Capítulo 15: Nacimiento
Los últimos tres meses de embarazo pasaron como una exhalación. Quitando la frecuente falta de apetito que el sistema del médico lograba paliar en cierta medida, no hubo ningún otro tipo de molestia de las tan temidas que aparecían en los folletos informativos que tomaron del hospital. Nada de pérdidas de sangre, varices, caries, falta de calcio, mareos, náuseas vespertinas o riesgo de aborto. Nada que los preocupara más que el hecho de que apenas engordaba.
A los nueve meses, en su última revisión, les dieron cita orientativa para el parto aunque su hija perfectamente podría nacer antes o después de esa fecha. De no nacer después, habría que forzar el parto, algo en lo que, por el momento, preferían no pensar. En total, engordó siete kilos y trescientos gramos. Su barriga era tan perfectamente redondeada y pequeña que parecía sacada de la portada de una revista. Su madre siempre le decía que debiera estar contenta, ya que apenas tendría peso que perder tras el parto y la piel volvería a su sitio. La verdad era que sonaba a ventaja.
Kamui se recuperó por completo y volvía a ser el niño emotivo y activo que siempre fue. Un niño que recientemente comenzó a llamarla "mamá". La primera vez que lo dijo, se sorprendió tanto que se quedó paralizada. El niño se acongojó ante su reacción. La intervención de Inuyasha fue toda una suerte para evitar que mal interpretara su reacción ante tal calificativo. Estaba encantada, quería a Kamui como si fuera su propio hijo. Desde entonces, él había sido su hijo oficialmente, aunque, en cierto modo, ya lo hubiera sido antes. Siempre había tratado a Kamui con el amor de una madre, no como una niñera.
Algo había cambiado también con Inuyasha. Lo notaba atento, cariñoso y más feliz de lo que nunca lo había visto. Al principio, achacó esa renovada actitud a su deseo de ser padre de nuevo, a la niña que tanto estaban esperando. No obstante, con el paso del tiempo, se dio cuenta de que había algo más. No era solo la niña, también era ella. Inuyasha por fin se comportaba como el novio que ella deseaba y empezaba a cautivarla, a embrujarla de nuevo con su encanto. ¡Diablos, se había ganado una segunda oportunidad! El sexo solo fue un preludio de aquello, una forma de reencontrarse. Estaba completamente segura de que saldría todo bien, de que él había cambiado.
Jamás se había sentido tan mimada y acompañada. Inuyasha estaba al tanto de todo posible "peligro" para una embarazada y no dudaba en intervenir. Kamui recostaba la cabeza contra su barriga mientras veían alguna película fascinado. Su padre les llevaba los mejores pescados de su pescadería y los más adecuados para mujeres embarazadas. El consejo de su madre estaba resultando vital tanto para gestar al bebé como para aprender a ser una buena madre. Su hermano estaba deseando ser tío, se había gastado sus ahorros sin hacer caso de nadie en un bonito colgante de oro para la niña e incluso había presentado a su novia, a la tía de la niña. Todavía sonreía cuando recordaba el día que les presentó a Hitomi. Su hermano había tenido su primera novia antes que ella su primer novio y se veían tan monos juntos que daban ganas de fotografiarlos.
Por otra parte, la relación de Inuyasha con sus padres cada vez iba a mejor. Su madre lo adoraba, decía que cuidaba mucho de ella y que era de lo más detallista. Cada vez que aparecía con un ramo de flores, con bombones o con cualquier regalito para la niña o de premamá, su madre se derretía; especialmente, cuando también llevaba flores para ella. Su padre solía fruncir el ceño cuando su mujer se mostraba tan abiertamente fascinada por otro hombre. Sin embargo, un propósito en común lo había unido a Inuyasha. Su lucha contra los colegios por la normativa que impedía que mujeres embarazadas acudieran a clase estaba dando sus frutos muy rápido. La prensa estaba crucificando a muchos directores y al sector educativo en general por una práctica tan poco educativa y discriminatoria. Terminarían por ganar la batalla, seguro.
En esos meses, también recibieron a los padres de Inuyasha, quienes estaban encantadísimos con la idea de tener una nieta. En una ocasión en la que coincidieron los padres de ambos, no pudo evitar notar que sus padres no dejaban de mirarse en el espejo, preocupados por su aspecto. Sabía que su madre se teñía ya y tenía alguna arruguita de expresión. Su padre llevaba las canas salteadas al aire, algunas arrugas similares a las de su madre y las manos repletas de callos por su trabajo. Los padres de Inuyasha debieron parecerles estrellas de cine, al igual que a ella. Por suerte, su encanto natural para tratar con la gente les ayudó a bajar la guardia. Ahora bien, había algo en ellos que a ella no terminaba de tranquilizarla. Estaba convencida de que ocultaban algo e Inuyasha también.
Lo único que rescataría como algo medianamente negativo de esos meses era la relación con su tía, la cual en esos momentos debía haberse vuelto gélida. Deseaba hablar con ella, pero no se atrevía a llamarla y ella tampoco lo hacía. ¿Su madre le habría contado que esperaba un hijo de Inuyasha? Sabía que sí le contó lo de Kamui y que debieron tenerla gorda por su falta de respuesta aunque no quiso darle demasiados detalles. No sabía qué hacer al respecto. Ni siquiera era un tema del que pudiera hablar con Inuyasha sin arriesgarse a estropear aquella nube de felicidad.
Por suerte, tenía a sus amigas. La visitaban todas las semanas, salían juntas de compras para escoger ropa para el bebé e incluso se quedaron alguna noche a cenar con ellos. Estaba convencida de que las tres se enamoraron (en un sentido figurado) de Inuyasha con el tiempo y él podía contar con ellas como guardianas. Acataban cada orden respecto a ella y, por las noches, le daban informe de cuanto hicieron y de cualquier quejido suyo o síntoma de dolor. A veces se preguntaba si las tendría empleadas. Nunca imaginó que, tras todo lo que discutieron sobre él en los recreos, consiguiera conquistarlas de esa forma.
Se pasó una mano sobre el vientre con una sonrisa. Era muy feliz. Ojalá pudiera dejar de moverse para celebrarlo. Estaba pasando una noche horrible. Desde que se había acostado, se le habían intensificado los dolores en la zona lumbar de la espalda y ni con aquel maravillo colchón había logrado quitárselos. Se volvió a dar la vuelta, incómoda por la posición, y quedó dándole la espalda a Inuyasha. En posición fetal tampoco se sentía muy bien, pero, al menos, le dolía un poco menos. Si le decía algo a Inuyasha sobre aquellos dolores, seguro que se pondría como un loco.
Respiró hondo, tal y como le enseñaron en las clases a las que asistieron en el hospital con la comadrona. Aunque no funcionaba tan bien como desearía, aliviaba en cierto modo la presión.
— Kagome, ¿estás bien? — le preguntó Inuyasha a su espalda — No paras de moverte…
— Lo siento, ¿te he despertado?
— No pasa nada… — le escuchó bostezar — Relájate, cielo.
— Claro.
¿Relajarse? Para él era muy fácil decirlo. No era él el quien llevaba una niña de nueve meses en el vientre, ni el que sentía las lumbares como si alguien estuviera intentando arrancárselas. Debía admitir que, a pesar de ser un cielo y tan atento con ella, en ocasiones sentía ganas de abofetearlo. No sabía explicar si era por las hormonas, pero más de una vez ardió en deseos de cargar con toda su rabia contra él por las cosas más minias.
Consultó el reloj en la mesilla de noche por casualidad. Era ya la una de la madrugada. ¡Llevaba tres horas dando vueltas sobre la cama! No le extrañaba que Inuyasha se quejara teniendo que intentar dormir con una embarazada histérica incapaz de relajarse y un duro día de trabajo esperándole en seis horas. Desesperada, aburrida y dolorida, decidió que la mejor opción sería levantarse e ir a la cocina a tomarse un buen vaso de leche templada. Seguro que eso la calmaba.
— ¿A dónde vas? — preguntó Inuyasha soñoliento.
— Voy a tomar un vaso de leche…
— Quédate en la cama, ya voy yo… — murmuró Inuyasha abriendo los ojos perezosamente.
— ¡No, tranquilo! — exclamó preocupada por su sueño — Además, así aprovecho para ir al cuarto de baño.
La vejiga le iba a reventar y eso que había orinado como para llenar un tanque ese día.
— Te acompaño.
Inuyasha se sentó en la cama y ayudó a incorporarse a Kagome sin hacer ningún caso de sus réplicas. Justo cuando sus piernas tocaron el suelo, se escuchó el sonido de un chapoteo, como de agua cayendo. En ese momento, supo que ya no necesitaría ir al cuarto de baño para nada.
— ¿Kagome?
Inuyasha se levantó de un salto y a punto estuvo de caerse de espaldas cuando pisó el líquido traslúcido que se había deslizado de entre sus piernas. Se agarró a la mesilla para evitar la caída y miró el suelo, reconociendo al igual que ella el motivo.
— Creo que he roto aguas…
Todo sucedió muy de prisa a partir de ese momento. La maleta con todo lo que iba a necesitar ya estaba lista en el coche de Inuyasha, pero no estaban preparados para esa situación a semejante hora. Inuyasha despertó a Kamui, lo vistió rápidamente y lo animó a prepararse rápidamente una bolsa de ropa. Mientras tanto, él se puso cualquier cosa sin prestar demasiada atención. A cada contracción, él gimió con ella y se metió más prisa.
La bajó en brazos al garaje y la montó en el coche. Por primera vez, Kamui se montó y se instaló en su asiento solo. Mientras tomaba el camino para el hospital, llamó a sus padres por el manos libres para que alguien estuviera con Kamui en el hospital. Notó a su padre histérico al otro lado del teléfono y a su madre tan tranquila que llegó a preguntarse si todos los hombres perdían los papeles cuando una mujer estaba de parto.
Una enfermera los llevó a una habitación doble donde la visitaría cada cierto tiempo el médico para controlar la dilatación. Allí, empezaron a pasar las horas. Su padre se quedó dormido en el sofá con Kamui y Souta tumbados sobre él en el mismo estado. Inuyasha estaba sentado junto a ella en la camilla, intentando darle su apoyo. Su madre le secaba el sudor de la frente a ratos y le dedicaba palabras tranquilizadoras y anécdotas sobre los nacimientos de sus hijos. Estaba preparada para dar a luz, lo había deseado con todas sus fuerzas; sin embargo, de repente, tenía miedo. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si algo malo le sucedía a su bebé?
— ¿Por qué tarda tanto? — exclamó histérica — ¡Hace tres horas que he roto aguas!
— Algunas mujeres dilatan en seguida y otras tardan más. No podemos llevarla a la sala de partos hasta que halla dilatado un mínimo de diez centímetros. Además, siendo usted madre primeriza…
La enfermera no la ayudaba en nada.
— ¿Y cuántos centímetros voy?
— Yo diría que unos tres centímetros.
— ¿Qué?
No podían doler tanto tres centímetros. Algo iba mal, estaba segura.
— Relájate, Kagome.
Escuchar a Inuyasha decir eso, a él que no tenía un bebé dentro del vientre, le puso de muy mal humor.
— ¡Cállate!
— No tienes nada que temer cielo, esto es muy normal. Yo tardé diez horas en tenerte desde que rompí aguas…
Inuyasha suspiró mientras escuchaba los gritos de Kagome. Estaba histérica y muy irascible. La notó irritada en los últimos meses, incluso llegó a pensar que lo golpearía en alguna ocasión, aunque nada remotamente parecido a aquello. Kagome estaba echa un basilisco desde que les comunicaron al llegar al hospital que iba para largo. Se cambiaría por ella si fuera posible para ahorrarle aquella angustia. Por suerte, aunque él no fuera de ayuda, su madre si parecía serlo. Kagome se quedaba mucho más tranquila cuando Sonomi le hablaba.
Le pasó un brazo sobre los hombros y la incitó a apoyarse en él, usándolo a modo de almohada. También había llamado a sus padres, pero ellos no podrían llegar hasta el día siguiente. Su padre le dijo que cogería el primer vuelo disponible.
— ¡Les traigo otra vez compañía!
— ¡No quiero más compañía! — exclamó Kagome.
Supuso que esa sería la reacción de Kagome. Desde que llegaron, otras dos parejas ocuparon la otra camilla y ya salieron hacia la sala de partos.
— ¡Qué se larguen!
— No le haga caso… — intentó disculparse por ella.
La enfermera empezaba a tenerle miedo a Kagome; él mismo empezaba a asustarse. Nunca la había visto tan irritada. Kagome era una persona de carácter amable y generoso. Cuando se enfadaba, se enfadaba de verdad, había que admitirlo, pero le costaba mucho llegar a ese estado. Generalmente, su paciencia era admirable, aunque no era de lo más habitual que tuviera un bebé a punto de nacer dentro. Estaba seguro de que en cuanto se liberara de la carga que tantos cambios había provocado en ella, volvería a ser la de siempre. De todas formas, para él siempre sería su Kagome.
El celador empujó la camilla con la otra mujer. En cuanto estuvieron dentro, el marido corrió la cortina. Seguro que escuchó a Kagome gritar que no quería compañía.
— Serán bordes… — musitó Kagome.
— Bueno, yo ya me voy. Volveré en…
La enfermera intentó excusarse.
— ¡Usted no se va a ninguna parte! — Kagome se incorporó mientras la retaba — Como vuelva a pasar otra pareja a la sala de partos antes que yo, le juro que…
— ¡Ya viene!
El grito provenía de la pareja que acababa de entrar en ese instante. La enfermera, olvidándose por completo de la amenaza inacabada de Kagome, pasó al otro lado de la cortina. Segundos después, el celador volvía a empujar la cama; en esa ocasión, hacia la sala de partos.
— ¡Inuyasha, haz algo!
— Yo no puedo hacer nada, pequeña.
Ojalá pudiera darle lo que ella necesitaba. En su lugar, se puso en pie, colocó las manos de Kagome sobre sus hombros y le masajeó las lumbares, donde sabía que se concentraba gran parte del dolor. Odiaba verla así. El embarazo había sido tan poco problemático que no contó con un parto como aquel. ¿Qué demonios estaba pensando? No había nada de anómalo en que una embarazada primeriza tardara en dar a luz. No obstante, esa embarazada primeriza se trataba de Kagome y, cuando se trataba de ella, para él nada era normal o lo bastante bueno.
No fue hasta las diez de la mañana que la comadrona, acompañada de la enfermera, dio el visto bueno para ir a la sala de partos. Kagome estaba tan eufórica como agotada cuando le dieron el pase. Él, para entonces, tenía un ojo morado. Kagome había terminado por pegarle, tal y como llevaba amenazando los últimos meses, y lo sorprendió con un gancho de derecha que casi lo tumbó. Tenía que admitirlo: esa chica sabía pegar. No había podido volver a tocarse el ojo desde entonces y necesitó atención médica. Tenía que ir a la sala de curas, pero se negaba a abandonar a Kagome a pesar de todo, así que las enfermeras se vieron obligadas a curarlo junto a ella. Kagome, mientras tanto, se deshizo en lágrimas de arrepentimiento por haberle golpeado.
— ¿Señor Taisho?
— ¿Sí? — contestó despertando de sus pensamientos.
Sin duda alguna, esa era una noche para recordar y contarle a sus hijos.
— ¿Usted entrará a quirófano?
— Pues, yo…
Jamás lo hablaron. Él quería entrar, por supuesto, pero nunca lo hablaron. No habían acordado nada sobre el parto porque él tuvo miedo de sacar el tema y llevarse un duro golpe. Kikio no lo quiso en su día a pesar de que él le ofreció su ayuda desinteresada para traer al mundo a un niño que no era suyo y al que ella no quería. Kagome no era como Kikio, aunque, tal y como estaban las cosas…
— ¡Claro que entrará! — contestó Kagome en su lugar — ¡No va a quedarse con las manos en los bolsillos mientras yo lo hago todo!
— Kagome…
Ya fuera por amor, por rabia o por venganza, Kagome lo quería a su lado mientras daba a luz y eso era lo único que a él le importaba. Asintió con la cabeza para aceptar la oferta y siguió la camilla. A su espalda se quedaron Sonomi y un Takeo recién levantado retorciéndose los bajos de la camisa como un niño. No tenían por qué preocuparse de nada porque él cuidaría de Kagome. No permitiría que le sucediera nada malo a lo mejor que le había sucedido en la vida.
Kagome dio a luz sentada en una silla sin respaldo con las piernas colgando. Se agarró a una barra de acero frente a ella y la usó para impulsarse mientras empujaba. La comadrona estaba sentaba en un taburete a la altura de su vientre, ayudándole. Él le pasó los brazos por debajo del pecho, los apoyó en su barriga y la ayudó a empujar lo mejor que pudo. Quizás no fue él quien dio a luz, pero compartió con ella cada contracción y cada empuje, gritó con ella, casi sintió el dolor en su propio cuerpo y la frustración cuando los empujes no eran lo bastante fuertes, la animó a cada instante y le secó las lágrimas con besos.
A las diez y treinta y tres minutos, su hija gritó al ser alumbrada, dando muestra de unos pulmones estupendos. La primera vez que la vieron era diminuta, estaba manchada de sangre y líquidos, tenía el cordón umbilical colgando y la cara roja y arrugada mientras lloraba con todas sus fuerzas. A ellos les pareció la cosita más bonita que habían visto nunca. Él fue el primero en cogerla en brazos para ayudar a la enfermera a bañarla; luego, la cogió una Kagome deshecha en lágrimas.
— Lo has hecho muy bien, Kagome.
Le dio un beso en la frente y tomó a la niña para que ella al fin pudiera descansar. No la soltó ni un instante desde entonces. Bueno, sí permitió que sus abuelos maternos y más tarde cuando llegaron sus abuelos paternos la tomaran en brazos, pero la niña no tocó la cuna ni una sola vez y él la recuperó lo antes posible. Le encantaba tenerla en brazos y mimarla. Tras los llantos iniciales con los que le dio la bienvenida, se había dormido y no había vuelto a despertar. Tuvo que despertarla la enfermera para darle su primera toma de leche, la cual la madre no podía darle por el agotamiento.
— ¡Es preciosa! — exclamó Izayoi.
— Se parece a su madre… — continuó Inu No.
— ¡Es que mi niña es preciosa! — infló el pecho con orgullo Takeo.
Sonrió ante los comentarios de los padres de ambos. En sus primeras siete horas de vida, su hija no podría haber estado más mimada. Todos tenían razón, se parecía a su madre. Aunque el cabello era plateado, estaba claro que sería rizado. La nariz era exacta a la de su madre y los pómulos altos y rasgos delicados de ella estaban ahí. Tendrían que esperar un poco más para sacar más parecidos. Por el momento, la niña ni siquiera había abierto los ojos, los cuales, sin duda alguna, serían azules durante los primeros meses. Asimismo, era muy pequeña como para sacar otro tipo de parecido físico. Lo que sí tenía claro era que si resultaba tan atractiva como la madre, la tendría bajo estricta vigilancia. Nadie tocaría a su niña.
Kagome despertó sobre las dos, cuando sus padres se fueron a comer con los niños al restaurante del hospital. En ese momento, estaban los tres solos.
— Hola… — musitó Kagome.
— Hola. — contestó Inuyasha.
— Déjame verla…
Inuyasha se acercó a la cama y, tras esperar a que Kagome se incorporara, le colocó a la niña entre los brazos. Kagome no tenía tanta experiencia cogiendo bebés como él, quien hasta hacía poco cargó con su hijo, pero aprendería. Tenían todo el tiempo del mundo para aprender juntos.
— Es preciosa…
Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Kagome. Cogió su pañuelo de tela y le limpió las lágrimas con delicadeza.
— Sí, es preciosa. — coincidió.
Él también había llorado cuando la sostuvo en brazos por primera vez. La enfermera le ofreció un pañuelo de papel en silencio tras bañar a la niña. Seguro que era de lo más común entre los padres.
— Aún no me puedo creer que tú y yo hayamos podido crear algo tan perfecto…
— Sí que lo es, ¿verdad? — le dio un beso en la frente — ¿Te crees capaz de darle el pecho o prefieres que llame a la enfermera para que traiga la toma?
— No, yo lo haré.
Sabía que Kagome querría darle el pecho. Primero, tenía que comer algo. Una enfermera le trajo su primera bandeja de comida desde que entraron en el hospital. A pesar del cansancio, Kagome estaba hambrienta. Después, le ayudó a darse una ducha mientras una enfermera vigilaba a la niña. En cuanto estuvo aseada y con uno de sus propios camisones puestos, se preparó para darle el pecho a la niña, la cual no había despertado todavía. Al igual que en la primera ocasión, hubo que despertarla para que comiera.
Con la ayuda y guía de la enfermera, lograron que la niña aprendiera a tomar la leche materna aunque aún le faltara fuerza para hacerlo. Kagome estaba tan rebosante de felicidad que podría iluminar el hospital entero. Él también estaba muy feliz. Poder contemplar a Kagome dándole el pecho a su hija era algo que jamás olvidaría, un momento mágico. Tan mágico que lamentó en el alma el regreso de sus padres, quienes no tardaron en atosigar a Kagome y en empezar a sacar fotografías de la niña mamando.
Por la tarde, las amigas de Kagome se acercaron al hospital a conocer a la niña. Las tres lo miraron como si saliera de una pelea callejera. El ojo morado le iba a exigir muchas explicaciones. Tras haber hablado un poco con ellas, salió de la habitación para darles intimidad.
— ¡Guao, menudo ojo! Lo tumbaste, ¿no? — exclamó Yuka.
Avergonzada, agachó la cabeza y se encogió de hombros. Ni ella misma lograba explicarse todavía cómo sucedió aquello.
— Fue un accidente… — intentó explicarse.
— ¿Podrías tener esa clase de accidentes en un ring de lucha libre? ¡Nos forraríamos contigo!
— Yuka, no seas cruel. — la amonestó Ayumi sin poder aguantar su propia risa.
— Yuka es tan mala como los chicos.
Luego de esa introducción, sus amigas se acercaron a ver a la niña que dormitaba en la cuna de hospital. Aunque les encantaba sostenerla en brazos, habían decidido que iba siendo hora de que durmiera en la cuna.
— ¡Qué guapa es! — fue Yuka la primera en verla.
— Eso es porque se parece a la madre. — afirmó Ayumi.
— ¡Yo también quiero ser como Kagome! — se quejó Yuka.
— Eso es porque no le gustas a los chicos…
— Gracias, Eri.
Yuka se cruzó de brazos y miró a su otra amiga con el ceño fruncido. Ayumi y ella se rieron. Eri jamás dejaría de hablar de los chicos y Yuka siempre sería una persona con un carácter impresionante. Ella misma fue así por un corto período de tiempo. Tras haber nacido la niña, se sentía mucho más calmada y contenta. No obstante, horas antes, había llegado a darle un puñetazo a Inuyasha. ¿Qué demonio la habría poseído para hacer semejante cosa?
— Te hemos traído un regalo.
— Chicas, no os tendríais que haber molestado…
— Lo escogimos hace un par de días. — Ayumi se lo entregó mientras le explicaba — Lo único que falta es el nombre cuando lo decidáis.
Abrió el paquete envuelto con papel de Disney y lacitos rosas muy interesada por sus palabras. Se trataba de un vestido de punto adorable y una medalla de oro preciosa a la que le faltaba grabar el nombre.
— Esto ha tenido que ser muy caro. No teníais que…
— ¡Nada de quejas! — le advirtió Yuka — Ya puedes ponerle nombre para que podamos verla con nuestro regalo. ¡Queremos fotos!
— Claro que sí.
— Hablando de fotos, ¿y si nos hacemos un selfie? — propuso Yuka.
— Podemos subirlo a Twitter. Seguro que molestaría a los chicos de clase…
La idea de Yuka y Eri no le pareció tan buena a Ayumi ni a ella. No estaba segura de querer desvelar el motivo por el que iba a estudiar a distancia los dos próximos cursos.
— Habéis hecho sentir incómoda a Kagome. — las regañó Ayumi.
— Lo siento, chicas. Creo que aún no estoy lista para que se sepa…
Sus amigas estuvieron una hora en el hospital antes de marcharse. Sus padres fueron los siguientes en irse. Los padres de Inuyasha, reservaron en un hotel cerca del hospital y se marcharon. Más tarde, recogerían a Kamui para que pasara la noche con ellos. Inuyasha había declarado que dormiría en el sofá de la habitación y pobre del que intentara evitarlo.
Le mostró a Inuyasha los regalos de sus amigas mientras Kamui jugaba con la niña. Como acababa de comer, aún estaba despierta y movía las piernas. Kamui la acariciaba e intentaba hacerle cosquillas en las plantas de los pies.
— ¡Esto debe ser una señal! — se volvió hacia él al escucharle — Tenemos que ponerle un nombre.
— Es increíble que tuviéramos todo pensado menos el nombre.
Jamás discutieron sobre el nombre de la niña. Para ellos, se trataba del bebé, de la niña o de su hija, nada más. Iba siendo hora de escoger el nombre con el que la llamarían el resto de su vida.
— ¿Hay algún nombre que te guste en particular? — le preguntó a Inuyasha.
— ¿Qué te parece Mizuno? — vio cómo fruncía el ceño — ¿Lara? — sacudió la cabeza en una negativa — ¿Kira?
— ¡No, por Dios! — exclamó Kagome — Hay que ponerle un nombre más original.
— ¡Sorpréndeme! ¿Qué nombres has pensado?
— Laurant es un nombre francés…
— No me gustan los franceses.
La respuesta fue totalmente inesperada y disparatada en su opinión. De repente, volvía a sentir esa irritación que Inuyasha le había provocado en los meses anteriores. Al parecer, toda su rabia no desapareció del todo. Solo esperaba no terminar dándole un puñetazo en el otro ojo. No creía que resultase creíble que lo golpeó dos veces por accidente.
— ¿Y Sakura? — puso cara neutral — ¿Miaka? ¡Ya sé! Este te va a encantar… — sonrió — ¡Karin!
— No me gusta ninguno.
Dejaron de estar en posición relajada y la tensión se hizo palpable en el ambiente. Ya estaba claro por qué no lo discutieron antes; el tema era más complicado de lo que parecía. No iban a llegar a ningún acuerdo; eso lo tenían muy claro a juzgar por sus miradas de decisión, así que encontrarían la manera de convencer al otro sobre el nombre que debían ponerle.
— Kira es bien bonito. — empezó Inuyasha — Además, yo seré quien os mantenga. Es lo mínimo que yo elija el nombre.
— Karin le da mil vueltas a tu nombre. — se cruzó de brazos — Además, he sido yo quien ha sufrido el embarazo y los terribles dolores de parto y posparto. Yo debería ponerle el nombre.
— ¡No vale a usar esa clase de artimañas! — exclamó Inuyasha.
— ¡Tú las usaste primero!
— Himawari…
Inuyasha y Kagome dejaron de discutir y miraron a Kamui. Estaba abrazando a la recién nacida mientras murmuraba el mismo nombre una y otra vez. Al parecer, Kamui ya le había puesto nombre.
— Himawari es muy bonito… — admitió Kagome.
— Me gusta. — coincidió Inuyasha.
Se miraron y asintieron con la cabeza, de acuerdo con el nombre.
— Entonces, será Himawari Taisho.
Para celebrar el momento, Inuyasha le cantó una hermosa nana a su hija que le hizo suspirar de placer. Había añorado la voz de Inuyasha.
Continuará…
