La Princesa Flama dejó escapar un pesado suspiro (que no fue percibido por Finn) mientras caminaban por el pasillo de aquel calabozo. Ella nunca quiso terminar allí. Pero cuando vas dando un paseo por el campo con tu novio y súbitamente un pedazo de tierra se hunde, tragándolos a los dos y después cerrándose para evitar un escape, entonces no hay mucho que hacer.

-Al menos la vista es buena-, pensó Flama con una sonrisa, recordando que podía ver a Finn por atrás.

-Hay que ir por aquí-, dijo Finn, señalando el pasillo que se abría a su izquierda y dirigiendo el camino con su antorcha.

Siguieron avanzando por varios metros y por varios minutos, tomando diversos caminos, pero no había indicios de ninguna salida. Flama empezaba a pensar que estaban caminando en círculos pero las marcas que había dejado en las paredes para asegurarse de que eso no sucediera no aparecían.

-Finn, esto es demasiado aburrido-, se quejó finalmente la adolescente.

-Hoy tendré que coincidir contigo. Este calabozo es demasiado aburrido. Ni siquiera hay monstruos que atacar-, dijo Finn, sentándose contra la pared y dejando escapar un aburrido suspiro.

La Princesa Flama se sentó junto a él.

-Bueno, podríamos hacerlo un poco menos aburrido. ¿No crees?-, dijo la chica, tomando la barbilla de Finn para obligarlo a voltear hacia a ella.

-Esa idea me agrada-, dijo Finn con una gran sonrisa, inclinándose y preparándose para besar los labios de su novia.

Un temblor se los impidió. El piso comenzó a moverse de manera que les era imposible el querer levantarse. De pronto, una pared de piedra surgió entre la pareja, separándolos uno del otro. Y el temblor se detuvo.

-Así que creen que mi calabozo es aburrido. Bueno, pongamos algo de diversión, ¿quieren?-, pronunció una voz múltiple, con rasgos femeninos y masculinos.

-¿Quién eres? ¿Dónde estás?-, gritó la princesa.

-¡Muestra la cara, cobarde!-, reclamó Finn.

-Ustedes han sido separados, por ahora. Sus caminos encuentran su final en el mismo lugar. Tendrán que encontrarse ahí. ¿Lo podrán hacer?-

-Se oye como algo muy aburrido y simple-, comentó Flama

-Nunca lo es, Flama-, dijo Finn

-Exacto, tu novio tiene razón. Sus caminos estarán plagados de trampas y monstruos que se encargarán de impedir que lleguen a su destino. Además, si los dos no están en el final de mi laberinto dentro de dos horas, el primero que haya llegado... morirá-

En ambos adolescentes se formó, primero, una sensación de angustia en sus interiores. Las visiones de un fracaso imperdonable cruzaban por sus jóvenes mentes. Pero, poco después, esa angustia se convirtió en emoción y después en autoconfianza. Esa sí que sería una aventura.

-¡Adelante!-, gritaron los dos al mismo tiempo.

-¡Maravilloso!-, exclamó la voz, -Les sugeriría que empezarán a buscar su camino ya pues su tiempo ha empezado a correr-.

-Nos vemos al final, Finn-

-Allá te veo. Te quiero-, dijo Finn a través de la pared, haciendo a la chica sonreír, -¿Tú también estás abrazando la pared?-

-No-, contestó la princesa con una sonrisa, pero confundida por lo que el humano había dicho.

-Yo tampoco-, dijo Finn.

Y así, la Princesa Flama comenzó a correr para buscar la salida de ese laberinto lo más pronto posible y encontrarse con su novio al final y poder darle ese beso que habían empezado.

-Oh, princesa...-, susurró la voz, -No le digas a Finn, pero... si usas tus poderes de fuego en algún momento, Finn morirá inmediatamente-

-¿Qué?-, gritó la princesa, deteniendo su carrera, -¡No puedes hacer eso!-

-Puedo y lo haré. Suerte-, susurró la voz de manera malévola.

La angustia regresó a la chica y pronto se encontró a sí misma respirando fuertemente y sin control. Su corazón latía con más velocidad y su cuerpo se sentía entumecido. Sus manos estaban temblando. Finalmente sacudió la cabeza e hizo unas cuantas respiraciones, repitiendo mantras de su meditación.

-Todo va a salir bien, puedo hacerlo. Será pan comido. Tampoco soy una debilucha. ¡Vamos!-, se animó a sí misma, emprendiendo de nuevo la carrera.


-¿Estás bromeando?-

-No. Ya lo sabes: usas esa espada, la chica muere. Adiós-

Finn apretó con fuerza sus puños y dientes, pero unos cuantos ejercicios de respiración le ayudaron a calmarse. Puso de nuevo su espada de sangre de demonio en su mochila y volvió al laberinto.

-Oh, mira. Un guantelete-, dijo Finn, recogiendo el objeto metálico del suelo, -No hay problema si utilizo esto, ¿verdad? Estaba aquí-

El humano no recibió respuesta.

-Supongo que no-.

Finn siguió caminando. Él iba a un paso lento y calmo, sabía que en cualquier momento se podría encontrar con un monstruo o con una trampa. Era mejor llevar un ritmo lento, así, si encontraba algún contratiempo, no lo tomaría de sorpresa y no perdería tiempo extra. Aunque, profundo en su pensamiento, desearía poder ir volando hasta el final. Pensaba que probablemente Flama lo haría así. Y eso lo preocupaba un poco.

De repente, sintió como el piso debajo de su pie derecho se hundía. Miró hacía abajo para darse cuenta de que había pisado un ladrillo-trampa.

-¿Qué será? ¿Qué será?-, susurraba con emoción, esperando la primera prueba del calabozo.

Un sonido fuerte vino detrás de él y luego ese sonido se empezó a acercar. Era como si algo sólido se arrastrara por el suelo. Y entonces apareció. Dando la vuelta en una de las curvas del pasillo, se acercaba una roca gigante que rodaba hacia Finn, sin dejarle ningún espacio para escapar.

Finn empezó a correr en la única dirección que podía, hacia adelante. La emoción y la adrenalina corrían por sus venas, una sensación muy familiar pero siempre satisfactoria para el joven héroe. Incluso iba riéndose mientras corría; la piedra empezaba a perder impulso.

Sin embargo, algunos metros adelante, el camino se volvía un plano inclinado hacia abajo.

-¡Grod Glob Gob...!-, maldijo Finn.

Le era difícil correr cuando el terreno era así de empinado aun cuando fuesen escaleras las que lo formaban. La roca se aceleró y sus estruendos al chocar con el suelo eran más fuertes, poniendo al borde los nervios del chico. Y si era posible, todo empeoró cuando Finn vio ante sí el final del camino: una larga fosa negra de profundidad desconocida, pero que seguramente, al caer en ella, encontraría su final.

-¡Es como esa película! ¡Demonios! ¡Quisiera tener un látigo!-, dijo Finn al notar que sobre la fosa colgaba una barra metálica.

En ese instante, el guantelete se iluminó y creo un látigo de color verde brillante en la mano de Finn.

-¡Increíble!-, exclamó Finn

Sin perder tiempo, el humano lanzó el látigo hacia la barra metálica. El nuevo utensilio del héroe se asió fuertemente permitiéndole a su portador el columpiarse sobre la fosa y llegar al otro lado sano y salvo mientras la roca caía en las profundidades, expulsando polvo y sonido de huesos ancestrales quebrados.

El humano observó su guantelete mientras este se desprendía de su brillo verde.

-¡Espera! Perdí mi antorcha. ¿Podrías iluminarme, por favor?-, preguntó Finn.

El guantelete volvió a brillar, contestando a la petición del humano.

-Gracias-, dijo Finn y volvió a caminar, -Me pregunto cómo estará Flama...-


-¡Suéltame, maldita planta!-, gritó la princesa mientras forcejeaba con las ramas que la sostenían fuertemente.

Ella no se dio cuenta que, al tocar la pared, había activado un sistema de defensa que consistía en gruesas plantas que buscaban tomarla por sus extremidades y cubrirla poco a poco hasta asfixiarla. Por unos segundos corrió, logrando evitar las arremetidas de las plantas y los deseos de quemarlas en fracciones de segundo. Pero después de que tropezó le fue imposible escapar.

Aun así, sus pies seguían unidos al suelo, intentando con todas sus fuerzas el seguir hacia adelante. Tanto era el esfuerzo que ponía en ello que sus piernas y brazos comenzaban a doler como si sus músculos estuvieran a punto de desgarrarse. Pronto, sus pasos lentos se convirtieron sólo en gateos desesperados. Ni siquiera sabía si avanzando se podría librar de esas plantas.

Un destello de luz frente a ella que sus ojos semicerrados captaron. Algo reflejaba el fulgor de sus llamas. Había una espada a unos cuantos centímetros. Con lo último que le quedaba de fuerza, se arrastró, al borde del desmayo. Sus dedos acariciaban el filo de la espada, pero no podía tomarla. La planta la jalaba con más fuerza y apretando su agarre.

La princesa dejó escapar un grito que mezclaba dolor y desesperación hasta que se convirtió en un grito de furia y batalla cuando la espada cortó las plantas que le provocaban semejante mal. Sus enemigas se retiraron, incluso soltando chillidos extraños, perdiéndose en las oscuridades de aquel calabozo.

Flama se quedó tendida en el suelo, respirando todo el aire que podía en rápidos jadeos. Su cuerpo no respondía y sentía cercana la pérdida de consciencia. Sentía como, lentamente, las esperanzas se perdían. Hasta que la espada en su mano comenzó a brillar, lo que llamó su atención. El aura verde del arma se extendió por todo el cuerpo de la joven, haciéndole sentir de manera inmediata alivio y descanso. Pronto, tuvo la energía para levantarse y los ánimos en ella se renovaron.

-Wow...-, exclamó la princesa, sosteniendo su espada, -Supongo que esto si lo puedo usar. ¿Puedes hacer eso más de una vez? Un brillo para sí, dos para no-

La espada soltó dos brillos.

-Entonces tendré cuidado. Muchas gracias-, dijo felizmente Flama y se retiró, esta vez, a un paso más lento y atento.


-¡Levántate, insecto!-, gritó el enorme ser de arena.

Finn se levantó con ayuda de sus brazos, limpiándose luego la sangre que escurría por su nariz.

-¿Cómo es que un monstruo de pura tierra puede ser tan duro?-, susurró el humano para sí mismo.

-¿Eso es todo lo que tienes? ¿Entonces para que me levanté de la cama?-, se quejó el monstruo.

El guantelete que Finn había encontrado parecía ser de ayuda, pero cuando golpeaba una parte del monstruo y ésta parecía destruirse, inmediatamente se reconstruía. Y eso pasó con los diez golpes que Finn infringió antes de ser golpeado tan sólo dos veces por su enemigo. Contrario a la facilidad con que Finn deshacía la tierra de su cuerpo, lo que hacía suponer que su cuerpo era muy blando, los golpes del monstruo resultaron ser bastante fuertes y dolorosos.

-Muy bien, amigo. ¿Tienes algún otro truco que nos pueda ayudar?-, preguntó Finn a su guantelete.

El artefacto en la mano del héroe brilló de nuevo y parecía prepararse para hacer algo, pero en ese momento Finn fue pateado y su cuerpo se estrelló de costado contra la pared. El golpe inesperado le hizo perder la mayoría del aire en sus pulmones e incluso toser algo de sangre.

Incluso si Finn hubiera querido gritar de dolor, la falta de aire en sus pulmones se lo impediría. Sus rápidos jadeos buscaban desesperadamente regresar el vital gas a su sistema.

-¡No eres tan divertido como pensé que serías!-, se quejó el monstruo en un gruñido y levantó su puño, dispuesto a aplastar al humano.

Pero el guantelete, como si tuviera fuerza propia, jaló a Finn fuera del peligroso golpe, el cual levantó una gran cantidad de polvo que le impidió la vista al monstruo.

Finn, ya más recuperado, se levantó del suelo y observó al monstruo que buscaba entre el polvo al humano. Luego notó que en la parte de arriba colgaba una tubería goteante.

-¿Eso es lo que me querías decir?-, susurró Finn.

El guantelete aumentó su brillo por un instante.

-Ok, hagámoslo-

Finn corrió hacia el monstruo, que se encontraba de espaldas mientras la nube de polvo desaparecía. El héroe saltó y corrió por su espalda hasta su cuello. Desde ahí se impulsó hasta colgarse de la tubería. Con su peso y la fuerza del guantelete, el tubo se rompió, soltando varios metros cúbicos de agua sobre el ser hecho totalmente de arena.

-¡No!-, gritó largamente el monstruo hasta que se convirtió en un montón de lodo.

Finn se soltó del tubo pero la gravedad se encargó de jugarle una mala pasada esta vez. Sus piernas apenas pudieron soportar el peso de todo su cuerpo al caer, lo suficiente para no quebrarse. Aun así, el dolor no le permitía ponerse de pie. El adolescente se dejó caer en el suelo, sintiendo que la derrota estaba cerca; que jamás podría ver de nuevo a la chica que le hacía sentir que todo el oxígeno en el planeta no era suficiente para sus suspiros.

Como si fuese un milagro, Finn sintió como el dolor en sus piernas y en su pecho desaparecían y las ganas de volver continuaban. Se sentó y se vio a sí mismo envuelto en un aura verde que después se retrajo hacia el guantelete.

-¡Wow, gracias!-, exclamó Finn con una sonrisa e incluso acariciando el guantelete, y luego se levantó del suelo.

-Mi playera tiene algo de sangre... ¡genial!-

-Te queda media hora, muchacho-, exclamó la voz después de que no había hablado desde el principio del recorrido.

-¿Media hora? ¡Imposible! ¡Tengo que apurarme!-

Y Finn salió de allí corriendo.


La espada yacía tirada cerca de la pared, a varios metros de la princesa. Le molestaba no formar parte de la pelea que se desarrollaba frente a ella pero sabía que si la chica quería triunfar no debería preocuparse por recuperar su arma en ese momento, no debía descuidarse. Además, la chica no peleaba mal a puño limpio.

Ya dos de las cinco criaturas (cuyos cuerpos eran tres gruesas hebras de material negro que colgaban de cabezas de diamante azul flotantes) estaban noqueadas en el suelo y no se levantarían hasta dentro de varias horas.

Mientras tanto, la princesa estaba sorprendida de que sus puños tuvieran ese poder. Casi nunca usaba su fuerza física, todo lo relegaba a sus habilidades naturales con el fuego. Y justo en ese momento se dio cuenta de la gran fuerza que tenía.

Dos de las criaturas tomaron a la princesa por los brazos, impidiéndole soltar un golpe más. Mientras tanto, una tercera, frente a la chica, se preparaba para golpearla en la cara y dejarla inconsciente. Pero Flama reaccionó y jaló a un monstruo de los que los sujetaban frente de ella, haciendo que éste recibiera el golpe de su compañero. Fácilmente se libró del otro monstruo que lo sujetaba, lanzándolo hacia el frente y contra la pared. El monstruo ya no se levantó.

El par de monstruos restantes lanzaron golpes con las hebras que parecían ser sus brazos. Flama los esquivaba mientras se acercaba a ellos hasta que golpeó a uno en lo que podría llamarse su barbilla y lo mandó al suelo. Y con un golpe rápido y contundente, golpeó el diamante del restante dejándolo inconsciente en el suelo.

-¡Uf! Eso fue emocionante-, exclamó la princesa, recogiendo su espada.

Pero en cuanto volteo, vio como los cuerpos inconscientes de los seres con cabeza de diamante se amontonaban hasta formar un enorme monstruo de la misma forma pero con el diamante de color amarillo. De su cabeza expulsó un rayo de luz que la princesa alcanzó a esquivar y que provocó una pequeña explosión en el piso. El monstruo lanzó otro rayo pero la princesa no tuvo tiempo de esquivarlo, sino que se defendió con la espada, que rebotó el rayo hacia la pared. Los brazos del monstruo se elevaron y después se dejaron caer sobre la princesa, quien con gran habilidad evitó los golpes, incluso con la pequeña perdida de equilibrio que seguía a los temblores que el golpe de los enormes brazos provocaban.

La princesa se subió al brazo del monstruo y corrió por toda su extensión hasta estar a punto de llegar a su cuello. Saltó hacia adelante justo en el momento en que el monstruo soltaba otro rayo en contra de ella y que pasó justo por debajo del cuerpo de la elemental. Con un gran derroche de habilidad, empuño su espada y cortó en la parte que se podría considerar como la nuca de su enemigo. Con graciosidad cayó en el suelo mientras el monstruo se evaporaba detrás de ella.

-Como dije, eso fue emocionante-, aseguró la princesa, acomodándose los cabellos sueltos frente a su cara.

-Diez minutos, niña. No pierdas tiempo-

-¿Diez minutos?-, exclamó la princesa, -¿Y cuánto falta de esto? ¡Rayos! Un momento...-, dijo la princesa, teniendo un pensamiento esperanzador que empezó a seguir, -Si al final los caminos... Sí. ¡Sí! ¡Puedo hacerlo!-, gritó emocionada.

La princesa encendió sus pies y se elevó del suelo y asumió posición de vuelo.

-¡Hey! ¿Qué estás haciendo?-.

-Estoy haciendo las cosas...-, Flama sonrió, -... a mi manera-.

La princesa salió disparada con la rapidez de una flecha. Varias trampas se activaron a su paso pero ella iba a una velocidad que le era imposible ser alcanzada por alguna de ellas; tan sólo un grupo de esqueletos rellenos de viscosidad fueron incinerados a su paso. La princesa voló por pocos minutos, teniendo siempre un pensamiento en la mente.

-Espero que ya estés allí. Y si no... resiste-, susurró.

Finalmente se detuvo en un punto donde el calabozo parecía llegar a su final. Era una recamara rectangular grande en cuyo centro había un altar de piedra con velas encendidas. En ese altar, se encontraba un pequeño ser de cuerpo delgado, brazos y piernas cortos y una gran cabeza, aparentemente sin ojos. La princesa lo observó por un par de segundos sin interés y después desvió su vista hacia una salida que conducía a un camino diferente por el que había entrado.

-¡Sí!-, exclamó emocionada y volvió a salir disparada.

Varios segundos después de seguir ese camino, vio a lo lejos un pequeño punto de luz verde que se acercaba. Al acercarse más, se alegró al darse cuenta que efectivamente se trataba de Finn y que estaba bien. Pero esa alegría se convirtió en preocupación al ver que todo el calabozo, incluyendo paredes, piso y techo, se estaban desmoronando justo detrás del humano, quien corría tan rápido como podía en un esfuerzo por salvarse de morir aplastado.

La princesa voló hacia a él y lo tomó por la cintura, tomando por sorpresa al héroe, y comenzó a volar de vuelta a la cámara final.

-¡Princesa! ¿Cómo...?-

-Después preguntas. Ahora hay que salvar nuestros traseros-, contestó Flama.

Frente a ellos, pesadas rocas se deslizaron desde el techo, actuando como puertas y cerrándoles el camino.

-Pan comido-, dijo Flama con una sonrisa.

Lanzó una poderosa bola de fuego contra la primera roca, pero ésta última no recibió ningún daño. No se movió ni un centímetro.

Finn y Flama gritaron sorprendidos y asustados. ¿Terminaría allí el viaje? ¿Terminarían allí sus vidas? ¿Terminaría allí su épica historia de amor que desafió a la naturaleza y que la misma naturaleza bendijo?

La espada y el guantelete brillaron y vibraron, obligando a sus maestros a mover sus brazos hacia adelante, poniéndose a ellos mismos frente a la pareja, dispuestos a recibir el golpe de la dura roca. La Princesa Flama y Finn sintieron la energía proveniente de sus objetos y los empuñaron con fuerza, sin detenerse en su vuelo.

La primera roca fue destruida e igual pasó con la segunda, la tercera y hasta la quinta. Llegaron a la recamara final y allí por fin estuvieron a salvo de la autodestrucción del calabozo.

Los dos adolescentes no esperaron más y en cuanto estuvieron en el suelo, se lanzaron cada uno a los brazos del otro y se fundieron en un beso apasionado y lleno de energía.

-No, no, no, no, no. ¡No! ¡No es posible! ¡Debieron de haber muerto!-, gritó la pequeña criatura en el altar con una voz doble.

El guantelete y la espada se levantaron de nuevo y lanzaron dos rayos verdes contra la criatura que, después de algunos segundos gritando de dolor, explotó.

Los artefactos se separaron de sus maestros y se lanzaron al suelo. De ellos emanaron dos presencias fantasmales de color verde. Los dos eran hombres jóvenes que apenas entraban a una edad madura. Ambos tenían cuerpos fornidos y guerreros.

-Muchas gracias por liberarnos-, dijo el espíritu del guantelete.

-Estuvimos atrapados por casi cien años hasta que ustedes llegaron-, dijo el espíritu de la espada.

-André y yo entramos por accidente en este calabozo y fuimos forzados a recorrerlo, con la amenaza de que si usábamos nuestras armas, el otro moriría-

-Nos atuvimos a las exigencias de ese monstruo, pero ni Víctor ni yo pudimos acabar a tiempo con el recorrido. Pero juramos mantener nuestras almas en estos artefactos para ayudar a quien lo necesitara-.

-Sus habilidades también fueron impedidas, pero las nuestras ya no lo estaban. Por eso es que los ayudamos-, dijo André.

-Y ahora, podemos irnos tranquilamente a descansar al mundo de los muertos-, dijo Víctor.

Ambas almas comenzaron a ascender hacia una formación de nubes de fantasía que se había formado en lo alto de la recamara.

-¡Muchas gracias por su ayuda!-, gritó la Princesa Flama, agitando su brazo.

-¡Descansen y disfruten la muerte!-, gritó Finn.

-Lo haremos-, respondieron los guerreros, antes de desaparecer.

Una puerta secreta se abrió en la recamara del altar, dejando ver unas escaleras que subían, presumiblemente, a la superficie.

-Bueno, es hora de irnos de una vez por todas de aquí-, comentó Finn, tomando la mano de su novia y comenzando su camino de salida.


-Hasta la salida es aburrida-, comentó Flama.

Ya habían estado subiendo escalones por casi dos minutos y eso se empezaba a reflejar en el cansancio de sus piernas. Más adelante, los escalones terminaron en un cuarto circular con una escalera vertical. Allí, el humano y la elemental pudieron ver una luz proveniente de lo alto. Una luz blanca y muy brillante. Finn subió primero porque habría sido incómodo para ambos el que la chica fuera primero cuando llevaba una falda.

Finn subió a la superficie, ayudando después a su novia a hacer lo mismo.

-No necesitaba ayuda. Podía subir yo sola-, dijo la chica con una sonrisa.

-Sólo me aseguraba de que no resbalaras en los escalones-, dijo Finn, también sonriendo.

-¿Qué es éste lugar?-, preguntó Flama, observando a su alrededor.

Ambos se dieron cuenta entonces del lugar en donde habían salido. Estaban en medio del claro de un bosque. Eran rodeados por árboles frondosos y verdes, con la luna llena bañando sus hojas en un brillo plateado. Hongos fosforescentes iluminaban el suelo y el camino de pequeños insectos nocturnos que salían a pasear o a conseguir alimento.

El lugar se les hacía familiar por alguna razón.

-¡Eh! ¿Quién está allá atrás?-, pronunció una voz profunda y vieja.

La pareja volteó a sus espaldas, encontrándose con un árbol gigantesco.

Finn se dio cuenta inmediatamente de en qué lugar estaban, o al menos lo sospechaba. Se dirigió hacia el otro lado del árbol sólo para asegurarse.

-¡Oh, muchacho!-, saludó el árbol, -¿Ya has venido por las verdaderas profecías?-

Finn inmediatamente y con desesperación (pero sin expresiones verbales) pidió al profeta Michelle que guardara silencio, pero ya era tarde.

-¿Qué profecías? ¿Verdaderas? ¿De qué está hablando?-, preguntó Flama, llegando a un lado de Finn, -¿Me estás ocultando algo?-, preguntó Flama. Su cara triste se preparaba para una decepción.

Finn suspiró.

-No. No te voy a ocultar nada. Es más... yo ni siquiera sé que son esas profecías o que dicen, pero supe que Michelle nos ocultaba algo la primera vez que lo vimos. No quise decir nada porque tú te veías muy feliz y... no quería arruinar eso-, dijo Finn, con la cabeza inclinada a su derecha.

La princesa tomó la barbilla de Finn y lo hizo voltear hacia a ella.

-Sólo se sincero y me harás muy feliz-, dijo la Princesa Flama con una sonrisa.

Finn sintió ese calor tan característico correr a través de su cuerpo. Ese calor de seguridad y confianza que ella le transmitía; un calor que siempre sentía cuando estaba con ella pero que únicamente en momentos como eso lograba experimentar en toda su intensidad. Y su respuesta física siempre era la misma. Una sonrisa y un pequeño beso en los labios.

-Muy bien, Michelle. Suelta esas profecías-, exclamó Finn, abrazando a Flama por la cintura.

-Ustedes dos tienen un gran futuro juntos. Pero, recuerden, las grandiosas historias no son cien por ciento felicidad-, dijo Michelle.

-Creo que podremos con una o dos piedras en el camino-, contestó Flama.

-De acuerdo. Les seré honesto, he olvidado algunas de mis cuartetas, pero creo que lo más importante sigue impregnado en ésta mente milenaria. ¿Listos? Mis palabras les revelaran el futuro. Mis palabras les traerán visiones de éxito, fracaso y desolación-, pronunció Michelle con voz poderosa y ceremonial, -Éste... es el plan divino...-