Capítulo 12: cobardía

De verdad lo estaba intentando. Inuyasha se estaba comportando maravillosamente, al nivel de un auténtico novio. No había nada en él que le hiciera dudar de esa renovada devoción hacia ella que tan especial le hacía sentir. Si bien él creía no estar seguro de sus sentimientos, ella no podría sentirse más amada por el nuevo Inuyasha que había regresado de Santa Mónica.

Al pensar que su viaje a Santa Mónica arreglaría sus diferencias o los hundiría para siempre, estaba totalmente en lo cierto. Para su suerte, sucedió lo primero y empezaban a conectar como nunca antes lo habían hecho. Inuyasha ya no se disgustaba con tanta facilidad, parecía menos irritado que de costumbre y controlaba los celos, algo que le había preocupado muchísimo en el pasado. Gracias a su nuevo autocontrol, podían sentarse a hablar, discutir civilizadamente e intentar expresar sus sentimientos para entenderse mutuamente. Esa parte le costaba especialmente a Inuyasha, pero se estaba esforzando por cambiarlo.

Fueron unas vacaciones maravillosas. En Santa Mónica, Inuyasha y Kamui la llevaron a hacer turismo por los monumentos y ciudades más reconocidas. Aprendió incluso a montar a caballo por su cuenta aunque le faltaba muchísima práctica para ser una jinete tan habilidosa como el propio Inuyasha. Asimismo, los padres de Inuyasha hicieron cuanto estuvo en sus manos para amenizar su visita. El padre de Inuyasha le enseñó a hacer nudos para todo tipo de situaciones en el establo, le dejó asistir al parto de un potro en el que ayudó y compartió todos sus conocimientos sobre caballos con ella. La madre de Inuyasha le enseñó a hacer la tarta favorita de Inuyasha: tarta de ruibardo. Jamás habría imaginado que le gustaría tanto esa tarta.

Lo único que rescataría como algo mínimamente negativo del viaje era que Inuyasha parecía aliviado de que se marchara antes de que sus hermanos llegaran el día de Nochevieja. Le dio la sensación de que no quería presentarla y así se lo hizo saber en el viaje de ida hacia la estación de tren. Inuyasha detuvo el coche en un apeadero y le explicó que temía que sus hermanos pudieran denunciar la situación si sospechaban. Le dejó muy sorprendida saber que serían capaces de tal cosa, aunque supuso que estarían comprometidos con su profesión; Sesshomaru, al menos, sí. No tenía ni idea de a qué se dedicaba Rin.

Inuyasha regresó el día dos de enero y se encontraron inmediatamente en su casa. Trajeron pastas de Santa Mónica y las merendaron con chocolate mientras veían los tres juntos una película de Disney en el salón. Kamui todavía no sabía nada de su "romance", por lo que no pudieron saludarse como Dios manda hasta que lograron despistarlo. Los niños, en su inocencia, solían hablar más de la cuenta. No querían que por un descuido se revelara su condición, no hasta que ella cumpliera los dieciséis al menos. Entonces, jamás volverían a ocultarse de nadie.

Las primeras semanas de enero fueron un período de adaptación para los dos a su nueva rutina. Ya no eran el adulto y la adolescente que se acostaban sino el adulto y la adolescente que se estaban descubriendo el uno al otro. Gracias a esa renovada actitud por parte de los dos, las tensiones y la incomodidad entre ambos habían desaparecido. El diálogo se había convertido en su nueva arma de ataque durante las disputas y no dudaban en usarla para desarmar a su oponente. Se sentaban a hablar, se cogían de las manos e intercambiaban impresiones para buscar posibles soluciones.

Inuyasha ya no estaba molesto con el asunto de su nuevo profesor de matemáticas. Al contrario, se había mostrado de lo más comprensivo tras escuchar cuanto tenía que decir por primera vez. De repente, tenía toda la ayuda del mundo en matemáticas. La metodología del nuevo profesor estaba resultando de lo más didáctica, por lo que comprendía mejor la materia. Los deberes extra le servían para subir nota e Inuyasha le ayudaba cada vez que le surgían dudas fuera del instituto.

Era todo tan perfecto y tan idílico que debió suponer que algo que lo estropearía estaba por suceder. Sucedió el 23 de enero, por la noche. Era sábado y ella se quedaba a dormir en casa de Inuyasha. Kamui se fue a la cama a las once, tras terminar la película de Disney que se emitía en el Disney Channel. Ellos se quedaron un rato más en el sofá para ver otra película más de adultos. Inuyasha se recostó en el sofá con ella sentada sobre su regazo. Se envolvieron en una manta y los dos suspiraron por la comodidad de aquella posición.

El teléfono móvil de Kagome fue el que acabó con toda esa paz. Kagome se movió lo más rápido que pudo para tomarlo de la mesa y evitar que despertara a Kamui. Sin embargo, al ver el nombre que aparecía en la pantalla, se le cortó la respiración.

— ¿Kagome?

— Es Houjo…

En seguida entendió el estupor de Kagome. Recordaba perfectamente ese nombre de las dos ocasiones en las que se cruzaron. Houjo Akitoki y él se vieron por primera vez cuando intentó invitar a Kagome a salir con una excusa barata frente a sus narices. En la segunda ocasión, Houjo los vio salir de la biblioteca del instituto en una posición de lo más comprometida. Como no reclamó nada al momento, no hizo chantaje, ni dio ningún tipo de señal de vida, creyeron que había decidido pasar del tema como un adolescente herido o que no tenía claro lo que vio. Al parecer, eso se había acabado.

Kagome se decidió al fin. Movió el dedo sobre la pantalla táctil para aceptar la llamada y se lo llevó al oído.

— ¿Diga? ¿Houjo?

Notó el nerviosismo de Kagome en el temblor de su voz. ¡Diablos, él también estaba echo un matojo de nervios! Tomó su mano libre en señal de apoyo para recordarle que no estaba sola. Ninguno de los dos lo estaba ya. Sabía que su intención nunca fue buscar pareja, que no estaba preparado para semejante compromiso y que le traería infinidad de problemas que Kagome fuera una adolescente, pero había sido inevitable. Kagome quería más de lo que él le ofreció y él no estaba dispuesto a dejar que se marchara.

Parecía que su nuevo sistema de comunicación funcionaba. Ya no se peleaban tanto, no se retiraban el saludo, ni estaban tensos. Mentiría si le dijera que no le gustaba la nueva situación. Casi diría que eran como amigos. Decir que Kagome era su novia le parecía demasiado fuerte, sobre todo cuando ni siquiera podían ser vistos en público. Además, convertirla en su novia era algo que… no estaba en absoluto seguro. Ya se lo dijo a Kagome en Santa Mónica, puesto que ella exigía sinceridad: no estaba enamorado, ni sabía si podría enamorarse. No la criticaría por intentar que él sintiera lo mismo por ella, pero iba a necesitar mucha suerte para conseguirlo. Estaba más que escarmentado con los asuntos del amor y muy quemado.

Por otra parte, a veces la miraba cuando ella no se daba cuenta y se encontraba a sí mismo pensando que no le importaría que ella formara parte del resto de su vida. Kagome no era caprichosa, egoísta o manipuladora. Sí era exigente en el campo de los sentimientos. No obstante, sus facultades superaban con creces cualquier posible defecto que pudiera encontrar. Se le hacía fácil vivir con ella y difícil dejar de hacerlo. ¿Eso era amor o costumbre? A veces se preguntaba si simplemente se había acostumbrado a vivir con ella, algo que jamás le diría por su bien. Su comunicación también tenía ciertos límites para no herir a la joven y para no desvelar demasiado de sí mismo. No sabía si Kagome era consciente de cuanto callaba.

— ¿Inuyasha? ¿Por qué quieres hablar con Inuyasha?

Sí, ¿por qué demonios quería hablar con él? Él no era su amigo, ni llegaba al nivel de conocido. Solo se vieron cortamente en dos ocasiones y él no le dirigió la palabra directamente en ninguna de ellas. Vio como Kagome fruncía el ceño disgustada por algo que debía haberle dicho mientras se apartaba el móvil del oído para ofrecérselo. Deseó colgar en cuanto contempló el ofrecimiento. Si ese mocoso no tuviera nada contra ellos, lo habría hecho. En su lugar, lo cogió con un suspiro y se lo llevó al oído.

Se lo soltó todo de golpe, sin preámbulos ni sobre aviso. Cuando el joven terminó de hablar, sentía nauseas en el estómago. Era humillante que a un fiscal de su reputación lo chantajeara un crío de instituto y de forma tan sucia. De hecho, no lo permitiría.

— No cederé a ese chantaje.

Lo que siguió a su respuesta lo dejó helado. Minimizó la llamada y se dirigió al Whassap de Kagome, tal y como le indicó. Al entrar en la aplicación, tenía mensajes de él en la bandeja principal. No conocía demasiado bien ese programa, pero, por suerte, sus conocimientos sí llegaban hasta ser capaz de entrar en una conversación. Los archivos que dentro le esperaban le cortaron la respiración. ¡Tenía pruebas contra ellos! No lo había dejado pasar, había esperado hasta reunir pruebas para atacar.

Regresó a la llamada y se las ingenió para terminar la conversación.

— Lo pensaré.

Al colgar, dejó caer el teléfono sobre el regazo de Kagome sin saber qué decir. Ella lo miraba expectante, sin imaginar tan siquiera lo que Houjo le había pedido. ¿Cómo iba a contárselo? Era demasiado joven, demasiado ingenua como para conocer el lado más sórdido de la vida. Aquello no era tan poco común como ella podría llegar a creer, él se lo encontraba a diario en los tribunales. Nunca imaginó que llegaría a estar envuelto. Al mismo tiempo, daba gracias a que se lo dijo a él directamente y no a Kagome. Temía que ella hubiera aceptado el chantaje sin decirle nada por amor o lo que ella creía que era amor. Era tan joven…

— ¿Y bien?

Tenía que darle una respuesta. Quizás si empezaba suave, de forma inductiva…

— ¿Conoces el nuevo machismo de hoy día?

¿De qué narices le hablaba Inuyasha? ¿Qué tenía eso que ver con la llamada de Houjo?

— Verás, es algo que sucede mucho entre los adolescentes de hoy día. Yo lo veo en muchos juicios… — trató por todos los medios de no mirarla a los ojos para no desestabilizarse — Utilizan el Whassap y todos esos sistemas de mensajería que tenéis los jóvenes y que los padres no pueden controlar. A través de esos medios, acosan sexualmente a las chicas y…

— Inuyasha, no entiendo la relación que tiene eso con…

— Mira tu Whassap.

No podía decírselo más claro. Kagome buscó la aplicación extrañada en su móvil y entró en la conversación nueva con Houjo. Uno a uno pulsó cada archivo para ver el contenido. Pudo ver en primera fila como su rostro palidecía a medida que veía cada imagen. Ocho fotografías comprometidas que podrían hundirlos. Habían sido cuidadosos, pero no contaron con que alguien los estuviera vigilando; especialmente, el día que lo hicieron en el puñetero almacén del gimnasio del colegio. Cada vez que veía un entrenamiento de animadoras de Kagome, terminaban así. No debió ir y nada de eso habría sucedido.

— E-Esto…

— Eso es suficiente para hundirnos.

— No hay mensaje…

— Yo tengo el mensaje.

Kagome se volvió hacia él, aterrorizada. No le gustaba nada verla en ese estado.

— Como te iba diciendo, el nuevo machismo…

— ¡Basta! No quiero que lo suavices, ni que te desvíes… ¡Dímelo directamente!

¿Sin tapujos? Eso la destrozaría.

— Ha pedido algo a cambio de no hacer públicas esas fotos en el colegio.

— ¿Qué ha pedido?

Lo que siempre deseó.

— A ti…

— ¿A mí? — repitió sin entender.

— A ti con él…

La joven frunció el ceño intentando comprender sus palabras. Sabía que no estaba siendo claro al cien por cien, pero creía haber dado las pistas suficientes.

— ¿Quiere que salga con él?

— No exactamente…

— ¡Por Dios, Inuyasha!

Si tanto quería saberlo, se lo diría.

— Quiere que te acuestes con él.

— No… — sacudió la cabeza en una negativa.

— Dice que si lo haces, nada se hará público. No le importa que te compartamos…

— ¿Y tú no has dicho nada al respecto?

Kagome se levantó de su regazo furiosa con él. ¡No lo entendía! No fue él quien profirió semejante amenaza, estaba en la misma situación que ella. Con quien debería estar enfadada era con el otro tipejo que iba a su colegio.

— Kagome, yo no…

— Le has dicho que te lo pensarías, te he oído.

— ¡Para ganar tiempo!

Se levantó para estar a la misma altura. No le gustaba nada que Kagome lo mirara de esa forma desde arriba, ni que lo estuviera acusando a él. ¿Por qué no llamaba de nuevo a Houjo y le daba su merecido? No era él quien provocó aquello, ni quien quiso compartirla, ni nada. Admitía que no fue lo suficientemente cuidadoso, pero no hizo nada para merecer su enfado.

— Tenemos que pensar esto muy bien y…

— ¡No hay nada que pensar! — le espetó — ¡No me acostaré con él!

— Pero esas fotografías…

— ¿Y qué? Mis padres lo sabrán antes, nada más. A lo mejor consienten…

— O a lo mejor no.

Habían confiado en él mientras creyeron que la trataría como si fuera su propia hija. ¿Cómo iban a confiar en él cuando supieran que, en realidad, lejos de verla como a una hija, la vio como a una mujer deseable desde el principio?

— Aunque no lo hicieran, solo faltan tres meses para que…

— En esos tres meses, a mí pueden joderme vivo, Kagome. Son tres meses durante los cuales tú no tienes voz ante la ley para defenderme. — le explicó — Son tres meses durante los cuales, si el proceso se acelera por cualquier razón, podrían quitármelo todo desde mi hijo.

— No tienen por qué…

— Vas al mismo colegio que mi hijo. Si la defensa del menor que te adjudiquen es buena en su trabajo, tirará los hilos desde ahí para calificarme de corruptor de menores. Estoy seguro de que tu tía verá en esto otra oportunidad de chantajearme para sacarme más dinero. Dirá lo que sea para que…

— Mi tía no tiene nada que ver con esto.

— ¡Tu tía es una hija de puta con mayúsculas!

Sí, quizás lo fue con él en su día, pero no lo sería con ella. Tampoco consentiría que volviera a crucificarlo en pos de su propio beneficio económico y su madre, por muy enfadada que pudiera estar, no permitiría que se utilizara a un niño. Sin embargo, Inuyasha era desconfiado por naturaleza, era mucho pedir que tuviera algo de fe en la humanidad. Creía que entre sus padres, su tía, los profesores del colegio y toda la comunidad lo crucificarían. Aunque no dudaba que la prensa hiciera eco de aquello, ella estaba convencida de que si su amor era verdadero, sobrevivirían a ese bache. El problema era que para eso debían amarse mutuamente.

— Creo que podría funcionar si tú me amas…

Otra vez eso. Las mujeres siempre encontraban una oportunidad para sacar el tema del amor e intentar a atrapar a un hombre. En eso, Kagome no era en absoluto diferente a las demás. Entendía su punto de vista también, no era un idiota. Si les hacían creer que lo suyo era amor verdadero, podrían conseguir una prórroga o un sobreseimiento. No dudarían de ella, dudarían de él. No obstante, si él hacía eso, estaría atrapado. Lo vigilarían a cada paso que diera y tendría que terminar por pedirle matrimonio para que la prensa no publicara sobre ellos.

Lamentablemente, aquella no era una salida válida para él. Se negaba a quedar atrapado por ella por el resto de sus días y se negaba a correr el riesgo de perder a Kamui. No estaba enamorado de Kagome. Mentiría si dijera que no sentía ciertas cosas por ella, pero no estaba enamorado. Él nunca tuvo la capacidad de amar a una mujer de esa forma; no sabía si por culpa suya o por culpa de su madre. La cuestión era que no podía darle la respuesta que ella deseaba.

— Lo siento, Kagome.

Ella sí que lo sentía. ¿Podría Inuyasha amarla alguna vez? Tampoco tenía sentido pensar en ello en ese instante. Tenían un problema a la vista mucho más grave y se prometió que no se agobiaría por eso por más que le doliera.

— ¿Y qué pasa con Houjo?

— Dímelo tú, Kagome. ¿Qué quieres hacer?

¿Qué significaba eso? ¿Acaso le estaba dando carta blanca para acostarse con otro bajo esas circunstancias? Tenía que haber entendido mal, no podía ser verdad.

— ¿Qué quieres decir?

— Que aceptaré lo que tú decidas.

— ¿Estás dispuesto a permitir que me acueste con otro para salvar tu culo? — bramó.

— Dicho así no suena tan bien, pero…

— ¡No hay peros, Inuyasha! — notó como se le humedecían los ojos por la mezcla de rabia y frustración — No sé cómo puedes ofrecerme así a otro… ¿Acaso me odias?

¿Qué otra explicación podía haber? Aceptaba que no la amaba, pero aquello era excesivo, no era propio de alguien que sintiera el más mínimo aprecio o afecto hacia ella.

— ¡No! — exclamó — Yo solo te dejo a ti la decisión... Aceptaré lo que tú…

— Tendrías que ser muy idiota para aceptar algo así.

— No quiero que te alejes, no todavía…

Entonces, lo entendió todo. No era amor, nunca hubo ninguna posibilidad. Ella era una mujer más en su lista con la que tenía sexo y a la que terminaría por dejar cuando se aburriera o cuando encontrara a otra que lo encendiera. Lo de Santa Mónica no fue más que un engaño, una parafernalia para tenerla contenta y sumisa. Nunca dialogaron de verdad porque, de haberlo hecho, ella lo sabría ya. Todo era mentira. Una mentira que la mantenía a ella feliz, sin quejas ni reproches.

— Lo que pasa es que si nos separan, no tendrás a otra con quien follar…

Ya está, había dicho exactamente lo que pensaba.

— Si quisiera, encontraría a otra en cualquier parte.

— Porque yo soy prescindible, ¿verdad?

No lo era en absoluto. Si algo había aprendido en esos meses desde que la conoció, era que Kagome no era en absoluto prescindible. Por desgracia para ella, él no se sentía en absoluto valiente para decírselo. Estaba acongojado por aquella llamada. En su lista de prioridades Kamui y su familia estaban por delante de Kagome. No los pondría en peligro por un capricho pasajero que podría terminar en unos meses o en un año. No era lo bastante estúpido como para creer que eso sería eterno.

A Kagome le dolería un poco al principio, pero era joven, lo superaría. Él era otra cuestión muy diferente.

— Sí, eres prescindible.

Esperaba esa respuesta cuando se lo echó en cara aunque no pudo prepararse lo suficiente como para poder soportar el golpe. El dolor que estaba surgiendo en el pecho era demasiado fuerte como para ignorarlo. Las lágrimas caían sin control por sus mejillas y le temblaban las manos debido a los nervios. Inuyasha le acababa de hacer pedazos el alma, había jugado con su tierno corazón como si se tratara de una pelota de tenis, la había pisoteado y la había usado para su exclusivo placer físico. Le importaba una mierda lo que ella sintiera, estaba claro. Ojalá no tuviera también el gusto de presenciar el daño que le había provocado.

— Kagome…

¿Cómo se atrevía a pronunciar su nombre? Después de lo que acaba de decirle, de admitir aquello... ¡Maldito fuera!

— ¡Eres un maldito hijo de puta! —le gritó Kagome llorando de rabia — ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! — chilló — ¡No sé cómo pude enamorarme de un ser tan repulsivo!

Le apartó las manos cuando trató de agarrarla. Entonces, vio en su muñeca la pulsera que había atesorado desde que se la regaló como una estúpida. Aquel día, llegó a creer que Inuyasha la quería aunque fuera solo un poquito, que tenían esperanza y un futuro por delante. Por fin se daba cuenta de que todo era pura fachada para asegurarse de que su cama estuviera caliente. Un regalo a una amante para mantenerla satisfecha, callada y dócil. ¡Qué ciega había estado! ¡Qué estúpida era!

— ¡Vas a despertar a Kamui!

Kagome le volvió a mirar furiosa, aguantándose todos los sollozos que amenazaban por salir de su garganta, contrariada ante la idea de que Kamui la viera en ese estado. El niño era inocente, no como el desgraciado de su padre. Se arrancó la pulsera de la muñeca, rompiendo el broche en el arranque de ira. Ya no quería sus baratijas ni su amor.

— ¡Que te jodan, Inuyasha!

Tiró la pulsera con todas sus fuerzas contra Inuyasha. Sin medir consecuencias, dio media vuelta y se dirigió a toda prisa a la habitación de Inuyasha. Rápidamente, sacó su maleta de debajo de la cama de Inuyasha y comenzó a meter en ella toda la ropa que se había llevado a su casa. La metió de cualquier manera arrugándola y apretándola para no perder más tiempo. Al darse la vuelta, encontró a Inuyasha ahí parado, mirándola como si hubiera enloquecido. En cierto modo sentía que había enloquecido y que había visto la luz, más clara y diáfana que nunca.

No hizo nada por detenerla cuando pasó a su lado con la maleta repleta. No dio un paso, no la miró, no dijo una sola palabra. Nada. Se quedó parado en el sitio a la espera de que fuera ella quien cediera. Pues se iba a llevar una sorpresa porque, en esa ocasión, no solo no cedería, sino que, además, no aceptaría una disculpa. Cuando estaba en la puerta de la entrada a punto de salir, recorrió con la mirada el salón que tanto la había impresionado la primera vez. Se había dejado seducir por el lujo y el placer. No volvería a ser tan idiota.

— Hasta nunca, Inuyasha.


El domingo fingió un dolor de estómago y lo pasó en cama, compadeciéndose de sí misma. Ese era el primer domingo que no pasaba en casa de Inuyasha desde que se "reconciliaron". ¿Qué pensaría Kamui cuando despertara y no la viera por allí? ¿Qué le diría Inuyasha que había sucedido? Una mentira, seguramente. Jamás expondría a su adorado Kamui. Se odió a sí misma por pensar de esa forma. Kamui no tenía la culpa de nada, no merecía ningún tipo de ataque. Admiraba la fuerza con la que su padre lo protegía.; simplemente, desearía que se hubiera guardado un poco de esa fuerza para protegerla a ella también.

El lunes habría fingido también de no ser porque había algo que sí o sí tenía que hacer. Houjo le había abierto los ojos respecto a Inuyasha, algo que agradecía, mas había algo que jamás le perdonaría. Ella no era una mercancía, un pedazo de carne con el que podía hacer un trueque. Era un ser humano y una mujer. Tenía toda la intención de dar con él y partirle la cara en el sentido literal de la expresión. No le importaba que la expulsaran, se quedaría a gusto.

Mientras buscaba a Houjo en el vestíbulo del instituto a primera hora de la mañana, alguien tiró de su falda desde abajo. Al bajar la mirada, vio a Kamui con sus grandes ojos repletos de clara confusión.

— Kamui…

— Papá me ha dado esto para ti. — le enseñó un sobre.

Nada más coger el sobre, supo que era un fajo de billetes. En el reverso estaba escrito del puño y letra de Inuyasha que se trataba de la cuenta a deber y su finiquito. ¡Maldito hijo de perra! No todos estaban cortados por el mismo rasero que él. No quería su dinero, ni su maldita compasión con ese extra totalmente innecesario.

— ¡Dile a tu padre que…!

La expresión triste de Kamui la acalló. El niño estaba aterrorizado. Suspiró y se guardó el sobre en la cartera del instituto, aceptando el pago aunque no estuviera de acuerdo. No usaría a Kamui como mensajero. Justo en ese instante, Houjo Akitoki entró en el vestíbulo con tanta normalidad y buen talante que le hirvió la sangre. ¿Cómo podía seguir actuando como un joven talentoso, humilde y educado después de lo que le hizo a ella? No consentiría que continuara con esa falsa fachada que a tantos otros había engañado.

Kamui desbarató sus intenciones por segunda ocasión al agarrar su falda de nuevo con ansiedad y preguntarle:

— ¿Es verdad que ya no volverás a ser mi niñera?

— ¿Eso te ha dicho tu padre?

No apartó ni un instante la mirada de Houjo, quien no parecía haberla visto mientras chocaba las palmas con sus amigos. ¡Hipócrita!

— Dice que tienes que estudiar mucho y ya no tienes tiempo…

Quería correr hacia Houjo para cumplir con su objetivo, pero el tono lastimero de Kamui la venció. Se prometió que lo atraparía más tarde. En ese momento, tenía otras prioridades. Se acuclilló frente a Kamui y le puso las manos sobre los hombros. Estaba temblando. Le recordó por un momento a su hermano pequeño cuando de niño tenía miedo de las tormentas. Solía meterse en su cama desecho en lágrimas para que ella lo consolara.

— Es verdad que mis estudios requieren más tiempo cada vez, pero sabes que yo te quiero mucho, ¿verdad? — le dio un beso en la frente — Cuando me necesites, solo ven a buscarme.

Estar en una clase diferente que la de Houjo era una total desventaja. El año anterior coincidieron en el aula, no ese año. Buscarlo entre clase y clase era imposible y en el recreo resultó que tenía que volver de la clase de gimnasia. Como se estaba duchando, regresaría al final del descanso. A la hora de comer, no logró encontrarlo por ninguna parte. Justo lo vio al dirigirse a su clase, en el corredor. Hablaba con una chica a la que indudablemente intentaría encandilar. Bien, le mostraría cómo era el auténtico Houjo.

Hakuron, el profesor de matemáticas con quien tenía clase, le pasó un brazo sobre los hombros justo cuando caminaba en su dirección y tiró de ella hacia la clase mientras le decía lo orgulloso que estaba de sus progresos. Le sonrió mientras escuchaba sus cumplidos y giró la cabeza para ver a Houjo entrar en su clase. ¡Diablos, casi lo tenía! Lo atraparía a la hora de salir, no permitiría que se le escapara una tercera vez ese día, mucho menos cuando solo fue al instituto para darle su merecido.

Pensar en partirle la cara a Houjo, la expectación, buscarlo por el instituto… Debía admitir que todo ello le sirvió para entretenerse y no pensar en Inuyasha. Sabía que si no mantenía le mente ocupada, terminaría deshaciéndose en lágrimas de nuevo por él. Por eso, necesitaba centrarse en otra cosa y poner todo su empeño en no desmoronarse. Ya tendría más tiempo en adelante para llorar y sanar las heridas de su corazón. Por el momento, lo único que deseaba era demostrarle a Houjo que no podía manipularla y demostrarle a Inuyasha que su vida no se iba a acabar sin él. Todos los hombres eran iguales.

En cuanto recogió sus cosas, salió corriendo hacia la clase de Houjo. Ya había salido porque tenía prisa para asistir a la academia de inglés. Tenía que darse prisa o habría perdido todo el maldito día de la forma más tonta. Si, al final, lo que tendría que haber hecho, era irrumpir en mitad de la clase como si se tratara de Rambo y destrozarle la cara frente a todos. Todo por no causar disturbios. De todas formas, no era eso lo único que le molestaba. Le molestaba muchísimo que hubiera tratado ese tema que la inmiscuía a ella con Inuyasha, como si él fuera su dueño para dar permiso para que ella se acostara con alguien. Le molestaba que no la hubiera buscado en el instituto, que hiciera como que nada había sucedido. ¿Qué se había creído?

Al salir del vestíbulo, lo vio al otro lado del patio, hablando con Inuyasha. No podría haber hecho nada que la cabreara más. Se acabó; había perdido el control.

— ¡Houjo!

Atravesó el patio corriendo mientras Houjo se volvía. Tanto uno como el otro la miraron sin comprender. ¿Acaso era tan extraño que estuviera enfadada por ser tratada como un objeto? Apretó los puños furiosa con ellos e hizo lo que tanto había deseado hacer. Antes incluso de frenar con los talones, le asestó un puñetazo en la cara a Houjo que le hizo tambalearse. Después, sin darle tiempo a reaccionar, le dio una patada en la entrepierna que le hizo doblarse y caer de rodillas en el suelo ante ella.

— ¡Eres un hijo de puta! Ni estoy en venta, ni cederé ante tus chantajes.

No le importó que los alumnos se conglomeraban a su alrededor. En ese momento, se sentía tan a gusto que habría gritado eufórica. ¡Qué liberación! No recordaba haberse quedado tan a gusto en toda su vida. No, aún faltaba una cosa.

Rodeó a Houjo para plantarse frente a Inuyasha, intentando no prestar atención a lo guapo que estaba. La sorpresa inicial con la que la miraba tras haber sido testigo de un comportamiento totalmente impropio de ella, fue sustituida por la intriga. Si a Houjo le había pateado los huevos, ¿qué le haría a él después de todo el sufrimiento que le había causado? No, para él no tenía nada. Ni dolor, ni rabia, ni amor. Ya no tenía nada. Solo le quedaba algo por terminar. Sacó el sobre que Kamui le entregó esa misma mañana y lo estampó contra su pecho.

— Quédate con tu dinero, nunca lo quise.

Por increíble que pareciera, se quedó mucho más a gusto con ese gesto simbólico que con el grito de dolor de Houjo Akitoki. Al fin podía tomar aire con normalidad. Bien, ya solo le quedaba volver a casa, meterse en la cama y disponerse a llorar a gusto. Había caído en el infierno y había logrado escapar de él con grandes pérdidas. ¡Diablos, no sabía si resistiría las lágrimas hasta su casa!

Continuará…