Capítulo 8: Primera cita
A primera hora de la mañana del sábado hizo unas llamadas para ponerse de acuerdo con sus amigas. Esa noche habría una Pijama Party en casa de Ayumi que serviría para engañar a sus padres. Sus amigas la cubrirían en caso de que se les ocurriera llamar aunque no era algo que soliera suceder. No obstante, teniendo en cuenta lo acontecido el día anterior, no descartaba que su madre, aún preocupada, llamara para saber cómo estaba. Con un poco de suerte, llamaría a su móvil directamente. De no ser así, Ayumi la cubriría.
Odiaba mentir, pero era por una buena causa. Tenía un buen presentimiento respecto a esa invitación para salir, respecto a su primera cita. Inuyasha nunca la había sacado de la clandestinidad de su apartamento, no como pareja al menos. En ese restaurante, ella sería su pareja claramente y ante todos. Aunque habían tenido que pasar un bache que casi los separó irremediablemente, lo habían superado. Se alegraba tanto de que Inuyasha hubiera dado su brazo a torcer. Esa noche hablarían y estarían más unidos que nunca.
Respiró hondo y bajó las escaleras para ir a desayunar. Al pasar junto a la puerta abierta del salón, vio a su hermano jugando a la consola mientras masticaba una tostada. Souta Higurashi no tenía remedio. Desde primera hora de la mañana se sentaba a jugar todos los fines de semana. Cuando sus estudios se complicaran, no tendría tanto tiempo para jugar, así que más le valía aprovechar el momento. Ella ni recordaba la última vez que se pudo permitir vaguear tanto. Lo que le recordaba que tenía deberes que hacer ese mismo día. El día anterior, entre el partido y su mal estar, no pudo hacer nada y dudaba que el domingo estuviera en condiciones de pensar.
Al entrar en la cocina, su padre levantó la vista del periódico que estaba leyendo y su madre dejó de fregar la sartén en la que preparó las tortitas. Todavía estaban preocupados.
— Buenos días.
Sus padres respondieron con tan poca naturalidad que agachó la cabeza tímidamente. No le gustaba ser el centro de atención, no de esa forma. Sabía que querían preguntarle cómo estaba, mas ninguno de los dos se atrevía. Creerían que eso iba a recordarle el trauma. Era mejor cortar por lo sano.
— Ya estoy mejor…
Su madre continuó fregando la sartén y su padre recuperó el periódico. Ella aprovechó para servirse unas tortitas. Tenía que hacerlo.
— Había pensado en salir luego…
De nuevo se sintió acosada por las miradas. Estaban preocupados, no permitirían que saliera de casa así como así. Tenía que jugar la baza de la pena mientras aún estuviera caliente.
— Las chicas han preparado una Pijama Party en casa de Ayumi… — vio que ambos estaban a punto de oponerse — para animarme…
Se lo pensaron mejor al escucharla. ¡Claro que se lo pensaron! Sabían que en ningún lugar estaría mejor que con sus amigas.
— ¿Has dicho en casa de Ayumi?
Por fin uno de los dos le hablaba. Ojalá su madre no preguntara con la intención de hacer algunas llamadas.
— Sí.
— ¿Te quedarás a dormir? — continuó su padre.
— Claro, es una Pijama Party.
Se lo estaban pensando, ¡maldición! Si les daba demasiado tiempo para meditarlo seriamente, no le dejarían ir. Se le caería la cara de vergüenza si tenía que llamar a Inuyasha para decirle que, como una niñita pequeña, no acudiría a la cita porque sus padres le prohibieron salir. Quería que la viera como una mujer. Además, Inuyasha se había tomado muchas molestias, había cedido y la invitó a una cita de verdad. No podía dejarlo colgado o corría el riesgo de estropearlo de verdad.
— Me apetece mucho, por favor.
— ¿Estarás bien si te dejamos ir?
Su madre siempre se retorcía las manos cuando algo le preocupaba. En verdad odiaba mentirle en ese momento. Sus ojos color miel se veían brillantes y preocupados.
— Claro que estaré bien, mamá. Solo necesito desconectar…
— ¿Nos llamarás para que vayamos a recogerte si algo no va bien?
Fue el turno de su padre de estar preocupado. Apretaba con tanta fuerza el periódico que se había arrugado.
— Claro.
Terminaron por aceptar. Su interpretación había sido lo bastante buena como para que lo hicieran. Si algún día descubrieran que les había estado mintiendo durante meses para salir con un hombre adulto, ¿se enfadarían? Claro que se enfadarían. Había arriesgado la confianza que sus padres depositaron en ella al iniciar esa aventura con Inuyasha. Solo le quedaba cruzar los dedos y rezar para que jamás se enterasen. Aquel era un crimen inconfesable para ella. Se lo llevaría a la tumba antes que admitirlo por el bien de Inuyasha y Kamui y el de su propio núcleo familiar.
Preparó la bolsa con todo lo necesario. En ella llevaba un vestido que lamentaba enormemente tener que plegar y guardar, los zapatos, la bisutería y el maquillaje, además del pijama y demás objetos de higiene personal para que no saltaran las alarmas de su madre. No la vigilaba, pero, por casualidad, podría descubrirlo. Solo esperaba que su bolsa no pareciera a la vista demasiado pesada como para ser la propia de una Pijama Party.
Para su suerte, sus padres no dijeron ni una sola palabra. La abrazaron antes de que saliera por la puerta como si se fuera a la guerra y ahí se quedó todo. En casa de sus amigas, empezó el auténtico interrogatorio.
— ¿Qué sucedió ayer en el partido? ¿Estás bien? — Yuka siempre era la primera en empezar.
— Seguro que fue culpa de un chico.
— ¡Claro que fue culpa de un chico, Eri! Ese chico no te conviene, Kagome. — dictaminó Yuka.
— ¡Los chicos son lo peor!
— Yo…
— Chicas, no avasalléis a Kagome. — por fin la voz de la razón — Está claro que no necesita que la presionen. Dejad que hable ella.
Por primera vez en mucho tiempo, Yuka y Eri coincidieron al cien por cien con Ayumi y permitieron que se expresara. No podía hablarles de Inuyasha, eso no había cambiado; sin embargo, sí que podía contarles de forma somera lo sucedido. Sus amigas merecían una explicación, al igual que sus padres. Odiaba preocupar así a la gente que la rodeaba. Solía tener tan pocos problemas y disgustos que, cuando algo le afectaba, aunque fuera mínimamente, trataba de ocultarlo para no llamar la atención. No estaba acostumbrada a ser el centro.
— ¡No deberías perdonarle! ¡Es un cabrón!
— Yuka…
— ¿Cómo ha podido tratarte de esa forma? ¡Eres su novia, no su juguetito!
En realidad, su novia oficialmente no era. Tampoco podría serlo oficialmente hasta que cumpliera los dieciséis como mínimo y eso no sucedería hasta el 30 de abril. Además, esa era la parte que menos clara tenía de su relación. ¿Alguna vez fue novia de Inuyasha? ¿Alguna vez lo sería? Una cita tenía que significar algo. No se invitaba a una cita a cenar a cualquier mujer, ¿no? Tenía que tener un significado.
— La ha invitado a cenar, Yuka. — le recordó Ayumi — Seguro que quiere arreglar las cosas.
¡Claro que sí! Ayumi debía estar en lo cierto. Ella pensó exactamente lo mismo cuando Inuyasha la llamó.
— O a lo mejor quiere romper con ella y prefiere hacerlo en un sitio público para aprovecharse de la timidez de Kagome y que no le monte un numerito.
Esa posibilidad no se le había pasado ni por un momento por la cabeza. ¿Eso era posible? ¿Qué clase de persona planearía algo tan retorcido? Inuyasha no le haría algo tan cruel, ¿verdad?
— Inuyasha no es así… — musitó.
— Todos los hombres son así. — aseguró Eri.
— ¡Basta, la estáis asustando!
Yuka y Eri se callaron inmediatamente ante la reprimenda de Ayumi, quien, de repente, no parecía tan calmada y sosegada como de costumbre.
— Tienes que ser positiva, Kagome. Ve a esa cita con tu mejor sonrisa y no permitas que nada la estropee. No creo que tu novio sea tan idiota como para perderte.
Ojalá fuera así. Tras una hora de juegos de mesa y cotilleos con sus amigas para hacer tiempo, se preparó. Para la ocasión habría escogido un precioso vestido que le trajo su tía Kikio de París. Por el bien de la cita, decidió que ese era un detalle que no le mencionaría a Inuyasha cuando se encontraran. Mencionar a Kikio podría ser perfectamente el detonante que estropearía una ocasión que debía ser perfecta. Esa noche solo estarían él y ella sin familia, ni ningún otro tipo de impedimento.
Antes de ponerse el vestido, Ayumi le ayudó a plancharlo de nuevo en su casa para quitar las arrugas tras haber estado en la bolsa de viaje. Después, tras haberse maquillado y peinado, se lo puso por primera vez desde que se lo probó. Le encantaba el color azul celeste, era precioso. Si el vestido hubiera sido de otro color, no le habría gustado tanto. ¿Parecería demasiado juvenil con ese vestido? El corpiño de palabra de honor se ajustaba a su figura hasta la cadera, desde donde caía una falda de tul ahuecada hasta las rodillas. La fada estaba adornada con flores del mismo color y purpurina.
— ¡Ese vestido es genial! ¿De dónde lo has sacado?
— Parece carísimo…
— Me lo trajo mi tía de París, como suvenir.
— Te cambio de tía. — sugirió Yuka — La mía solo me trae quesos…
— ¡Ni de coña! — le sacó la lengua.
Los tacones negros no combinaban tan bien como ella imaginó, pero no tenía otra cosa. Era esos zapatos o sus mocasines de ir a clase, y dudaba muy seriamente que fueran a combinar mejor con el vestido.
— Estás muy guapa, Kagome.
Sonrió a Ayumi a través del espejo mientras esta le colocaba la falda.
— Sí, estás impresionante. — coincidió Yuka — ¡No es justo que haya chicas tan guapas como tú que acaparen todo el mercado!
— Tú también eres muy guapa, Yuka; todas lo sois.
Nunca dudó de la belleza de sus amigas. Cada una, a su manera, era preciosa y alguien muy especial lo apreciaría algún día. Creía que eso mismo le había pasado a ella en esos momentos.
Eri le tomó las manos entre las suyas y la miró muy seriamente, tanto que le sorprendió. Yuka y Ayumi también dejaron lo que estaban haciendo para ver qué hacía. Eri nunca se ponía seria, para nada. Quizás por eso no logró entrar en el conservatorio a pesar de ser un auténtico genio tocando el violín. No lograba someterse a la partitura, quería improvisar su propio ritmo, ser original. ¿Qué podría poner tan seria a Erika Nakamura?
— Kagome, no olvides traerme un mechón de su cabello.
— ¿Un mechón de su cabello?
— Si se porta mal contigo, le haré vudú.
La idea la aterrorizó. A través del espejo, también notó que Yuka y Ayumi se habían quedado tan pálidas como ella. No sabía que Eri creyera en ese tipo de cosas tan turbulentas. La sola idea de imaginarla clavando una aguja a una de esas espeluznantes muñecas de vudú le ponía los pelos de punta; mucho más si se trataba de Inuyasha.
Salió a escondidas de la casa de Ayumi para que su madre no se enterara. Yuka y Eri la entretuvieron mientras ella salía a hurtadillas por la puerta con la ayuda de Ayumi. Una vez fuera, pasó inclinada por el jardín y abrió la verja con cuidado antes de salir para no hacer ni el menor ruido. Pasó junto al muro que rodeaba la casa agachada para no ser vista por las ventanas. Por suerte, la calle ya estaba a oscuras y no había demasiada gente. En otro barrio se habría sentido cohibida de caminar por una calle a oscuras, en un barrio como ese en absoluto. Además, había quedado con Inuyasha a dos calles de allí.
Se colgó la bolsa de un hombro al haber salido de la zona de riesgo en torno a la casa de Ayumi y caminó hasta el lugar acordado sin temores. Vio a la distancia el coche de Inuyasha, esperándola.
Inuyasha llevaba media hora esperándola. Sabía que no habían quedado tan pronto, pero, antes de que pudiera darse cuenta, se encontró a sí mismo conduciendo hacia el lugar que ella le indicó mediante un mensaje de texto. Sabía que no querría que la recogiera frente a su casa por sus padres, pero le había citado bastante lejos de su barrio. Aquella era una buena zona para vivir. Sabía que muchos alumnos del colegio de su hijo vivían por allí. Eran casas de familias adineradas. ¿Por qué Kagome la citó allí?
Aunque no dijo ni una sola palabra al respecto, sabía que la familia de Kagome debía andar ajustada para pagar las facturas. Vivía en un barrio que estaba más cerca de ser mediocre que de otra cosa. Al estar allí, comprendió por qué el padre insistía en recogerla cuando salía. No había ninguna estación de metro en ese barrio y muy poca frecuencia de autobuses. Las casas parecían muy viejas, en muchos casos al borde de caerse. La casa de los padres de Kagome, al menos, parecía más limpia que otras casas. El jardín era minúsculo y la verja estaba oxidada. Imaginaba que por dentro sería tan austera como aparentaba por fuera.
Lamentaba que Kagome no viviera en unas condiciones mejores. No parecía sentirse en absoluto afectada por su economía, pero él era una persona adulta y de mundo que había visto mucho, sobre todo cuando estuvo en el Tribunal Supremo. Sabía lo que era la pobreza y lo que llevaba a hacer a algunas personas. Vivir sin dinero no era una posibilidad en ese mundo. Vivir con poco dinero cerraba muchas puertas. Kagome consiguió una gran oportunidad cuando sus padres ganaron esa beca por sorteo. Si iba a una buena universidad, podría salir de allí.
También había otra posibilidad. Estaba la posibilidad de que él la sacara de allí. Sin duda alguna, esa no era su intención cuando la conoció. Quería solo sexo y lo estaba obteniendo aunque a un alto precio. Kagome le importaba. El día anterior podría, simplemente, haber dado todo por terminado y así ahorrarse futuros dolores de cabeza. Sin embargo, la idea de no volver a verla le atenazó el pecho hasta dejarlo sin oxígeno. Algo tenía que hacer. Estaba claro que su relación iba para largo, pues, por el momento, no tenía la menor intención de dejarla marchar. ¿Por qué no darle la vida que se merecía?
Kagome era una menor. Todo plan que tenía para ella siempre se topaba con ese maldito detalle tan sumamente importante. A los dieciséis podría tener oficialmente relacionas consentidas con él; hasta entonces, aquello estaba prohibido. Sus padres podían no consentir, por supuesto, pero Kagome sería lo bastante adulta como para que no fuera un delito que mantuvieran relaciones sexuales. Aun así, si sus padres se lo proponían, el caso podría tener el bastante revuelo como para hacer peligrar la custodia de Kamui. Kikio no quería al niño, solo el dinero, pero ¿quién sabía que estaría dispuesta a hacer para joderle la vida? Asimismo, tenía la sensación de que a Kagome la quería, más de lo que lo quiso nunca a él o a su hijo. ¿Pelearía por ella?
Por el momento al menos, se había metido más de la cuenta donde no le llamaba. Cuando se divorciaron, le advirtió de lo que sucedería si incumplía el trato que hicieron y revelaba cierta información. Aunque no sabía exactamente qué le dijo a Kagome, estaba claro que la puso en alerta. Quería saber sobre él, así que le daría un sucedáneo lo bastante sabroso como para que no lo atosigara en mucho tiempo. Lo lamentaba por Kagome, era buena chica; no obstante, él tenía una familia que proteger a la que ella no pertenecía.
Se quedó sin aliento al verla aparecer. Cuando creía que al fin se había acostumbrado a la belleza de Kagome, ella lo sorprendía muy gratamente. Con ese vestido parecía una ninfa. ¿De dónde había sacado un vestido tan maravilloso? Parecía sacada directamente de un cuento de hadas de esos que se les contaban a los niños. Tocarla con ese vestido tendría que ser tabú. Era la vida imagen de la pureza y la inocencia. Se bajó del coche inmediatamente para ayudarla, tal y como haría un caballero. Al fin y al cabo, lo criaron para ser un caballero.
— Estás preciosa, Kagome.
No estaría para nada bien no decírselo. Cogió su bolsa de viaje y la guardó en el maletero antes de ayudarle a subir al coche. ¿Por qué llevaba una bolsa de viaje? Había reservado en el hotel, no solo en el restaurante, con la esperanza de llevarla a la habitación, lo admitía. Ahora bien, no recordaba habérselo contado, era una sorpresa.
— ¿La bolsa…?
— Vengo de casa de una amiga. Tuve que decir eso en casa para poder salir…
Esa era la parte que más odiaba de aquello. Kagome no hacía más que mentir a sus padres por su culpa. Lo odiaba porque ella parecía la clásica hija modelo que jamás diría una mentira a sus padres. No era justo para ella.
— He dejado eso ahí para ti. — cambió de tema — Puedes mirarlo cuanto quieras si eso te tranquiliza.
Sintió curiosidad por las palabras de Inuyasha. Mientras él arrancaba el coche, cogió del salpicadero lo que él le había indicado. Era su carné de identidad. Entonces, ¿no estaba enfadado por haberle preguntado su edad? Leyó la fecha y calculó. Según aquel carné, Inuyasha tenía treinta y cinco años, veinte más que ella. No era tan mayor, pero la diferencia de edad entre ellos sí era muy marcada. Impresionaba un poco a decir verdad.
— No te fijes demasiado en la fotografía, nadie sale bien en la foto del carné.
— Yo salgo muy bien. — alardeó.
— Tú siempre sales guapa.
Oírlo de él significaba mucho para ella. Sonrió y se fijó en la fotografía para intentar averiguar el motivo por el que él se veía mal. Ella lo veía estupendamente. Después, leyó sus otros datos. Había nacido en Santa Mónica, algo que era de suponer teniendo en cuenta dónde vivían sus padres. Su padre se llamaba Inu No, su madre Lena y tenía un hermano.
— No sabía que tuvieras un hermano. — comentó con tono casual.
— No eres la única que tiene uno. Aunque, en mi caso, mi hermano es el mayor…
— ¡Oh! ¿Te tocó ser el renacuajo?
— Sí, él decía exactamente eso… — frunció el ceño — Todos los hermanos mayores sois iguales. En fin… también tengo una hermanastra menor que yo, hija de la segunda mujer de mi padre.
— Entonces, tú también tuviste la oportunidad de ser un déspota hermano mayor.
— Yo no era un déspota.
Aunque sí le hizo otra clase de cabronadas que, mucho temía, la marcaron para siempre. Rin no era la única responsable de haberse convertido en una zorra despiadada; él tuvo mucho que ver en eso.
— ¿Cómo era tu madre? Debes acordarte mucho de ella…
— Estamos a punto de llegar.
Captó el mensaje en seguida. Inuyasha no quería hablar de su difunta madre y, aunque se muriera de ganas de saber más, no insistiría. Aquella era una segunda oportunidad para ellos que no pensaba desaprovechar. Inuyasha estaba más receptivo y dispuesto a hablar sobre él, así que escucharía cuanto él quisiera decir y no se enojaría cuando evitara algún tema, especialmente cuando se trataba de un tema tan doloroso como la muerte de su madre. Debió pasarlo fatal el pobre.
En seguida se olvidó de ese tema cuando entraron en el Hilton. El restaurante era verdaderamente increíble. Nunca había soñado tan siquiera el estar en un lugar así. Las paredes pintadas de color escarlata eran muy chic, las cortinas blancas de seda estaban impolutas, las mesas redondas estaban cubiertas por manteles rojos de terciopelo con cubierta blanca de seda, todas las sillas tapizadas en terciopelo color burdeos, la cubertería de plata brillaba… Le pareció majestuoso.
Inuyasha apartó la silla para que se sentara y tomó asiento en frente. Estaban junto a la ventana.
— ¿Qué te apetece cenar? — fue Inuyasha quien le preguntó, adelantándose al camarero.
— Me gustaría empezar con una ensalada.
— ¿Cómo la quiere, señorita? — preguntó el camarero tomando nota — Mixta, rusa, césar, típica, con huevo, con salsa, sin salsa, regional...
— Una mixta, por favor.
— ¿Y de segundo?
— Pues… supongo que el solomillo en salsa.
La carta era tan larga que no tenía tiempo de leerla.
— ¿Qué salsa quiere? ¿Champiñones? ¿Cremosa? ¿Yogur?
— Mejor lo comeré a la plancha. — se apresuró a contestar — Al punto, por favor.
Inuyasha apenas pudo contener la risa. Ese camarero estaba volviendo loca a Kagome cada vez que le ofrecía las variedades de la casa. Debió darle algo de tiempo para leer la carta antes de llamarlo, aunque había merecido la pena ver el espectáculo. Cuando se dirigió a él, dictó lo que quería sin necesidad de leer la carta: consomé y cordero asado al punto. Conocía muy bien el menú de ese sitio. Todas sus cenas de negocios solían ser allí.
— Oye, esas personas me suenan.
Siguió la dirección que ella estaba señalando con la mirada. Lo raro habría sido que no los reconociera.
— Es el príncipe heredero de Dinamarca y su última aventura. Han salido mucho en la prensa amarilla últimamente.
— Sí, creo haberlos visto en uno de esos programas que ve mi madre…
— A tu derecha, dos mesas más allá, está nuestro senador.
La boca de Kagome formó una perfecta o al verlo.
— Esa no es su mujer.
— Su mujer estará esquiando con su propio amante.
Kagome aún tenía mucho que aprender.
— Detrás de ti está sentado nuestro presidente.
— ¿Obama? ¡No es verdad!
Se cruzó de brazos en respuesta y le lanzó una misteriosa sonrisa. Kagome se resistió al principio, intentando autoconvencerse de que era una broma. Finalmente, terminó por volverse. Solo era una pareja de adinerados ancianos blancos.
— ¡Eres un mentiroso! — se volvió hacia él indignada.
Kagome se lo puso tan fácil que no hacerlo habría sido lo complicado.
— No es mi culpa que seas tan ingenua.
La llegada del primer plato fue su salvación. Por un momento, creyó que Kagome le tiraría el panecillo. Apenas habían probado el primer plato cuando fueron interrumpidos por uno de los abogados junior a su cargo. Masculló una palabrota al verlo. Miroku Ishida no era la clase de hombre que le gustaría presentarle a Kagome, ni la clase de hombre que el lunes en el trabajo haría como que no había visto nada.
— Buenas noches, Inuyasha. — miró a Kagome — ¿Y esta preciosidad?
— ¡Es mía!
— Tranquilo, jefe. — miró de nuevo a Kagome — Encantado de conocerla, señorita. Yo soy Miroku Ishida.
Miroku Ishida era un baboso con las mujeres. Aún no lograba entender cómo ese hombre había conseguido casarse y con Sango Kinomotto, una de las fiscales femeninas más brillantes de toda Pasadena. Quizás su matrimonio funcionaba porque sabía atarlo bien corto. Miroku era conocido por sus correrías con mujeres y sus molestas mañas. No obstante, desde que se casó con Sango, había notado que se contenía mordiéndose el labio inferior hasta sangrar en ocasiones. Como era de esperar, sabía a la perfección que si se pasaba de la raya, todas las empleadas estaban advertidas de que solo debían llamar a Sango.
Se comportó con Kagome y eso era lo que contaba para él. Le daba igual que lo hiciera por su esposa allí presente o porque era su jefe. La cuestión era que se comportó y le evitó una escena. Odiaría comportarse como un cavernícola celoso frente a Kagome. No quería que se sintiera incómoda, ni que adivinara hasta qué punto ella le importaba. Las mujeres se volvían muy peligrosas cuando eran conscientes del efecto que causaban realmente en los hombres. Kikio Tama le enseñó esa dura lección.
No le importó que Miroku le guiñara un ojo o que su esposa la mirara como si fuera una potencial rival. No le importó absolutamente nada porque Inuyasha dijo que era suya. No podría sentirse más feliz. Esperó a que se fueran para continuar haciéndole preguntas.
— ¿Por qué decidiste ser abogado?
— Supongo que viene de familia. Mi padre es juez, ¿sabes? Mi hermano y yo asumimos desde siempre que seguiríamos sus pasos.
— ¿Tu hermano también es abogado?
— No, mi hermano fue nombrado juez hace un año. Yo… bueno… Supongo que he sido algo más rebelde en ese sentido. Ser juez me parece algo demasiado pautado. En realidad, aunque parezca que tiene la última palabra, los jueces no tienen tanto poder…
— ¿No?
— No, son los abogados los que consiguen que su cliente gane o pierda, ya sea usando la verdad, el engaño, la lógica, las emociones… nosotros tenemos el poder.
Inuyasha nunca había hablado de esa forma con ella. Sentía que era la primera vez que hablaban realmente como dos personas que deseaban conocerse. En realidad, ella era quien deseaba conocerlo. Inuyasha sabía cuánto deseaba saber de ella, solo necesitaba preguntar. No tenía absolutamente nada que ocultarle. Sin embargo, sí le asustaba el hecho de que él tuviera algo que ocultarle a ella. Por el momento, mientras aún fueran felices, se conformaría con que le contestara a una única y crucial pregunta.
— ¿Has estado tan molesto conmigo porque Kikio es mi tía?
Lo escuchó suspirar. Después, dejó los cubiertos apoyados en el plato y se limpió los labios. ¿Lo había estropeado con esa pregunta?
— No…
— ¿No?
— No estaba molesto contigo. Ha sido difícil asimilarlo, ¿vale? — se explicó —Fue difícil volver a verla y que Kamui también lo hiciera… Desde que nos divorciamos, solo se presenta en mi despacho cuando le apetece para pedir más dinero…
— ¿Sigues enamorado de ella?
¿Qué otra explicación podría haber?
— Esa no es la cuestión. Esa mujer nos ha hecho mucho daño, Kagome. Comprendo que es tu tía, pero no quiero tener nada que ver con ella. No consentiré que vuelva a destrozarnos…
Eso no contestaba a su pregunta. Comprendía lo que Inuyasha decía y le parecía perfectamente lógico, pero no la satisfacía. La garganta le quemaba por las ganas de exigirle que contestara a esa mísera pregunta que no volvió a salir de entre sus labios. Quizás porque era una cobarde. Temía que si volvía a preguntárselo, si insistía, él se enfadara y terminara por abandonarla de verdad. Lo temía tanto que, a pesar del dolor, estaba dispuesta a vivir con ello con tal de no separarse de él.
— He reservado habitación, ¿pasarás la noche conmigo?
Solo había una respuesta que ella pudiera dar a esa pregunta.
— Sí.
Horas después, cuando al fin ambos estuvieron completamente satisfechos, se tumbaron de espaldas en la cama. Inuyasha la rodeaba con un brazo y la acariciaba perezosamente. Ella tenía el corazón encogido en el pecho. Se volvió hacia él y se abrazó a su torso desnudo con todas sus fuerzas mientras unas lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas. Se moriría si alguien se lo arrebataba, si él decidía que su relación se había acabado, si le sucedía cualquier cosa… ella… Necesitaba que él lo supiera.
— Te amo, Inuyasha.
Continuará...
