Capítulo 17: paraíso robado

Señora Kagome Taisho, esposa de Inuyasha Taisho, madre de Kamui y Himawari Taisho. Cada vez que se lo repetía le sonaba incluso mejor. Aquello sí era la estabilidad que ella necesitaba y no solo eso. Por fin se sentía valorada por Inuyasha, se sentía amada. No necesitaba que gritara a los cuatro vientos que la amaba porque aquello ya tenía todo el significado para ella. Inuyasha no le pediría matrimonio de no estar seguro de que quería pasar el resto de sus días a su lado, no después de la mala experiencia previa. Todavía no se lo habían dicho a nadie, ni siquiera a Kamui porque querían fijar una fecha primero e Inuyasha insistía en que ella debía tener su anillo de compromiso.

Se preguntaba cómo se sentiría estar casados. ¿Habría alguna diferencia? ¡Claro que sí! Podría decir en cualquier parte que el hombre que la acompañaba era su marido. Solo de pensarlo se ponía a sonreír como una niña pequeña. De ahí en adelante, todos sabrían que el hombre con el que vivía, el hombre con el que había tenido una hija, la amaba de verdad. Todos incluida ella. Inuyasha no podría haberle dado una mayor muestra de amor que aquella. Estaba tan feliz, tan emocionada y tan eufórica que por fin había podido volver a decirle que lo amaba, algo que había permanecido sellado en sus labios desde el mes de enero, antes de su trágica ruptura.

Acunó a Himawari entre sus brazos y le cantó una nana que le había escuchado a Inuyasha. Desearía ser tan buena cantante como él. Cuando Inuyasha cantaba, la niña siempre se dormía con una sonrisa y ella terminaba suspirando de placer. Su bella voz solo era uno de los muchos y hermosos rasgos de aquel hombre. Quizás no fue perfecto cuando se conocieron ni tuvo intenciones honorables hacia ella, pero había cambiado. Había cambiado tanto que parecía otro. Ya no era solo el padre amoroso, también era el amante cariñoso y fiel con el que toda mujer soñaría. Había cambiado por ella.

Suspiró cuando Himawari cogió el sueño y la tumbó sobre su hamaca en el salón. Por las tardes, en su siesta hasta que Inuyasha y Kamui regresaban, Himawari siempre dormía en el salón. En cuanto escuchaba los pasos de su padre en el vestíbulo, se despertaba y se ponía en alerta, a la espera de que él abriera la puerta. Era increíble observar las facultades que la niña poseía, herencia clara de su padre. El oído era lo que más problemas le daba, aunque, en las últimas semanas, parecía dormir mejor. También tenía muy buena vista a pesar de su corta edad y era capaz de enfocar los objetos. Eso por no hablar de su fuerza. Sabía por experiencia propia con su hermano que los bebés agarraban con fuerza, pero dudaba que todos los bebés fueran capaces de tirar al suelo un sillón empujándolo.

El secreto de Inuyasha aún le suscitaba preguntas. Nunca sintió miedo, espanto o asco hacia él desde que fue conocedora de su naturaleza a pesar de que él estaba seguro de que se sentiría así, aunque sí sintió mucha curiosidad. Nunca había visto algo semejante fuera del cine. Era de lo más abrumador conocer todas las proezas de las que era capaz en esa forma. Cada día descubría algo nuevo de él. Inuyasha, por ejemplo, con la madurez había adquirido la capacidad de usar a su gusto el oído, el olfato y la vista súper desarrollados que tenía. Su fuerza alcanzaba el máximo esplendor en aquella forma. Asimismo, le hizo una demostración de cómo se curaba su cuerpo que la dejó con la boca abierta. Un arañazo que marcaría la piel de cualquier humano durante días, desaparecía en cuestión de horas de su piel. Esa inmunidad, además, se extendía a su sistema inmunológico. No era receptor de apenas enfermedades y su niña tampoco lo sería. Imaginó lo frustrado que debió sentirse cuando supo que Kamui tenía leucemia mientras que él no podía ni coger un resfriado.

El mayor descubrimiento fue su apetito sexual. Bueno, siempre fue conocedora de que era un hombre de grandes apetitos, pero nunca fue consciente de su otro yo. Al parecer, su otra naturaleza lo empujaba hacia la satisfacción de los instintos más básicos. Era más brutal, más liberal, más entregado. Cuando el médico les dio el visto bueno y lo hicieron por primera vez desde el nacimiento de su hija, ella le pidió que no se retuviera, que no sufriera intentando controlar su otro yo. Inuyasha dejó que la transformación fluyera entonces y juraría que incluso crearon posturas nuevas. Siempre sexo seguro, por supuesto. Tomaba la píldora desde que nació Himawari.

Como ya eran las cinco de la tarde, Inuyasha debía estar saliendo del Departamento de Justicia. Primero, iría a recoger a Kamui a las cinco y media y, después, regresaría a casa. Estaría sobre las seis allí. Así era todos los días y así le gustaba. Aquella rutina que a muchos pudiera darle la sensación de sentirse atrapado, a ella le hacía sentirse amada. No quería que las cosas cambiasen, ya era todo perfecto. Tenía dos hijos, un hombre que la amaba, una familia que los ayudaba en todo lo posible, sus estudios… ¿Qué podía fallar?

Le echó un vistazo a Himawari y le recolocó la manta. Le alegraba saber que ya podía dormir. El timbre sonó en ese instante como una amenaza para aquella paz. Por suerte, Himawari ni pestañeó, ya que no era de su interés ese sonido. Corrió hacia la puerta para evitar que otro toque sí pudiera molestarla.

— ¿Quién será a esta hora?

Consultó el reloj mientras entraba en el vestíbulo. Al abrir la puerta, se encontró con la última persona que esperaba ver allí.

— ¿Rika?

Rika contestó con una sonrisa. ¿Cómo había sabido que ella vivía allí? ¿Sabría también de Inuyasha? Estaba segura de que sus amigas no dijeron nada al respecto.

— Siento presentarme sin avisar. — se disculpó — ¿Puedo pasar?

— Claro…

No entendía nada, pero Rika no era ningún peligro. Se peleó como de costumbre con la cadena de seguridad de la puerta que Inuyasha insistía en que usara cuando estaba sola en casa con la niña y abrió la puerta para permitirle entrar.

Cerró la puerta cuando entró y observó a Rika. Estaba muy cambiada desde la última vez que la vio. Su media melena pelirroja estaba recortada alrededor de su rostro en un corte tipo Garzon de lo más favorecedor y se había aclarado un par de tonos. Incluso le notó el cutis más limpio y se había arreglado las uñas que antes se mordía. Estaba muy guapa.

— Me gusta el cambio, estás muy guapa.

— Gracias. — le respondió algo decaída — A ti seguro que te quedaría mucho mejor. Siempre te quedaba bien todo…

No supo qué contestar, así que se limitó a encogerse de hombros.

— El primer día de clase todos los chicos preguntaron por ti… eras tan popular… todos estaban enamorados de ti…

— Creo que exageras…

— En absoluto.

Rika se acercó a una estantería y cogió una de las fotografías enmarcadas para poder mirarla mejor. En esa fotografía aparecía ella embarazada con Inuyasha y Kamui. Él hizo que la tomaran cuando estaba de siete meses. Era su primera fotografía familiar. Se sintió un poco incómoda en presencia de Rika. Nunca se llevaron demasiado bien aunque parecieron llegar a un acuerdo por un tiempo. En ese instante, había algo en ella que le provocaba escalofríos.

— Iré a preparar algo de té.

Con esa excusa podría calmarse en la cocina.

— De acuerdo.

— ¿Te gustan las pastas? — preguntó antes de entrar en la cocina.

— ¿Y a quién no?

Al salir Kagome del salón, tomó otra fotografía familiar. En esa aparecía Kagome con un bebé entre sus brazos junto a Inuyasha y su hijo. Apretó el marco entre los dedos hasta que se le pusieron los nudillos blancos al mirarla. Ella era el centro de ambas fotografías, el foco del fotógrafo y de Inuyasha. ¿Por qué era siempre ella? ¿Por qué Kagome siempre le quitaba los hombres que ella quería? No era tan buena. Quizás por fuera pareciera perfecta, pero estaba segura de que jamás sería tan devota como ella. No estaría dispuesta a hacer cualquier cosa por él. No…

— Mmm… buuaa… ahhh…

— ¿Eh?

Se giró al escuchar el quejido y la vio por primera vez en persona. Aquella era la hija que Kagome había tenido con Inuyasha, el lazo que los unía y la alejaba a ella. Por culpa de esa niña, ella había perdido a Inuyasha justo cuando ya lo tenía al alcance de sus manos. Si solo Kagome no se hubiera quedado embarazada, ella podría haber tenido una oportunidad. Sin embargo, Kagome usó esa maldita artimaña para hacerse con él de nuevo cuando lo perdió por su falta de devoción. Lo había ocultado en el instituto, mas no pudo engañarla a ella. No pudo dejar de notar que, después de tanto tiempo separados, ella empezó a ir al instituto por las mañanas en el coche de Inuyasha. La mantuvo vigilada hasta que un día, oculta en el baño de chicas, le escuchó hablar con sus amigas sobre el bebé creyendo que estaban solas.

Furiosa, se arrodilló junto a la hamaca y contempló a la niña que la había separado de Inuyasha. Era tan bonita que le dieron arcadas. Tenía lo mejor de cada uno; era perfecta. Si le hacía daño a esa niña, Inuyasha jamás se lo perdonaría. No obstante, aún había algo que podía hacer para separarlos. Toleraría a la hija de Kagome si Inuyasha era suyo.

— ¡Aquí está el té!

Al entrar al salón tan repentinamente, Kagome debió pensar exactamente lo que ella había fantaseado. Sus manos en el aire sobre la niña parecían amenazar con estrangularla, algo que haría encantada si creyera que con eso iba a recuperarlo. Sin embargo, no fue a su casa para eso, ni tenía interés en acabar en la cárcel. Solo quería que le dieran lo que era suyo por derecho. Por lo tanto, tendría que convencerla de que no tenía intención de hacer daño a la niña.

— Kagome, yo no…

— ¿Se ha despertado? — le preguntó ajena a lo que pensaba — ¡Vaya, siempre se despierta en el momento más puntual!

Kagome dejó la bandeja sobre la mesa y se arrodilló junto a Rika.

— Espera un momento, por favor. — cogió a la niña — La cambio y luego te sirvo el té.

— Vale.

Dejó caer la cabeza hacia delante y recuperó el aliento cuando Kagome salió del salón con la niña. Debió imaginar que sería demasiado tonta como para darse cuenta de lo que sucedía. Kagome nunca fue muy espabilada, especialmente para las relaciones sociales. Nunca se enteraba de lo que pasaba a su alrededor y mal interpretaba todo. No sabía que todos los chicos querían salir con ella, no sabía que casi todas las chicas del instituto la odiaban, no sabía que ella e Inuyasha…

Kagome regresó al salón con la niña en brazos. La volvió a colocar en la hamaca y sirvió el té con una sonrisa. Si supiera para qué había ido allí, no sonreiría tanto. Estaba a punto de perderlo todo y ni siquiera lo sospechaba.

— ¿Cómo se llama la pequeña? —preguntó con tono casual.

— Himawari, — contestó Kagome — Himawari Taisho.

A Rika le pareció más que innecesario decir el apellido. Tenía la impresión de que trataba de regodearse por haber salido victoriosa. ¿Por qué se tenía que quedar ella con Inuyasha? Calma, debía calmarse. Cuanto más confiada estuviera, mayor sería la caída. No podía permitir que Kagome se quedara con el hombre que la había cautivado sin presentar pelea. Su buen talante, aquella belleza tan masculina, su olor, su dureza… ¡Él era perfecto!

— ¿Kagome?

— ¿Sí?

— En realidad, esto… esto no es una visita de cortesía… — musitó.

¿Por qué de repente no se sentía tan valiente?

— Me lo imaginaba. — acunó a su hija — Nadie se toma tanto esfuerzo por conseguir una dirección solo para hacer una visita de cortesía.

A lo mejor no era tan tonta como ella creyó en un principio.

— ¿Cómo sabías que debías buscar a Inuyasha? No creo que mis amigas…

— No, Yuka, Eri y Ayumi no han tenido nada que ver… — corroboró sus sospechas — Yo ya sabía lo tuyo con Inuyasha desde hace mucho tiempo.

— ¿Lo imaginaste o nos viste? Creo que no siempre fuimos tan cuidadosos como debiéramos haber sido…

El momento en que Houjo los descubrió al salir de la biblioteca el día del festival de navidad le vino a la cabeza como un flash. Aquel recuerdo era tan desagradable que dejó la taza sobre la mesa al sentir un retortijón. Debía calmarse. Ese Inuyasha había desaparecido, era una persona nueva que la amaba.

— Algo así…

— Por suerte, ya no tenemos que escondernos… — sonrió — Ahora que vamos a casarnos, todo eso terminará.

— Quería contarte algo que, francamente, creo que deberías saber…

Tenía que animarse a decirlo. En cuanto Kagome supiera la verdad, liberaría a Inuyasha por siempre de su yugo. No podía permitir que se casaran.

— Verás… hace casi un año…

No sabía ni por dónde empezar. ¿Cómo se explicaba aquello? Pues desde el principio y con todos los detalles posibles o Kagome no la creería. Le narró su encuentro con Inuyasha al salir del pabellón del gimnasio, lo que él le dijo y lo que hicieron. No escatimó en detalles aunque trató de no ser demasiado dura, pues no quería convertir lo mejor que le había pasado en la vida en una vulgaridad. Fue franca y clara, y relató también sus sentimientos y las indirectas que Inuyasha le lanzó hasta que ella regresó embarazada.

Al terminar el relato, Kagome estaba tan pálida que por un momento se planteó que necesitaran llamar a una ambulancia. Supuso que debía ser muy duro saber que en realidad no era la número uno para Inuyasha. No era tan tonta para pensar que ella sí lo era, pero Kagome tampoco o nunca habría estado con otra mientras ellos tuvieron una aventura.

— No puede ser verdad…

Le temblaba tanta la voz que sintió cierta lástima. ¡No! Debía mantenerse firme. Kagome era el enemigo y tenía que deshacerse de ella.

— Kagome, no te miento.

— ¡No es verdad! — gritó en esa ocasión.

El recuerdo de aquel día afloró también en la mente de Kagome.

¿Qué has estado haciendo mientras me cambiaba? Me sorprende que hayas llegado más tarde que yo…

Le he dejado un par de cosas claras a esa tal Rika.

¡No es verdad! — exclamó horrorizada — ¡Va a odiarme!

Tranquila, solo la he convencido para que te deje en paz.

¿Estás seguro? — le preguntó dudosa.

Sí, preciosa.

No sabía lo que hizo, no se lo contó y evitó la pregunta cuando quiso averiguarlo. ¿La evitó porque acababa de acostarse con otra? Después, esa misma tarde, se volvió a acostar con ella. No podía ser verdad, no podía ser tan ruin como para hacerle algo tan horrible. La fidelidad de Inuyasha hacia ella era la cosa que menos dudas le había generado hasta ese instante. Hubo momentos en los que creyó que se iría con otra, pero no sin romper su relación antes. ¡Eso nunca! Sin embargo, Rika estaba allí completamente segura de lo que estaba diciendo. Desearía tanto poder decir que mentía y ya está.

¿Quién mentía? ¿Qué ganaba Rika contándole aquello más que provocarle dolor? Ganaba a Inuyasha, claro. ¿Cómo no se dio cuenta? Aquel día tras el partido, cuando puso aquella cara tan larga tras reconciliarse con él… ¡Ya lo sabía todo! Deseaba que ellos rompieran…

Justo en ese momento, se abrió la puerta de la entrada. El sonido de unos zapatos, el habitual saludo de Inuyasha, el quejido de Himawari reclamando la atención de su padre y la risa de Kamui mientras corría por el salón en su busca sin darle la menor importancia a la extraña. Lo recibió entre sus brazos sin saber muy bien qué hacer por primera vez porque aquel mundo perfecto que había construido solo era imaginario. La expresión de Inuyasha al ver a Rika allí se lo confirmó. Vio el pánico en su mirada mientras paseaba la mirada de una a la otra.

— Cielo, tienes la merienda en la cocina, ¿por qué no meriendas allí?

No sabía ni cómo se las apañó para hablar a Kamui sin que le temblara la voz. El niño asintió con la cabeza, le dirigió una mirada curiosa a la otra chica y fue corriendo hacia la cocina.

— Kagome…

Escucharle pronunciar su nombre fue demasiado. No lo dejaría pasar, no sería la estúpida de nuevo.

— Es cierto que hace casi un año, después de haber hecho el amor conmigo, horas antes de volver a hacerlo… — recordó — ¿T-Tú… te tiraste a esta zorra?

— ¡Serás hija de...!

No, no iba a cargar contra Rika mientras evadía sus preguntas. Se interpuso entre los dos con el ceño fruncido y los brazos extendidos en claro signo de protección. Su enemiga allí no era Rika; ella solo era otra víctima de un hombre sin escrúpulos que la había engañado en demasiadas ocasiones.

— Solo responde a mi pregunta. ¿Sí o no?

Quedó muy sorprendido por el tono de voz de Kagome. No solo era el tono que utilizaba cuando estaba enfadada, también era el tono que utilizaba cuando estaba por derrumbarse. Si le decía la verdad, quedaría destrozada, y, si le mentía, no le creería y empeoraría las cosas. ¿Qué debía hacer?

— Kagome, yo…

— ¡Responde! — exigió.

Gritar era algo que Kagome no acostumbraba a hacer excepto en circunstancias muy particulares. Por supuesto, solo él era capaz de sacar a relucir esa parte de ella. Tal vez porque solo él era capaz de decepcionarla en tantas ocasiones. Aquello, lo sucedido con Rika, fue solo un error cometido por un hombre completamente diferente al que era en ese momento. Había intentado vivir con ello, ignorarlo y ocultárselo, pero la verdad era que desde que cometió aquella estupidez, supo que llegaría el día en que tendría que pagar por ella.

La verdad era su única opción en ese momento. Kagome no toleraría una mentira, ni estaba seguro de ser capaz de mantenerla por mucho tiempo.

— Sí, es verdad…

Himawari lloró en ese instante, haciendo saber que quería que le prestasen atención a ella. Cuando hizo amago de tomar a su hija en brazos, Kagome lo miró con tal rabia que se detuvo. Entonces, fue ella quien acunó a su hija entre sus brazos y lo miró con tanto odio que sintió como si le arrancaran el corazón del pecho. Kagome no, ella no podía mirarlo así, no podía odiarlo. La había perdido en una ocasión; no podía sucederle aquello de nuevo. ¡No lo superaría!

— Yo… ya no soy ese hombre Kagome…

Le ofreció la mano en una silenciosa súplica de perdón. Kagome miró con ansiedad esa mano, ese intento de hacer la paz entre ellos, pero no lo aceptó a pesar de desearlo.

— Lo sé… — musitó al fin — Pero no sé si puedo perdonarte esto…

Eso sí que podía entenderlo.

— Kagome…

— ¡No! — se apartó de él — ¡Quiero estar sola!

Lo rodeó para acceder al corredor que daba a los dormitorios con la niña en brazos. Escuchó la puerta de su dormitorio cerrarse y el cerrojo que compraron para evitar que Kamui por error entrara mientras mantenían relaciones. Para él fue como si le cerrara la puerta de su corazón en las narices. Nunca la había visto así aun con todo el daño que le provocó desde que se conocieron. Era como si se hubiera roto, como si algo hubiera dejado de funcionar bien en ella y él fuera el único responsable.

— Inuyasha…

La voz de Rika lo despertó de su ensoñación. Entonces, una neblina roja le cubrió la vista y provocó que le hirviera la sangre. Solo el hecho de que debía proteger el secreto de la familia evitó que su otro yo lo dominara por completo para cumplir el deseo de venganza. Necesitaba calmarse antes de cometer una estupidez. Esa chiquilla había ido demasiado lejos, era verdad, pero él también lo fue. No era justo que la castigara por algo de lo que él fue mucho más responsable.

— Lárgate…

Rika dejó la taza de té sobre la mesa y se levantó sin la menor intención de marcharse todavía. Había ido hasta allí para deshacerse primero de su principal obstáculo, que era Kagome, y para después conquistar a Inuyasha. El primer objetivo estaba cumplido, así que solo le faltaba concluir con el segundo. Ya estaba libre, ya era suyo.

Se abrazó a su pecho, feliz y entregada. Había esperado tanto por ese momento que le temblaban las manos por la anticipación.

— ¿Qué coño crees que estás haciendo?

Esa no era la respuesta que ella esperaba. Levantó la cabeza para mirarlo y quedó francamente sorprendida por su furia. Había hecho lo que él quería, Kagome solo era una carga totalmente innecesaria.

— Yo…

— ¡Te he dicho que te vayas! Aquí no tienes nada que hacer…

— ¡Pero nosotros…!

— ¡No hay ningún nosotros! ¡Nunca lo ha habido! — la repudió.

Sabía que era extraño que Rika se le acercara y se mostrara tan complaciente teniendo en cuanta lo sucedido entre ellos. ¡Maldita niñata! ¡Y maldita Rin! No sabía por qué algunas mujeres tenían esa tendencia de correr hacia el mal tratador. Bueno, en el caso de Rin conocía bien su maldad, pero Rika lo miraba con una devoción que le ponía los pelos de punta.

— ¿Por qué no te quedas conmigo? Kagome nunca te ha querido como yo…

No, Kagome lo había amado incondicionalmente y él pisoteó esos sentimientos en demasiadas ocasiones.

— ¡Vete! — agarró su muñeca y tiró de ella hacia la salida — No quiero volver a verte nunca, ¿entiendes? Nunca ha habido ni habrá nada entre nosotros.

— Pero…

— ¡Vete ahora o no me hago responsable de lo que haré contigo!

— ¡Sí hazlo, por favor!

Entonces, volvió a abrazarse a él como una lapa. ¡Dios, esa chica tenía serios problemas! Se equivocó al hacerle aquello a Kagome y se equivocó aún más escogiendo a aquella neurótica. Los padres tendrían que llevarla al psiquiatra para poner en orden esa cabeza.

— ¡Largo!

Abrió la puerta y la empujó fuera sin ninguna delicadeza. Después, volvió a cerrar sin volver a mirarla y echó todos los cerrojos por si la lunática intentaba hacer cualquier tontería. Solo le faltaba otra Rin en su vida.

Se apartó de la puerta con el estómago hecho un nudo y regresó al salón. Kamui estaba allí, solo y confuso. Seguro que había escuchado algunas cosas y que no sabía cómo interpretarlo. Intentó tranquilizarlo con algunas explicaciones someras y logró convencerlo para que se sentara a ver los dibujos. Kagome era otra cuestión: ella no se calmaría tan fácilmente. Ni siquiera tenía claro si podría perdonarlo por aquello. El anillo de compromiso que había comprado para ella esa misma mañana le quemaba el muslo desde el bolsillo del pantalón. Iban a anunciárselo a la familia tras ponérselo en el dedo…

Tenía que hablar con ella, intentar aclarar las cosas, explicarle, suplicarle perdón… ¡Lo que hiciera falta! Intentó abrir la puerta del dormitorio sin éxito. Entonces, recordó que Kagome había echado el cerrojo. Decidido a no dejarlo pasar por más tiempo, tocó la puerta con los nudillos. Si le daba demasiado tiempo para comerse la cabeza, terminaría por odiarlo.

— ¿Qué quieres? — preguntó Kagome desde dentro.

— Solo quiero hablar contigo…

— ¡Pues yo no quiero!

— Kagome… por favor…

Le habría suplicado de no ser porque Kagome le abrió la puerta segundos después con los ojos inyectados en lágrimas. Eso era lo último que él querría. Había luchado los últimos meses desde que se reencontraron por hacerla feliz. ¿Por qué siempre encontraba la forma de fastidiarlo todo?

— Kagome…

— ¿Por qué no soy suficiente para ti?

Sabía que ella empezaría a pensar cosas sin sentido si le daba demasiado tiempo.

— ¡Sí que lo eres, Kagome!

Lo que sucedió a continuación fue algo que no pudo predecir. Kagome se le echó encima no para atacarlo ni para llorar sobre él, sino en un ataque puramente sexual que despertó la bestia que llevaba dentro. Ella mordió su cuello con frenesí mientras le sacaba a tirones y desgarrones la camisa. Él colocó las manos sobre sus suaves muslos levantándole la falta. El gemido de ella lo animó a seguir ascendiendo hasta tomar sus nalgas y apretarla contra él. La transformación no tardó en llegar y, al igual que siempre que se transformaba mientras hacían el amor, apenas la sintió. Solo sintió como su apetito sexual se incrementaba.

Kagome lo empujó sobre la cama, tomando el control de aquel encuentro sexual. Se sentó a horcajadas sobre sus caderas y comenzó a lamer sus pectorales y su abdomen de forma descendente hacia sus pantalones. Desabrochó el cinturón del pantalón y bajó la bragueta bruscamente. Inuyasha ya estaba más que preparado para aquel encuentro sexual; él siempre estaba preparado para ella. Eso le llevó a pensar si habría estado así de dispuesto para…

Sacudió la cabeza intentando alejar esos pensamientos que tanto mal le provocaban. No quería pensar en Rika y en Inuyasha ni en cualquier otra mujer que se hubiera acostado con él. Solo quería disfrutar de ese momento, sentirse amada aunque supiera que eso no era posible. Por eso, apartó el bóxer de un tirón que los desgarró y dejó salir el atormentado miembro que buscaba sin descanso la culminación. Justo en ese instante, sintió como le eran arrancadas las bragas blancas de encajes que se puso esa mañana para impresionarlo. A continuación, una gran mano que ella conocía bien la acarició donde ella más lo necesitaba. Él siempre sabía dónde acariciar, dónde frotar, de qué manera hacerlo y cuándo penetrarla.

Casi había conseguido llevarla al orgasmo cuando le apartó la mano y ella misma la sustituyó por su miembro. Se deslizó sobre él hasta haberlo introducido por completo y comenzó a mover las caderas buscando llegar al éxtasis. Gimió al sentir las duras caricias sobre su camisa, en sus senos. No podría aguantar esa dulce tortura por más tiempo. Cayó sobre su tórax para así poder besarlo en la boca, tal y como deseaba, y siguió moviendo las caderas con la ayuda de las manos de él, las cuales marcaban el ritmo. Los dos gritaron cuando culminaron al mismo tiempo y sus respiraciones agitadas por el salvajismo del acto fueron lo único que se escuchó en el dormitorio.

Inuyasha se durmió poco después; ella no podía dormir. Había querido hacer el amor con él antes de marcharse para siempre. Había deseado tenerlo solamente para ella por una última vez y así había sido. Ya podía marcharse.

Se levantó de la cama con sumo cuidado de no despertarlo y se puso unas bragas y una falda que cogió de un cajón del armario. Se puso de puntillas para alcanzar las maletas que estaban en lo alto del mismo armario y las bajó temiendo que se le pudieran caer. Inuyasha tenía el oído muy fino, debía ser muy cuidadosa. Abrió los armarios y cajones y tomó prendas y objetos personales de su hija y suyos que pudieran necesitar a corto plazo. Ya le pediría a su padre que recogiera el resto de sus cosas.

Al acercarse a la cuna, descubrió que Himawari estaba despierta y confundida. Ese día, por primera vez, no había abrazado a su padre cuando regresó del trabajo. ¿Se sentiría igual de ahí en adelante? ¿Podría aprender a sobrevivir sin él? ¿Y ella podría?

Continuará…