Capítulo 13: Reencuentro
Jugó y perdió. Kagome había resultado ganadora de una tortuosa partida de varios jugadores. Desde el principio fue acosada por el temor de ser descubierta por los padres, por la amenaza que suponía cuanto Kikio sabía de él, por su propio instituto, por ese tal Houjo Akitoki e incluso por él. No obstante, Kagome, la pequeña, dulce y encantadora muchachita incapaz de alzar la voz, les dio una lección a todos que jamás olvidarían. Al final, la única ganadora fue ella y se alegraba. Kagome se merecía algo mucho mejor de lo que él podría ofrecerle jamás.
Mentiría si dijera que no le afectó en absoluto perder a Kagome. Necesitó que ella se marchara, vaciara sus armarios de sus pertenencias y le diera la espalda con la cabeza bien alta para percatarse de lo importante que era en su vida. Si había alguien de quien debía enamorarse, era justamente de ella. Había esquivado el amor como a la peste durante años para terminar cayendo en las redes de la persona que menos le convenía y que más feliz le hacía. Kagome era única e inigualable. Solo ella podía haber derribado así las murallas que habían protegido su corazón herido durante tanto tiempo. Asimismo, solo ella podía haberlo dejado tan hundido.
Verla salir del colegio era una auténtica tortura. No la veía con mucha frecuencia por el entrenamiento de animadoras y porque, seguramente, lo esquivaba. No obstante, cuando la veía, se le paraba el corazón. Había llegado a intentar saludarla, ser amigos, pero Kagome le había retirado hasta el saludo de lo enfadada que estaba con él. Se rodeaba de su trío de amigas íntimas como escudo defensor y pasaba a su lado como si él no existiera. La tentación de agarrarla y exigirle que lo mirara a la cara era atenazante. ¿Y qué haría después? ¡Por Dios, estaban en un colegio repleto de alumnos de todas las edades!
¿Ya lo habría olvidado? La última vez que lo miró a los ojos hecha una furia, la última vez que le habló, parecía muy irritada con él y con toda la razón del mundo. Él fue un cobarde, algo que comprendió demasiado tarde. Kagome esperaba que luchara por ella aunque fuera un poquito, y, en lugar de buscar alternativas y soluciones, lo que hizo fue reiterar que ella no valdría jamás tanto como Kamui. ¡Diablos era mentira! Desgraciadamente, eso era algo que supo después de perderla. Aquella realidad que tanto se había negado a sí mismo lo golpeó con todas sus fuerzas, reafirmándolo como el idiota que fue. No era aquello lo que quería. Debió luchar por Kagome cuando tuvo la oportunidad.
Tras aquel lunes, tardó una semana entera en volver a verla. No sabía si porque faltó a clase o si porque lo esquivó. Se preguntaba a veces si Kagome habría llorado por él, si se habría acurrucado bajo las mantas a recordar, si le habría dado otra oportunidad de haberse arrastrado ante ella. Kagome era diferente a todas las que le hicieron daño previamente: su madre biológica, su hermanastra, su ex mujer. Las tres mujeres que más daño le habían hecho en toda su vida no podrían ser más opuestas a Kagome. ¿Por qué se empeñó en juzgarla por el mismo rasero? Kagome no quería dinero, ni poder, ni sexo. Kagome quería amor y, a cambio, había entregado el suyo incondicionalmente.
Fueron unos meses difíciles, los peores diría él. Cuatro meses en los que creyó que iba a volverse loco. Después de eso, quedarían otros dos años viéndola asistir al bachiller. No sabía si sería capaz de soportarlo. La primavera había dejado atrás el invierno y había recubierto los campos de flores. Sin embargo, no se llevó consigo el desamor y la tristeza. Eso era algo que continuaba atezándolo con fuerza desde dentro, desde lo más hondo de su ser. No había vuelto a ser el mismo por más que lo intentó.
La cama estaba más vacía que nunca y su armario, de repente, tenía mucho hueco libre. Los productos de higiene que compró para Kagome lo observaban cada vez que entraba al cuarto de baño. La cocina ya no olía a sus postres caseros, ni volvió a prepararle su tarta favorita con la receta de su madre. Tampoco la oía reír con Kamui mientras jugaban. Nada. En su casa solo había quedado un espeluznante eco resultante de los recuerdos. Llegó a sentir ganas de mudarse.
Por un tiempo se refugió en el alcohol. No se volvió un alcohólico, siempre lo controló, y se aseguró de que Kamui jamás lo viera beber. Simplemente, por las noches, antes de dormir, agarraba una de sus botellas de vino y se la tomaba, intentando olvidar. A veces, llegaba incluso a pensar que podría encontrar a otra mujer que calentara su cama, que eso era lo que necesitaba. Sí, seguro que encontraría a otra sin problemas. El problema era que las comparaciones siempre fueron odiosas. A cada mujer que se le intentaba insinuar, la comparaba con ella y todo se iba al traste. ¡Nadie estaba a su nivel!
Lo que más le preocupaba era la aparición de oportunidades amorosas incluso en el colegio. Aquella chica, Rika, había movido ficha de forma inesperada en una nueva partida. No esperaba que expresara tan abiertamente sus intenciones con él. ¡Creía que le gustaba el capitán del equipo de baloncesto! ¿Por qué lo perseguía a él? Tampoco fue un polvo tan memorable, no para él al menos. Rika era un borrón en su cuenta del que no podría arrepentirse más. Esa chica era la prueba viviente de que nunca fue el hombre devoto que merecía Kagome. Si pudiera dar marcha atrás, jamás habría hecho lo que hizo. ¡Engañó a Kagome! ¿Cómo podía ser tan hipócrita de decirse a sí mismo que lo hacía por ella?
Había cambiado; Kagome lo había cambiado. El Inuyasha del pasado era egoísta, narcisista, arrogante e insensible. ¡Un cabrón en mayúsculas! Ella había remodelado a esa persona, lo había hecho humano. Lamentablemente, ya era demasiado tarde. Él ya había cometido demasiados errores imperdonables. Debió suponer desde el principio que Kagome sería quien terminara con esa peligrosa relación. Ella era una chica lista, no perdería el tiempo con alguien como él.
Así, con esos pensamientos, pasaron las semanas y los meses hasta abril. Antaño, Kagome y él esperaron ese mes con impaciencia, puesto que supondría el fin de la ilegalidad de su relación. Ese mes podrían hacerlo público cuando el último día ella cumpliera dieciséis años. Ya no había nada que hacer público, ni sueños ni ilusiones. De hecho, estaba a punto de pasar por una de las peores cosas que le habían sucedido en su vida, algo que podría estar perfectamente al nivel de la ruptura con Kagome.
Kamui estaba enfermo. Al principio, asoció su decaimiento a la partida de Kagome. Sabía que el niño lo pasó muy mal y que incluso se culpó a sí mismo de que ella hubiera dejado de cuidarlo. No comprendía que, en realidad, era todo culpa de su padre. Estaba tan sumergido en su propia pena que apenas prestó atención a los síntomas que padecía Kamui. Con el tiempo, a medida que levantaba cabeza lo suficiente para sobrevivir, notó que algo no marchaba bien con su hijo. Del pediatra fueron enviados al hospital y allí empezaron a hacerle muchas pruebas. Algo no estaba nada bien. No le harían tantas pruebas si no sospecharan que podía tener algo grave.
Si ese era su castigo por lo que le hizo a Kagome, tenía mucho que decir al respecto. No era justo que Kamui fuera castigado cuando él fue el culpable de todo. Kamui era un niño, era inocente de todo lo que él hizo. Si le sucedía algo, encontraría la formad de dar con Dios, el Karma o con cualquier cosa que lo hubiera provocado.
En la consulta del doctor se estaba impacientando. ¿Por qué tardaba tanto? Se metió las manos en los bolsillos del pantalón del traje y dio vueltas por el despacho. Kamui estaba entretenido en la sala de juegos con otros niños. Fuera lo que fuese, el médico había pedido que el niño no entrara en la consulta. La enfermera le transmitió que se trataba de un asunto a tratar solo con el padre. Eso lo puso en alerta.
En cuanto el doctor abrió la puerta para acceder a la consulta, se abalanzó sobre él. ¡No podía esperar!
— ¿Qué tiene?
Todo empezó con el decaimiento, la falta de energía, la desgana para todo. Después, llegaron los continuos dolores de cabeza que ninguna aspirina podía calmar. Lo último fueron los desmayos. Había llegado al límite de su paciencia con la enfermedad de Kamui.
— Señor Taisho, lamento comunicarle que los resultados no son demasiado buenos.
Se quedó sin aire al escucharlo. Sabía que no lo citaban a él solo para decirle que un tratamiento de ocho días terminaría con el malestar. Aun así, no estaba preparado para oír cómo se confirmaban sus sospechas.
— ¿Qué le pasa a mi hijo?
— Tiene leucemia.
— Le-Leu… ¿Leucemia?
Toda la mandíbula le temblaba cuando lo pronunció. Le temblaban también las rodillas y sentía que todo le daba vueltas. Necesitaba sentarse o se desmayaría. Kamui no; no podía perder a Kamui también. Lo único que lo mantenía con los pies en la tierra en esos momentos era él. Aunque lo hiciera de la forma equivocada, había luchado por él, por no perderlo. No podía sucederle aquello. ¡No era justo!
Se dejó caer sobre una silla pesadamente. No le podía estar pasando aquello.
— Conseguirán que se ponga bien, ¿no?
— Para serle sincero señor Taisho, debemos encontrar un donante que sea compatible con la médula de su hijo lo antes posible…
— ¿Por qué urge tanto?
— Creo que no hace falta que lo diga, ¿verdad?
Inuyasha asintió y se quedó mirando al doctor sin escucharlo apenas mientras le explicaba todo lo referente a la leucemia, una enfermedad tan conocida como temida. Hubiera deseado entrar corriendo en la sala de juegos para abrazar con todas sus fuerzas a Kamui, pero sentía que no podría hacerlo sin preocuparlo. Lo mejor era dejarlo tranquilo, mantenerlo en la ignorancia. Él se preocuparía y lucharía por los dos mientras Kamui creía que solo tenía un resfriado.
Al salir de la consulta, se sentía derrotado. Se dejó caer en uno de los asientos de la sala de espera y empezó a mirar la pared blanca. Últimamente, eso era lo único que hacía bien. Mirar y callar.
— Gracias doctor. — se escuchó una voz femenina.
Esa voz le resultaba de lo más conocida. Se dio unos segundos para asimilarla y, luego, cayó en la cuenta. ¡Kagome! ¿Qué hacía Kagome en el hospital? ¿Y si le había pasado algo a ella? ¡No, ella no! No soportaría que ella también…
Se levantó del asiento de un salto y se acercó a la puerta de la sala de espera para poder verla. Estaba de espaldas a él, vestida con su uniforme escolar mientras hablaba con el doctor. Leyó el letrero de la consulta. ¡Era el ginecólogo! No sabía que una chica tan joven como Kagome ya asistiera a ese tipo de médico.
— Nos veremos la semana que viene.
— De acuerdo.
— Recuerda que te haremos la ecografía, así que tienes que haber tomado por lo menos cuatro vasos de agua previamente.
— Vale…
¿Ecografía? ¿Y por qué Kagome sonaba tan resignada? Incluso el doctor cambió su semblante, como si se hubiera apiadado de ella.
— No es la primera vez que me encuentro a una chica tan joven en esta situación, no tienes que preocuparte. Ahora, debes hablar con tus padres y decidir lo mejor para ti.
Kagome asintió con la cabeza y se encogió de hombros. Ella hacía eso cuando estaba muy angustiada, estresada incluso, y no era capaz de asimilar lo que sucedía.
— Si la opción del aborto no os parece aceptable y no os podéis ocupar, siempre se puede dar en adopción. Hay muchas parejas con ganas de tener hijos que lo querrán como si fuera suyo.
— Entiendo…
— Piénsalo bien, ¿de acuerdo? Ya llevas dieciocho semanas de embarazo y empieza a ser peligrosa la intervención…
Kagome estaba embarazada de dieciocho semanas. ¡Dios, era suyo! Estaba esperando un hijo de él. ¡Joder, como si tuviera pocos problemas por delante! Aquello no tendría que haber sucedido, él siempre la cuidó para que no sucediera. Siempre excepto aquella vez en Santa Mónica, en la arboleda. No llevaba preservativos encima y se acostó con ella de todas formas. ¿En qué demonios estaba pensando? Fuera como fuese, tenía más que claro que se iba a ocupar. Para él, ni el aborto ni la adopción eran una opción.
No esperó hasta que ella pasara por delante de la sala de espera. Se apartó de la puerta y fue directamente hacia ella.
— ¡Kagome!
Kagome pegó un brinco al escuchar su voz y se volvió como si acabara de ver a un fantasma. Bueno, en cierto modo lo era; él era el fantasma del pasado.
— Inuyasha…
A pesar del miedo, de los nervios y de la rabia que debía sentir hacia él, Kagome mantuvo el tipo y aceptó sentarse con él en la cafetería del hospital. Pidió un zumo de naranja para ella y un café solo para él. Tenía la esperanza de que el café lo despertara de aquella pesadilla. Tenía la sensación de que llevaba cuatro meses sin levantarse de la cama, atrapado en el peor de los sueños.
Se sentaron junto a las ventanas que daban a un jardín dentro del hospital y, como no quería entrar directamente en el tema de su embarazo debido a su nerviosismo, le contó lo sucedido con Kamui.
— ¿Qué pasara si no encuentran un donante para Kamui? — se atrevió a preguntar.
— Todo se acabará para él.
— ¡Oh, Dios mío!
Kagome se llevó una mano al pecho, acongojada. Sabía que a ella le importaba Kamui, no quería asustarla. Quizás no fue tan buena idea contárselo, aunque terminaría por enterarse de todas formas.
— Y-Yo… podría hacerme la prueba…
— ¡No!
Alzó tanto la voz que algunas cabezas se volvieron hacia ellos. Se encogió de hombros, avergonzado, y deslizó las manos sobre la mesa para tomar la mano de Kagome al otro lado. Estaba fría. La tomó entre sus dos manos y la calentó con cariño, sorprendido y a la vez aliviado de que ella no lo apartara.
— Estás embarazada… — dijo en voz alta por primera vez desde que lo supo — No puedes tomar la prueba, hay riesgos.
— ¿Y si somos compatibles?
— Eso no importa porque nunca lo sabremos.
Eso era todo. No pondría en riesgo a Kagome y al bebé, y tampoco se lo permitiría la ley, ni sus padres, ya que, para ese tipo de prueba, hasta los dieciocho, necesitaba consentimiento parental.
— ¿Y mi tía? ¿Has hablado con ella?
— Acabo de saberlo ahora mismo, no he hablado con nadie más que contigo. De todas formas, dudo que le interese…
— No lo digo por eso. Quizás… no sé… ella es su madre. ¿No podría ser compatible?
No era una mala idea a decir verdad. No sabía cómo encontraría la forma de comunicarse con Kikio para convencerla de que se sometiera a un procedimiento muy doloroso por un hijo que no le importaba, pero entendía lo que quería decir Kagome. Algún familiar tenía que ser compatible, ¿no? Era una posibilidad entre muchas.
— Puede que incluso mi madre, ¿no?
Su madre colaboraría encantada hasta que le dijera que su hija esperaba un hijo suyo. No, no era la clase de persona que le haría pagar de esa forma. Sin embargo, él se sentiría como un canalla por pedirle eso al mismo tiempo que le informaba de que se había acostado con su hija menor de edad y la había preñado. Aun así, se arrastraría si era necesario por la vida de Kamui.
— Debo suponer que tus padres aún no saben nada, ¿no?
— No…
Sacudió la cabeza al mismo tiempo que le contestaba con una negativa.
— Hace un par de semanas, como me sentía mal, fui al médico de cabecera. Mi madre suele acompañarme, pero, justo antes de ir, la llamaron del colegio diciendo que mi hermano tuvo una reacción alérgica, así que, afortunadamente, fui sola.
Decidió no dar su opinión al respecto. Eso de "afortunadamente" no estaba tan claro para él. Si había algo que tenía claro, era que cuanto más tardara en decirlo, más le costaría hacerlo. La confianza era muy delicada. Eso fue algo que descubrió junto a Kagome, al resquebrajar por completo la confianza que ella tenía en él.
— El médico sospechó que podría estar embarazada y recomendó que me hiciera unos análisis. Yo le dije a mi madre al volver a casa que solo era un resfriado…
— Tenías que haberle contado la verdad.
— ¡Tenía miedo! — agachó la cabeza y unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas — El médico confirmó el embarazo y, como notó que la situación era… delicada… me mandó al ginecólogo con una cita de urgencia para tratarlo cuanto antes… — sorbió por la nariz — Yo solo quería que la tierra me tragase…
Conocía muy bien esa sensación.
— ¿Qué quieres hacer, Kagome? — preguntó al fin.
— ¿Puedo elegir?
— Claro que puedes. Yo te puedo dar mi opinión, pero no puedo decidir por ti de ninguna forma. Ningún tribunal me daría la razón a mí. Yo…
— ¡Olvídate de los tribunales! — por segunda vez, varias cabezas se giraron hacia ellos — No puedes usar eso de excusa siempre.
— No es una excusa, es la realidad, Kagome. Estoy en manos de lo que tú o tus padres decidáis. De hecho, puede que ni siquiera tú tengas el lujo de decidir si ellos desean otra cosa.
— Mis padres no decidirán por mí, tendrán en cuenta mi opinión…
— ¿Qué quieres entonces, Kagome?
— No lo sé… — apartó la mano que él estaba sujetando de su agarre y la colocó sobre su vientre, justo donde él desearía colocar la suya si ella lo aceptara — No esperaba que esto sucediera…
Ni él tampoco.
— Pero no quiero abortar, no es justo para el bebé…
— Yo tampoco quiero que abortes, Kagome.
— Darlo en adopción… — suspiró — Me dolería tanto…
— No tienes por qué hacerlo.
— ¿Y cómo voy a…?
— Me tienes a mí. — afirmó — Puedes contar conmigo para tener a este bebé.
La mirada de Kagome no mentía; no se fiaba de él. ¿Y cómo demonios iba a confiar en él después de todo el dolor que le había causado en el pasado? No fue un buen amante ni un buen novio. No la protegió cuando ella más la necesitó. No fue totalmente sincero con ella. De hecho, él nunca confió en ella en el pasado cuando era la persona de más confianza que jamás había tenido a su lado.
— Sé que he sido un…
— Un auténtico cabrón. — terminó por él.
Estaba resentida con él y con razón.
— Pero no seré un mal padre y lo sabes. No pienso dejarte tirada y hacer como que esto no ha sucedido nunca. — juró — Me ocuparé del bebé y de ti porque sois mi responsabilidad.
— ¿Y lo querrás?
— Por supuesto.
Deseó preguntarle en ese instante si la querría a ella. Durante los últimos cuatro meses, había luchado con todas sus fuerzas para olvidarlo inútilmente. Cuanto más luchaba contra su influjo, más sentía que la arrastraba hacia él. No lo había superado en absoluto por más que se esforzara por disimular ante él al salir de clase. Simplemente, había aprendido a vivir con ello. Algunos días el corazón le pasaba más y otros sentía que podía tomar aire sin sentir ese escozor tan molesto.
En sus sueños, ellos estaban juntos y eran felices, tanto que se le derretía el alma. Al despertar por las mañanas, se encontraba sola, amargada y triste porque él ya no estaba a su lado, porque la realidad no era como el sueño. En la realidad, ella era una estúpida adolescente enamorada de un hombre adulto que ni siquiera era el adecuado. Bueno, sí era el adecuado, pero no era como ella necesitaba que fuera. Quería que la amasen con la misma intensidad con la que ella amaba y quería igualdad. Inuyasha era posesivo, autoritario y dominante. Él siempre estaba por delante de todo, él siempre ganaba de una forma u otra. Se propuso de meta acostarse con ella y lo logró.
A pesar de todo el dolor y la rabia, había algo que era innegable. Inuyasha era un padre fantástico. No era un buen novio, pero era un gran padre. Sabía que cuidaría al bebé, que lo amaría, que jamás permitiría que le faltara de nada. Aunque aquel no era el mejor momento para que Inuyasha se dedicara a otro bebé… bastante agobiado debía estar con lo de Kamui. Ella misma aún temblaba ante la sola idea. ¡Pobre Kamui! ¡Y pobre Inuyasha! Había fantaseada con la idea de un castigo para Inuyasha, mas nada remotamente parecido a aquello. Era macabro, cruel, terriblemente injusto. Si Dios en verdad existiera, la planta de oncología infantil en los hospitales no existiría.
— No creo que ahora puedas ocuparte de nadie más…
Intentó ser lo más diplomática posible. No quería que él creyera que ella le negaba a su futuro hijo. Simplemente, no creía que estuviera anímicamente en condiciones de hacer frente a otra crisis cuando estaba sumergido en aquella.
— Al contrario, creo que lo necesito más que nunca.
— No puedo pedírtelo…
— ¡Claro que sí! Tienes derecho a pedirme cuanto quieras, sobre todo con lo mal que me he portado contigo…
— No quiero que te sientas obligado a…
— ¿Sentirme obligado? Jamás me sentiría obligado a cuidar de mis hijos o de ti. No es como cuando tu tía…
Se calló de repente como si hubiera hablado más de la cuenta. De hecho, lo acababa de hacer. Aquel era un dato que ella desconocía. ¿No se casó por amor con su tía? Ella creía que estuvieron enamorados una vez y ella le partió el corazón o algo por el estilo. ¡Aquel era todo un descubrimiento!
— Inuyasha…
— No debería haber dicho eso.
— Dímelo, por favor.
Ese era el momento o nunca. Inuyasha quería que confiara en él de nuevo, pues él tendría que dar algo de sí mismo antes. Se negaba a volver a vivir en las sombras, acosada por los secretos y las mentiras. Tampoco deseaba eso para el bebé que estaba esperando. Merecían la verdad.
— ¿Inuyasha? — insistió.
— Me hizo chantaje, ¿vale? — murmuró inclinándose sobre la mesa — Si te cuento esto, jamás podrás decírselo a nadie.
— ¿El qué?
— Kamui no es hijo mío, no biológicamente al menos.
¿Cómo? Era evidente que Kamui era hijo de Kikio por los rasgos físicos claramente idénticos, pero jamás se le ocurrió que no fuera hijo de Inuyasha a pesar de la falta de parecido. ¡Y lo tuvo delante de sus narices todo el tiempo! Solo tenía que fijarse en la familia de Inuyasha. El padre, Inuyasha y el hermano mayor, incluso el difunto abuelo, el cual solo había visto en fotografías de la familia, eran calcados. En una familia en la que los genes parecían cobrar tanta fuerza, ¿cómo el hijo no heredó nada de ellos?
Entonces, le vino a la cabeza como un rayo. Inuyasha se había hecho cargo de un niño que no era suyo, había luchado por él con todo lo que tenía y había sacrificado mucho, y lo había amado con la misma intensidad que hubiera amado a uno suyo. De repente, el monstruo al que había intentado odiar en los últimos meses ya no era tan horrible ni tan terrorífico. Era un ser humano cargando una mochila llena de piedras que la vida le había puesto por delante. Su tía solo fue una de muchas tantas. Y, a pesar de todo, el encontró la forma de sobrevivir y de amar. Encontró un ser al que amó tanto que le dolía. Un ser que los dioses habían conjurado arrebatarle.
Amar a su hijo era poco. Lo idolatraría desde el día que lo cogiera en brazos por primera vez. Ante ella estaba la solución a su problema, pues ella no deseaba el aborto, ni se sentía cómoda ante la idea de dar a su bebé. Ni siquiera estaba segura de ser capaz de hacerlo. Sin embargo, con su ayuda, podría criar a su hijo en todos los sentidos de la palabra.
— Voy a tenerlo. — anunció — Quiero tener a este bebé. ¿Me ayudarás?
— En todo lo que necesites.
La noticia de que iba a tener el bebé no podría haberle alegrado más. Aquella era la medicina que necesitaba ese día.
— ¿Cómo nos apañaremos?
— Creo que lo primero es hablar con tus padres, hoy mismo.
— ¿Y Kamui?
No sabía hasta qué punto estaba enfermo Kamui como para no priorizar su caso.
— Kamui vendrá a casa conmigo por el momento. Solo será hospitalizado si su estado empeora…
— Podrías aprovechar para pedirle ayuda a mi madre con Kikio.
— Si no me hace pedazos, sí.
— Ella no hará eso, — le aseguró — pero ten cuidado con mi padre.
Kamui se puso muy contento cuando la vio. Hacía tiempo que no coincidían en el colegio y eso era algo que notaron ambos. Se le echó a los brazos en cuanto la vio, tan feliz y entregado que, por un momento, le pareció imposible que tuviera leucemia. A ella le parecía el mismo de siempre, igual de cariñoso y emotivo. Solo lamentó que Inuyasha lo bajara de sus brazos alegando que no estaba en condiciones de cargar con un niño. Para su disgusto, él tenía razón.
Instantes después, mientras se dirigían hacia el coche de Inuyasha, lo entendió. Kamui andaba como si le costara hacerlo, arrastrando los pies y respirando entrecortadamente cuando apenas habían cubierto una pequeña distancia. Inuyasha lo cogió en brazos y lo llevó hasta el coche en silencio. Debía estar sufriendo lo indecible por su hijo porque Kamui era su hijo, no importaba en absoluto la sangre. Inuyasha era un padre para Kamui y Kamui era un hijo para Inuyasha. De repente, lo veía con otros ojos. Creía que podía darle una segunda oportunidad… o quizás iban ya por la tercera… ¿Y quién las contaba?
Era la una del mediodía cuando Inuyasha aparcó en su calle. Su madre no debía esperarla a esa hora, por lo que se llevaría toda una sorpresa. Abrió la puerta de la entrada con su propia llave y los invitó a pasar.
— ¡Ya he llegado, mamá!
— ¿Kagome?
Sonomi se asomó al pasillo con el trapo de cocina entre las manos. Al verlos a los tres, se quedó sin nada qué decir.
— Tenemos que hablar, mamá. ¿Podemos dejar a Kamui viendo los dibujos en el salón?
Sonomi asintió con la cabeza sin terminar de entender la situación, pero, en cuanto asimiló la parte de Kamui, actuó por acto reflejo como una madre. Le puso los dibujos y ante sus miradas sorprendidas, le llevó un plato de la comida que había preparado para ese día. Tras darle un beso en la frente y colocarle la servilleta a modo de babero, los acompañó a la cocina, donde ella se encontraba fregando unos platos antes de que llegaran.
— ¿Qué ha sucedido? ¿Es Kikio? ¿Qué ha hecho esta vez?
— No mamá, no tiene nada que ver con Kikio.
— De-Deberías estar en clase... los dos… — se volvió hacia el salón refiriéndose a Kamui.
— He ido al médico hoy.
Sonomi se volvió hacia su hija más confusa. Pensaba que fue a clase esa mañana cuando salió de casa, no sabía nada de que tuviera cita con ningún médico.
— ¿Kagome?
— Estoy embarazada.
Primero la miró a ella con los ojos abiertos como platos, luego miró a Inuyasha y, entonces, la comprensión se hizo patente en su semblante. Se tambaleó durante unos instantes. Tanto Inuyasha como Kagome extendieron los brazos para ayudarla si era necesario. Sonomi terminó por sostenerse con la ayuda de una silla y los miró con una mezcla de preocupación e incertidumbre.
— ¿Estás enfadada, mamá?
Sacudió la cabeza en una negativa.
— ¿Entonces…?
— Estaba pensando en tu padre. Justo hoy venía a comer a casa…
— ¡Ya estoy en casa, Sonomi!
Su padre llegó justo en el momento más indicado. Bien, ya estaban todos, ya podían decir cuanto tenían que decir. Les esperaba un día muy largo.
Continuará…
