-Esto apesta-, dijo Fionna mientas observaba sus dos manos completamente vendadas, sólo la mitad de sus dedos sobresalían.

-Bueno, eso hubieras pensado antes de tomar una espada ardiendo al rojo vivo con tus manos desnudas-, regañó ligeramente la Dulce Princesa, pero después dio un suspiro de arrepentimiento, -Supongo que también es nuestra culpa por no prever que no había suficientes lágrimas de ciclope-

-Siento mucho haberte provocado tantas molestias, Fionna-, se excusó la Princesa Flama.

-¡No! No hay problema cuñadita, no te preocupes. No es nada que no sane en un ratito-

-Desearía que las lágrimas de ciclope no se hubieran acabado-

La princesa de fuego se dirigió hacia la ventana de la habitación donde se encontraban, en el castillo del Dulce Reino; soltó un pesado suspiro mientras miraba por la ventana al atardecer en esplendor, tiñendo las nubes de forma que parecían estar sonrojadas ante la belleza del Rey Sol. Las memorias volaban por la mente de la joven princesa, memorias no muy bien apreciadas.

-Pensé que jamás volvería a lastimar a nadie. Jamás ha sido mi intención lastimar a alguien. ¿Acaso… seguiré siendo una amenaza para todos?-

-¡No digas eso, Flama!-, reclamó Bonnibel, levantándose de la silla en la que estaba, en frente de la humana, y caminó hasta donde estaba la adolescente, -Tú no eres una amenaza. Tú ya no puedes lastimar a nadie; Finn hizo un gran esfuerzo para que eso fuera posible. ¿Qué crees que diría él si te escuchara decir eso?-

-Pues… me diría que estoy equivocada y que yo no podría lastimar a nadie que no fuera malvado a propósito. Me diría que nunca le importó que yo lo lastimara antes y después… me… me daría muchos besos hasta hacerme sentir bien-, dijo, con una sonrisa nerviosa en su rostro.

-Sí, Flama. No tienes porqué sentirte mal. Si de alguien fue la culpa, fue mía. Yo sabía lo que podía pasar y aun así lo hice. No vuelvas a hablar así de ti misma. Eres una persona maravillosa-, le dijo Fionna

-Gracias chicas-, respondió la princesa con una gran sonrisa, realmente conmovida por el apoyo de sus amigas.

-Por cierto, ¿dónde está Finn?-, preguntó Bonnibel

-Salió pero no me dijo a donde exactamente. Aún sigue molesto por la noticia-, dijo Flama, suspirando de nuevo al final de su oración.

-Entiendo que se sienta así pero… en algún momento tenía que decírselo. Tenía que enterarse-, dijo Fionna.

-Un momento… Finn está afuera, a punto de anochecer, ¿en una noche de luna nueva?-, preguntó la Princesa Flama con una evidente preocupación en su voz.


-No es justo… ¡no es para nada justo!-, renegaba el humano en susurros.

Él no podía entender lo que sucedía. Desde aquella batalla con El Lich, todo había sido calma y tranquilidad en Ooo, amor y dulces besos de amor adolescente con su novia, además del reciente descubrimiento de la existencia de su hermana de la que había estado separado por quince largos años. Hasta hace menos de un mes, todo era luz en su vida.

Y de repente, en una sola noche (la misma noche en que la más reciente pieza de felicidad había sido puesta), todo empezó a tornarse oscuro. Había toda una comunidad de seres poderosos con el único propósito de acabar con su vida y la de su hermana. Y sabía que en algún momento, a pesar del aparente pacto interno de los Nigromantes de no lastimar no-humanos, intentarían algo contra ellos con el fin de hacerlo sufrir y desear la misma muerte; especialmente, le aterraba y le angustiaba la idea de que la chica de fuego que hacía que su cerebro se volviera estúpido (en el mejor sentido de la oración) fuera atacada. No podría soportarlo.

Por si fuera poco, algunos días antes (no más de una semana) una nueva bomba había sido liberada.


Finn y Jake se habían quedado un par de días en el Dulce Reino. Bonnibel aún no estaba muy segura de dejarlos regresar a la casa del árbol, ni siquiera para arreglarla. Ella conocía el poder de los nigromantes y eso la preocupaba. No podía dejar que Finn fuera lastimado pues, si eso pasaba mientras estaba en la casa del árbol, se sentiría culpable por haberlo dejado irse. Incluso Flama y Marceline se habían quedado en el castillo para proteger tanto a Finn como su hermana.

Por las mañana, se encontraban todos en el comedor justo antes de que la Dulce Princesa iniciara con sus deberes reales. Pláticas y bromas nunca hacían falta.

-Oye, Bonnibel…-, dijo un día Finn, -he estado pensando en esto desde aquella noche en que nos dijeron a Fionna y a mi sobre nuestros padres y el resto de los humanos… ¿Cuántos años tienes exactamente? ¡Creo que tienes como un bazillon de años!-

-Bueno, para ser honestos…-, Bonnibel, con algo de incomodidad, miró hacia todos los presentes, excepto por Marceline, quién tenía una enorme sonrisa en su rostro pues ella sabía la respuesta correcta a esa pregunta, -…digamos que por lo menos tengo unos 250 años de edad-

Las quijadas de todos se abrieron totalmente, al igual que sus ojos. Finn sentía como toda su sangre abandonaba su cuerpo y se iba hasta sus pies. No sabía que decir, hasta que Jake, después de una risilla, hizo un comentario que parecía haber adivinado sus pensamientos.

-¡Estabas enamorado de una anciana, Finn!-

Inmediatamente, el can recibió un golpe en la cabeza. Una muy mala decisión la que había tomado esa mañana: sentarse junto a la princesa y dejar que su boca hablara antes que su cerebro.

-¡No soy tan vieja, Jake!-

Una cara completamente roja por parte del humano y una carcajada proveniente de la vampiresa no se hicieron esperar.

-¡Debieron haber visto sus caras!-, exclamó Marceline entre carcajadas.

Fionna, al ver las reacciones de Marceline y de Finn, no pudo evitar contagiarse de la alegría de la primera y empezó a reír también.

-Los voy a extrañar mucho cuando me vaya-, expresó entre risas.

-¿Qué dijiste?-, preguntó Finn, olvidando por un momento lo embarazoso de la situación. Su mirada se posó de una manera preocupada sobre su hermana, quien cortó un poco su risa, -¿Te vas a ir?-

-Sí-, contestó casualmente, -no me puedo quedar aquí. Tengo amigos y cosas que hacer de dónde vengo y ya he estado mucho tiempo lejos. Me necesitan allá-

-¿Y cuándo te vas?-, preguntó Finn, con temor en su voz.

-En dos semanas-

-¿Dos semanas?-, gritó el chico.

-Finn, tranquilo-, dijo la Dulce Princesa, -El portal entre los universos se abre dos veces en un periodo de un mes cada tres años. Si ella no regresa dentro de en dos semanas se quedará atrapada aquí por otros tres años-

-¡Pues que se quede!-, gritó el humano levantándose de la mesa, sorprendiendo a todos los presentes en el comedor, -Por favor, quédate-, rogó a su hermana, con una voz más suave.

-Yo… no, no puedo…-

Finn miró fijamente a su hermana, aun rogándole con la mirada. Pero al no recibir ninguna respuesta diferente, simplemente se fue del comedor.

Durante un par de días más, se comportó un poco distante y apenas si hablaba con los demás. Cuando no estaba con Flama o entrenando en los jardines del palacio, salía del castillo a dar caminatas solo, pero nunca más allá del atardecer, por recomendación de Bonnibel.


Sin embargo, esta vez Finn había estado fuera del castillo más tiempo de lo acordado.

Cada día que pasaba era un día menos con su hermana. Y aunque quería aprovecharlos lo más posible, el sentimiento que le había provocado la noticia no lo dejaba con humor para pasar tiempo con ella. Vaya choque de emociones en el interior del humano.

Sentado, en medio de las praderas, observaba el infinito cielo y sus estrellas, buscando en ellas la calma y la paz que le ayudaran a decidir qué hacer. El debate lo ganaba el partido del perdón, pero en ocasiones el partido del rencor parecía gritar más fuerte.

Un viento frío recorrió su espalda, provocándole escalofríos que lo hicieron temblar. Parecía ser sólo un efecto de estar a la intemperie por la noche, pero otros síntomas eran más extraños de lo normal. Su corazón había empezado a acelerarse, un sudor frío empezó a bajar por su frente, la boca seca y una sensación de vacío en su estómago.

Se levantó rápidamente al percatarse del ruido y el movimiento que provenían de los árboles detrás de él. Desenfundo su espada carmesí, sosteniéndola con su mano derecha, mientras que con la izquierda sostenía una linterna, apuntándola hacia el lugar de donde habían provenido los ruidos. Era una noche sin luna y la linterna era la única luz de la que se podía servir el humano.

-¿Quién anda ahí?-, gritó. Los últimos años combatiendo monstruos y criaturas malvadas le ayudaban a esconder el miedo que sentía.

Entre la oscuridad, un par de luces brillantes de color amarillo parecían mirar directamente al humano con furia bestial. Eso fue suficiente para que en el inconsciente de Finn se despertara un antiguo y hereditario temor, a la vez que un sentimiento de furia y desesperación. El deseo de supervivencia chocaba con el ansia de retribución.

-Así que esta era la razón por la que Bonnie no me quería fuera del castillo tan tarde, ¿eh?-, dijo con una sonrisa bastante nerviosa, encarando a la oscura entidad escondida entre las sombras, -Te tardaste mucho. ¿Por qué no vienes y me enseñas tus trucos para ver si eres tan terrible?-

Finn se dio cuenta después de lo equivocadas que habían sido sus palabras. Frente a él surgió la infame criatura gigante de cuerpo reptiloide, con grandes y afilados colmillos en sus fauces, su piel escamada de prevalencia negra. Los sonidos guturales que emanaba empezaron a quebrar la voluntad del héroe al punto de dejarlo congelado observando al principal autor de la extinción de su especie. No tuvo tiempo para reaccionar cuando el Caos se abalanzó y sólo alcanzo a cerrar los ojos y cubrirse con los brazos, esperando el inevitable final.

En vez de eso, escucho un gran golpe seco y el quejido gutural de la bestia. Cuando abrió los ojos, pudo ver una figura de abundante cabello negro y una gran hacha de doble filo color roja que brillaba aun en una noche sin luz de luna y con la que había golpeado a la oscura criatura, mandándola varios metros hacia atrás.

-¡Ni si te ocurra tocarlo, lagartija!-

-¡Marceline! ¿Cuándo llegaste?-, preguntó Finn

-¿Llegar? ¡Te estuve siguiendo todo el tiempo! ¿Qué acaso no sabes lo peligroso que es estar de noche afuera con el Caos suelto y siendo el último humano en la tierra?-, preguntó la vampiresa en un tono de regaño.

-Yo… eh… lo siento…-, dijo Finn, verdaderamente arrepentido, -Es sólo que… ¡cuidado!-

Marceline volteó hacia atrás para ver como la enorme creatura se arrastraba por el suelo a increíble velocidad, directo contra ella. La visión era aterradora: el Caos se arrastraba dando grandes pasos con sus garras, meneando la cola y la cabeza mientras lo hacía, a una velocidad aparentemente imposible para algo con ese tamaño. La vampiresa se preparó con su hacha para un golpe certero contra la cabeza de la bestia. Levantó el hacha sobre su cabeza pero en un último momento y en un movimiento de pesadilla, el Caos evadió el mortal golpe y pasó por un lado de la reina de los vampiros dirigiéndose directamente contra Finn.

Finn, esta vez más preparado para la situación, se colocó en posición de ataque, analizando los movimientos de la bestia para que no fuera a ocurrir lo que con Marceline hace apenas unos segundos. De repente, el Caos ya no avanzó más. Aunque sus garras se movían no hacían más que arañar el suelo. La bestia volteó detrás de ella y vio como una gran criatura de cuerpo humanoide pero con ciertos rasgos de lobo la tenía sujetada por la cola, impidiéndole avanzar hacia el chico humano.

-Vas a jugar con trucos, ¿eh? ¡Pues yo también tengo los míos!-, gritó Marceline, levantando al Caos en el aire mandándolo de nuevo contra los árboles después de tomar un impulso de media vuelta.

El Caos se levantó inmediatamente, soltando un extraño rugido que Finn nunca había escuchado, pero que le heló la sangre el escucharlo. La criatura se lanzó directamente contra Marceline, quien intentó golpearla en repetidas ocasiones, pero sus golpes siempre eran esquivados. Sin embargo, al esquivarlos no se abalanzaba contra Finn como en la última ocasión. La atención del Caos estaba totalmente centrada en la vampiresa.

Para Marceline era difícil atestar un golpe, pero para el Caos no lo fue. Un simple movimiento de su larga cola (cercenada en su parte final) fue suficiente para conectar con el abdomen de la vampiresa y mandarla varios metros hacia atrás. Marceline quedó tendida en el suelo, incluso soltando el agarre de su hacha que quedó lejos de sus manos.

-Maldita lagartija…-, fue lo que alcanzó a susurrar antes de aparentemente desmayarse.

El Caos mostró sus colmillos, como sonriendo por haberse deshecho tan fácilmente de su oponente; había oscura felicidad en sus ojos. Sin embargo, su atención se dirigió un segundo después hacia el chico humano quien gritando y con espada en mano que se dirigía directamente hacia él.

-¡Marceline!-, era el grito de guerra con el que empezaría la batalla.

El Caos Reptante soltó inmediatamente un ataque con su garra, que Finn logró evitar parando su carrera y saltando hacia atrás. Las garras de la oscura criatura siguieron su ataque, siendo esquivadas por Finn. Aunque más por suerte que por habilidad, pues estar en la intemperie en una noche sin luna no es un momento en el que haya mucha luz para observar lo que hay escasos metros delante de ti. La suerte pronto pareció diluirse, cuando la punta de una de esas afiladísimas garras por fin hizo contacto con la mejilla del adolescente.

Finn siseó y gruño de dolor, cayendo de rodillas al suelo. Había sido tan sólo un rasguño con apenas la punta de la garra pero fue suficiente para obtener un poco de sangre y un ardor insoportable. Ahora el miedo era más fuerte en él; la criatura enfrente de él no era cualquier cosa, había que tomarse las cosas con más seriedad y concentración. ¡Concentración! El chico apenas tuvo tiempo para levantar su espada y ponerla sobre su cabeza, deteniendo las mortales garras del Caos preparadas para cercenarlo. Con una gran aplicación de fuerza, se puso de nuevo en pie y empujo la garra. Con un salto hacia atrás, evitó también la mordida que el reptiloide pretendía darle.

-¡Vamos, vamos! No puede ser tan difícil-, pensó Finn, -Si lo han vencido antes, ¿por qué no habría de poder yo? Bueno, aquí vamos-

Finn se lanzó de nuevo en carrera contra el Caos, preparando su espada para el ataque. El Caos lo esperó hasta que estuviera lo suficientemente cerca y soltó un zarpazo. Sin embargo, esta vez Finn siguió derecho sin detenerse y sólo en el momento del zarpazo se barrió por el suelo, esquivando el ataque de la criatura y llegando hasta la parte baja de su cuello, por donde paseó la punta de la espada de sangre demoniaca. El Caos soltó un alarido escalofriante de dolor, levantando su vientre del suelo y cayendo sobre su costado.

-¡Sí! ¡Lo logre! ¡Lo logre!-, vitoreó Finn, saltando y gritando.

Cuando terminó con su festejo, se dirigió hacia la lastimada Marceline y la ayudó a empezar a levantarse.

-¿Marceline? ¿Estás bien? ¿Puedes levantarte?-

-Um… sí, creo que sí…-, respondió Marceline, todavía hincada, con voz un poco adolorida y la mano en la cabeza, -¿Dónde… dónde está el Caos?-, preguntó extrañada, olvidándose por un momento de sus dolores.

Finn, orgulloso, puso un puño sobre su pecho, el cual infló tanto como pudo y miró a su amiga con una cara de total confianza.

-¡Lo vencí, Marceline! Ese monstruo cabeza de popo no era tan temible como decían-

-No… eso es imposible-, susurró Marceline, asustada. El miedo se veía en su rostro, algo verdaderamente extraño en al caso de la reina de los vampiros.

-¿Qué?-, preguntó Finn, ofendido, pues el no supo leer la expresión de la vampiresa, -¿Vas a dudar de mí? ¡Se supone que somos amigos!-

-¡No, tonto! ¡Me refiero a que es literalmente imposible!-, exclamó Marceline. En ese momento, su vista se dirigió hacia espaldas del humano y su boca y ojos empezaron a abrirse en señal de miedo, -¡Mira!-, gritó, señalando hacia donde el humano estaba dando la espalda.

Finn, todavía con esperanza pero que empezaba a ser consumida por el terror, volteó hacia atrás para observar como la bestia se volvía a parar sobre sus patas y su barriga estaba de nuevo sobre el suelo. Su respirar parecía un gruñido furioso y la herida que Finn había infligido en él comenzaba a cerrarse, despidiendo humo y una sustancia viscosa negra de su cuello que caía en el suelo haciendo un extraño chapoteo. Sus pasos, lentos y pesados, lo dirigían hacia el par de amigos.

-Wow… parece que no era tan fácil como creía-, dijo Finn, con una risilla bastante nerviosa mientras daba unos pasos hacia atrás, -¿Alguna idea, Marceline?-

Marceline se puso en pie apoyándose con su bajo-hacha, aunque un poco cansada y adolorida todavía.

-Según recuerdo… "sólo el recipiente creador de vida es capaz de acabar con el acechador de la noche"-

-¡Sí! Y… ¿qué significa eso?-

-Significa que sólo una mujer puede vencerlo-

-Bueno, tú eres mujer, ¿no?-

-¿Cómo se supone que deba tomar esa pregunta?-, dijo ofendida Marceline

-Eemm… ¿puedes vencerlo?-, dijo Finn, ya demasiado nervioso

-¡No! Sólo una mujer de la especie que ha sido mandado a destruir puede hacerlo. Yo ni siquiera era una completa humana cuando estaba… pues… viva-

-Entonces… sólo puede ser vencido por…-

-¡Cuidado!-, gritó Marceline, cortando la sentencia de Finn, al ver que el Caos había acelerado su andar para atacarlos.

Marceline saltó en el aire y se sirvió de su habilidad de flotar para esquivar su súbito ataque. Intentó tomar a Finn para flotar con él lejos del alcance de la bestia, pero el humano, también en un intento por esquivar al Caos, saltó fuera del alcance de este y de su amiga.

Finn rodó por el suelo, buscando alejarse aún más pero en cuanto se levantó fue golpeado en su brazo derecho por las garras de la bestia, que alcanzaron a rasguñar su extremidad. Finn gritó de dolor y cayó de rodillas al piso. Se sujetó el brazo, notando que había obtenido tres grandes rasguños que empezaban a sangrar un poco, pero no eran demasiado graves. Volvió la vista hacia su enemigo, dándose cuenta de que volvía a avanzar contra él.

-¡Finn, no!-, gritó Marceline desde el aire.

En una fracción de segundo, gracias a su habilidad de poder ver mejor en la oscuridad, se dio cuenta como la cola de la bestia parecía tener algún tipo de herida al final, más notable dado que su cola no terminaba de forma sutil, sino como un gran cilindro que además parecía estar cicatrizado.

-Parece que Einar y María no se fueron sin dar batalla-, pensó la vampiresa con una sonrisa al recordar a sus amigos, -Bueno, no va a ser mi culpa que su hijo muera en manos de esa criatura-

-¡No en mi turno!-, gritó Marceline, flotando hacia abajo a toda velocidad, en contra del Caos Reptante.

Levantó su hacha de doble filo y, con un movimiento fuerte, la clavó en la cola de la criatura, empezando a deslizarse sin oposición por el apéndice del Caos, hasta que el filo del hacha llegó al suelo. La bestia soltó un enorme y profundo grito de dolor, un grito como nunca había sido escuchado por Finn o Marceline. Incluso la vampiresa, a pesar del placer que sentía por el logró de su ataque, fue tomada por sorpresa por la respuesta del Caos e incluso le hizo sentir escalofríos recorriendo su espalda. Sabiendo que la criatura podría reaccionar violentamente, se elevó de nuevo en el aire, justo antes de que una garra golpeara el espacio en donde ella se encontraba hace un momento. La vampiresa aterrizó a un lado de Finn.

-¿Estás bien, Finn?-, preguntó Marceline con rostro preocupado, ayudando al humano a ponerse de nuevo sobre sus pies.

-Sí… no son heridas muy graves-, dijo Finn, adolorido, -Aunque no tengamos lágrimas de ciclope, no tardaran en sanar-, terminó con una sonrisa, lo cual también provocó una sonrisa en la vampiresa

Los gruñidos furiosos de la bestia volvieron a sus oídos. Al voltear, se dieron cuenta de que el Caos apenas si se encontraba a dos metros de distancia. Su aliento golpeaba sus caras, haciendo sus cabellos volar un poco hacia atrás; ambos veían directamente a los ojos de la bestia. Marceline sintió algo tomando su mano y presionándola. No necesitaba voltear para darse cuenta quien era.

-Te voy a extrañar, Marceline-

-Finn, deja de creerte el héroe con una muerte épica. Algo llegará…-, dijo Marceline despreocupadamente y con una sonrisa.

-¿Cómo estás tan segura?-, preguntó Finn

En ese momento, Finn alcanzó a percibir un pequeño destello de luz en el rabillo del ojo izquierdo. Esto llamó su atención y dirigió su vista hacia esa dirección. Un cuerpo de luz se acercaba rápidamente a toda velocidad, creciendo en tamaño. Esta luz chocó contra el cuerpo del Caos, provocando una explosión y que la criatura fuera empujada varios metros lejos de Finn y Marceline.

-Puede parecer fría… pero de verdad se preocupa por los demás-, comentó Marceline.

Finn miró de nuevo hacia su izquierda, logrando ver una luz muy especial y familiar que le hizo saltar el corazón de completa y pura alegría. Junto a esa luz, vio a su hermana y a la Dulce Princesa, hincada sobre una de sus rodillas con una enorme arma sobre su hombro derecho, preparada para dar otro disparo en caso de que fuera necesario.

-Ni se te ocurra lastimar a las personas que más quiero en el mundo…-, dijo y recargó su arma, -…otra vez-

La Princesa Flama se acercó rápidamente a Finn, moviéndose en una línea de fuego, que terminó por enredarse alrededor del humano hasta volver a la figura humanoide de la princesa, que abrazó fuertemente a su novio.

-¡No vuelvas a ser tan tonto como para salir solo de noche si hay una criatura malvada persiguiéndote! ¿Me escuchaste?-, regaño la princesa al humano, abrazándolo tan fuerte como podía.

Finn, todavía sorprendido por la repentina llegada y salvación de las mujeres, pero conmovido e incluso un poco divertido por la reacción de su novia, cerró el abrazo con la princesa, dejando descansar su cabeza sobre la de ella.

-No lo volveré a hacer, te lo prometo-

-¡Finn! ¡No nos vuelvas a preocupar así!-, lo regaño Fionna, -¿estás bien?-, preguntó, con voz más suave.

-Sí. Solo unos pequeños rasguños en el brazo que… wow…-, Finn se dio cuenta de que ya la cantidad de sangre que había perdido empezaba a ser considerable, -No… no importa. Sigue sin ser demasiado grave-. Está respuesta, por supuesto, no calmó demasiado a su novia y a su hermana.

-Marceline, hiciste un buen trabajo cuidando a Finn. ¿Cómo estás tú?-, preguntó la Dulce Princesa.

-Me han golpeado más fuertes y mejores monstruos-, contestó sonriente aunque ocultando un poco el dolor.

De nuevo, el sonido de los arbustos moviéndose bruscamente despertó la alerta de todos. La criatura salió de nuevo de entre la oscuridad, con ojos más brillantes y un gruñido furioso. De repente, empezó a olfatear el aire, hasta que su mirada se posó sobre la humana con gorro de conejo. El Caos Reptante olía la venganza que había esperado por quince años. Sus colmillos se asomaron de nuevo y esta vez parecían formar una sonrisa siniestra que brillaba con la misma intensidad de sus ojos. Sus pesadas patas empezaron a moverse, haciéndolo correr a una velocidad que no era concebible para semejante monstruo.

Fionna se quedó inmóvil. Su primera visión del Caos Reptante la había dejado sin habla y sin pensamientos. Sus manos vendadas y lastimadas no le permitirían usar su arma. El Caos corría a toda velocidad hacia ella. Se oyó un potente disparo y luego una explosión que lo único que provocó fue una nube de humo justo en los ojos de la criatura; no se detuvo.

-¡No!-, gritó Bonnibel.

La criatura siguió en su carrera. A casi centímetros de distancia, Finn le empujó hacia un lado, quedando él en su lugar. Fue a él a quien el Caos golpeó. La bestia hizo un movimiento con la cabeza que mando al humano casi noventa grados en el aire. Finn sintió inmediatamente como el aire abandonaba sus pulmones con semejante golpe. Vio las estrellas mientras iba hacia arriba. Miles, millones de ellas, brillando con eterna vitalidad. Y mientras bajaba, jalado por la gravedad, mareado y casi inconsciente por la falta de aire, se encontró con el brillo de los colmillos del Caos en sus fauces abiertas de par en par, listas para recibirlo.

Finn cerró los ojos, pensando en si alcanzaría a estar lo suficientemente consciente al caer como para sentir los afilados dientes clavándose en su piel. En vez de eso, sintió como una cálido golpe hacia cambiar su dirección hacia un lado y del golpe de el hocico del Caos sus sentidos solo captaron el sonido. Finn intentó decir algo a la chica que lo cargaba mientras flotaba en el aire, pero no podía, no tenía aliento.

-No, no hables… intenta recuperar tu aire primero, ¿sí?-

Finn asintió levemente, antes de ser puesto en el suelo con mucho cuidado por la elemental. Una vez hecho, Flama se levantó y encaró al Caos.

-Cada vez encuentro más personas que me quieren…-, dijo con voz calma, -Gente que se convierte en mis amigos, gente que resulta ser mi familia. Y no voy a dejar…-, la Princesa Flama apretó sus puños, encendiéndolos en fuego, mientras sus ojos se teñían de color rojo, -… que una patética excusa de dragón… ¡me los quite!-

Con eso dicho, la princesa colocó sus dos palmas frente a ella y lanzó una gigantesca cantidad de fuego en contra de la criatura de la noche. El fuego rodeó al Caos por completo, formando un torbellino a su alrededor, cuyas paredes se cerraron bruscamente sobre él.

-¿Te gusta eso? ¿Te gusta?-, gritó Flama, con una sonrisa en su rostro, -Siente como tu sangre hierve desde adentro, siente como tus ojos no resisten la presión. ¡Arde! ¡Arde!-, gritó Flama, para después soltar una carcajada algo aterradora.

Después de varios segundos, la princesa detuvo su ataque, sólo para darse cuenta de que la criatura no había sufrido ningún daño y se encontraba igual de "sonriente".

-¡Vamos a ayudarlos, chicos!-, gritó Marceline, quien se acercaba corriendo con Bonnibel.

Sin embargo, el Caos, con un gran golpe de una de sus patas contra el suelo, levantó una muralla de su propio fuego alrededor de él y de la pareja de novios. Inmediatamente, la princesa y la reina detuvieron su carrera antes de chocar con el fuego púrpura, que parecía arder con más agresividad que el fuego normal.

Una vez asegurándose de que nada ni nadie lo detendrían, el Caos volvió a arrastrarse hacia la pareja.

-Creo que no es muy recomendable tratar de atravesar ese fuego, ni siquiera para mí-, se dijo la Princesa Flama, -Podría darte gastritis si me comes, ¿sabes?-, comentó.

Antes de que la princesa se diera cuenta, Finn estaba de pie frente a ella, con su espada en posición de ataque. Pero su agarre temblaba, todo su cuerpo temblaba. Apenas si podía mantenerse en pie.

-No… No… Not…-


Fionna había sentido un terrible escalofrío en el momento en que vio por primera vez a la bestia. Algo dentro de ella le rogaba por correr, pero había algo más que trataba de impulsarla hacia adelante. Tal vez por ese choque de fuerzas es que se quedó parada sin ir a ningún lado cuando el Caos se dirigió contra ella.

¿Qué podía hacer? Sus manos estaban lastimadas, no podía empuñar una espada sin sentir un dolor insoportable y aunque quisiera, las vendas no le harían tan fácil manipular el arma. Su hermano y su cuñada se encontraban dentro de esa muralla de fuego de oscura tonalidad mientras sus amigas, desesperadas, no sabían que hacer. Ella tampoco sabía qué hacer. Nada podía hacer.

Un ruido. Algo silbando en el aire. Venía de su izquierda, de campo abierto. Volteó hacia allá, no pudiendo ver mucho debido a la oscuridad de la noche. Y, de repente, justo a su lado, cayó una enorme espada de gran empuñadura envuelta en cuero desgastado, de doble filo y bastante filosa a la vista. Algo desde la espada le habló a Fionna, con voz dulce y familiar, escondida en los recuerdos más antiguos de la humana.

Fionna no dudo después de escuchar esa voz. Como pudo, se deshizo de los vendajes que tenía en las manos gracias al filo de la espada y la tomó. La espada se amoldó inmediatamente a un tamaño más conveniente. El sólo hecho de apretar el agarre en la empuñadura le provocó un gran dolor, pero poco le importó. Ahora sí podría ser útil.

-¡AAAAAHHHHH!-. Un gritó de batalla liberado mientras corría hacia la pared de fuego.

-¡Fionna! ¿Qué estás…?-, la princesa preguntó sorprendida al ver que la humana se había quitado los vendajes y se dirigía contra el fuego con una espada; pero se detuvo al ver que espada era la que tenía en las manos, dejando también bastante sorprendida a la vampiresa.

Con un movimiento de la espada, la humana creo una corriente de viento lo suficientemente fuerte para crear una abertura entre el fuego que le permitió la entrada. Al ver de nuevo al Caos frente a ella, el miedo intentó gritar otra vez. Pero una voz, dulce y serena, le habló.

-Estoy contigo, hija-

Fionna siguió corriendo y cuando estuvo lo suficientemente cerca, saltó hacia la espada del Caos, corriendo por sus vertebras hasta llegar hasta su cabeza, donde se detuvo. Levantó la espada, lista para clavarse en línea recta en la cabeza de la bestia. El fuerte agarre que ahora realizaba volvía a quemar sus manos todavía sensibles por su movimiento de la batalla contra Nemus. Poco importó, no le prestaba demasiada atención. Había una fuerza desde la espada que parecía acariciar y refrescar sus manos, haciendo más soportable el dolor.

-¡Esta es por nuestros padres!-, gritó Fionna, antes de clavar la legendaria Nothung en la cabeza del Caos.

Un gruñido de dolor. Su cuerpo iluminándose de color amarillo y rojo antes de explotar en millones de chispas. Y la noche termina, con luz en los corazones de todos los presentes.


-Finn, Cake y yo sentimos no haber estado esa noche allí con ustedes-, se disculpó Jake, realmente arrepentido.

-No tienes nada de qué preocuparte, hermano. Todo salió bien. Prefiero que pases tanto tiempo con tus hijos como puedas y más si le presentaste tu familia a Cake. Además, yo me puedo cuidar sólo-

-Mmm… bueno. Pero la próxima vez no dudes que allí estaré contigo, ¿eh?-

-No podría pedir otra cosa, Jake-

-¿Y? Supongo que ya se te pasó el enojo, ¿no?-

-Mira donde estamos, Jake-

Finn, Jake, Flama, Marceline y Bonnibel se encontraban en uno de los muelles de Ooo, justo frente al barco en el que Fionna había llegado a Ooo junto con el Príncipe Flama hace un mes. Después de unos segundos, Fionna apareció en la cubierta.

-¡Listo! Ya todos sus regalos están guardados. Una dotación de sándwiches de Jake; un suéter tejido por Bonnibel; un puñetazo para Marshall de parte de Marceline; y una espada forjada en fuego de mi hermano Finn y mi cuñada Flama. ¡Muchas gracias, chicos!-

-¡De nada!-, respondieron todos.

-¡Hey, perro!-, gritó Cake desde la cubierta, -Cuida a tus hijos y a tu novia. Y cuídate tú. Son muy afortunados de tenerte-

-Oh… gracias-, respondió Jake con una sonrisa.

Súbitamente, un destello de luz apareció en medio del océano, a varios kilómetros de la costa. La luz siguió parpadeando hasta formar finalmente una figura circular.

-¡Ya es hora de irnos! ¡Preparen las velas! El portal no dura mucho tiempo abierto así que hay que apresurarnos-, ordenó el príncipe.

-Bueno… creo que ya es hora-, dijo Fionna en un suspiro, -Me divertí mucho con ustedes. Fue bueno encontrarte, Finn-

-Para mí también fue grandioso, ¡fue matemático! Quizá sea yo quien te visite dentro de tres años-

-¡Sí! ¡Eso parece una gran idea!-, dijo Fionna emocionada, antes de que el barco empezara a moverse indicando que las anclas ya habían sido levantadas, -¡Nos vemos! ¡Cuídense mucho!-, decían Fionna y Cake, mientras agitaban sus manos.

Todos en el muelle también movían sus manos, despidiéndose de la humana y de su gata. No pasó mucho antes de que quedaran fuera de vista, arrastrados por el oleaje y el viento. Después de algunos minutos, la embarcación cruzó el portal y, luego de eso, nuevos parpadeos y destellos, hasta que el portal desapareció.

-Finn, pero si tú le temes al océano. ¿Cómo vas a hacer para cruzar el portal?-, preguntó Jake

-Tres años son mucho tiempo para superar obstáculos-, contestó Finn

-¿Le tienes miedo al océano?-, preguntó Flama, sorprendida.

El humano recordó entonces que su novia estaba allí y que acaba de aceptar que le tenía miedo a algo. No se desmayó de vergüenza tan sólo por no querer quedar en más vergüenza frente a ella.


Gracias por leer. No olviden dejar una review, es para alimentar a los niños hambrientos. Denle follow para no perderse ni un capitulo, inviten a sus amigos a leer la historia. Suerte en sus regresos a escuela o trabajo. ¡Nos vemos!