Capítulo 11: navidades juntos
Ya llevaban cuatro horas en el coche desde que salieron de Pasadena esa misma mañana. El camino hacia Santa Mónica era bastante largo, más todavía viajando con niños. Él procuraba hacer una parada al menos cada dos horas para estirar las piernas. Cuando Kamui era más pequeño, el viaje era una auténtica tortura. Si hubiera tenido una madre que se ocupara de él atrás mientras él conducía, habría sido más sencillo. Estando solo, tuvo que colocar la silla en el asiento de copiloto, desactivar el airbag y viajar a una velocidad muy moderada. A veces tenía suerte y Kamui se dormía. Otras tenía que parar prácticamente cada hora para calmarlo.
Estaba muy contento de que Kagome los acompañara. Como presentía que los padres no iban a consentir si ella sola se lo preguntaba, la misma noche del festival de navidad, al despedirse, les comentó la idea. Fue tan gentil y políticamente correcto que ninguno de los dos sospechó nada. Era abogado desde hacía mucho tiempo y sabía leer bien las expresiones de la gente. Ninguno sospechaba de él. Le prometieron pensarlo, ya que, como era lógico, querían pasar las navidades con sus hijos. Finalmente, accedieron con la condición de que Kagome pasara la Nochebuena y la Nochevieja con ellos. Entre esas fechas podía viajar.
En base a eso, tomó la determinación de no asistir a la cena navideña de nochebuena para salir al día siguiente por la tarde de viaje con ella. Kagome regresaría en tren a su casa el día de Nochevieja, ya se habían sincronizado con el padre para que la recogiera. Podría haberlo hecho de otra forma para poder asistir a la cena, pero deseaba viajar con ella. Le molestaba la idea de que viajara sola. De hecho, le costó aceptar que ella regresara sola en el tren. Ahora bien, también le parecía excesivo para con su propia familia faltar también a la cena de Nochevieja.
Una señal le indicó que solo quedaban treinta y dos kilómetros hasta Santa Mónica. Una vez allí, tendrían que atravesar la capital para dirigirse al campo, donde sus padres tenían un chalet. Él, antaño, también tuvo un chalet en esa zona hasta que Kikio se lo quitó con el divorcio. Sabía que lo vendió y que pertenecía a una familia con hijos. Aunque añoraba su antigua residencia de vacaciones, le gustaba saber que allí vivía una familia y no su ex mujer mancillando cada dormitorio con cualquiera de los muchos hombres que caían en sus redes.
Su familia había vivido en el chalet de sus padres durante generaciones. Un chalet que una vez fue un palacete, pero fue reconstruido de arriba abajo cuando él era un niño. El chalet de tres plantas con ático, piscina y un pequeño establo de caballos era perfecto. Allí se habían criado generaciones de defensores de la ley. Su abuelo fue un famoso juez, su padre era juez, su hermano era juez y él era fiscal, algo que todos ellos fueron antes. Sesshomaru solía meterse con él diciéndole que no tenía talento para ser juez. La verdad era que odiaría ser juez. La verdadera acción estaba en su puesto.
Estaba satisfecho con su vida por primera vez en mucho tiempo. Reflexionando en silencio por el camino se había dado cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, era feliz. No había nada que le faltara o que quisiera conseguir, nada que lo martirizara. Tenía una familia maravillosa, un hijo al que adoraba, una preciosa casa, una cuenta bancaria lo bastante holgada como para salvarlos en caso de necesidad y a Kagome. La miró de reojo durante un instante. Le gustara o no, ella formaba parte de la fórmula de su felicidad.
Tardó media hora más en llegar a la casa de sus padres. Al estacionar el coche en el camino de la entrada, sintió la emoción de un niño pequeño. Por fin estaba de vuelta en casa.
— ¡Ya hemos llegado! — exclamó feliz sin obtener respuesta — ¿Estáis sordos?
Desde luego que lo estaban. La nueva generación de jóvenes continuamente conectada a las nuevas tecnologías de la información le ponía los pelos de punta. Kamui jugaba con su Nintendo con tanto entusiasmo que parecía que estuviera viviendo el juego a modo real. Mientras tanto, Kagome sostenía su mp4 frente a ella viendo algún vídeo mientras movía la cabeza al son de la canción que le llegaba a través de los auriculares.
Le quitó los cascos de las orejas a Kagome y le arrebató de las manos la Nintendo a Kamui con el ceño fruncido. Odiaba que lo ignorasen por esas máquinas, más todavía cuando no las entendía. Sabía usar un ordenador y programar la televisión, pero el día que Kagome se puso a manejar su mp4 frente a él, se sintió como un anciano. ¡No entendía nada! Tendría que actualizarse si quería estar a la altura de una joven… ¿Una joven qué? ¿Novia? ¿Amante? Tenían que llegar a un maldito acuerdo sobre esa etiqueta por el bien de su "relación".
— ¿Es que no me oís? ¡Ya hemos llegado!
— ¿En serio?
Kagome se giró a hacia la ventanilla y miró emocionada el lugar. Cuando pensaba que Inuyasha no podía sorprenderla más, siempre le preparaba algo nuevo. La casa de sus padres era por fuera, al menos, más impresionante que aquel apartamento de lujo en el que vivía Inuyasha. Parecía una mansión de esas de cuento de hadas y le fascinaba. La familia Taisho debía ser muy adinerada o incluso ricos. Debió suponerlo al conocer a Inuyasha. Nadie vivía de esa forma sin un poco de ayuda.
Salió del coche sin apartar la mirada de la estructura. Le gustaban las casas pintadas de blanco, y el azul cobalto para decorar ventanas, puertas y tejado era perfecto. La puerta de entrada era grande y robusta, de un color oscuro, parecía de roble. Delante de la casa estaba situado un gran jardín lleno de rosales de todos los colores y al fondo podía ver unos caballos corriendo en el interior de un gran corral. ¿Tenían caballos? ¿De qué tamaño sería la propiedad? No cualquier familia podía permitirse tener caballos, tanto por el terreno como por el mantenimiento del animal.
Estaba pensando en ello cuando la puerta de la entrada se abrió. Una pareja salió a recibirlos en la entrada.
— ¡Abuelos!
Kamui pasó corriendo junto a ellos para alcanzar a sus abuelos y darles un gran abrazo. ¿Abuelos? Al verlos habría jurado que ese se trataba del famoso hermano mayor de Inuyasha. Si era Inu No Taisho, debía conocer como mínimo el secreto de la eterna juventud. Inuyasha era clavado a su padre. El cabello plateado, los ojos dorados, la tez bronceada, la nariz aguileña, incluso la altura y la potencia muscular. Eran como dos clones con diferentes estilos que los diferenciaban tanto en el modo de vestir como en el de peinarse o moverse.
La madre, más bien madrastra, de Inuyasha era preciosa e igualmente joven. Tampoco se lo podía explicar. Inuyasha le dijo que al casarse con su padre ya tenía una hija de diez años. No podía ser tan joven y preciosa. ¿Qué pensaría esa mujer de ella cuando la viera? No estaba a su nivel y muy poca gente lo estaría. Incluso a esa distancia podía ver los ojos de la mujer de un intenso color azul y una sonrisa blanca y perfecta. Su melena era tan larga que le llegaba hasta las rodillas, perfectamente lisa y bien peinada, sin un solo cabello fuera de lugar. Sus rasgos delicados combinados con su tez blanca le hacían parecer una muñeca de porcelana. Sin duda alguna, era imposible que se trataran de sus padres.
— ¿Son tus padres?
— Sí.
Inuyasha estaba sacando las maletas del maletero. No parecía consciente de su asombro.
— ¡Me estás tomando el pelo! ¡No puede ser!
— Claro que sí. Reconozco a mis padres.
— ¿Y por qué parece que son tan jóvenes como tú? Teniendo en cuenta tu edad, deberían tener como unos cincuenta y pico años por lo menos… — calculó — ¡Mis padres parecen más viejos!
Le tembló la mandíbula al escucharla. ¡Diablos, no había contado con ese pequeño detalle! El aspecto de sus padres llamaría la atención de Kagome clarísimamente.
— Han envejecido bien…
— ¿Bien? — repitió consternada — ¡Se han guardado la fuente de la juventud eterna solo para ellos!
No exactamente aunque iba bien encaminada. Ya iba siendo hora de cambiar de tema, antes de que terminara por descubrir más de lo que estaba dispuesto a revelar.
— Vamos a entrar, debes estar cansada.
— Pero…
Para su suerte, sus padres bajaron las escaleras para ayudarlos e intervinieron antes de que Kagome continuara haciendo preguntas. Seguramente, su padre había oído su conversación y trató de echarle una mano.
— ¡Inuyasha! ¿Esa chica tan preciosa es la niñera de Kamui? — exclamó la madre dirigiéndose hacia ellos — Yo soy Izayoi Taisho. ¡Bienvenida a nuestra casa!
Izayoi la abrazó tan fuerte que le cortó la respiración durante unos instantes. Después, se volvió hacia su hijo, a quien también le hizo palidecer por la fuerza de su cariño. Inu No la levantó del suelo al abrazarla y le dio unas palmadas en la espalda a su hijo en lo que parecía un gesto más masculino entre hombres. ¿Por qué la trataban de esa forma? Ella era una desconocida para la familia.
— Kamui nos ha hablado mucho de ti. — continuó Izayoi — Te llamas Kagome, ¿no?
— Sí… — asintió con la cabeza al mismo tiempo — ¿Inuyasha no le ha hablado de mí?
— ¡Inuyasha es tan reservado! Tengo que sacarle las palabras con un sacacorchos cada vez que nos visita… — se apresuró a defenderlo — Por suerte, Kamui habla por los dos.
Le había desilusionada saber que Inuyasha no hablada nada de ella aunque sabía que en verdad era tan reservado como lo describió Izayoi. Él nunca hablaba de sí mismo o de sus sentimientos, le costaba muchísimo abrirse y, el solo hecho de haberla llevado allí, de proponer que definieran su relación, era todo un logro.
— Será mejor que entréis. Aquí hace frío y estaréis agotados por el viaje.
— Gracias, señora Taisho.
— No hace falta tantas formalidades, querida. — le sonrió — Puedes llamarme Izayoi.
Aunque el aspecto de los padres de Inuyasha fuera tan sospechoso, tenía que admitir que eran encantadores. No sabía cómo pudo salir un hombre tan introvertido de ellos. Quizás eso tuviera algo que ver con su verdadera madre. ¿Fue una mala madre? ¿Tuvo una muerte dolorosa resultado de una enfermedad terminal? ¿Su muerte dejó una marca en él? Había muchas piezas que aún le faltaban para construir el rompecabezas de Inuyasha.
Sus maletas fueron llevadas al mismo dormitorio. Al verse sola con Inuyasha allí, las mejillas le ardieron y quiso que la tierra se la tragara.
— ¿Qué habrán pensado tus padres?
— No te preocupes, ellos no juzgan.
— Han llevado nuestras maletas a la misma habitación…
— Se lo habrán imaginado.
¿Por qué a Inuyasha parecía importarle tan poco? Se estaba cambiando de ropa como si no tuviera ni la menor importancia que allí supieran que estaban liados. No se comportaba igual en Pasadena.
— ¡Inuyasha! — dejó caer sobre la cama la camiseta que estaba estirando — Saben que soy la niñera de Kamui. Pensarán que…
— Nada. Como he dicho, no juzgan.
Él parecía tan seguro de sí mismo siempre que deseó contagiarse un poco de esa seguridad.
— ¿Te apetece montar a caballo?
Por supuesto que sí aunque ella no sabía cómo hacerlo.
— Nunca he montado. — admitió.
— Yo te enseñaré. Solo ponte algo adecuado…
En cuanto Inuyasha cerró la puerta al salir, empezó a rebuscar entre su ropa algo adecuado para montar a caballo. Sabía que los cowboys montaban en vaqueros aunque no le parecía muy cómodo. Además, sus vaqueros eran demasiado ceñidos para eso. Se decidió por unos flexibles y abrigados leggins de material grueso. Buscó entre su ropa hasta dar con un jersey granate de cuello de tortuga que le llegaba hasta las rodillas. Solo le faltaban las botas y una chaqueta de abrigo. Podría volver a ponerse los botines con los que viajó. No obstante, el asunto de la chaqueta de abrigo iba a ser más complicado. Solo tenía su abrigo y unas chaquetas de punto más gruesas.
Su única opción era el abrigo. Se lo puso frente al espejo y suspiró. Aquel lugar era maravilloso, sacado de una película. Ella desentonaba allí tanto como en el apartamento de Inuyasha. Casa bonita, padres jóvenes y encantadores, caballos. La criaron de una forma muy diferente que a él. No sabía cómo dos personas tan diferentes iban a poder encajar.
Se sentó sobre el baúl al pie de la cama y examinó el dormitorio que por vergüenza no había examinado previamente. Amplio, blanco, elegante, caro. De un solo vistazo le pareció todo eso. No sabía si iba a poder sobrevivir en ese lugar. Los padres de Inuyasha eran tan encantadores que se le encogía el corazón al verlos. Aquel lugar era tan de ensueño que desearía atreverse a relajarse y disfrutarlo como Dios manda. Pero temía equivocarse en todo. Inuyasha tenía muchas heridas, más de las que estaba dispuesto a admitir. Ella era una menor que podría destruir todo aquello si se equivocaba, si se mostraba demasiado entusiasta. Deseaba algo que él no podía darle enteramente.
Entrelazó las manos sobre su regazo y respiró hondo. Pensar en lo que no podía ser siempre le cortaba la respiración. Sabía que tenía que ser positiva, tener esperanzas y pensar en un futuro mejor. No obstante, cada vez que Inuyasha la atrapaba de esa forma, esa clase de pensamientos no dejaban de aflorar en ella. Si en ese momento se relajaba, ¿por cuánto tiempo duraría aquella felicidad? Ya había experimentado antes lo que era tocar el cielo y caerse después con todo el equipo. El temperamento de Inuyasha era muy difícil de controlar e incluso de entender. Si al menos pudiera comprenderlo mejor…
Le estaba haciendo esperar. Se levantó del baúl y cerró la maleta con la intención de deshacerla a la vuelta. Había aprendido con el tiempo que, cuando Inuyasha le proponía un plan, había que aprovechar la oferta al momento, en caliente. Más tarde, sería difícil que él volviera a proponérselo.
Al salir del dormitorio, se cruzó con Izayoi y con Kamui, quienes salían del cuarto de este. Kamui se había puesto más cómodo con la ayuda de su sorprendentemente joven abuela.
— ¿Estás cómoda, Kagome? ¿Te gusta el dormitorio?
— Sí, es precioso.
— Inuyasha lo redecoró cuando perdió su chalet…
— ¿Cómo?
¿Inuyasha también tuvo un chalet en Santa Mónica? No tenía ni idea.
— Sí, tenía un chalet a pie de playa, siguiendo la carretera al frente. — le indicó a través de una ventana — Lo perdió en el divorcio… — musitó para que Kamui no la oyera.
Al parecer, su tía siempre estaba relacionada con todas las desgracias que le ocurrían a Inuyasha.
— Mi ti… digo, Kikio, ¿suele ir allí?
— ¿Te ha hablado de ella? ¡Qué sorpresa!
Más bien lo descubrió casualmente, y se llevó la sorpresa de su vida al descubrir que su tía favorita era la ex mujer del hombre del que estaba locamente enamorada y con el que se acostaba en secreto debido a la ilegalidad de tal acto. Era tan enrevesado que explicarlo no tenía ningún sentido. Eso por no decir que tenía que protegerlo, incluso ante su familia. No sabía cuánto le había contado Inuyasha a su familiar, pero sí sabía que su padre era un juez serio que haría algo al respecto.
— Nunca la habitó. — confirmó — La vendió en seguida y ahora vive allí una encantadora familia. Es un alivio porque Inuyasha no habría soportado saber que usaba su casa para… otros fines…
Ni ella tampoco. Con el tiempo, había ido descubriendo hasta qué punto se aprovechó su tía de la generosidad de Inuyasha y estaba furiosa con ella. Estaba furiosa porque no dudó en usar y abandonar a su hijo para obtener dinero. No conocía los términos del divorcio, mas suponía a la perfección lo que había sucedido. Nunca imaginó que Kikio fuera a decepcionarla tanto, ni que pondría a otra persona por delante de un miembro de su familia. Sin embargo, allí estaba defendiendo a Inuyasha.
— Por cierto, pareces muy joven. ¿Qué edad tienes?
Ahí estaba la respuesta a su pregunta: Inuyasha no les dijo nada de su relación y las consecuencias de ella. Tendría que simular y, en vista de la situación, tenía un as en la manga.
— Podría decir lo mismo. — comentó con tono jocoso — Nunca había conocido a una abuela tan joven.
Izayoi se rio con complicidad entendiendo a la perfección su juego. Ambas tenían algo que ocultar a la otra por el bien de sus hombres y pensaban que eso las honraba.
Inuyasha la esperaba en el vestíbulo. Dejó al cargo de sus abuelos a Kamui para que prepararan la comida juntos, algo que parecía tradición allí. Ellos salieron de la casa e Inuyasha la arrastró hacia el establo. Kagome quedó más que asombrada al ver la cantidad de caballos y yeguas que poseían, todos ellos etiquetados con nombres. Eran animales enormes de gran belleza. Debía admitir que le daba auténtico miedo acercarse demasiado a esos animales. Le daba la impresión de que pudieran aplastarla en cualquier momento.
Inuyasha sacó de un corral un semental negro y se montón en él de un impresionante salto. Se inclinó y le ofreció la mano a Kagome.
— Inuyasha, yo no puedo subir… es enorme...
— Yo te ayudo. Dame la mano.
Kagome dudó durante unos instantes por el miedo que le procesaba el tamaño del animal, pero, finalmente, se decidió a darle la mano. No podía marcharse de allí sin haber montado a caballo aunque fuera en compañía. Sintió que era elevada del suelo sin el menor esfuerzo hasta quedar sentada sobre los muslos de Inuyasha. Le enseñó a coger las riendas y tomó sus manos al mismo tiempo para ayudarla.
— Este es mi caballo, se llama Titán. — se lo presentó — Generalmente, es muy manso, pero no le gustan los titubeos. Tienes que llevar las riendas con firmeza para que confíe en ti.
Sin titubeos, justo lo contrario a su propio carácter. Aquello iba a ser más difícil de lo que imaginó en un principio. ¿Y si por su culpa los lanzaba por los aires? La sola idea le hizo temblar.
— Tranquila, yo sé que puedes hacerlo.
Dieron un paseo corto por la propiedad de los padres de Inuyasha para que ella aprendiera los movimientos básicos del jinete. Después, Inuyasha la guio por el campo en un largo y tranquilo paseo al trote que disfrutó muchísimo. Titán se estaba portando muy bien y, con la ayuda de Inuyasha, había podido manejarlo sin problemas. Debía admitir que jamás se había sentido tan segura de sí misma como en ese instante. Aquel paseo fue de lo más terapéutico.
Se pararon a descansar junto a un río, donde Titán bebió. Inuyasha le ofreció un termo con café que debía haber preparado mientras ella se vestía. El café caliente le sentó de maravilla. Se sentaron en unas rocas a disfrutar el hermoso paraje. Jamás había pasado un rato tan agradable con Inuyasha. Parecía tan relajado que, aun a riesgo de estropearlo, decidió preguntarle más cosas de su vida. No podía irse de allí sin haber desentrañado algunos secretos más de los Taisho.
— Izayoi es maravillosa. — empezó´— Tu madre biológica… ¿cómo era?
Inuyasha la miró pensativo más que enfadado. Parecía estar buscando una forma agradable o quizás educada de hablarle de ella. Sabía que era un tema conflictivo para él.
— Mi madre era cruel, implacable. Nunca nos mostró ni el más mínimo cariño a Sesshomaru o a mí.
— Inuyasha…
— Todos los días me recordaba que yo fui un accidente, que no debería haber nacido. — agachó la cabeza — Cuando me portaba mal, me castigaba y, cuando me portaba bien, encontraba una excusa para hacerlo. — musitó — Me dejaba sin comer, me prohibía ir a la escuela y, a veces, me golpeaba con el atizador de la chimenea…
Inevitablemente, unas gruesas lágrimas comenzaron a surcar el rostro de Kagome ante la crueldad del relato. Solo de imaginar a un pequeño Inuyasha de menos de diez años siendo castigado sin causa, torturado, golpeado... Él era un niño totalmente indefenso. ¿Qué clase de madre haría algo semejante? Al parecer, Kikio no estaba en lo más alto del ranking de madres pésimas, tal y como ella le asignó semanas antes. La madre biológica de Inuyasha era un auténtico monstruo.
— No llores, pequeña. — secó sus lágrimas — Aquello ocurrió hace mucho tiempo… — intentó consolarla — Mi padre quiso internarla muchas veces en un psiquiátrico, decía que estaba loca y temía dejarnos solos con ella. — la abrazó contra él — Con mi hermano mayor también era terrible aunque solía ensañarse más conmigo. Un día, cuando yo tenía diez años, ella quiso golpearme con un martillo. Corrí escaleras abajo intentando huir de ella. Sesshomaru vio lo que sucedía y le hizo la zancadilla en lo alto de la escalera. — miró al cielo — Al caerse, murió.
— ¡Dios mío!
— No queríamos matarla, solo intentábamos sobrevivir... — intentó justificarse como si se sintiera el cerebro de un crimen — Llamamos por teléfono a papá inmediatamente y se lo explicamos. Mi padre llegó en seguida a casa y dio gracias a que nosotros estábamos bien…
— No tuvisteis la culpa, Inuyasha.
— Era mi madre a pesar de todo lo que hizo…
Claro que lo era. Kagome puso ambas manos contra sus mejillas y se alzó ligeramente para darle un dulce beso en los labios. Luego besó sus mejillas y le obligó a ocultar el rostro en su hombro. No sabía si quería llorar, pero, de ser así, seguro que no querría que ella lo mirara a la cara en ese instante. Inuyasha amaba a su madre a pesar de todo lo que le hizo, la quería y se sentía culpable; sentía que él la había matado. De repente, podía entender muchas cosas como su desconfianza hacia la calidez de un verdadero abrazo, su falta de respuesta ante el amor, su desapego hacia las personas que lo amaban. La persona que más debiera haberlo amado en el mundo, nunca lo amó.
— ¿Sabes? Cuando mi padre trajo por primera vez a Izayoi a casa, pensé que nunca la aceptaría. Ella no era mi auténtica madre… — soltó una carcajada contra su hombro recordando el momento — Al final, resulta que ha sido la única mujer a la que he llamado mamá…
— Cuando Izayoi apareció, tú ya habías crecido, ¿no?
— Más de lo que crees, Kagome. — suspiró — Pero dejemos de hablar de estas cosas. Hemos venido a pasarlo bien, no a mirar hacia el pasado.
Inuyasha espoleó el caballo sin darle tiempo a formular una sola réplica y se dirigió hacia el bosque con la vista siempre al frente. Kagome, en cambio, se quedó sumergida en sus pensamientos. Lo que Inuyasha acababa de contarle era muy importante para ella. Había compartido con ella una parte muy importante y traumática de su pasado, algo muy privado que no tenía la obligación de contar. Tal vez, Inuyasha empezara a confiar en ella; tal vez, sí que tuvieran una oportunidad de salir adelante juntos.
No se percató de nada de lo que estaba pasando hasta que Inuyasha detuvo el caballo y se encontró en medio del bosque.
— ¿Dónde estamos? — le preguntó al no saber cómo salir de allí.
— Tranquila, preciosa. — la bajó del caballo — Conozco todo esto como la palma de mi mano. — le sonrió — Por fin estamos solos y bien lejos de la familia.
Estuvieron solos durante mucho tiempo entre los árboles. El frío no les importó cuando se desnudaron y pronto se convirtió en un calor abrasador que arrasó con ambos. Dejaron de ser conscientes del clima, el tiempo y la naturaleza que los rodeaba para ser solo plenamente conscientes el uno del otro, de sus cuerpos, su piel contra la del otro, las sensaciones que se extendían por su cuerpo. Si tuviera que definir aquel momento, diría que por primera vez habían hecho realmente el amor. Aquello tan mágico y tan bello no podía ser otra cosa diferente.
Vestirse tras ese mágico momento juntos le produjo pereza. Desearía quedarse así para siempre en ese lugar apartado, donde nada, ni nadie, podía separarlos, donde estaba tan compenetrados y tan unidos que eran verdaderamente uno. Sin embargo, tenían familia y responsabilidades que los obligaban a regresar. El mundo real era el mayor impedimento para que pudieran ser así para siempre.
— Te prometí que definiríamos nuestra relación aquí.
Era la primera vez que Inuyasha hablaba al respecto desde que se lo propuso. Dejó de atarse el abrigo y lo miró interesada.
— Creo que no tiene sentido retrasarlo más.
Caminó hacia él y se detuvo a pocos centímetros de él, expectante.
— ¿Qué quieres, Kagome?
— ¿Qué estás dispuesto a darme? — preguntó en respuesta.
— ¡No evadas mi pregunta! ¿Qué quieres tú?
Solo había una respuesta posible a esa pregunta.
— A ti… — confesó — Te amo, Inuyasha.
Se sintió liberada de nuevo al pronunciarlo. Desde aquella discusión en su cocina, no había sido capaz de volver a repetirlo en voz alta, algo que la estaba destrozando. Ese día, después de tanto tiempo, había sentido que ya podía volver a decirlo.
— Sé que me he comportado como un capullo últimamente…
— ¿En serio lo sabes? — enarcó una ceja.
— ¡No te burles de mí!
La agarró y la abrazó contras u pecho con una sonrisa.
— He dicho cosas de las que me arrepiento, Kagome.
— Inuyasha…
Sabía lo mucho que le estaba costando confesar todo aquello, no tenía por qué forzarse, no quería que se sintiera incómodo. Para ella, ya era muy importante que la hubiera llevado allí con su familia, que hiciera el esfuerzo por estar juntos aun cuando las adversidades parecían ser cada vez mayores.
— Quiero ser sincero contigo, Kagome. — suspiró — No tenía la intención de que nuestra relación fuera más allá del sexo cuando se inició…
Por más que le hubiera costado aceptarlo al principio, eso era algo que ella ya sabía.
— ¿Y ahora?
— No lo sé, la verdad. No estoy acostumbrado a no tener las cosas claras… — confesó — No sé si puedo prometerte ser el hombre que mereces…
Agradecía su sinceridad aunque no se tratara de la confesión de amor que ella había deseado escuchar. De todas formas, tampoco era un no definitivo, no cerraba la puerta del amor. Aún había esperanza para ellos si lo intentaban.
— ¿Por qué no hacemos una cosa? — se le ocurrió — A partir de ahora, habrá más comunicación entre nosotros y confiaremos el uno en el otro. Nada de gritos, de celos, ni de discusiones sin haber escuchado las explicaciones del otro. Intentemos ser más comprensivos el uno con el otro… Sé que yo a veces no he sido tan madura como debiera haber sido…
Aunque había madurado mucho desde que lo conoció, todavía no era una mujer adulta capaz de satisfacerlo plenamente en ese aspecto. Necesitaba seguir creciendo y aprendiendo. Su primera gran lección sería aquella: se acabó eso de ponerse histérica. Nada de paranoias, fantasías femeninas o desconfianza. Tenía que aprender a llevar una relación sentimental con madurez.
— Suena bien, aunque me costará…
— Y, otra cosa, me reservo el derecho a enamorarte.
Aquella semana en Santa Mónica fue mágica desde el primero hasta el último día. No recordaba habérselo pasado tan bien en mucho tiempo y disfrutaba de la compañía de los padres de Inuyasha, quienes eran fantásticos. Asimismo, disfrutó mucho de la compañía de Inuyasha y Kamui. Estaba empezando a conocer a un hombre mucho más relajado, abierto y feliz que se mostraba tal y como eran con total sinceridad. Ese Inuyasha le gustaba más incluso que el anterior.
De vuelta a Pasadena, se sintió muy deprimida. Habría deseado pasar la Nochevieja con ellos a pesar de lo mucho que echó de menos a su familia. Se habían despedido esa misma mañana en la estación de trenes con un abrazo y un beso de esos de película que hacían suspirar a las adolescentes. Ella misma, como adolescente, suspiraba cada vez que lo recordaba. Exactamente igual le pasaba cuando se miraba la pulsera que Inuyasha le regaló por navidad y que todavía no se había quitado. Se la dio con retraso, pero no le importaba. Era una esclava preciosa de oro con diamantes engarzados. No le importaba el precio por una vez porque aquel era un precioso regalo de Inuyasha para ella. Lo único que le hizo sentir culpable fue regalarle únicamente una bufanda color burdeos, su favorito, que ella misma había tejido. A Inuyasha no pareció importarle en absoluto la simpleza de su regalo.
Tras caer la bola que daba inicio al año nuevo, besó y abrazó a su familia, convencida de que ese sería un gran año. Justo cuando imaginaba lo estupendo que habría sido besar a Inuyasha como tantas otras parejas hacían ese día al caer la bola, él la llamó. Se apartó de su familia y corrió hacia su dormitorio para hablar con él.
— ¡Feliz año nuevo, preciosa!
— ¡Feliz año nuevo, Inuyasha! — exclamó eufórica por su inesperada llamada — ¿Llevas puesta la bufanda?
— No podría quitármela. ¿Y tú llevas la pulsera?
— No me la quitaré jamás. — afirmó.
Sin duda alguna, sería un gran año.
Continuará...
