-¿Estás segura de que es una buena idea?-, preguntó la Dulce Princesa.

-No buena, ¡divertida! Que es lo más importante-

-Marceline, no creo...-

-¡Vamos! ¡Nos reiremos! ¿Hace cuánto que no haces una broma a uno de tus amigos?-.

La princesa ya no respondió nada y para la vampiresa eso fue una señal de permiso para continuar con su malévolo plan. Su víctima, una vez más, Jake. El pobre perro se había quedado dormido en una mesa de la biblioteca del Dulce Reino después de leer la misma página del mismo libro por casi once minutos.

-Bueno... haz tu parte, Bonnibel-, pidió Marceline, haciendo a la princesa soltar un suspiro de resignación.

-¡Jake! ¡Es hora de comer!-

-¿Qué? ¿Comida?-, balbuceó el perro mientras despertaba bruscamente, -¿Dónde?-

-¡Aquí!-, pronunció una voz rasposa y horripilante.

Del otro lado de la mesa, Marceline apareció con una cara de lobo gigantesca y terrorífica; sus ojos eran una combinación de color rojo y naranja y sus colmillos, escurriendo baba, sobresalían de su boca, llegando más abajo de su cuello.

El grito que Jake dejó escapar fue tan agudo que llegó a molestar un poco el sensible oído de la vampiresa. El perro mágico se hizo hacia atrás tratando de escapar de Marceline y, en un reflejo involuntario, estiró su cuerpo hasta que su cabeza y su cuello cayeron detrás de la silla como mantequilla derretida.

Marceline se tiró al suelo, retorciéndose de la risa. Incluso la Dulce Princesa no pudo seguir conteniendo la risilla y también dejó escapar una gran carcajada. El dolor en su abdomen les pedía parar, pero aquello fue demasiado divertido como para no reírse por un buen rato.

-¡Que graciosas!-, reclamó Jake cuando se recuperó, -¿Al menos trajeron comida?-.

-No... lo siento, Jake... en un momento más comemos-, dijo la princesa, todavía riéndose.

-¡Debiste ver tu cara!-, dijo Marceline, aun en el suelo.

-Y bueno, ¿y ya encontraron algo sobre las llaves que ya se pusieron a hacer bromas como adolescentes?-

-No. Todavía no hemos encontrado nada-, dijo Bonnibel con una expresión más seria.

-Hemos buscado ya tanto y no hay nada-, se quejó Jake.

-Tranquilos-, dijo Marceline, volviendo a flotar en el aire, -Creo que sé de un lugar en donde podríamos encontrar la información que buscamos-.

-¿Y por qué no lo dijiste desde antes? Hemos barrido la biblioteca de Ooo y mi biblioteca, ¿y tú sabías desde antes dónde estaba la respuesta?-, gritó la princesa.

-Hey, Bons, cálmate. No dije nada porque era mi último recurso. Además, no creo que te guste mi opción-.

-Marceline: Finn y Flama podrían estar en peligro. Esas llaves podrían ser una trampa. Si la respuesta está en la parte más caliente y hostil del núcleo del planeta, ¡no me importa!-.

-Muy bien, tú lo pediste. Creo que la respuesta podría estar en la biblioteca de...-.

Un fuerte y frio viento entró en la biblioteca, arremetiendo contra los presentes y mandando a volar algunos libros y hojas sueltas por todos lados.

-¡Simon!-, gritó Marceline.

-¡Hey! ¡Hola, hola! ¿Cómo está mi princesa favorita?-, llegó saludando el Rey Helado, flotando por los aires.

-¡Cierra la ventana, viejo! ¿No ves que está a punto de caer una tormenta allá afuera?-, dijo Jake.

-Ups, lo siento-, se disculpó el Rey Helado con una risilla y después cerró la ventana por la que había entrado, -¿Han visto a Finn por aquí?-, preguntó.

-Está con su novia. Van a pasar el fin de semana juntos en su casa-, dijo Jake.

-¿Y tú no tienes ningún problema con eso?-, preguntó Bonnibel con una sonrisa.

-¡Claro que sí! Pero, ¿qué puedo hacer?-, dijo mientras extendía su cuerpo sobre la mesa, -Hace dos meses que tienen diecisiete. Supongo que ya son lo suficientemente maduros como para hacer ese tipo de cosas. Ya tienen mucho tiempo juntos-

-¡Ah! ¡Crecen tan rápido!-, exclamó Marceline con ternura exagerada.

-Bueno en ese caso, lo iré a buscar antes de que empiecen los momentitos privados, como esos que comparto con mi preciosa Bon-Bons cuando sueño-, dijo el Rey Helado mandando besos a la princesa.

-¡Simon!-, gritó Marceline, con un gran rubor en su rostro.

-Creo que voy a vomitar-, dijo la princesa, tapándose la boca y volteando hacia un lugar donde no viera al hechicero de hielo.

-¡Nos vemos!-, se despidió el Rey Helado antes de salir volando por la ventana de nuevo.

-¡Hey! ¡No entendiste que cerraras la ventana!-, reclamó Jake.

-¡No, Simon! ¡Espera!-, gritó Marceline tratando de detenerlo, pero Simon ya se había alejado.

-Deja que se vaya. No quiero verlo aquí-, dijo la princesa.

-No. No entiendes. Él tiene la respuesta. La respuesta podría estar en la biblioteca de Simon. Él tiene muchos libros de magia y cultura antigua en su biblioteca-.

-¿Y por qué no vamos de una vez?-.

-Aparte del hecho de que no quiero poner mis pies en el Reino Helado, la tormenta que se avecina allá afuera es demasiado fuerte. Cierra la ventana por favor, Marceline-, dijo la princesa mientras se frotaba los brazos por el frío, -¡Rayos! No recordaba una tormenta así desde hace cincuen...-.

La princesa detuvo su oración. Un recuerdo invadió su mente, bloqueando toda comunicación con el exterior. Había una conexión. Parecía haberla pero en el fondo la princesa esperaba estar equivocada aunque fue sólo una vez. Podría ser simple coincidencia. Pero la evidencia marcaba lo contrario y su formación de siglos le impedía admitir la existencia de tal cosa. Sólo quedaba una conclusión obvia. Y su rostro preocupado lo daba a conocer sutilmente.

-Bonnie, ¿qué ocurre? No me gusta cuando tienes esa cara-.

-Marceline...-, dijo, mirando fijamente a los ojos de la otra chica, -¿recuerdas lo que pasó hace cincuenta y dos años?-.

-¿Cincuenta y dos? ¡Ah, sí! Fue la gran tormen...-, la vampiresa se detuvo; los mismos pensamientos de la princesa estaban ahora en su cabeza, -No...-.

-¿Qué pasó? ¿Qué pasa ahora? ¿De qué están hablando?-, preguntó Jake, algo nervioso por la situación.

-¡Tenemos que ir con Finn y Flama de inmediato!-, exclamó Marceline, volando hacia la ventana.

-¿Qué? ¿Por qué?-, preguntó Jake.

-¡Imber! ¡El nigromante! ¡Él está...!-.

Cuando Marceline abrió la ventana, una poderosa ráfaga de viento la empujó hacia atrás, incluso estrellándola contra un estante de libros. El fuerte viento también elevó a la Dulce princesa, pero Jake estiró una de sus extremidades para evitar que se golpeara con algo. El perro mágico estiró su otro brazo para cerrar la ventana. Granizos veloces, gigantescos y helados golpeaban la piel del perro mientras lo hacía. El agua incluso había entrado varios metros en la biblioteca.

-¿Pero qué clase de tormenta es esta?-

-La provocada por un nigromante. No podemos salir del reino. ¡Estamos atrapados!-, dijo la princesa.

-¿Y mi hermano? ¿Qué va a pasar con él?-, preguntó Jake preocupado.

-Pues ojala que ya haya aprendido mucho sobre ellos-, dijo Marceline mientras se levantaba del montón de libros que la cubrió, -Ojala que Simon le eche una mano...-, susurró.

-¡Princesa!-.

-¡Capitán Cerveza de Raíz!-, saludó Bonnibel a la nueva persona que había entrado en la biblioteca, -¿Toda la dulce gente está a salvo?-.

-Sí. Ya se han dirigido a los refugios. Pero mire esto-, dijo el capitán, mostrando un monitor manual que llevaba consigo, -Ésta tormenta tiene la forma de un huracán cubriendo todo el continente, pero las precipitaciones son selectas y se concentran sólo en ciertas zonas. En este caso, el Dulce Reino-

-¿Y eso es malo?-, preguntó Jake.

-Lo es-, comenzó la princesa, -Porque confirma nuestras sospechas-.

-Hermano...-, susurró Jake, mirando hacia la ventana cerrada y sintiendo una gran preocupación que se acumulaba, formando un nudo en su garganta.


Por otra parte, en la región más lejana de las praderas, aquellas que ya no entraban en los dominios del Dulce Reino, era un día soleado en que las aves volaban libremente regalándole al mundo su delicioso trinar.

Los rayos del sol calentaban la piel expuesta del humano mientras la brisa lo refrescaba, dando balance a su temperatura y permitiéndole disfrutar del clima. Definitivamente era un gran día. Además, tendría la oportunidad de pasar por primera vez todo un fin de semana en casa de su novia. Finn intentaba recordar si eso contaba como un escalón y que lugar ocupaba, pero en realidad eso había dejado de importar hace unos años.

Había gran nerviosismo en él, una sensación nueva para él. Finn nunca se sentía nervioso antes de una aventura, se sentía emocionado; esperaba con todas sus fuerzas que llegara el momento de la acción. Pero ésta vez se enfrentaba a algo desconocido. Aunque Flama ya había pasado algunas noches en la casa del árbol, eran noches solas, nunca seguidas. Ahora compartirían tres noches en la misma casa. Su corazón latía fuertemente y una vaga sensación de querer regresar el estómago lo asaltaba de vez en cuando.

Tal vez por eso eligió usar ropa nueva, para una aventura completamente nueva. Una playera blanca con bordes azules en cuello y mangas, un short negro holgado con múltiples bolsas y tenis blancos formaban su atuendo. Y su sombrero... completamente indispensable.

Después de llegar a la cima de una pequeña colina, tuvo a la vista la ardiente casa de su novia y a su novia misma fuera de ella, vestida con una playera beige, una falda corta color ladrillo y zapatos rojos con calcetas rosas. La cercanía ya era inminente.

-Vamos Finn, es sólo pasar unos día juntos, ¡nada extraño!- se dijo después de un suspiro para darse valor, -No es como que después de esto vayamos a casarnos y tener hijos y... ¡Ya cállate! ¡Vamos!-.

La Princesa Flama no estaba en una situación diferente. Fuera de su casa, yendo de allá para acá en una línea, se preguntaba si acaso Finn se había arrepentido de ir, pues ya tenía un retraso de cinco minutos sobre la hora acordada. Pero, profundo en su interior, se libraba un debate entre si estaba lista para semejante paso o no.

-¡No! ¡Claro que estoy lista! Es muy diferente de otras veces pero tampoco es algo completamente nuevo. Y si no, no habría preparado todo con... tanta... emoción...-, se dijo mientras el rubor asaltaba sus mejillas.

Su corazón también latía a un ritmo mucho más rápido de lo normal. Su mente tenía mucha mejor capacidad de memoria que la de Finn y eso le hacía recordar la charla que hace años tuvo con Marceline y Bonnibel sobre el comportamiento normal de una pareja. Entre rubores, la elemental sacudía su cabeza intentando poner a un lado todas esas ideas (aunque a veces se sorprendía a ella misma perdiéndose en imaginaciones de ese tipo por un tiempo bastante considerable).

En un momento, volteó hacia su izquierda, viendo como Finn se aproximaba a tan sólo unos metros de distancia. Primero, sintió el calor de ver a la persona querida y el sentimiento de correr a abrazarlo para acortar su distancia más pronto. Y luego, sintió el nerviosismo mientras su corazón parecía querer romper la piel en su pecho para huir. Pero supo controlarse, haciendo un balance. No corrió a abrazarlo... sólo caminó.

Ambos se abrazaron en cuanto estuvieron cerca, repartiéndose besos en las mejillas y terminando con un beso simple en los labios. Flama notó inmediatamente el sudor en las manos de Finn aunque no dijo nada.

-¿Estás listo?-, preguntó Flama.

-Sí. Estoy completamente listo-, contestó Finn con plena confianza.

-Muy bien. Entonces... entremos-.

Finn ya había estado en aquella casa varias veces antes pero nunca había entrado a la recámara de su novia. Al llegar, pudo notar que en dicha habitación se encontraban dos camas. Eso relajó un poco al humano. No tendrían que compartir cama.

De hecho, la única vez que habían compartido la misma cama fue en aquella pijamada en la casa del árbol, donde aparecieron por primera vez los nigromantes. Cada vez que Flama iba a casa de Finn, ambos dormían en colchonetas separadas en la sala. La pubertad ya había golpeado con fuerza y las inocentes acciones infantiles ya no eran tan inocentes ante sus ojos (y por lo tanto, tampoco cómodas).

Finn dejó su mochila con ropa y cosas personales sobre una de las camas y después se dirigió hacia su novia, abrazándola por la cintura. Flama, que era un poco más alta que él, dejó descansar su frente con la del humano pero quizá con algo fuerza desmedida pues Finn dio un quejido burlón, lo que los llevó a una risilla incontrolable mientras sus rostros se teñían de rojo.

Un beso apasionado y dos pares de pulmones vacíos después, la pareja se separó, manteniendo aun besos con la mirada.

-Va a ser maravilloso-, dijeron los dos al mismo tiempo.

De repente, el sonido estruendoso de un trueno hizo retumbar la casa.

-¿Que fue eso?-, preguntó Flama, confundida.

Ambos, sorprendidos por lo ocurrido, decidieron salir de la casa. Al hacerlo, encontraron que el clima había cambiado totalmente. Ahora oscuras nubes cubrían el cielo y relámpagos luminosos se paseaban como gusanos eléctricos por toda su extensión. Un fuerte y frío viento golpeó sus rostros y sus brazos descubiertos, haciendo temblar sus músculos sin control, sobre todo los de la chica.

-¿Cómo puede cambiar al clima tan pronto? ¿Cuánto tiempo nos estuvimos besando?-, preguntó Flama.

-No sé. No creo que más de diez minutos-.

-Esto no es una lluvia de cuchillos. La lluvia de cuchillos no tiene relámpagos. Es mejor que apague las llamas de mi casa. Si el agua llega a tocarlas será muy doloroso-.

-¿Pero qué hay de nuestro fin de semana juntos?-, dijo Finn, decepcionado.

-Ya habrá otros, osito-, le contestó la princesa dándole un beso en la nariz, -Por ahora creo que es mejor si paso otra noche en tu casa-, dijo mientras las llamas que envolvían su casa se apagaban por completo, -Traeré los impermeables y unas sombrillas-.

Minutos después, la princesa salió de su casa con un paraguas y vestida en lo que parecía ser un traje de descontaminación química (de hecho, Finn pensaba que ese impermeable que Bonnibel le dio a Flama era uno de sus trajes de descontaminación). El impermeable la cubría por completo y no dejaba ni una sola parte de su cuerpo expuesta. Incluso, entre ella y el resto del mundo existía una barrera de plástico que cubría su rostro. La chica arrojó el otro impermeable al humano.

-Póntelo antes de que te mojes-, le dijo.

Justo antes de que Finn se comenzara a vestir, un rayo cayó justo delante de ellos. Luego uno más detrás. Y varios rayos siguieron cayendo junto a ellos y el viento se hizo más fuerte. Flama corrió asustada hacia Finn y lo abrazó fuertemente. Hasta que una ola gigantesca se levantó en el cuerpo de agua debajo del precipicio cercano a la casa. Creyeron que esa ola golpearía la tierra pero no lo hizo. El gran cuerpo de agua se quedó estático, como si alguien hubiera pausado un video. Dos cuerpos más de agua salieron de los lados de la ola y formaron un gran círculo alrededor de la pareja, dejándolos atrapados.

Una risa malévola y estruendosa se dejó escuchar. Flama y Finn supieron inmediatamente de lo que se trataba.

Un chorro de agua salió disparado hacia Finn. El chorro lo tomó por la cintura y lo jaló hacia la ola mientras Finn gritaba. El chorro se detuvo frente al gran cuerpo inerte de agua. Allí, el humano pudo ver una silueta negra dentro de la gran ola.

-Hagamos esto rápido, ¿sí?-, dijo la profunda voz masculina proveniente de la ola, -Vamos a ahogarte como la rata que eres-.

-¡Deja en paz a mi novio!-, gritó Flama quitándose los guantes de su traje y lanzando llamas contra el chorro de agua que sostenía a Finn.

El nigromante dejó escapar un alarido de dolor cuando su apéndice fue evaporado y dejó caer el humano. La Princesa Flama hizo arder su cuerpo, deshaciendo por completo su traje. Voló y capturó a su novio antes de que cayera al agua y lo llevó de nuevo a tierra.

-¡Niña tonta!-, gritó Imber, -Ni siquiera sabes contra que te enfrentas. ¿Por qué no llevamos un poco de agua a tu jardín?-.

Desde atrás de la gran ola, se pudo ver como una gran cantidad de agua comenzaba a caer y acercarse a gran velocidad.

-¡Flama! ¡Entra a la casa y...!-

-Hazte a un lado, Finn. Las cosas están a punto de calentarse demasiado-, dijo la chica con una sonrisa.

Finn se hizo a un lado y se alejó de la chica, tomando uno de los paraguas que se habían quedado allí. La princesa dio un profundo respiro y después dejó escapar una gran cantidad de calor mientras las llamas de su cuerpo danzaban salvajemente. Para cuando la lluvia llegó a ellos, las gotas se evaporaban antes de poder tocar siquiera su cuerpo.

-¡Wow! ¡Eso es grandioso!-, exclamó Finn, acercándose un poco a su novia, -¿Cómo lo haces?-.

-He tomado algunas clases de física con Bonnie. A veces me quedó dormida pero otras veces aprendo cosas bastante útiles-.

Imber detuvo la lluvia, pues el hecho de que Flama estuviera evaporando las gotas producía en el nigromante pequeños pero múltiples dolores punzantes. No se quejó, negándose a admitir aunque fuese esa pequeña derrota. Pero creó una mano de agua gigante que golpeó a Finn y lo mandó varios metros lejos de la princesa. Después de eso, la mano formó un puño que atrapó a Finn, rodeándolo de agua y dejándolo sin aire para respirar.

-Puedes evaporar unas cuantas gotas, ¡nada mal!-, exclamó Imber, -Pero veamos qué haces cuando todo el mar cae sobre ti-.

Una ola se separó de la ola principal dirigiéndose con fuerza y velocidad contra la joven elemental. Flama se quedó allí parada, observando como el ataque se aproximaba. No podría hacerlo. Aunque elevará su temperatura aún más, la gran cantidad de agua no se evaporaría a tiempo o el vapor tocaría su piel o entraría en sus pulmones, lo cual resultaría más peligroso. El miedo le ganó e incluso bajo su temperatura. El final llegaba. En un último instante, lanzó una bola de fuego contra el puño que sostenía a Finn, haciendo que este se evaporará y liberara al chico. Bajó su guardia. Y el agua golpeó.

Finn se levantó del suelo, adolorido por el golpe de caer, y sólo vio como un gran chorro de agua era disparado justo sobre el lugar donde recordaba que estaba su novia. Y su corazón se detuvo. Se quebró en miles de pedazos al ver con que fuerza y que malicia el nigromante soltaba litros y litros del vital líquido, irónicamente mortal para ella. Y el héroe se dejó caer de nuevo, sobre sus rodillas. Frente a él sucedía lo impensable, lo inimaginable, lo imperdonable. Y sentía como su vida se iba escapando con ella.

La presión del agua sobre aquel pedazo de tierra fue disminuyendo, mientras el humano se preparaba para la peor visión de su vida. Cuando por fin el ataque se detuvo por completo, un domo de hielo fue lo único que vio.

-¿Qué?-, susurró Finn, confundido.

-No puede ser...-, dijo Imber.

Finn se acercó a aquel domo y con su espada hizo una entrada dentro de él. Allí, encontró al Rey Helado sosteniendo a Flama inconsciente en sus brazos.

-¡Flama!-, dijo Finn, recibiendo a la chica de los brazos del Rey Helado, mientras el domo iba desapareciendo.

-Algo de agua llegó a golpearla pero pude invocar el escudo de hielo justo a tiempo-.

-Muchas gracias, Simon-, dijo Finn, al borde las lágrimas.

-¡Hey! Los amigos ayudan a los amigos. ¿Qué? ¿No somos amigos?-.

-Por supuesto que sí, Simon-, contestó el chico con una sonrisa.

-Oh, ¡Rey Helado!-, dijo Imber, -¡Que placer volver a verlo!-, dijo con fuerza.

-Finn, lleva tu chica a su casa. Yo me encargo de esto-, dijo con seriedad.

Finn asintió y se llevó a Flama a la casa. Pero a unos cuantos centímetros de entrar, la casa fue destruida por un puño de agua.

-No lo creo, basura humana-, dijo el nigromante.

-¡Deja a mi hermano en paz, tú gran bravucón!-, dijo el Rey Helado, lanzando un rayo de hielo en contra de la ola.

Tal ataque congeló la mitad de la ola que resguardaba a Imber, lo cual lo hizo soltar un alarido de dolor incontenible. El Rey Helado comenzó a aplaudir y reír efusivamente, hasta que el mismo nigromante quebró el hielo que lo rodeaba parcialmente.

-¡Tonto! ¡Hace falta más que eso para detenerme!-, exclamó, -Pero ya que estás aquí, deshagámonos del problema potencial que representas-.

-¿Problema?-, gritó indignado el Rey Helado, -¿Qué te pasa? Si todas las princesas me adoran y los hombres me envidian por mi asombroso cuerpo y mi suerte con las mujeres. ¡Aquí el problema lo tienes tú!-, reclamó.

-Simon, ¡concéntrate!-, le gritó Finn, -¡Él está dentro de la ola! ¡Sácalo o congélalo o algo!-, aconsejó.

-Mensaje recibido, bro-, dijo el Rey Helado haciendo un saludo y militar y volando hacia la ola.

Imber soltó rayos desde las nubes, buscando golpear al mago de hielo con uno de ellos. Pero él, con pericia y algo de miedo (bueno, más miedo que pericia) esquivaba los ataques eléctricos del nigromante en maneras que a cualquier persona le parecerían hilarantes, pero que para Imber resultaban exasperantes.

-¡Ya muérete, viejo loco!-.

-¡Brisa polar!-, gritó el Rey Helado, lanzando un poderoso hechizo desde sus manos que golpeó a la ola.

El ataque comenzó a congelar toda la parte exterior del gran cuerpo de agua. Imber río, pensando que su enemigo había cometido el mismo error de antes. Pero su sonrisa se borró cuando sintió que la parte interior de la ola también era afectada. Quiso escapar, pero ya era rodeado por una densa capa de hielo. El nigromante intentó invocar otro rayo pero su brazo se congeló sin que siquiera se diera cuenta.

-¡No!-, gritó antes de que su cuerpo entero quedara atrapado en el hielo.

El cielo se abrió de nuevo y el sol volvió a bañar aquel pequeño pedazo de pradera. La ola comenzó a colapsar. Grandes bloques de hielo caían a las cálidas aguas debajo del precipicio. Con sus poderes, el Rey Helado separó el bloque de hielo en el cual se encontraba Imber y lo llevó a donde estaba Finn, acomodando a su novia en una pila de maderos encendidos, obtenidos de la ruina de la casa de la chica.

-¿Cómo está ella?-, preguntó al llegar.

-Dale unos segundos...-, contestó Finn.

La princesa comenzó a parpadear mientras su cuerpo recuperaba su color flameante.

-¿Qué ocurrió?-, preguntó mientras se levantaba.

-El nigromante te atacó. Pero Simon pudo rescatarte justo a tiempo-.

La princesa volteó a ver al Rey Helado quien tenía una gran sonrisa en el rostro.

-¡Así es! Ahora ambos me deben una. Finn, tendrás que prestarme a tu novia por tres meses y ella tendrá que hacer todo lo que yo diga. Si digo que nos casemos, ¡nos casamos!-.

-¿Qué?-, gritó Finn.

-¿Acaso estás loco, anciano?-, gritó Flama, haciendo crecer sus llamas.

-¡Mentira, mentira!-, exclamó el Rey Helado después de una carcajada, -Sólo estaba jugando con ustedes. Me alegra que estés bien, pequeña-.

-Bueno... gracias... supongo-, dijo honestamente la Princesa Flama, pero todavía confundida.

-Aunque... si quieren pagarme por el favor que les hice...-

-¡Simon!-, gritó Finn

-Ok, ok. Ya me voy-, dijo el Rey Helado y refunfuñó antes de emprender el vuelo, -Ya cásense para que no estén de amargados-.

Ambos adolescentes dieron un gruñido de molestia, acostumbrados a recibir burlas de ese tipo por parte de todos por ya varios años.

Finn se acercó al bloque de hielo donde Imber estaba congelado. No era posible ver sus verdaderas facciones ocultas dentro de las vestiduras púrpuras que llevaba. El humano decidió no darle más importancia. Desenfundó su espada de sangre de demonio y cortó horizontalmente por la mitad aquel trozo de hielo, separando también en dos secciones el cuerpo de Imber.

Una espesa nube púrpura salió disparada hacia arriba pero se desintegró a los pocos centímetros. Finn se agachó y, rascando en el hielo con su espada, rescató la llave del nigromante.

Un pesado y triste suspiro lo hizo voltear hacia atrás. La Princesa Flama se encontraba contemplando lo que ahora eran las ruinas de su casa. Finn se acercó a ella y la rodeó con su brazo derecho, reconfortándola.

-¿Y ahora qué?-, preguntó ella.

-Vamos a mi casa-, contestó Finn.

-¿Y para qué? Cuando termine el fin de semana seguiré sin casa-

-Por eso. Vamos a mi casa. Quédate conmigo hasta que te construyamos otra-, dijo el humano.

La princesa se separó de Finn y lo observó. En su rostro no había ningún rastro de nerviosismo o inseguridad.

-¿En... en serio?-, preguntó, mientras sus llamas crecían al igual que su rubor.

-¡Sí! Será una casa mucho mejor que esta. ¡Será maravillosa!-.

-No eso, tontito-, dijo ella mientras se reía y pellizcaba las mejillas de su novio, -De que me quede a vivir contigo. ¿Estás seguro?-.

-Nunca había estado más seguro en mi vida-, contestó él, tomando las dos manos de su novia entre las suyas.

Y después de un fuerte abrazo y un casi violento beso por parte de la chica, la pareja emprendió el camino hacia su primer hogar juntos.

Mientras tanto, entre los árboles cercanos, una sombra que irradiaba pura maldad observaba con sonrisa llena de malicia a la pareja mientras se alejaba.

-Eso... piensa que estás a salvo. No me importa si acabas con ellos. Sólo me pones el camino más fácil. No me importa si tomas mis llaves. Al final... que ambos mueran es parte del plan-