Capítulo 10: sin límite

Desde aquel día, nada había vuelto a ser igual. Creía, tras aquella primera cita no del todo exitosa, que podían arreglarlo, que había esperanza para ellos. De repente, ya no tenía tan clara su relación y el posible futuro. La llegada del nuevo profesor había generado más dudas y conflictos de los que eran necesarios para ellos. No sabía decir si Inuyasha estaba celoso o cabreado, ni se atrevía a hablar delante de él por temor a irritarlo. Solo contestaba cuando él hablaba, nada más.

A medida que Inuyasha se volvía más arisco, ella más se fijaba irremediablemente en otros hombres. El atractivo profesor nuevo solo fue el principio. Los chicos de su clase ya no le parecían tan infantiles. De hecho, desearía a un hombre infantil sin una vida tan complicada. Incluso se fijaba en los hombres por la calle. Era sexualmente consciente de quienes la rodeaban gracias a Inuyasha. Nunca se había sentido de esa forma; tampoco le gustaba demasiado. ¿Le era infiel cuando imaginaba que otro…? ¿Y acaso eso importaba? Al fin y al cabo, tal y como Inuyasha recalcó cruelmente, era totalmente prescindible.

Sus palabras seguían aguijoneándole el pecho con fuerza. Después de que él la atacara de esa forma tan brutal, no había sido capaz de volver a decirle que lo amaba. Creía que sería capaz de recuperarse, pero estaba equivocada. Algo se había roto, algo diminuto y precioso que le había vuelto el corazón de piedra dura y áspera. Ya no se sentía capaz de amarlo; tampoco se sentía capaz de dejarlo. Era como una droga que la incitaba a desear cada vez más y más cuando sabía que era venenosa para ella. Era adicta a Inuyasha. ¿Se sintió su tía Kikio de esa forma cuando lo conoció?

Su nivel de desesperación había alcanzado tal nivel que meditó la posibilidad de dejar de trabajar para él. Hasta el momento, había conseguido ahorrar cinco mil dólares. Cuando cobrara a final del mes de diciembre, serían unos seis mil quinientos. No era suficiente para pagar una buena universidad, por supuesto, mas creía ser capaz de encontrar otro trabajo donde la trataran con la dignidad que se merecía. Además, su corazón ya no podría aguantar más reveses de un hombre que jamás la amaría. Hakuron tenía razón; estaba perdiendo un tiempo precioso en un trabajo que no le iba a reportar nada que no fuera un beneficio extrínseco.

Sí, era muy fácil pensar todo eso, hinchar el pecho con orgullo pensando que tendría el valor de hacerlo. Sin embargo, cuando miraba a Inuyasha, la voz se le quedaba atrapada en la laringe, incapaz de emitir un solo sonido. ¿Qué le pasaba? ¿Tenía miedo de su reacción o de no volver a verlo? O quizás lo que más le asustaba era saber que la sustituiría fácilmente. La sola idea de imaginarlo con otra mujer le revolvía el estómago.

Al menos, pudo emplear las últimas semanas para reflexionar mientras preparaban el festival de navidad del instituto. Como las cosas estaban como estaban, Inuyasha no dijo nada cuando le explicó que iría más tarde a cuidar de Kamui por los preparativos y los entrenamientos. El último día de instituto por la tarde, antes de las vacaciones de navidad, las familias estaban invitadas al colegio para divertirse en el festival que organizaron. Por la mañana y la primera mitad de la tarde, hubo puestos de comida en el patio y se organizaron cafeterías en las aulas. En la segunda mitad de la tarde se llevarían a cabo las funciones teatrales. Ella había ayudado en uno de los comedores y bailaría con las animadoras para abrir la función.

Su padre cerró excepcionalmente la pescadería para pasar el día allí con su madre y con su hermano, quien, a diferencia de los alumnos más mayores, tenía más tiempo libre para disfrutar del festival. Por lo menos pudieron sentarse a comer juntos y gratis por su puesto. Inuyasha, por otra parte, no podía faltar al trabajo y menos en día de juicios para ir al festival. Por lo que sabía, él se acercaría a la hora de las funciones para ver a Kamui. Al mediodía, lo vio tan solo que lo invitó a comer con su familia. Su madre casi se cayó de la impresión al conocer a su sobrino. "El mundo es un pañuelo", dijo al resumirle la historia.

Se recogió la melena en dos coletas frente al espejo del vestuario. Todas las animadoras se habían vestido de mamá Noé en versión sexi. No sabía hasta qué punto era eso una buena idea. Se ajustó el corpiño de nuevo y se miró. Las botas rojas eran increíbles, le encantaban y eso que en un primer momento las rechazó. La corta falda se abría como la de un hada en torno a ella gracias al canesú. Mientras bailaban se les verían las bragas rojas aunque ya estaba acostumbrada a que eso sucediera en el campo de juego. El corpiño de tirantes se ajustaba a su figura, moldeando cada curva, y le realzaba el pecho. Parecía una prostituta. Aquel día, vestidas de esa forma, harían historia para el anuario del centro.

Al salir del vestuario para dirigirse hacia el escenario, vio la inconfundible cabellera plateada de Inuyasha. Ya había llegado. Kamui estaría encantado, lo había echado en falta más que nunca. La familia que los tapaba se movió para darle una mejor panorámica de lo que estaba sucediendo. Se atragantó al verlo. Sus padres estaban hablando con Inuyasha. ¿De qué demonios hablaban? Peor aún, ¿por qué Kikio se dirigía hacia ellos? Seguro que la llamó su madre para hacerle una encerrona con su hijo. Tenía que hacer algo antes de que se mataran.

Se disculpó con sus compañeras un instante y echó a correr hacia ellos. Antes de que su tía llegara, se encontraba entre ellos.

— ¡Inuyasha, has llegado! — se tomó unos instantes para coger aire — Kamui te ha echado mucho en falta.

— Sí, ya me lo ha contado tu madre. Le estaba agradeciendo por haberlo incluido en vuestro…

— ¿Por qué no os sentáis? — lo interrumpió — ¡La función está por comenzar!

Kagome lo agarró y tiró de él inútilmente debido a su diferencia de fuerza. ¿Qué le pasaba? Estaba muy rara, más de lo normal. Sabía que los últimos tiempos no habían sido buenos para ellos, pero no tenía nada que temer. No iba a contarle a sus padres que estaban liados por nada del mundo, no se metería donde no lo llamaban, ni les hablaría mal de ella jamás. Simplemente, se encontró con ellos porque Kamui estaba cogido de la mano de la mujer que era en realidad su tía. Ojalá su madre biológica fuera solo la mitad de cariñosa que esa mujer. Kagome ni imaginaba hasta qué punto era afortunada de tener a esa madre. Él tampoco tuvo demasiada suerte en ese aspecto en el pasado.

— Kagome, no le metas prisa. — le riñó su madre a su espalda — Aún tenemos tiempo para…

No, no lo tenían. Kikio casi los había alcanzado.

— Pero no tendréis buenos asientos para…

— He traído la cámara para grabarte. Como tengo que estar de pies, estaré mejor atrás.

Las mejillas le ardieron al escuchar a su padre. ¿Por qué demonios tenía que decirlo delante de Inuyasha? Aquello era vergonzoso. Su padre todavía iba a grabarla en las funciones del colegio. Además, con el baile que tenían pensado hacer, su padre quemaría la cinta después, seguro.

— Papá…

— ¿Qué haces aquí, Inuyasha?

En verdad intentó evitarlo. Suspiró al escuchar la voz de su tía y se preparó para lo peor.

La verdadera pregunta era qué hacía allí Kikio. Le hirvió la sangre al verla y al sentir la mano de su hijo apretando la suya, claramente consternado de ver a su madre por segunda vez ejerciendo su labor con otra persona. Mentiría si no dijera que lo cabreaba verla comportarse como una tía tan devota con su sobrina. Kagome no tenía la culpa, por supuesto; Kikio era el problema. ¿Acaso no pensó que su hijo estaría allí? No, conociéndola, ni recordaría a qué colegio asistía su único hijo. Si no la hubiera visto embarazada, dudaría que semejante esperpento hubiera llevado un niño en su vientre.

— ¿Tengo que recordarte que tenemos un hijo en común que va al colegio?

El ambiente se tensó como la cuerda de una guitarra en cuestión de segundos. Takeo y Sonomi Higurashi se quedaron pálidos, sin saber qué hacer. Inuyasha dejó entrever en su semblante lo furioso que estaba con su ex mujer. Kikio se comportó como si nada de lo que él pudiera decir le afectara. Kamui ocultaba la cara en el traje de su padre tímidamente. Kagome, finalmente, se encontraba en medio del círculo echa un matojo de nervios. Aquella no era la clase de tensión que necesitaba antes de salir al escenario.

— No me interesa demasiado. — tuvo la desvergüenza de admitir — Para cuando empiece su función, mi sobrina habrá terminado. Solo he venido a verla a ella.

— ¿Cómo tienes la poca vergüenza de…?

— ¡La función va a comenzar ya!

Sonomi Higurashi fue quien se interpuso entre los dos para evitar la disputa.

— Kamui, ¿por qué no saludas a tu madre?

Antes de que el niño se atreviera a moverse, su tía se volvió hacia su hermana pequeña con una mirada de esas que dejaban helada a la gente.

— Has debido echarlo mucho de menos, ¿verdad, Kikio? Ahora, tienes la oportunidad de estar con él…

Kikio intentó discutir, pero su hermana sabía cómo mantenerla bajo control. Había descubierto con el paso de los años que cuando Kikio se comportaba "mal", su hermana mayor le pellizcaba en el antebrazo. En esa ocasión, no fue diferente. Sonomi la pellizcó mientras tiraba de ella para acercarla y la chulería de Kikio desapareció por completo.

Inuyasha se quedó atónito ante lo que acababa de suceder. Jamás había visto a nadie controlar de esa forma a Kikio. Sonomi tenía autoridad y, lo más importante, esa autoridad se extendía hasta la siempre rebelde, inconformista y caprichosa Kikio Tama. Esa parte de ella no le recordaba tanto a su hija. Los rizos, la tez blanca y la mirada dulce eran sin duda herencia de su madre. No obstante, Sonomi no había tenido la suerte de ser tan bella como su hermana o su hija a pesar de sus bonitos y delicados rasgos. El cabello castaño parecía un rasgo que solo heredó ella, el mentón redondeado no le daba un aspecto tan sofisticado como el de su hija y no tenía un físico tan admirable. No estaba mal para su edad, pero no era lo mismo que Kagome o Kikio.

El padre de Kagome era otra cuestión que lo había sorprendido. Cuando Kagome le dijo que era dueño de una pescadería en la que trabajaba, no imaginó a un hombre de ese nivel físicamente. Podría haber optado a mujeres de otro nivel aunque tenía la sensación de que no podría haber escogido mejor. Estaba claro que sus hijos heredaron el color azabache de su cabello, el color chocolate de sus ojos, la nariz perfecta, la altura, pues Kagome era bastante alta para ser una chica, y los rasgos definidos y aristocráticos. Seguro que siempre tenía la pescadería llena de marujas que no le quitaban el ojo de encima.

Kikio cogió la mano de su hijo con una sonrisa forzada y lo acompañó. Él no les quitó el ojo de encima por si acaso. Su hijo disfrazado de tomate era tan llamativo que no podría haberlo perdido de ninguna manera.

— Estará bien. — prometió Sonomi — Kikio se comportará si no quiere que le deje la cabeza plana a capones.

Así que Sonomi había ejercido la labor de hermana mayor abusona y aquello no eran más que residuos de su antigua relación fraternal. No podía decir que no conociera esa sensación. Sesshomaru fue un auténtico canalla cuando eran niños y le encantaba echarle la culpa de todo lo que él hacía. Sin embargo, para los momentos importantes como protegerse de su psicótica madre, siempre pudo contar con él. Sonomi parecía también de ese tipo de persona.

— Me tengo que ir ya. ¡Nos vemos después!

Kagome se marchó a toda prisa sin darle tiempo a nadie para que le contestara. Mientras se iba, se fijó por primera vez en su atuendo. ¿Qué demonios llevaba puesto? Eso era lencería como mínimo y todos se volvían para mirarla. Apretó los puños a los costados, enfadado. No le gustaba que se vistiera de esa forma en público y que tantos parecieran disfrutar del espectáculo.

Sonrió a los padres cuando lo miraron y se volvió hacia el escenario sin dejar de mirarla de reojo. Se había puesto a la cola con otro montón de chicas vestidas con el mismo disfraz. ¿Pensaban bailar con ese aspecto? Aquello se iba a convertir en un mar de hormonas adolescentes. Desearía poder prohibírselo o tener la capacidad de convencer a sus padres de que se lo prohibieran. No le gustaba nada aquello, no quería que lo hiciera y le cabreaba que se atreviera a hacerlo cuando estaba con él. Sabía que estaba siendo excesivamente posesivo, pero Kagome no le dio otra opción. Estaba con él al cien por cien o no lo estaba. No aceptaría menos que eso.

El profesor de matemáticas se acercó a ella para acrecentar aún más si era posible el fuego de su ira. ¿Por qué hablaba tanto con ella? No las animaba a todas, no iba a darles su apoyo, solo hablaba con Kagome. No entendía tanto interés por una única alumna si no guardaba otro tipo de intenciones. Quizás por eso le cabreaba tanto. A pesar de los celos, nunca temió que uno de esos tontos muchachitos de su edad se la robara. No obstante, aquel le parecía un buen rival y sabía de muy buena mano que Kagome tenía antecedentes saliendo con hombres mayores. Eso no la frenaría, él se aseguró de ello.

Si tenía tanto miedo de perderla, debía ser por alguna razón. Aunque la verdadera pregunta era por qué se estaba comportando como un auténtico hijo de puta con ella si no quería perderla. Tenía la sensación de que cuanto más le daba ella, peor la trataba él. Si lo que quería era que Kagome fuera fría y distante, lo había conseguido con creces. Ahí tenía lo que deseó desde el principio: una relación únicamente basada en el sexo. ¿Por qué entonces no estaba satisfecho? Porque quería más. Kagome no era mujer de una sola noche y él había terminado por descubrir que ya no era el mismo hombre. Lo había cambiado para bien o para mal.

Las luces se apagaron. Sacudió la cabeza para tratar de despejar la mente de esos pensamientos que tan angustiosos le estaban resultando y se concentró en el escenario. En la oscuridad, se podían distinguir las siluetas de las animadoras que ya se habían situado. Empezó a sonar la melodía de inicio del villancico de Jingle Bell Rock y las figuras se movieron. En el instante en el que se escuchó la primera palabra del villancico, las luces se encendieron gradualmente para dejar ver a las animadoras.

Se le hizo un nudo en la garganta al verlo. Aquel baile con esa ropa y esa música debiera estar prohibido. ¡Eso era indecente! Al hacer una sentada se azotaron los muslos con las palmas. El sonido hizo que más de uno se agitara en el sitio por la sensualidad que evocaba. ¡Diablos, quería follar con Kagome inmediatamente! Aunque su padre no estaría muy de acuerdo, sobre todo cuando no podía dejar de despotricar.

— ¿Qué le han hecho a mi preciosa niña?

— Takeo…

— ¿Cómo demonios puede permitir esto el director? Tendré que sacarle los ojos a todos los chicos del colegio…

— No es para tanto. — insistió su esposa — Sabes que está en esa edad…

— Le pondré un cinturón de castidad.

Ya era demasiado tarde para eso y él se lo arrancaría con las manos desnudas si era necesario. Se azotaron el trasero entre ellas. ¿Por qué se azotaban? Tampoco era una mala idea para más tarde. Le encantaría darle una buena azotaina a Kagome por subirse a un escenario a hacer guarrerías. Juraría que sus bailes como animadora no eran tan obscenos; no los que él presenció al menos. Después de ese día, no la dejarían en paz los adolescentes. Seguro que ese profesor suyo tampoco.

Al finalizar la canción, la avalancha de aplausos fue tan tremenda que creyó que iba a quedarse sordo. Los asistentes incluso se levantaron para vitorearlas como si hubieran interpretado una obra de Shakespeare con la maestría de Criss Angel. Aunque, claro, para unos adolescentes salidos, aquello tenía que estar al nivel de una película porno interpretada en vivo frente a ellos. No podía decir que él mismo no hubiera sentido exactamente los mismos deseos, ni diría que era capaz de resistirse.

Antes de que Kagome hubiera bajado del escenario, él ya la esperaba entre bastidores, preparado para secuestrarla. Hacía mucho que no se acostaban y lo había provocado. En cuanto la tuvo a su alcance, la agarró y tiró de ella para ocultarse tan rápido que nadie pudo ni verlo tan siquiera. Le tapó la boca cuando iba a gritar y le susurró al oído para tranquilizarla. Él, a diferencia de los otros, no necesitaba hacer cola para ganarse su atención. Tenía un pase VIP permanente que no dudaría en utilizar en todo momento.

— Vamos a un sitio más tranquilo.

Se metió con ella en la biblioteca y la arrastró entre risas hacia el mueble con las últimas estanterías al otro lado del recinto. No solo sería imposible verlos, sino que, además, era improbable oírlos en esa zona. Si alguien entraba, él lo sabría inmediatamente.

— Inuyasha, ¿qué haces?

— Shhhhh. — la puso contra la estantería — No puedo creer que esté haciendo esto… — tiró de los lazos de su corpiño — Hacía años que no me comportaba así en un lugar público.

— ¡Estás loco! ¡Esto es un colegio!

Sí, era verdad, pero ella tampoco hacía nada por detenerlo.

— Sí, hace mucho tiempo… — murmuró rozando con los labios uno de los pezones enhiestos — Eran buenos tiempos, aunque ahora son mejores...

Lo succionó con la boca, excitado y hambriento, lamiéndolo con ímpetu y usando los dientes para jugar con ella. Odiaba que estuvieran enfadados. Cuando discutían, perdían un tiempo valiosísimo negándose el saludo el uno al otro. ¿Por qué discutir cuando podían tener sexo? Eso era mucho más placentero. Aunque tenía que reconocer que el polvo de reconciliación no tenía comparación.

Acariciando su vientre lentamente bajo el corpiño, descendió hacia sus muslos y levantó la falda lentamente mientras acariciaba la suave piel hasta alcanzar su ropa interior. Le había visto las bragas mientras bailaba, eran rojas y muy sexis. ¡Debería haber usado mallas que la protegieran de las miradas impúdicas! No, no debía pensar en los otros. En ese instante, tenía cosas mucho mejores que hacer, como tocarla por todas partes. Alcanzó el fino material de su ropa interior con dedos temblorosos por la anticipación. Primero, acarició de forma circular su mismo centro y, luego, introdujo los dedos entre los pliegues de sus bragas. Pretendía torturarla hasta volverla loca, pero, al sentir la humedad, no pudo evitar jadear e introducir los dedos en su interior.

— Inuyasha... — gimió deslizando las manos por su chaqueta.

Alcanzó el primer botón de su camisa y lo desabrochó hasta llegar más abajo, hasta su cintura. Lentamente y de forma circular acarició sus pectorales y su abdomen plano y liso, disfrutando de toda su musculatura. No se podía explicar cómo podía estar tan fuerte. Juraría que no hacía ejercicio. Si iba al gimnasio, no sabía cuándo lo hacía y en su casa no había aparatos de gimnasia.

No esperaba esa reacción por parte de Inuyasha a cuenta del baile. Creía que se enfadaría con ella más si era posible o que de nuevo le retiraría el saludo cuando ya eran capaces de hablarse. Cualquier cosa menos su pasión. Podía enfadarse con él y rechazarlo si se enfadaba o la ignoraba; no podía rechazarlo si la buscaba con tanto empeño y deseo. Cuando hacían el amor, se sentía querida por él. ¿Cómo iba a poder rechazarlo? Ahí estaba lo único que él era capaz de darle sin reservas, lo único capaz de lograr que ella le diera una oportunidad. Ojalá su carne no fuera tan débil.

Escuchó jadear a Inuyasha. Después, el clic de su cinturón al abrirse la puso en alerta. Había llegado el momento. Sus bragas desaparecieron y lo notó apretarse contra ella, totalmente preparado.

— Rodéame bien las caderas, pequeña. — murmuró contra su oído — Así... muy bien, pequeña... — murmuró al sentir sus piernas bien abiertas.

Lo obedeció en todo feliz y confiada, tal y como siempre hizo. Él, a cambio, introdujo su miembro erecto de una rápida embestida que los hizo gemir a los dos. La sintió húmeda, caliente y apretada. Así era como la sentía siempre y así era como le gustaba. Ninguna mujer le hacía sentirse así. Por un instante, se le vinieron a la cabeza los recuerdos fugaces de otra chica con la que una vez tuvo sexo en la biblioteca de su instituto. Ella era la chica más guapa del instituto y había fantaseado con poseerla durante toda su adolescencia. Probablemente, Melissa fue la responsable de que descubriera su propia sexualidad.

El último día de clase, cuando él aún tenía la edad de Kagome y ella ya se encontraba en bachiller, tuvo la suerte de ser uno de los muchos afortunados que ella escogió para divertirse un rato. Se divirtieron de verdad en la biblioteca. Tanto que, tras su primera vez, tardó una semana entera en recuperarse. Entonces, lo añoró y buscó de nuevo aquel placer que acababa de descubrir. No sabía por qué había recordado su primera vez, pero sí sabía una cosa: Kagome estaba a otro nivel en todos los sentidos. ¿Podría renunciar a aquello? ¿Realmente encontraría a alguien capaz de ocupar su lugar?

Al escucharla gemir, salió de sus pensamientos. Ambos estaban a punto de llegar al orgasmo. Sentía palpitar cada vez más fuerte su miembro y el interior de Kagome. Enterró la cabeza en su hombro, apretó los dientes para no gruñir y empujó con fuerza hasta que llegó la liberación. La respuesta era no: no podía sustituirla. ¡Diablos, estaba perdido!

Se vistieron a toda prisa. Kagome había desaparecido demasiado rato en el día menos conveniente. La estarían buscando sus padres, sus compañeros de clase y sus amigas. Por más que odiara hacerlo, no podía robarle más tiempo a solas, no ese día. Otro día, sin embargo, sería estupendo. De hecho, se le acababa de ocurrir una gran idea para acabar de una vez con la incertidumbre y solucionar todos sus problemas. Se había comportado como un auténtico canalla, así que iba siendo hora de redimirse. Kagome merecía algo mejor.

— En navidad, iremos una semana a Santa Mónica, a casa de mis padres. ¿Quieres venir?

¿La estaba invitando a la casa de sus padres? Eso parecía algo serio. No esperaba que él se lo propusiera, ni siquiera había soñado con ello. Su invitación le hacía tan feliz que no pudo evitar demostrárselo con una sonrisa. Iría encantada de no ser por sus padres. No le dejarían marcharse una semana con un hombre, mucho menos en navidad.

— No puedo ir en navidad… — dijo muy a pesar suyo — Mis padres…

— Tal vez podamos arreglarlo.

¿Podían? Sabía que, de repente, parecía llevarse muy bien con sus padres, pero, de ahí a pedirles que su hija viajara con él a Santa Mónica durante una semana, le parecía demasiado.

— No creo que…

— Te pagaré más dinero por eso este mes, no tienes que preocuparte.

Eso fue un duro golpe. ¿Iba a pagarle por acompañarlo? De repente, todas las piezas encajaron en su cabeza. ¿Cómo pudo ser tan tonta? Inuyasha nunca cambiaría, no importaba cuanto se esforzara por creer en él. Creía erróneamente que podía comprarlo todo a golpe de cartera, que todo era sustituible, que siempre conseguiría lo que deseaba. No quería volver a provocar una discusión, mas no podía quedarse de brazos cruzados permitiendo que él volviera a tratarla de esa forma.

— ¿Por qué quieres pagarme por acompañarte? — se cruzó de brazos — ¿Quieres que vaya como la niñera de Kamui?

— No, yo no… o sí… no lo sé…

— ¿Sí o no?

No lo tenía claro. La verdad era que se lo dijo porque habría dicho cualquier cosa para que ella lo acompañara. Cuando dudó tras haberle dicho que hablaría con sus padres, creyó que le preocupaba el dinero. Al parecer, la mal interpretó. Entonces, ¿qué quería? Temía presentarla como algo más que una niñera ante sus padres por temor a que ellos se comportaran como los suegros, tal y como hicieron en el caso de su hermano inmediatamente. No obstante, era plenamente consciente de que no los engañaría. Sabrían en seguida que estaban liados. Solo tenía una opción.

— Tengo que protegernos, Kagome. Sabes que no puedo decir que…

— Lo sé, pero tenía la esperanza de que conmigo, al menos, no continuaras con el teatro de la niñera.

Estaba muy enfadada. Kagome jamás le había hablado de esa forma, ni nunca había logrado golpearlo con tanta fuerza. Tenía poder sobre él y había aprendido a golpear con las palabras sin necesidad de insultos o lloriqueos de mujer. Bien, a follar no era lo único que le había enseñado. Tendría que felicitarse a sí mismo por ser tan magnífico maestro del arte de herir a aquellos que lo rodeaban.

Kagome se apartó de la librería y se dirigió hacia la salida mientras se ataba de nuevo el corpiño sin decirle una sola palabra. No le gustaba que lo ignorase. Tenía que hacer algo antes de que fuera demasiado tarde.

— ¡Kagome, espera!

La alcanzó en la puerta. Impidió que terminara de abrir y le hizo volverse. Tenía los ojos brillantes, incluso en la oscuridad podía notarlo.

— No quiero que estemos peleados.

— Tú…

— ¡Podemos arreglarlo! Encuentra la forma de venir y… nosotros… Quizás, podamos definir esto.

— ¿Definirlo?

Bien, parecía que eso último le interesaba. Había acertado. Comprender a una mujer era complicado, pero, en ocasiones como esa, era tan predecibles como las agujas del reloj. Las mujeres y su obsesión con el compromiso. Si ponerse una etiqueta la tranquilizaría de una vez, le dejaría hacerlo. Aunque no era su plan inicial llegar tan lejos, no estaba dispuesto a renunciar a ella tan pronto. Por consiguiente, cedería un poco ante ella.

— Sí, creo que va siendo hora de hacerlo.

Kagome parecía feliz de nuevo, tanto que se puso de puntillas y lo besó. Cuando se separó de él, una silueta a su espalda lo puso en alerta.

— Siento interrumpir.

La silueta se apartó y se alejó a la carrera.

— ¡Houjo! — gritó Kagome reconociendo su voz — ¡Dios, nos ha visto!

Sí, los había visto besarse y a él con la camisa abierta. Tenían que hacer algo. Agarró las solapas de su camisa y empezó a abotonarse los botones mientras salía de la biblioteca.

— Tenemos que encontrarle antes de que hable con nadie.

Quizás encontrara la forma de convencerlo para que estuviera callado. Primero, intentarían sacar en claro qué había visto y cuánto sabía. Después, si sabía demasiado, intentaría engañarlo para que creyera haber visto otra cosa. De fallar ese plan, tendría que usar a Kagome y sus sentimientos para ablandarlo. En última instancia, de ser necesario, le ofrecería dinero. No era demasiado elegante y no le gustaba comprar el silencio de la gente, pero no sería la primera vez que lo hacía. Kikio todavía le sacaba el dinero por su silencio.

La dirección que había tomado los llevó hacia el salón de actos del que salieron en primera instancia. No había forma de encontrarlo allí, era como buscar una aguja en un pajar. Decidieron separarse para buscarlo. Aunque estaba algo difusa, recordaba su cara de otra ocasión. Antes de separarse, le repitió reiteradamente a Kagome que debía llamarlo si lo encontraba. Ella no sabría manejar esa situación, era demasiado ingenua.

Mientras lo buscaba, su hijo se cruzó en su camino abrazándose a sus piernas. Kikio lo seguía con una cara de vinagre que lo puso de mal humor. ¿Qué iba a pensar su hijo de su madre si lo miraba de esa forma? En realidad, al ver lo feliz que estaba, comprendió que nada le estropearía el día a su hijo. Había conocido a sus tíos y a su primo por parte de madre, estuvo con Kagome, su madre le prestó atención por primera vez en su vida. Nada les estropearía el momento. Ojalá él pudiera decir lo mismo. Justo cuando se había arreglado con Kagome…

— ¿Me has visto, papá? ¿Qué tal lo he hecho?

¡Joder, la actuación de su hijo! Estaba tan cegado por la pasión que olvidó por completo que su hijo salía justo después de las animadoras.

— Muy bien, hijo.

¿El padre de Kagome lo habría grabado con su cámara? Tendría que preguntárselo antes de que se fueran.

— ¿Seguro? Se han reído de mí cuando me he caído…

¿Se había caído?

— Pues…

— Yo no te he visto por ninguna parte. — decidió tomar parte Kikio.

— Estaba atrás, con tu hermana.

— ¿Seguro? Porque cuando he mirado hacia allí, no te he visto.

— Habrás visto mal.

Kamui paseaba la mirada de su padre a su madre sin comprender sobre qué estaban discutiendo. Eso no tendría que estar sucediendo. Ya tenía más que suficientes preocupaciones en la cabeza como para que su ex mujer, además, tuviera la gran idea de tocarle las pelotas justo ese día. No le jodería con Kamui, no cuando ella había sido la peor de las madres.

— Despídete de tu madre y de tus tíos, Kamui. Nos iremos en seguida.

Antes de que Kikio siguiera al niño hacia sus tíos, la detuvo agarrándola por el codo y se inclinó hacia ella.

— Si alguna vez vuelves a ponerme en duda como padre frente a Kamui, te daré el castigo que te mereces desde hace mucho tiempo.

A pesar de haber logrado chantajearlo, Kikio no era lo bastante estúpida como para intentar encima regodearse de ello. En la anterior ocasión se dejó coger por Kamui, pero eso ya estaba arreglado si no surgía ningún problema por su relación con Kagome. Esa vez, si se le ponía chula de nuevo, le daría algo de lo que jamás podría olvidarse. Ya estaba harto de esa mujer y de que intentara controlarlo como a sus otras marionetas. No lo criaron para ser el pelele de nadie.

— ¡Inuyasha!

Se volvió hacia Kagome al escucharla. Parecía cansada de tanto correr y derrotada.

— No lo encuentro por ninguna parte.

— Tendremos que dejarlo estar por el momento. En realidad, no tiene nada contra nosotros, no te preocupes.

Era su palabra contra la de Kagome y la de él. Además, podía alegar que era un pretendiente celoso que diría cualquier cosa. No le creerían.

— Ahora, tengo que pedirte un favor. — volvieron juntos hacia sus padres — ¿Puedes averiguar si tu padre ha grabado la actuación de mi hijo? Me la he perdido…

— ¡Es verdad! — exclamó — Sabía que se me olvidaba algo…

— La veremos juntos en Santa Mónica… si vienes…

Encontraría la forma de ir porque, por primera vez, tenía esperanza.

Continuará…