Este es uno de los capítulos que más me gustó escribir. Un doble capitulo épico que fue publicado originalmente en Navidad de 2013. Espero que lo disfruten tanto como yo disfrute escribiéndolo.


En tiempos antiguos, mucho antes de lo que la memoria de los viejos sabios puede recordar, nuestra tierra era siempre bendecida por el calor y la luz del padre Sol. Sólo la noche podía derrotarlo, pero nunca era por demasiado tiempo.

Un día, en la época en el que el frio dejaba caer su manto sobre nuestra gente, el Sol anunció a los primeros sabios que sus fuerzas estaban débiles y que tendría que marcharse más tiempo de lo normal. Los viejos, con lágrimas en los ojos, rogaron al Padre que no nos abandonara. El Sol no cambió su parecer, pero aseguró que regresaría.

Y el día llegó. El Sol se marchó más temprano de lo acostumbrado, sumiendo pronto en terribles tinieblas a la gente de nuestro pueblo.

Tenían miedo. En la oscuridad de la noche, sombras y seres extraños acechaban, amenazando la vida de las personas. Los demonios aprovecharon el momento para salir y susurrar cosas a los oídos de la gente, cosas que oscurecían sus interiores tanto como la oscuridad de afuera.

Los demonios se estaban dando un festín con la vitalidad y la alegría de las personas, consumiéndolas hasta dejar casi secos a quienes tuvieron la desgracia de ser sus víctimas

La noche fue larga y los demonios parecían satisfechos. Todos empezaban a perder la fe en que el Sol regresara. Pensaban que la noche por fin había triunfado sobre él.

De repente, entre las montañas, un rayo de luz escapó, y empezó a iluminar el valle de nuestros antepasados. Los demonios, atónitos y espantados, quisieron correr. Las sombras y los monstruos siguieron el mismo plan. Pero fue inútil. Los rayos del Sol los alcanzaron y los convirtieron en cenizas.

Y todos salieron de sus casas para recibir los rayos del padre Sol de nuevo y para recuperar la alegría y la vida que la oscuridad les había arrancado. Y el Sol se levantó en lo alto; poderoso, invencible.

Y desde, entonces en estas fechas, celebramos el triunfo del Sol sobre las tinieblas. Y a pesar de que el Gran Padre tiene que retirarse de la misma manera cada año, nosotros lo esperamos aquí, guardando luz en nuestros interiores para que los demonios no nos consuman. En espera, del Sol Invencible.


-Whoa…-, exclamaron con gran asombro Finn, la Princesa Flama y Jake, quienes estaban sentados en el suelo frente a la vampiresa, quien les contó la historia sentada en un sofá de la casa del árbol.

Era esa época del año en que hacía frío y todos se ponían suéteres otra vez. Y como cada año, todos los amigos se reunían en la casa del árbol de Finn y Jake para compartir una tarde-noche de películas, chocolate caliente y comida.

En la casa se encontraban el cuarteto ya mencionado, además de la Dulce Princesa, recargada en el sofá en el que Marceline se había sentado, escuchando la historia de la vampiresa. El Rey Helado también se encontraba allí, sentado detrás de los adolescentes y el perro.

La luz de la ardiente chimenea frente a la que estaban proveía una iluminación cálida y especial que se esparcía por toda la casa y provocaba un brillo especial en el rostro de todos los presentes.

-¡Esa historia fue maravillosa, Marceline!-, dijo Finn

-Lo sé. Es una de las tantas historias que me sé respecto a esta época. Los humanos tenían muchas fiestas en tiempos como estos. Había quienes celebraban durante siete días, otros que celebraban el nacimiento de uno de las personas más sabias del mundo… Eran fiestas muy bonitas-

-Wow, Marceline. Esa fue una historia muy buena. ¿Dónde la escuchaste?-, preguntó el Rey Helado.

La vampiresa sonrió antes de contestar.

-Me las contó un viejo amigo que sabía mucho de culturas antiguas. Sabía todo sobre ellas-, contestó Marceline.

-¿Ah sí? Pftt. Debió ser todo un nerd. Si alguna vez tuvo novia debió haber sido el sujeto más afortunado del mundo-, se burló el hechicero.

-Sí… era bastante suertudo…-, respondió la vampiresa con una sonrisa.

-¿Nos puedes contar otra historia?-, preguntó la Princesa Flama.

-Me encantaría. Pero…-, dijo, levantándose del sofá, -…la tía Marcy tiene que acudir al sanitario con urgencia. Ya vuelvo-, dijo mientras se retiraba flotando.

-Hey, Jake. ¿Por qué no vino Arcoíris este año?-, preguntó la Dulce Princesa

-Ella y nuestros hijos fueron con mis suegros este año, a la Dimensión de Cristal. Era mejor que sus padres los conocieran lo antes posible-, dijo Jake, levantándose en dos patas.

-¿Y por qué no fuiste con ellos?-

-Nah, tengo una buena relación con sus padres pero quería quedarme aquí para cuidar de Finn-

-¿Cuidar a Finn? ¿De qué? ¿De la Princesa Flama? No creo que quiera ser defendido en lo más mínimo-, dijo la princesa con una sonrisa.

-No, ¿verdad?-, dijo Jake con una risilla, -Me refiero a… tú sabes… los Nigromantes…-, susurró

-¿Ellos? Bueno, puede que tengas razón. Pero desde hace meses que no sabemos nada de ellos. Supongo que después de que el Caos fue vencido decidieron retirarse otra vez. En especial porque Fionna ya no está aquí-

-Pues nunca está de más. Si algo le pasara a Finn por no estar con él cuando me necesita, como aquella noche en que derrotaron al Caos… no podría perdonármelo. Ya ha sido suficiente con papá y mamá-, dijo el perro con seriedad y un pequeño aire de tristeza.

-Sí, me lo imagino…-, respondió la princesa de dulce, -Un momento… ¿dónde están Finn y Flama?-, preguntó, mirando por todos lados al notar que ya no se encontraban más frente al sofá.

-¿Qué? ¡Estaban aquí cuando empezamos a platicar!-, exclamó Jake sorprendido, -¿A dónde se fueron?-


-Entonces… la humana ya no está aquí…-, preguntó Manes desde la silla de su escritorio.

Todos los Nigromantes, a excepción de Nemus que ya había sido derrotado, se encontraban en el despacho de su líder, informándole a este de las noticias que, aunque ya se sabían, no eran confirmadas o no querían ser creídas por los hechiceros.

-Al parecer la chica atravesó algún tipo de portal ubicado en el océano. Es la misma manera en que llegó aquí-, dijo uno de ellos.

-¿El océano? ¿Qué no son esos tus dominios, Imber? ¿Cómo no sabías de eso?-, preguntó con calma Manes al mago que acababa de hablar.

-Yo… no sabía absolutamente nada-, contestó.

-Debe ser culpa de Joshua-, dijo otro de los Nigromantes, reconocible por el gran tamaño que tenía en comparación con los demás, -El debió haber separado a los niños y bloqueado las señales del portal para que ni Imber ni nosotros nos enteráramos-

-Vaya, Perrumpo. Eso es lo más sensato e inteligente que te he escuchado decir-, dijo Manes

-Eh, bueno. Es que ha estado leyendo algunos libros que…-

-No me interesa-, interrumpió el líder desde su asiento, -¿Tienen más información respecto a este portal?-

-Al parecer se abre cada tres años-, dijo otro Nigromante, el cual era más delgado que los demás y tenía voz más suave, -Se abre una vez, desaparece y se abre de nuevo después de un mes. Luego, un periodo de tres años-

-Entonces tendríamos que esperar tres años hasta que la chica vuelva, ¿no, Sica?-

-Sí, señor-

-¡Ah, que predicamento!-, exclamó Manes con poca emoción.

-Podríamos encargarnos del chico ahora y en tres años engañar a la chica. Sería más fácil acabar de uno a uno con ellos-, dijo Cimice, con su voz nasal.

-Hoy Perrumpo y tú están en una racha-, respondió Manes, -Ese plan no suena tan mal. ¡Ater!-

-Un par de ojos naranjas se iluminaron en una de las esquinas del estudio, una esquina que era pobremente iluminada por el candelabro de la habitación. Se podía adivinar una figura de color más oscuro que los alrededores, recargada sobre la pared.

-¿Podrías encargarte? Es tu época favorita-

-Con todo gusto-, respondió Ater, haciendo que la extraña sombra que era su cuerpo se desvaneciera.

-Señor, con todo respeto, yo podría acabar con…-

-No seas ambiciosa, Sica. Ya tendrás tu turno. Ahora, todos fuera de aquí-, dijo Manes, con tono de autoridad, pero aun sin mucha emoción.

Todos empezaron a retirarse, excepto por Sica, quien se quedó viendo fijamente por unos segundos a su jefe, quien tampoco desvió la mirada. Sus ojos estaban clavados unos en los otros, pero Manes no parecía demasiado preocupado. Finalmente, la hechicera salió del despacho sin decir una sola palabra y cerrando la puerta tras de sí.

Habiéndose cerrado la puerta, Manes se relajó en su asiento, colocando su brazo derecho sobre el escritorio. Allí, su mirada se posó en su propio dedo índice. A diferencia de sus otros dedos, ese no era completamente de hueso, sino que su punta estaba cubierta por carne, carne humana. Y eso era nuevo; tenía apenas algunos meses.

-Sabía que no podría deshacerme de ti tan fácilmente-, pronunció Manes.


-¿Por qué nos escondemos?-, preguntó la Princesa Flama, rompiendo el beso que se estaba dando con Finn, -Ellos siempre nos han visto besándonos-

-No sé…-, respondió el humano, sonriendo, -Me pareció divertido que lo hagamos a escondidas-

-¿Sabes? ¡Sí! Se siente cierta emoción. ¿Seguimos?-

-Claro-, preguntó Finn, inclinándose para conectar sus labios con los de su novia.

Sin embargo, como ambos cerraron los ojos y se inclinaron al mismo tiempo, lo único que hizo contacto fueron sus frentes, en un movimiento que, por lo inesperado más que por lo fuerte, les hizo decir "¡Auch!" y sobarse en la zona golpeada, mientras risillas nerviosas llenaban el pequeño cuarto oscuro en el que se habían escondido.

En su segundo intento, por fin sus labios se encontraron sin contratiempo alguno. Después de poco menos de un año, los adolescentes ya tenían cierta destreza al momento de mover sus labios. Como una danza coordinada de la que ambos supieran perfectamente los pasos. Claro, nunca faltaba algún traspié que terminara en una situación extraña y algo vergonzosa, como terminar moviendo los labios contra un mentón o una nariz. Obviamente, esto les traía de nuevo una sonrisilla por lo absurdo de la situación. Gracias a esto, su momento de "escape" acabó.

Unos toquidos en la puerta los detuvo.

-¿Finn? ¿Flama? ¿Están ahí?-

Los adolescentes se voltearon a ver, con caras ligeramente sorprendidas.

-No-, respondió Finn.

La Princesa Flama se llevó la mano a la frente por la reacción de su novio. Del otro lado de la puerta, el movimiento fue repetido por el perro mágico y Bonnibel.

-Finn, ¿por qué no mejor no salen de ahí?-, dijo Jake

La puerta se abrió y los adolescentes salieron todavía con sus suéteres puestos (lo cual fue un gran alivio para Jake y provocó que diera un suspiro; también provocó una sonrisa en la princesa, divertida por su inocencia), ruborizados no sólo por el calor que esas prendas provocaban.

-¡No quiero que se vuelvan a desaparecer así!-, les reprendió Jake, volviendo a un estado de ánimo que le diera un aire de autoridad.

-Tranquilo, apenas si fueron unos minutos-, dijo Finn.

-Pudieron ser más si nos hubiéramos reído tanto-, dijo Flama.

-Ok, ustedes saben que no me gusta perderlos de vista en ningún momento. Sobre todo cuando se están besando-, dijo Jake.

-¿Pero por qué? ¡No nos lo has explicado!-, reclamó Flama.

-¿Acaso vas a seguir haciendo eso cuando estemos casados?-

Jake tuvo suerte de que Marceline hubiera ido al baño, pues el rojo en su rostro era tan brillante y fuerte que resultaría irresistible para la vampiresa. La Dulce Princesa elevó una de sus cejas y sonrió, ansiando la respuesta del perro a tal pregunta. Y la Princesa Flama… su cara también hubiera sido blanco seguro de la vampiresa por el enorme rubor en su rostro por las palabras de Finn.

Cuando el humano se dio cuenta de lo que había dicho, ya era tarde para dar vuelta atrás.

-Bueno… yo… eh… me refiero…a… ¿Casados? ¿Dije casados?-, dijo volteando hacia la elemental.

Flama, con una cara tan sorprendida que estaba tensa, al igual que el resto de su cuerpo, asintió con la cabeza.

-Finn…-, comenzó Jake, haciendo que Finn volteara hacia él, -¿Por qué preguntas eso? ¿Sabes lo que… se hace… cuando se está casado?-

-Pues… no… Pero supongo que ya sería demasiada vigilancia. Bueno, lo digo porque ya seriamos muy grandes como para estar siendo cuidados-

De nuevo, el perro suspiró aliviado, agradecido por la ignorancia del humano en temas de esa naturaleza.

-No te preocupes. Si llegan a casarse, no estaré yo cuidándolos todo el tiempo-, dijo Jake con toda sinceridad.

-Ya mejor consíganles un cuarto y déjenlos solos. No los repriman-, se burló el Rey Helado, que llegaba volando.

Finn gruñó ante el comentario. Y antes de que el hechicero de hielo pudiera decir más, Flama se disparó hacia él. Tomándolo por el cuello de su suéter, lo acercó a su rostro mientras le dirigía una mirada enojada y penetrante.

-No entiendo mucho de lo que pasa aquí. Y no me gusta que hagan burla de ello, ¿entendido?-, dijo la princesa.

-Sí, sí. Está bien. Lo siento, lo siento. No vuelve a pasar-, dijo apresuradamente el mago, logrando que la princesa lo soltara y regresara de nuevo al piso.

-¡Ayuda!-, se oyó un grito desde afuera.

-¿Escucharon eso?-, dijo Finn.

-¡Ayuda!-

-Creo que hay alguien en la nieve que necesita ayuda-, dijo la Dulce Princesa, -Hay que ir a revisar-

-Ok, vayamos. Si el mal no descansa en estos días, ¿por qué lo haríamos nosotros?-, dijo Flama.

Inmediatamente, el ánimo de Finn se elevó y, tomando a su novia con una mano y su espada con otra, se dirigieron fuera de la casa del árbol, seguidos por la Dulce Princesa.

-Ooowww…-, se quejó Jake, -Si yo fuera villano descansaría en días como estos… o todos los días-, dijo mientras seguía exageradamente agachado a sus amigos.

-Wenk-

-¿Qué? ¿Y para qué debería ir yo, Gunter? Ellos son los héroes, no yo-, respondió el Rey Helado.

-Wenk-

-¡Tienes razón! ¡Podría llamar la atención de mi Dulce Princesa! ¡Bien pensado, chica!-, exclamó el Rey Helado mientras se iba flotando, siguiendo a los demás.

-Wenk-


Marceline se estaba secando las manos al salir del sanitario.

-¡Uff! No entiendo porque no viene antes. Casi no lo logro-

La vampiresa se dirigió hacia la sala de su antigua casa para reunirse con sus amigos.

-Muy bien, ¿quieren otra historia? Ahora les contaré sobre un sujeto anciano y regordete que…-

Marceline cortó su oración al darse cuenta de que no había absolutamente nadie en la sala, excepto por el pingüino del Rey Helado, quien tenía una botella sujeta sobre su cabeza, dispuesta a romperla sobre el piso.

-¿A dónde se fueron todos, Gunter?-, le preguntó Marceline.

-Wenk-, respondió Gunter, señalando a las escaleras que daban al piso de abajo.

-Gracias. Y procura no romper demasiadas botellas o se darán cuenta-, dijo la reina de los vampiros mientras flotaba al piso inferior.

Una vez allí, y después de escuchar el sonido de cristal rompiéndose arriba, Marceline miró hacia todos lados. Parecía que no había nadie entre ese montón de monedas y trofeos aventureros que los chicos solían guardar. A menos que se estuvieran escondiendo para jugarle una broma. Pero esa era imposible, Marceline podría oler una broma incluso mientras aún estaba en sus mentes. Así que se dirigió a la puerta para girar el picaporte y salir.

-¡Hey! ¿Hay alguien aquí afuera? ¿Bonnie? ¿Simon? ¿Finn?-, gritaba la vampiresa, habiendo puesto sus pies en la nieve para caminar sobre ella.

Todo era blanco alrededor. El piso estaba completamente cubierto por la nieve que el Rey Helado había colocado varias horas antes. El cielo, vestido completamente de gris por las nubes que mantenían la fría temperatura para que la nieve no se derritiera. Sin embargo, la vampiresa sentía que hacía más frío que antes. Incluso, para ser un vampiro, sus manos empezaban a enfriarse bastante. Maldijo que hubiera olvidado los guantes en el baño. Lanzando algo de su aliento en sus manos y frotándolas esperaba recuperar el calor en ellas, o al menos el frío normal.

De repente, una sombra apareció en la distancia.

-¿Quién está allí?-, preguntó Marceline, tratando de enfocar mejor su vista.

La vampiresa avanzó más. La sombra no se movía ni respondía. Conforme Marceline se acercó más, se dio cuenta que, fuera quien fuera, estaba de espaldas. Cuando estuvo más cerca, se dio cuenta que se trataba de la Dulce Princesa.

-¿Bonnie? ¡Bonnie! ¿Qué haces aquí afuera?-, preguntó preocupada y volvió a flotar para llegar más rápido a ella, -Hey, Bubs, ¿no me escuchas? ¿Qué te…?-

Al llegar a ella, Marceline se dio cuenta de que la princesa estaba completamente fuera de sí. Estaba de pie, mirando hacia el frente; una mirada que parecía ser mezcla de sorpresa y algo de espanto.

-Oye, ¿estás bien? ¿Qué estás viendo?-

Marceline dirigió su visión hacia el posible objetivo de la princesa, sin encontrar nada allí. Sólo más nieve y nubes grises. Y cuando volvió la mirada a la Dulce Princesa, se dio cuenta que a un lado de ella, a algunos metros de distancia, se encontraba la Princesa Flama. Esto desconcertó a la vampiresa, pues se encontraba en el mismo estado que Bonnibel, excepto que su mirada era más decaída y triste.

-¿Qué? ¿Qué sucede?-, se preguntó Marceline.

Mirando más detenidamente a su alrededor, encontró a Jake tirado boca arriba en la nieve y con los brazos abiertos; al Rey Helado arrodillado; todos tenían la mirada perdida y expresiones sombrías. Pero Finn estaba tirado, con su cara en la nieve. Por su situación, el humano fue a quién la chica ayudó primero.

-¡Finn! ¡Finn! ¡Levántate, tonto!-, le dijo, arrodillándose para voltearlo boca arriba, -¡No te das cuenta que así te puedes ahogar!-, le reganó.

Sin embargo, no recibió respuesta, y la mirada del adolescente era del mismo tipo que en los demás.

-¿Quién hizo esto? ¡Muéstrate! ¿Por qué hiciste esto con las personas que más quiero?-, gritó la vampiresa con furia.

-Su temperamento no ha cambiado absolutamente nada, Su Majestad-, pronunció una voz profunda y grave desde su espalda.

-Tú…-, susurró Marceline, -¡Tú! ¡Sabía que eras tú!-, exclamó levantándose y encarando al dueño de esa voz, -¡Ater!-

-No entiendo que pasó con usted, Majestad-, dijo Ater calmadamente y sin moverse de su lugar, ocultó en sus ropajes púrpuras, -Antes le hacía honor a su título. Hoy no es más que una patética bola de sentimientos al igual que estos mortales sin valor-

-¡Ater!-, gritó Marceline, -¡Te ordeno, como tu Reina, que liberes a mis amigos!-

-¿Qué acaso no me escuchaste, Marceline?-, dijo riendo, -Tu título ya no vale nada. Además, pareces olvidar que deje el clan desde hace siglos-

-¿Entonces por qué me llamas "Su Majestad?-, dijo burlonamente, -¡Estúpido!-

-¿Qué acaso no sabes lo que es el sarcasmo?-

-¡Sé lo que es el sarcasmo!-, respondió Marceline, -¡Ahora, libéralos! ¡O te las veras conmigo!-

-Me tomas por un principiante, Marceline. Tengo mis trucos-, dijo Ater.

-Ya los conozco, tonto. ¿Crees que puedo caer tan fácil en ellos?-, dijo Marceline con una sonrisa.

-En verdad, no lo sé. ¿Qué tal si le preguntamos a nuestro amigo?-, dijo Ater, sacando desde adentro de su túnica un viejo oso parchado y descolorido con ojos de botón.

-Ha… ¿Hambo?-


Jake estaba cansado, ya no había fuerza en ninguna parte de su cuerpo. Tan sólo unos minutos antes, había rogado con lágrimas en los ojos a Arcoíris que lo abandonara y que huyera lo más lejos posible. Si le era posible, que se fuera a la dimensión de cristal y no regresara jamás. Que se llevara a los niños y que no se atreviera a mirar atrás.

-Así que… así se siente…-, pronunció Jake con una voz cansada.

Lo único que veía era el cielo, teñido de rojo. Lo que antes eran árboles, ahora eran sólo troncos destrozados o quemados. No había signos de vida por ningún lado. No había rastros de Finn, de la Princesa Flama, de la Dulce Princesa, de Marceline, ni siquiera del Rey Helado. No había nadie.

Por su mente desfilaron los momentos anteriores, en que él solo, con un poco de ayuda de su novia, combatió a una horda de demonios cuyo origen no podía recordar. Aunque al principio la batalla pareció sencilla, pronto los demonios tomaron control de la situación, llegando a herir a Lady. Fue entonces que Jake se enfrentó a varias decenas de demonios para salvar a su novia y rogarle que huyera.

Por supuesto, el perro ya estaba exhausto y había sido herido. Las fuerzas lo abandonaban.

Mientras pensaba en eso, fue sujeto fuertemente de la cabeza por un puño que lo levantó varios metros en el aire, hasta ponerlo frente a frente con el rojo rostro de un demonio gigante.

-Después de que me encargue de ti, seguiré a tu noviecita. No pudo haber escapado muy lejos con esa herida sangrando-

-No… No… Lady no…-, decía sin fuerzas, -No tiene a nadie que la proteja. Nadie que la consuele…-, dijo Jake, empezando a llorar.

-Demasiado tarde, perro-, dijo el demonio, acercando sus filosas garras al cuerpo de Jake


La Dulce Princesa vestía su traje de costumbre, pero esta vez de color negro. Caminaba por una parte retirada del Dulce Reino como una autómata, sin saber a dónde iba pero conociendo el camino perfectamente. Todo se hizo claro en un segundo cuando se dio cuenta que había llegado al cementerio.

-Cuidado…-.

La princesa escuchó un susurro que la hizo detenerse. Pero al ver que no había nada ni nadie a su alrededor, decidió que quizás fue sólo el silbido del viento. El cielo estaba bastante nublado; no parecía extraño que estuviera haciendo viento. Así, empujó la gran puerta metálica que daba acceso al camposanto. Siguiendo un camino de piedras, llegó después de casi un minuto a una sección retirada del cementerio. Allí, se erigían grandes lápidas, bastante más cuidadas que cualquier otra.

Las lápidas tenían nombres como "Finn", "Marceline", "Princesa Flama", "Jake" y "Arcoíris". Cada una de ellas tenía una vela encendida y un ramo de flores encima de ellas.

-… no está bien…-

-Encontré la fórmula de la inmortalidad demasiado tarde-, dijo Bonnibel, ignorando de nuevo el susurro, -Ni siquiera a tiempo para ti, Marceline-

La cara de la princesa era sería. Sus ojos estaban caídos. Casi se podría decir que no había expresión alguna en ese rostro.

-Ustedes… ustedes fueron… y yo nunca dije…-, balbuceaba la princesa, sintiendo un calor en sus ojos que muy pocas veces había sido experimentado, un calor que olvidó entre los sentimientos abandonados en el baúl.

Junto a la lápida de Finn, había otra en la que se podía leer "Shoko"

-Resiste…-


-¡Hey, chicos! ¿A dónde se fueron?-, gritó el Rey Helado, que seguía caminando entre la nieve, -¡Vamos! No sean tan malos. ¡Finn, Flama! Sólo fue una broma, una broma de mejores amigos, ¿verdad?-

El Rey Helado volteaba hacia todos lados, pero sin ver nada más que pura nieve a su alrededor.

-¡Princesa, estoy aquí! ¿Necesitas ayuda para caminar en la nieve? ¡Yo te puedo cargar!-

NI siquiera un comentario de desaprobación recibió.

-¿Marceline? No me dejen solo. Ya suficiente tengo con sentirme yo solo todo el tiempo. Siempre solo…-, dijo de manera más suave, -No tengo a nadie…-, dijo, dejándose caer de rodillas al suelo.

-Simon…-, se escuchó un grito a lo lejos.

El Rey Helado se quedó allí, arrodillado. Mirando la blanca nieve, tan blanca como su barba, tan blanca como su mente.

Intentaba recordar algún momento en el que no hubiera estado solo; un momento en el que alguien hubiera estado de manera voluntaria con él, que hubiera disfrutado momentos con él, que lo hubiera amado. Heladas lágrimas comenzaron a caer sobre la nieve.

-Simon…-

El Rey Helado levantó la vista, viendo como una sombra se acercaba a donde él estaba. Pero la sombra parecía estar caminando sin una dirección específica, como si estuviera buscando algo. En ese momento, escuchó como otros pasos se acercaban desde atrás, pero no les prestó importancia puesto que estaba más interesado en la sombra que se acercaba.

-Simon…-

-Creo que lo buscan allá, amigo-, dijo el Rey Helado a quien fuera quien se había acercado a él por atrás.

-No. Te buscan a ti-, respondió una voz bastante familiar para el hechicero de hielo.

Cuando volteó, vio a un hombre anciano, vestido con una larga y ancha túnica azul. Su piel era del mismo color pero en un tono más claro. Su barba blanca y abundante, al igual que sus cejas. Y en su cabeza llevaba una corona dorada.

-¿Pero qué…? ¿Eres como… mi gemelo? ¡Sí, ya no estoy solo! ¡Oh, ya no!-, exclamó alegre el Rey Helado, levantándose y empezando a bailar mientras reía.

El otro Rey Helado se golpeó la frente.

-¡No, tonto! ¡Mírate!-, dijo el Rey Helado alterno

El Rey Helado clásico se miró a sí mismo y se dio cuenta de que ya no era el mismo. Ahora usaba un chaleco y un pantalón negros. Sus manos ya no eran más azules, sino morenas. Cuando se las llevó al rostro, notó que su barba ya no estaba y su cabello había vuelto.

-No… No puede ser…-

-¿Simon?-, dijo una voz femenina familiar, justo detrás de Simon Petrikov.

-Be… Be… ¿Betty? ¿Eres tú?-, dijo Simon, con lágrimas en los ojos.

-Simon… Te extrañé tanto…-, respondió Betty llorando.

Simon sintió un calor en su interior. Un calor que no había sentido en mucho, mucho tiempo. Quizá demasiado. Él ya no recordaba cuánto. Un remolino de felicidad se formó en su interior. Una sonrisa inmensa le surgió en el rostro. Fue un golpe de emociones fulminante. Ese rostro, esa voz. De repente, era como si sólo un par de semanas hubieran pasado. En ese impulso, corrió hacia Betty, buscando abrazarla; buscando volver a sentir su cuerpo entre sus brazos.

Pero a tan sólo unos centímetros de ella, una sensación helada que cortaba como navajas pasó por su lado derecho. Y antes de que se diera cuenta, Betty había sido atrapada dentro de una prisión de hielo, quedando congelada con una expresión de terror en su rostro.

Simon también quedó congelado, pero no por el hielo, sino por la sorpresa, por el terror, por la angustia. Eran sólo centímetros, casi nada, para llegar a ella. Simon no daba crédito a lo que había pasado y dio finalmente unos pasos hacia atrás, horrorizado por esa escena de pesadilla. De pronto, la lógica golpeó su mente y volteó hacia atrás, sólo para ver como el Rey Helado mantenía su brazo en alto y una mirada sería en contra de Betty.


Tierra desierta. El cielo, disfrazado de un color verde muy particular. Por los oídos de Finn resbalaban susurros malditos en una lengua extraña e incomprensible. El césped era completamente negro y no había árbol que no estuviera quemado o siendo consumido con rapidez por voraces llamas verdes.

Ya ni siquiera sentía la voluntad para pelear. Todo en su memoria era borroso y lo único que podía rescatar de ella eran gritos desesperados y aterradores de voces familiares. Un hueco de angustia se formaba en su estómago al recordarlos. Pero algunos recuerdos en particular: una voz femenina que hizo que su corazón se detuviera al revivir el espanto en ella. Y dos voces, agudas, jóvenes, que gritaban con desesperación "papá".

Una risa macabra que pasó de los recuerdos a la realidad.

Finn levantó la vista para encontrarse con una sombra gigantesca, cuya cabeza adornada con dos cuernos rotos, estaba envuelta en llamas verdes, el mismo color que las dos infames luces que se posaban sobre él y lo iluminaban como un insecto en medio de la oscuridad.

En Finn ya no existía voluntad ni fuerza alguna. Todo se había ido. Todos se habían ido. No quedaba nadie, sólo ellos dos. Su promesa se rompió. No pudo ayudar a nadie cuando más lo necesitaban.

Junto a él, había siete aparatos aparentemente comunes, pero con una extraña roca clavada en cada uno de ellos. Eran importantes, según parecía recordar Finn. Pero todas las rocas estaban rotas, destruidas, quebradas en pedazos. Finn sabía que eso no era bueno.

En un último esfuerzo, más con ansias de venganza y retribución que de ayuda a quien lo necesitara, tomo una espada que se encontraba junto a él. Con torpeza, intentó herir a la gran sombra, que se limitaba a dar unos cuantos pasos hacia atrás para esquivar los ataques del humano.

Ya sin fuerzas, Finn cayó al suelo, derrotado.

-No vale la pena gastar mi energía en ti, chico-, dijo la sombra con voz muy bien conocida, -Disfruta del sueño eterno…-

Finn sentía como sus parpados pesaban. Había sido un día muy ajetreado y necesitaba descansar. Tal vez, cuando despertase, encontraría a su esposa dormida a su lado. Y luego, los pequeños llegarían a saltar a la cama, para jugar con sus padres. Sí, eso pasaría.


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