Capítulo 14: Traumas superados

Kamui se salvaría. Su madre se había hecho la prueba de compatibilidad y había resultado ser una donante óptima para Kamui. Inmediatamente, se ofreció voluntaria para la intervención. Inuyasha se dejó caer hecho pedazos en una silla de la sala de espera al escucharla. Estaba tan agradecido por lo que iba a hacer para salvar la vida de su hijo que prometió darle cuanto deseara a cambio. No sabía ni cómo compensarla. Sonomi solo pidió que cuidara bien de su hija en adelante.

Ese era otro asunto que discutieron por largo tiempo. Su madre se lo tomó relativamente bien todo el asunto del embarazo y de que hubiera estado con un hombre adulto. No estaba contenta, pero pareció entenderlo. Su padre, en cambio, fue un hueso duro de roer. Al llegar a casa y encontrarlos allí, se quedó mudo por la sorpresa. Ella no debería estar en casa e Inuyasha mucho menos. Los miró sospechando que algo había sucedido y se volvió hacia su esposa, quien parecía haber visto un fantasma. A continuación, los tres intentaron explicarle al mismo tiempo lo que había sucedido.

Lo único que su padre llegó a entender era que ella estaba embarazada y asoció él solo lo demás. Se tiró sobre Inuyasha como en uno de sus partidos de rugby con sus viejos amigos del instituto. Gritó aterrorizada al verlo aunque la sorpresa fue tremenda cuando, en lugar de caer al suelo, Inuyasha bloqueó el ataque con una defensa que habría hecho llorar a su padre. Entonces, su padre hizo la única cosa que le quedaba por hacer cuando su gran ataque fallaba: buscó su machete. Su madre y ella gritaron, conocedoras de sus mañas. Inuyasha no huyó; se mantuvo serio y firme en su lugar, sin pestañear si quiera por la inminente amenaza. Finalmente, Takeo, al descubrir que su amenaza no surtía ningún efecto, se dio por vencido y soltó el machete.

Tomaron asiento en la cocina para hablar. Cuando Inuyasha iba a sentarse junto a ella, Takeo lo apartó y le ordenó silenciosamente que se sentara enfrente. Fue él quien se sentó a su lado y no la miró ni una sola vez. Supuso que debía estar furioso y muy decepcionado con ella. No la crio para acabar así a los quince años.

— Tú estabas casado con mi cuñada.

No empezaba bien la conversación.

— Primero Kikio y ahora mi hija, que es su sobrina. ¿Esto es alguna clase de fetichismo? ¿Por qué mi hija?

— No sabía que Kikio y ella estaban emparentadas antes de... — se interrumpió a sí mismo sin atreverse a pronunciarlo en voz alta frente al padre.

— Antes de corromper a una menor. — terminó por él.

— ¡Takeo! — lo amonestó su esposa — Disculpe, está nervioso. Takeo es tan protector con su hija…

— ¡Y, aun así, mira lo que sucedido! — le reprochó a su esposa — ¡Maldita sea, Kagome! — se dirigió a ella por primera vez desde que descubrió lo de su embarazo — ¿En qué estabas pensando cuando te acostaste con un hombre adulto? ¿Es que no te he enseñado nada?

— Lo siento, papá…

— ¡Eso no volverá el tiempo atrás!

— Si me permite el atrevimiento, señor Higurashi, nada volverá el tiempo atrás. Creo que ahora deberíamos concentrarnos en el futuro.

Lo admitiera o no, su padre sabía que Inuyasha tenía razón. Ahora bien, no estaba dispuesto a dar por terminada esa discusión. No, al menos, sin dar su punto de vista al completo.

— ¡Te has aprovechado de mi niña! Voy a denunciarte, te meteré entre rejas y me aseguraré de que tiren la llave al mar.

— Con todo el respeto, señor, dudo que sea capaz de meterme en la cárcel. No encontrará un abogado mejor que yo para hacerlo.

— Mereces…

— Sí, sé exactamente lo que merezco y también lo que merece su hija. ¿Permitirá que me haga cargo?

— Takeo, quiere arreglar este embrollo, hacer las cosas bien. — intervino su madre — Dale el beneficio de la duda.

— Ya se lo di cuando permití que Kagome trabajara de niñera bajo esas condiciones. Sabes perfectamente que no me gustaba ese trabajo…

Ella no sabía nada al respecto. Su padre nunca dijo nada de su trabajo ni se metió. Simplemente, escuchaba si ella hablaba, nada más. ¿Se opuso a que trabajara?

— ¿Por qué no me dijiste nada? — se atrevió a preguntar.

— Porque tu madre me contó que tenías idea de pagar una buena universidad con ese dinero y yo no podía pagártela. Por eso, me aguanté y me callé mis opiniones sobre que pasaras tanto tiempo en la casa de un hombre divorciado. — levantó la mirada para mirarlo — Jamás me fie de él...

— Papá…

— Tenía razón. — confesó Inuyasha — Hice cuanto pude para tener a su hija y lo volvería a hacer. Por favor, no me obligue a reclamar mi paternidad legalmente cuando nazca el bebé.

Takeo suspiró, se cruzó de brazos, cerró los ojos y meditó al respecto en silencio. Todos lo miraron, expectantes. Era él quien más se oponía a la idea de que Inuyasha se hiciera cargo de ella y del bebé. Comprendía que era difícil de asimilar. Ella misma aún estaba haciéndose a la idea de que estaba embarazada y de que iba a tener ese bebé. En cinco meses sería madre, algo que no creyó posible hasta haber terminado sus estudios universitarios por lo menos.

— Es mi deber cuidar de mi hija… — musitó.

— Le juro que yo cuidaré de ella.

— ¿Igual que hasta ahora? — abrió los ojos y lo examinó con mirada furiosa — ¡Si hubieras cuidado de ella como Dios manda, no estaría embarazada!

— Lo haré mejor de ahora en adelante. — prometió.

— ¿Y sus estudios?

— Jamás la apartaré de sus estudios y me haré cargo de todo.

Inuyasha se estaba refiriendo al dinero. Odiaba que el dinero tuviera tanto peso en aquella conversación en la que solo debiera importar el amor. No obstante, a su padre no le interesaba que Inuyasha deseara tener a ese bebé, que lo amaría o que incluso pudiera quererla a ella. Quería que la mantuviera y que no le faltara nada de lo que él consideraba básico. ¿Por qué no entendían que para ella lo básico era sentirse amada?

Su padre se volvió hacia ella, dando por terminada su discusión con Inuyasha. De una forma u otra, había terminado por convencerlo. Era su turno de recibir.

— Papá…

— ¿Tú qué quieres, Kagome?

Era la segunda vez en ese día que le hacían esa pregunta. No tenía del todo claro qué quería respecto a toda su vida. Aún no sabía qué estudiar o dónde, si podía darle otra oportunidad a Inuyasha como novio o solo como padre, dónde quería vivir o cómo quería hacerlo. Lo único que tenía claro era que iba a tener a ese bebé.

— Quiero tener al bebé.

— Puedes tenerlo en casa, si quieres. — propuso — No tienes por qué irte, no tienes que sentirte obligada a vivir con este hombre. Lo echaré ahora mismo si tú no lo quieres.

Su padre la apoyaría. Hasta ese instante, no había sido consciente de lo mucho que necesitaba saber que su padre la apoyaría. Con los ojos inyectados en lágrimas se abrazó a su pecho y lloró contra su hombro, feliz de no sentirse sola. Había oído tantas historias sobre adolescentes embarazadas, de las cuales sus padres renegaban, que estaba aterrorizada a pesar de que no podía imaginar a sus padres haciendo semejante cosa. Giró la cabeza sobre su hombro para poder ver a Inuyasha, quien esperaba con un nudo en la garganta su respuesta.

Inuyasha creía que iba a cambiar de opinión respecto a lo que le dijo a él. No entendía que nada le haría cambiar de opinión. Había sentido la esperanza de una nueva vida en el hospital y aún la sentía. Quería estar con Kamui, a quien podrían perder tarde o temprano si no encontraban un donante, quería que su hijo tuviera a su padre siempre que lo deseara y, fuera o no capaz de perdonarlo, en lo más hondo de su corazón, quería regresar a esa vida que saborearon el pasado mes de enero.

— Me iré a vivir con Inuyasha… — dijo al fin.

Inuyasha soltó el aire que estaba conteniendo a la espera de su respuesta, aliviado. Su padre, por otra parte, dejó de respirar. Lo miró temerosa de que estuviera sufriendo un infarto. Su mirada brillante le indicó que solo estaba triste.

— Eso no significa que no vayamos a vernos, papá. Vendré a casa a visitaros y vosotros también podréis visitarme, ¿verdad?

— Siempre que quieran. — coincidió Inuyasha.

— Ahora, hay otra cosa de la que tenemos que hablar... — se dirigió hacia sus padres y con un gesto de cabeza le cedió la palabra a Inuyasha.

Inuyasha tomó la palabra para explicarles el asunto de Kamui. Empezó desde el principio narrando como se fueron presentando los síntomas hasta que lo llevó al pediatra y del pediatra lo remitieron al hospital. Ella no conocía esa parte de la historia antes que él la contara en su casa. Cuando empezó a hablar de las pruebas, su madre se llevó una mano al pecho temiendo lo peor acertadamente. Al dar el diagnóstico, ambos se quedaron pálidos.

— Pobre, es solo un niño… — musitó su madre — Debes estar pasándolo muy mal. Quizás, mientras estés ocupado con esto, prefieras que nosotros continuemos ocupándonos de Kagome…

— La verdad es que no me vendría mal tener otra cosa en la que ocupar la mente.

— ¿Y hay alguna posible cura? — preguntó su padre.

— Necesitamos un donante de médula ósea. Yo no soy compatible, pero Kagome pensó que a lo mejor la madre…

— No es por desanimarte, pero me parece que no estuviste casado con mi cuñada lo suficiente. — Takeo se cruzó de brazos — Para llevar a Kikio a un hospital, tendrás que atarla y amordazarla. Tal vez incluso drogarla. No creo que acepten su posible donación en esas condiciones…

— Lo que mi marido quiere decir es que los hospitales repelen a mi hermana pequeña. Además, nunca fue demasiado voluntariosa…

— No hace falta que lo jure… — masculló — ¡Lo siento, sé que es su hermana! — se apresuró a disculparte.

— No te disculpes, mi cuñada es muy especial.

Sonomi le dirigió una dura mirada a su marido de reprimenda. Takeo dejó de columpiarse en la silla con chulería y se puso recto. Kikio siempre era un tema delicado en todos los contextos.

— Mamá, si no te molesta, también he pensado que quizás tú…

— Tomaré la prueba lo antes posible. — terminó por ella.

Su padre no se opuso en absoluto a que su mujer estuviera dispuesta a someterse a esa cirugía de ser necesario para salvar a un niño, pero expresó en voz alta sus preocupaciones al respecto. Fue por eso que, al día siguiente, cuando asistieron al hospital para la prueba, formuló todas las preguntas que le preocupaban al oncólogo. El procedimiento era doloroso, no arriesgado. Su madre no correría ningún riesgo en la operación y tampoco demostró la más mínima preocupación por algún posible contratiempo en la intervención de Kamui. Se trataba de una operación que habían realizado en muchas ocasiones y de la que conocían la solución a cualquier posible imprevisto.

Bajo esas condiciones y con el resultado positivo de los análisis, Sonomi fue la donante de Kamui. No sabía si llegó a hablar del asunto con su tía, ni se lo preguntó. Sabía que la relación de su madre con su hermana pendía de un hilo desde que se enfadaron cinco años atrás, probablemente a cuenta del divorcio. Como no quería meter más leña al fuego, no dejó que esas preocupaciones salieran de su cabeza. Por el momento, únicamente se preocuparía por Kamui y por su bebé.

Esperaron un mes entero a que Kamui estuviera listo para volver a casa antes de que ella se mudara. No le parecía el momento adecuado para hacerlo. Aunque Inuyasha le había entregado la copia de las llaves de su apartamento y se había ofrecido a ayudarla con la mudanza, no quiso ser una molestia en esos momentos de tensión. Además, su estado y los estudios no eran siempre tan compatibles como ella hubiera deseado. Los exámenes finales se acercaban y quería estar preparada para terminar la secundaria en condiciones, ya que no podría cursar el bachiller, no en un aula al menos.

Su embarazo complicaba su vida más de lo que imaginó en un principio. El colegio debía ser informado e hicieron una reunión a la que asistieron sus padres e Inuyasha. No le contaron todos los detalles al director. Simplemente, lo importante, que estaba embarazada. El director no puso pegas en que terminara el curso, sobre todo teniendo en cuenta que su estado no se notaría hasta las últimas semanas de clase, pero dejó bien claro que no podría continuar en septiembre con el bachiller. Inuyasha y su padre pusieron el grito en el cielo sobre la injusticia de tal decisión. El director les echó en cara la normativa interna del instituto.

Ella fue quien puso punto final a esa discusión. Estudiaría a distancia, algo que, además, le venía bien para poder cuidar del bebé. De todos modos, Inuyasha y su padre no se quedaron contentos y, por primera vez, se aliaron para evitar que otras adolescentes embarazadas fueran tratadas como marginadas. Estaban decididos a denunciar esa situación en las escuelas a cualquier precio y estaban recopilando información antes de utilizar la prensa como arma. Aquello unió a su padre e Inuyasha.

La primera semana de junio, se mudó al apartamento de Inuyasha. Entre su padre e Inuyasha con ambos coches llevaron todas sus pertenencias. Al ver la casa de Inuyasha, vio cómo se les iluminaba la mirada a sus padres. Tenían claro que allí estaría más que bien cuidada. Asimismo, escuchar que un servicio de limpieza se ocupaba de ese tipo de tareas les alivió. Seguro que temían que ella se ocupara de la limpieza de esa enorme casa. Se sentaron en el sofá y merendaron con ellos mientras Kamui y su hermano Souta jugaban a la consola. La diferencia de edad entre ellos no importaba cuando había una consola de por medio.

A partir de entonces, las siguientes semanas fueron frenéticas. Le quedaban dos semanas de clase y muchos exámenes finales y trabajos. Aunque ya se había acabado el entrenamiento de las animadoras, puesto que no podía seguir en el equipo en sus condiciones, el tiempo se estaba convirtiendo en algo muy valioso que debía aprovechar. El estrés no era en absoluto compatible con el embarazo. Todas las mañanas vomitaba y desayunaba en el coche mientras Inuyasha la llevaba a clase. En clase, la silla era tan incómoda de repente que sentía dolores en los riñones. A pesar de quedarse en camisa de manga corta, sentía un calor horrible y continuos sofocos. Sus amigas, quienes eran las únicas que conocían su condición, intentaban ayudarla lo mejor que podían. Por las tardes, al regresar a casa, estaba destrozada. Necesitaba tumbarse para echar una larga siesta que le quitaba horas de estudio que tenía que invertir por la noche.

— Tienes que descansar, Kagome.

— He echado la siesta. — siguió concentrada en el libro de ciencias naturales.

— Ya son las once y media y te levantas a las siete. — insistió.

— Este examen es muy importante. Entran los cinco temas que hemos dado, no es un parcial como otros.

Inuyasha suspiró, se tumbó en la cama a su lado y le pasó un brazo sobre el cuerpo para poner la mano sobre su vientre. Empezaba a abultar aunque muy poco. Le preocupaba haber engordado tan poquito e Inuyasha seguro que también estaba preocupado. ¿Era normal que cuando acababa de cumplir seis meses de embarazo solo hubiera engordado cuatro kilos? Llevar la camisa más holgada de lo normal era suficiente para ocultarlo en el instituto. Nadie sospechaba, ni murmuraba sobre ella. Sus amigas se estaban encargando de estar al tanto por si era necesario protegerla. ¡Eran un encanto!

— Tienes que descansar.

Inuyasha se preocupaba muchísimo por ella; le gustaba esa sensación. Habían vuelto a compartir dormitorio aunque en algunos aspectos estaba resultando incómodo. Dormían en la misma cama sin hacer el amor, pero él la tocaba mucho. Siempre tenía las manos encima de ella. ¿Por qué no intentaba hacerle el amor? ¿Tenía miedo de que lo rechazara por el pasado? Si era así, podía tranquilizarse porque dudaba ser capaz de decirle que no. Ella también lo deseaba. El embarazo trajo consigo otros síntomas como el incremento del deseo sexual. Ojalá Inuyasha diera el paso antes de que ella reventara por la ansiedad.

Por el momento, debía concentrarse en acabar el instituto. En cuanto terminara esa parte de su vida, tendría todo el verano para recuperar a Inuyasha por completo. Con ese nuevo objetivo en mente, se repitió la última lección mentalmente. Creía que estaba preparada para el examen.

— De acuerdo, ya voy a dormir.

A la mañana siguiente, estuvo a punto de vomitar en el coche mientras desayunaba. Tuvo que pedir a Inuyasha que detuviera el coche, abrió la puerta y tuvo arcadas. Inuyasha actuó con mucha eficacia. Le desabrochó el cinturón, sujetó su cabello y le puso una mano en la frente. Después de eso, no intentó volver a obligarle a desayunar en lo que quedaba de trayecto. Sí le hizo prometer que desayunaría en el primer descanso de clase. Para asegurarse, habló con sus amigas, sus espías oficiales. Aunque meses atrás llegaron a odiar a Inuyasha y quedaron más que sorprendidas cuando supieron que estaba embarazada y que su famoso "novio" era en realidad su jefe, se habían convertido en sus admiradoras oficiales. De repente, Inuyasha era perfecto, se preocupaba mucho por ella y era el hombre de su vida.

Respiró hondo y recibió con una sonrisa el beso en la mejilla que Inuyasha le daba siempre antes de dejarla en el instituto. Desearía que le diera un beso de verdad. ¿Qué tenía que hacer para que Inuyasha volviera a besarla como antaño? Cuando se mudó a su casa, pensó que era para ser algo más que amigos, no una especie de hija a la que protegía. No podía vivir con él sin compartir esa intimidad que les perteneció en el pasado. Al principio no estaba segura, pero en ese momento sí. Estaba dispuesta a darle otra oportunidad. ¿Cómo podía demostrárselo?

— ¡Hora de comer!

Frunció el ceño cuando su trío de amigas la rodeó para obligarle a tomar el desayuno. No sabía si su estómago se había asentado del todo y odiaría tener que salir corriendo del examen, que era a la siguiente hora, para vomitar.

— Chicas…

— ¡Se lo hemos prometido a Inuyasha! — exclamó Yuka.

— Tienes que alimentarte bien. — le aconsejó Ayumi dulcemente.

— Los chicos como Inuyasha siempre tienen razón.

Las tres asintieron con la cabeza intentando convencerla. Rechistó con un sonoro suspiro de rendición y cogió el brik de zumo que le ofrecían. El zumo le sentaría bien. Tenía cinco minutos para desayunar antes de que se iniciara el examen y era la única que estaba comiendo. El resto de la clase repasaba los apuntes. ¿Qué pensarían de ella?

— Ahora, tienes que comerte esto.

— Yuka no…

Se calló en cuanto vio el bollo de mantequilla azucarado y suculento. La boca se le hizo agua en un instante. ¿De dónde había salido ese apetitoso bollo de mantequilla? No dudó en cogerlo y le dio un primer mordisco que le hizo gemir de placer.

— ¿De dónde…? — intentó preguntar con la boca aún llena.

— Nos lo ha dado Inuyasha para ti.

Las palabras de Ayumi le hicieron pensar. Inuyasha había comprado ese bollo de mantequilla. Ella desayunaba leche caliente en un vaso térmico y galletas de camino a clase, no eso. ¡Por eso entró en la panadería! Recordaba que se había parado un momento en la panadería y que regresó con una barra de pan que indudablemente sería para el bocadillo de la merienda de Kamui. Ni se le ocurrió que le habría comprado nada. De repente, aquel bollo sabía mucho mejor.

Esa misma noche, tomó una decisión: iba a hacer el amor con Inuyasha. Estaba harta de estudiar, de la tensión, de sentirse enferma y de estar sola. Quería que la abrazara para algo más que protegerla. Quería que volviera desearla con la misma intensidad y, de alguna forma, tenía que descubrir si era así. Por un momento, había temblado ante la idea de que él ya no la deseara por los cambios que estaba experimentado su cuerpo aunque fueran tan mínimos. No podía simplemente dejarlo pasar y hacer la vista gorda. Esa noche harían el amor o, al menos, descubriría qué lo frenaba.

Estudió hasta que Kamui se fue a la cama. Entonces, decidió que era hora de ducharse y que necesitaría ayuda.

— Inuyasha, voy a ducharme.

— ¿Tan tarde? — apartó la vista de unas facturas que estaba revisando.

Ella solía ducharse a primera hora de la mañana o por la tarde.

— No he podido ducharme antes… — musitó — Yo… — se mordió el labio inferior — necesito ayuda…

Inuyasha cayó en la trampa. En cuanto estuvo desnuda frente a él en el cuarto de baño, notó que algo en su mirada cambiaba. Ese era el brillo del deseo con el que siempre la miró. Se sintió tan aliviada de saber que no había dejado de desearla que estuvo a punto de desmayarse. Inuyasha la agarró cuando se tambaleó e intentó hacerle desistir de ducharse por el momento. Lo que no sabía era que, tras haber vislumbrado sus pensamientos momentáneamente, nada la convencería de otra cosa.

Entró en la ducha, tal y como estaba planeado mientras Inuyasha llenaba la bañera para ella. Después, él le lavó el pelo con dedos temblorosos. Seguro que le estaba costando contenerse. ¿Cuánto aguantaría? Aguantó hasta que ella gimió al enjabonarle los pechos hinchados y sensibles por el embarazo. Entonces, se inclinó y tomó sus labios en un apasionado beso que lo arrastró vestido al interior de la ducha, donde se quitó las ropas mojadas y le hizo el amor contra la mampara. Luego, la llevó a la bañera, donde volvió a hacerle el amor para luego disculparse por su brusquedad. No entendía lo feliz que le había hecho.

— ¡Ya estoy lista!

Estaba muy contenta. El día anterior había ido a recoger las notas con sus padres y con Inuyasha, quien de repente se responsabilizaba de sus estudios como el que más. Había aprobado todo y con muy buenas notas, incluso matemáticas. El sobresaliente la tomó por sorpresa, aunque la sorpresa de sus padres e Inuyasha le ofendió. ¿Por qué siempre dudaban de ella cuando se trataba de esa asignatura?

La despedida fue tensa. Su padre e Inuyasha dejaron caer la bomba de que iban a hacer temblar los cimientos de todas las "escuelas elitistas de ultraderecha" que discriminaban a las adolescentes embarazadas. El director los miró como si se hubieran vuelto locos. Ella y su madre se cogieron de la mano sonrojadas y se dirigieron hacia la zona de primaria para recoger las notas de Souta y de Kamui intentando pasar desapercibidas. La reciente amistad entre Inuyasha Taisho y Takeo Higurashi era de lo más peligrosa.

Ese día tenía cita con el ginecólogo. Iban a hacerle una ecografía que, si el bebé estaba bien posicionado, desvelaría su sexo. Después de eso, podrían empezar a comprar todo lo que el bebé necesitaría. Se acarició el vientre apenas abultado y sonrió. No se arrepentía en absoluto de la decisión que tomó.

Fueron en coche al hospital los dos solos. Kamui se había quedado en casa de sus padres, jugando con Souta, con quien había entablado amistad en las últimas semanas. Al parecer, su pasión por los videojuegos era un potente punto en común. Le gustaba saber que se llevaban tan bien. Al fin y al cabo, eran primos. Además, aunque no hubiera dicho nada al respecto, había notado más relajado y contento a Inuyasha. Sabía que le gustaba ver a su hijo con sus tíos y que apreciaba ese lazo de amistad que se estaba formando entre ellos.

Inuyasha no dijo ni una sola palabra durante el trayecto hasta que llegaron al aparcamiento. Allí, apagó el motor, pero no salió del coche como de costumbre para socorrerla. Algo le sucedía.

— ¿Inuyasha?

— Me preguntaba si… yo…

No se animaba a hablar.

— Puedes contarme lo que quieras.

— ¿Querrás que entre contigo al ginecólogo?

— ¿Acaso no ibas a entrar? — le preguntó extrañada — Yo pensé que tú entrarías conmigo. ¿Para qué has venido entonces?

Lo escuchó suspirar de alivio. No entendía esa reacción. Tampoco tuvo tiempo para interrogarlo. Él no tardó en ayudarle a salir del coche con energías renovadas y la guio hacia la salida del garaje. Decía que ella debía permanecer lo menos posible dentro de los garajes para no hacer daño al bebé con los gases que había allí adentro. Tampoco quería que subiera escaleras por lo que subieron a la cuarta planta en el ascensor. Iba a preguntarle sobre lo que había pasado en el coche cuando la llamaron.

— Kagome Higurashi.

Tendría que dejarlo para más tarde.

Minutos después, vieron a su hija por primera vez en la pantalla de una máquina. Iban a tener una niña, ya no había que llamarla el bebé.

— Inuyasha, ¿qué te parece?

— Preciosa.

A ella también aunque aún estuviera tan poco definida y fuera tan diminuta. Muy pequeña, la verdad. Giró la cabeza para mirarla mejor y se preguntó si tendría algún problema por su culpa. Inuyasha debió pensar lo mismo porque se apresuró a preguntar.

— ¿No es muy pequeña? He notado que Kagome apenas ha engordado en seis meses…

— Ajá. — el médico revisó las notas — Ha engordado cuatro kilos en seis meses.

— ¿No es poco?

— No tiene por qué serlo, según el caso. He dado a luz niños perfectamente sanos cuya madre solo engordó seis o siete kilos en los tres trimestres. — pasó otra página — Revisaré los análisis. Sí sería un problema de tener alguna carencia vitamínica…

Cruzó los dedos para que no fuera así.

— Parece que está todo bien. Únicamente tiene el hierro un poco justo, así que tomará unas pastillas para prevenir.

Asintió con la cabeza y volvió a mirar la pantalla preocupada. No quería que nada malo le pasara a su bebé.

— No te preocupes. — el doctor notó su preocupación — Está perfectamente y tú también. Todo lo que ves ahí es el bebé y la placenta, no hay nada de grasa y aún engordarás en tu último trimestre.

Mientras el ginecólogo preparaba las recetas y tomaba notas en su informe, Inuyasha le ayudó a limpiarse el gel frío de la barriga y a volver a vestirse. Ni siquiera usaba todavía ropa de premamá porque le quedaban grandes incluso las tallas más pequeñas. Su propio vestido de verano le quedaba igual de bien que el año anterior. No le extrañaba que nadie de su entorno se hubiera percatado de su estado.

Tomaron asiento frente al escritorio del médico para recibir sus últimas indicaciones.

— A partir de ahora, dieta sana, reposo y dar paseos. Cuando no pueda comer, no se fuerce, tome una galleta seca tumbada y espere a que se le asiente el estómago.

Generalmente, cuando más se forzaba era en el desayuno porque tenía que tomarlo muy temprano. En verano, ya no tendría ese problema.

— Hay un curso en el hospital con actividades y ejercicios para mujeres embarazadas en su último trimestre. — les entregó un folleto — Acuden muchas parejas y están muy contentos con los resultados. Pueden apuntarse si lo desean, les vendría bien practicar para el parto.

Ojeó el folleto con interés. Después, miró de reojo a Kagome, quien escuchaba también interesada las explicaciones sobre el curso del doctor. Si ella quería, le encantaría llevarla y practicar con ella. Kikio le negó formar parte de su embarazo. Él quería ayudar aunque fuera consciente de que no era hijo suyo, aunque ella no fuera la mujer que él habría escogido para tomar por esposa. Quería saber más, experimentar, empezar a conocer a su hijo.

Kagome, por otra parte, no le negó nada. Podía acariciar cuanto deseaba su vientre, podía acompañarla a todas las citas del médico, podía opinar sobre el bebé y presentía que ella esperaba que estuviera presente en el parto, algo que a él le encantaría. Quería ver nacer a su hija. Cogió la mano de Kagome mientras salían de la consulta, consciente de lo feliz que era desde que Kagome regresó a su vida. Justo cuando creía que había caído tan bajo que jamás levantaría cabeza, allí se le presentaba otra oportunidad de tener la vida que siempre soñó.

Solo había una cosa que le faltaba solucionar. El médico los había tratado como a una pareja, asumía que lo eran. No obstante, ellos todavía no habían establecido esos límites a pesar de haber vuelto a hacer el amor. Iba siendo hora de que se afianzaran de alguna forma, especialmente cuando era consciente de lo importante que era eso para Kagome. En esa ocasión, se portaría bien con ella y le daría lo que deseaba, no para tenerla contenta sino para que ambos fueran felices.

Continuará…