Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 1
Las madres casamenteras están unidas en su dicha: ¡Edward Cullen ha regresado de Grecia!
Para información de aquellos amables (y desconocedores) lectores que vienen por primera vez a la ciudad, el señor Cullen es el tercero del legendario octeto de hermanos Cullen.
Si bien el señor Cullen no posee título de nobleza, y es muy improbable que lo posea (es el séptimo en la línea de sucesión para el título de vizconde; viene detrás de los dos hijos del actual vizconde, de su hermano mayor Benedict y sus tres hijos), sigue siendo considerado uno de los mejores partidos de la temporada, gracias a su fortuna, su cara, su figura y, por encima de todo, su encanto. De todos modos es difícil pronosticar si el señor Cullen sucumbirá a la dicha conyugal en esta temporada; sin duda está en edad para casarse (treinta y tres años), pero nunca ha manifestado un interés decidido por ninguna damita de linaje adecuado, y para complicar aún más las cosas, tiene una detestable tendencia a marcharse de Londres en un abrir y cerrar de ojos con rumbo a algún lugar exótico.
ECOS DE SOCIEDAD DE
LADY WHISTLEDOWN
2 de abril de 1824
—¡Mira esto! —exclamó Renee Swan con un grito agudo—. ¡Ha regresado Edward Cullen!
Isabella levantó la vista de su labor. Su madre tenía cogido el último número de Ecos de Sociedad de Lady Whistledown como uno se agarraría, digamos, a una cuerda salvavidas si estuviera colgando de lo alto de un edificio.
—Lo sé —musitó.
Renee frunció el ceño; detestaba que alguien, cualquiera, se enterara de un cotilleo antes que ella.
—¿Cómo leíste el Whistledown antes que yo? Le dije a Briarly que me lo apartara y no permitiera que nadie lo…
—No lo vi en el Whistledown —la interrumpió Isabella, antes que su madre fuera a castigar al pobre y asediado mayordomo—. Me lo dijo Renesmee ayer por la tarde. A ella se lo dijo Hyacinth Cullen.
—Tu hermana se pasa muchísimo tiempo en la casa de los Cullen.
—Como yo —observó Isabela, tratando de discernir adónde quería llegar su madre.
Renee se dio unos golpecitos con el dedo a un lado del mentón, como hacía siempre que estaba tramando algo.
—Edward Cullen está en edad de buscarse una esposa.
Isabella alcanzó a cerrar los ojos antes que se le salieran de las órbitas.
—¡Edward Cullen no se va a casar con Renesmee!
—Cosas más raras han ocurrido —dijo Renee haciendo un leve encogimiento de hombros.
—No que yo lo haya visto —musitó Isabella.
—Anthony Cullen se casó con esa niña Kate Sheffield, y eso que era aún menos popular que tú.
Eso no era del todo cierto, pensó Isabella, pues en su opinión las dos habían estado en un peldaño igualmente bajo de la escala social. Pero no tenía mucho sentido decirle eso a su madre, que tal vez creía haberle hecho un elogio a su tercera hija al decirle que no había sido la menos popular durante esa temporada. Notó que se le tensaban los labios; los «elogios» de su madre tenían la costumbre de aterrizar como aguijones de avispa.
—No pienses que ha sido mi intención criticar —dijo Renee, de repente toda consideración—: La verdad es que me alegra que te hayas quedado soltera. A no ser por mis hijas, estoy sola en este mundo, y es agradable saber que una de vosotras podrá cuidar de mí en mi vejez.
Isabella tuvo una visión del futuro, el futuro que acababa de describir su madre, y sintió un repentino deseo de salir corriendo y casarse con el deshollinador. Hacía ya tiempo que se había resignado a una vida de soltería eterna, pero siempre se las arreglaba para imaginarse sola en una encantadora casita de serie en un barrio residencial tranquilo. O tal vez en una casita junto al mar.
Pero ese último tiempo Renee solía condimentar sus conversaciones con referencias a su vejez y a la suerte que tenía porque tendría a su hija para cuidar de ella. Qué más daba que tanto Rachel como Leah se hubieran casado con hombres muy adinerados y poseían sus buenos fondos para ocuparse de dar todas las comodidades a su madre. O que su madre fuera moderadamente rica; cuando su familia le estableció su dote, le reservaron la cuarta parte de ese dinero para su cuenta personal.
No, cuando Renee hablaba de «ser cuidada» no se refería a dinero; lo que deseaba era una esclava.
Exhaló un suspiro. Era demasiado dura para juzgar a su madre, aunque sólo fuera en sus pensamientos; y eso lo hacía con muchísima frecuencia. Su madre la quería. Sabía que su madre la quería. Y ella quería a su madre.
Sólo ocurría que a veces no le caía nada bien su madre.
Era de esperar que eso no la hiciera una mala persona. Pero francamente, su madre era capaz de poner a prueba la paciencia de la más amable y bondadosa de sus hijas y, como su tercera hija era la primera en reconocer, sabía ser su poquitín sarcástica a veces.
—¿Por qué no crees que Edward se casaría con Renesmee? —le preguntó Renee.
Isabella levantó la vista, sorprendida; pensaba que ya habían acabado con ese tema; debería haberlo sabido, su madre no era otra cosa que tenaz.
—Bueno —dijo, haciendo una pausa para pensar—, es doce años menor que él.
—Pfff —musitó Renee haciendo un gesto con la mano para descartar eso—. Eso no es nada, y lo sabe.
Isabella frunció el ceño y a continuación lanzó un gritito, al enterrarse casualmente la aguja en el dedo.
—Además —continuó Renee alegremente—, tiene —repasó la hoja Whistledown en busca de la edad exacta— ¡treinta y tres años! ¿Cómo pretende evitar una diferencia de doce años entre él y su esposa? Supongo que no esperarás que se case con alguien de «tu» edad.
Isabella se chupó el dedo herido aun sabiendo que era horrorosamente grosero hacerlo. Pero necesitaba meterse algo en la boca para no decir algo horrible y horriblemente malévolo.
Todo lo que decía su madre era cierto. En muchas bodas de la aristocracia, tal vez incluso en su mayoría, los hombres eran doce y más años mayores que sus novias. Pero no sabía por qué encontraba que la diferencia de edad entre Edward y Renesmee era mayor aún, tal vez porque… no logró evitar una expresión de repugnancia:
—Es como una hermana para él. Una hermanita menor.
—Francamente, Isabella. A mí no me…
—Es casi incestuoso —masculló Isabella.
—¿Qué has dicho?
—Nada —repuso, volviendo a coger su labor.
—Estoy segura de que dijiste algo.
—Me aclaré la garganta —explicó Isabella, negando con la cabeza—. Tal vez oíste…
—Te oí decir algo. ¡Estoy segura!
Isabella gimió. Su vida se extendía larga y tediosa ante ella.
—Madre —dijo, con la paciencia de, si no de una santa, al menos de una monja muy devota—. Renesmee está prácticamente comprometida con el señor Black.
Renee empezó a frotarse las manos.
—No se comprometerá con él si logra pescar a Edward Cullen.
—Renesmee preferiría morirse antes que ir detrás a Edward.
—Noo, desde luego que no. Es una niña inteligente. Cualquiera puede ver que Edward Cullen es mejor partido.
—¡Pero Renesmee ama al señor Black!
Renee se desinfló, desanimada, en su mullido sillón.
—Y el señor Black posee una fortuna perfectamente respetable.
Renee se dio unos golpecitos en la mejilla con el índice.
—Cierto. No tan respetable como una tajada Cullen —añadió en tono agudo—, pero nada despreciable, supongo.
Isabella vio que era el momento de dejarlo estar, pero no pudo evitar que se le abriera la boca una última vez:
—De verdad, madre, es una pareja maravillosa para Renesmee. Deberíamos estar encantadas por ella.
—Lo sé, lo sé —gruñó Renee—, lo que pasa es que he deseado tanto que una de mis hijas se case con un Cullen. ¡Qué éxito! Sería la comidilla de Londres durante semanas. Años, tal vez. Isabella enterró la aguja en el cojín que tenía al lado. Era una manera idiota de descargar la rabia, pero la única alternativa a ponerse de pie de un salto y gritar a voz en cuello «¡¿Y yo?!». Al parecer Renee creía que una vez que se casara Renesmee, acabaría para siempre toda esperanza de una unión con un Cullen. Pero ella seguía soltera, ¿no contaba nada eso?
¿Era demasiado desear que su madre sintiera por ella el mismo orgullo que sentía por sus otras tres hijas? Sabía que Edward no la elegiría por esposa, pero ¿no debería una madre ser por lo menos un poquito ciega a los defectos de sus hijas? Era evidente que ni Rachel ni Leah ni Renesmee habían tenido jamás una oportunidad con un Cullen. ¿Por qué su madre parecía pensar que sus encantos superaban tanto a los de ella?
Muy bien, tenía que reconocer que Renesmee gozaba de una popularidad que superaba la de sus tres hermanas mayores juntas. Pero ni Rachel ni Leah fueron jamás Incomparables. En los bailes revoloteaban por el perímetro del salón igual que ella.
Pero claro, ya estaban casadas. Ella no habría deseado casarse con ninguno de sus dos cuñados, pero por lo menos ellas ya eran esposas.
Pero, por suerte, la mente de Renee ya andaba por pastos más verdes.
—Debería ir a ver a Esme—estaba diciendo—. Qué aliviada debe de estar por el regreso de Edward.
—Seguro que lady Cullen estará encantada de verte —dijo Isabella.
—Esa pobre mujer —suspiró Renee teatralmente—. Se preocupa mucho por él, ¿sabes?
—Lo sé.
—De verdad, creo que eso es más de lo que tendría que soportar una madre. Tanto que viaja, sólo el buen Señor sabe dónde, a países que son claramente paganos…
—Creo que en Grecia se practica el cristianismo —masculló Isabella volviendo la atención a su labor.
—No seas impertinente, Isabella Marie Swan, y además, ¡son católicos! —concluyó, estremeciéndose ante esas palabra.
—No son católicos —replicó Isabella, renunciando a la labor y dejándola a un lado—. Son ortodoxos griegos.
—Bueno, no pertenecen a la Iglesia de Inglaterra —insistió Renee, sorbiendo por la nariz.
—Siendo griegos, no creo que les preocupe terriblemente eso.
Renee la miró desaprobadora, con los ojos entrecerrados.
—¿Y cómo sabes lo de esa religión griega? No —hizo un espectacular ademán con la mano—, no me lo digas. Lo has leído en alguna parte.
Isabella se limitó a pestañear, tratando de pensar en alguna respuesta.
—Ojalá no leyeras tanto —suspiró Renee—. Igual podrías haberte casado hace años si te hubieras concentrado más en la finura social y menos en… menos en…
—¿Menos en qué? —tuvo que preguntar Isabella.
—No lo sé. En lo que sea que haces que te tiene contemplando las estrellas y soñando despierta con tanta frecuencia.
—Simplemente pienso —repuso Isabella mansamente—. A veces me gusta parar a pensar—
—¿Para qué?
Isabella no pudo evitar sonreír. Esa pregunta de Renee resumía más o menos lo que diferenciaba a madre e hija.
—No es nada madre. De verdad.
Renee dio la impresión de que quería decir algo más pero lo pensó mejor. O tal vez sólo tenía hambre. Cogió una galleta de la bandeja del té y se la echó a la boca.
Isabella alargó la mano para coger la última galleta y entonces decidió dejársela a su madre; podría convenirle mantenerle llena la boca. Lo último que deseaba era verse envuelta en otra conversación acerca de Edward Cullen.
—¡Ha llegado Edward!
Isabella levantó la vista de su libro, Breve historia de Grecia para mirar a Alice Cullen, que entró como una tromba en su habitación. Como siempre, no la habían anunciado. El mayordomo de las Swan estaba tan acostumbrado a verla por allí que la trataba como a un miembro de la familia.
—¿Sí? —preguntó, consiguiendo fingir (en su opinión) una indiferencia bastante realista.
Claro que ya había escondido la Breve historia de Grecia debajo de Mathilda, la novela de S. R. Fielding que hiciera furor el año anterior. Todo el mundo tenía un ejemplar de Mathilda en su mesilla de noche. Y era lo bastante voluminoso para ocultar la Breve historia de Grecia.
Alice fue a sentarse en el sillón del escritorio.
—Sí, y viene muy bronceado. Todo ese tiempo al sol, supongo.
—¿Fue a Grecia, verdad?
Alice negó con la cabeza.
—Dice que la guerra ahí ha empeorado, por lo que era muy peligroso ir allí, así que se fue a Chipre.
—Caramba, caramba —dijo Isabella sonriendo—. Lady Whistledown se equivocó en algo.
Alice sonrió, esa descarada sonrisa Cullen, y nuevamente Isabella pensó qué suerte era tenerla por amiga íntima. Las dos eran inseparables desde los diecisiete años; juntas pasaron sus temporadas en Londres, juntas llegaron a la edad adulta, y juntas se convirtieron en solteronas, para gran consternación de sus respectivas madres.
Alice aseguraba que no había conocido a la persona adecuada.
A Isabella, claro, nunca nadie se lo propuso.
—¿Le gustó Chipre?
—Dice que es fantástico. Ay cómo me gustaría viajar. Tengo la impresión de que todo el mundo ha estado en alguna parte, menos yo.
—Ni yo —le recordó Isabella.
—Ni tú. Gracias a Dios por ti.
—¡Alice! —exclamó Isabella arrojándole un almohadón.
Pero también ella agradecía a Dios por Alice. Todos los días. Muchas mujeres se pasaban toda la vida sin tener ni una sola amiga íntima, y ella tenía a una a la que podía contarle todo. Bueno, casi todo. Nunca le había dicho nada acerca de sus sentimientos por Edward, aunque tenía la idea de que Alice lo sospechaba. Pero por tacto no lo mencionaba, lo cual le confirmaba la certeza de que Edward no la amaría jamás. Si a Alice le hubiera pasado la idea por la cabeza aunque sólo fuera un momento, habría comenzado a urdir estrategias casamenteras con una tenacidad que impresionaría a cualquier general del ejército.
Cuando le interesaba algo, Alice era un tipo de persona bastante mandona.
—… y dijo que el agua estaba tan agitada que echó las tripas por la borda, y —Alice se interrumpió, mirándola enfurruñada—. No me estás escuchando.
—No —reconoció Isabella— bueno, sí, algunas partes. No puedo creer que Edward te haya dicho que vomitó.
—Bueno, soy su hermana.
—Se pondría furioso si supiera que me lo has contado a mí.
Alice hizo un gesto de protesta con la mano.
—No le importará. Eres como otra hermana para él.
Isabella sonrió, pero suspiró al mismo tiempo.
—Madre le preguntó, cómo no, si pensaba quedarse en la ciudad para la temporada —continuó Alice—, y, cómo no, él se puso terriblemente evasivo, así que decidí interrogarlo yo…
—Terriblemente inteligente por tu parte —musitó Isabella.
Alice le arrojó el almohadón.
—Y por fin logré que me dijera que sí, que piensa quedarse por lo menos unos meses. Pero me hizo prometer que no se lo diría a madre.
—Bueno, eso no es… —Isabella se aclaró la garganta— terriblemente inteligente por su parte. Si tu madre cree que el tiempo que va a pasar aquí es limitado, redoblará sus esfuerzos para casarlo. Y yo diría que eso es lo que más desea evitar él.
—Ese parece ser su objetivo en la vida —convino Alice.
—Si la tranquilizara diciéndole que no tiene ninguna prisa por marcharse, tal vez ella no lo acosaría tanto.
—Interesante idea, pero probablemente eso es más cierto en teoría que en la práctica. Mi madre está tan resuelta a verlo casado que no le importa aumentar su empeño. Sus esfuerzos normales ya lo vuelven loco.
—¿Puede uno volverse doblemente loco? —musitó Isabella.
Alice ladeó la cabeza.
—No lo sé. Ni creo que me interese descubrirlo.
Las dos se quedaron calladas un rato (algo bastante raro en realidad) y de repente Alice se incorporó de un salto.
—Tengo que irme.
Isabella sonrió. Las personas que no conocían muy bien a Alice creían que esta tenía la costumbre de cambiar de tema con frecuencia (y bruscamente), pero ella sabía que la verdad era totalmente diferente. Cuando Alice tenía la mente puesta en lago era incapaz de olvidarlo. Lo cual significaba que si de pronto quería marcharse, eso tenía que ver con algo que habían hablado antes esa tarde.
—Esperamos a Edward para el té.
Isabella sonrió. Le encantaba tener razón.
—Deberías venir —añadió Alice.
Isabella negó con la cabeza.
—Él querrá que sólo esté la familia.
—Puede que tengas razón —dijo Alice, asintiendo levemente—. Muy bien, entonces, me voy. Siento terriblemente hacer tan corta la visita pero quería estar segura de que sabías que Edward está en casa.
—Whistledown —dijo Isabella.
—De acuerdo. ¿De dónde saca la información esa mujer? —observó Alice, moviendo la cabeza pensativa—. Te juro que a veces sabe tanto sobre mi familia que pienso si no debería asustarme.
—No puede continuar eternamente —comentó Isabella, levantándose para acompañar a su amiga hasta la puerta—. Alguien va a descubrir finalmente quién es, ¿no te parece?
Alice llegó a la puerta, cogió el pomo, lo giró y tiró.
—No lo sé. Yo también lo pensaba. Pero ya van diez años. Más en realidad. Si la fueran a descubrir, yo creo que ya lo habrían hecho.
Isabella la siguió por la escalera.
—Finalmente cometerá un error. Tiene que cometerlo. No es más que un ser humano.
Alice se echó a reír.
—Mira tú, y yo que creía que era un Dios menor.
Isabella se sorprendió sonriendo de oreja a oreja.
En eso Alice se detuvo y se giró tan de repente que Isabella chocó con ella y a punto estuvieron las dos de caer rodando por los últimos peldaños de la escalera.
—¿Sabes qué?
—No logro ni empezar a elucubrar —repuso Isabella.
Alice ni se molestó en hacer una mueca.
—Apostaría que ya ha cometido un error.
—¿Qué?
—Tú lo dijiste. Ella, o podría ser él, supongo, lleva más de diez años escribiendo esa hoja. Nadie podría hacer eso tanto tiempo sin cometer un error.
¿Sabes qué creo yo?
Isabella abrió las palmas en un gesto de impaciencia.
—Creo que los demás somos tan estúpidos que no notamos sus errores.
Isabella la miró fijamente un momento y luego le entró un ataque de risa.
—Ay, Alice —dijo, limpiándose las lágrimas de los ojos—. Cuánto te quiero.
Alice sonrió de oreja a oreja.
—Y va bien que me quieras, solterona que soy. Tendremos que instalar casa juntas cuando lleguemos a los treinta y seamos verdaderas viejas.
Isabella se agarró a esa idea como a un bote salvavidas.
—¿Crees que podríamos? —exclamó. Después de mirar furtivamente a uno y otro lado del vestíbulo, añadió en voz muy baja—: Madre ha comenzado a hablar de su vejez con alarmante frecuencia.
—¿Qué tiene de alarmante eso?
—Yo aparezco en todas sus visiones, sirviéndola a cuatro patas.
—Ay, Dios.
—Una expresión más moderada que esa me ha pasado por la mente.
—¡Isabella! —exclamó Alice, pero sonriendo.
—Quiero a mi madre.
—Ya lo sé —dijo Alice en tono algo apaciguador.
—No, de verdad, la quiero.
A Alice empezó a curvársele la comisura izquierda de la boca.
—Ya sé que es verdad. De verdad.
—Es sólo que…
Alice la interrumpió levantando una mano.
—No hace falta que digas nada más. Lo comprendo perfectamente. Yo… ¡Ah!, buen día señora Swan.
—Alice —dijo Renee, irrumpiendo en el vestíbulo—. No sabía que estabas aquí.
—Soy tan sigilosa como siempre. Descarada, incluso.
Renee le sonrió indulgente.
—Supe que tu hermano ha regresado a la ciudad.
—Sí, todos estamos dichosísimos.
—Seguro que lo estaréis, en especial tu madre.
—En efecto. Está fuera de sí. Creo que ya está haciendo una lista.
Renee se reanimó toda entera, como le ocurría siempre que se mencionaba algo que pudiera considerarse un cotilleo.
—¿Una lista? ¿Qué tipo de lista?
—Ah, ya sabe, la misma lista que ha hecho para todos sus hijos adultos. Posibles cónyuges y todo eso.
—Ah, pues eso me hace pensar —dijo Isabella en tono sarcástico—, qué constituye «todo eso».
—A veces pone a una o dos personas absolutamente inadecuadas como para destacar las cualidades de las verdaderas posibilidades.
Renee se echó a reír.
—¡A lo mejor te pone a ti en la lista de Edward, Isabella!
Isabella no se rió. Alice tampoco. Renee no pareció notarlo.
—Bueno, será mejor que me vaya —dijo Alice, aclarándose la garganta para disimular un momento incómodo para dos de las tres personas reunidas en el vestíbulo—. Edward irá a tomar el té. Madre quiere que esté toda la familia.
—¿Vais a caber todos? —preguntó Isabella.
La casa de lady Cullen era grande, pero entre sus hijos, cónyuges y nietos sumaban veintiuno. Una prole numerosa en realidad.
—Iremos a la casa Cullen —explicó Alice.
Cuando su hijo mayor se casó su madre, Esme, se marchó de la residencia oficial de los Culln. Anthony, que heredó el título de vizconde a los dieciocho años, le dijo que no tenía que marcharse, pero ella insistió en que él y su esposa necesitaban su intimidad. En consecuencia, Anthony y Kate vivían con sus tres hijos en la casa Cullen, mientras Esme vivía con sus hijos solteros (a excepción de Edward, que tenía sus habitaciones propias) a sólo unas manzanas, en Bruton Street número 5. Después de más o menos un año de infructuosos intentos de ponerle un nombre a la nueva residencia de lady Cullen, la familia optó por llamarla simplemente casa Número Cinco.
—Que lo paséis bien —dijo Renee—. Tengo que ir a buscar a Renesmee. Estamos retrasadas para la prueba con la modista.
Alice esperó que Renee desapareciera en el rellano de la escalera para comentar a Isabella:
—Me parece que tu hermana pasa muchísimo tiempo en la modista.
Isabella se encogió de hombros.
—Renesmee está a punto de volverse loca con tantas pruebas, pero ella es la única esperanza de madre para un matrimonio verdaderamente grandioso. Creo que está convencida de que Renesmee va a pescar a un duque si lleva el vestido adecuado.
—¿No está prácticamente comprometida con el señor Black?
—Me imagino que él va a hacer la proposición formal la semana que viene, pero mientras tanto madre mantiene abiertas sus opciones. —Miró hacia arriba poniendo los ojos en blanco—. Será mejor que adviertas a tu hermano para que guarde las distancias.
—¿Gregory? —preguntó Alice, incrédula—. Pero si aún no ha terminado la universidad.
—Edward.
—¿Edward? —exclamó Alice desternillándose de risa—. ¡Uy, qué gracioso!
—Eso fue lo que le dije yo, pero ya sabes cómo es cuando se le mete una idea en la cabeza.
—Bastante como yo, me imagino —rió Alice.
—Tenaz hasta el final.
—La tenacidad puede ser algo muy bueno —le recordó Alice —, en el momento oportuno.
—De acuerdo —replicó Isabella, sonriendo sarcástica—, y en el momento inoportuno es una absoluta pesadilla.
—Alégrate, amiga —rió Alice. Por lo menos te has librado de todos esos vestidos amarillos.
Isabella se miró su vestido de mañana, que era de un tono de azul que sentaba muy bien, si ella se lo decía.
—Dejó de elegirme la ropa cuando por fin comprendió que ya estaba oficialmente para vestir santos. Una hija sin perspectivas de matrimonio no vale el tiempo ni la energía que le consume ofrecer consejos sobre moda. No me ha acompañado a la modista ni una sola vez desde hace más de un año. ¡Dicha!
Alice le sonrió a su amiga, observando de paso que su piel adquiría una hermosa tonalidad melocotón y crema siempre que llevaba colores más fríos.
—Fue evidente para todos el momento en que te permitieron elegir tu ropa. Incluso lady Whistledown lo comentó.
—Escondí ese número para que no lo viera madre —confesó Isabella —. No quería que le hiriera los sentimientos.
Alice pestañeó varias veces y luego dijo:
—Eso fue muy amable por tu parte, Isabella.
—Tengo mis momentos de caridad y buen talante.
Alice soltó un bufido.
—Uno diría que un componente esencial de la caridad es la capacidad de no atraer la atención a que uno la posee.
Isabella frunció los labios y la empujó hacia la puerta.
—¿No tenías que irte a casa?
—¡Me voy! ¡Me voy!
Y se fue.
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Era bastante agradable estar de vuelta en Inglaterra, decidió Edward, tomando un trago de un coñac francamente excelente.
En realidad era bastante raro que le gustara volver a casa tanto como le gustaba partir. Dentro de unos meses, seis como máximo, le entraría nuevamente el prurito de marcharse, pero por el momento, Inglaterra en abril estaba fantástica.
—Es bueno, ¿verdad?
Edward levantó la vista. Su hermano Anthony estaba apoyado en la parte anterior de su inmenso escritorio de caoba, moviendo su copa hacia él. Asintió.
—No me había dado cuenta de lo mucho que lo echaba de menos hasta que volví. El ouzo tiene sus encantos, pero esto —levantó la copa—, es celestial.
—¿Y cuánto tiempo piensas quedarte esta vez? —le preguntó Anthony, sonriendo irónico.
Edward fue a ponerse junto a la ventana a fingir que miraba hacia fuera. Su hermano mayor ni siquiera intentaba disimular su impaciencia con él por su gusto de ver mundo. Y la verdad, no podía decir que no lo comprendiera. De tanto en tanto resultaba difícil hacer llegar cartas a casa, por lo que seguro que su familia tenía que esperar un mes o incluso dos para saber cómo estaba.
Pero si bien no le agradaría nada estar en su piel, sin saber nunca si un ser querido estaba vivo o muerto, esperando constantemente que el mensajero golpeara la puerta, eso no bastaba para hacerlo mantener sus pies firmemente plantados en Inglaterra.
De vez en cuando sencillamente tenía que alejarse. No había otra manera de explicarlo.
Alejarse de los miembros de la aristocracia, que lo consideraban un pícaro encantador y nada más, alejarse de Inglaterra, que alentaba a los hijos menores a entrar en el ejército o en el clero, opciones que no se avenían en nada con su temperamento. Incluso alejarse de sus familiares, que aun cuando lo amaban incondicionalmente no tenían la menor idea de que lo que de verdad deseaba, en lo más profundo de su ser, era hacer algo.
Anthony poseía el vizcondado, con la miríada de responsabilidades anejas; llevaba las propiedades, administraba la economía familiar, se ocupaba del bienestar de los incontables aparceros y criados. Benedicto, su hermano cuatro años mayor que él, ya gozaba de fama como pintor; había empezado con papel y lápiz, pero a instancias de su mujer pasó a pintar al óleo, y uno de sus paisajes ya colgaba en la National Gallery.
Anthony seria siempre recordado en el árbol familiar como el séptimo vizconde Cullen. Benedict viviría a través de sus cuadros hasta mucho después que abandonara esta Tierra.
Pero él no tenía nada. Administraba la pequeña propiedad cedida por su familia y asistía a fiestas. Jamás se le ocurriría ni soñar con declarar que no se divertía, pero a veces deseaba algo más que diversión.
Deseaba una finalidad.
Deseaba dejar un legado.
Deseaba, si no saberlo por lo menos esperar que cuando hubiera muerto, se lo recordaría de alguna manera distinta a como aparecía en los Ecos de Sociedad de Lady Whistledown.
Exhaló un suspiro. No era de extrañar que se pasara tanto tiempo viajando.
—¿ Edward? —dijo su hermano.
Se giró a mirarlo, pestañeando. Estaba bastante seguro de que le había hecho una pregunta, pero en algún momento mientras dejaba vagar la mente, se le olvidó qué.
—Ah, sí. —Se aclaró la garganta—. Me quedaré hasta que termine la temporada, por lo menos.
Anthony no dijo nada, pero habría sido difícil no ver su expresión de satisfacción.
—Si no otra cosa —añadió Edward, fijándose su legendaria sonrisa sesgada en la cara—, alguien tiene que mimar a tus hijos. No creo que Charlotte tenga suficientes muñecas.
—Sólo cincuenta —convino Anthony, con la voz sin expresión—. La pobre cría está horrorosamente descuidada.
—Su cumpleaños es a finales de mes, ¿verdad? Creo que tendré que descuidarla un poco más.
—Y hablando de cumpleaños —dijo Anthony, instalándose detrás de su escritorio en el enorme sillón—. De este domingo al otro es el de madre.
—¿Por qué crees que me di prisa en volver?
Anthony arqueó una ceja, y Edward tuvo la clara impresión de que estaba tratando de decidir si realmente había vuelto para estar en el cumpleaños de su madre, o sencillamente aprovechaba el momento para hacer ver lo oportuno de su vuelta.
—Vamos a darle una fiesta —explicó Anthony.
—¿Y os lo va a permitir?
Sabía por experiencia que a las mujeres de cierta edad no les gustaba que les celebraran los cumpleaños. Y si bien su madre seguía siendo muy hermosa, sí que tenía una cierta edad.
—Nos vimos obligados a recurrir al chantaje —reconoció Anthony—. O aceptaba la fiesta o revelábamos su verdadera edad.
Edward comprobó que no debería haber tomado ese trago de coñac; se atragantó y por un pelo logró evitar rociarlo sobre su hermano.
—Me habría gustado ver eso.
Anthony esbozó una sonrisa bastante satisfecha.
—Fue una brillante maniobra por mi parte.
Edward apuró el resto del coñac.
—¿Qué posibilidades hay, crees tú, de que no aproveche la fiesta como ocasión para encontrarme esposa?
—Muy pocas.
—Ya me lo parecía.
Anthony se apoyó en el respaldo del sillón.
—Ya tienes treinta y tres años, Edward…
—Dios de los cielos —exclamó Edward, mirándolo incrédulo—, no empieces a regañarme.
—Ni lo soñaría. Simplemente te iba a sugerir que mantuvieras los ojos abiertos durante esta temporada. No tienes por qué buscar una esposa, pero no te hará ningún daño mantenerte por lo menos abierto a la posibilidad.
Edward miró hacia la puerta, con la intención de atravesarla muy pronto.
—Te aseguro que no me repugna la idea del matrimonio.
—No se me ha pasado por la cabeza la idea de que te repugnara —dijo Anthony con voz arrastrada.
—Pero no veo mucho motivo para precipitarme.
—Nunca hay un motivo para precipitarse —replicó Anthony—. Bueno, rara vez en todo caso. Simplemente dale el gusto a nuestra madre, por favor.
Edward no se había dado cuenta de que seguía sosteniendo la copa vacía, hasta que se le deslizó por los dedos y cayó sobre la alfombra con un fuerte clinc.
—Buen Dios —susurró—, ¿está enferma?
—¡No! —exclamó Anthony, en voz demasiado alta y enérgica, por la sorpresa—. Nos va a sobrevivir a todos, no me cabe duda.
—Entonces, ¿qué pasa?
Anthony suspiró.
—Simplemente deseo verte feliz.
—Soy feliz.
—¿De veras?
—Demonios, soy el hombre más feliz de Londres. Lee a lady Whistledown. Ella te lo dirá.
Anthony miró la hoja que tenía sobre el escritorio.
—Bueno, tal vez no en ese número, pero en cualquiera del año pasado.
Me ha llamado encantador más veces de lo que ha llamado terca dogmática a lady Danbury, y los dos sabemos qué proeza es ésa.
—Encantador no equivale necesariamente a feliz —objetó Anthony dulcemente.
—No tengo tiempo para esto —masculló Edward. Nunca le había parecido tan estupenda la puerta.
—Si fueras verdaderamente feliz —insistió Anthony—, no vivirías marchándote.
Edward se detuvo con la mano en el pomo.
—Anthony, me «gusta» viajar.
—¿Constantemente?
—Debe ser así, si no no lo haría.
—Ésa es una respuesta evasiva si he oído alguna.
—Y ésta —dijo Edward mirándolo con una pícara sonrisa— es una maniobra evasiva.
—¡ Edward!
Pero él ya había salido de la sala.
Aquí les traigo el primer capitulo, en lo personal a mi me encanto la historia cuando la lei... espero a ustedes también les guste.
Cualquier cosa que piensen o queja déjenme saber :)
