axMaryJadex: me planteas una pregunta en uno de tus comentarios. Me encantaría ayudarte si me mandas un mensaje privado explicándome la situación de la forma más concreta posible. Estoy muy ocupada entre trabajo, estudios, casa, pareja, etc., pero sacaré un hueco para contestarte lo antes posible si te interesa.


Capítulo 18: las consecuencias del desamor

No estaba segura de lo que estaba haciendo, pero sí tenía claro que necesitaba tiempo para reflexionar sobre lo que había sucedido, sobre sus hijos y sobre ellos. Algo se había roto dentro de ella cuando descubrió lo que Inuyasha hizo, algo que no sabía si era capaz de recomponer. A pesar de haber presenciado el cambio del Inuyasha que hizo algo tan horrible como aquello y el que en la actualidad le había pedido matrimonio, una parte de ella estaba celosa de Rika y furiosa con él. Algunas cosas como aquella eran difíciles de perdonar y mucho más de olvidar.

Tal vez hubiera sido diferente si él mismo se lo hubiera dicho, si hubiera hecho algo por intentar arreglar esa brecha por sí mismo. No obstante, había sido una tercera persona la que había tenido que intervenir para que él fuera sincero. ¿Por qué cuando creía que él confiaba en ella, que ya no había secretos, él siempre la decepcionaba? ¿Qué más cosas le ocultaría? La revelación de su gran secreto parecía un paso adelante para ambos, una forma de unirse más. Creyó que las cosas cambiaron ese día. ¡Qué tonta fue! Una parte de Inuyasha siempre estaría alejada de ella. Si la amara, se lo habría dicho.

Pulsó el botón del ascensor y esperó a que la llevara a su destino sin prestar demasiada atención a los otros vecinos. ¿Por qué le pidió que se casaran? Ella lo había interpretado como una clara confesión de amor. Sin embargo, ¿qué pretendía él cuando se lo pidió? Es decir, ¿se casaba con ella por amor? ¿Por hacer legal su unión ante sus hijos? ¿Por conveniencia? ¿Por qué se lo pidió si tenía planeado fundar una relación sobre la mentira y el engaño? Su proposición la había ilusionado de verdad porque, en vista de los motivos y el desenlace de su anterior matrimonio, aquello le pareció el inicio de una verdadera relación.

Estaba hecha un lío. De repente, se encontraba sola, al cargo de una niña, confusa y sin un lugar al que ir. Si regresaba a casa de sus padres, temía causar un alboroto innecesario. Antes de decidir si dejar a Inuyasha definitivamente, necesitaba un punto blanco donde poder transitar sin peligro. Inuyasha no debía poder alcanzarla y sus padres no podían saberlo todavía para que no se formaran ideas equivocadas. Por eso, si su tía la aceptaba, había escogido su casa. De no aceptarla tras la última pelea, no sabía a dónde iría.

De solo recordar la última conversación con Kikio se le encogía el estómago. Las dos dijeron cosas horribles que seguro no sentían. Comprendía el miedo inicial de Kikio, aunque no podía comprender que no intentara entender la situación en la que estaba Inuyasha. Tampoco comprendería nunca su falta de atención hacia su propio hijo. Ella, por otra parte, se puso tan celosa que se avergonzaba de solo recordar su propia reacción. Había llegado incluso a creer que Kikio quería robarle a Inuyasha cuando eso era algo que no podría estar más alejado de la realidad. ¿La perdonaría por eso?

Empujó el carrito de Himawari cuando se abrieron las puertas y tiró de su maleta doble. Parecía increíble la cantidad de cosas que uno llegaba a acumular a lo largo de la vida. Aunque, pensándolo fríamente, ella apenas tuvo tiempo de acumular casi nada en casa de Inuyasha. Había sido tan corto su periodo allí… ¿Cómo estaría Kamui? La vio marcharse con Himawari y con la maleta…

Se detuvo frente a la puerta del apartamento de Kikio con el corazón en el puño e hizo amago de tocar al timbre sin llegar a accionarlo. ¿Y si la rechazaba? Volver a casa de Inuyasha no era una opción y sus padres harían demasiadas preguntas que todavía no estaba preparada para responder. De repente, ya no estaba tan segura de lo que estaba haciendo. No sabía si soportaría que su tía le diera la espalda en ese momento y no podía quedarse en la calle con su hija. Ella…

Decidieron por ella. La puerta se abrió de golpe con una Kikio que prácticamente se lanzó al corredor vestida de fiesta. Tropezó con ella y a punto estuvieron de caerse sobre el carrito del bebé. Por suerte, su instinto de protección hacia su hija le dio los reflejos que necesitaba para agarrarse al marco de la puerta y evitar así la caída.

— ¿Kagome?

Su tía se apresuró a recuperar el equilibrio con cara de asombro al verla. Seguro que no esperaba encontrarla allí, especialmente después de su última pelea.

— Kikio… yo…

Se mordió el labio con nerviosismo, un gesto adquirido de la niñez. No sabía cómo explicarse.

— Verás, Inuyasha…

— No digas nada.

Kikio lo entendió. Primero, le ayudó a meter su maleta y a la niña y, después, le pasó un brazo sobre los hombros y la acogió en su hogar sin hacer preguntas.


Sentía los músculos entumecidos tras haber hecho el amor de aquella forma tan descontroladamente apasionada con ella. Le pareció haber estado durmiendo durante un día entero. Jamás había acabado tan machacado tras hacer el amor. De hecho, solía querer más, no dormirse. Supuso que la tensión por todo lo que había sucedido era el motivo por el que se sentía tan agotado. Kagome estaba tan dolida, tan hecha polvo, tan decepcionada… ¡Kagome! Tenía que ocuparse de ella, cuanto antes. Aquella era una crisis que debían superar por el bien de su matrimonio… si aún lograba que se casara con él…

Abrió un ojo primero y luego el otro con sumo cuidado y lentitud. La habitación le daba vueltas. Miró el reloj digital que estaba colocado en la mesilla y estuvo a punto de gritar de la impresión al ver que eran las diez de la mañana del día siguiente. ¿Cómo demonios pudo dormir tanto en un momento como ese? No había ido al trabajo, no llevó a Kamui al colegio y estaba solo en la cama. ¿Dónde demonios estaba Kagome? La cama a su alrededor estaba fría, como si nadie hubiera dormido a su lado. ¡Tenía que encontrarla!

Se levantó de un salto de la cama, olvidando por completo ese extraño mal estar y salió al pasillo. En el cuarto de baño no había nadie. Las habitaciones de invitados estaban vacías y también la de Kamui. Escuchó el sonido de la televisión. Corrió hacia el salón como un loco, pero allí solo estaba Kamui. Estaba en pijama, había paquetes de galletas abiertos sobre la mesa, todo estaba lleno de migas y él tenía la boca llena de chocolate.

— ¿Hoy no hay colegio, papá?

— No…

Ya no podía llevarlo al colegio. Bueno, en realidad, sí podía. Desgraciadamente, él se encontraba cada vez peor. Su única esperanza era que Kagome estuviera en el comedor o en la cocina. Tal y como esperaba, en el comedor no había nadie. Abrió la puerta de la cocina con la mano temblorosa. Estaba vacía. ¡Diablos! ¿Dónde estaba Kagome?

— ¡Kamui!

Kamui se había levantado del sofá para cuando él regresó al salón. Tenía la cabeza gacha y se retorcía las manos como si estuviera esperando un sermón. Kamui era un niño, no podía comportarse como un lunático frente a él.

— ¿Sabes dónde está tu madre?

— Ayer salió con Himawari…

¡Himawari! Corrió de nuevo hacia su dormitorio, hacia la cuna. Estaba vacía. Se había ido, lo había abandonado y se llevó con ella a la niña. Abrió el armario de par en par y miró horrorizado el hueco vacío de las maletas y todas las perchas vacías. Aún quedaba ropa, pero se llevó gran parte de sus pertenencias y de la niña. ¿A dónde habría ido? ¿Estaría en casa de sus padres? Eso esperaba. No podía ni imaginarla vagabundeando por las calles con la niña.

Takeo iría a matarlo en cuanto supiera lo que sucedió entre ellos y, lo peor de todo, era que se lo merecía. Abriría los brazos y abrazaría su destino cuando eso sucediera. Había fallado a Kagome una vez más. Todos sus intentos por formar una familia fracasaron porque él no merecía tal cosa. Estaba claro, al fin lo veía todo claro. No había nacido para ser feliz, estaba predestinado a la soledad, el desamor y la amargura. Kagome solo fue un recordatorio de que esa felicidad que había llegado a rozar con los dedos no le pertenecía.

Todo empezó con su madre. Sus primeros años de vida fueron un infierno del que jamás quiso hablar ni con su padre. A pesar de las preguntas y de los psicólogos que visitaron, él nunca dijo ni una sola palabra de cuanto vivió con su madre y su hermano no lo sabía todo aunque formó parte de aquel calvario. Cuando creía que todo había acabado, Rin se convirtió en el siguiente obstáculo en el camino y tuvo que marcharse del hogar que amaba para alejarse de ella antes de destrozar la felicidad de su familia. Entonces, llegó Kikio como un huracán y arrasó con todo. Para cuando Kagome lo encontró, solo quedaban pedazos de él, nada que pudiera ser recompuesto. Sabía cuánto se había esforzado ella, lo mucho que dio en esa relación y que lo amó, pero él lo estropeó todo de nuevo. Había perdido lo mejor que le había pasado en la vida por ser un idiota, por huir del amor, por intentar que su cercanía no le afectara. El pasado lo perseguía.

— Kagome… por favor… no me dejes…

Su súplica jamás sería escuchada, pues ella no le daría ni esa ventaja. El anillo de compromiso que sellaría su amor permanecía en el bolsillo de su pantalón. Ella jamás lo usaría y él no lo devolvería. En ese anillo había grabado y concentrado su amor por ella y permanecería por siempre a su lado, recordándole que una vez amó y fue amado; recordándole que el amor no era una opción para él.

— ¿Papá?

— ¡Ahora no, Kamui!

Entonces, escuchó el quejido de su hijo, algo parecido a un sollozo. Al volverse, lo vio en la puerta de su dormitorio con la cara manchada de chocolate y las lágrimas corriendo por sus mejillas. No importaba cuan mal se sintiera, él era padre las veinticuatro horas del día. No podía permitirse el lujo de que Kamui supiera que algo iba mal, de que se culpara, de pagar con él sus frustraciones.

— ¿Por qué lloras, Kamui?

— Mamá se ha ido, ¿verdad? Como mi otra mamá…

Sabía que Kagome no se fue con la intención de herir a Kamui y seguro que estaba preocupada por él. Aunque… ¡demonios! Ella era madre, debería ser más consciente de esas cosas. Ya no podía comportarse como una adolescente, tenía que madurar. Si estaba enfadada con él, lo entendía, mas no podía pagar sus frustraciones con los niños. Kamui se había acostumbrado a tener una madre después de tantos años de soledad y Himawari también tenía un padre. No podía decidir cortar por lo sano de esa forma. Y él no podía poner a Kamui en su contra.

Encontraría a Kagome costara lo que costase y, si bien lo suyo no tenía arreglo, se pondrían de acuerdo por el bien de los niños costara lo que costase. Aquello no iba a quedar así.

— Kamui… — se acuclilló frente a él — Han sucedido algunas cosas y mamá ha tenido que irse…

— ¿No está enfadada conmigo?

— Por supuesto que no.

— ¿Y tú?

¿Él? ¿Acaso parecía enfadado? Seguro que sí. Se había comportado como un loco desde que se despertó.

— No, no lo estoy. Solo estoy triste, como tú…

Se inclinó y lo abrazó. Estaba mucho más que triste, estaba desesperado. ¿Cómo iba a poder mirarla a la cara de nuevo para ponerse de acuerdo por el bien de los niños sin evocar cuanto había perdido? ¡No! No podía pensar en eso, no hasta haberse ocupado de Kamui. Después, cuando estuviera más tranquilo, sería su momento para despellejarse vivo en soledad.

— ¿Te acostaste tú solo anoche?

— Sí, estabas dormido.

— ¿No tuviste miedo?

Kamui siempre quería que revisara el armario antes de dormir.

— No, porque mamá me dio un amuleto…

— ¿Un amuleto? ¿Qué amuleto?

Como no tenía ni la más remota idea de lo que Kamui le estaba hablando, se lo mostró él mismo en su dormitorio. Todo parecía estar en orden. Kamui se subió sobre la cama, metió la mano bajo la almohada y sacó algo de debajo. Eran pequeños muñecos de trapo hechos a mano que se parecían a ellos. Había cuatro: uno por cada uno de ellos. ¿Kagome cosió esos muñecos pensando en ellos?

— Mi familia me ha protegido…

Agarró el muñeco con la forma de Kagome y acarició su cabello hecho de lana. La amaba…


— ¡Qué bonita es!

Kikio agarró a Himawari y la levantó en el aire una vez más. Había estado jugando con ella desde que eructó tras tomar el desayuno. Sabía que le encantaría Himawari, pero, aun así, no podía dejar de sorprenderse cuando la veía levantarla de esa forma, hablarle como si la entendiera. A Kikio nunca le habían gustado los niños, solo se había relacionado hasta entonces con ella. ¿Cómo habría sido para Kamui si su propia madre le hubiera prestado la mitad de atención que le prestaba a otra niña? No lograba entender por qué no quería a Kamui y quizás eso era algo que jamás sabría.

— Himawari es un nombre bastante largo, ¿no?

— Por eso la llamo Hima. — contestó sonriendo.

— ¡Qué nombre tan mono para una criatura tan encantadora!

Su tía volvió a dejar en la hamaca a la niña y la miró aparentemente contenta de su presencia allí. Se alegraba tanto de haber sido bien recibida en su hogar después de todo lo sucedido entre ellas… Kikio había entendido perfectamente que no quisiera hablar del tema. No merecía tanta compasión por su parte.

Se sentó junto a ella en el elegante sofá de terciopelo que hizo traer desde Francia y colocó una de sus manos sobre la suya. Estaba muy preocupada por Kagome desde que se enteró de que se había mudado con Inuyasha. Comprendía que estando embarazada había pocas opciones; sin embargo, siempre supo que Inuyasha la terminaría destrozando. La notaba mustia, triste, amargada. La Kagome que ella conocía era una chica alegre con un brillo muy especial en los ojos que en ese instante se había evaporado.

Inuyasha era alguien que Kagome no podía manejar; lo supo desde que fue consciente de su relación la primera vez que coincidieron los tres. No se trataba solo de su secreto, iba más allá de eso. Ya antes de saberlo, siempre anduvo de puntillas a su lado. Inuyasha era posesivo, celoso, acaparador y muy exigente. Tenía opiniones fuertes y hacerle cambiar de opinión era algo muy complicado. Unido a todo eso, siempre fue muy buen abogado y amante. Sabía cómo convencer a una mujer para vivir bajo su yugo. Kagome era demasiado ingenua para él. Si además se añadía lo que él era en realidad… ¿Qué demonios le había hecho ese monstruo?

— ¿Kagome?

— ¿Sí? — se encogió de hombros temiendo la pregunta.

— ¿Me lo vas a contar?

No sabía si estaba preparada para decirlo. Suspiró una vez más sintiendo que le faltaba el aire en los pulmones y, para su sorpresa, comenzó a hablar. Le contó todo. Como Kikio sabía el secreto no tenía por qué reprimir una sola palabra y habló y habló hasta que las lágrimas volvieron y aquel momento tan doloroso revivió. Después de haberlo soltado todo, se sintió liberada. Hasta ese momento, no supo cuánto necesitaba decirlo en voz alta, consultarlo con alguien más.

— En realidad, me sorprende escuchar algo así de Inuyasha…

— Yo creía… creía… ¡creía que me amaba!

Sintió unas convulsiones en el pecho debido a las dificultades para coger aire. Kikio le ayudó con algunos ejercicios hasta que se reguló.

— No te sulfures, cariño… Hay muchos hombres en el mundo y, aunque no te lo creas, no todos son monstruos sin sentimiento ávidos de sexo… Ni siquiera Inuyasha es tan… bueno… tan horrible como crees… — le palmeó la espalda — Yo he tardado más de lo que me gustaría en descubrirlo…

— ¿Hablas de alguien en particular?

— Eh, bueno… ¡No hablemos de mí ahora!

En realidad, le vendría de maravilla hablar de otra persona que no fuera ella misma, sobre todo cuando el tema era algo tan inesperado.

— Por favor, cuéntame…

Kikio Tama estaba enamorada, ¿quién lo iba a decir? Conoció a alguien especial en su último viaje a Francia. Le habló de su romance a la fuerza aunque lo había calificado como un mero affair, nada especialmente relevante. No obstante, al parecer, el hombre con el que se vio, la había estado buscando desde entonces y no había parado hasta dar con ella. Llevaban unos meses saliendo juntos y su relación iba en serio. Él le había pedido que se casaran y que vivieran juntos en París.

— Si eres tan feliz, ¿por qué dudas?

— Si te lo dijera, no te lo creerías…

— Pruébame.

La mujer flexionó las rodillas y se las abrazó con la mirada perdida en alguna otra parte.

— Sé que soy una mala madre, pero siento que no debería alejarme tanto, por si acaso… — suspiró — Aunque me cueste admitirlo, Inuyasha lo está haciendo genial con Kamui, especialmente teniendo en cuenta que no es hijo suyo. Yo, mientras tanto, soy un desastre…

— ¿Tu novio sabe lo de Kamui?

— Sí, lo sabe todo y, aun así, me quiere… ¡Es increíble!

— Podrías intentar ser una madre para Kamui si de verdad sientes que…

— Ya es tarde, Kagome. Yo ya he fracasado y no quiero alterar su ritmo de vida e invadir su espacio. Tú eres una madre para él ahora y es mejor que siga siendo así. Sé que estará bien si te tiene a ti…

No sabía que su tía se sintiera de esa forma. Se había limitado a pensar que era una mala madre por no querer hacerse cargo de Kamui sin saberlo todo. Sin duda alguna, se equivocó en su día, pero era consciente del error y quería lo mejor para Kamui. Quizás no todo era blanco o negro como siempre imaginó. A medida que pasaba el tiempo, que ella se veía obligada a madurar más para hacerse cargo de las responsabilidades que se habían adelantado, se daba cuenta de que el gris era el color que primaba. Ni Kikio e Inuyasha eran tan malos ni ella era tan buena.

Esa noche tampoco pudo dormir bien. Por más que intentara negarlo, no podía ocultar lo mucho que amaba a ese hombre. Se descubría a sí misma mirando al vacío mientras una voz interior le repetía que él era el único hombre de su vida. Desgraciadamente, el dolor por su traición era demasiado intenso y su capacidad para perdonarlo se había reducido. Ambos habían sufrido demasiado por culpa de una relación que siempre se basó en la mentira.

— Inuyasha…

Madrugó; más por la falta de sueño que por otra cosa. Himawari se removía en la diminuta cuna de viaje que se llevó. Su cuna todavía debía estar en el dormitorio de Inuyasha. No había hablado con sus padres para recoger nada ni quiso pedírselo a Kikio por razones evidentes. Hima no podía seguir ahí por más tiempo, por lo que tendría que tomar una decisión pronto. El problema era descubrir cuál era la decisión correcta.

— Inuyasha… — se dio la vuelta en la cama, buscándolo — Todo ha cambiado…

Ya se había acostumbrado a dormir con Inuyasha, a ducharse con él, a prepararle el desayuno, a ver cómo mimaba a Himawari… Iba a ser muy dura la separación. Solo llevaba un par de días lejos de él y ya sentía que toda su vida había cambiado. Lo echaba en falta y también a Kamui. Además, el hecho de que su hija no pudiera expresarlo, no significaba que no notara la ausencia de su padre y de su hermano. La novedad de Kikio había servido como distracción al principio, ya no. Se le agotaba el tiempo para tomar una decisión.

Por el momento, tenía que levantarse para ser una madre. Más tarde, cuando hubiera cumplido con ello, tendría tiempo de seguir pensando. Por el momento, debía cambiarle el pañal a Himawari, asearla, peinarla, darle el desayuno y volver a acostarla. Ojalá se durmiera. El día anterior no hubo forma de dormirla durante el día, por lo que cayó rendida por la noche. ¿No dormía porque no estaba su padre?

— ¿Echas de menos a papá?

En respuesta, Himawari hizo unas burbujas con la boca. Se las limpió con una sonrisa y la cogió en brazos para ir a la cocina. Por el camino, recogió el periódico del felpudo de la entrada. Su sonrisa se esfumó al leer el titular y ver la fotografía de Rika Shimura. Esa era la Rika de su clase, la jefa del equipo de animadoras, aquella con la que Inuyasha la engañó.

— No puede ser…

Se le cortó la respiración y lo leyó de nuevo, deseosa de no haberlo leído bien. No cabía la menor duda, era ella y estaba muerta. ¡Rika se había suicidado! Dejó a Himawari en el sofá, entre cojines, y buscó la hoja que señalaba el titular, donde se encontraba el artículo completo. Allí, había una fotografía de sus padres hechos pedazos. Se tapó la boca para evitar que se oyeran sus sollozos mientras leía. Se suicidó el día anterior por la tarde, tras un día entero sin querer comer ni hablar con nadie. Sus padres ni siquiera sospecharon que eso sucedería. Era demasiado fuerte, demasiado surrealista, demasiado doloroso…

¿Por qué hizo aquello Rika? ¿Acaso Inuyasha la rechazó y no pudo soportarlo? Podía comprender que se enamorara de él, ella misma estaba completamente enamorada de él, pero… ¿suicidarse? Ella no podía ni imaginar el suicidio como una alternativa; eso era lo último que se debía hacer; más bien, eso no debía hacerse. Tirar su vida así por un rechazo sentimental… ¿En qué estaba pensando cuando tomó esa elección?

Miró el teléfono con ansiedad, sintiendo deseos de llamar a Inuyasha. Aquel asunto les incumbía a ambos. Se sentía tan responsable de su muerte…


— ¡Otra vez llegas tarde! — lo miró furioso — Estoy harto. Ni un solo día llegas a la hora estipulada.

— Lo siento, señor. — agachó la cabeza — Ha habido un imprevisto y…

— No me importa en absoluto. Pago por un servicio y espero la perfección.

— Lo siento…

Le arrebató el periódico de las manos y cogió el dinero que siempre tenía preparado en el tarro para pagarlo.

— ¿No está la señorita?

— ¡Eso no es de tu incumbencia! — le lanzó el dinero — No te daré propina hasta que llegues a la hora, y ni se te ocurra volver a meterte en mi vida personal o perderás algo más que una propina…

Le cerró la puerta en las narices. Odiaba ser tan dramático y en verdad no lo hizo a propósito. Estaba muy irritado desde que Kagome se marchó, sobre todo porque todo el mundo preguntaba por ella. Sus padres llamaron el día anterior y preguntaron por ella, Kamui preguntaba por ella, las amigas de Kagome también llamaron, el chico del periódico… ¡Diablos, no quería tener que decir que ella lo había dejado!

Regresó al comedor, donde Kamui lo esperaba tomando el desayuno. Necesitaba una explicación y la necesitaba pronto. El teléfono sonó en ese instante en respuesta a sus peticiones. Corrió al salón a cogerlo y quedó muy sorprendido al escuchar la voz de la persona que más deseaba ver en ese momento.

— Hola, Inuyasha.

— Ka-Kagome…

— ¿Has leído el periódico?

¿El periódico? Ni siquiera había tenido tiempo de leer el titular desde que lo había adquirido esa mañana. ¿Y qué demonios importaba el periódico? Tenían cosas más importantes de las que hablar en ese momento.

— Kagome…

— ¡Léelo, ahora! — le ordenó — ¡Es urgente!

Como parecía tan convencida de la importancia de que lo ojeara, regresó a la cocina sin soltar el teléfono. Kagome no le había colgado, lo que significaba que esperaba una respuesta suya tras echarle un vistazo al periódico. ¿Qué habría puesto tan nerviosa a Kagome? No podía perder esa oportunidad de hablar con ella, de arreglar las cosas. Si se mostraba lo bastante arrepentido y le suplicaba perdón, a lo mejor lograba que eventualmente volviera a casa para volver a conquistarla poco a poco. No le gustaba la oscuridad en la que se sumía la casa cuando ella no estaba.

Todos esos pensamientos se evaporaron de golpe en cuanto leyó el titular y vio la fotografía que lo acompañaba. ¡Era Rika! ¡Rika se había suicidado!

— ¡Joder!

— ¿Lo has visto ya?

— Dame un minuto para que lo lea…

Dejó el teléfono sobre la encimera y buscó la página que se indicaba junto al titular. Al leer el artículo, se quedó helado. ¿Él era el responsable de su muerte? Admitía que fue rudo, pero la chica tampoco se lo puso fácil. Estaba claro que tenía un serio problema de afecto. No obstante, el suicidio le parecía algo tan excesivo y, al mismo tiempo, tan propio de una persona que tuvo un comportamiento tan neurótico con él. Debió predecirlo, hacer algo para evitarlo. En su lugar, estaba demasiado ocupado intentando salvar la relación que él mismo había destrozado. Rika no era más que otra de sus víctimas…

— Yo no quería que esto sucediera… — se atrevió a volver a hablar al fin — Kagome te juro que…

— Inuyasha, tú no la has matado. — se escuchó al otro lado de la línea — No necesito que me lo jures.

— Pero no hice nada para evitarlo…

— ¿Y cómo ibas a saberlo? Yo también me siento un poco responsable… Rika no estaba bien y no supe interpretarlo…

— Yo tampoco…

A continuación, los dos se quedaron en silencio, como si esperaran que algo sucediera para continuar con la conversación o darla por finalizada. El espectro de la muerte de Rika todavía levitaba entre los dos. De repente, odiarla por lo sucedido parecía imposible.

— ¿Está Kamui? ¿Puedo hablar con él?

Fue Kagome quien rompió el silencio finalmente. Desearía concederle cuanto deseaba, pero no era tan simple, no cuando había niños de por medio. En eso sería inflexible. Le revolvió el cabello a su hijo, quien lo miraba con curiosidad por su comportamiento y lo que pudo oír de la conversación, y volvió a salir de la cocina. No debía preocuparlo, otra vez no.

— ¿Y qué vas a decirle si te lo paso? — exigió saber — Está destrozado desde que te fuiste…

— Yo solo quiero darle una explicación. Pensaba decirle que he ido a visitar a mis abuelos a…

— Kagome, ahora eres madre. — le recordó — No puedes aparecer y desaparecer a tu gusto, no importa cómo te sientas. Ser padres es un trabajo a tiempo completo, sin vacaciones, ni posibilidad de ningún tipo de baja. Sin importar cómo te sientas, tienes que estar siempre para ellos. ¡Son lo primero!

— Creo que lo entiendo…

Kagome no le colgó el teléfono a pesar de su brusquedad. Volvió a respirar por el alivio de saber que ella era capaz de separar la disputa de su responsabilidad como madre. Le preocupaba la juventud e inexperiencia de Kagome.

— No puedes quitarme a mi hija, Kagome.

— Te echa de menos… — admitió.

Y él a ella, a las dos. Aquello era tan difícil…

— Tengo que tomar una decisión, ¿verdad? — preguntó al fin la joven.

— Sí.

Tenía que tomar una decisión por el bien de todos.

Continuará…