Capítulo 9: dudas

Inuyasha nunca le contestó, por supuesto. No dijo ni una sola palabra al respecto cuando ella le confesó sus más profundos sentimientos y así acabó la que podría haber sido una noche más que perfecta. No le guardaba rencor por no sentir lo mismo, no era tan estúpida. Inuyasha no parecía la clase de hombre que se enamorara fácilmente; él era demasiado reservado y desconfiado. Sin embargo, no habría estado de más que le dijera algo bonito, algo que no le hiciera sentir tan tonta.

A la mañana siguiente, se comportó como si nada hubiera sucedido cuando bajaron a desayunar. Le gustaba esa nueva faceta habladora suya, que le hablara sobre él y no se enfadara por sus preguntas. Solo no estaría de más que se mostrara igual de hablador para contestar a las cosas que a ella le interesaban. Sentía que le daba rodeos para detenerse en cuestiones poco relevantes. Su pericia como abogado la había superado.

El lunes por la mañana se sentía desanimada. No había sacado nada en claro de su cita del sábado. ¿En qué punto se encontraban en ese instante? Seguían manteniendo relaciones sexuales, pero no eran novios. Odiaría que él los considerara amantes. Le molestaba percatarse de que en realidad no llegaron a nada sobre ellos mismos. Inuyasha no parecía por la labor de establecer los verdaderos límites de su relación en voz alta y ella no tenía el valor para preguntárselo. ¿Y si la respuesta de él la decepcionaba? Ya había experimentado durante unas horas lo que suponía perderlo; no tenía claro si lo podría soportarlo en una segunda ocasión y para siempre.

Matemáticas a primera hora no era algo que la motivara tampoco. Odiaba las matemáticas, eran difíciles, no se le daban bien y el profesor le producía un nudo en el estómago cada vez que lo veía. ¿Qué edad tenía? Ella diría que en la época de los dinosaurios ese hombre ya era viejo. Además, estar desconcentrada en esa clase no era una opción. El profesor tenía un radar para detectar a los alumnos que no seguían la clase y les lanzaba la tiza en claro indicativo de que debían salir a la pizarra para ser humillados. No sabía si ese día soportaría que la sacaran a la pizarra.

Minutos antes de que se iniciara la clase, el director entró en el aula. El caos desapareció en cuestión de segundos ante la visita del director del colegio. Los alumnos se reordenaron frente a sus mesas y se pusieron en pie para recibirlo. Junto al ya canoso y arrugado director, entró un joven que hizo suspirar a todas las chicas de la clase. ¿Quién era él? ¿Lo estaba entrenando para que fuera el próximo director? De ser así, las matrículas de nuevo ingreso para el próximo curso subirían como la espuma.

Sintió que se le cortaba la respiración durante unos instantes. No se había sentido así por nadie que no fuera Inuyasha hasta ese momento. ¡Ese hombre era increíblemente apuesto! También era ciertamente parecido a Inuyasha. Quizás, su tipo era justamente ese. Le gustaban los hombres altos y fuertes, con hombros anchos y caderas estrechas. No lucía el magnífico bronceado de Inuyasha aunque la tez más blanquecina en contraste con su cabello negro le quedaba muy bien. Su corte de pelo era elegante a la par que juvenil. Le impresionaron sus ojos. El color de los ojos de Inuyasha era inimitable, pero ese hombre tenía una mirada color ámbar que la dejó patidifusa. Parecía que estuviera dispuesto a comerse el mundo.

— Debo comunicarles una pésima noticia. El pasado viernes, durante la última reunión de evaluación, el profesor de matemáticas Edgard Simons sufrió un infarto al que no logró sobrevivir.

El silencio se volvió más ensordecedor si era posible ante el comunicado del director. Mentiría si dijera que nunca fantaseó con ese momento, pero se sentía fatal por haberlo hecho tras haber sucedido. Eso sí, las muertes que ella imaginó no eran tan piadosas. Junto las manos frente a ella en una silenciosa plegaria por el profesor y una disculpa. Desearía haber sido mejor alumna. Aunque, sin duda alguna, muchos de sus compañeros fueron mucho peores que ella.

Tras unos instantes de incertidumbre, algunos de ellos lanzaron vítores. ¿En qué demonios estaban pensando? Los chicos tenían que ser, por supuesto. Las chicas y el director les lanzaron miradas reprobatorias que los silenciaron. ¡Qué poca vergüenza!

— Esto ha sido un duro golpe para la escuela. Edgard ha sido docente de esta institución desde su fundación y era un amigo… — respiró hondo — Les invito a participar en el mural que será colocado en la entrada en recuerdo del profesor.

Ella lo haría, era lo mínimo que le debía.

— Su ausencia también nos ha obligado a buscar un nuevo docente en muy poco tiempo. — el otro dio un paso adelante — Hakuron Maronako acaba de salir de la facultad y se iniciará como docente en esta institución.

¿De qué le sonaba el apellido?

— Hakuron asistió a esta escuela y se graduó con los mejores resultados de su promoción. Después, acudió a la universidad de Oxford a estudiar un doble grado de Administración de Empresa y Derecho Económico y…

— ¡Y ahora es un profesor pringado!

El director se puso rojo al escucharlo. Kouga Wolf era un grano en el culo para muchos profesores del centro. A pesar de haber demostrado tener un gran potencial para los estudios, era realmente fastidioso y odiaba seguir órdenes. Últimamente, desde que trabajaba para Inuyasha y podía verlo más de cerca, tuvo la sensación de que había cambiado. Se equivocó por completo.

— Espero que se porten bien con mi sobrino si no quieren sufrir las consecuencias.

¿Sobrino? ¡De eso le sonaba el apellido! Aquel era el apellido del director. No parecía un enchufado a primera vista.

— Gracias por la presentación, tío. Me ocuparé yo mismo a partir de ahora.

El director le dio una palmadita en la espalda a su sobrino tan cariñosamente que generó cuchicheos entre los alumnos. El director nunca era tan cariñoso con nadie. Fuera del trabajo debía ser una persona completamente diferente a la que ellos conocían en el instituto. ¿Lo sería también el profesor de matemáticas? Seguro que sí. Era una persona con un trabajo, una familia y una vida.

— Bueno, encantado de conoceros a todos. Mi nombre es Hakuron. — sonrió — Tengo veintitrés años y me encantan las galletas caseras si a alguien le interesa hacerme la pelota.

Las chicas se rieron al escucharlo; los chicos gruñeron de asco.

— Voy a aplicar unas metodologías de enseñanza radicalmente diferentes a las que estáis acostumbrados, pero estoy seguro de que seréis capaces de seguirlas y sacar muy buenas notas. Parecéis chicos y chicas con un gran potencial.

Parecía muy simpático, le gustaba.

— Espero que nos llevemos bien y poder aprender con vosotros.

— Si intentas hacerte el simpático para que nos confiemos, no te va a funcionar.

Kouga otra vez. Deberían hacer una colecta para comprarle un bozal entre todos.

— Tú debes ser el payaso de la clase.

— Y tú el enchufado del director.

A Kouga no le había sentado nada bien que lo llamaron payaso. Se preguntó por cuánto tiempo más se la seguiría jugando con el profesor nuevo.

— Me temo que aquí somos todos unos enchufados.

Muy buena respuesta. Todos eran hijos de familias con poderío suficiente como para lograr un trabajo solo por su apellido. Ella, en cambio, podía dar gracias si su padre la enchufaba en la pescadería. Odiaría trabajar allí. Respetaba el trabajo de su padre, pero estaba estudiando para no tener que limpiar pescado.

— No creas que…

— ¡Kouga, ya basta!

Ni siquiera estaba segura de por qué intervino. Simplemente, sintió la necesidad de proteger al nuevo de los continuos abusos de un compañero que era famoso por hacerles la vida imposible a los profesores. Había algo en Hakuron que le gustaba aunque no supiera exactamente qué y no consentiría que le fastidiara, a él no. Al parecer, tampoco era la única que opinaba así. Las demás chicas se volvieron hacia él y lo atacaron con su fría mirada. Finalmente, Kouga agachó la cabeza, avergonzado, y cedió ante la presión de grupo.

— Voy a pasar lista ahora. Cuando diga vuestro nombre, quiero que vengáis a mi escritorio para hablar. Voy a comprobar vuestras notas para que discutamos individualmente vuestras opciones. — les explicó — Mañana, en base a vuestras necesidades, empezarán las clases.

A Kagome, eso le gustó. La metodología del nuevo profesor le gustaba. Parecía que en verdad le importara que ellos obtuvieran buenos resultados. Tal vez, el hecho de que fuera tan joven influyera en su entusiasmo. Inuyasha no se mostraba tan motivado por nada; más bien, parecía quemado por su trabajo. Era de lo más refrescante conocer a alguien tan enérgico.

— Kagome Higurashi

— ¡Sí! — exclamó poniéndose en pie.

Ella era la tercera de la lista. Estaba tan ensimismada examinando al guapísimo nuevo profesor de matemáticas que ni siquiera se percató del paso del tiempo. Lentamente y de forma precavida, se acercó hasta la mesa del profesor y se sentó en la silla que él había colocado junto a su escritorio. Estaba nerviosa, muy nerviosa. De hecho, no sabía qué era lo que la ponía tan nerviosa: el hecho de que el profesor fuera tan atractivo o el hecho de que a ella le fuera tan mal en esa asignatura. Le diría que era un caso perdido, seguro.

— Gracias por lo de antes, empezaba a perder el control de la situación.

Le sorprendió su agradecimiento. No lo hizo para ganar afinidad con él, ni nada por el estilo, pero le alegró saber que él apreciaba lo que hizo. Kouga, desde luego, estaría muy enfadado con ella aunque se le pasaría con el tiempo.

— He estado revisando tus notas… — le dio la vuelta a unas hojas — Has estado muy justa en matemáticas desde primaria. Según el anterior profesor, eres buena alumna, te esfuerzas y pones mucho de tu parte. Si eso es verdad, quizás podamos hacer algo para mejorar tu media.

¿Mejorar su media? Con aprobar matemáticas a la primera ya se daba un canto en los dientes a decir verdad.

— Para ir a una buena universidad, necesitarás beca, ¿verdad? He visto que eres becaria…

Al parecer, estaba en todo.

— Sí, pero ya sé que no puedo acceder a una universidad tan buena como Harvard…

— Nunca digas nunca. En el último trimestre has mejorado por lo que apunta el profesor…

Eso se debía a Inuyasha. Sin sus clases extras, no habría logrado hacer frente ni al primer tema del libro.

— Tu examen final está justito la verdad… Edgard no puso las notas de vuestra clase antes de… — se calló, dando por hecho que se entendía lo que quería decir — Te pondré un seis por tu progreso.

¿Un seis? ¡Un seis! No había sacado un seis en matemáticas en toda su vida. El cinco ya era para dar las gracias en su desastroso caso.

— Yo…

— Pretendo que sigas progresando, Kagome. El próximo trimestre sacarás un ocho cueste lo que cueste. Mereces ir a una buena universidad.

Kagome asintió enérgicamente, sorprendida por todo aquello. Nadie había depositado tanta confianza en su propia capacidad nunca, ni siquiera ella misma. Se levantó de la silla al dar por terminada la tutoría, sintiendo que las rodillas le flaqueaban y regresó a su asiento, temerosa de caerse al suelo por el camino a cuenta de la impresión. No se imaginaba a sí misma sacando un ocho en matemáticas. Lo que sí estaba claro era que, al llevar las notas de ese trimestre a casa, sus padres estarían encantados.

Se sentó en la silla y se puso a pensar en lo ocurrido. Guapo, sexy, inteligente, prometedor, amable y con una increíble promesa de sexo escrita en la frente. ¿Qué más se podía pedir de un hombre? Inuyasha. Estaba con Inuyasha, amaba a Inuyasha, deseaba a Inuyasha. No iba a marcharse con otro tan fácilmente y, mucho menos, iba a pegársela con otro. Inuyasha había sido el primero en hacerle el amor y le había enseñado a amar aunque él no sintiera lo mismo. No iba a dejar a Inuyasha por un simple calentón. Lo dejaría pasar, sería fuerte. Con las caricias de Inuyasha, se le olvidaría todo lo que estuviera relacionado con cualquier otro hombre en seguida.

En la hora del recreo, se acercó al mural que se había colocado para el profesor de matemáticas. Nadie había escrito nada todavía, no se lo podía creer. Enfadada con sus compañeros del instituto por no hacerlo, cogió su propio bolígrafo y le dejó una cariñosa dedicatoria firmada. Tras ella, su trío de amigas también dejó dedicatorias. Otros alumnos se fijaron en ellas mientras lo hacían y empezaron a acercarse para dejar su propia dedicatoria. A lo mejor solo necesitaban ver a otros hacerlo para animarse.

— ¿Qué tal te fue con tu novio el sábado?

— Supongo que bien…

— Eso significa que no fue perfecto.

Yuka tenía razón, no fue perfecto aunque estuvo realmente cerca de serlo. De haberse callado, podría haberlo sido. Ella fue la tonta.

— Fue por mi culpa…

— Eso es imposible. — afirmó Eri — Siempre es culpa de los chicos. Si me das el mechón de su cabello que te pedí, me encargaré de que jamás se vuelva a comportar mal contigo.

— No le he arrancado ningún mechón de cabello.

— Debiste hacerlo.

No estaba tan loca todavía. No obstante, si Inuyasha seguía comportándose como un capullo en algunas cosas, se plantearía seriamente darle su merecido.

— ¿Y qué sucedió? — preguntó Ayumi — ¿Por qué crees que hiciste algo mal?

— Le dije lo que sentía por él…

— ¿Y qué sientes por él? — insistió.

— Le dije que lo amaba…

Ayumi y Eri lanzaron exclamaciones ahogadas, sorprendidas por su atrevimiento. Decirle que lo amaba era un paso muy importante y ella se precipitó. Port otra parte, el hecho de que Yuka estuviera tan callada empezaba a ponerla nerviosa.

— ¿Y qué te dijo él?

— No me dijo nada, se calló.

Notó que Yuka abría la boca con la intención de decir algo al respecto, pero en seguida se arrepintió y volvió a cerrarla herméticamente. ¿Qué le sucedía a Yuka?

— Yuka, ¿estás bien?

— Perfectamente.

No entendía nada.

— Tienes que darle tiempo, Kagome. — le hizo regresar a la conversación Ayumi — A los hombres les cuesta más que a las mujeres expresar sus sentimientos.

Eso tenía sentido y la dejaba más tranquila. Aceptó el consejo de Ayumi de buena gana y miró de reojo a Yuka, quien parecía muy concentrada en una batalla interna. ¿A qué se debía su silencio? Le preocupaba que le hubiera sucedido algo en casa, sabía que últimamente había discutido mucho con su madre a cuenta de haber faltado a las clases extraescolares de inglés. Ojalá no la castigaran muy duramente. Comprendió cuando Ayumi le lanzó una mirada amenazante que hizo que Yuka diera un brinco. Seguramente, Ayumi le había insistido en que no fuera tan agresiva.

A la salida del instituto se reunió con Kamui en el vestíbulo, tal y como solían hacer. Kamui estaba encantado porque hacía días enteros que no volvía a casa con ellos. Ese día, se habían suspendido las clases extraescolares de todo tipo por el fallecimiento del profesor. ¿Se alegraría también Inuyasha de que regresara con ellos? Eso significaba que tendrían más tiempo para estar juntos e incluso solos cuando Kamui y ella terminaran los deberes.

Cogió la mano de Kamui y caminó con él hacia el patio. De lejos, vio a Inuyasha parado junto a su coche. Él siempre estaba puntual en el colegio para recoger a su hijo. Un hombre que era tan buen padre, a quien se le notaba tanto lo mucho que quería a su hijo, tenía que ser capaz de amar. Además, también sabía ser de lo más dulce y encantador con ella cuando quería. Si no le confesó sus sentimientos por orgullo masculino, terminaría por hacerlo tarde o temprano. Si tenía dudas, ella las disiparía. Si no estaba enamorado de ella, lo enamoraría a toda costa.

Alguien se acercó a hablar con él. ¿Era Rika? Solo conocía a una persona en todo el instituto con ese cabello pelirrojo. ¿Por qué Yuka hablaría con Inuyasha? ¿Tenía algo que ver con lo que él debió decirle anteriormente? Tenía que saber qué pasaba. Aceleró el paso para llegar hasta ellos a tiempo de enterarse, pero una voz a su espalda la detuvo.

— ¡Kagome!

Hakuron corría hacia ella por el vestíbulo. ¿Por qué la buscaba con tanta urgencia?

— He estado pensando mucho en tu caso y he tenido una idea.

Agradecía su esfuerzo y su dedicación, pero no en ese instante. Si no se daba prisa…

— Profesor…

— He preparado este cuaderno para ti.

Parecía una encuadernación de fotocopias. Soltó la mano de Kamui, cogió la encuadernación y le echó una ojeada. Eran ejercicios de matemáticas del trimestre anterior.

— Me gustaría que lo hicieras. Sé que son muchos ejercicios, pero sería bueno para ti que lo domines; te hará falta para el próximo trimestre. Cuando tengas dudas, solo tienes que decírmelo y lo haremos juntos. Yo lo corregiré entero cuando termines y te servirá de nota extra por el esfuerzo.

Eso sonaba muy bien. Sonrió agradecida por ese cuaderno. Le gustaba muchísimo el nuevo profesor, era una persona maravillosa. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía aprender algo nuevo en clase de matemáticas y quería aprender. Con profesores como ese, daba gusto ir al instituto. Haría ese cuaderno de arriba abajo aunque tuviera que quitarse horas de sueño para completarlo.

— Muchas gracias, profesor.

— ¿Y este niño tan simpático? — le colocó bien el sombrero a Kamui — ¿Es tu hermano? Creía que era algo mayor…

El parecido del niño con Kikio podía llevar a engaño entre ellos.

— No, mi hermano tiene nueve años, va a cuarto de primaria. Él ya vuelve solo a casa con sus amigos… — se explicó — Kamui es un niño al que cuido por las tardes al salir de clase. Hoy, como no hay entrenamiento de animadoras, volveré directamente con él a su casa.

Tuvo la sensación de que al profesor no le gustaba la idea.

— No quisiera meterme donde no me llaman, pero creo que estoy aquí para aconsejarte y hacer lo mejor para ti. No sé si es lo más conveniente para ti que dediques tanto tiempo a algo que no sean tus estudios en este momento… Las actividades extraescolares son buenas para tu expediente, pero esto no te va a reportar nada. Además, te quitará mucho tiempo de estudio si lo haces a diario…

— Necesito el dinero para… — intentó justificarse.

— No lo necesitas si consigues una beca. Yo creo en ti, Kagome.

Él creía en ella. El corazón le palpitó con tanta fuerza que creyó que se le iba a salir del pecho en ese instante. Nadie le decía cosas tan agradables nunca. El nuevo profesor se estaba tomando tantas molestias por ella que decidió que le prepararía esas galletas caseras que tanto parecían gustarle a todo el mundo. Quería agradecerle de alguna forma su confianza y su esfuerzo. Ojalá Inuyasha fuera exactamente así más a menudo.

Inuyasha parecía contento de que ella regresara con ellos. Tan contento que los invitó a chocolate con churros en la chocolatería que estaba cerca de su casa antes de subir. Después, ella y Kamui se sentaron a hacer los deberes en su dormitorio, tal y como hacían siempre. Inuyasha había estado feliz y relejado, pero no hubo nada en él que le enviara una señal de amor o compromiso. Parecía como si los dos se movieran en dos ondas completamente diferentes. A veces, le gustaría saber en qué pensaba Inuyasha y qué opinaba de ella. Sería más fácil si le diera alguna pista.

Al terminar con los deberes regulares, dejó a Kamui en el salón jugando y se dirigió hacia el despacho de Inuyasha. Parecía ocupado. Al entrar, estaba hablando por teléfono con un cliente. Se apartó el auricular de la oreja y lo tapó.

— ¿Necesitas algo?

— ¿Te importaría que prepare unas galletas en tu horno? Prometo que tendré cuidado esta vez…

— Claro, descuida. Luego iré a probarlas.

No parecía enfadado, ni preocupado por el hecho de que ella utilizara el horno nuevo. Cogió el cuaderno de ejercicios de matemáticas y se dirigió hacia la cocina. Parecía como si no hubiera sucedido nada allí, estaba todo perfecto e impoluto. ¿Quién habría dicho que ella quemó un electrodoméstico allí? Cuando se fue, a pesar del agua, los azulejos estaban grises e incluso negros los más cercanos al horno.

No tardó en dejar de lado el trabajo para ir en busca de Kagome. Hacía mucho tiempo que ella no pasaba toda la tarde en su casa y hacía mucho más que ellos no estaban disgustados el uno con el otro. Quería aprovechar el tiempo. Además, Kagome le estaba preparando galletas caseras, ¿qué más podía pedir? Le pediría que se quedara a cenar esa noche con ellos y luego la llevaría a su casa en coche. Antes harían el amor o reventaría. Cada día que pasaba, la veía más bella si era posible. Su autocontrol se había ido por completo al garete desde que ella apareció en su vida.

Admitía que su confesión del sábado por la noche lo había asustado. Aquello era justamente lo que intentó evitar desde el principio. No quería que Kagome se enamorara para no hacerle daño. Ella todavía era demasiado joven, tenía mucha vida por delante y no estarían por siempre juntos. Aunque no tenía la intención de terminar con su relación por el momento, sabía que aquello no sería eterno. En algún momento habría que cortar por lo sano y no deseaba que Kagome quedara destrozada. Kagome no se lo merecía, era muy buena chica. De hecho, él también sufriría. La apreciaba, sentía por ella algo más de lo que debería sentir. Solo quería protegerla del dolor, pues él conocía de muy buena tinta lo angustioso que podía llegar a ser.

Antes de entrar en la cocina, se detuvo un momento en el salón con Kamui, a quien le preguntó con tono casual con quién estuvieron hablando en el vestíbulo del instituto. La verdad era que temía que fuera un pretendiente. Al saber que era un profesor nuevo y lo que le aconsejó a Kagome tan acertadamente, se preocupó. ¿Y si la convencía para que dejara de ser la niñera de Kamui? Eso supondría el fin de su relación, ¿no? ¡No podía acabar tan pronto!

La encontró en la cocina, tarareando una canción mientras escribía en el cuaderno que ese hombre le entregó. Las galletas se estaban horneando.

— Kamui me ha contado lo que has hablado con tu profesor.

A él le gustaba ir siempre al grano.

— ¿Sí? ¿Y qué?

Ella no comprendía, era demasiado ingenua. Cuando estaba a punto de continuar, sonó el timbre del horno. Kagome dejó de lado el cuaderno y se levantó para sacar las galletas del horno. Él aprovechó para echarle un vistazo al cuaderno. Solo eran ejercicios de matemáticas. ¿Por qué demonios le ponía tan nervioso la aparición de ese tipo? Tomó asiento junto al asiento que ella había ocupado anteriormente y le vio dividir las galletas. Una mitad la puso en un plato y la otra en una bolsa que parecía propia de un regalo.

— ¿Para quién son esas galletas?

— Para el nuevo profesor de matemáticas.

Frunció el ceño ante su respuesta.

— ¿Por qué le preparas galletas a ese profesor?

— Porque ha sido muy amable conmigo, ¿sabes? Me va a poner un seis este trimestre y ha dicho que va a trabajar muy duro conmigo para que consiga sacar un ocho.

Parecía muy contenta mientras hablaba; él cada vez estaba más enfadado.

— Me ha dado el cuaderno que está sobre la mesa como ejercicios extra. Dice que necesitaré aprender bien todo lo anterior para sacar buena nota. Además, contará como nota extra.

— ¿Y no te sirve mi ayuda?

Tuvo la sensación de que Inuyasha estaba enfadado a juzgar por el tono de voz empleado y la aparente aunque falsa calma con la que habló. Cerró la bolsa que estaba preparando para Hakuron y se volvió, consternada. Inuyasha no la miraba a ella; miraba el cuaderno de matemáticas como si fuera una plaga. Su puño cerrado sobre la mesa le pareció de lo más amenazante. No entendía qué sucedía.

— Inuyasha… — regresó a la mesa y tomó asiento junto a él — Claro que me sirve tu ayuda. No habría aprobado de no ser por ti.

Era absolutamente cierto. Ese aprobado se lo debía completamente a Inuyasha, a las horas que invirtió en ella.

— Entonces, ¿por qué te has buscado a otro?

— No me he buscado a otro, es mi profesor de matemáticas. Él quiere ayudarme y puede hacerlo.

— Yo también puedo.

— Eso no es verdad. — continuó para aclarar lo que había querido decir antes de que él respondiera — Tú tienes mucho trabajo, no quiero robarte más tiempo. Solo intento no ser una molestia…

¿De verdad era eso lo que pensaba Kagome cuando aceptó la ayuda de ese tipo o intentaba ser políticamente correcta? Era joven y guapo, lo había visto. Kagome encajaría más con alguien como él que con un viejo repleto de responsabilidades y problemas. Intentaba apartarla de él, llevársela de su lado y quedársela. Un profesor nuevo, el primer día de clase, no podía interesarse tanto por una alumna que acababa de conocer si no tenía ningún motivo oculto. Kagome era demasiado ingenua para verlo.

— Intentas no ser una molestia o ¿estás siguiendo el consejo de tu profesor?

— No entiendo…

— Sé que te ha dicho que debes dejar de trabajar.

Lamentó que Kamui estuviera presente cuando Hakuron la buscó. No culpaba al niño por habérselo contado a su padre, no sería consciente de la importancia de lo que decía o, quizás, sí, y le preocupaba que ella ya no lo cuidara.

— No voy a dejar de venir a trabajar, Inuyasha. Solo era un consejo para…

— ¡Para apartarte de mí!

Inuyasha se levantó hecho una furia. Abrió la nevera bruscamente, sacó un botellín de cerveza y, ante su mirada atónita, arrancó la chapa con los dientes. Jamás había visto algo semejante. Después, se bebió la mitad del contenido de un solo trago. Inuyasha no solía beber, mucho menos cuando estaba discutiendo o preocupado. Él no ahogaba las penas en alcohol. ¿Qué demonios le pasaba? Estaba diciendo cosas sin sentido.

— Inuyasha…

— ¡Cállate!

Detuvo inmediatamente el movimiento que había iniciada para levantarse y apretó los labios, acongojada. Él nunca le había hablado de esa forma.

— Podría despedirte con la misma excusa, ¿sabes? Necesitas tiempo para estudiar…

— No…

— Puedo conseguir una niñera adecuada para Kamui en cualquier parte. No te necesito a ti.

Eso le dolió. No creía haber hecho nada para que Inuyasha le hablara de esa forma tan peyorativa. No iba a dejarlo, no pretendía hacer caso de ese consejo aunque fuera consciente de que era cierto. ¿Acaso aún no era consciente de que su confesión fue completamente verdadera? ¡Lo amaba!

— ¡Esto es ridículo! — explotó — Ni siquiera me he planteado…

— Si quieres irte con otro, hazlo.

— ¿Cómo?

— No me gustan los juegos, Kagome. Yo no soy como esos adolescentes que manipulas en tu instituto, yo ya estoy crecidito. Si me engañas, te echaré sin pestañear.

Inuyasha la dejó con la palabra en la boca al marcharse y más confundida que nunca. Si antes tenía dudas de su amor hacia ella, en ese instante más que nunca. Él no lucharía por ella si otro se interponía entre ellos. ¿Podía seguir junto a un hombre que tenía tan poca confianza en ellos dos? Al fin y al cabo, él mismo dejó claro que no la necesitaba, que era prescindible. Ojalá ella pudiera decir lo mismo de él. En ese instante, se sentía sucia por haberse fijado en otro durante un instante y estúpida por haber creído en un hombre como Inuyasha.

Continuará...