AVISO: el siguiente capítulo será el capítulo final. Después, un corto epílogo.
Capítulo 21: la hora de la verdad
— ¡Titán!
Todo fue muy rápido. Inuyasha dejó caer al suelo la taza de café que acababa de coger y echó a correr hacia el caballo. Titán se había removido durante unos instantes, luchando contra la carga que le cayó encima, hasta que terminó por rendirse y dejarse llevar. La yegua que cayó sobre él estaba asustada y nerviosa, incapaz de adivinar qué debía hacer. Inuyasha tomó sus riendas y tiró de ellas para indicarle que debía levantarse. Al hacerlo, notó que tenía la pata herida y algunos rasguños. Sin embargo, nada tan grave como el estado de su semental.
— ¡Coge las riendas de Anya!
Sesshomaru llegó en seguida a su lado, tras haber escuchado a la lejanía el incidente, y tomó las riendas. Entonces, Inuyasha pudo arrodillarse junto a su caballo. Respiraba, pero estaba muy mal. Transpiraba y temblaba violentamente. Una pata se le había torcido y la otra estaba en carne viva tras haberla pisado la hembra. También tenía heridas en carne viva y vio cómo el otro animal le pisaba el vientre. Necesitaba atención veterinaria inmediata.
Kagome se acercó a él. No quería que entrara en el corral, mucho menos después de haber presenciado hasta dónde era capaz de llegar Rin. Intentó que se marchara, le hizo señas e incluso se lo ordenó; Kagome desobedeció. Se arrodilló a su lado, le pasó los brazos sobre los hombros y lo abrazó. Hasta ese momento no fue consciente de lo mucho que necesitaba ese consuelo. Agarró una de sus manos, contento de poder contar con ella, y acarició el cuello del caballo con la otra. Tenía que aguantar, tenía que sobrevivir.
— ¡El veterinario está en camino!
Su padre al fin se acercó. Seguro que escuchó el accidente desde la casa y actuó con premura. Se acuclilló al otro lado del caballo haciendo una mueca de dolor por su pierna aún dolorida y le dio unas suaves palmadas sobre el lomo. La mueca de su padre no le gustó nada. Él sabía de caballos más que nadie allí. Si parecía tan disgustado…
— ¿Papá?
Inu No notó su preocupación. Se las ingenió para sonreír y buscó las palabras más tranquilizadoras de las que fue capaz en ese instante.
— Se pondrá bien. Ahora, es muy importante no moverlo…
No muy lejos de ellos, Rin se levantaba del suelo con la ayuda de su madre y se quejaba del "daño" que se había hecho y de lo molesto que era su caballo. ¡Desgraciada! ¿Cómo se atrevía a mentir de esa forma? Se había lanzado contra su caballo; todos lo vieron. Los que no lo vieron como su padre y su hermano, lo escucharon, sabían lo que había sucedido. ¿Cómo podía tener tan poca vergüenza? Su caballo estaba muy grave por su culpa y ella estaba como una rosa. Había saltado antes del impacto y cayó al suelo dando una voltereta, lo que apenas le provocó poco más que un poco de paja en el pelo y la impresión muscular del ejercicio.
— Cálmate, Rin.
Izayoi aún no sabía lo que había sucedido. ¿Se lo diría su padre? ¿Querría que él también se lo ocultara?
— ¡Ese caballo es un peligro!
El auténtico peligro para la familia entera era ella. La verdad era que le extrañaba que su secreto aún no hubiera sido revelado en los medios. Su padre se equivocó de lleno al confiárselo a Rin. En ese momento, la susodicha ya sabía que no le quedaba ni una sola oportunidad de conseguir la juventud eterna y la longevidad que tanto ansiaba. ¿Cómo reaccionaría? Bueno, ahí tenía la prueba. Lo peor de todo era que debía dar gracias a que embistió a su caballo y no a Kagome o a sus hijos. ¡Diablos, pobre Titán! Había estado con él siempre.
El hilo de vida que los unía era fuerte, pero no imposible de romper. Lo mismo sucedía con Kagome. Tanto su caballo como Kagome no eran inmunes a las enfermedades de su especie ni a la muerte por accidente, asesinato, etc. Serían jóvenes siempre y vivirían mientras que otros factores externos o incontrolables para él no se los llevaran por delante. Una enfermedad podría separarlos. La sola idea lo horrorizaba. No quería perder a Kagome, a Kamui o a Titán. Himawari era la única que le aseguraba más tiempo juntos mientras no fuera víctima de un accidente.
— ¡Deberíais sacrificarlo!
Esa fue la gota que colmó el vaso. Nadie sacrificaría a su caballo y nadie podría proponerlo tan siquiera sin esperar que él no reaccionara de forma violenta. Notó cómo lo hervía la sangre y la transformación se iniciaba. Lo quisiera o no, iba a ser dominado por su naturaleza y, entonces, más le valía correr bien lejos a su hermanastra.
— ¡Izayoi, llévate a Rin de aquí inmediatamente!
Fue su padre quien puso fin a la transformación de golpe con esas palabras. Izayoi lo miró con el brillo de la comprensión en la mirada y tiró de su hija para sacarla de allí mientras acallaba sus quejas. Su padre le agarró el mentón y le hizo levantarlo para mirarlo.
— Tienes que controlarte, Inuyasha.
— Rin…
— Lo sé. — asintió con la cabeza — Pero lo más importante en este momento es Titán.
Lo más importante era Titán. Los padres de Kagome, tal y como él predijo, llegaron en poco más de cinco minutos, antes que el veterinario. En un caso normal, habría salido corriendo en busca de su adorada hija, a quien tanto había añorado en ese corto período de separación. No obstante, lo que tenía entre manos en ese momento era demasiado importante y angustioso para él. No se sentía capaz de tomarla en brazos sin que le temblaran las manos y no quería que su más que aparente inestabilidad la pusiera nerviosa. Por eso, le ordenó a Kagome que fuera en su busca con Kamui y se quedara con ella y con su familia.
El veterinario tardó solo veinte minutos en llegar desde que lo llamaron, pero a él se le hizo eterna la espera y se lo hizo saber en cuanto llegó. Su hermano tuvo que agarrarlo para evitar que se le echara encima. Tras una revisión superficial del paciente, organizó el traslado. Despertó a Titán de su estado de inconsciencia con un spray que hizo que el padre de familia y ambos hermanos fruncieran la nariz y apartaran la cabeza de golpe. Aquello olía a sudor, a orina, a sangre y a estiércol, todo junto. ¡Era asqueroso! No le extrañaba que Titán levantara la cabeza de golpe, como si alguien le estuviera atacando.
Entre los cuatro lo subieron en un trasportín que tenían preparado para emergencias como aquellas. Una vez en el establo, lo llevaron a una cuadra especial más grande para que fuera atendido. El veterinario pidió estar a solas con el caballo y él estuvo a punto de quejarse cuando su padre le reprimió con una dura mirada. Tenía razón. Aunque estuviera preocupado por su caballo, lo mejor era que el veterinario estuviera a solas con él. Sería solo una molestia si lo presenciaba. Cada vez que Titán mostrara el menor gesto de dolor, se pelearía con el experto y no dejaría de hacer preguntas y preocuparse. Lo mejor era que esperara fuera.
Esperó, esperó y esperó dando vueltas como un animal enjaulado por el establo. Mientras tanto, entre su padre y su hermano atendieron las heridas de la yegua, excepto la pata, la cual necesitaba indicaciones del veterinario cuando terminara con Titán. Él mismo se acercó a darle un par de caricias al animal que había servido de montura para Rin durante los últimos años. La compadecía por su jinete. No debía apreciarla demasiado si puso su vida en semejante riesgo.
— Rin no debería tener un animal a su cargo.
— Inuyasha…
— ¡Sabes que tengo razón! ¿Acaso quieres que haga otra estupidez como la de hoy?
Sabía que la paciencia de su padre con su hijastra también estaba llegando a su límite. Hasta el momento, estaba callando y aguantando por Izayoi, porque temía que ella lo dejara si retaba a su hija. Sin embargo, todo tenía un límite. Ese día había sido su caballo; otro día podía ser un ser humano.
— Veré lo que puedo hacer.
Uno de los mejores jueces del país manipulado por la díscola hija de su amada esposa. Si en los juzgados lo supieran… Él entendía sus motivaciones para no disciplinarla y también entendía que en su día la hubiera mimado tanto, pero Rin ya no era una niña ni una buena persona. Sentía que si no hacía algo para alejarla de ellos, terminaría provocando un desastre en la familia.
— ¡Inuyasha!
La voz de Kagome fue aliciente suficiente para que dejara de lado todas sus preocupaciones durante unos instantes. Debió acercarse porque estaban tardando mucho en regresar.
— Te pedí que te quedaras con Himawari y…
— ¡Lo sé! — exclamó al detenerse frente a él para tomar aire tras la carrera — Pero estaba preocupada por ti y por Titán. ¿Cómo está?
— Aún no sabemos nada. El veterinario lleva un buen rato con él…
Kagome miró la puerta que daba a la cuadra donde lo dejaron preocupada y se frotó los brazos. Se percató en ese momento de que solo estaba cubierta con aquella toquilla sobre el vestido. Debía estar congelándose por el frío invernal de esa época del año. La agarró y tiró de ella para abrazarla contra su pecho. Después, agarró las solapas de su chaqueta y tiró de ellas para envolverla. Necesitaba distraerse…
— ¿Cómo está Himawari?
— Contenta de verme y deseosa de ver a su padre.
Él se sentía exactamente igual.
— Ya ha tomado su comida y ha saludado a tu madre vomitándoselo después…
Él no fue el único que se rio al escucharla. Su padre y su hermano también se echaron a reír al imaginar la escena. En su cabeza, aunque odiaría que Rin cogiera en brazos a su niñita, la imaginó a ella llena del vómito. Rin se habría puesto a gritar como una loca de haber sucedido eso. Eso le llevó a preguntarse dónde estaría Rin en ese instante. Suponía que los niños estaban con los padres de Kagome y con su madre por lo que no tenía que temer por ellos aunque… ¿Quién sabía de qué demonios era capaz Rin?
— ¿Y Rin?
Inu No y Sesshomaru se volvieron hacia ellos, también interesados en su paradero.
— Entró corriendo y gritando. Tu madre intentó calmarla, pero no hubo forma…
— ¿Qué ha pasado, Kagome? ¿Qué ha hecho?
Presentía por su tono de voz que había algo más.
— No ha sido muy agradable con mis padres… — musitó.
— ¡No será verdad! — Inu No se acercó con el ceño fruncido — Iré a presentar mis disculpas ante tus padres.
— No es necesario, Izayoi ya…
— Me ocuparé.
Su padre salió del establo cojeando como alma que llevaba el diablo. Había disimulado su enfado muy bien ante Kagome, pero él sabía lo furioso que estaba. No había nada que le molestara más que el hecho de que alguien, quien fuera, faltara al respeto a sus invitados. Más todavía cuando se trataban de los Higurashi, con quienes habían congeniado tan bien cuando se conocieron en Pasadena.
La imagen del novio de Rin, a quien no había visto en toda la mañana, se le vino a la cabeza. Su hermano le contó que estaba forrado, que había heredado unas cuantas empresas, lo que explicaba a la perfección que Rin estuviera tan pegada a él mientras intentaba "lograr" sus otros objetivos. Puestos a elegir, Rin sabía que una riqueza más moderada con las ventajas de la juventud eterna era más atractiva. Lo que no entendía era cómo el otro podía estar tan ciego. Para él, su hermanastra era tan transparente como un cristal bien limpio. Un tipo como aquel debiera ser más inteligente.
Justo pensando en él, Kohaku apareció en el establo con su acostumbrada parsimonia. Era un hombre relajado y reflexivo, totalmente opuesto a la siempre histérica y emotiva Rin.
— Me he enterado de que habéis tenido un accidente. Rin no ha sabido explicármelo, estaba muy alterada cuando ha entrado en la habitación…
Tanto Sesshomaru como él se pusieron alerta. No sabían hasta qué punto podían confiar en el nuevo individuo.
— Siento no haberme presentado antes. No soy demasiado madrugador cuando no hay que trabajar… — se disculpó — ¿Qué ha sucedido? ¿Puedo ayudar en algo?
No parecía tener malas intenciones, por lo que le explicaron de forma somera cómo fue el incidente, incluida la implicación de Rin en él. Si era inteligente, se alejaría antes de convertirse en su próximo objetivo. De hecho, al terminar el relato, el tal Kohaku estaba tan pálido que casi hacía juego con la nieve que había caído en la alta montaña. Seguro que no conocía esa parte de su adorada Rin. ¡Pues ya podía ir espabilando!
— Yo…
El veterinario salió justo en ese instante y perdieron el interés en Kohaku. Se acercaron al médico y recibieron su diagnóstico con el corazón en el puño. Titán se recuperaría tras unas semanas de reposo y rehabilitación. Las heridas eran mayoritariamente rasguños. Tenía una torcedura en una pata y la otra había necesitado puntos de sutura. En cuanto al vientre, dictaminó que habría que llevarlo a la clínica para hacerle una ecografía que descartara otros posibles daños, pero no recomendaba moverlo hasta allí tan pronto ni creía que tuviera algo grave o ya lo habría demostrado. Habría que esperar un par de días al menos.
Tras indicarle que atendiera a la yegua, entraron a ver a Titán. Aunque estaba muy sedado, movió la cabeza cuando entró en el establo y recibió sus caricias y las de Kagome gustosamente. Se pondría bien. Le pasaron una manta por encima, climatizaron la cuadra gracias al equipamiento que instaló su padre para darle la mejor atención posible al animal herido y se marcharon con la promesa de que regresarían para darle la comida.
Solo había una cosa que tenía que hacer desesperadamente en ese instante. ¡Tenía que ver a su hija! Le puso a Kagome la chaqueta sobre los hombros y tiró de ella para correr hacia la casa sin poder esperar más el momento. Su hija lo esperaba en brazos de su cuñada con los brazos abiertos.
— ¡Himawari!
La niña lloró de felicidad cuando él la cogió. No sabía que los niños pudieran hacer eso. Le estaba sonriendo con su mejor sonrisa, pero gruesas lágrimas caían por sus mejillas y se deslizaban por su mentón. Kagome se las limpió con cariño mientras él le hacía los arrumacos que tanto había esperado. Kamui, al verlos, se acercó y se abrazó a las piernas de su madre. Por fin estaban exactamente como debían estar.
— ¡Qué cosita más bonita!
La niña le fue arrebatada de entre los brazos por Sesshomaru para su sorpresa. Kagura corrió a su lado y entre los dos le prestaron tantas atenciones que la cría se olvidó por completo de su padre.
— Tu cuñada no la ha soltado desde que ha logrado cogerla.
Al ver a Sesshomaru con la niña, no le sorprendió. Se inclinó para susurrarle al oído a Kagome.
— Mi hermano y Kagura llevan diez años intentando tener hijos.
— ¿Diez años?
Eso sorprendería a cualquiera. ¿Cuántas parejas pasaban diez años intentando tener hijos? ¿Cuántas desistían antes? ¿Cuántas se rompían por eso mismo?
— Lo han intentado todo: inseminación artificial, tratamientos de hormonas, tratamientos experimentales… Nada ha surtido efecto. Por eso, han entrado hace unos meses en el proceso de adopción del estado.
Kagome se llevó una mano al pecho, conmocionada por sus palabras. Ella lo había tenido tan fácil para tener una hija que, además, ni siquiera buscó, que no pudo evitar que se le hiciera un nudo en el estómago de solo pensar que otras mujeres sufrían tanto para tener hijos. Sesshomaru y Kagura, durante los últimos diez años, debieron vivir todo un calvario hasta que decidieron desistir y adoptar. Se les notaba que deseaban tener hijos y era innegable que serían buenos padres. Les deseaba toda la suerte del mundo.
Apoyó la cabeza en el hombro de Inuyasha y desvió la mirada hacia las escaleras que daban a la primera planta inconscientemente. Rin era peligrosa. La había amenazado, provocó un accidente contra el caballo de Inuyasha, insultó a sus padres cuando tan siquiera los conocía. Temía que fuera capaz de cosas mucho peores que embaucaran a sus hijos. Por primera vez, tuvo miedo en el entorno familiar de la familia Taisho. La seguridad que siempre había envuelto esa casa se estaba viendo en entredicho por culpa de la hermanastra de Inuyasha.
Entre risas se dirigieron hacia el garaje. Habían pasado el día en el centro comercial de Santa Mónica. Compró ropa para Kagome y para la niña, videojuegos y juguetes para los niños, comieron en un restaurante, jugaron en los recreativos y tomaron chocolate caliente con churros. Todo era tan normal que suspiró de puro placer. Para cenar, habían prometido regresar a la residencia familiar para comer todos juntos. Ni siquiera la idea de compartir mesa con Rin podría estropearle el día.
Kagome fue con Kamui a dejar el carro de la compra en su lugar mientras él preparaba a Himawari en su asiento. El olor característico de los garajes le impidió notar la familiar presencia a su espalda. Al volverse, para su asombro y su horror, vio a Rin completamente sola.
— ¡Rin!
— ¿No me vas a dar un buen beso como aquellos que me dabas antes?
Ni siquiera contestó a su provocación. Por ese día, Rin había causado más que suficientes daños.
— Pasaba por aquí con mi novio cuando te vi tan solito y decidí venir a hacerte compañía.
— No estoy solo.
Su hijo y su prometida todavía no regresaban de un recado tan sencillo. ¿Por qué tardaban tanto? Los buscó por el garaje hasta que los encontró charlando con Kohaku de espaldas a él.
— ¿Has enviado a tu novio para que los distraiga mientras intentas recuperar una antigua relación?
— Podría ser…
— No deberías esforzarte tanto, esto está muerto y tú ya has perdido lo que tanto deseabas. Lárgate antes de que decida vengarme por lo de Titán.
— Quizás, ya no te quiera. Como no tienes nada que ofrecer…
Entonces, ¿qué demonios quería? ¿Por qué no les dejaba en paz?
— Te estarás preguntando qué quiero, ¿verdad? — se acercó tanto a él que dio un paso atrás, amedrentado — Quiero quitártelo todo para que te arrepientas de no haberme dado a mí lo que me correspondía.
Sus venenosas palabras provocaron que la bilis le subiera por el esófago hasta casi rozar su garganta. Aquella mujer estaba totalmente podrida por dentro. A decir verdad, Kikio Tama era un auténtico corderito a su lado. La verdadera maestra del mal era Rin Taisho. Tanta maldad no podía ser de fábrica, tenía que proceder de alguna parte y era imposible que tuviera algo que ver con Izayoi. ¿Quién sería el padre? ¿Hitler? ¿Mussolini? Estaba al nivel de los dictadores fascistas de la Segunda Guerra Mundial.
Por otra parte, tenía que admitir que era hermosa y tentadora como el demonio, pero él tenía una mujer que era hermosa como un ángel. Una belleza pura y limpia que solo le pertenecía a él desde entonces y por siempre. La única mujer que conseguía que se arrastrara suplicando por una de sus miradas… Eso era algo que Rin nunca podría obtener de él. Algo con lo que jamás soñaría. Ya no le tenía miedo porque no estaba solo.
— Rin deja de hacerte daño. Nunca debí ponerte una mano encima y te pido perdón por ello, pero esto ha ido demasiado lejos.
— ¡No quiero tu compasión! ¡Quiero que sufras!
Antes de que pudiera predecirlo, se lanzó a sus brazos y lo abrazó como si le fuera la vida en ello. ¿Qué pretendía?
— ¿Inuyasha?
Esa era la voz de Kagome. Entonces, eso era lo que pretendía: poner a Kagome en su contra. Kagome no dijo ni una sola palabra y él tampoco. Rin se marchó con una sonrisa de superioridad que le puso los pelos de punta. Entraron en el coche en un silencio tenso y molesto que empezaba a ponerlo nervioso. A los pocos minutos de salir del centro comercial, empezó la auténtica discusión.
— ¡Joder, Kagome! — golpeó el volante mientras conducía — ¡Te estás equivocando!
— No me estoy equivocando. — le reprochó — ¡Lo he visto con mis propios ojos!
— ¡Sólo me estaba abrazando, por Dios! — gruñó — No sé cómo puedes ponerte así.
— ¡Porque ella te quiere!
— ¡No me quiere a mí, quiere…!
Al ver a sus hijos a través del espejo retrovisor, se calló abruptamente. La niña parecía francamente sorprendida por sus gritos aunque no entendiera nada y Kamui tenía la expresión de un niño que empezaba a comprender demasiado. Tenían que parar.
— No es momento de discutir esto. — dictaminó.
El tráfico empezó a detenerse frente a él. Pisó el pedal del freno, el cual, repentinamente, estaba increíblemente duro. El automóvil no frenó ni un poquito. Volvió a intentarlo sin ningún éxito mientras que en aquella ligera pendiente el coche continuaba descendiendo sin perder velocidad. Iban a chocar contra el otro coche si no hacía algo. Si los frenos no funcionaban, solo le quedaba una cosa por hacer. Giró el volante y tiró de la palanca del freno de estacionamiento. No fue suficiente para evitar que la parte del maletero del coche chocara. Otro coche lo golpeó por el otro lado al mismo tiempo y el automóvil voló, dando una vuelta de campana. Su último pensamiento coherente antes de que todo se volviera oscuro era que alguien le había manipulado los frenos.
Cuando Inuyasha logró abrir los ojos, estaban boca abajo dentro del coche. Escuchaba el sonido de las sirenas de policía, de las ambulancias y algunas incluso de bomberos. Parecía como si estuvieran siendo rodeados. Se miró las manos llenas de sangre y apartó el airbag como pudo. Al mirar el retrovisor, vio a Kamui y a Himawari con los ojos cerrados y los rostros cubiertos de sangre. No podía ser, deberían estar bien. ¿Y su airbag?
— Kagome…
Tenían que ayudarse para sacar a los niños de allí. ¡Necesitaban atención médica! Volvió la cabeza hacia ella sintiendo el dolor del latigazo cervical. Aunque sanaría rápido, ya estaba tardando más de lo que desearía. No obstante, esa no fue su mayor preocupación al ver a Kagome inconsciente y cubierta de sangre a su lado. Su airbag tampoco había saltado, ¿por qué? ¿Por qué únicamente saltó el airbag de él?
Extendió un brazo para tocarle la mejilla ensangrentada. Estaba helada, no respiraba…
Gritó con todas sus fuerzas su nombre mientras trataba de alcanzarla desesperadamente. La presión del cinturón de seguridad y del airbarg contra él desapareció y sintió como se incorporaba para estar sentado en otra posición. Entonces, fue consciente de que todo fue un sueño. Estaba en su habitación, en la cama, de noche. Tenía los brazos extendidos hacia delante como si intentara alcanzar algo y el cuerpo lleno de sudor; estaba ardiendo. Le hervía la sangre por dentro de solo imaginar que a ella le había ocurrido algo; sentía sus orejas, sus colmillos y sus garras reclamando venganza.
— ¿Qué pasa?
Escuchar aquella voz femenina fue como un bálsamo para sus sentidos. Se volvió hacia ella y la abrazó como si la vida le fuera en ello. Rin no iba a hacerles daño, no lo permitiría. Aquella pesadilla había sido de lo más reveladora. Jamás se arreglaría con Rin, no había lugar para una tregua y sus seres más allegados estaban en peligro. Por otra parte, tampoco quería perjudicar a su familia, por lo que solo le quedaba una alternativa. Desearía que esa no fuera la solución, pero haría cuanto fuera necesario por proteger a aquellos a los que amaba.
A la mañana siguiente, a primera hora, bajaron las maletas al vestíbulo para marcharse. Lamentaba no poder darle una explicación a los padres de Kagome, quienes también partían con ellos tras una dura jornada de viaje el día anterior sin entender nada. Les daría una explicación más tarde. En ese momento, solo podía pensar en marcharse lo antes posible para no regresar al único lugar del mundo en el que Rin podía encontrarlos.
— ¿Por qué os vais tan pronto? — Izayoi había bajado en camisón al recibir el aviso de Inu No — Creí que os quedaríais todo el fin de semana…
— Nos ha surgido algo importante en Pasadena.
No engañó a nadie. Todos los allí presentes lo conocían y sabían que estaba mintiendo. Agradecía su preocupación y su buena fe. Habían bajado todos corriendo en pijama para evitar que se marcharan. Sin embargo, era precisamente la mirada relajada y siempre amenazante de Rin la que le causaba aquel mal estar. Ella también bajó para acechar a sus presas.
— Inuyasha…
— Mantenme informado del estado de Titán. — interrumpió a su padre — Apañaré algo para llevarlo a unos establos cerca de…
— ¡Ya es suficiente! — lo acalló su padre — Di el verdadero motivo por el que te vas…
Su mirada se deslizó durante un instante sobre la intocable Rin Taisho, el suficiente para que su padre lo captara. Sesshomaru también se movió para situarse junto a su padre.
¿Pensarían que era un cobarde?
— Izayoi, lo siento, pero creo que esta familia ya ha soportado más que suficiente.
¿De qué estaba hablando su padre?
— Mi hijo no se va a ir de su propia casa. — bramó.
La resolución de su padre lo golpeó de lleno. Lo quisiera o no, Inu no Taisho acababa de pronunciarse públicamente a su favor y en contra de Rin. Por si a alguien no le había quedado claro, se volvió hacia Rin, dándole la espalda a él, y la encaró. Por primera vez en mucho tiempo, Rin no parecía tan confiada como de costumbre. De hecho, diría que acababa de entrar en pánico.
— Recoge tus cosas y vete de mi casa.
— Yo no…
— Y no vuelvas nunca.
Rin los miró a todos, uno por uno, como si fueran monstruos. Reconoció en ella momentáneamente la misma mirada que le dirigió Kikio cuando lo vio presa de su naturaleza por error. Después, algo parecido al brillo de la locura se cruzó en su mirada.
— ¡Mamá, haz algo!
En respuesta, Izayoi volvió la cabeza hacia otro lado.
— Haz lo que se te ha dicho, Rin.
— ¡Tú tienes la culpa! — gritó.
Todo fue muy rápido. Rin extendió los brazos hacia delante con los dedos encorvados en un claro gesto de estrangulamiento y corrió hacia Kagome. Su acto reflejo fue el de ponerse frente a Kagome y estrecharla entre sus brazos para protegerla. Si quería golpear a alguien, si quería estrangular a alguien, que fuera a él. Ahora bien, sus manos nunca llegaron a rozarlo tan siquiera. Escuchó los gritos y las maldiciones a su espalda y el sonido del frus frus de la ropa mientras su padre y su hermano la sujetaban. Luego, los pasos de los tres se alejaron.
Tras Kagome, los Higurashi al completo con sus hijos observaban la escena, atónitos. Takeo tenía la boca tan abierta que se le iba a desencajar la mandíbula. Sonomi había palidecido y abrazaba a Himawari contra su pecho como si esperara tener que salir corriendo con ella. A Souta se le había caído al suelo la Nintendo con la que jugaba por la impresión. Kamui tenía los ojos abiertos como platos. Finalmente, entre todo ese amasijo de reacciones, Himawari dormía plácidamente.
— ¿Estás bien?
La voz de Kagome lo despertó. Ella lo miraba desde abajo con los ojos brillantes y los labios temblorosos.
— Estoy bien. — asintió — ¿Y tú?
Kagome asintió con la cabeza. Todos estaban bien a pesar de que así no era como lo planeó. No pretendía echar a Rin ni poner a su padre en la posición de tener que escoger. Solo pretendía marcharse de allí para no volver. De esa forma, evitaría posibles coincidencias con Rin allí. Le costó tomar esa decisión. Ya perdió su casa allí por Kikio; perder su hogar familiar por Rin, lo destrozaría. No obstante, por el bien de su familia, estaba dispuesto a llevarse ese mal trago. Kagome encontraría la forma de curarle esa herida con el tiempo.
— Siento mucho todo el daño que os ha causado mi hija, Inuyasha.
Él sí que lo sentía por Izayoi y por las lágrimas que estaba derramando. Al final, su amor por los Taisho no había desaparecido por la pérdida de Rin, pero aquello debía haber sido un duro revés para ella. Rin era su hija y él, como padre que era, comprendía muy bien que los hijos siempre eran lo primero para un padre, y lo difícil que era aceptar que un hijo estuviera dominado por la codicia hasta tal punto. No sabía qué sería de Rin de ahí en adelante ni cómo lo viviría Izayoi y su propio padre. Lo que sí tenía claro, era que la única amenaza que quedaba en sus vidas había desaparecido.
Continuará…
