Capítulo 20: La hermana díscola

Inuyasha se había abierto al fin. Estaba dispuesto al diálogo, a expresar sus sentimientos y a hablar de sí mismo. Lo demostró esa misma mañana cuando nada más despertar, tras apenas haberse duchado y vestido y sin desayunar, la guio a la buhardilla de la casa, donde recuperó unos álbumes de fotografías con pinta de ser muy antiguos. Se sentó en una hamaca y le hizo indicaciones para que se sentara sobre su regazo. Entonces, empezó a contárselo todo.

— Esta era mi madre biológica.

Se acercó a la fotografía con interés. La madre de Inuyasha era bellísima. Como la fotografía era en blanco y negro, ni siquiera podía saber cuál era el color de cabello aunque, por el tono, supuso que sería rubio o incluso plateado como el de ellos. Tenía pómulos altos aristocráticos, nariz recta, labios finos y barbilla con ángulos marcados. Su vestido la cubría por completo desde el cuello hasta los tobillos. Solo veía las puntas de los zapatos fuera de la falda. Era tan esbelta, de miembros tan endebles, que le sorprendió que tuviera tan siquiera la fuerza para pegar a un niño. Al parecer, había mucho menos de ella en Inuyasha de lo que había imaginado.

Ni siquiera fue el hecho de que una fotografía tan lúgubre se tratara de la fotografía de su boda lo que le llamó la atención. Fue su mirada lo que la hipnotizó. Tan seria, tan seca, tan penetrante. Esa no parecía la mirada de una novia feliz, ni la de una mujer enamorada, ni la de una madre. Parecía…

— ¿Un matrimonio concertado?

— No esperaba que lo adivinaras…

¿Lo había dicho en voz alta? ¡Un matrimonio concertado! Eso bien podría explicar muchas cosas. En primer lugar, la falta de emoción de la novia e incluso del novio. Ese Inu No Taisho no se parecía al que ella conocía. En segundo lugar, eso explicaría que tan siquiera se hubiera producido ese matrimonio. Inu No Taisho amaba a sus hijos y era un hombre cariñoso por naturaleza. No habría permanecido junto a una mujer que los dañara sin razones de peso. En tercer lugar, el hecho de que se tratara de un matrimonio de conveniencia también daba cuenta de su edad junto con esa antiquísima fotografía.

Se mordió el labio mientras intentaba hacer el cálculo. Esos ropajes, el deterioro de la fotografía, el estilo… Seguro que tenía más de sesenta años.

— ¿Qué edad…?

— En esa fotografía, mi padre tenía veinticinco años. — contestó suponiendo la pregunta — La fecha en la que fue tomada está detrás.

Le estaba dando permiso para comprobarlo por sí misma. ¡Por supuesto que lo iba a comprobar! Levantó el film que protegía la fotografía y la tomó con cuidado. Incluso el material era diferente al que se usaba en la actualidad para las fotografías. Le dio la vuelta y lanzó una exclamación al ver escrito el año 1912.

— ¡Imposible!

— Somos muy longevos, Kagome.

— Pero él está igual…

— No envejecemos. Cuando alcanzamos la madurez, nuestro cuerpo deja de deteriorarse y, si morimos, lo hacemos con ese aspecto joven.

Parecía de película. No obstante, estaba completamente segura de que el hombre que aparecía en la fotografía era Inu No Taisho.

— ¿Sabes en que año nací, Kagome?

— En tu carné pone…

— No, ese año no. Me refiero al verdadero año en que nací…

Lo había susurrado en su oído, suavemente, provocándole un escalofrío de placer. ¿Pretendía excitarla? ¿Estaba jugando con ella? ¿Quería que se pusiera nerviosa? No le gustaba tanto suspense. En esa casa había misterios como para crear toda una saga de novelas.

— Yo…

— Di un número…

Estaba demasiado cerca, le hablaba con esa voz ronca tan sexi, sus manos estaban sobre sus muslos peligrosamente cerca del borde del vestido… No podía pensar con claridad.

— ¡No lo sé!

Se rio de ella por su respuesta acelerada. Seguro que él sabía muy bien lo que estaba sintiendo, por qué estaba tan alterada. Lo hacía a propósito. La provocaba para divertirse el muy canalla. Ojalá ella fuera capaz de jugar al mismo juego con tanta maestría como él. Sin embargo, siempre que lo intentaba, él terminaba por lograr lo que quería, no había forma de esquivarlo. Si ella jugaba, perdía.

— Nací en 1927.

Volvió la cabeza sobre el hombro al escucharlo. A Inuyasha le faltaban doce años para cumplir un siglo de vida. ¡Tenía 88 años! Era de locos. Aquel no era el aspecto de un hombre de esa edad. Ni la menor señal de arrugas, canas, entradas, calvas, manchas o cualquier otro síntoma estético de la edad. Completamente sano y ágil, como un adolescente. Eso por no hablar de su apetito sexual, que era inagotable.

A pesar de haberle contado el secreto tiempo atrás, no tenía ni idea de hasta qué punto su condición era diferente. Conocer sus habilidades súper desarrolladas respecto al resto de la humanidad no había sido nada en comparación con aquello. Inuyasha estaba hablando de juventud eterna y de una vida mucho más extensa que la del resto de mortales. Si con 88 años se encontraba en ese estado, ¿cómo estaría con otros cien años más? La verdad era que la idea la aterrorizaba. No quería caer en el tópico de crepúsculo, pero la edad era un obstáculo insalvable entre ellos.

— ¿Cuánto soléis vivir de media?

No sabía si eso se trataba de una pregunta grosera y no le importaba. Necesitaba ciertas respuestas o no podría vivir en paz.

— No hay una estimación exacta… — admitió — Un antepasado mío vivió casi 400 años, por ejemplo. Sin embargo, mi abuelo solo vivió 186 años…

¿Solo? A ella no le parecía poco en absoluto. Su difunto abuelo murió a los sesenta y ocho años. Ahora bien, para una persona que vivía tanto, quizás a esa edad se consideraba todavía joven. Aunque, si su padre se casó a los veinticinco, empezaban a vivir igual de rápido que el resto. ¿Cómo encajaba ella allí? Por el momento, con sus dieciséis años, le llevaba la delantera a Inuyasha. En unos diez años más o menos, serían físicamente igual de viejos y sería ella quien se volviera la mayor de esa relación.

Debía admitir que tenía miedo. No temía envejecer, pues sabía que era parte de la vida, así se lo enseñaron. Lo que temía era encontrarse sola cuando dejara de resultarle atractiva a Inuyasha. No sería lo mismo que estuvieran juntos en ese momento a que lo estuvieran cuanto ella tuviera cuarenta años o más. La gente se preguntaría qué hacía un hombre tan joven con una vieja como ella. Seguro que pensarían que era la típica maruja que iba a la caza del yogurín. Además, Inuyasha era un hombre de fuertes necesidades. Odiaría ver cómo su deseo por ella se marchitaba. Si él envejeciera con ella, sería tan diferente…

— Sé en qué estás pensando y no tienes que preocuparte por esas tonterías.

— ¿Tonterías?

La verdad era que eso la enfadó. Como él no envejecía, no podía entender cómo se sentía.

— ¡No son tonterías!

— ¡Sí que lo son! — la acalló inmediatamente — Tú ya no vas a envejecer y permanecerás conmigo unida a mi hilo de la vida.

— N-No entiendo…

En respuesta, Inuyasha le cogió la mano donde se encontraba el anillo de compromiso y la levantó frente a los dos para que ambos lo vieran.

— ¿Ves este anillo? No es solo un anillo de compromiso…

— ¿Ah, no?

A ella le parecía un anillo de lo más corriente.

— Te he dado una parte de mí con este anillo…

Para demostrárselo, le hizo agitar la mano para luego ponerla contra la luz que entraba desde el tragaluz de la buhardilla. Sorprendida y confusa vio que algo se agitaba por dentro de la piedra preciosa. Era algo líquido que se movía por las sacudidas.

— ¿Qué es?

— Es mi sangre, Kagome. — envolvió su mano en la suya más grande — Mi sangre te protege y te ayuda a permanecer conmigo...

— ¿Basta solo con esto para que nosotros…?

— Bastará si nuestro amor es verdadero. Solo puedo darle este regalo a una persona, a un alma gemela…

— ¡Claro que es verdadero!

Rodeó el cuello de Inuyasha con los brazos y hundió la cabeza en el hueco entre su cabeza y su hombro con lágrimas en los ojos. Podrían estar juntos siempre. Nada podría haberle hecho más feliz. No le importaba la juventud ni vivir más o menos años; solo le importaba poder vivir toda su vida junto a él. No sabía qué clase de magia estaba imbuida en ese anillo, en su sangre o en ella, pero tenía muy claro que su amor era verdadero.

Una idea le cruzó la mente en ese instante. ¿Cómo no lo había pensado antes?

— ¿Y Kamui? — preguntó en un susurro.

— Esa es mi gran preocupación desde que lo tuve en brazos por primera vez… — confesó — Es algo en lo que llevo trabajando mucho tiempo. Esto no funcionaría con él y no encuentro otras opciones… — respiró hondo — Mi única esperanza es que encuentre a una mujer de mi especie…

— ¿Hay más?

— Mi padre conoce algunas familias, pero cada vez somos menos o estamos más ocultos. Internet se ha convertido en el enemigo más peligroso al que nos hemos enfrentado nunca…

Tenía lógica lo que decía. Apoyó la cabeza contra su pecho en una posición relajada y se miró de nuevo el anillo con un mohín.

— ¡Y yo que creía que me habías regalado un rubí!

— ¡Serás codiciosa!

Entonces, llegaron las cosquillas. Normalmente, le molestaba que le hicieran cosquillas en la zona en torno a las cosquillas, pero Inuyasha se estaba riendo. Le gustaba verlo reír de esa forma tan desenfadada; no era algo en absoluto habitual en él.

Tras ese pequeño ataque de locura, continuaron viendo el álbum de fotografías. Inuyasha de niño era un auténtico encanto, precioso y monísimo. Si le hubieran puesto un vestido, se creería que era una niña. Por si acaso, no lo diría en voz alta para evitar otro ataque a traición de cosquillas. No pudo evitar fijarse en que la mirada serena y siempre seria de su madre se iba trastornando a medida que se sucedían los años. ¿Se volvió loca o era algo que siempre vivió en ella y solo salió a la luz?

— Creo que engañaron a mi padre y a mi abuelo con este matrimonio… — musitó Inuyasha, como si le leyera el pensamiento.

— ¿Por qué?

— Lo de mi madre no era cosa de un día, era una enfermedad mental en toda regla.

Justo lo que ella estaba pensando.

— He notado que… bueno… — era algo complicado de decir — Tu madre parecía inclinarse hacia tu hermano…

— Y así era. A mi madre le enseñaron que el primogénito lo era todo en una familia. Ella no creía que fuera necesario tener más hijos tras el nacimiento de Sesshomaru, pero mi padre sí quería. Cuando se quedó embarazada de mí, intentó matarme mientras estaba embarazada, pero yo fui más fuerte…

— ¿Cómo sabes eso?

— Porque ella me lo dijo…

Aunque ya sospechaba la respuesta, se le paró el corazón cuando él lo dijo en voz alta. ¿Qué clase de madre le decía eso a un hijo? Intentó matar a Inuyasha antes de nacer, él podría no haber estado allí si lo hubiera conseguido. La sola idea le provocó nauseas. Además, decirle algo tan duro a un niño de cinco años era horrible. ¿Cómo debió sentirse aquel niño cuando su madre le dijo que no lo amaba, que lo habría matado? Sinceramente, lo extraño era que Inuyasha no hubiera acabado mucho peor, pues predecía que eso no era en absoluto lo único que le hizo ni lo peor.

A medida que avanzaba, se percató de que cada vez había menos fotografías hasta que solo quedaron las familiares que siempre se tomaban por navidad y en verano. En algunas de ellas, la madre de Inuyasha le pasaba un brazo sobre los hombros a su hijo mayor. A Inuyasha nunca lo miró tan siquiera. Desde que era un bebé, fue el padre quien lo tomó en brazos. En esas ocasiones, Inuyasha parecía feliz aunque notó que se fijaba en la madre cuando ella favorecía al otro hijo. ¿Tuvo envidia de su hermano mayor por ese trato de favor?

— A partir de aquí, mi madre ya no está.

Y a partir de ahí, en los siguientes álbumes, Inuyasha, Sesshomaru e Inu No parecían felices. De repente, Inuyasha salía a coger cangrejos con su hermano al río, iban a pescar al embarcadero con su padre, jugaban al fútbol en el jardín, se iban los tres juntos de vacaciones, celebraban la navidad con decoración navideña. Todo aquello que no hicieron jamás mientras la madre estuvo en sus vidas, al fin se hizo realidad. Se alegraba por ellos, merecían ser felices.

La primera fotografía de Izayoi con ellos tenía apenas veinte años. En ella posaba cogida de la mano de Inu No y con una niña pequeña de no más de diez años, que supuso sería Rin, agarrando su falda. Inuyasha y Sesshomaru estaban a un lado con una sonrisa. Poco después, tras un tiempo saliendo juntos, aparecieron las fotografías de su boda, la comunión de Rin, la casa de Inuyasha en Santa Mónica mientras arreglaban el techo ellos mismos, cenas navideñas familiares, etc. Parecía tan normal como cualquier otra familia, excepto por una cosa. Desde cierto momento, la mirada de Rin empezó a estar siempre fija en Inuyasha, vigilante. No parecía la clase de actitud de una hermana…

— Aprovechando que Rin aparece aquí, hay algo que debes saber antes de que nos la volvamos a encontrar.

¿Acaso le leía el pensamiento? Siempre sabía en qué estaba pensando cuando miraba una fotografía.

— Cuando te bajó la regla en mi casa… — el solo recuerdo le hizo sonrojar — ¿Recuerdas que te dije que me sucedió lo mismo con mi hermanastra? No te conté que me acosté con ella esa noche y de ahí en adelante…

— Inuyasha…

— Duró dos meses hasta que al fin me di cuenta de que aquello no estaba bien. Yo no sentía nada por Rin y era la hija de la que para mí ha sido la única madre que he tenido… — cogió aire — Decidí cortar por lo sano antes de hacerle más daño, le pedí perdón a mi madre y me marché de casa.

— Por eso tiene esa actitud en esas fotografías…

— Y aún la tiene. — la tomó por los hombros y le hizo mirarlo a los ojos — Ten cuidado con ella, Kagome. Creía que yo la había utilizado, pero resulta que ella me utilizaba a mí.

— ¿Cómo…?

— Yo fui su presa fácil, ya que Sesshomaru lo había entregado por aquel entonces. Quiere lo que yo te he dado a ti, pero no sabe que no puede quitártelo. Mi padre está muy preocupado por ella porque ha visto la codicia en su mirada y sé que Izayoi también…

Juventud y vida eterna… ¿Quién no lo querría? Se acarició el anillo del dedo anular preguntándose si sería capaz de intentar arrancárselo de los dedos. Tal y como se la había pintado Inuyasha, no parecía una mujer de fiar.

— ¿Por qué no montamos a caballo?

El repentino cambio de tema por parte de Inuyasha no le molestó en absoluto. Le encantaría montar a caballo, había echado de menos a Titán. Sin embargo, su atuendo era un impedimento para tal actividad. No se había llevado nada de ropa aparte de lo que llevaba puesto cuando llegó. Su ropa se estaba secando en algún lugar de la casa y estaba vestida con ropa de Izayoi: leotardos, botas de piel, vestido de lana sencillo y una toquilla.

— No creo que mi atuendo sea adecuado…

— Quizás tengas razón… — musitó decepcionado.

— ¿Por qué no vas tú a montar? Me acercaré después de desayunar.

Se separaron en la puerta de atrás, desde la cual Inuyasha salió hacia el establo no sin antes arrancarle la promesa de que se reuniría con él en cuanto desayunara. Además, le llevaría una taza de café solo como a él le gustaba y algo de comer. Sabía bien que todavía no había desayunado, pero, en vista de lo impaciente que parecía por montar, no quiso aguarle el momento. Inuyasha le había confesado momentos de su vida difíciles que había tenido que recordar mientras se los narraba. Sabía que montar a caballo le relajaba y lo quería en plenas funciones cuando Himawari llegara.

Estaba deseando volver a tener a su hija en brazos. La noche anterior, antes incluso de quitarse las ropas mojadas, llamaron a sus padres para preguntar por Himawari. La niña no paraba de llorar y no comía. La pobre debía haber sufrido demasiados cambios en los últimos tiempos. Primero, le faltó su padre y, luego, su madre desaparecía. ¿Creería que no iba a volver? Inuyasha tomó en ese instante la decisión de invitarlos a pasar el fin de semana en Santa Mónica con su familia para que trajeran a la niña.

¿Cuándo llegarían sus padres? Ya eran cerca de las once de la mañana y dijeron que saldrían temprano de casa, más o menos a la hora que su padre se levantaba para ir a la pescadería, sobre las cinco de la mañana. Calculaba que para la hora de comer habrían llegado. Estaba tan feliz y…

La figura femenina de la díscola hermanastra de Inuyasha se cruzó en su camino justo en ese instante, interrumpiendo sus pensamientos. No podía evitar estar en alerta tras la advertencia de Inuyasha. ¿Qué quería? Su mirada no le parecía en absoluto amigable ni su pose. Parecía un leopardo siguiendo a su presa, estudiándola, preparándose para el ataque. La verdad era que incluso sin las advertencias de Inuyasha, habría adivinado que no era del agrado de la que sería su cuñada.

— Tú debes de ser Kagome, la perra de Inuyasha.

Su saludo la dejó de piedra. ¿La había llamado perra en sus narices? Esperaba ataques más sutiles, no un golpe de ese calibre.

— Creo que ya sé por qué llamas tanto su atención…

La sometió al análisis más humillante del que había sido receptora jamás. Parecía como si odiara cada centímetro de su cuerpo y estuviera dispuesta a mutilarla lentamente. ¿Cómo una mujer tan buena como Izayoi podía haber tenido una hija así?

— No deberías emocionarte con tu nueva condición en la familia. — le advirtió — Mi hermanastro perderá pronto el interés por ti.

— Eso es mentira…

Desearía haber dicho algo más mordaz, tener más autoridad y arrojo. A ella no le gustaban las disputas y tenía que sentirse muy amenazada para explotar y sacar a relucir su carácter.

— ¡Oh, por favor! Solo eres la nueva perra que lo calienta cuando se aburre.

— No…

¿Qué le pasaba en la voz? ¿Por qué no podía responderle en el mismo tono?

— La verdad es que hay que reconocerte el mérito. A Inuyasha no suelen durarle tanto ni las esposas.

— Te equivocas…

— La única razón por la que estáis juntos es esa mocosa vuestra…

Eso no. Nadie hablaba de esa forma de su hija. Cerró los puños con fuerza en los costados hasta que los nudillos se volvieron blancos, apretó los dientes, frunció el ceño y se dispuso a caminar hacia ella con toda la intención de dejarle bien claras un par de cosas. O, al menos, esa era su intención hasta que una pequeña figura se cruzó entre ellas y la abrazó rodeándole la cintura con los brazos.

— ¡Mamá, ya te has levantado!

Era Kamui. La noche anterior, tras haberse duchado, estuvieron viendo los dibujos un rato con Kamui y tranquilizándolo por los últimos tiempos. Tras haberlo acostado, Inuyasha y ella se sentaron a hablar sobre sus hijos y le juró que jamás volvería a comportarse de esa forma, que sería una buena madre. Kamui y Himawari habían sufrido innecesariamente durante la última semana e Inuyasha tuvo razón en sermonearla. Ya no era ninguna niña aunque tampoco fuera adulta. Tenía que pensar de otra forma y ser el apoyo que un par de niños necesitaban.

Fue por esos motivos que desistió en su ataque. Enfrentarse a Rin delante de Kamui no repercutiría en el bien de nadie, todo lo contrario. Kamui no necesitaba conocer sus rencillas ni formar parte de la disputa si hasta entonces había pasado desapercibido para él. Asimismo, también debía proteger a su hija de ella cuando llegara. Por lo tanto, aunque odiara quedar como una cobarde ante esa mujer de sonrisa arrogante tan irritantemente molesta, iba a ceder.

— ¿Vamos a desayunar juntos?

— Sí, mi cielo… — respondió más por costumbre que por haberlo escuchado.

Rin se cruzó de brazos, cuadró los hombros y pasó a su lado como si se tratase de la vencedora de una batalla de gladiadores. ¡No, de eso nada! Ella también sabía jugar a juegos de adultos cuando se lo proponía. Abrazó a Kamui contra ella para evitar que viera como agarraba su brazo bruscamente al pasar a su lado. No le dijo una sola palabra, solo la miró y apretó el agarre en su brazo. Rin la miró horrorizada, como si fuera la primera vez en su vida que alguien la ponía en su sitio. Después, se desasió de ella sacudiéndose bruscamente y se marchó a paso ligero. De ahí en adelante, tendría que andarse con ojo porque se negaba a convertirse en una presa fácil.


Esa era la tercera vuelta que daba con su caballo, Titán. Su padre se lo regaló al construir los establos después de que su madre muriera. El primer caballo en habitar el establo fue él y en seguida se convirtió en su mejor amigo. Era justamente lo que necesitaba para superar el pasado y empezar a mirar adelante. Titán le devolvió la sonrisa y su padre lo sabía. Desde entonces, aunque solo se vieran en contadas ocasiones al año debido a la distancia, cuidaron el uno del otro.

Con el tiempo, descubrió que fue un regalo mucho más premeditado por parte de su padre de lo que imaginaba. Su padre quería encontrar alguien en quien él confiara para poder compartir sus penas, alguien que le diera la estabilidad que necesitaba recuperar y alguien que no se marchara demasiado pronto de su lado. ¿Qué mejor que un caballo de aquella especie? Titán era un caballo muy especial, rarísimo de encontrar y capaz de unirse a su hilo de la vida como él había unido a Kagome al suyo. Ojalá encontrara pronto la forma de obrar algo semejante con Kamui.

Le hizo caminar al trote y estaba a punto de saltar una valla, justamente lo que más le gustaba a Titán, cuando otro caballo dorado se cruzó en su camino. Tuvo el tiempo justo para tirar de las riendas y parar a su semental antes del impacto. Titán se encabritó durante unos segundos que no dejó de patear y relinchar con las fosas nasales bien abiertas. Le acarició el cuello y le murmuró algunas dulces palabras al oído. De no haber estado Rin presente, le habría cantado. Al igual que a los niños, a su caballo le calmaba mucho que le cantara.

— ¿Te has vuelto loca? — se volvió hacia ella cuando Titán volvió a ser totalmente manso — ¡Podríamos haber acabado en el hospital!

— Pensaba que eras mejor jinete, Inuyasha.

Peinó la cabellera de Titán sin apartar la vista de su hermanastra. Al igual que su caballo instantes antes, su hermanastra estaba encabritada por alguna razón. Lo notaba, tenía una pataleta y él no estaba de humor para aguantarla. No iba a consentir que les diera problemas. Kagome y él al fin iban a ser felices.

— Así que te has buscado un nuevo juguetito, hermanito.

— No es ningún juguete. — aseguró — Es mi prometida y madre de mis hijos.

— Es muy mona la verdad, pero un poquito niña, ¿no crees? Aunque, claro, a ti te van las menores, ¿no? Te ponen más.

La malicia de Rin era tan venenosa que casi podía ahogar a una persona de solo estar en su presencia. Una vez, tiempo atrás, Rin había sido una niña encantadora que sonreía continuamente y se mostraba siempre sorprendida por cuanto su padre le mostraba. Izayoi no tenía muchos medios económicos antes de conocer a su padre, por lo que fue todo un descubrimiento para una niña pequeña que nunca tuvo nada pasar a saber lo que era tenerlo todo. Desde entonces, su padre la malcrió tanto que algo se torció en su interior. Quería ser la más guapa de la clase, la más lista, la más adinerada, la que tuviera siempre lo último. Ser la mejor se convirtió en una obsesión. Entonces, sus padres, preocupados porque ella no contara con su misma condición, le contaron su secreto con todo lujo de detalles.

¡Qué gran error! Su padre había sonreído por la inocencia de Rin mientras le hacía preguntas atropelladamente y saltaba de la emoción. Lo que no sabía era que, en su interior, la auténtica Rin empezaba a urdir un plan para lograr la juventud y vida eterna que había conseguido su madre. Sin duda alguna, nada habría alegrado más a sus padres de no ser porque sus artimañas fueron de lo más sucias. No lo quería a él; quería sus condiciones de vida. Y, dicho sea de paso, a Rin le encantaba el dinero.

— Te lo advierto Rin, — la miró furioso — aléjate de ella. No es como tú, ellas es una buena persona.

— ¡Qué lástima! Ella envejecerá y morirá mientras que tú seguirás igual durante toda la eternidad. Yo que tú, no me encapricharía con algo de tan poca duración.

— Te recuerdo que tú también eres humana y, de hecho, ya estás envejeciendo. — la miró bien — Diría que has perdido encanto…

En realidad, no deseaba ser cruel. Simplemente, decía la verdad. Rin ya no era lo que fue una vez y los años no perdonaban. Sus pequeñas cirugías plásticas eran prueba de ello. Rin cada vez temía más el paso del tiempo.

— Cásate con ese novio tuyo y disfruta de lo que te queda de vida. — le aconsejó.

Rin, por supuesto, no aceptó su consejo.

— ¡Eres un cabrón! — bramó — Ojalá esa perra tuya se muera antes de que…

No escuchó ni una palabra más. Cogió la muñeca de Rin, tiró de ella para acercarla a él y la miró desafiante. Por fin, Rin se encogió, atemorizada. Si algo sabía bien su hermanastra, era que no le convenía enfadarlo.

— Te prohíbo que te acerques a Kagome, que la mires o que la insultes y, sobre todo, te prohíbo que le toques un solo pelo a mis hijos.

— ¡Me haces daño!

— ¿Me has oído? — la sacudió — Protegeré a mi familia a cualquier costo.

— ¡Ella no es como tú!

— Ahora, sí.

Rin palideció ante su respuesta. Seguro que no lo esperaba a pesar de ser de lo más evidente. Por alguna razón desconocida para él, esa mujer siempre estuvo convencida de que al final ella ganaría, de que estaba enamorado de ella, de que sus relaciones fracasaban por ella. No entendía que lo poco que hubo entre ellos no tuvo ningún significado, que había sido consumido por el olvido. Él era una persona nueva con metas y objetivos honorables junto a su familia. Ya no follaba para sentirse vivo. De repente, se encontraba haciendo el amor con la persona amada.

— Déjanos en paz, Rin.

La soltó al fin e hizo virar a Titán para regresar al establo donde lo cepillaría antes de dejarlo. No obstante, un olor de lo más familiar hizo que sus propósitos cambiaran por completo. Ese era el olor de su hija, de Himawari; se acercaba. Estarían allí en cinco minutos como mucho y él la esperaría en la entrada con los brazos abiertos.

— ¡Inuyasha!

Se bajó de Titán de un salto y corrió hacia la valla del corral donde lo esperaban Kagome y Kamui con el desayuno para él. Con todo el ajetreo, había olvidado tomar el desayuno.

— Himawari estará aquí en seguida.

Kagome sonrió como solo ella sabía hacerlo por la noticia. A su espalda escuchó el sonido del galope, nada que pudiera distraerlo de lo mejor que le había pasado en la vida hasta que Kagome palideció y gritó. Al volverse, vio a cámara lenta como la yegua de Rin embestía a Titán por un costado. Rin saltó un instante antes, evitando el accidente, mientras que ambos caballos caían al suelo en un embrollo de patas, asustados y heridos. El semental que durante tanto tiempo lo había acompañado, gimió de dolor al sentir la pata de la otra hembra sobre su vientre y se quedó inerte.

— ¡Titán!

Continuará…