Capítulo 16: El secreto

Tras un período de cuatro días en el hospital, al fin le dieron el alta que le permitiría volver a casa. Inuyasha la cogió en brazos mientras ella cogía al mismo tiempo a Himawari y así fue como la niña entró por primera vez en su casa. Instantes después, la niña lloró a pleno pulmón para darle la bienvenida a su nuevo hogar. Kamui se tapó los oídos, una costumbre que había adoptado en el hospital cada vez que su hermana lloraba. Himawari tenía unos pulmones estupendos.

Una vez en casa, recibió visitas diarias, nunca estuvo sola e Inuyasha, además, se cogió la baja por paternidad durante un mes para cuidar de ellas. Fue una pena que Kamui tuviera que regresar al colegio mientras ellos permanecían en la casa aunque admitía que no echaba en absoluto de menos los madrugones para ir a clase. En su nuevo instituto a distancia, solo tenía seis horas de clase a la semana a escoger entre hacerlas por la mañana o por la tarde. Ella solía escoger su horario en base al horario de Inuyasha. El resto del tiempo trabajaba en casa, así que no había problema.

A los dos meses de haber nacido, los ojos de Himawari al fin se tornaron de un color que los dejó sorprendidos. No tenía los ojos dorados ni de color chocolate; los colores de ambos se habían mezclado. Sus ojos eran de un color ámbar que no llegaba a ser dorado y tenían virutas de color chocolate. Era tan bonita que se derretían cada vez que ella los miraba con esos preciosos ojitos, conscientes de que la niña empezaba a aprender de su entorno. Ya no estaba tan distraída ni ajena a la realidad sino que los miraba, sonreía y esperaba respuesta.

A medida que ambas se recuperaban, Inuyasha se volvía más activo. Cada vez reclamaba más la atención de Himawari y exigía que avanzara más de prisa. Quería que su hija fuera la primera en aprender a caminar, que dijera ya sus primeras palabras, que fuera capaz de abrazarlo como él la abrazaba a ella. Al mismo tiempo, su apetito hacia ella se estaba recuperando con fuerza. Tras dos meses desde el parto, sus manos se habían vuelto incontrolables y la perseguía por toda la casa como un animal en celo al que se le estaba negando el objeto de su deseo.

Estaba feliz. Creyó que tras el parto todo sería diferente entre ellos. El cuerpo de una mujer cambiaba después de haber dado a luz y temió que él ya no la deseara. A decir verdad, admitía que en su caso no cambió tanto debido a lo poco que engordó, pero algunos cambios sí que había. Su cintura ya nunca volvería a ser tan estrecha, sus pechos no eran tan firmes y tenía rastros de alguna estría en el vientre. Por esos motivos, temió que Inuyasha perdiera el interés por ella. La deseó cuando tenía el cuerpo de una adolescente, no el de una madre. No obstante, sus últimos intentos le dejaron bien claro que no dejó de gustarle en absoluto y eso le hacía feliz.

Sacó unos huevos de la nevera para hacer las tortillas francesas con las que iba a acompañar la verdura a la plancha de la cena. Ella también estaba deseando que el médico diera el visto bueno. Dijo que necesitaría al menos tres meses y ya se estaba mordiendo las uñas por culpa de los avances de Inuyasha. Él también era consciente de que todavía no podían hacerlo, pero, a veces, llegaba demasiado lejos sin darse cuenta para luego dejarla a medio camino. Lo último había sido mamar de su pecho tras la comida de Himawari. No debió consentírselo, habría sido más sencillo decirle que no. Sin embargo, excitada y hambrienta, permitió que tomara de su leche y terminó caliente, húmeda y frustrada.

De solo recordarlo sentía un escalofrío de lo más agradable que le recorría la columna vertebral. ¡Basta, debía dejar de pensar en ello! Aún no podían hacerlo y era madre. Seguro que las madres no se comportaban así. ¿Y cómo iba a saberlo? Eso no era algo que pudiera preguntarle a su propia madre sin que se le pusiera hasta el último milímetro de piel sonrojada. Tenía que controlarse, concentrarse en sus hijos y…

— ¿Qué estás preparando para cenar, preciosa?

Inuyasha volvía al ataque con fuerza. Sus manos estaban bajo su falda, acariciando sus muslos desnudos terriblemente cerca de esa zona que tan inflamada se encontraba en ese momento por el deseo. La estaba torturando sin piedad.

— Inuyasha…

— Mmm, huele muy bien… — pegó la nariz a su cuello — Y tú también…

— No debes…

Ya era tarde. La estaba tocando justo donde ella ansiaba sobre la ropa interior. Jadeó suavemente y dejó caer el huevo que estaba sosteniendo sobre el cuenco de cristal. ¿Pasaría algo malo si ignoraban esa indicación del médico? Ya habían esperado por dos largos meses y algo más. Solo deseaban estar juntos, volver a…

— ¡Joder!

Inuyasha apartó la sartén del fuego en cuanto les llegó el olor a quemado. El aceite para las tortillas se había terminado por quemar a la espera de que ella lo usase. Dejó la sartén en la fregadera con el agua fría cayendo y corrió hacia la alarma de incendios. Se subió de un salto a la mesa y manipuló el aparato antes de que se activara e inundara la cocina de agua. Lo miró horrorizada mientras actuaba. No soportaría que aquello sucediera en una segunda ocasión.

— Inuyasha…

— Esto ya está.

Se bajó de un salto de la mesa con el bulto de la entrepierna tan evidente que le hizo tragar saliva ruidosamente. Aquello era demasiado.

— ¿Estás bien, Kagome?

Enmarcó su rostro entre sus manos con cariño.

— Siento haberte soltado así, tenía que actuar rápido. ¿Te has asustado?

Sí y no; era una mezcla de todo tipo de sensaciones contradictorias. Aunque mucho temía que Inuyasha y ella no se estaban refiriendo a lo mismo.

— ¿Kagome?

— Tengo que terminar de preparar la cena…

Se volvió hacia la encimera, dándole la espalda, y continuó preparando los huevos. ¿Y dónde los iba a preparar? La sartén estaba quemada. Tendría que sacar otra sartén del armario y ser mucho más cuidadosa. Aquella no era su casa por más que viviera allí, no podía destrozarle la cocina a Inuyasha cada vez que la usaba.

— ¿Estás bien, Kagome? — repitió.

— ¡No, no estoy bien!

Finalmente, dejó caer otro huevo dentro del cuenco de cristal sin ningún cuidado y se deshizo en lágrimas sobre la encimera. La frustración sexual la había llevado al límite. No, eso no era lo único. No era el sexo únicamente lo que le quitaba el sueño. Estaba así por la incertidumbre en la que estaban viviendo. ¿Qué demonios eran Inuyasha y ella? ¿Qué le contaría a su hija cuando creciera? ¿Y a Kamui? Él empezaría a hacer preguntas en seguida. ¿Y sus padres? No estaban casados, no eran pareja de hecho, no eran novios. Simplemente, tenían un documento del estado que los asociaba como padres de una misma niña, nada más.

— ¿Qué puedo hacer por ti, Kagome?

Le puso las manos sobre los hombros y los masajeó suavemente. Él no entendía; jamás entendía lo que ella sentía. Le había dado una segunda oportunidad y estaba poniendo todo de su parte, pero sentía que Inuyasha no le estaba correspondiendo, no de la misma forma al menos. Él se reservaba, se guardaba algo para sí que se negaba a compartir. Sabía que le ocultaba algo y sabía que no confiaba en ella.

— Tengo que preparar la cena.

— Kagome…

— ¡Vete! — se atrevió a decir al fin — Y no vuelvas a molestarme. Sabes que aún no podemos…

Estaba protegida por el momento. En cuanto el médico diera el visto bueno y sus apetitos más primarios se vieran satisfechos, volvería a caer en esa trampa en la que estaba atrapada junto a Inuyasha. El sexo era bueno, pero no arreglaría sus problemas, solo los encubriría hasta que sucediera algo que le hiciera reventar de nuevo. Necesitaba más que lo meramente físico, necesitaba sentirse amada. ¿Tan difícil era de entender? Estaba dispuesta a seguir intentándolo por sus hijos, mas todo tenía un límite.

Tras escuchar cómo se cerraba la puerta de la cocina, se decidió a continuar preparando la cena como si nada hubiera sucedido. Tenía que estar feliz y presentable frente a los niños. Ya pensaría en todo eso al día siguiente, cuando se quedara sola con Himawari por la mañana. Con renovadas energías, decidió coger una sartén nueva del armario que se encontraba en el comedor. Empujó la puerta de la cocina con ánimo, pero se encogió ante la escena que se encontró.

Rápidamente, se apresuró a cerrar la puerta hasta dejar abierta una diminuta rendija desde la que espió. Inuyasha se había apoyado en una cómoda, la sujetaba con tanta fuerza que incluso se oía un crujido y gemía o, más bien, gruñía. ¿Necesitaría ayuda? No parecía sentirse bien. Preocupada, hizo amago de salir a socorrerlo hasta que algo en su cabeza le llamó la atención. Juraría que algo se había movido en su cabello durante un instante, algo que volvió a ocultarse. Entonces, él se irguió tan fuerte y saludable como de costumbre. Luego, se marchó hacia el salón.

Se escondió justo antes de que saliera, temerosa de que se volviera y la descubriera espiándolo. No sabía por qué, pero tenía la sensación de que eso era algo que no quería que ella presenciara. ¿Le sucedería algo malo a Inuyasha? Él siempre parecía tan fuerte que nunca lo imaginó tan siquiera resfriado. Aunque lo que más le llamó la atención fue eso que se movió en su cabeza. Estaba segura de que lo vio, no estaba paranoica aunque podría haberlo mal interpretado, ¿no? A lo mejor se había rascado la cabeza, se le movió el cabello y… ¿Cómo demonios se rascó si se sostenía en la cómoda con ambas manos?

Se llevó las manos a las sienes, dolorida. Quizás le estaba dando demasiada importancia a una tontería. Inuyasha estaría enfadado o decepcionado y habría tenido un pequeño ataque de rabia o de frustración como los que ella misma estaba experimentando. Los dos estaban un poco alterados y comiéndose demasiado la cabeza. Seguro que cuando el médico les permitiera reiniciar su actividad sexual, todo cambiaría para los dos. Volverían a ser los de antes y ya no habría problemas. Inuyasha no necesitaría volver a enfadarse y ella no se sentiría tan abandonada. Su situación tenía arreglo, no era tan terrible.

Un silencio escalofriante se instauró entre ellos aquella noche, que se vio agudizado por la falta de intentos por parte de ambos de entablar conversación. Por suerte, Himawari y Kamui reclamaban la suficiente atención como para que ambos pudieran ignorarse sin provocar daños. A la mañana siguiente, Inuyasha se comportó con absoluta normalidad e incluso jugueteó con ella en la cama. El día anterior había sido un poco extraño para ambos. Por eso, se alegró de que la despertara entre besos, de que se ofreciera o más bien le impusiera que debía darle el desayuno a él también de su pecho y de que la despidiera con un beso en la puerta como todas las mañanas.

En cuanto él se fue con Kamui, volvió a acostar a Himawari y se sentó en el salón a estudiar bioquímica. Había decidido ser enfermera y, para ello, tenía que estudiar el bachiller biosanitario. Mientras revisaba el segundo tema para hacer los ejercicios de revisión, sonó el teléfono.

Kagome miró al teléfono al empezar a sonar y se dirigió hacia él sorprendida de que el número no estuviera registrado. ¿Se trataría de alguna tele operadora?

— ¿Sí?

— ¿Kagome?

Aquella voz… ¡Era su tía! ¿Cómo era posible que hubiera llamado a la casa de Inuyasha? Ni siquiera sabía si tenía su teléfono. Tenía que ser algo muy urgente si llamaba allí.

— Inuyasha ahora no está si…

— ¡No quiero hablar con Inuyasha! — exclamó— Quiero hablar contigo…

¿Con ella? ¿Y por qué no la llamó a su teléfono móvil?

— Me he enterado hace nada de que has tenido una hija con Inuyasha…

Así que su madre no se lo dijo o no hasta entonces al menos. Ya averiguaría sobre eso más tarde. Por el momento, aunque lamentaba no haber sido ella quien le dio la noticia a su tía, estaba contenta de que quisiera hablar con ella.

— Verás, tía…

— ¡No te quedes con él! ¡Vete y llévate a tu hija contigo cuanto antes!

Sus palabras la dejaron anonadada. A pesar de que anteriormente le había advertido, nunca le pidió tan claramente que dejara a Inuyasha. ¿Por qué esa prisa tan repentina? ¿Qué había cambiado?

— No entiendo…

— No te puedes quedar con él… ¡No es quien dice ser!

— Kikio, creo que estás desvariando. — le contestó queriendo evitar la disputa.

No sabía de qué estaba hablando, pero se sentía incómoda con esa conversación.

— Creo que es mejor que no hablemos por un tiempo, Kikio.

Su tía se quedó en silencio durante unos instantes antes de continuar.

— Aún no sabes su secreto, ¿verdad?

Eso último logró llamar su atención. El secreto de Inuyasha, el secreto que su tía utilizó para chantajearlo y lograr aquel matrimonio ventajoso, el secreto que le costeó un divorcio de lo más beneficioso. Apretó el teléfono entre sus dedos, angustiada. Inuyasha no le había confiado el dichoso secreto. ¿De qué se trataba? ¿Qué era aquello tan importante como para guardarlo con tanto celo?

— En realidad, es mejor que no lo sepas…

Kikio no se lo iba a decir. Al parecer, Inuyasha por fin la tenía bien agarrada y no hablaría. Sin embargo, ella estaba muy cabreada con Inuyasha, con Kikio y con ella misma. Inuyasha no confiaba en ella; Kikio la manipulaba a su antojo; y ella era la misma niña necia que se enamoró de un hombre que no veía más allá de sus narices. Desgraciadamente, fue a Kikio a quien le tocó cargar con todo el peso de su desahogo.

— ¡Solo estás celosa! — explotó — Te quiero mucho, siempre te he querido, pero no voy a consentir que llames a mi nuevo hogar para intentar ponerme en contra de Inuyasha. ¡Yo no tengo la culpa de que no soportes que Inuyasha me prefiera a mí! — sollozó — ¡Tú te lo perdiste al despreciarlo!

— Kagome, yo no quiero a ese hombre… ¡No me interesa para nada robártelo! — exclamó frustrada desde el otro lado del teléfono — Solo quiero que tú y tu hija…

— Tú solo quieres que me aleje de Inuyasha para seguir robándole el dinero. ¡Solo te interesa el dinero! — le espetó — Si de verdad piensas que es tan peligroso, ¿por qué le diste a tu hijo? Eres la peor madre y la peor esposa que alguien pueda imaginar… — sollozó — No vengas a darme lecciones cuando tú no sabes nada…

Kagome se apartó el teléfono de la oreja sin querer escuchar ni una palabra más y colgó dándole un golpe al aparato. Había perdido los nervios mientras hablaba con Kikio, lo sabía, pero, en esa ocasión, no le importaba. Su tía la había decepcionado más que nunca. Llamarla para pedirle que abandonara a Inuyasha, era deleznable. Por eso, llegó a la conclusión de que estaba celosa de su buena fortuna desde que se fueron a vivir juntos. Era feliz, había sido muy feliz esos últimos meses y nadie se lo estropearía.

Aunque se dijo eso a sí misma, un mal estar la embargó el resto de la mañana y de la tarde. Tuvo que dejar de estudiar al verse incapaz de concentrarse y se acostó. Lo único capaz de levantarla fue el reloj indicando la hora de la toma de Himawari y sus llantos cuando era necesaria cambiarla o tenía pesadillas. Ni siquiera comió nada ese día ni pudo dormir. A pesar de haber descartado completamente lo que Kikio dijo, no dejaba de pensar en ello y de darle vueltas a cosas verdaderamente horribles. Asimismo, las imágenes de lo que presenció la noche anterior no dejaban de darle vueltas por la cabeza. Algo no estaba bien.


— ¡Ya estoy en casa!

El silencio que lo recibió al llegar a casa no le gustó nada. Lo que vio al pasar al salón mucho menos. Himawari no estaba echando la siesta en su hamaca, la merienda de Kamui no estaba preparada, no olía al té que Kagome preparaba para que ellos dos lo tomaran juntos, ni ella estaba estudiando o tomándose un descanso frente a la televisión. No se oía nada. Se planteó que hubiera salida a dar un paseo con Himawari hasta que se encontró con que no había ninguna nota. Ella siempre dejaba una nota si salía.

Dejó a Kamui en el salón y se dirigió con el corazón en el puño hacia el dormitorio. ¿Y si les había sucedido algo malo? Quizás tuvo que salir al hospital corriendo y no pudo dejarle una nota. ¿Y por qué no le llamó? Se estaba preocupando a lo tonto, seguro. Kagome y Himawari estarían bien, sanas y salvas. No tenía nada que temer.

— ¿Kagome?

Las encontró en el dormitorio, tal y como imaginó. Himawari dormitaba en su cuna y Kagome estaba tumbada en posición fetal mirando hacia la cuna, dándole la espalda a él. No estaba dormida, ya que su respiración no era profunda. Eso lo preocupó más todavía. Si estaba en la cama y no podía dormir, debía estar enferma. A lo mejor era su culpa por insistirle tanto. Sabía que ella no estaba lista y, a pesar de todo, sus instintos más básicos terminaban por dominarlo. La había presionado demasiado. Tenía que encontrar la forma de controlarse, darle su espacio y aguantar hasta la próxima revisión.

— ¿Inuyasha?

Por fin dio señales de haberse percatado de su presencia. Dejó caer la americana sobre una silla y se acercó a la cama. Se tumbó tras ella sin quitarse los zapatos y le pasó un brazo por encima. Estaba helada. ¿Cómo era posible?

— ¿Qué pasa, pequeña? ¿No te encuentras bien?

— Ha llamado Kikio… — musitó en un hilo de voz.

Ese nombre fue el detonante. Al fin le cuadraba todo. Kagome esa mañana se encontraba perfectamente bien, estaba como una rosa y muy recuperada de su pequeño disgusto de la noche anterior. La culpa de todo era de la cizañera de su tía, la cual no tenía suficiente hasta lograr ser el centro de atención. Pues en esa ocasión se iba a tener que fastidiar porque no se haría con la atención que reclamaba. No le daría el gusto de dejarse afectar por sus palabras ni permitiría que Kagome volviera a caer en la trampa.

— ¿Y qué te ha dicho esta vez? — preguntó en un tono cauteloso, intentando mantener la calma.

— Me ha pedido que coja a Himawari y me aleje de ti…

— ¿Qué?

Se incorporó de golpe, sorprendido y a la vez nervioso por el efecto que las palabras de Kikio pudieran tener en alguien tan sensible como Kagome. ¿Por qué iba a necesitar alejarse? ¡Jamás haría daño a Kagome o a sus hijos! ¡Nunca! No obstante, a pesar de todo lo vivido, ¿qué pensaría Kagome si había personas capaces de decir algo así sobre él? Ella no entendía que Kikio no sabía nada en realidad. Solo construyó un puzle basado en suposiciones a cuenta de haber visto algo que jamás debió presenciar. Aun así, era capaz de asestarle golpes verdaderamente dolorosos como aquel. Llevaba meses reconstruyendo la confianza entre Kagome y él; aquello podría hundirlos.

— Kagome…

— Mencionó algo sobre un secreto… — añadió — El secreto por el que os casasteis…

Tenía pensado contárselo algún día a Kagome, pero no tan pronto. Quería esperar a que creciera un poco más y fuera más madura para entenderlo mejor, poder prepararla. Kagome era tan joven. Si su tía, que era mayor que ella, lo mal interpretó de la peor de las formas, ¿qué haría una adolescente? Aunque sabía que tía y sobrina no se parecían en nada, tenía miedo. Lamentablemente, Kikio había precipitado las cosas. Kagome estaba muy angustiada, lo notaba en su voz, y al borde del colapso.

— Kagome, sabes que yo no os haría daño, ¿verdad?

— Creo que lo sé…

¿Creía? ¿Por qué solo lo creía?

— Kagome…

— A mí ya me has hecho mucho daño antes, Inuyasha.

¡Demonios, era verdad! A Kagome le había provocado más dolor y pesares que a ninguna persona en toda su vida. Justamente la única mujer que más había luchado por él y más amor le había procesado, era aquella a la que más dañó.

— ¿Me das un momento para entretener a Kamui?

Kagome le concedió ese momento con un asentimiento de cabeza. A él también le serviría para calmarse y averiguar la forma de explicárselo. No quería que Kagome huyera acongojada cuando lo supiera, que mal interpretara al igual que su tía lo que él era o que lo contara poniendo en riesgo a toda su familia. Ella era una persona muy importante por la que estaba dispuesto a desvelar el secreto, aunque desearía que las circunstancias fueran muy diferentes. Desearía haber podido prepararla antes y prepararse a sí mismo para lo que se avecinaba.

Preparó la merienda de Kamui y le puso una película aprovechando que no tenía apenas deberes para el día siguiente. Al volver al dormitorio, Kagome le daba el pecho a la niña. Notó como su pene saltaba al ver la redondeada y siempre atractiva curva de su seno. Desearía poder controlarse mejor, que su naturaleza no fuera tan apasionada. No era el momento de acosarla, mucho menos con lo que le tocaba hacer. Por eso, se sentó al borde de la cama con los puños apretados por la intensidad de su apetito sexual y esperó a que su hija terminara de tomar. Entonces, la puso contra su hombro y le dio palmaditas en la espalda hasta que eructó.

— Inuyasha, si no quieres contármelo…

— ¡Quiero contártelo! — se volvió hacia ella con la niña aún en brazos — Además, si no es por mí, supongo que terminarías enterándote por Himawari…

Su hija era como él, sin duda alguna. Quizás Kagome no lo hubiera notado, pero él sí lo notó en su olor. Además, el motivo por el que exigía tanto de ella y le prestaba tantas atenciones no era el de que avanzara más rápido, sino el de detectar su verdadera naturaleza; la niña respondía a sus estímulos. Pronto tendría que enseñarle a manejar su otro yo.

— ¿Inuyasha?

Kagome estaba en alerta, lo notó en su posición tensa.

— No te preocupes, no es nada malo. O, bueno, depende de cómo lo interpretes…

Dejó la niña en la cuna y le cantó una de sus nanas para que se durmiera. Himawari siempre se quedaba dormida cuando él le encantaba y esa vez no fue diferente. Satisfecho del éxito de su nana, se volvió hacia Kagome decidido. Solo había una única forma de que ella entendiera. Tenía que mostrárselo.

— Dame un minuto…

Le dio la espalda y apoyó las palmas de las manos contra el armario. Era el mueble más resistente de la casa para soportar los embates de su transformación. Apretó los dientes, frunció el ceño e inclinó la cabeza mientras notaba el hervir de su sangre por todo su cuerpo reclamando el control total. Sus uñas crecieron hasta clavarse en la madera, notó como sus colmillos se alargaban hasta que tuvo que abrir la boca para no morderse los labios y el cabello comenzó a crecer. Lo peor fueron las orejas. El intercambio entre su oído "normal" y su otro oído siempre era doloroso.

Solo pudo volver a respirar con tranquilidad cuando notó que el cambio se había completado. Ya estaba todo hecho. Aunque le diera la espalda, Kagome ya había visto más que suficiente, ya lo sabía.

— Kagome, no tengas miedo…

— ¿Miedo? ¿De qué?

Quedó francamente sorprendido ante la respuesta. Tendría que estar aterrada, chillando como una loca, tratando de huir, ordenándole que no se acercara a su hija. Sorprendido por tal reacción, se atrevió a volverse para que ella lo viera. Entonces, Kagome debió ver sus uñas convertidas en garras, sus colmillos el doble de grandes y sus orejas de perro, las cuales ya debió haber visto desde atrás.

— Eso era lo que ayer salía de tu cabeza…

Miraba sus orejas. Juraría que él no… ¿Cómo era posible que ella…?

— Yo…

— Ayer te vi, en el comedor. Salí a buscar otra sartén cuando tú… — juntó las manos sobre el regazo tímidamente — Creí que te enfadarías si yo te lo decía…

Casi lo habría preferido porque seguro que aquel episodio le quitó el sueño y la puso aún más en alerta cuando su tía la llamó. Kagome necesitaba saberlo todo. Con esa intención, se acercó a ella dispuesto a instruirla.

— Pueden cortar hasta el acero… — le mostró las garras — Mis colmillos son también muy potentes aunque no alcanzan ese nivel. — abrió la boca para que los viera mejor — Puedo oír a gran distancia con mis orejas normales; con estas orejas, prácticamente a kilómetros. Es ese el motivo por el que Himawari llora tanto, oye todo el edificio y puede que los alrededores también…

Los dos se volvieron automáticamente hacia Himawari ante esa nueva información.

— ¿Es siempre así?

— Con el tiempo aprendes a ignorar los sonidos y a concentrarte solo en lo que te interesa oír. Himawari aún es demasiado pequeña para controlarlo…

— ¿Y tus orejas? — le levantó un mechón de cabello para ver el hueco vacío donde anteriormente estuvieron sus orejas — ¿Dónde están?

— Desaparecen cuando me transformo, como si se metieran bajo la piel, y en su lugar salen estas otras… — se señaló las de la cabeza — Es algo doloroso…

— ¿Puedo?

Claro que podía. Ella podía hacer cuanto quisiera. Kagome acercó las manos cautelosamente a su cabeza y rozó suavemente una de sus orejas. Sintió un temblor cuando ella lo tocó y un escalofrío que lo recorrió de arriba abajo cuando las acarició por primera vez. Aquello le gustaba. Nadie lo había tocado así, nunca lo permitió hasta ese día. ¡Diablos, volvía a excitarse! Kagome bajó la vista al notarlo también contra su vientre.

— Lo siento, esta parte de mí tiene fuertes impulsos sexuales. — se explicó sintiéndose extrañamente avergonzado — Siento haberte acosado tanto últimamente. Apenas puedo controlarme cuando me domina…

— ¿Por eso ayer…?

— Sí, ayer estuvo a punto de dominarme.

Las manos de Kagome abandonaron sus orejas y descendieron hasta reposar contra su pecho, sobre la camisa. No parecía asustada, enfadada o nerviosa. Estaba tan tranquila mientras que él se sentía terriblemente angustiado que empezó a transpirar. Esa no era la reacción que él esperaba.

— ¿Qué eres exactamente?

La pregunta del millón. A veces todavía se lo preguntaba a sí mismo sin obtener respuesta.

— Los humanos "normales" nos llamasteis demonios en el pasado. Mi familia nunca ha tenido esa percepción de nosotros mismos… — recordó — No hay ningún documento o testimonio de algún antepasado que atestigüe que nosotros provengamos del infierno. Puede que seamos una simple ramificación de la evolución que se estancó o que no se ha extendido…

— Y ocultáis vuestra condición por cómo os juzgaron en el pasado.

— Exacto. Ya han sido torturados y ejecutados demasiados de los nuestros.

— Vaya… — suspiró — Debo admitir que no esperaba esto…

¿Y quién lo esperaría? A él en su día, cuando era un niño, le tocó descubrir que no era un niño como los demás, que lo que a él le sucedía no era lo mismo que al resto. Su padre le enseñó lo mejor que pudo y contó con la ayuda de su hermano mayor. Su madre era otra cuestión. Ella sí que era un demonio. Jamás olvidaría sus ojos rojos llenos de rencor hacia él, las venas del cuello marcadas palpitando contra su piel y el olor a sangre que desprendían sus garras cuando regresaba del bosque. A ella sí que la dominó lo peor de su naturaleza.

— Como puedes ver, soy físicamente capaz de matar, pero…

— Pero no lo harías. — terminó por él.

Si Kagome confiaba en que él no haría semejante cosa, debía ser cierto, ¿no? Si una chica inocente como ella tenía una fe tan ciega en él, no debía estar tan perdido como él imaginaba. Sonrió al mismo tiempo que ella y la abrazó contra su pecho, dispuesto a protegerla de cualquiera que osara poner en riesgo su perfecta armonía. Ya no había secretos ni nada que los separara. Era el momento de dar el siguiente paso, estaba preparado.

— Kagome, ¿quieres casarte conmigo?

Continuará…