Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 2
Siempre ha estado de moda entre los miembros de la alta sociedad quejarse de tedio, pero sin duda la cosecha de fiesteros de este año ha elevado el aburrimiento a una forma de arte. No se pueden dar dos pasos en una reunión social sin oír la expresión «mortalmente aburrido» o «espantosamente vulgar». En efecto, a esta cronista le han informado que Cressida Twombley comentó hace poco que perecería de aburrimiento si se veía obligada a asistir a una desentonada velada musical más.
(Esta cronista debe dar la razón a lady Twombley en ese particular; si bien la selección de jovencitas debutantes este año forman un grupo simpático, no hay una sola entre ellas que posea dotes musicales decentes.)
Si ha de haber un antídoto para la enfermedad de tedio, sin duda será la fiesta del domingo en la casa Cullen. Se reunirá toda la familia con unos cien de sus mejores amigos para celebrar el cumpleaños de la vizcondesa viuda.
Se considera grosería mencionar la edad de una dama, por lo tanto esta cronista no revelará qué cumpleaños celebra lady Cullen.
Pero no temáis, ¡esta cronista lo sabe!
ECOS DE SOCIEDAD DE
LADY WHISTLEDOWN
9 de abril de 1824
«Solterona» era una palabra que tendía a provocar o bien pánico o lástima, pero Isabella estaba llegando a comprender que había decididas ventajas en el estado célibe.
En primer lugar, nadie esperaba que las solteronas bailaran en los bailes, lo cual significaba que ya no estaba obligada a mantenerse a la orilla de la pista de baile simulando que no deseaba bailar. Ahora podía sentarse a un lado con las demás solteronas y señoras vigilantes. Todavía deseaba bailar, por supuesto, le gustaba y era muy buena para bailar (y no que alguien lo hubiera notado alguna vez), pero le resultaba mucho más fácil fingir desinterés estando más lejos de las parejas que estaban en la pista bailando el vals.
En segundo lugar, el número de horas pasadas en conversaciones aburridas se había reducido drásticamente. La señora Swan había renunciado a la esperanza de que ella pudiera enganchar un marido, por lo tanto había dejado de ponerla en el camino de todos los solteros convenientes de tercera clase. A Renee jamás se le ocurrió pensar que su hija podría tener una mínima posibilidad de atraer la atención de solteros de primera o segunda clase, lo cual tal vez era cierto, pero a la mayoría de los solteros de tercera se los clasificaba en esa categoría por algún motivo, y, lamentablemente, ese motivo solía ser su personalidad o falta de personalidad. Lo cual, combinado con la timidez de ella ante desconocidos, no tendía a favorecer una conversación chispeante.
Y por último, podía volver a comer. Era enloquecedor, tomando en cuenta la cantidad de comida expuesta en las fiestas de la aristocracia, que las mujeres a la caza de marido no pudieran exhibir un apetito algo más robusto que el de un pajarillo. Eso, pensó Isabella alegremente (hincándole el diente a un delicioso y delicado pastelillo relleno con crema y chocolate importado de Francia), tenía que ser la principal ventaja de ser solterona.
—Cielo santo —gimió, pensando que si el pecado pudiera tomar forma sólida, seguro que sería un pastel, de preferencia uno con chocolate.
—Está bueno, ¿eh?
Isabella se atragantó con el pastelillo, y luego tosió, enviando una fina rociada de crema por el aire.
—¡Edward! —exclamó, rogando fervientemente que el trozo de crema más grande no le hubiera caído a él en la oreja.
—Isabella —dijo él, sonriendo cálidamente—. Cuánto me alegra verte.
—Y a mí.
Él se balanceó sobre los talones una, dos, tres, y luego dijo:
—Te ves bien.
—Y tú —repuso ella, tan ocupada en tratar de encontrar un sitio para dejar el pastelillo que no se le ocurrió dar alguna variedad a sus frases.
—Es bonito ese vestido —dijo él, indicando su vestido de seda verde.
Ella sonrió tristemente.
—No es amarillo.
—No —sonrió él, y se rompió el hielo.
Lo cual era raro, porque cualquiera diría que la lengua se le paralizaría más cuando estaba en presencia del hombre al que amaba, pero Edward tenía algo que le permitía a uno sentirse cómodo. Tal vez, había pensado ella en más de una ocasión, una parte del motivo para amarlo era que él la hacía sentirse cómoda consigo misma.
—Dice Alice que lo has pasado espléndidamente en Chipre —le dijo.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Al fin no pude resistirme a visitar el lugar donde nació Afrodita.
Isabella se sorprendió sonriendo también. El buen humor de él era contagioso, aun cuando lo último que deseara hacer ella fuera tomar parte en una conversación sobre la diosa del amor.
—¿Es tan soleado como dice todo el mundo? No, olvida la pregunta. Por tu cara ya veo que sí.
—Adquirí un buen tono de bronceado —dijo él, asintiendo—. Mi madre casí se desmayó cuando me vio.
—De placer, no me cabe duda —dijo ella enérgicamente—. Te echa terriblemente de menos cuando no estás.
Él se le acercó más.
—Vamos, Isabella, no iras a comenzar a regañarme ¿eh? Entre mi madre, Anthony, Alice y Rosalie, me van a hacer morir de sentimiento de culpa.
—¿Benedict no? —no pudo evitar bromear ella.
Él la miró con una sonrisa algo satisfecha.
—Está fuera de la ciudad.
—Ah, bueno, eso explica su silencio.
La expresión de él con los ojos entrecerrados armonizaba a la perfección con sus brazos cruzados.
—Siempre has sido una descarada, ¿lo sabías?
—Lo oculto bien —repuso ella modestamente.
—Es fácil comprender por qué eres tan buena amiga de mi hermana —dijo él, irónico.
—¿He de suponer que eso lo dices como un cumplido?
—Estoy bastante seguro de que pondría en peligro mi salud si fuera otra mi intención.
Isabella estaba intentando encontrar una réplica ingeniosa cuando oyó un sonido extraño, como de chapoteo. Miró al suelo y descubrió que una buena parte del amarillento relleno de crema del pastelillo había caído sobre la brillante madera. Levantó la vista hacia Edward y vio que sus ojos, ay, tan verdes, estaban bailando de risa, aun cuando trataba de mantener muy seria la boca.
—Vaya, esto sí que es vergonzoso —dijo, decidiendo que la única manera de evitar morir de humillación era declarar lo dolorosamente obvio.
—Sugiero que huyamos del escenario —dijo Edward, alzando una ceja en un arco todo gallardo.
Isabella miró la cáscara vacía del pastelillo que todavía tenía en la mano. Edward contestó haciendo un gesto hacia la maceta de una planta que estaba cerca.
—¡No! —exclamó ella agrandando los ojos.
Él se acercó más.
—A que no eres capaz.
Ella miró el pastelillo, la planta y luego la cara de Edward.
—No podría.
—Con lo lejos que van las travesuras, ésta es bastante moderada —señaló él.
Eso era un reto, y ella normalmente era inmune a esas tácticas infantiles, pero la media sonrisa de Edward era difícil de resistir.
—Muy bien —dijo.
Cuadrando los hombros, dejó caer el pastelillo en la tierra de la maceta.
Retrocedió un paso para contemplar su obra, miró alrededor para ver si alguien la estaba mirando aparte de Edward, y entonces cogió la maceta y la giró, para que una rama frondosa ocultara la prueba del delito.
—No creí que lo harías —dijo Edward.
—Cómo has dicho, no es una travesura tan terrible.
—No, pero es la palma en la maceta favorita de mi madre.
—¡Edward! —exclamó ella, girándose con toda la intención de sacar el pastelillo de la maceta—. ¿Cómo pudiste permitir…? Un momento. —Se enderezó y entrecerró los ojos—. Esto no es una palma.
—¿No? —preguntó él, todo inocencia.
—Esto es un naranjo enano.
—¿Ah, sí? Vaya.
Ella lo miró ceñuda, o al menos esperaba que fuera ceñuda. Era difícil mirar ceñuda a Edward Cullen. Incluso su madre comentó una vez que era casi imposible reprenderlo. Él sonreía, ponía expresión contrita y decía algo divertido, y entonces era imposible continuar enfadada con él. Sencillamente imposible.
—Quieres hacerme sentir culpable —dijo.
—Cualquiera puede confundir una palma con un naranjo.
Ella reprimió el impulso de poner en blanco los ojos.
—A excepción de las naranjas.
Él se mordió el labio inferior, con expresión pensativa.
—Sí, mmm, seguro que ellas te delatarían.
—Eres fatal para mentir, ¿lo sabías?
Él se enderezó, dando un suave tirón al chaleco y alzando el mentón.
—En realidad soy excelente para mentir. Pero para lo que de veras soy bueno es para parecer avergonzado y adorable cuando me pillan.
¿Y qué podía contestar ella a eso?, pensó Isabella. Porque seguro que no había nadie más adorablemente avergonzado (¿o vergonzosamente adorable?) que Edward Bridgerton con las manos cogidas a la espalda, sus ojos recorriendo el cielo raso y sus labios en un morro como si estuviera silbando inocentemente.
—¿Nunca te castigaban cuando eras niño? —le preguntó, cambiando bruscamente de tema.
Al instante Edward se enderezó, atento.
—Perdona, no te oí.
—¿Te castigaron alguna vez cuando eras niño? —repitió ella—. ¿Te castigan alguna vez ahora?
Edward se limitó a mirarla, pensando si ella tendría una remota idea de lo que preguntaba. Probablemente no.
—Eeh… esto… —dijo, más que nada porque no sabía qué otra cosa decir.
—Ya me parecía que no —dijo ella, soltando un suspiro vagamente condescendiente.
Si él fuera un hombre menos indulgente, pensó él, y si ella fuera otra persona cualquiera, no Isabella Swan, la cual, estaba seguro, no tenía ni un solo hueso maligno en su cuerpo, podría sentirse ofendido. Pero él era un tipo muy acomodadizo, y esa era Isabella Swan, una muy leal amiga de su hermana desde sólo Dios sabía cuántos años, así que en lugar de adoptar una expresión dura y cínica (expresión que jamás le había resultado bien, de acuerdo), simplemente sonrió y musitó:
—¿Y qué querías probar con eso?
—No pienses que ha sido mi intención criticar a tus padres —dijo ella, con una expresión inocente y guasona al mismo tiempo—. Ni soñaría con insinuar que te han malcriado de alguna manera.
Él asintió afablemente.
—Lo que pasa es que —se acercó más a él, como para comunicarle un importante secreto—, yo creo que podrías salir impune de un asesinato si quisieras.
Él tosió, no para aclararse la garganta ni porque se sintiera mal, sino porque se sentía condenadamente sorprendido. Isabella era una joven muy divertida. No, divertida no era la palabra adecuada. Sorprendente. Sí, esa palabra parecía resumirla. Muy pocas personas la conocían de verdad; jamás se había creado la fama de ser una brillante conversadora. Estaba bastante seguro de que toda su vida se las había arreglado para pasar por esas fiestas de tres horas sin aventurarse jamás a decir palabras de más de una sílaba.
Pero cuando estaba en compañía de personas con las que se sentía cómoda, y se daba cuenta de que él podría tener el privilegio de contarse entre esas personas, ella hacía gala de un humor agudo, una sonrisa guasona, pícara, y de todas las pruebas que indicaban que poseía una mente muy, muy inteligente.
No le sorprendía que nunca hubiera atraído a ningún pretendiente serio; no era una beldad bajo ningún criterio, aunque mirándola más detenidamente era más atractiva de lo que él recordaba. Sus cabellos castaños tenían visos cobrizos, bellamente destacados por la parpadeante luz de las velas de las lámparas. Y tenía una piel muy hermosa, esa tez melocotón y nata que las damas pretendían conseguir untándoselas con arsénico.
Pero el atractivo de Isabella no era del tipo en el que se fijan los hombres normalmente. Y su natural tímido y sus ocasionales tartamudeos no reflejaban con exactitud su personalidad.
De todos modos, era una lástima esa falta de popularidad, porque podría haber sido una esposa perfectamente buena para alguien.
—¿Quieres decir entonces que yo debería considerar la posibilidad de una vida de delincuencia? —dijo, obligándose a volver la atención al tema que tenían entre manos.
—Nada de eso —repuso ella, con una recatada sonrisa en la cara—. Sólo sospecho que con tu labia podrías salir impune de cualquier cosa. —Y entonces, inesperadamente, se puso seria y añadió en voz baja—. Envidio eso.
Edward se sorprendió tendiéndole la mano y diciendo:
—Isabella Swa, creo que debes bailar conmigo.
Y entonces Isabella lo sorprendió echándose a reír y diciendo:
—Eres muy amable al pedírmelo, pero ya no tienes por qué bailar conmigo.
Él sintió un curioso pinchazo en el orgullo.
—¿Qué demonios quieres decir con eso?
Ella se encogió de hombros.
—Ya es oficial. Soy una solterona. Ya no hay ningún motivo para bailar conmigo para que yo no me sienta dejada de lado.
—Yo no bailaba contigo por eso —protestó él.
Pero sabía que ese era exactamente el motivo. Y la mitad de las veces sólo recordaba pedírselo porque su madre acababa de enterrarle el codo en la espalda, y fuerte, para recordárselo.
Ella lo miró con una leve expresión de lástima, y eso lo fastidió, porque jamás se había imaginado que Isabella Swan pudiera tenerle lástima.
Notó que se le ponía rígido el espinazo.
—Si crees que vas a poder librarte de bailar conmigo ahora, estás muy engañada.
—No tienes que bailar conmigo sólo para demostrar que no te molesta hacerlo.
—«Deseo» bailar contigo —dijo él, casi en un gruñido.
—Muy bien —dijo ella al cabo de un momento que a él le pareció ridículamente largo—. Sin duda sería una grosería mía si me negara.
—Probablemente fue grosería dudar de mis intenciones —dijo él, cogiéndole el brazo—, pero estoy dispuesto a perdonarte si tú te perdonas.
Ella tropezó, y eso lo hizo sonreír.
—Creo que me las arreglaré —logró decir ella, con voz ahogada.
—Excelente —la miró con una cálida sonrisa—. Detestaría imaginarte viviendo con la culpa.
La música estaba empezando así que Isabella le cogió la mano, hizo su venia y comenzaron el minué. Era difícil hablar durante la danza, y eso le dio unos momentos para recuperar el aliento y ordenar sus pensamientos.
Tal vez se le pasó la mano en su dureza con Edward. No debería haberlo regañado por invitarla a bailar, cuando la verdad era que esos bailes con él estaban entre sus más preciados recuerdos. ¿Importaba que él lo hubiera hecho sólo por lástima? Habría sido peor si no la hubiera sacado nunca a bailar. Arrugó la nariz. Peor aún, ¿significaba eso que tenía que pedirle disculpas?
—¿Había algo malo en ese pastelillo? —le preguntó Edward cuando los pasos del baile los acercaron.
La danza volvió a separarlos y ya habían pasado diez segundos completos cuando ella pudo decirle:
—¿Por qué lo preguntas?
—Tienes el aspecto de haberte tragado algo en mal estado — contestó él en voz alta, harto ya de esperar que la danza los volviera a reunir para poder hablar.
Varias personas se giraron a mirar y luego se alejaron discretamente, como si Isabella fuera a vomitar ahí mismo sobre la pista de baile.
—¿Tenías que gritarlo a todo el mundo? —siseó.
—¿Sabes? —dijo él, pensativo, inclinándose en una elegante venía al terminar la danza—, ese ha sido el susurro más fuerte que he oído en mi vida.
Era insufrible, pero Isabella decidió no decírselo, porque la habría parecer un personaje de una mala novela romántica. Acababa de leer una en que la heroína empleaba esa palabra (o un sinónimo) casi en todas las páginas.
—Gracias por el baile —dijo, cuando llegaron a la orilla del salón.
Casi añadió «Ahora puedes ir a decirle a tu madre que has cumplido tu obligación», pero al instante lamentó el impulso. Edward no había hecho nada que mereciera ese sarcasmo. No era culpa de él que los hombres sólo bailaran con ella cuando los obligaban sus madres. Por lo menos él siempre sonreía y reía mientras cumplía su deber, lo cual era más de lo que se podía decir del resto de la población masculina.
Él se inclinó amablemente y musitó sus gracias. Estaban a punto de separarse y partir cada uno por su lado cuando oyeron un fuerte ladrido femenino:
—¡Señor Cullen!
Los dos se quedaron inmóviles, paralizados. Era una voz que los dos conocían. Una voz que todo el mundo conocía.
—Dios me asista —gimió Edward.
Isabella miró por encima del hombro y vio a la maligna lady Danbury abriéndose paso por entre el gentío; se encogió al ver enterrarse ese omnipresente bastón en el pie de una desventurada jovencita.
—Tal vez se refería a otro señor Cullen —sugirió—. Hay varios, después de todo, y es posible…
—Te daré diez libras si no te apartas de mi lado —dijo Edward a borbotones.
Isabella se atragantó con el aire.
—No seas tonto, yo…
—Veinte.
—¡Hecho! —dijo ella sonriendo, no porque necesitara particularmente el dinero sino porque encontraba curiosamente agradable sacárselo a Edward.
—¡Lady Danbury! —exclamó, acercándose a la anciana—. ¡Qué agradable verla!
—Jamás nadie encuentra agradable verme —dijo lady Danbury en tono agudo—, a excepción tal vez de mi sobrino, y la mitad de las veces no estoy segura ni de él. Pero gracias por mentir de todos modos.
Edward no dijo nada, pero la anciana se giró hacia él y le golpeó la pierna con el bastón.
—Buena elección al bailar con ella —le dijo—. Siempre me ha gustado. Tiene más sesos que el resto de su familia toda junta.
Menos de un segundo después, cuando Isabella empezaba a abrir la boca para defender por lo menos a su hermana menor, lady Danbury ladró:
—¡Ja! Veo que ninguno de los dos me contradice.
—Siempre es un placer verla, lady Danbury —dijo Edward, obsequiándola con una sonrisa del tipo que podría haber dirigido a una cantante de ópera.
—Mucha labia tiene éste —le dijo lady Danbury a Isabella—. Tendrá que vigilarlo.
—Rara vez es necesario hacerlo —repuso Isabella —, ya que con mayor frecuencia está fuera del país.
—¡Lo ve! —graznó lady Danbury—. Le dije que es inteligente.
—Habrá observado que yo no la contradije —dijo Edward tranquilamente.
La anciana sonrió aprobadora.
—No, ya lo noté. Se está volviendo inteligente en la vejez, señor Cullen.
—De vez en cuando se ha comentado que yo poseía una pequeña cantidad de inteligencia en mi juventud también.
—Jumjum. La palabra importante en esa frase sería «pequeña», claro.
Edward miró a Isabella con los ojos entrecerrados y vio que parecía estar atragantándose de risa.
—Las mujeres debemos ayudarnos mutuamente —dijo lady Danbury a nadie en particular—, ya que está claro que nadie más lo hará.
Edward decidió que era el momento de alejarse.
—Creo que veo a mi madre.
—Escapar es imposible —graznó lady Danbury—. No se moleste en intentarlo y, además, sé de cierto que no ha visto a su madre. Está ayudando a una cabeza de chorlito que se descosió la orilla del vestido. —Se volvió hacia Isabella, que estaba esforzándose tanto por dominar la risa que le brillaban los ojos con las lágrimas sin derramar—. ¿Cuánto le pagó para que no lo dejara sólo conmigo?
Isabella no pudo evitarlo y soltó una carcajada.
—Perdone, ¿qué ha dicho? —exclamó, cubriéndose la horrorizada boca.
—Ah, no, dilo, dilo —dijo Edward cálidamente—. Ya me has ayudado muchísimo.
—No tienes por qué darme las veinte libras —dijo ella.
—No pensaba dártelas.
—¿Sólo veinte libras? —preguntó lady Danbury—. Jumjum. Yo habría pensado que valía como mínimo veinticinco.
Edward se encogió de hombros.
—Soy tercer hijo. Perpetuamente escaso de fondos, me temo.
—¡Ja! Tiene el bolsillo tan gordo como al menos tres condes —dijo lady Danbury—. Bueno, tal vez no condes —añadió después de pensarlo un poco—. Pero unos cuantos vizcondes y muchos barones, eso sí.
—¿No se considera mala educación hablar de dinero en compañía mixta? —preguntó Edward, sonriendo levemente.
Lady Danbury dejó escapar un sonido que bien podía ser un resuello o una risita (Ewdard no logró determinarlo) y dijo:
—Siempre es de mala educación hablar de dinero, sea en compañía mixta o no, pero cuando uno tiene mi edad puede hacer casi todo lo que se le antoja.
—Me gustaría saber —musitó Isabella— qué «no» puede hacer uno a su edad.
—¿Qué? —preguntó lady Danbury mirándola.
—Ha dicho que uno puede hacer «casi» todo lo que se antoja.
Lady Danbury la miró incrédula y luego esbozó una sonrisa. Edward se sorprendió sonriendo también.
—Me gusta —le dijo lady Danbury, apuntando a Isabella como si fuera una especie de estatua a la venta—. ¿Le he dicho que me gusta?
—Creo que sí —repuso él.
Lady Danbury miró a la cara a Isabella y con una máscara de absoluta seriedad le dijo:
—Creo que no podría salir impune del asesinato, pero eso podría ser todo.
Isabella y Edward se echaron a reír al mismo tiempo.
—¿Eh? ¿Qué es tan divertido?
—Nada —logró decir Isabella.
Edward, por su parte, ni siquiera logró eso.
—No es nada —insistió lady Danbury—. Y me quedaré aquí fastidiándolos toda la noche hasta que me digan qué es. Y créanme si les digo que no es eso lo que desean que haga.
Isabella se limpió una lágrima del ojo.
—Es que yo acababa de decirle —dijo, indicando a Edward con un gesto de la cabeza— que probablemente él saldría impune de un asesinato.
—¿Eso le dijo? —musitó lady Danbury, golpeteando ligeramente el suelo con el bastón, como si se rascara el mentón considerando una pregunta muy profunda—. ¿Sabe?, creo que podría tener razón. Hombre más encantador no creo que haya visto Londres jamás.
Edward arqueó una ceja.
—Vaya, ¿por qué será que no creo que haya dicho eso como un cumplido, lady Danbury?
—Pues sí que es un cumplido, zoquete.
—En cuanto opuesto a «eso» —dijo Edward a Isabella—, que está muy claro que sí es un cumplido.
Lady Danbury sonrió de oreja a oreja.
—Declaro —dijo (o con toda verdad declaraba)— que este ha sido el momento más divertido que he disfrutado en toda la temporada.
—Encantado de agradecerlo —dijo Edward con una llana sonrisa.
—Este ha sido un año especialmente aburrido, ¿no le parece? —comentó lady Danbury a Penelope.
Isabella asintió.
—El año pasado fue un poco tedioso también.
—Pero no tanto como éste —insistió la anciana.
—A mí no me lo pregunte —dijo Edward afablemente—. He estado fuera del país.
—Humm, supongo que va a decir que su ausencia es el motivo de que hayamos estado tan aburridos.
—Ni lo soñaría —repuso Edward con su encantadora sonrisa—. Pero claro, si la idea se le ha pasado por la cabeza es que debe de tener un cierto mérito.
—Humm. Sea como sea, me aburro.
Edward miró a Isabella, que parecía esforzarse por mantenerse muy, muy quieta, presumiblemente para aguantar la risa.
—¡Haywood! —exclamó de repente la anciana, haciendo un gesto a un caballero de edad madura—. ¿No estaría de acuerdo conmigo?
Por la cara regordeta de lord Haywood pasó una fugaz expresión de terror, pero cuando le quedó claro que no podía escapar dijo:
—Procuro tomar por norma estar siempre de acuerdo con usted.
—¿Es pura imaginación mía o los hombres se están volviendo más sensatos? —le dijo lady Danbury a Isabella.
Isabella se limitó a hacer un evasivo encogimiento de hombros. Edward decidió que era una joven muy juiciosa.
Haywood se aclaró la garganta, cerrando y abriendo rápida y enérgicamente sus ojos azules.
—Esto… eh… ¿con qué exactamente estoy de acuerdo?
—Que la temporada es aburrida —suplió Penelope amablemente.
—Ah, señorita Swan —dijo él, en tono algo fanfarrón—, no la había visto.
Edward miró distraídamente a Isabella y alcanzó a verla estirar los labios en una sonrisita mal lograda.
—Aquí, a su lado —masculló ella en voz baja.
—Sí, aquí —dijo Haywood jovialmente—, y sí, la temporada es mortalmente aburrida.
—¿Alguien ha dicho que la temporada es aburrida?
Edward miró a la derecha. Un hombre y dos damas acababan de unirse al grupo y estaban expresando entusiastas su acuerdo.
—Tediosa —musitó una de ellas—. Horriblemente tediosa.
—Nunca había asistido a una ronda de fiestas más banales —declaró la otra dama exhalando un afectado suspiro.
—Tendré que informar a mi madre —dijo Edward entre dientes.
Sí que se contaba entre los hombres más acomodadizos, pero claro, había ciertos insultos que no podía dejar pasar.
—Ah, no me refiero a esta reunión —se apresuró a enmendar la mujer—. Este baile es verdaderamente la única luz brillante en una cadena de reuniones por lo demás oscuras y tétricas. Vamos, justamente iba a decir…
—Pare —le ordenó lady Danbury—, antes que se atragante con su pie.
La dama se apresuró a callarse.
—Es curioso —musitó Isabella.
—Ah, señorita Swan —dijo la dama que había estado en reuniones oscuras y tétricas—. No la había visto.
—¿Qué es curioso? —le preguntó Edward, antes que otro pudiera decirle lo nada notable que encontraba.
Ella le hizo una leve sonrisa de agradecimiento y pasó a explicar su comentario:
—Es curioso cómo los miembros de la alta sociedad se entretienen comentando lo poco entretenidos que están.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Haywood, con cara de perplejidad.
Isabella se encogió de hombros.
—Simplemente que creo que muchos de ustedes lo pasan extraordinariamente bien hablando de lo aburridos que están.
Su comentario fue recibido con silencio. Lord Haywood continuó con su expresión de perplejidad, y a una de las damas debió entrarle una mota de polvo en el ojo, porque parecía no poder hacer otra cosa que pestañear.
Edward no pudo evitar sonreír. No encontraba que el comentario de Isabella fuera un comentario tan terriblemente complicado.
—Lo único interesante que se puede hacer es leer el Whistledown —dijo la dama que no estaba pestañeando, como si Isabella no hubiera hablado.
El caballero que estaba a su lado manifestó su acuerdo con un murmullo.
Y entonces lady Danbury empezó a esbozar una sonrisa.
Edward se alarmó. La anciana tenía un destello raro en los ojos. Una expresión aterradora.
—Tengo una idea —dijo ella.
Alguien ahogó una exclamación. Otro gimió.
—Una idea brillante.
—Y no es que no sean brillantes todas sus ideas —musitó Edward con su voz más afable.
Lady Danbury lo hizo callar agitando la mano.
—¿Cuántos verdaderos misterios hay en la vida?
Nadie contestó, así que Edward aventuró:
—¿Cuarenta y dos?
Ella ni se molestó en mirarlo, ceñuda.
—Os digo a todos aquí y ahora…
Todos se le acercaron más. Incluso Edward. Era imposible sustraerse al dramatismo del momento.
—Todos sois mis testigos…
Edward creyó oír mascullar a Isabella: «Dilo de una vez».
—Mil libras —dijo lady Danbury.
Aumentó el número de personas congregadas alrededor.
—Mil libras —repitió ella, aumentando el volumen de la voz. La verdad, tenía dones innatos para estar en un escenario—. Mil libras…
De repente todo el salón estaba en reverente silencio.
—… a la persona que desenmascare a lady Whistledown.
jajaja yo me quedo con Eddy sin necesidad de que me pague ni un peñique ... que piensan de Lady Danbury... ¿muy excéntrica?
