Tatistus: en respuesta a tu duda, que quizás no haya dejado lo suficientemente claro en el texto y por ello me disculpo, Inuyasha y Rika solo se acostaron una vez, aquella vez que mencionan. Nunca más volvió a suceder.


Capítulo 19: Te amo

Tenía que decidirse. Inuyasha había sido muy claro, no había lugar para un largo período de dudas porque había niños, víctimas inocentes de sus descalabros amorosos. Inuyasha le había dado una semana, no más. En esa semana, le diría a Kamui que estaba visitando a sus abuelos, que era una urgencia familiar. Para cuando terminara esa semana, debían darle una explicación, fuera cual fuera.

A Inuyasha no le gustó saber que se estaba quedando en el apartamento de Kikio. Él creía que había vuelto a la casa de sus padres, como era lógico en un caso como aquel. Ni se le pasó por la cabeza que ella pudiera estar habitando el apartamento de su siempre díscola tía. Se mostró tremendamente ofendido y preocupado por lo que Kikio indudablemente diría de él. No entendía que esas cosas no le afectaban. Ella no lo despreciaría porque Kikio creyera que era un monstruo. Conocía la realidad. No, no le preocupaba esa parte de la naturaleza de Inuyasha. Le preocupaba no ser capaz de vivir con el pasado.

Discutieron mucho por teléfono, más de lo que estaba dispuesta a admitir. Ninguno de los dos quería ceder y, por primera vez, se mostró valiente y resuelta frente a él. Seguro que fue porque se trataba de una conversación telefónica. Ante él, de una forma u otra, siempre terminaba achicándose, huyendo de la disputa. En esa ocasión, luchó por el hecho de estar en casa de Kikio, por lo ofendida que se sentía, por sus hijos y por la necesidad de tiempo. Inuyasha, por supuesto, fue impasible, pero terminó por ceder en pequeñas batallas, al igual que ella cedió hasta llegar a un punto intermedio.

Durante esa semana, aunque en realidad no fuera asunto suyo donde se quedaba ella, aceptaba que estuviera en casa de Kikio tras escuchar su explicación. Era mejor alejar a sus padres por el momento, hasta que supieran qué iban a hacer. Si su padre cargaba contra Inuyasha, que al menos fuera de una vez, no cada vez que uno de los dos tuviera un bajón. Aceptó darle tiempo, aunque no tanto como ella hubiera deseado. Sabía que él estaba pensando en Kamui y en su propia hija y lo entendía. Inuyasha tenía razón cuando le recriminó que era madre y, por consiguiente, no podía comportarse de esa forma. Finalmente, aceptó sus llamadas telefónicas para tranquilizar a Kamui. Respecto a que él viera a Himawari, habían acordado con el beneplácito de su tía que podría acercarse al apartamento para recogerla y dar una vuelta con ella siempre que quisiera.

No podía quitarle a su hija. El día que se la llevó, lo hizo sin pensar, sin medir consecuencias. Se la llevó porque era suya, su carne y su sangre, porque en esos días desde que nació la había cargado a su costado a cada minuto y se había convertido en una extensión de ella. No llevársela habría sido antinatural. A Kamui, en cambio, no se lo podía llevar y no era porque no lo quisiera; al contrario, quería muchísimo a Kamui. No obstante, no podía robárselo a Inuyasha de ninguna forma. Ante la ley, ni siquiera era su hijo adoptivo, e Inuyasha tenía plenos derechos sobre su custodia. Dejando de lado la ley, quitárselo a Inuyasha sería como robarle el oxígeno. Por eso, le dio un beso en la frente y con todo el dolor de su corazón le dio la espalda. Al menos, tener a un hijo cada uno les ayudaría a superar la pena.

Habían quedado esa tarde. Por primera vez desde que ella se marchó, se verían. Solo habían transcurrido cuatro días, pero para ella fue toda una eternidad sin verlo. Sin saber por qué, esperaba que algo hubiera cambiado al volver a verlo. Se preguntaba si él seguiría siendo igual. ¿Cómo se sentiría al verlo? ¿Qué le diría? ¿Qué le diría él a ella? Y, lo más importante, ¿sería capaz de mantener la compostura ante él? Las fases de negación, ira y deseos de venganza habían sido superadas. En ese momento, estaba en la fase de aceptación o eso creía.

Entrelazó las manos sobre el regazo y le echó una ojeada a Himawari. Pataleaba en su hamaca, impaciente. ¿Inuyasha ya estaba allí? ¿Lo había oído? ¿Percibió su aroma? Esa era la reacción de su hija cada vez que él entraba en el edificio. Le colocó el lacito en la cabeza de nuevo y le sonrió. El brillo en su mirada le indicó lo mucho que había esperado ese momento. De repente, se dio cuenta de que ella también lo había esperado con ansiedad. Ella también quería ver a Inuyasha, ella también lo añoraba, ella también lo quería.

El timbre de la puerta sonó interrumpiendo sus pensamientos. Entonces, Himawari soltó una carcajada y levantó los brazos. Inuyasha estaba allí. Se levantó del sofá y corrió hacia la puerta con la ilusión de una niña. Al rozar el pomo con los dedos, se detuvo. Tenía que contenerse. Si Inuyasha notaba cuan emocionada estaba de verlo, se aprovecharía de ella y lograría arrastrarla a su lado de nuevo sin darle opción a la reflexión. Tenía que decidir por ella misma. Si se dejaba arrastrar de nuevo por la sensualidad de Inuyasha, nunca pensaría por sí misma.

Decidida a ser inflexible, cuadró los hombros y abrió la puerta con semblante sereno. Inuyasha estaba guapísimo. Se había recortado el pelo, no lo tenía igual que la última vez y estaba recién afeitado. Lo que le sorprendió fue que no llevaba el traje. Unos pantalones casuales, camisa y gabardina. ¿No salía de la oficina?

— Ha habido un imprevisto, Kagome.

— ¿Un imprevisto?

No entendía nada. ¿Qué imprevisto podía haber? Él estaba allí.

— Kamui me está esperando abajo, en el coche, no sabe a qué he subido aquí.

— ¿No has encontrado a alguien con quien dejarlo?

Para Kamui, Himawari y ella no estaban allí. Los niños no debían formar parte de las crisis de los padres, así que lo decidieron así.

— No es eso… — suspiró — Tenemos que ir a Santa Mónica.

— ¿A Santa Mónica? ¿No era en dos semanas…?

Según sus planes, en dos semanas, cuando le dieran las vacaciones de navidad a Kamui, irían a Santa Mónica para pasar allí la Nochebuena y la navidad en casa de los padres de Inuyasha. La Nochevieja y el año nuevo lo pasarían en casa de los padres de ella. No entendía entonces por qué iba a ir antes.

— Mi padre ha tenido un accidente, se ha caído del caballo y está en el hospital.

— ¡Dios mío! ¿Está bien?

Se llevó una mano al pecho preocupadísima.

— Tiene una pierna rota, una fisura en el hombro y algunos rasguños, ya que se cayó por una pendiente rocosa…

— ¡Es terrible!

De solo imaginarlo se le ponían los pelos de punta.

— Sanará rápido… — le recordó bajando la voz — Pero, como comprenderás, tengo que ir a casa.

— Claro…

¡Qué desilusión! Lo lamentaba profundamente por el padre de Inuyasha, más aun conociéndolo y sabiendo que era un gran hombre, pero desearía que Inuyasha no tuviera que marcharse. Había esperado tanto ese momento y con tanta ilusión que ni se le pasó por la cabeza que algo pudiera estropearlo. Además, estaba su hija; ella sí que había esperado.

— ¿Y Himawari? Te esperaba…

— Puedo verla ahora.

No era tanto como hubiera deseado, pero algo era algo. Se apartó para hacerle sitio y que pudiera entrar en el apartamento. No era el plan que entrara, eso era algo que Kikio dejó claro: darle a la niña en la entrada. Sin embargo, Kikio no estaba y la situación era especial. Inuyasha se detuvo en el umbral mirando la casa con una ceja alzada.

— Esto parece el decorado de un burdel…

Se sonrojó al escucharlo. La verdad era que a ella ni se le había ocurrido pensar eso al ver el apartamento tan peculiar en términos decorativos de su tía. De repente, debido a las palabras de Inuyasha, lo vio con otros ojos. Parecía uno de esos burdeles de película. ¡Inuyasha era malvado!

— Himawari está en su hamaca, sobre la mesa…

El cambio de tema llamó la atención de Inuyasha. Cogió algo que hasta entonces ella ni siquiera había visto y entró. ¿Qué estaba cargando?

— ¿Qué es eso?

— La bañera de Himawari con el cambiador, los repuestos para sus pomadas y pañales. Supuse que lo necesitarías…

Necesitaba todo eso. Se estaba quedando sin pañales y los botes de pomadas empezaban a agotarse. Inuyasha siempre estaba en todo. Cogió la bolsa con las pomadas para entretenerse mientras él saludaba a Himawari. No era más que una excusa para observarlo sin llamar su atención. Inuyasha tenía a Himawari en brazos, le daba besos en la cara y en las manos y le murmuraba palabras dulces a la niña que lo miraba como si fuera un dios. Sintió que se le derretía el corazón en el pecho. ¿Cómo un hombre tan dulce podía haber hecho algo tan terrible?

Si él amara y se dejara amar, sería todo tan sencillo. A pesar de haber logrado comunicarse, de saber más de él, de haber estado lo más cerca posible de obtener su confianza, había algo en su interior que no terminaba de comprender y sospechaba que su madre era la causa. No le habló demasiado de ella, pero lo poco que sabía era escalofriante. Entonces, comprendió todo de golpe. Por eso Inuyasha quería que se decidiera cuanto antes: él mejor que nadie sabía lo traumático que podía resultar para un niño lo que sus padres hicieran. Su madre intentó matarlo y fue él y su hermano los que terminaron matándola por accidente, en defensa propia. ¿Cómo afectaría eso a dos niños?

— Está más bonita que la última vez que la vi…

Se estaba dirigiendo a ella. Dejó las pomadas sobre la mesa y se las ingenió para sonreír sin que se le notara en qué estaba pensando.

— ¿Sí, verdad? Crece tan rápido…

— Tengo que irme.

— ¿Tan pronto?

No debería haber sonado tan ansiosa. Inuyasha la miró esperando algo por su tono de voz. Debía disimular por el bien de todos.

— Himawari te ha echado mucho de menos… — se justificó — Has estado muy poco tiempo con ella…

— Kamui está en el coche esperando, Kagome.

Era verdad. Kamui no podía quedarse tanto tiempo solo en el coche, esperando a su padre. Además, seguro que le estaban esperando en Santa Mónica.

— Entiendo. — asintió con la cabeza — Pues, buen viaje. Espero que tu padre se recupere pronto. ¡Dales recuerdos de mi parte!

Inuyasha dejó de nuevo a Himawari bien asegurada en su hamaca a pesar de sus quejidos y se volvió hacia ella. Antes de que pudiera predecirlo, él se inclinó, apartó su flequillo y le dio un beso en la frente.

— ¿Tú no me has echado de menos?

— Yo…

¡Claro que se le había notado que lo echó de menos! Lo echó tanto de menos que temió que se le carbonizara el corazón por la espera.

— Lo siento, Kagome. — volvió a disculparse — No puedes ni imaginar cuánto lo siento. Si pudiera volver atrás, te aseguro que jamás lo habría hecho. Cometí un error terrible… Ojalá pudiera compensártelo de alguna forma.

Después, se marchó. Cerró la puerta del apartamento sin volver la vista atrás y la dejó sola con más dudas e incertidumbre. ¿Qué iba a hacer? En realidad, ya lo sabía. Lo quisiera asumir o no, había tomado la decisión tiempo atrás.


Ya eran las siete de la mañana cuando Inuyasha aparcó el coche delante de la casa de sus padres en Santa Mónica. Abrió la puerta del copiloto y pasó el brazo de su padre sobre su hombro para ayudarle a caminar. Como su padre pidió el alta voluntaria por la mañana temprano y él pasaría por la ciudad antes de llegar a la casa, se ofreció a recogerlo. Había mejorado considerablemente respecto a lo que su madre le dijo por teléfono. Tenía que sacarlo del hospital antes de que los doctores notaran que su estado de curación era anormalmente veloz.

Izayoi salió en seguida de la casa a recibirles y les dio un cálido abrazo a ambos con una sonrisa. A continuación, abrió la puerta del coche para sacar a Kamui, quien estaba completamente dormido y no se había enterado de que recogieron a su abuelo.

— ¿Dónde está Himwari? — le preguntó mientras inspeccionaba el automóvil por dentro — ¿Y Kagome?

— Es una larga historia…

— ¿Ha sucedido algo? — insistió.

— No hagas más preguntas, Izayoi.

La indirecta de su padre fue clara para los tres. La verdad era que no quiso dar demasiados detalles y fue lo más escueto posible, pero su padre sabía lo esencial. Kagome y él estaban viviendo separados indefinidamente y todo era por su culpa, por supuesto. No necesitó aclararlo, él lo supuso en seguida. Admitía que le dolía saber que su padre estaba tan seguro de que él era el responsable. ¿Acaso era tan común que él estropeara todo indicio de felicidad en su vida? ¿No había esperanza posible para él?

Al entrar en la casa, se le desencajó la mandíbula. No esperaba que hubiera tanta gente en la casa. Sesshomaru tenía muchas ocupaciones como juez y su esposa, Kagura, era una importante diseñadora de moda que no podía dejar de lado su trabajo fácilmente. Por otra parte, ver allí a Rin, su hermanastra, en esos momentos, fue como una patada en la boca del estómago. Por lo menos, no estaba sola, se había llevado a su último novio, el tal Kohaku. Ojalá ese novio fuera el definitivo porque no toleraría sus insinuaciones.

— ¿A qué viene esta gran reunión familiar?

— Todos estaban preocupados por tu padre.

— Ya ves, hijo. ¡Soy una persona importante!

¿Era necesario que pareciera tan orgullo de sí mismo? Tenía celos de esa parte de su padre. A él siempre lo querían en todas partes, no tenía dificultades para demostrar sus sentimientos y tenía todo el amor que necesitaba. ¿Por qué él no podía ser más parecido a su progenitor?

— ¿La has vuelto a fastidiar?

Soltó un bufido en respuesta a la pregunta de su hermano. Justamente él tenía que estar allí para burlarse de su desgracia.

— He ganado la apuesta. — Kagura le dio una palmada en el pecho a su marido — ¡Suelta prenda!

Para su asombro, Sesshomaru sacó un billete de cien dólares de la cartera y se lo entregó a su esposa con el ceño fruncido.

— ¿Qué habíais apostada? — preguntó sospechando de aquella escena.

— Sesshomaru había apostado que por una vez no la cagabas y yo que sí. — sonrió — Parece que he ganado…

Ardió en deseos de estrangular primero a su cuñada y, luego, a su hermano aunque hubiera apostado a su favor. No tenían ningún derecho a hacer apuestas sobre su vida sentimental, a burlarse de él de aquella forma. No podían caricaturizar lo peor que le había pasado en la vida. No podía soportarlo. Verlos tan felices, tan unidos, en familia… Por primera vez en su vida desde que empezaron los problemas con Rin, se sintió incómodo en su propio hogar. No había lugar para un descastado como él allí.

Dejó a su padre en el sofá, cogió a Kamui de los brazos de su madre y subió al primer piso, a su dormitorio, sin decir una sola palabra en respuesta. No podía permitirse el lujo de reventar porque ya había perdido demasiado. Solo le quedaban sus hijos y ni siquiera podía disponer de ambos cuanto desearía. Dejar a Himawari el día anterior fue una de las cosas más difíciles que había hecho. Volver a ver a Kagome, verla tan bella y tan triste, le dolió en el pecho. Quizás, lo mejor que podía hacer por ellas era precisamente permanecer alejado. Estaba claro que destruía cuanto tocaba.

Le pareció escuchar a la lejanía el sermón de su padre hacia su hermano y su cuñada, molesto por su comportamiento. Aunque agradecía que lo defendiera, no lo necesitaba. Sabía lo que él también pensaba. Sabía lo que todos pensaban de él. Todos creían que él nunca sería completamente feliz, que nunca encontraría el amor, amaría y sería amado. ¡Pues estaban equivocados! Lo encontró, amó y fue amado, pero lo perdió todo por culpa de la oscuridad que había en su interior. Esa oscuridad lo consumía a él y a cuantos se acercaban a él. La huella que dejó su madre en él permanecía y se había hecho más fuerte con cada desengaño que le regaló la vida hasta que había terminado por atacar a la única persona en el mundo que lo quiso tal y como era.

No se unió a su familia en la comida ni en el té. Kamui pasó el día con sus abuelos, tal y como debía ser, pero él no estaba con ánimos de reuniones familiares. Sesshomaru y Kagura subieron a disculparse con las mejillas sonrojadas y la cara gacha por el sermón del que fueron receptores. No comprendían que ellos no eran el problema, que ellos no causaron su mal estar. Fue él mismo. Fue…

El olor lo golpeó con fuerza en las fosas nasales. Aquel aroma era inconfundible. Estaba completamente seguro de que era Kagome Higurashi la persona a la que estaba oliendo. Podía escuchar el sonido de sus pisadas bajo la lluvia claramente. Kagome se movía exactamente así. ¿Cómo…? Ella estaba en Pasadena, en casa de su tía, con su hija. No podía estar en Santa Mónica. ¿Se lo estaría imaginando? Quizás su cabeza le estaba jugando una mala pasada o ya había perdido el juicio. Ahora bien, escuchaba sus pisadas tan claramente, de forma tan precisa y ese olor…

Saltó de la cama y abrió la ventana que daba al patio delantero. Vio su figura bajo la lluvia moviéndose hacia la verja que rodeaba la casa. ¡Era ella!

— Kagome…

Se subió en el marco de la ventana y saltó al exterior haciendo uso de sus desarrolladas habilidades. Después, corrió bajo la lluvia hacia la verja y la abrió de golpe. ¡Era Kagome!

— ¿Qué haces aquí? — miró sus prendas mojadas con terror — ¿Te has vuelto loca? ¡Estás empapada!

Ni siquiera podía mantenerse en pie. Parecía como si hubiera hecho todo el camino andando desde la ciudad. ¿No habría sido capaz? ¡Sí! Seguro que cogió un tren hasta Santa Mónica y después anduvo por la carretera hasta allí porque no le llegaba el dinero para un taxi. ¿Cómo pudo cometer aquella estupidez? Era evidente que habría tormenta, el camino era demasiado largo y podría haberle sucedido cualquier cosa. Solo tenía que llamarlo y él…

Extendió los brazos intentando tocarla, pero ella se apartó dando un paso atrás. ¿Por qué estaba allí? Se suponía que debía estar con su hija en un sitio seguro, no allí. Un momento, ¿y Himawari?

— ¿Y nuestra hija?

— Mi madre se está ocupando de ella…

Entonces, ¿sus padres ya sabían que estaban separados? Eso solo podía significar que Kagome había decidido dejarlo. ¿Fue a Santa Mónica para decírselo?

— ¿Has venido para dejarme?

— No, he venido porque te amo y porque esta vez no me voy a ir sin saber antes que sientes por mí…

Inuyasha palideció ante la sincera respuesta de ella. ¡Kagome aún lo amaba! Después de haberse enterado de lo de Rika, podía amarlo. No se la merecía, no era un digno pretendiente para ella. Kagome quería saber qué sentía por ella… ¿Qué derecho tenía él a decírselo? No merecía respirar su mismo aire, pisar su mismo suelo… ella… ella era perfecta; y él un cabrón egoísta. Lo mejor que podría hacer por ella era dejarla marchar por más que le doliera.

— Inuyasha… no me quieres, ¿verdad? — musitó con los ojos inyectados en lágrimas.

— Y- Yo…

No dijo nada. ¿Qué iba a decir? Él no era el príncipe azul que Kagome se merecía, el hombre al que había estado esperando. No podía ser él. Kagome agachó la cabeza y dio media vuelta dispuesta a marcharse por donde había llegado. Si la dejaba marchar en ese momento, la perdería para siempre. ¡Tenía que impedirlo! Era verdad que no la merecía, que dejarla libre sería lo más loable que podría hacer. Lamentablemente, tal y como dijo, era un cabrón egoísta. ¡No renunciaría a ella!

— Kagome, espera…

Ella no se detuvo. Siguió su camino como si no lo hubiera oído.

— ¡Te amo!

Esas palabras sí fueron capaces de detener su avance al fin. No podía creer que por fin se hubiera atrevido a decir lo que tanto tiempo llevaba guardado dentro de él. Se sentía tan bien por dentro. Después de haberlo soltado, sentía una oleada de calor recorriéndole el cuerpo y el fuerte palpitar de su corazón esperando una respuesta. ¡La amaba! Si ella aún quería, podían ser felices.

— Kagome, te amo… — repitió una vez más.

— No te creo…

Y no le extrañaba. No esperaba que se creyera su confesión de amor tan fácilmente, pero, en esa ocasión, él no se rendiría.

— ¡Pero es cierto, te amo! — repitió.

— ¡Deja de mentir! — exclamó dándose la vuelta para hablarle cara a cara — ¿Si tanto me amas por qué me atormentas así? ¿Por qué me haces sufrir?

— Porque soy un cobarde y un imbécil… — musitó en respuesta — Sabía que te amaba desde hace casi un año y no me atreví a decirlo por puro miedo…

— No puedo creerte… — sollozó.

Kagome sacudía la cabeza en una negativa. Seguro que cuando le pidió que le dijera qué sentía, no esperaba que él le dijera que la amaba. ¿Por qué iba a esperar semejantes palabras de él? Nunca las pronunció, nunca le dejó sentir el placer de escucharlas y de sentirse amada mientras que él reclamaba su amor. Fue un egoísta en el amor, mas eso ya se había acabado.

— Pero es cierto… — sonrió — Me gusta mucho tu sonrisa, me gusta cuando te sientas delante del tocador a peinarte, me gusta observarte mientras duermes, me encanta todo lo que cocinas…

— No sigas…

— Cuando tú no estás, me siento como si estuviera totalmente solo en el mundo. — dio un paso hacia ella — Siempre estoy pensando en ti, ¿sabes? Por más que lo intento, me resulta imposible olvidarte. — dio otro paso adelante — Me haces desearte a todas horas… Sacas lo mejor de mí… — se puso la mano derecha en el pecho, sobre el corazón — Siempre eres tan increíblemente dulce y encantadora con todo el mundo, como un ángel… — dio un paso largo, dejando unos pocos centímetros de distancia entre ellos — Eres tan tímida y tan modesta…

Inuyasha rompió del todo la distancia entre ellos hasta que quedaron totalmente pegados. Pecho con pecho, caderas con caderas y las puntas de sus zapatos juntas. Todavía no había terminado. Kagome debía saberlo todo.

— Eres preciosa y me pongo increíblemente celoso cuando otros hombres te miran… — fue levantando lentamente la mano derecha hacia ella — Siempre te hago daño y me siento como un desgraciado por ello… — rozó su hombro — Sé que no te merezco, pero soy incapaz de dejarte marchar…

— Inuyasha…

Se mordió el labio inferior, signo claro de nerviosismo. Kagome siempre se mordía el labio inferior hasta hacerse sangre si era necesario. Preocupado porque se hiciera daño, puso un dedo ahí donde mordía y la acarició hasta que ella aflojó y dejó de morderse. Tenía las mejillas húmedas por algo más que la lluvia. Ella estaba llorando otra vez, por él. De ahí en adelante, se aseguraría de no volver a ser el causante de sus lágrimas. De ahí en adelante, el sería quien la apaciguara, el encargado de darle consuelo y hacerla feliz.

De repente, se dio cuenta de que no era ella la única que estaba llorando. Unas lágrimas se estaban deslizando también por sus mejillas y Kagome las miraba, distinguiéndolas de la lluvia. Seguro que jamás lo habría imaginado llorando; él tampoco. La última vez que había llorado era un niño pequeño huyendo de los mal tratos de su madre. Un día, harto de llorar, se juró que jamás volvería a hacerlo y ni siquiera lloró cuando ella murió. Ese día, en cambio, lloró por amor, porque era feliz de decirle a la mujer a la que amaba lo que sentía.

— Eres todo mi mundo… — apoyó su frente contra la de ella — Por eso, sé que te amo. ¿Me crees ahora?

Kagome no podía hablar. Por más que lo intentaba, no podía pronunciar un solo vocablo, así que comenzó a mover con énfasis la cabeza afirmando una y otra vez. Sí que lo creía. ¿Cómo no iba a creerlo? ¿Qué hombre decía cosas semejantes sin amar en verdad a una mujer?

— Te amo… — murmuró Kagome.

— Yo también te amo, preciosa.

Entonces, Inuyasha se inclinó y le dio el beso más tierno que habían compartido desde que se conocieron. Eso sí que era un beso y aquello sí era amor. Aquel momento había sido tan sumamente perfecto que jamás podría olvidarlo.

— Lo lamento tanto… — apenas se separó de sus labios — Te he provocado tanto dolor desde que nos conocimos…

— No te disculpes más, ya ha pasado.

— Pero tienes que saber que hay una oscuridad en mí que…

Le cubrió los labios con los dedos de una mano y lo miró desde esa posición, con su frente contra la suya. Ya conocía esa oscuridad, había llegado a palparla y había sobrevivido. No le tenía miedo a nada de lo que él guardaba en su interior, ya no. Si se amaban, superarían eso y mucho más.

— Nos ocuparemos de ello. — prometió — Además, no eres tan oscuro como crees…

— Podría sorprenderte, hay mucho de mi pasado que…

— Ya no le temo al pasado… — confesó — ni al futuro.

— Entonces, solo hay una cosa que me queda por hacer…

Ante su mirada de sorpresa, Inuyasha se arrodilló sobre el barro frente a ella y sacó una cajita de joyería del bolsillo de su pantalón. Era… ¡No podía ser! Sus sospechas se confirmaron cuando él abrió la caja. Era un precioso anillo de compromiso para ella. El anillo por el que estuvo esperando para poder anunciárselo a la familia. ¿Desde cuándo lo tenía? ¿Ya lo había comprado cuando Rika se inmiscuyó en sus vidas?

— Kagome Higurashi, ¿quieres casarte conmigo?

— ¡Sí! ¡Sí quiero!

Inuyasha le puso el anillo en el dedo anular. Le quedaba perfecto. Abrió la palma frente a ella para mirarlo sintiéndose la mujer más feliz sobre la tierra. Podía vivir toda una vida sola, lejos de él, enfadada por lo que él hizo y preguntándose cómo habría sido su futuro juntos o hacer exactamente eso: perdonarlo y proponerse ser feliz. Lo perdonaba por su pasado porque sabía que su futuro bien merecía ese esfuerzo.

Apenas había disfrutado de la imagen cuando sintió que era alzado del suelo. De repente, estaba firmemente apostada entre los brazos de Inuyasha, quien parecía tan feliz por primera vez que le calentó el corazón. Se necesitaban el uno al otro más de lo que ellos creían.

— ¡Inuyasha!

— Ya te has mojado bastante por hoy. — empezó a correr — No pienso permitir que te pongas enferma, no ahora.

Kagome sonrió y pasó los brazos alrededor de su cuello para poder abrazarlo. No podría ser más feliz. Por fin se había aclarado todo entre ellos, por fin podían estar juntos sin tapujos. ¡Él la amaba! A la mierda todo el pasado, todas las peleas, los momentos de tensión, el sufrimiento. Ella era capaz de perdonarle todo y seguro que Inuyasha tenía también cosas que perdonarle a ella. En realidad, debía admitir que él siempre era de lo más flexible con ella mientras que ella tuvo una actitud más de censura. Aunque pudiera llegar a enfadarse, nunca la dejaba, jamás. Quizás debiera aprender eso de él. En vez de huir, tenía que intentar buscar soluciones primero. Si Inuyasha estaba cambiando por ella, también podía hacerlo por él, para ser mejor esposa y madre.

Entraron en la casa. Inuyasha abrió la puerta empujándola con el hombro y luego se tumbó sobre ella para cerrarla. Allí adentro estaba la calefacción puesta y la temperatura era maravillosa. ¡Menudo alivio tras la caminata bajo la tormenta! Estaba a punto de besar al que sería su marido cuando la distrajo un comité de bienvenida en el vestíbulo. ¿Quién era toda esa gente?

Tenía claro quiénes eran los padres y, por las fotografías y el parecido, supuso que el otro peli plateado era el hermano mayor de Inuyasha. La mujer a su lado debía ser la cuñada de Inuyasha. ¡Dios Santo, era Kagura No Kizu! ¡La diseñadora de moda! La ropa de su marca era carísima, de lo más exclusiva y preciosa. Esa mujer marcaba tendencia adquiriendo todos los años la primera portada de la revista Cosmopolitan. Entonces, para su sorpresa, vio como Kagura sacaba de la cartera un par de billetes de cien y se los daba al hermano de Inuyasha, quien los aceptó en silencio, sin apartar la mirada de ellos. ¿Qué significaba eso?

La otra pareja fue la más inquietante para ella. Supuso que esa mujer debía ser Rin, la hija de Izayoi y hermanastra de Inuyasha. ¿El otro sería su novio o su marido? Realmente, lo que más la inquietó fue su forma de mirarla. Juraría que no era de su agrado…

— Familia, esta es Kagome, mi prometida.

Las presentaciones estaban hechas. Los padres de Inuyasha corrieron a felicitarlos; Sesshomaru y Kagura se presentaron, la abrazaron y les dieron la enhorabuena. El otro hombre, un tal Kohaku, quien se presentó como novio de Rin, también les dio sus felicitaciones. La susodicha Rin, por otra parte, se limitó a mirarla desde la distancia con los brazos cruzados como si fuera un insecto al que aplastar. Tenía un mal presentimiento. Le gustara o no, uno de los momentos más felices de su vida acababa de verse empañado por los nubarrones que anunciaban un nuevo obstáculo.

Continuará…