En momentos así, Marceline agradecía que no tuviera necesidad de llevar oxígeno en sus pulmones para sobrevivir. Así, podría reírse tanto como quisiera sin temor a quedarse sin aire. Y esa habilidad era la que estaba aprovechando justo ahora, riéndose a carcajadas del movimiento que había realizado Ater.
-No… No pensé… que me fueras a atacar… ¡con algo tan patético!-, exclamó la vampiresa entre carcajadas y revolcándose en la nieve.
-¿A qué te refieres?-, preguntó Ater, con algo de molestia en su voz.
-Ok, ok. Parece que debiste actualizarte un poco mejor-, dijo levantándose y sacudiéndose la nieve, -Sé que te gusta estudiar a quienes atacas y parece que lo has hecho bien. Pero tomaste por seguro mis debilidades y no te diste a la tarea de investigarme-, dijo Marceline con completa seguridad y superioridad, -Bonnie y yo recuperamos a Hambo hace meses. De hecho, ya he aceptado mucho de mi pasado. Todo gracias a estas personas. No creo que tu magia pueda actuar demasiado en mí-
De repente, un destello azul proveniente de la corona de la Dulce Princesa y otro de color rojo desde la corona del Rey Helado llamaron la atención de los dos contendientes. Ater gruñó al ver eso.
-Parece que las coronas te están dando problemas, ¿no? De verdad que no viniste demasiado preparado hoy-, se burló Marceline.
Pero, contrario a lo que la reina de los vampiros esperaba, Ater empezó a reír. Incluso, su sonrisa sobresalía en la oscuridad de su capucha. En esa sonrisa, se pudieron observar dos puntiagudos y brillantes colmillos.
-De cualquier forma, no son ellos quienes me interesan-
-¿Entonces por qué los atacas?-
-Absorber algo de luz nunca está de más. Me encanta su sabor. Pero, en realidad me interesa él…-, dijo, señalando hacia Finn, que se encontraba cerca de Marceline, -…y ella-, dijo señalando hacia la Princesa Flama, algo que sorprendió a la vampiresa.
-¿Qué? ¡Pero creí que ustedes…!-
-Manes es quien piensa así. Además, la luz de esa chica… nunca había visto nada igual-
-¡No! ¡No puedes hacerle daño!-, gritó Marceline.
-Mira por ti misma-, dijo Ater, señalando hacia la elemental, cuyas flamas empezaban a desvanecerse.
-¡NO!-, gritó Marceline, convirtiéndose en un murciélago gigante.
-¿Quiere pelear, Su Majestad? Pues con gusto acepto su desafío-
Ater bajo su capucha, dejando ver una cabeza ovalada, de frente alargada y arrugada, cubierta totalmente de un color negro profundo. Era calvo y sus orejas puntiagudas. Sus ojos amarillos. Sus colmillos blancos sobresalían de su boca. El vampiro adoptó una forma como la de Marceline, preparándose para la batalla.
El mundo en llamas. Todo a su alrededor estaba envuelto en llamas. Las nubes brillaban como si ellas también fueran consumidas por el fuego. Cada montaña a lo lejos también tenía fulgores cuya razón de ser eran obvias.
Terror. Espanto. Miedo. Eso era lo que sentía la Princesa Flama. Pero sólo en su interior. Pues, cuando se dio cuenta, no pudo moverse. Intentó mover sus brazos, pero estos no respondían. Sólo le quedaba ser una espectadora del desastre del que no quería creer que ella hubiera sido la causa.
-¡Princesa Flama!-
Esa voz, era conocida. En esa voz había preocupación y… ¿cansancio?
-Finn…-
Por primera vez, el cuerpo le respondió a la princesa, permitiéndole dirigir su vista hacia el humano. Se veía exhausto, con las ropas hechas girones, quemadas, al igual que su piel. La princesa no daba crédito. ¿Acaso…? ¿Acaso fue ella la culpable?
-Flama… todo está bien. Todo estará bien. No te preocupes-
-Finn, ¿qué pasó? ¿Estás bien?-, dijo la Princesa Flama
-¿Qué demonios quieres aquí?-. Pero al parecer, fue sólo en su mente, pues su cuerpo expulsó otras palabras.
-¿Qué? ¡No! ¡Yo no dije eso!-
-Quiero salvarte…-, dijo Finn
-¡No! ¡Tú quieres salvar a los demás! ¡No a mí!-
-¿Qué pasa? ¿Por qué no puedo hablar? ¡Finn! ¡Ayúdame!-
-Finn, ¡aléjate! ¡Te lo advierto!-
-Yo… yo sólo quiero que todos estén bien-, dijo Finn empezando a sollozar.
Detrás de Finn, llegó la Dulce Princesa. Estaba en un estado precario. Su piel parecía estar quemada en algunas partes y endurecida en otras. Su cabello estaba descuidado y faltaba gran parte de él. Su mirada era triste y vacía; su cara reflejaba un tremendo pesar. La princesa traía arrastrando una base móvil, sobre la cual se encontraba una lámpara de cristal, aparentemente más pequeña que la que se encontraba en el Reino del Fuego.
-Quiero que todos estén a salvo…-, dijo Finn, con la cabeza inclinada.
-Finn… no… por favor…-
-¡No me van a encerrar de nuevo allí!-
-Es lo mejor para todos…-, susurró Finn, -Es lo mejor para ti-, dijo Finn, levantando su vista y dejando ver el río de lágrimas que nacía de sus ojos y corría por su rostro quemado.
-¡Finn, por favor…!-, exclamó la princesa, al borde de las lágrimas.
-¡No!-, gritó el cuerpo de la princesa, lanzando una enorme bola de fuego contra sus amigos.
La explosión fue fuerte e incluso lanzó una luz cegadora que lo volvió todo blanco por unos segundos. Cuando se pudo volver a ver bien, la lámpara seguía allí, pero Bonnibel ya no. Sólo una corona ennegrecida y con una quebradura a un lado.
Y a unos cuantos metros de allí, un humano, tendido en el suelo sobre su lado derecho. No se movía, no daba señales de ningún tipo.
-Finn…-, susurró por fin el cuerpo, con preocupación y miedo.
El cuerpo respondió y la Princesa Flama bajó de las alturas y corrió hacia el chico, arrodillándose a su lado. Lo tomó con sus brazos para voltearlo. Pero en ese momento se dio cuenta de que la mitad de su brazo derecho ya no estaba y la otra mitad estaba terriblemente quemada.
La princesa se paralizó, igual que el mundo a su alrededor. No sabía que decir, no sabía que hacer o que pensar. Incluso, las lágrimas de lava dilataron en salir, pues no creían que la escena recién observada fuera verdad.
-No… No… Finn… ¿Qué he hecho?-, balbuceó, -¿Qué he hecho?-
-Siento no poder haberte ayudado, Flama…-, susurró Finn entre los brazos de la princesa, -Siento no haber sido tu héroe…-
-No, no, calla. Tú siempre fuiste mi héroe y siempre lo serás. Te ayudaré. Te llevaremos al hospital, ¡estarás bien!-, decía apresuradamente la princesa.
Finn sonrió débilmente.
-No, Flama. Eso no pasará. Ya no hay nada. Tú lo… no importa-
Y recuerdos extraños invadieron la mente de la joven princesa, recuerdos llenos de dolor, destrucción y fuego.
-Siento no haberte detenido, Flama…-, dijo Finn, lo cual intrigó a la adolescente, -Siento no poder evitado que hayas matado a todos. Perdón por no detenerte cuando incendiaste todo mientras tú te reías. Perdón por no haber controlado tus monstruos…-
La princesa quedó en shock. Esas palabras… esas palabras no podían ser de Finn.
-¿Qué estás diciendo?-, gritó la princesa, triste y enfurecida.
-Perdón por no haberte matado…-
Y Finn exhaló, dejando esas como sus últimas palabras.
La princesa gritó, soltando una enorme llamarada. Tan grande y tan poderosa, que el cuerpo entre sus brazos se volvió ceniza en un par de segundos.
Todo se volvió negro alrededor. La princesa sentía como la fuerza la abandonaba poco a poco. Se sentía sin aire, mareada y somnolienta. Sus flamas ya no ardían con la misma fuerza. Apenas si eran unas pequeñas y débiles llamaradas a ras de su piel.
-Es… verdad…-, susurró, -Sólo soy un monstruo…-
-No, mi niña…-
-Una imparable fuerza de destrucción…-
-Eres más que eso…-
-Debería morir antes de provocar que los demás mueran…-
-Tú no eres sólo una fuente de muerte, pequeña-, dijo una voz femenina detrás de la princesa.
La adolescente se sorprendió. Se levantó y miró hacia atrás, encontrando una mujer alta, vestida de blanco y con una corona de hojas verdes en su cabeza. Su cabello era largo y verde, el mismo color que su piel. Alrededor de ella se dibujaba una brillante aura verde.
-¿Quién… quién eres tú?-, preguntó la princesa extrañada. Pero, por alguna razón, la presencia de esa mujer había disipado su miedo y su ansiedad.
-Yo… yo soy una amiga. Y he venido a decirte algo: Tú vales demasiado. Tú… no sirves únicamente para destruir-
-Eso es lo que todos me han dicho-, dijo Flama con tristeza, -¿Por qué habría de ser diferente el que tú me lo digas?-
-Porque yo te conozco mejor que nadie-, respondió la mujer con una sonrisa, una respuesta que sorprendió a Flama.
La mujer se acercó a la elemental y la tomó de ambas manos. La princesa se sorprendió al sentir un calor dentro de sí al momento que las manos de la mujer hicieron contacto con las suyas. Era una sensación familiar, como si el tacto de esa mujer estuviera impregnado en las más remotas memorias de la adolescente.
-Hay alguien allá afuera que está jugando con tu mente y con la de tus amigos. Todo esto ha sido una mera ilusión-
-En… ¿en serio?-, preguntó la princesa con esperanza, recibiendo un movimiento afirmativo de cabeza de la mujer.
-Tú puedes salvarlos. Necesito que brilles. Necesito que ardas-
-Pero… me siento tan débil. No sé si pueda hacerlo…-
-Piensa en aquello que te dé luz, aquello que te haga brillar-
La princesa tomó aire y suspiro, dispuesta a hurgar entre sus verdaderas memorias, buscando algo que le ayudará con la tarea recién encomendada.
Y así, disfruto de un desfile de alegrías en su memoria: la noche en que Jake, disfrazado como Finn, llegó al Reino del Fuego, lo cual le ayudó a conocer al verdadero Finn, y a sentirse querida por primera vez; el día en que Finn le ayudó a construir su casa y el abrazo que se dieron esa noche; su primer beso que, aunque caótico, no dejaba de ser mágico; la primera vez que pudieron besarse sin miedos, después de vencer al Lich; los recuerdos de muchos besos compartidos en ya casi un año; las risillas, los juegos. También allí estaban los recuerdos de sus nuevos amigos, de su familia, de aquellos que no le temían, sino que la querían y la comprendían.
Y las llamas de la princesa ardieron de nuevo y seguían creciendo y sus movimientos eran rápidos y frenéticos. Pronto, una enorme llamarada la rodeó y se elevó alto en la oscuridad hasta que esa oscuridad empezó a desaparecer.
-Eso es, mi niña. Ese es tu verdadero papel. Tú eres más que destrucción. Tú eres luz, tú eres calor…-, dijo la Madre Naturaleza antes de poner una de sus manos sobre el vientre de la princesa, -Tú serás vida-
-¿Por qué hiciste eso, monstruo?-, gritó Simon al Rey Helado, mientras corría hacia a él para golpearlo.
Pero cuando Simon soltó su golpe, el Rey Helado desapareció, apareciendo en otro lugar cerca de Simon.
-Lo hice por tu bien-, dijo el Rey Helado.
-¿Por mi bien? ¿Por mi bien? ¿Congelando al amor de mi vida?-, gritó Simon enfurecido.
-Ella no es Betty-, dijo el Rey Helado, sorprendiendo a Simon, -No tengo tanto poder, pero tengo el suficiente. Mira-
El Rey Helado se llevó las manos en la cabeza, mientras pronunciaba un mantra gutural en total concentración. De repente, por unos segundos, todo alrededor se volvió oscuro. La nieve desapareció y las nubes también. Y Betty no resultó ser sino una sombra de ojos amarillos brillantes congelada en el hielo. Después, todo volvió a como era antes.
-¿Ahora lo entiendes?-, preguntó el Rey Helado.
-No… no lo entiendo. ¿Qué ocurre?-, preguntó Simon, completamente confundido, dejándose caer en la nieve.
-Hay magia muy poderosa allá afuera, tratando de robarte tu luz. Yo puse una muralla alrededor de nuestra mente, pero no es lo suficientemente poderosa para detenerlo. Hace falta una fuerza más grande-
-¿Por qué, corona? ¿Por qué me hiciste olvidarla? ¿Por qué hiciste que se alejara de mí?-
-También para protegerte. Y protegerlos a ellos. Es lo que hago con cada persona que me usa. Se lo que puedo provocar y es mejor evitarte todo sufrimiento y a ellos igual-
-¿Por eso detuviste la trampa de quien sea que está jugando con mi mente?-
-Era una trampa para apoderarse de tu luz. Y si no terminabas muerto, ibas a terminar peor de triste de como sueles estar normalmente-
-Gracias-, susurró Simon, -¿Recordaré esto?-
-Me temo que no-
-Ya me tienes muy consumido, ¿no es así?-
La personificación material de la corona sonrió.
-Simon… Eres un tonto y un sentimental. Tu mente fue demasiado fuerte y no pude controlar la totalidad de ella. Hace años que me di por vencido-, dijo la corona, -Es por eso que no eres un sicópata asesino que cubriría al mundo con hielo-, susurró.
-¿Qué dijiste?-
-Nada, nada-
De pronto, en el horizonte, apareció una brillante luz que venía rompiendo con la neblina y las nubes grises.
-Bueno, parece que han venido a salvarte. Te veo del otro lado, Simon-
-¿Y para qué volver? Si allá afuera no tengo a nadie-
-¿Qué? ¿Acaso te olvidas de Marceline? ¿De Finn? ¿De Jake? ¿No son ellos tus grandes amigos, que te soportan a pesar de que a veces puedes ser un cretino?-
Simon sonrió y su cara se iluminó.
-Sí, ¿verdad?-
Jake sentía su final cerca, las garras del demonio estaban a escasos centímetros de su piel.
Pero, en un último instante, una fuerte luz se coló por lo rojo del cielo y dio directamente en el rostro del perro. Jake sintió como el calor de esa luz lo acariciaba e incluso le daba fuerzas. Fuerzas para pelear por Arcoíris, por sus hijos. No los dejaría solos. Ellos eran su luz.
Jake aumentó el tamaño de sus puños, más grandes que la cabeza del gran demonio que lo sostenía y golpeó la cabeza de este por ambos lados. El demonio cayó al suelo, liberando a Jake, quien cayó hábilmente en el suelo y encaró a los miles de demonios que aún quedaban.
-¿Quién es el siguiente?-, dijo Jake con una sonrisa de confianza.
Y todos los demonios se espantaron y empezaron a caminar hacia atrás cuando, junto con la luz que acababa de llegar, el perro también empezó a brillar con luz propia.
-Sabía que algo estaba mal-, dijo la Dulce Princesa
-Te lo dije-, respondió la personificación de su gema, que era su exacta doble.
-¿Yo? ¿Dejándole flores blancas a Marceline? ¡Por Glob!-
-¡Lo sé!-, respondió la gema, -Las rojas le hubieran gustado más-
-Por supuesto-, apoyó la princesa.
En el horizonte, entre las nubes grises, una brillante luz empezó a abrirse paso para iluminar al cementerio y a las princesas.
-Hora de volver-, dijo la princesa, -Allá voy, amigos-, susurró mientras su cara se iluminaba.
Sin darse cuenta cuando, Finn sintió como sus fuerzas regresaban. Se levantó, sintiendo un inmenso y plácido calor en su interior. Al principio, estaba confundido. Apenas unos segundos antes, sentía como la muerte reclamaba su alma. Y ahora, había alguien más peleando por ella, con un látigo de fuego amarrada a ella.
El humano encaró a su oponente, la sombra gigantesca en frente de él.
-¡No sé quién seas, pero definitivamente no eres quien aparentas!-, gritó Finn, -Viniste con el propósito de lastimarme y de lastimar a los que quiero. Pues déjame decirte algo…-
Una luz con un brillo increíble se escapó entre las verdes nubes que cubrían el cielo. Esta luz se arrastró por la tierra, re-enverdeciendo los campos y los bosques. Y, cuando finalmente llegó a Finn por su espalda, activó también su luz. El brillo era impresionante; el aura rodeaba a Finn, incluso levantándose varios metros en lo alto, hasta igualar la altura de la sombra.
Juntos, los dos brillos cegaron a la sombra, cubriendo todo lo que quedaba del mundo con una luz que trajo de nuevo la vida. Mientras, el Lich se retorcía de dolor, mientras su personificación se disolvía en medio de ese ataque conjunto de luces.
-Todos tenemos una luz que no debe extinguirse, una luz que nos guíe cuando todo sea oscuridad en nuestro interior. En mi caso, aparte de la mía, tengo otra que me ayuda a encontrar la mía en caso de que la olvide...-
-No…-, susurró Ater después de esquivar un golpe de Marceline, -¿La Madre? ¿Aquí?-
-¡Hey, tonto! ¡No te distraigas durante una batalla!-, gritó Marceline.
Para cuando Ater volteó, el puño gigante de Marceline golpeó contra su rostro, mandándolo directamente al suelo nevado y haciéndolo perder su forma de murciélago gigante.
Marceline se acercó a él, volviendo a su forma humanoide, dispuesta a acabar con él. Pero en ese momento, el gran brillo que la Princesa Flama había adquirido, llamó su atención. Sus flamas habían vuelto y ahora danzaban alegremente alrededor de su cuerpo.
-Eso es, chica-, dijo con una sonrisa.
-No… ¡No!-, gritó Ater desesperado, adivinando lo que la chica iba a hacer.
-Ups… mejor me…-, empezó Marceline.
La Princesa Flama explotó, liberando una luz de brillo sólo comparable con el del sol. La luz se expandió con rapidez, llegando hasta a Ater, el nigromante-vampiro, que comenzó a desintegrarse, convirtiéndose en cenizas, mientras gritaba, agonizando de dolor.
La luz continuó, abriendo incluso las densas nubes grises, formando un lago de cielo azul en las alturas. También algo de nieve se derritió alrededor de la elemental. Poco a poco, y mientras todos los demás despertaban, la intensidad de la luz fue bajando, dejando todavía algunas chispas brillantes flotando en el aire, como luciérnagas en medio del invierno.
-¿Ya… estamos fuera?-, preguntó Bonnibel, después de sacudir su cabeza.
-Eso creo…-, respondió Jake, levantándose de la nieve, -¿Fuera de dónde?-
-¡Flama!-, se escuchó el grito de Finn, que empezó a correr hacia su novia.
La princesa aun parecía estar en un estado de concentración, pero pronto sus flamas se calmaron hasta volver a su estado normal y suspiró. Alcanzó a voltear a tiempo para ver como Finn casi la tira al suelo por la fuerza con la que llegó a abrazarla.
-¡Estuviste genial! ¡Eso fue maravilloso! ¿Cómo lo hiciste?-, preguntó Finn emocionado, mientras depositaba unos besos en las mejillas de la chica.
-Finn, ¡ya!-, respondió la princesa, divertida, -¿Cómo… cómo supiste que fui yo?-, preguntó Flama una vez que Finn se detuvo.
-Yo… no lo sé. Sólo… lo sentí…-, respondió Finn, sonriendo.
-Te lo explicaré después, héroe-, dijo Flama, antes de darle un beso rápido en la boca al humano.
-Ater está hecho cenizas. Flama debió haber brillado con tanta intensidad que lo…-, la Dulce Princesa se detuvo en medio de su oración, -¿Marceline? ¿Dónde está Marceline?-, preguntó.
Todos empezaron a buscarla, mirando en todas direcciones, sin poder ver nada. Un movimiento entre la nieve llamó la atención de todos. Un pequeño montículo empezó a moverse hasta que, finalmente, la cabeza de un murciélago muy especial salió de entre la nieve.
-Chica, la próxima vez tienes que avisarme que vas a hacer eso, ¿ok?-, dijo el murciélago.
-¡Marceline!-, gritó Bonnibel, corriendo hacia ella y levantándola de la nieve, -¡No me vuelvas a espantar así! ¡Pensé que te habías ido!-, decía la princesa, besando en varias ocasiones la cabeza del murciélago entre sus manos.
-¡Hey, ya! ¡Ya basta! ¡No hagas eso!-, gritaba Marceline, totalmente avergonzada, hasta que por fin Bonnibel la soltó para volver su forma humanoide.
-Ay… que sueño más extraño…-, dijo el Rey Helado, sentándose entre la nieve, -Soñé con un hombre y una mujer que se querían mucho. Estaban en un lugar helado y uno de ellos se congelaba… Creo que iban en un barco…-
-Vamos, Simon. Hora de levantarse y volver a la casa-, dijo Marceline, tendiéndole una mano al anciano.
-¿Por qué insisten en llamarme así?-, preguntó el Rey Helado mientras tomaba su mano para levantarse
-¿Nos contaras más historias, Marceline?-, preguntó Jake, acercándose con los demás.
-¡Por supuesto! Ahora, entren todos en la casa y tomen un chocolate caliente. No quiero que se enfermen, mortales-, dijo Marceline.
Todos entraron en la casa. Las horas pasaron y adentro del árbol todo fue felicidad, risas, historias.
Pero, fuera de la casa, unos pies se abrían paso entre la nieve. El dueño de esos pasos llegó hasta el montón de cenizas parcialmente cubiertas por la nieve que antes eran el nigromante Ater, y se agachó. Buscó entre lo negro y lo blanco, hasta sacar una llave grande.
-Cada vez más cerca…-
Espero que les haya gustado este especial de dos capítulos. Y así como esa figura misteriosa, nosotros también estamos más cerca ¡de los nuevos capítulos! Ya falta poco. Gracias a todos por seguir aquí, gracias a todos por sus reviews.
No olviden dejar una review, su apoyo me inspira a seguir publicando y escribiendo. Den follow para no perderse ningún capitulo. Traigan a sus amigos a leer la historia. Cuídense mucho y no dejen morir la luz en ustedes. ¡Nos vemos!
