesta. Los dos estaban fuerza de control.
— Kagome…
— ¡Papá!
En cuanto escuchó el grito de su hijo salió corriendo en su busca, preocupado. Necesitó unos minutos para calmarlo y convencerlo de que no había un incendio y estaban a salvo. Para su desgracia, también se accionó la alarma en el comedor, en el cual tendría que cambiar la moqueta, el papel de la pared e incluso la mesa de madera. Esa mesa era estupenda, le encantaba. Cogió a su hijo en brazos y salió al salón. Kagome no estaba allí, ¿seguiría en la cocina?
Empezaba a estar preocupado por ella. Dejó a su hijo en el sofá e iba a buscarla cuando sonó el timbre de la puerta. Tenía que abrir antes de que los bomberos le echaran abajo la puerta con hachas. Corrió hacia la puerta y, al abrir, comprobó que no podría estar más en lo cierto. Ya se estaban preparando para derribar la puerta. Antes de que pudiera explicar la situación, entraron en la casa y corrieron hacia la cocina. Varios vecinos, el portero e incluso la policía se congregaban en el corredor. Les dio la espalda y siguió a los bomberos. Al entrar en la cocina, los vio examinando el horno quemado. Kagome los miraba horrorizada, quieta y estática. Parecía como si se hubiera vuelto una estatua que, por cierto, estaba molestando a los bomberos en su trabajo.
— Ven, Kagome. — le pasó un brazo sobre los hombros — Los bomberos necesitan espacio para trabajar. Ve a cambiarte de ropa; yo me ocuparé de todo.
Dar las explicaciones necesarias tomó más tiempo del que él imaginaba. La policía también quiso interrogar a Kagome, a quien vieron tan conmocionada que no le hicieron demasiadas preguntas. Tardaron casi dos horas en marcharse. Cerró la puerta aliviado de que al fin estuvieran los tres solos y se volvió. Tenía a Kagome justo detrás con su bolsa y su cartera del instituto y la palidez de un muerto.
— Mi padre me está esperando abajo.
¿Se marchaba?
— Creí que te quedarías todo el día…
— Yo le pedí ayer a mi padre que me recogiera a esta hora. — confesó sin añadir que lo hizo cuando estaba enfadada — Lo siento. Le diré que se vaya y limpiaré todo.
— No es necesario. La empresa de limpieza tiene personal los días de festivo para casos como este. Llamaré y…
— De acuerdo.
Pasó a su lado, abrió la puerta del vestíbulo y salió para su tremenda sorpresa. Kagome no solía comportarse de esa forma tan fría.
— Ya me he despedido de Kamui.
¿Y de él?
— Lo siento mucho… — repitió de nuevo — No era mi intención.
La dejó marchar como un idiota. No había nada que pudiera decir para detenerla, ni nada que satisficiera a ambos. Los dos necesitaban tiempo para pensar en lo que había sucedido en los últimos días antes de continuar su relación. Era lo mejor que ella se marchara. Eso sí, la próxima vez que la viera, sí aclararía inmediatamente el asunto del incendio. No era su culpa, no debía sentirse tan derrotada. Fue un accidente; los accidentes sucedían. Mientras que los tres estuvieran sanos y salvos, no tenía mayor importancia.
Quiso dejar de pensar en ello, pero, por más que lo intentó, no pudo. Era incapaz de quitarse a Kagome de la cabeza. ¿Qué demonios le había hecho? Jamás se había preocupado así por nadie, ni había sido tan cobarde para cortar por lo sano. Supo desde hacía tiempo que Kagome le traería muchos quebraderos de cabeza, ¿por qué demonios no hizo caso a la voz de la razón en su cabeza? ¡Demonios, porque la deseaba! La deseaba tanto que su pene tomó el control de su vida.
— ¿Papá? — lo llamó Kamui desde el sofá.
— ¿Sí, hijo?
— Quiero jugar con Kagome…
Al escuchar la voz lastimera de su hijo con semejante petición, apartó la mirada de la ventana y la volvió hacia él. Habían tenido mucho trabajo a lo largo del día para solucionar el asunto del pequeño incendio. Gracias a Dios, contaba con las empleadas que envió la empresa de limpieza. En todo ese rato, Kamui estuvo solo, improvisando para divertirse, ya que sus deberes estaban completos. Kagome siempre hacía todos los deberes del fin de semana con él los viernes.
¿Qué podía hacer para animarlo? No solían pasar los sábados encerrados en casa. Había quedado tan agotado que se olvidó por completo de su hijo.
— ¿Te apetece que salgamos a dar una vuelta?
— Quiero a Kagome.
Bien, no era el único. Desde que se conocieron, de una forma u otra, Kagome había pasado todas las tardes de los sábados en su casa. Se habían acostumbrado muy bien a su presencia, más de lo que le gustaba admitir.
— Podemos visitar a Kagome.
Kamui se levantó como una bala. Sonrió por su entusiasmo y lo siguió para ayudarlo con la ropa. Quizás, de esa forma, podría matar dos pájaros de un tiro: consolar a Kamui y a Kagome.
— ¡Guau! — exclamó Kagome agarrando otro vestido — Tía Kikio, estos vestidos son preciosos.
— Me alegro de que te gusten.
— Nunca había visto unos vestidos así. — agarró otro — ¡Te han debido costar una fortuna!
— Tampoco te creas. — tomó un poco de té — En Francia la ropa es cara, pero, si tienes contactos y sabes cómo desenvolverte, puedes encontrar los mejores vestidos y más actuales a muy buen precio.
Kagome sonrió mirando a su tía y se sentó junto a ella. ¡Hacía tanto que no la veía! Desde que era pequeña, Kikio siempre había sido su tía preferida. La primera vez que la vio, tan solo tenía cinco años y Kikio dieciocho. Nadie quería estar con Kikio porque era, lo que se dice, la oveja negra de la familia. Supuestamente, era desagradable con todo el mundo, pero, cuando se acercó a ella, le ofreció una bonita sonrisa y la llevó al parque a jugar. Nunca podría olvidar aquel maravilloso momento.
Desgraciadamente, ella era la única persona de la familia con la que su tía se llevaba bien. Sonomi, su madre y hermana de Kikio, le había brindado su apoyo incondicional hasta que se casó hacía ya poco más de cinco años. No fueron a la boda y tampoco llegaron a conocer nunca al marido de Kikio. Ni siquiera sabían su nombre. Su madre prácticamente le prohibió verla durante el año que estuvo casada. Cuando se divorciaron, parecían todos muy aliviados. Al parecer, el marido había sido un hombre muy adinerado y a Kikio se le había subido a la cabeza el dinero. A pesar de todo, para ella, siempre fue su tía favorita, hiciera lo que hiciese.
Kikio no se parecía a los otros Higurashi. Todos habían salido del mismo sitio y habían sobrevivido siempre con trabajos humildes. Kikio deseó más que eso, quería salir de allí. Utilizó su belleza para introducirse en las altas esferas mediante el modelaje. Kikio era tan alta y esbelta que se la rifaban en las pasarelas. Además, su tez blanca, característica de la familia, en contraste con su larga melena lacea de color negro, había logrado que la apodaran la Blancanieves de las pasarelas. Desde entonces, siempre le pintaban los labios de rojo ruso al maquillarla. Poco después, se casó y dejó el modelaje para vivir de su marido. No debió salir bien aunque ella salió ganando mucho con el divorcio.
— Y dime, Kagome, ¿tienes novio?
Su reacción fue cerrar la boca, herméticamente. No podía hablar de Inuyasha con nadie, ni siquiera con Kikio. Y, aunque pudiera, no sabía qué contestar a esa pregunta. No le dio la sensación de que fueran novios.
— Veo que hay alguien en tu vida. — adivinó.
Al parecer, era totalmente imposible ocultarlo. Respiró hondo y asintió con la cabeza.
— Entonces, ¿por qué no pareces feliz?
— Porque creo que lo he estropeado todo…
— ¡No seas tonta! ¿Te has visto bien? — la instó a mirarse — Si no es un completo idiota, te perdonará lo que sea.
— He quemado su horno… — confesó.
No era toda la verdad, faltaba mucho por contar, pero no podía decir nada más. Además, Kikio ya parecía más que sorprendida por su confesión.
— ¿Cómo que has quemado su horno? ¿Es una nueva expresión para referirse al sexo? ¿Lo has matado a base de polvos?
— ¡No!
Dudaba que eso fuera posible. Inuyasha era incansable y siempre estaba ardiendo.
— Quiero decir que… cocinando una tarta, me he descuidado y he hecho que se quemara su horno… — se explicó — Ha saltado la alarma de incendios y se ha encharcado todo, han venido los bomberos, los vecinos, la policía… ¡Ha sido horrible!
— ¡Dios mío! — exclamó — No estás herida, ¿no? ¿Y él?
— No, estamos bien…
— ¿Y cómo se lo han tomado sus padres? ¿Acaso te preocupa que ya no quieran que su hijo salga contigo?
Claro, Kikio pensaba que estaba saliendo con un chico de su edad, que incendió la casa de sus padres. Ojalá fuera eso. Tenía la sensación de que, a pesar del apuro y la vergüenza, eso era mucho más fácil de solucionar que la crisis que tenía con Inuyasha en ese momento.
El timbre de la puerta sonó en ese instante. Se disculpó con su tía y se dirigió hacia la puerta. Estaba sola en casa con Kikio, puesto que sus padres habían salido ese día con Souta. Kikio apareció por sorpresa, por lo que su madre no tenía ni idea de su visita. El plan era mantenerla entretenida hasta que llegaran. No sabía quién podía llamar a la puerta, ya que sus padres tenían llaves. Ojalá fueran sus amigas. A Kikio le encantaba cotillear con adolescentes y nada le gustaría más a Yuka. Por otra parte, Yuka podría llegar a ponerla en un compromiso con Kikio. ¿Y si querían que les presentara a su "novio"? Ellas creían que era un chico del barrio.
La mano le tembló cuando abrió la puerta. Entonces, la sorpresa fue enorme. Casi no le dio tiempo a reaccionar cuando Kamui se lanzó a sus brazos.
— ¿Qu-Qué hacéis aquí?
— Kamui quería verte. — contestó Inuyasha.
No podía negar que la sorpresa era mucho más que agradable, más todavía en la situación en la que se encontraban. Tenía que ser una buena señal que Inuyasha recurriera a ir a buscarla. Sin embargo, era más que arriesgado que se presentara de esa forma en su casa. Si sus padres estuvieran en casa, ¿cómo iba a explicarlo? Conociendo a Inuyasha, seguro que él encontraba la forma de hacer que una situación tan extraña resultara normal. ¿Podría hacer lo mismo con su tía? ¡De ninguna manera podía presentarlos! Su tía lo sabría en cuanto los viera juntos. ¿Y si se lo contaba a su madre?
Le gustara o no, tenía que hacer que se macharan. Solo le daría problemas que los descubrieran allí. Ojalá Inuyasha no creyera que lo estaba rechazando.
— No es un buen momento…
— Entiendo.
Inuyasha no sonaba disgustado, ni desilusionado. Temió esa reacción tan opaca. Era incapaz de leerlo, de adivinar qué estaba pensando. ¿Qué se le estaba pasando por la cabeza en ese instante?
— ¿No vas a jugar conmigo, Kagome?
Odiaba que los niños le pusieran ojitos.
— Verás, es que tengo visita. — se explicó — Mi tía acaba de volver de un viaje y no hay nadie más en casa. No puedo dejarla sola.
— Podemos jugar todos juntos.
Kamui era demasiado pequeño para entender, pero Inuyasha sí que entendió. Era arriesgado que su tía lo viera. De hecho, lo que él hizo yendo a su casa a buscarla era de lo más arriesgado. Perfectamente podría haberle abierto la madre de Kagome, sorprendida porque él se extralimitara de aquella manera. A lo mejor el padre decidía sacar una escopeta y perseguirlo por tocar a su hija. Había hecho una estupidez que los ponía en riesgo a los tres. ¿Qué le estaba pasando? Nunca había hecho algo semejante. Él siempre razonaba con la cabeza fría, no como ese día.
— Kamui, es hora de volver a casa. Verás a Kagome el lunes, como siempre.
— Pero…
— El lunes. — insistió — Ella tiene asuntos familiares que atender ahora, ¿vale? Si quieres, tú y yo podemos ir a Santa Mónica a visitar a los abuelos. Si nos apresuramos, llegaremos para la cena.
El plan debió gustarle lo suficiente a Kamui porque brincó de alegría. Ella también estaba muy contenta con su plan. Parecía que ese era un lugar en el que tanto Inuyasha como Kamui eran felices. Además, él dijo que se verían el lunes, por lo que no estaba despedida. Si fue a visitarla, no fue para decirle que ya no quería que se volvieran a ver. Había esperanza.
— ¿Por qué tardas tanto, Kagome?
No la escuchó acercarse por el pasillo. Para cuando se volvió, su tía Kikio ya estaba en el vestíbulo, ante ellos.
— ¿Mamá?
Anonadada ante las palabras dichas en un susurro por Kamui, volvió la cabeza para ver cómo un niño miraba a una madre que añoraba. ¿Era verdad que Kikio tuvo un hijo? Escuchó el rumor en la familia, pero nadie parecía poder confirmarlo. Aunque podía ser peor... Si Kikio era la madre de Kamui, también era la ex mujer de Inuyasha, aquella a la que tanto odiaba. Horrorizada, se volvió hacia Inuyasha, cuyo rostro parecía esculpido en piedra. No estaba bien. De hecho, diría que era capaz de matar a su tía si lo alentaban lo suficiente.
— ¿Qué haces tú aquí? — preguntó Kikio.
— ¡Tía Kikio! — exclamó en tono de reproche por su brusquedad.
Pudo ver como una vena se inflamaba en el cuello de Inuyasha. Tenía que hacer algo o…
— No tengo nada que hablar contigo.
Sin decir una sola palabra más, cogió a Kamui en brazos, dio media vuelta y se dirigió hacia el coche estacionado en la acera de en frente. No podía marcharse de esa forma, no tan enfadado. Le pidió a su tía que se quedara donde estaba y salió corriendo tras él.
— Inuyasha, por favor...
— ¿Por qué tiene que ser tu tía?
— ¡Yo no pedí que las cosas fueran así, Inuyasha!
Ni él tampoco. Kagome se había convertido en una complicación demasiado grande para él.
Continuará...
