Todavía falta el epílogo; lo publicaré la semana que viene, como siempre.


Capítulo 22: El sexo es más dulce contigo

Lo primero que hicieron nada más regresar a Pasadena fue visitar la tumba de Rika. Tras llevar a Kamui al colegio y dejar a Himawari por un día en la guardería, decidieron ir al cementerio para honrar la muerte de Rika. Su relación con ella fue tormentosa para ambos, estuvo a punto de terminar con su amor y les hizo mucho daño, pero eran plenamente consciente de que ellos tampoco fueron víctimas inocentes. Rika tenía un problema serio, necesitaba ayuda, y ellos, quienes fueron probablemente los únicos en percibirlo, le dieron la espalda.

Compraron un ramo de flores silvestres en una buena floristería y caminaron en silencio hacia la oficina del cementerio, donde preguntaron por su tumba. Aquel sitio era enorme, no encontrarían ellos solos la tumba. Tras recibir las indicaciones pertinentes, caminaron entre los pasillos de lápidas y esculturas siniestras hacia el lugar indicado. Hacía mucho frío y el ambiente era diferente dentro de ese sitio. Nunca había estado dentro de un cementerio hasta ese día. Por fin entendía por qué su madre volvía tan decaída después de visitar la tumba de su difunto padre. El lugar en el que descansaban las almas de sus seres queridos era ensordecedor.

¿Cuántas personas fallecidas estarían allí? ¿Cuántos familiares, amigos, compañeros del trabajo, maestros e incluso enemigos? Se arrebujó en su abrigo y suspiró. De entre los labios se le escapó el aliento helado como clara prueba del frío que sentía. Inuyasha le pasó un brazo sobre los hombros más como un gesto de protección que como mero medio para darle su propio calor. ¿Habría notado cómo se sentía? ¿Se sentiría él igual allí adentro?

— Es aquí.

Le alegró ver que su tumba estaba tan concurrida. Había flores, cartas de despedida, fotografías del instituto e incluso un mural similar al que hicieron para el profesor de matemáticas. Como ella no estaba en el instituto, no pudo firmarlo.

— Ten.

Inuyasha debió leerle el pensamiento cuando le ofreció su pluma con las iniciales grabadas para que ella también se despidiera. La tomó con una sonrisa y se acercó al mural sin tener del todo claro qué iba a escribir. De no haber descubierto nunca lo que sucedió entre Inuyasha y ella, lo que ella sentía por él y lo mucho que debió odiarla por salir victoriosa, habría sido más sencillo dejar una nota. No obstante, entre ellas había una altísima muralla que las separó para que pasaran de no ser amigas a ser enemigas.

Siempre creyó que Rika y ella podían llevarse bien y lo intentó con todas sus fuerzas. Sin embargo, temía que el motivo de su enfado con ella era algo que no podía solventar. Bankotsu Shichinintai le pidió salir al empezar el curso, algo que debió molestarle. Había escuchado en los vestuarios que a Rika le gustaba. Como no quería ser el blanco de su ira, decidió apartarse, estar callada en los ensayos e intentar ser siempre de ayuda. Por un tiempo, llegó incluso a creer erróneamente que había esperanza cuando, en realidad, debía estar conspirando contra ella para robarle a Inuyasha.

Sacudió la cabeza. No debía pensar así, mucho menos frente a su tumba. Fuera lo que fuese lo que atenazaba a Rika por dentro y la había llevado a cometer semejante acto, ya no estaba. En ese momento, su ex compañera de clase y ex jefa de animadoras descansaba en paz y merecía que honrara su memoria. Por eso, se inclinó y escribió junto a las otras chicas del equipo una despedida para ella. Al devolverle la pluma a Inuyasha, le sorprendió que él también se inclinara para dejar su huella. Pidió perdón.

Inuyasha le tendió el ramo para que hiciera los honores. Se inclinó sobre la tumba de Rika y lo cambió por otro ramo que ya estaba marchito. Sonrió al ver la fotografía de Rika en la lápida. Era una fotografía reciente y parecía feliz en ella.

— Inuyasha, ¿vendremos a visitarla todos los años?

— Podemos venir el día antes, cuando…

No terminó la frase y no era necesario. Para el mundo, Rika había muerto un día después que para ellos. De alguna forma, sentía que Rika ya había muerto por dentro al percatarse de que no era amada por Inuyasha.

— Me parece bien.

Se puso en pie, juntó las manos sobre el regazo, cerró los ojos y oró en silencio por el alma de Rika. A su lado, Inuyasha hizo justamente lo mismo. Aquello era lo mínimo que le debían. Quería que si de alguna manera podía verlos, supiera que no la odiaban y que nunca desearon aquello para ella. El amor era muy complicado. Si amar a una persona ya era tan difícil, sentir que no se es amada debía ser peor.

Miró de reojo a Inuyasha al terminar de orar y lo vio aún inmerso en sus propias oraciones. Ambos habían sufrido muchísimo por amor y ni siquiera sabían todavía qué les deparaba el futuro. Lo único que tenían bien claro era que, a partir de entonces, confiarían en el otro y en el amor que se procesaban. Seguro que vivirían muchos momentos difíciles e incluso trágicos que los pondrían a prueba como pareja, pero, si creían en su amor, saldrían adelante.

Minutos después, partieron. Volvió la vista atrás una vez antes de perder por completo de vista la tumba de Rika. Por un momento, le pareció verla de pies, observándolos y sonriendo. Así era justamente como le gustaba recordarla.

Había una cosa más que ambos deseaban hacer ese mismo día. Tenían que ir al apartamento de Kikio a recoger las cosas que ella dejó allí antes de irse y, además, querían hablar con ella. En vista de lo importante que era para ella, Inuyasha se había mostrado abierto al diálogo si Kikio se mostraba de igual manera. Agradecía sus esfuerzos, ya que deseaba fervientemente que todos se llevaran bien. Ya era hora de dejar atrás el odio que los consumía para poder empezar una nueva vida. Mientras él continuara guardando todo en su interior, sabía que algo continuaría fallando. Tenía que liberarlo, al igual que hizo con Rin.

Su tía Kikio y Rin no se parecían en nada. Quizás en el pasado su tía pudo estar muy cerca de ser una persona como ella; en ese momento no lo era. La codicia y la carencia de escrúpulos de Rin no se asemejaban en absoluto al egoísmo siempre característico de su tía. De todas formas, ella sabía que había cambiado. No sabía qué hizo exactamente ese hombre que conoció en París, pero su tía era otra persona totalmente diferente. Incluso admitió amar a su hijo y que estaba en buenas manos. Sabía que si lo intentaban, podían dialogar.

Aunque tenía llaves del apartamento, decidió llamar a la puerta y darle la oportunidad de rechazar su propuesta. No quería forzarla a hablar ni que se sintiera obligada porque ellos estuvieran dentro. Quería que ella misma aceptara las condiciones y mostrara una actitud más abierta. Había aprendido desde que conoció a Inuyasha que no se podía forzar a la gente a hablar y a expresar sus preocupaciones y sus temores. Tenía que ser paciente, escuchar, dejar que cada cual se aferrara a lo que más cómodo le hacía sentir y ser comprensiva. El mundo estaba repleto de colores y de diferentes tonos.

Al abrirse la puerta, su tía los recibió en camisón y bata, con los párpados aún caídos por el sueño. Al ver a Inuyasha, se despertó de golpe. Iba a gritar.

— ¡Espera! — le puso las manos sobre los brazos y la detuvo — Escúchame primero, por favor.

Kikio paseó la mirada entre los dos hasta que finalmente asintió con la cabeza.

— ¿Podemos pasar?

Frunció el ceño. Sabía que estaba yendo demasiado lejos al pedirle que permitiera entrar a Inuyasha en su apartamento. Ahora bien, no creía que aquel fuera un tema de conversación para el corredor.

— Por favor… — insistió.

— Tenemos que hablar Kikio.

No sabía qué fue lo que la hizo decidirse: su mirada suplicante o la de Inuyasha. El caso era que se apartó y los dejó entrar. Incluso les ofreció café cuando se sentaron. Solo lo tomaron Kikio e Inuyasha. Aunque pareciera una tontería, para ella fue muy importante ver a Inuyasha tomando un café preparado por Kikio. Eso requería confianza.

— Inuyasha y yo hemos vuelto…

— Ya lo he supuesto al veros juntos.

Suspiró y asintió con la cabeza. Inuyasha y Kikio tomaron un sorbo de café al mismo tiempo, incómodos de estar en una misma habitación juntos. Sabía que no sería sencillo cuando decidieron ir, lo que no significaba que fuera a rendirse. Ellos estaban dando el primer paso para reconciliarse, tenía que ayudar.

— Vamos a casarnos. — anunció entonces.

— ¿Casaros? — exclamó su tía conmocionada por la noticia.

No le sorprendía que le tomara por sorpresa. Habían pasado de ser una menor liada con un hombre adulto a los padres de una niña, a romper dolorosamente y, finalmente, a casarse. Su relación siempre fue complicada y tormentosa aunque ahí justamente residía la belleza. Si amar fuera sencillo, no habría tantos conflictos en el mundo.

— Queremos que vengas a nuestra boda, Kikio.

Kikio dejó la taza sobre la mesa de cristal y se volvió hacia Inuyasha.

— ¿Tú quieres que vaya?

— Si mi prometida te tiene tanto aprecio, puedo intentar olvidar el pasado… — respondió.

— Sí que debes amarla si estás dispuesto a hacer eso…

Volvieron a quedarse en silencio. Kikio respiró hondo y se levantó para ir hacia los dormitorios. No supieron cómo interpretar su repentina marcha, así que esperaron en silencio hasta que al fin regresó. Tenía una carpeta en las manos y se la ofreció a Inuyasha.

— ¿Qué es esto?

— Algo que te debo desde hace mucho tiempo.

Inuyasha la miró sin entender, pero tomó la carpeta de todos modos. La abrió y examinó el contenido junto a ella. Parecían las escrituras de una casa.

— ¿Qué es…?

— Sé que no es la misma casa que antes tenías en Yokohama, ya no puedo recuperarla… — entrelazó los dedos de ambas manos con nerviosismo — Pero es una muy buena casa a pie de playa con unas vistas estupendas y tiene establos…

¿Una casa? Entonces, lo vio: las escrituras de la casa estaban a nombre de Inuyasha y de ella. ¿Les estaba regalando una casa en Santa Mónica? A Inuyasha le temblaban las manos mientras leía los documentos.

— ¿Cómo…? — necesitó unos instantes para poder articular una pregunta coherente — ¿Cómo has pagado esta casa?

— A los dueños les urgía venderla, así que rebajaron bastante el precio. Utilicé el dinero que saqué de la venta de la otra casa y he vendido esta casa… — explicó — Me voy a vivir a París con mi futuro marido.

Los documentos ya estaban hechos y la compra. Kikio debió hacer todo eso antes de que ellos se plantearan tan siquiera hacer esa visita. Por lo tanto, Kikio se había arrepentido ya, había cambiado y había decidido hacer justicia. Aquello era la prueba de que Kikio había cambiado.

— Pensaba enviároslo por correo o mediante un notario cuando me fuera…

— ¿Por qué haces esto?

Inuyasha se levantó del sofá y encaró a su tía. No parecía enfadado ni feliz. De hecho, no sabía interpretar su expresión.

— Ganaste cuanto quisiste con el divorcio, ya era todo tuyo y no tenías obligación de devolverlo. No hemos venido a recuperar nada.

— ¡Inuyasha!

Se levantó como un rayo y se colgó de uno de sus brazos para reprenderlo. Kikio había tenido un gesto precioso con ellos, no podía recriminárselo.

— Déjalo, Kagome. Inuyasha tiene motivos para desconfiar de mí… — se encogió de hombros — Supongo que no me creerías si te dijera que me he arrepentido…

— ¿Por qué ahora?

Le dio un tirón del brazo, disgustada. No tenía por qué forzarla a hablar, ya le estaba costando más que suficiente.

— Porque mi sobrina me ha hecho ver las cosas de otro modo. No eres el monstruo que yo creía… — confesó — Eres tan humano como el resto. No eres perfecto, cometes errores… ¡Dios sabe que yo he cometido muchos!

— Tía Kikio…

— Mi primer gran error fue el de aprovecharme de tu secreto, algo que indudablemente tenías que proteger. — se dejó caer en el sillón — Mi segundo error fue renunciar a mi hijo…

— Nunca te pedí que lo hicieras… — musitó — Si reclamé su custodia al completo fue porque tú lo abandonaste desde que nació.

— Lo sé. No estaba preparada para ser madre aunque no te sirva de excusa. Con el paso de los años, he lamentado esa decisión hasta tal punto que volver a verlo de repente… No supe cómo reaccionar. Sonomi me contó lo de la leucemia y que ella donó… — no terminó la frase antes de que unas lágrimas resbalaran por sus mejillas — ¡No sabes lo feliz que me sentí de saber que él viviría!

— ¿Y por qué no llamaste o fuiste a visitarlo? — exigió saber con tono rudo.

— Porque he perdido ese derecho…

Inuyasha no pensaba lo mismo. Sorprendentemente, a pesar de todo, nunca creyó que Kikio hubiera perdido el derecho de visitar as u hijo. Sabía que estaba enfadado con ella, pero ni siquiera era por él mismo. Estaba enfadado porque Kikio nunca hizo el menor intento por ver a su propio hijo. Sabía que de haberlo intentado, él se habría tragado su enfado y sus dudas para hacer feliz a Kamui. Él siempre quiso que Kamui tuviera una madre.

— Si ya desde entonces piensas así, ¿por qué intentaste separarnos?

Sintió deseos de golpear a Inuyasha. ¿Por qué tenía que ser tan desconfiado? Kikio estaba siendo más sincera que nunca, estaba pidiendo perdón, se arrepentía de sus actos. ¿No podía ser más concesivo?

— Porque aún no confiaba en ti…

— ¿Qué ha cambiado para que hagas esto?

Inuyasha le mostró la escritura con las manos temblorosas. Lo observó desconcertada. Había pocas cosas en el mundo que lograran que a Inuyasha le temblara el pulso de esa forma. Él estaba más afectado de lo que ella creía. Supuso que descubrir que aquella mujer a la que tomó por enemigo durante tantos años era humana y capaz de admitir y subsanar sus errores estaba resultando muy duro para él. Inuyasha no era de los que perdonaban fácilmente y Kikio se lo estaba poniendo difícil para no hacerlo.

— Me di cuenta de que la amabas de verdad…

Por fin comprendía por qué su tía no intentó ponerla en contra de Inuyasha cuando se presentó en su casa. Le extrañó su forma de proceder cuando la acogió. No le dijo nada a favor ni en contra, se mostró de lo más neutral y comprensiva por ambas partes. Así que eso era lo que ella estaba pensando por aquel entonces. Seguro que ella ya sabía que terminarían por volver a estar juntos.

— ¿Estás segura de lo que estás haciendo? — preguntó Inuyasha.

— Completamente. Quiero devolverte lo que es tuyo…

Notó que Inuyasha se relajaba tras escuchar su respuesta. Sabía que le encantaba la casa que describían esas escrituras y perderla después de que se la pusieran delante, tan palpable, sería un duro golpe. Aun así, él había querido conservar su honor y lo pactado en el divorcio. Era un hombre de palabra.

— Kikio, quiero que sepas que puedes ver a Kamui siempre que quieras…

El corazón se le calentó por las palabras de Inuyasha. Esa era la señal de que por fin se acabaron los rencores entre ellos.

— Pero no le hagas daño, por favor. Si quieres formar parte de su vida, no puedes desaparecer cuando te apetezca.

El padre que había en él siempre estaba alerta.

— Me encantaría.

Y Kikio por fin decidió ser una madre.

— También coincido con Kagome… — tomó su mano y la apretó con cariño — Me encantaría que vinieras a nuestra boda.

Su nueva época de paz fue sellada, por decirlo de alguna forma, con un abrazo entre los tres que siempre recordaría con emoción.


Todavía le costaba hacerse a su nueva vida. Le encantaba, por supuesto, pero estaba tan acostumbrado a que algo, casi siempre responsabilidad suya, estropease su felicidad que no podía evitar estar alerta constantemente. Se había decidido a ser un padre y marido modélico para su familia aunque tuviese que dejarse la piel en el proceso. Ya no tenía miedo del amor y no dudaba en expresarlo y aceptarlo sin reservas. Sin embargo, sus sospechas siempre estaban al acecho. Kagome se reía de él cuando le contaba sus miedos; ella decía que nada saldría mal.

Por el momento, aún faltaba una boda por celebrar. Iba a casarse con Kagome Higurashi costara lo que costase, así que su mala fortuna ya podía prepararse. Kagome era lo mejor que le había pasado en la vida y con ella había traído la cura que su corazón necesitaba. Nadie se la arrebataría, ni él mismo por culpa de sus inseguridades. De una forma u otra, había superado el trauma de su madre gracias a Kagome y a su padre, con quien después de tantos años pudo hablar del tema animado por Kagome. Rin era otro capítulo de su vida que al fin se había cerrado. Aunque su madre, por supuesto, e incluso su padre, como era lógico, siguieran en contacto con ella, ya no formaba parte de su núcleo familiar. En el fondo le daba lástima, pues sabía de antemano que fue una niña encantadora cuyo camino se torció al igual que el suyo. Quizás algún día pudiera encontrar la paz que a él le llegó tras tantos años de agonía. Por el momento, sí sabía que su actual novio, Kohaku, estaba decidido a ayudarla.

El gorgojeo de su hija desde la silla del coche llamó su atención. Levantó la vista hacia el retrovisor y la vio haciendo burbujas para llamar su atención. Sonrió al verla tan feliz. Quería que sus hijos fueran felices y que nunca tuvieran que pasar por lo que él pasó o por todo lo que sufrió su madre a cuenta de él. Si algún granuja se acercaba a su niña con malas intenciones… ¡Solo de pensarlo se ponía enfermo!

— Llegaremos a casa en seguida, cariño.

En respuesta, Himawari mordió su peluche nuevo recién comprado en la juguetería. Se lo había comprado apenas una hora antes y ya estaba lleno de babas. Tampoco la culpaba, sabía que le dolían las encías. Se detuvo en el semáforo y suspiró. Se suponía que fue a la juguetería mientras Kagome se quedaba con Kamui para comprar los regalos de navidad. No obstante, había terminado comprándole a Himawari un peluche del que se encaprichó desde el carro, una Nerf a su hijo y un par de sorpresas para Kagome además de los regalos acordados. Su futura esposa lo amonestaría, pero mereció la pena.

Sacó a Himawari de su confinamiento en la silla al llegar al garaje. Después, dejó en el maletero todos los regalos excepto los que iba a repartir ese día. Como estaba todo envuelto de la tienda, lo llevaría directamente así a Santa Mónica. Ese año iban a pasar unas navidades de lo más concurridas. La familia Taisho y la familia Higurashi compartirían mesa por navidad, ya que ambas ramas querían pasar el día con los niños. Además, Kikio y su novio francés se unirían. Era extraño sentirse reconciliado con una persona a la que llegó a odiar tanto. Sin embargo, ver la sonrisa de su hijo cuando su madre lo abrazó por primera vez no tenía precio. Kamui era afortunado porque, de repente, había pasado de no tener madre a tener dos.

Escuchó las voces de las amigas de Kagome desde el ascensor en el sótano donde se encontraba el garaje. Al final, habían ido a visitarlos antes de las navidades. Esa era otra cosa a la que se estaba acostumbrando: tener amigos. Kagome quería tener vida social y lo arrastraba con ella. Al principio, se sentía un poco incómodo con las amigas, especialmente por la edad y por lo incómodo que era a veces hacer frente a los comentarios de Eri, pero, con el tiempo, había terminado por gustarle e incluso empezó a relacionarse con sus compañeros del trabajo, algo inédito hasta entonces. Kagome sabía cómo sacar lo mejor de él.

En el ascensor, coincidió con Kouga Wolf, quien, a pesar de las rencillas del pasado, le felicitó por navidad con total normalidad. Él también hizo lo suyo y se sorprendió a sí mismo hablando con él sobre el último partido de fútbol. Al despedirse, dijo que Himawari era tan bonita como su madre. Ese era un comentario que en el pasado lo habría enfurecido. El nuevo Inuyasha infló el pecho con orgullo. No había nada que le gustara más a un padre que recibir cumplidos sobre sus hijos, sobre todo cuando además resaltaban la belleza de su futura esposa. Los celos se habían acabado o eso estaba intentando. Había empezado a tomárselo con más filosofía, puesto que Kagome no podría estar más unida a él. Además, era lógico que otros tuvieran envidia de él, pues se había llevado consigo a un auténtico ángel.

Abrió la puerta de casa y empujó el carro dentro. Tras cerrar y sacar a Himawari del carro, se dirigió hacia el salón. Las chicas levantaron la vista al verlo y lo saludaron con una sonrisa. Kagome incluso corrió hacia él y lo besó. ¡Le encantaba ese recibimiento!

— ¡Lo he conseguido!

¿Conseguido? ¿El qué? Kagome le enseñó una hoja para que la leyera. Al comprender lo que era, sonrió. Eran sus notas del primer semestre de bachillerato. Kagome había estado muy preocupada porque, debido a cuanto habían tenido que pasar esas últimas semanas, no había estudiado tanto como desearía. Salió muy decaída de sus exámenes a pesar de que él sí era consciente del esfuerzo titánico que hizo. Finalmente, allí estaba el fruto de sus esfuerzos: unas notas repletas de sobresalientes y notables hasta en matemáticas. Una media de 8,98 no estaba para nada mal teniendo en cuenta sus circunstancias personales durante la época de estudio.

— Te dije que lo conseguirías, mi amor.

Nunca dudó de sus capacidades.

— Nosotras le dijimos lo mismo.

Yuka fue la primera en recordarles que seguían allí mientras ellos se miraban acaramelados.

— Kagome a veces es demasiado dura consigo misma. — coincidió Ayumi.

— Es por culpa de los chicos.

Los cuatro miraron a Eri. Había cosas que jamás cambiarían.

— ¡Oh, por favor, Eri! ¡No todo está relacionado con los chicos! — explotó Yuka.

— Eso lo dices porque ellos te han condicionado para decirlo.

— Chicas, por favor, estamos de celebración, ¿recordáis?

¡Bendita Ayumi! De las amigas de Kagome, Ayumi era la más sensata, siempre la voz de la razón. Era ella quien siempre lo salvaba de los momentos incómodos generados por Eri. No sabía qué haría sin Ayumi para integrarse en el grupo de amistades de Kagome.

— Eri ha escogido ya qué carrera quiere realizar. — le comentó Kagome mientras su trío de amigas continuaba discutiendo — Estudios de género.

Se rio a carcajadas cuando le dio la noticia. Aquella era la carrera perfecta para la siempre extravagante y monotemática de Erika. Solo esperaba que con su nueva carrera, en lugar de taladrarles más la cabeza con lo mismo, encontrara nuevos temas y perspectivas.

— ¿Y ese peluche? No lo he visto nunca…

Kagome cogió el peluche que Himawari le estaba enseñando con curiosidad.

— Se lo he comprado en la juguetería y… ¡Kamui! — lo llamó — Hay una cosa para ti en una bolsa en la entrada.

Kamui, quien no se apartaba de las chicas cuando los visitaban, salió corriendo hacia el vestíbulo al oír a su padre. No podía culparlo por pegarse de esa forma a las chicas jóvenes. Además, en su posición como niño, recibía tantas atenciones que haría enrojecer de celos a un hombre adulto.

— ¡Es una Nerf!

Tras ese grito de emoción, Kagome lo castigó con una severa mirada de reproche. Sabía que habían acordado no hacerles tantos regalos a los niños, mucho menos en fechas como esas, cuando recibirían ambos por todas partes. No obstante, él era un padre incorregible. Le encantaba comprarles regalos a sus hijos y no se resistía a sus ojitos cuando querían algo.

— También tengo algo para ti…

— ¡Inuyasha!

Esperaba que eso redujera su enfado. Al parecer, se equivocó. Seguro que cambiaría de parecer en cuanto lo viera.

— Ayumi, ¿te importa coger a Himawari?

Ayumi se levantó y cogió a la niña encantada. Antes de que él dijera nada, prometió echarle un ojo a Kamui y asegurarse de que no disparara la pistola en la casa. A continuación, él arrastró a Kagome hasta su dormitorio, donde le mostró el paquetito. Kagome lo cogió con el ceño fruncido, pero lo abrió con las mejillas sonrojadas. Sabía que le haría ilusión.

— ¡Es como el tuyo!

No exactamente igual, pero sí muy parecido. Le había comprado el reloj que era pareja del suyo en femenino. La diferencia entre uno y otra era que el de Kagome era más fino y de corte más delicado. Lo cogió, le ajustó la hora con el suyo y se lo puso en la muñeca.

— Así siempre viviremos el mismo tiempo.

Con esa frase la había conquistado por completo. Kagome era tan romántica que le sorprendía que lo hubiera aguantado durante tanto tiempo. Después de tanto dolor, era su turno de ser el romántico y complacerla.

— También tengo otra cosa. Verás…

Sacó la carpeta que se había guardado dentro del abrigo mientras se lo quitaba y se la entregó. Kagome la abrió y miró por encima los papeles.

— ¿Traslado?

— En el trabajo me han dado la opción, solo si yo quiero, — subrayó — de trasladar mi puesto a Santa Mónica, donde habrá una vacante en el mismo puesto por jubilación. Si lo acepto es mío y, si no lo acepto, buscarán a otra persona.

Kagome estudió los papeles en silencio. Intentó descifrar qué estaba pensando, pero, por primera vez, no supo interpretarla.

— No es obligatorio, puedo rechazarlo. Solo que, ahora que tenemos casa allí, aunque aún haya que amueblarla, pensé que tal vez…

— Creo que me gustaría que lo aceptaras. — lo interrumpió.

— ¿De verdad? — le frotó los brazos — ¿Estás segura?

— Me gusta Santa Mónica, es un sitio estupendo para criar a nuestros hijos y, como yo estudio a distancia, no habría problemas. Solo me preocupa…

— Tu familia y tus amigas, ¿verdad? — adivinó — Por mi parte pueden ir y quedarse cuanto quieran. Además, no tengo intención de vender este piso para que podamos venir de visita.

— Eso me encantaría.

— Podrá venir incluso tu tía.

Aunque todavía se sintiera tenso en presencia de Kikio, estaba dispuesto a mantener el contacto e incluso acogerla en su casa por Kagome y por Kamui. Como había dicho: era un hombre nuevo.

— ¿Cuándo nos marcharíamos?

— En julio.

— Entonces, quiero una cosa a cambio antes de que nos mudemos.

Su petición lo sorprendió porque Kagome no solía pedir compensaciones de ningún tipo. Aunque comprendía que un cambio de ese calibre, bien merecía una recompensa.

— Lo que tú quieras.

— Quiero que nos casemos antes.

¡Demonios, eso lo haría encantado! Él también estaba deseando que se casaran lo antes posible, pero les había costado poner fecha de boda. Al parecer, su traslado iba a ser el factor apremiante que habían esperado para decidirse definitivamente.

— ¿Qué te parece en mayo?

— Me gusta esa fecha. — coincidió.

Los dos sonrieron, colmados de dicha. Entonces, la agarró, tiró de ella y la tumbó en la cama protegiendo su cabeza con un brazo. Algunos cojines se cayeron al suelo y el edredón se llenó de pliegues.

— ¿Ahora? ¡Tenemos invitados!

— Tendrán que esperar… — le besó el cremoso cuello — ¡Esto hay que celebrarlo!

— ¡Eres peor que un perro en celo! ¿Acaso no se te pasan nunca las ganas?

— Contigo no, mi amor, porque contigo… — le dio un beso en la punta de la nariz — el sexo es siempre más dulce.

FIN