Capítulo 7: ¿ruptura?
Desde que Inuyasha descubrió que Kikio era su tía todo había cambiado radicalmente. Se había vuelto más frío y distante con ella y no le había vuelto a hacer el amor, ni siquiera lo había intentado. La evitaba por más que lo provocara, por lo que terminó por prácticamente suplicárselo. Él la esquivó tan magistralmente que apenas pudo emitir una palabra de queja. Habían llegado a un punto en que ni siquiera percibía aquellas miradas de deseo que antes le enviaba con tanta frecuencia. El sentimiento de culpa y de desamparo cada vez se volvía más grande hasta que el dolor en el pecho se le antojó insoportable.
Su rutina también cambió por completo. Inuyasha no volvió a invitarla a dormir en las próximas dos semanas. Eso, sumado al inicio de la temporada de baloncesto, complicó todavía más si era posible sus encuentros. Los viernes y los sábados ya no podía cuidar de Kamui o usar tan siquiera eso de excusa para verlo. Debía ir a los partidos con las demás animadoras. El resto de días llegaba más tarde a su casa porque había entrenamiento a diario. Le sorprendía que aún no la hubiera despedido. Si ya no estaba interesado en ella y ella tampoco podía cumplir igual de bien con sus obligaciones, ¿por qué no la despedía?
Ojalá Inuyasha no hubiera corrido el riesgo de ir a su casa a visitarla. Su gesto la conmovió porque le dio a entender que se tomaba en serio su relación, que no era solo sexo. ¿Por qué sino haría algo que los pondría en peligro? No se creía ni por un instante que lo hizo solo por Kamui. Desgraciadamente, ninguno de los dos podría haber imaginado que su tía favorita no era ni más ni menos que la díscola ex mujer de Inuyasha, de lo cual ella no sabía nada hasta ese día. Aún lo estaba asimilando aunque, claramente, a Inuyasha le estaba costando mucho más que a ella.
Nunca habría asociado a Kikio con Inuyasha cuando, en realidad, no era algo tan descabellado. Kikio se casó con un hombre muy importante, lo que encajaba con Inuyasha, quien cinco años atrás fue parte del Tribunal Supremo. No sabía por qué exactamente dejó ese cargo, pero imaginaba que fue para cuidar de Kamui. Kikio se divorció cuatro años atrás, igual que Inuyasha. Kikio vivía en el mismo barrio elitista que Inuyasha, en una casa pagada por su ex marido. En la familia se corría el rumor de que Kikio tuvo un hijo cinco años atrás y Kamui tenía cinco años. Aun así, nunca lo asoció. Sería demasiada coincidencia, ¿no?
Además, Inuyasha parecía odiar a su ex mujer y lo poco que había deducido de ella hasta entonces la pintaba como una esposa terrible y una madre nefasta. Su tía no era así, nunca lo fue con ella al menos. La mujer que se percibía en esa historia era justamente la clase de mujer que todos en su familia creían que era Kikio. Todos menos ella y su madre según el día. Sabía que su madre estuvo sin hablarle durante un año entero antes de su divorcio. A veces, tenía la sensación de que seguía enfadada, pero había decidido que no quería perder una hermana. Cinco años… ¿Sería Kamui la causa de su enfado? Su madre, al contrario que Kikio según los últimos reportes, era muy maternal, una madre entregada y consagrada a sus hijos. Seguro que no aceptaría menos de una hermana suya.
Seguía sin poder creerlo. Kikio la llevaba a jugar de pequeña, le compraba helados, le ayudaba con los deberes, le traía regalos, la llamaba todas las semanas por teléfono y concertaba tardes de chicas y Pijama Parties para las dos. Era cierto que con su hermano no era tan cariñosa como con ella aunque, de todos modos, siempre lo trató bien. No entendía que ignorase a su hijo de esa forma. ¿Por qué no quería a Kamui? ¿Era por ser hijo de Inuyasha? ¿Su odio hacia Inuyasha llegaba tan lejos que no podía ni mirar a su hijo? ¡Si Kamui era la viva imagen de su madre! ¡Qué tonta fue por no darse cuenta antes!
Cuando Inuyasha se marchó aquel sábado, su tía le lanzó una advertencia velada. No quería que trabajara para él, ni que tuviera ningún tipo de relación con él. Aunque no se sentía orgullosa de admitirlo, era bien consciente de que haría todo lo contrario de lo que le ordenasen. Tanta sutileza por parte de Kikio la puso muy en alerta. ¿Qué estaba sucediendo?
Sacó los pompones de la taquilla y se miró en el espejo. No parecía en absoluto la clase de persona que podría animar a un equipo. Más bien, parecía totalmente derrotada. Se volvió hacia sus compañeras intentando simular que nada había sucedido, que era la misma chica sonriente y feliz que ellas conocían. Rika agachó la cabeza al pasar a su lado. ¿A qué venía esa sumisión? Desde que Inuyasha intervino de alguna forma entre ellas, Rika no había vuelto a chincharla de ninguna forma. Le hablaba lo justo y necesario como capitana del equipo y ya no presentía la misma rabia hacia ella. ¿Utilizaría sus dotes de abogado en su contra?
Siguió a las chicas hacia el gimnasio. Como todos los viernes por la tarde, había partido amistoso y no podía entrenar por la tarde, ya que tenía que animar al equipo. Tanto a ellas como a los jugadores les suspendieron la última hora de clase antes del recreo para que se prepararan. Las animadoras perfeccionaban las coreografías y se aseguraban de que tanto los pasos como el ritmo de todas fuera correcto; los jugadores hacían ejercicios de calentamiento y de musculatura para la tarde. Los llamaban partidos amistosos, pero a ella no le parecían nada amistosos.
Tomó una ducha tras el ensayo y con una fina toalla cubriendo su cuerpo se sentó en un banco de madera frente a su taquilla. Necesitaba hablar con Kikio o reventaría. Inuyasha no le iba a dar respuestas y tenía suerte de que aceptara tan siquiera verla. Debía abordarlo de otra forma, conocer más sobre él y su pasado. Kikio era la única persona a quien podía preguntar.
Decidida, cogió su teléfono móvil y llamó a su tía. Le cogió al quinto tono, cuando ya creía que no iba a cogerle.
— ¿Kagome?
— Hola, tía Kikio. — se levantó cuando se acercaron un grupo de compañeras hablando alto — Necesito hablar contigo.
— ¿Qué sucede? ¿Inuyasha te ha hecho daño?
— ¡No! — paseó por el vestuario alejándose del resto — ¿Por qué piensas eso?
Su tía se quedó en silencio. La escuchó suspirar, tal vez meditando sobre si iba a contárselo. El silencio se hizo tan largo que empezó a ponerse nerviosa.
— Tía Kikio, por favor…
— Yo no puedo hablar de esto contigo.
— ¿Hablar de qué? — insistió.
— Hay cosas de Inuyasha que no sabes, ¿vale? No es el hombre que crees. A mí también me pareció muy atractivo y maravilloso cuando lo conocí. Dije: ¡Este! ¡Este es el hombre con el que me voy a casar!
A medida que su tía hablaba, ella sentía un nudo en el estómago que la estaba ahogando. Lo confesaba: estaba celosa. Lo peor era que por su propia culpa, por preguntar. Si no quería conocer los detalles, no tendría que haber preguntado.
— No sabes lo que me costó agarrarlo, Kagome.
Eso captó su interés.
— Siempre fue un hombre muy reservado, sexual y ajeno al compromiso. El único contrato que estaba dispuesto a firmar era el de su trabajo. Por eso, tuve que convencerlo…
— ¿Convencerlo? ¿Hicisteis un trato?
— Podría decirse así. Luego, vi mi oportunidad de escapar de él con intereses y la aproveché.
No le gustó escuchar aquello. Sabía que su tía no se lo estaba contando todo aunque sí que le estaba dando mucha información relevante. Estaba segura de que había algo más y, a juzgar por la frialdad y falta de emoción con la que se lo estaba narrando, juraría que era consciente de que hizo algo malo, algo que marcó a Inuyasha para siempre.
— Tía Kikio…
— Déjalo mientras puedas, Kagome.
Kikio lo sabía. ¿Cómo podía saberlo? ¡Tenía que desmentirlo o Inuyasha estaría en peligro! Quería a su tía, pero quería más a Inuyasha.
— No sé por qué piensas que…
— No intentes engañarme, a mí no. Eres el tipo de Inuyasha y vuestro comportamiento el sábado os delató.
¿Cuánto de su conversación habría escuchado Kikio? No la escuchó acercarse…
— No entiendo por qué no…
— ¿Qué sabes de él, Kagome? ¡Piénsalo! Lo conozco, sé cómo actúa y apostaría todo lo que tengo a que no te ha contado nada sobre él. ¿Sabes tan siquiera qué edad tiene?
— No…
— Pues deberías preguntárselo.
Kikio la dejó más intranquila si era posible. Tenía razón en todo lo que dijo, apenas conocía a Inuyasha. Sabía que era abogado, un buen padre, probablemente rico y que sus padres vivían en Santa Mónica por lo que le dijo a Kamui el sábado. No sabía nada más de él. Ni su edad, ni su ciudad natal, ni su color favorito. Nada en absoluto. Hombre, podía intuir que le gustaba el rojo por la ropa que solía usar, pero nada más allá. ¿Qué podía hacer al respecto?
A pesar de lo arriesgado de semejante operación, decidió pedir ayuda al consejo de sabias o como ella lo llamaba: sus amigas.
— ¡Tienes que preguntárselo! ¡Todo! — dictaminó Yuka.
— Kagome, ¿cómo has podido salir con un chico del que no sabes apenas nada? Eso es muy arriesgado. — Ayumi se llevó una mano al pecho, preocupada — ¿Y si es peligroso?
¿Cómo iba a ser Inuyasha peligroso? Inuyasha y Kikio se odiaban a muerte, pero estaba claro que no era un asesino en serio, ni un mal tratador. Kikio estaba ilesa y se lo habría dicho si creyera que corría esa clase de peligro, ¿no?
— En ese momento, no me pareció que tuviera importancia… — se justificó.
— ¡Tiene toda la importancia! ¡No puedes dejar pasar esto! — insistió Yuka.
— Todos los chicos son iguales.
Yuka y Ayumi se volvieron hacia Eri con el ceño fruncido por su siempre tan poco útil intervención.
— Yuka tiene razón. — continuó Ayumi para sorpresa de todas — Tienes que hablar con él. Deberías mostrar una actitud abierta y receptiva para que no se ponga alerta y preguntárselo con delicadeza.
— ¿Delicadeza? ¡Pero si le ha estado mintiendo!
— ¡No me ha mentido! — intervino en el consejo — Simplemente, yo no he preguntado nunca. Le he dejado saber cuánto ha querido de mí, pero nunca me he metido en su vida.
— ¿Y por qué no? — la interrogó Yuka — ¿No querías saber de él?
— Sí que quería…
Siempre quiso, desde el principio. Había deseado saber todo de él, pero…
— No me pareció muy receptivo…
— ¡Pues va siendo hora de que se vuelva receptivo o lo mandas a paseo!
Mandarlo a paseo. Era tan fácil de decir y tan difícil de llevar a la práctica. Dudaba muy seriamente que ella fuera capaz de mandar a paseo a Inuyasha. Antes de romper ella esa relación, lo haría él. Al fin y al cabo, era ella quien estaba enamorada, era ella quien más tenía que perder si se separaban.
— Deberías quedarte con su reloj de recuerdo.
Como de costumbre, Eri seguía en las nubes. Se llevó la pajita de su brick de zumo Bifrutas sabor Pacífico, su favorito, a los labios y tomó un sorbo. En verdad no podía dejarlo pasar.
Mientras viajaban en autobús hacia el estadio de baloncesto, decidió que iba a llamarlo por teléfono para que le diera algunas respuestas. Si no se veían a la cara, a lo mejor se mostraba más receptivo. A pesar de que no la había tocado en semanas, no descartaba que fuera capaz de hacerlo solo para distraerla de un tema que a él tanto lo escamaba. Además, no lo vería hasta el lunes por la tarde y necesitaba cerrar ese capítulo de su vida antes aunque el final terminara por no ser de su agrado.
Se puso el uniforme de animadora y se peinó y maquilló en tiempo record para tener unos minutos libres. Cogió su teléfono móvil y se apartó a un rincón para hablar. Inuyasha le contestó al segundo tono.
— ¿Ocurre algo Kagome? ¿No tenías partido hoy?
Sí, pero otros asuntos requerían su atención.
— Quería hablar contigo antes del partido si no estás muy ocupado…
— La verdad es que sí estoy ocupado, Kagome.
Estaba retrocediendo antes incluso de empezar la conversación. Tenía que impedir que le colgara.
— Solo será un momento, por favor.
Supuso que su suspiro al otro lado de la línea era de rendición. ¿Por dónde debía empezar para que él no le colgara?
— ¿Qué tal está Kamui?
Se sintió tonta después de haberlo dicho. Iba a pensar que lo llamaba porque estaba aburrida a la espera de que se iniciara el partido.
— Bien, ya ha merendado y está haciendo los deberes.
— ¿Y tú?
— Bien, supongo. ¿Era eso lo que querías?
No, no era eso lo que ella quería. Quería que le diera respuestas largas con mucha información y detalles. Quería que cuando ella le llamaba, él no pareciera tan resignado por tener que contestar a sus preguntas, como si le desagradara tener que conversar. Su actitud tan poco emotiva estaba logrando que se le acumularan las lágrimas en los ojos. Si le hacía llorar antes del partido, no se lo perdonaría.
— Me he dado cuenta de que sé muy poco sobre ti…
— Sabes lo suficiente.
Empeló un tono de voz tan cortante que tragó hondo saliva. ¿Por qué se cerraba? No creía estar haciendo nada malo, ni nada fuera de lo normal. No era justo que tuviera que fisgonear entre sus álbumes de fotografías para saber algo de él.
— Pero…
— Has estado hablando con tu tía, ¿verdad? ¿Qué te ha dicho?
¿Por qué de repente sonaba enfadado? No pretendía aquello cuando lo llamó, solo quería que se arreglaran, que hicieran las paces.
— Yo no…
— ¡Un minuto, Kagome! — la llamó Rika — ¡Ponte en posición!
— Te llaman, Kagome.
¡Joder, hasta Inuyasha lo había oído! Si le colgaba en ese momento, perdería su oportunidad. Ya no tendría valor para volver a preguntárselo.
— Inuyasha, ¿qué edad tienes?
— Me están llamando al teléfono del trabajo, tengo que colgar. ¡Suerte en el partido!
La comunicación se cortó, indicándole que Inuyasha acababa de colgarle el teléfono. ¿Por qué? ¡Le estaba mintiendo! No había sonado ningún teléfono, nadie lo estaba llamando. ¡Mentía!
— ¡Kagome!
Dejó su teléfono móvil sobre un banco y se dirigió hacia la fila de animadoras para ocupar su lugar. Inuyasha le había fallado de la peor de las formas. Estrujó los pompones entre sus manos y abrió la boca intentando inspirar algo de oxígeno para sus ya desfallecidos pulmones por tanto contener el aire. ¿Qué iba a hacer? ¿Cómo iba a volver a presentarse en su casa? Inuyasha no la quería. Si sintiera por ella el más mínimo aprecio, habría intentado que se arreglaran, se habría comportado mejor.
Bailó la coreografía mil veces ensayada como una autómata al principio. Hacia la mitad del baile, un aluvión de sentimientos y emociones la asaltaron con tal fuerza que gruesas lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Se mordió el labio para reprimir los sollozos inútilmente. En el público la señalaban, sus compañeras no paraban de volver la cabeza hacia ella. No podía más, no podía seguir allí haciendo como que no pasaba nada. En el mismo momento en el que vio a sus padres levantarse preocupados en las gradas, reventó.
Dejó caer los pompones al suelo y echó a correr hacia los vestuarios como alma que llevaba el diablo. Notó que se hacía un total silencio a su espalda mientras entraba. Corrió hacia una de las cabinas de las duchas, abrió la llave del agua fría y se colocó debajo completamente vestida. Los violentos temblores por el frío la alcanzaron en seguida. Poco después, alguien cerró la llave de la ducha y dejó de caerle agua fría. Notó que unas manos la sacaban de la cabina donde una toalla la esperaba. Su padre sostenía la toalla abierta para ella en una clara invitación a un abrazo. En ese momento, rompió a llorar con más violencia antes de lanzarse a sus brazos. La otra persona, aquella que la sacó de la ducha, la abrazó por detrás. Era su madre.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra al respecto, solo la abrazaron como si comprendieran a la perfección lo que ella estaba sintiendo, cuánto estaba sufriendo. Notó en medio de la bruma que gente entraba en el vestuario. Debían ser sus compañeras, aquellas a las que habría humillado en el partido. Avergonzada, escondió la cabeza en el hombro de su padre.
Rika se detuvo al contemplar la escena familiar en la entrada y levantó un brazo en señal de stop para detener a las demás chicas. No sabía qué demonios sucedió en el partido. Ya había notado a lo largo del día que Kagome estaba en otro planeta; incluso antes del partido, cuando hablaba por teléfono, percibió que algo no iba bien. La escenita en el estadio había sido lamentable para todo el equipo y, lejos de animar, había logrado que todos los jugadores del equipo agacharon la cabeza espantados.
Su intención inicial era la de echarle el rapapolvo de su vida. No obstante, al verla abrazada a sus padres tan hecha pedazos, descubrió una compasión hacia ella hasta entonces desconocida. Sabía que Kagome lo daba todo por el equipo; algo grave debió sucederle. Juraría que eso tenía la marca de Inuyasha Taisho. ¿Habría roto con ella antes del partido? ¿Qué le hizo para dejarla tan hundida? Mentiría si dijera que la idea no la emocionaba. Si Inuyasha estaba libre…
— Chicas, ¿por qué no cogéis las botellas de agua rápido y subís? — sugirió — La familia Higurashi necesita un poco de espacio.
Ella misma las imitó tomando una botella y se volvió justo antes de salir la última. La madre de Kagome le dio las gracias en un susurro que perfectamente pudo traducir. No tenía que darlas; no lo hacía por Kagome. Aquello lo hacía por ella misma. En el pasado, estuvo equivocada del todo con Bankotsu Shichinintai. Innegablemente era muy mono, pero nada en comparación con el potente y apuesto Inuyasha Taisho. Inuyasha, simplemente, estaba a otro nivel. Él era un hombre de verdad, no un niño.
Impresionada por él, por aquello de lo que era capaz y por su autoridad sobre ella, obedeció cada una de sus indicaciones hacia Kagome. No le importaba en absoluto Kagome, solo él. Si le obedecía, él estaría contento con ella. Por eso, aunque no trató bien a Kagome, pasó a adoptar una actitud más pasiva hacia ella aunque se muriera de celos cada vez que la veía subir al coche de Inuyasha. Estaba segura de que Inuyasha terminaría por darse cuenta de que Kagome no era más que un libro con una portada bonita. Entonces, se fijaría en ella, en lo fiel y obediente que era. Ella le guardaría devoción.
Mientras salía del vestuario, se imaginó a sí misma en el lugar de Kagome, subiendo al coche de Inuyasha cuando acababan las clases. Solo de pensarlo, se le hacía la boca agua.
— ¿Quieres hablar, Kagome?
¿Hablar? ¿De qué? ¿Qué iba a decirles a sus padres? No podía hablar sobre Inuyasha sin meterlo en un problema serio de verdad. Si había una cosa que Inuyasha había dejado bien clara era que no consentiría que nadie pusiera en peligro su derecho sobre la custodia de su hijo. Además, ella tampoco quería que separaran a Kamui de su padre. Quizás, su madre se esforzara por entender, pero su padre querría sangre. Nunca se había posicionado demasiado a favor de que ella se relacionara con miembros del otro sexo. Si le decía además que ya no era virgen, sacaría el machete de la pescadería.
Sacudió la cabeza en una negativa. Por el momento, sus padres lo dejaron pasar aunque sabía que no habían terminado. Su padre salió del vestuario mientras su madre la ayudaba a ducharse en condiciones con agua caliente y a vestirse de nuevo. No dijo ni una sola palabra, ni ella la alentó a hacerlo. Al salir, su padre la esperaba con una taza de chocolate caliente que debió comprar en una de las cafeterías del estadio.
— Seguro que te sienta bien después de esa ducha helada.
Sí, también le sentaría bien para el mal de amores. Cogió la taza de chocolate entre sus manos y lo probó. No era perfecto, pero la ayudaba a sentirse reconfortada en cierto modo. La guiaron hacia un banco en el vestíbulo del estadio, donde se sentaron. Predecía que el interrogatorio estaba por volver a comenzar.
— Sabes que puedes contarnos lo que sea, ¿verdad? — dijo su madre mientras le colocaba un mechón detrás de la oreja.
— Somos tus padres, siempre te apoyaremos en todo.
Por eso odiaba tanto mentirles. No se merecían aquella incertidumbre, aquel desazón por su estado tan lamentable. Ojalá fuera más fuerte para que nadie se sintiera así por ella, para poder enfrentarse a Inuyasha realmente, para no sufrir tanto…
— No es nada grave…
Mentira, mentira, mentira. No sabía a quién trataba de engañar, pero a sus padres desde luego que no.
— ¿Es por un chico? — preguntó su madre.
Se encogió de hombros en respuesta.
— ¿Te ha rechazado un chico?
— ¡No digas tonterías, Sonomi! ¿Quién rechazaría a la chica más bonita del instituto? ¡Tendría que ser idiota!
Aunque agradecía que su padre la viera con esos ojos, había sucedido exactamente eso. La había rechazado un hombre.
— ¿Estabas saliendo con alguien? — continuó su madre — No he podido evitar notar que últimamente sales más de lo habitual y no solo por trabajo.
— ¡No será verdad! — fue el turno de su padre — ¡Ningún chico le pondrá las manos encima a mi niña! ¡Aún es muy joven!
— ¿No decías que era la más bonita del instituto?
— Sí, pero solo tiene quince años. — masculló — ¡Todavía es mi niña!
Como sus padres parecían creer que se trataba de alguien de su edad, decidió dejarles que pensaran eso y darles la razón. Era lo mejor antes de que empezaran a divagar en cosas cada vez más cercanas a la realidad.
— Salía con alguien, ¿vale? — agachó la cabeza para evitar que le notaran la mentira en la mirada — Pero ya se acabó…
— Por eso estás así. ¿Te ha dejado antes del partido?
Asintió con la cabeza.
— ¡Menudo imbécil! — exclamó su padre — ¿Quién de los jugadores es? ¡Le voy a cortar los huevos con mi machete!
Sabía que su padre no tardaría en sacar a relucir su machete. Tendría que cambiar un poco el rumbo o su padre terminaría por colarse en los vestuarios de los jugadores del equipo. Ya iba a ser bastante objeto de burlas y rumores por lo sucedido durante el baile; no quería además que hablaran de su sobreprotector padre.
— No ha sido un chico del equipo, ni siquiera está aquí. Me llamó por teléfono…
— ¿Por teléfono? ¡Menudo cerdo! — le tocaba a su madre horrorizarse — ¡Mi pobre niña! Sea quien sea, no te merecía.
¿No la merecía? ¿Y por qué era ella quien sentía que no era digna?
Sus padres no querían dejarla sola. Permanecieron a su lado durante todo el partido y, aunque la tristeza aún estaba latente, fue capaz de concentrarse en el partido que se retransmitía en las televisiones del vestíbulo. Lo vieron los tres juntos en silencio. Al finalizar, su equipo se posicionó ganador del encuentro amistoso. Como Souta aún estaba en las gradas, solo, sus padres accedieron a dejarla sola un momento para salir a buscarlo con la condición de que no se moviera de ese banco. ¿A dónde iba a ir? No sería capaz de moverse de allí sin que la remolcasen. Jamás le había pesado tanto su propio cuerpo.
Empezó a salir una avalancha de gente comentando el partido. Nadie se fijó en ella o, simplemente, no se dieron cuenta de que se trataba de la animadora llorona. Aliviada de que fuera así, se puso el abrigo mientras esperaba a sus padres. Frente a ella se detuvo una chica con el traje de animadoras de su instituto. Al levantar la vista, vio a Rika, la capitana.
— Rika…
— ¿Podemos hablar?
Asintió con la cabeza tímidamente. Seguro que le echaría una buena bronca que terminaría con un adiós del equipo. Otras habían sido relegadas como animadoras por mucho menos.
— Será mejor que mañana no vengas al partido. Está claro que necesitas tiempo para reponerte de lo que sea que te haya sucedido. — explicó — No necesito que me lo cuentes, no hace falta que te agobies. Recupérate para el próximo viernes. — concluyó.
— ¿No vas a echarme? — se arriesgó a preguntar.
— ¿Echarte? ¡No digas tonterías! Sé que no lo digo a menudo, pero eres una de las mejores del equipo. Si te echo, perderemos audiencia.
Eso era lo más agradable que le había dicho Rika en toda su vida. Sonrió por primera vez desde la fatídica llamada telefónica y respiró hondo.
— Gracias, me esforzaré.
— Más te vale, no hagas que me arrepienta de haber tomado esta decisión.
Bien, ya había roto el hielo entre los dos al mismo tiempo que hacía justamente lo que Inuyasha habría querido. Ya debía tener la confianza suficiente para preguntar, ¿no? Intentaría no parecer una cotilla, ni dejar ver que le estaba sonsacando información.
— Ha sido por un chico, ¿verdad?
Kagome se puso tensa a su lado, tenía que darle más cancha.
— Hacen con nosotras lo que quieren. Yo estoy harta de Bankotsu Shichinintai y de sus jueguecitos…
— Sí, creo que me sucede algo parecido.
— ¿Ah, sí? — intentó parecer casual — ¿Y crees que tiene arreglo?
— Esta vez creo que no.
¡Genial! Esa era la oportunidad que había estado esperando. Tal y como había sospechado previamente, aquello tenía el sello de Inuyasha Taisho. Solo un hombre como él podía marcar de esa forma a una mujer. Kagome no era tan tonta como para ponerse así por un niñato. Aunque sí era lo bastante estúpida como para dejar que Inuyasha se le escapara de entre los dedos, al parecer. Bien, que no le pudiera la ansiedad. Aprovechando que ya tenía vía libre, el lunes se acercaría a Inuyasha cuando fuera a recoger a su hijo y empezaría con su plan para seducirlo.
— ¡Kagome!
Hitomi, una de las chicas del equipo, corrió hacia ellas con algo en la mano. Al mostrarlo, era el teléfono móvil de Kagome, el cual estaba sonando con el nombre de Inuyasha en la pantalla.
— Lo olvidaste en el vestuario, no ha parado de sonar desde que hemos entrado.
Kagome se lo quitó de las manos en un santiamén y se lo llevó al oído con el brillo de la esperanza en la mirada. Ella cruzó los dedos y rezó silenciosamente para que aquello no fuera lo que esperaba.
— ¿Hola?
— Hola, preciosa.
El corazón comenzó a latirle con fuerza contra el pecho. Él acababa de llamarla preciosa, otra vez, cuando hacía semanas que no lo volvía a hacer.
— Espero que te haya ido bien el partido. — comentó — Como estabas algo… desanimada, pensé que te gustaría que cenemos mañana juntos. Kamui se quedará con los abuelos y estaremos los dos solos. He reservado en el Hilton si te parece bien…
Le parecía maravilloso.
— Sí, de acuerdo.
Al colgar, no podría sentirse más feliz. Inuyasha la había llamado en cuanto terminó el partido para invitarla a cenar en un restaurante, en un lugar público. A lo mejor estaba equivocada y había hecho de un grano de arena toda una montaña.
— Parece que, al final, sí tenía remedio.
Ciertamente, no le dio la sensación de que a Rika le alegrara cuando lo dijo.
Continuará…
