Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.


Capítulo 3

Esta cronista sería negligente si no dijera que el momento más comentado anoche en el baile de cumpleaños en la casa Cullen no fue el emocionante brindis por lady Cullen (su edad no se ha de revelar) sino la impertinente oferta que hiciera lady Danbury de dar mil libras a la persona que desenmascare…

A mí.

Haced lo que queráis, damas y caballeros de la aristocracia. No tenéis la más mínima posibilidad de resolver este misterio.

ECOS DE SOCIEDAD DE

LADY WHISTLEDOWN

12 de abril de 1824

Bastaron tres minutos exactos para que la noticia del escandaloso desafío de lady Danbury se propagara por todo el salón de baile. Isabella sabía que esto era así porque dio la casualidad que ella estaba de cara a un inmenso reloj de pie (el que según Kate Cullen era muy preciso) cuando lady Danbury hizo su oferta. En el momento en que pronunció las palabras «mil libras a la persona que desenmascare a lady Whistledown» el reloj daba las 10.44. El minutero sólo había avanzado hasta el minuto 47 cuando apareció Nigel Berbrooke en el círculo de personas cada vez más ancho que rodeaba a lady Danbury para proclamar que esa oferta era el «ardid bochinchero» más divertido del mundo.

Y si Nigel la había oído quería decir que todos la habían oído, porque su cuñado no era famoso ni por su inteligencia ni por el alcance de su atención ni por su capacidad para escuchar.

Ni por su vocabulario, añadió Isabella para sus adentros, irónica.

«Bochinchero», desde luego.

—¿Y quién cree que es lady Whistledown? —le preguntó lady Danbury a Nigel.

—Ni la más remota idea. No soy yo, eso es lo único que sé.

—Creo que eso lo sabemos todos —dijo lady Danbury.

—¿Quién crees tú que es? —le preguntó Isabella a Edward.

Él la obsequió con uno de sus encogimientos de un hombro.

—He estado fuera de la ciudad con demasiada frecuencia como para elucubrar.

—No seas tonto —dijo Isabella—. En el tiempo total que has estado en Londres ha habido fiestas y reuniones suficientes para formarte unas cuantas teorías.

—La verdad es que no sabría decirlo —insistió él, negando con la cabeza. Isabella lo miró atentamente un rato más largo de lo que era necesario, o, con toda sinceridad, socialmente aceptable. Vio algo extraño en los ojos de Edward; algo fugaz y esquivo. Los aristócratas solían considerarlo un despreocupado encantador, pero era mucho más inteligente de lo que dejaba ver, y habría apostado su vida a que tenía unas cuantas sospechas.

Pero por el motivo que fuera, él no quería hacerla partícipe de ellas.

—¿Quién crees tú que es? —le preguntó él, eludiendo así su respuesta—. Has estado presente en las reuniones sociales más o menos el mismo tiempo que lleva escribiendo lady Whistledown, así que seguro que lo habrás pensado.

Isabella paseó la mirada por el salón, deteniendo los ojos en esa y aquella persona, y luego volvió la atención a la pequeña multitud que los rodeaba.

—Creo que muy bien podría ser lady Danbury —contestó—. ¿No sería una broma inteligente para reírse de todos?

Edward miró a la anciana, que lo estaba pasando en grande hablando de su última intriga. Golpeaba el suelo con el bastón, charlando animadamente y sonriendo como una gata ante un plato de nata, pescado y un pavo asado entero.

—Tiene lógica —dijo, pensativo—, de una manera algo perversa.

A Isabella se le curvaron las comisuras de los labios.

—No es otra cosa que perversa.

Observó a Edward mirar a lady Danbury otros segundos, añadió en voz baja:

—Pero no crees que es ella.

Edward giró lentamente la cabeza y la miró con una ceja arqueada, en silenciosa pregunta.

—Lo veo en la expresión de tu cara —le explicó Isabella.

Él sonrió, con esa sonrisa franca y llana que solía usar en público.

—Y yo que me creía inescrutable.

—Me temo que no. No para mí, en todo caso.

Edward exhaló un exagerado suspiro.

—Creo que nunca será mi destino ser un héroe misterioso y siniestro.

—Bien podrías descubrir que eres el héroe de alguien —dijo Isabella—. Aún tienes tiempo. ¿Pero misterioso y siniestro? —Sonrió—. No es muy probable.

—Una pena —dijo él airosamente, ofreciéndole otra de sus famosas sonrisas, la sesgada, de niño—. Los tipos misteriosos y siniestros atraen a todas las mujeres.

Isabella tosió discretamente, algo sorprendida de que él hablara de esas cosas con ella, por no decir que Edward Cullen jamás había tenido ningún problema para atraer mujeres. Él le estaba sonriendo, a la espera de su reacción, y ella estaba calculando si la reacción correcta sería manifestar una educada indignación de doncella o reírse, con una risa franca y comprensiva, cuando apareció Alice y se detuvo prácticamente con un patinazo ante ellos.

—¿Sabéis la última? —les preguntó, sin aliento.

—¿Venías corriendo? —le preguntó Isabella; correr era una verdadera hazaña en ese salón de baile atiborrado.

—¿Lady Danbury ha ofrecido mil libras a quienquiera que desenmascare a lady Whistledown!

—Lo sabemos —dijo Edward en ese tono vagamente de superioridad exclusiva de los hermanos mayores.

—¿Lo sabéis? —exclamó Alice exhalando un suspiro de decepción.

Edward hizo un gesto hacia lady Danbury, que todavía estaba a unas pocas yardas de distancia.

—Estábamos aquí cuando ocurrió —explicó.

Alice parecía sentirse muy, muy fastidiada, y Isabella comprendió exactamente qué estaba pensando (y seguramente se lo diría la tarde siguiente). Una cosa era perderse algo importante, y otra muy distinta descubrir que uno de sus hermanos lo había visto todo.

—Bueno, la gente ya está hablando —dijo Alice—, a borbotones, en realidad. Nunca había visto tanta animación desde hace años.

Edward se volvió hacia Isabella y le susurró:

—Por eso yo decido marcharme del país con tanta frecuencia.

Isabella trató de no sonreír.

—Sé que estáis hablando de mí y no me importa —continuó Alice casi sin hacer una pausa para respirar—. Os lo digo, la gente de la alta sociedad se ha vuelto loca. Todos, quiero decir todos, están elucubrando sobre su identidad, aunque los más listos no van a soltar una sílaba. No quieren que otros ganen gracias a sus corazonadas, ¿sabéis?

—Creo que no estoy tan necesitado de mil libras como para que me interese esto —declaró Edward.

—Es mucho dinero —dijo Isabella, pensativa.

Él la miró incrédulo.

—No me digas que vas a participar en este ridículo juego.

Ella ladeó la cabeza y alzó el mentó de una manera que esperaba fuera enigmática, y si no enigmática por lo menos ligeramente misteriosa.

—No soy tan adinerada como para hacer caso omiso de una oferta de mil libras —dijo.

—Tal vez si trabajáramos juntas —sugirió Alice.

—Dios me libre —comentó Edward.

—Podríamos repartirnos el dinero —continuó Alice sin hacer caso de Edward.

Isabella abrió la boca para contestar pero en ese instante apareció el bastón de lady Danbury moviéndose en el aire. Edward dio un salto a un lado y evitó por un pelo que le golpeara la oreja.

—¡Señora Swan! —tronó lady Danbury—. No me ha dicho de quién sospecha.

—No, Isabella —dijo Edward, mirándola con una sonrisa bastante satisfecha—.no lo has dicho.

El primer impulso de Isabella fue mascullar algo en voz baja y esperar que la edad de lady Danbury la hubiera hecho tan dura de oído que supusiera que si no lo entendía era a causa de sus oídos y no de la boca de ella. Pero aún sin mirar hacia el lado sentía la presencia de Edward, percibía su sonrisa engreída, caprichosa, incitándola a decir algo, y de pronto se sorprendió enderezando la espalda y alzando el mentón un poco más alto que de costumbre.

Él le hacía sentirse más confiada, más osada. La hacía más… ella misma.

O por lo menos la ella misma que deseaba ser.

—En realidad —dijo, mirando a lady Danbury «casi» a los ojos—, creo que es usted.

Resonó una exclamación colectiva a todo alrededor.

Y por primera vez en su vida Isabella Swan se encontró siendo el centro de la atención.

Lady Danbury la estaba mirando fijamente, sus ojos azul celeste astutos y evaluadores. Y entonces ocurrió algo de lo más pasmoso; empezaron a curvársele las comisuras de los labios. Los labios se ensancharon y Isabella vio que eso no era una leve sonrisa, sino una enorme y ancha sonrisa.

—Me gustas, Isabella Swan —dijo lady Danbury, golpeándole la punta del pie con el bastón—. Apuesto a que la mitad del salón tiene la misma idea pero nadie más ha tenido el valor de decírmelo.

—En realidad yo tampoco —confesó Isabella y emitió un ligero sonido al sentir enterrarse el codo de Edward en las costillas.

—Evidentemente lo tiene —dijo lady Danbury con una extraña luz en sus ojos.

Isabella no supo qué decir. Miró a Edward, que le estaba sonriendo alentador, y luego volvió a mirar a lady Danbury, que la estaba mirando con una expresión… casi maternal.

Y eso tenía que ser lo más raro de todo, porque Isabella dudaba que lady Danbury hubiera mirado con expresión maternal a sus hijos.

—¿No es fantástico descubrir que no somos exactamente lo que creíamos ser? —le dijo la anciana acercándosele tanto que sólo ella la oyó.

Y acto seguido la anciana se alejó, y Isabella se quedó pensando si tal vez no sería exactamente lo que creía que era.

Tal vez, sólo tal vez, era algo más, aunque sólo fuera un poquitín más.

.

.

.

.

El día siguiente era lunes, lo cual significaba que a Isabella le tocaba tomar el té con las damas Cullen en la casa Número Cinco. No recordaba exactamente cuándo comenzó esa costumbre, pero ya eran casi diez años, y si no se presentaba por la tarde del lunes creía que lady Cullen enviaría a alguien a buscarla.

Le gustaba bastante esa costumbre Cullen de tomar té con galletas por la tarde. No era un rito muy extendido; en realidad, no conocía a ninguna otra familia que lo hiciera una costumbre diaria. Pero lady Cullen insistía en que sencillamente no aguantaba tantas horas desde el almuerzo a la cena, sobre todo cuando seguían los horarios de la ciudad y se cenaba tan tarde por la noche. Por lo tanto, todas las tardes a las cuatro se reunía con sus hijas y algún hijo (y muchas veces una o dos amigas) en el salón informal de arriba a comer algo.

Aunque el día estaba bastante cálido, caía una finísima llovizna, así que llevó con ella su quitasol negro para la corta caminata hasta la casa Número Cinco. Era una ruta que había hecho cientos de veces, pasaba por delante de unas cuantas casas hasta la esquina de Mount con Davies Street, luego seguía por el borde norte de Berkeley Square hasta llegar a Bruton Street. Pero ese día estaba de un humor extraño, algo alegre y tal vez un poco infantil, así que decidió tomar un atajo y atravesar esa parte de la plaza por el césped desde la esquina, sin otro motivo aparte del gusto de sentir el sonido de chapoteo que hacían sus botas sobre la hierba húmeda.

Todo era culpa de lady Danbury, pensó. Tenía que serlo. Se sentía francamente atolondrada desde su encuentro con ella la noche pasada.

—No… lo que… yo… creía… que era —entonó en voz baja, diciendo una palabra cada vez que las suelas de las botas se hundían en la hierba—. Algo… más. Algo… más.

Llegó a un trecho particularmente mojado y empezó a avanzar como una patinadora por la hierba, cantando (muy suavecito, por supuesto; no era que había cambiado tanto desde la noche anterior para desear que alguien la oyera cantar en público) «Algooo… máaaas», y deslizándose.

Y esto lo hizo, lógicamente (ya tenía bastante bien establecido, en su mente al menos, que poseía el peor sentido de la oportunidad de toda la historia de la civilización), justo cuando oyó una voz masculina diciendo su nombre.

Paró con un patinazo, agradeció fervientemente haber mantenido el equilibrio en el último instante en lugar de aterrizar de trasero en la hierba mojada y sucia.

Era «él», lógicamente.

—¡Edward! —exclamó, en un tono levemente azorado, quedándose muy quieta esperando que él llegara a su lado—. Qué sorpresa.

Él parecía estar reprimiendo una sonrisa.

—¿Estabas bailando?

—¿Bailando?

—Me pareció que estabas bailando.

—Ah. No. —Tragó saliva, sintiéndose culpable, porque aunque técnicamente no era una mentira, la sentía como si lo fuera—. Claro que no.

A él se le arrugaron ligeramente las comisuras de los ojos.

—Lástima entonces. Me habría sentido obligado a acompañarte, y jamás he bailado en Berkeley Square.

Si él le hubiera dicho eso mismo sólo dos días antes, ella se habría reído de la broma, dejándolo ser el hombre ingenioso y encantador. Pero seguro que volvió a oír la voz de lady Danbury en un recoveco de la cabeza, porque de pronto decidió que no deseaba ser la misma Isabella Swan de siempre.

Decido participar de la diversión.

Esbozó una sonrisa que ni siquiera sabía que sabía hacer. Era una sonrisa pícara, y ella era misteriosa, y vio que no todo estaba en su cabeza porque los ojos de Edward se agrandaron al oírla decir:

—Eso es una pena. Es bastante agradable.

—Isabella Swan —dijo él arrastrando la voz—. Creí oírte decir que no estabas bailando.

—Mentí —repuso ella, encogiéndose de hombros.

—En ese caso, entonces seguro que éste debe de ser mi baile.

De repente ella sintió algo muy raro en las entrañas. Por eso no debía permitir que los susurros de lady Danbury se le fueran a la cabeza. Ella era capaz de ser osada y encantadora durante un fugaz momento, pero no tenía ni idea de cómo continuar.

A diferencia de Edward, evidentemente, que estaba sonriendo diabólicamente con los brazos listos en la posición perfecta para un vals.

—Edward, ¡estamos en Berkeley Square!

—Lo sé. Acababa de decirte que nunca he bailado aquí, ¿no lo recuerdas?

—Pero…

Edward se cruzó de brazos.

—Tss, tss, no puedes lanzar un desafío así y luego tratar de escabullirte.

Además, me parece qué bailar en Berkeley Square es el tipo de cosa que una persona debería hacer por lo menos una vez en su vida, ¿no te parece?

—Cualquiera podría vernos —susurró ella en tono apremiante.

Él se encogió de hombros, tratando de disimular que lo divertía bastante su reacción.

—A mí no me importa. ¿Y a ti?

A ella se le colorearon las mejillas, primero rosa, luego rojo, y él vio claramente que le costó un tremendo esfuerzo formular las palabras;

—La gente va a creer que me estás cortejando.

Él la observó detenidamente sin entender por qué la perturbaba eso. ¿A quién le importaba que la gente pensara que estaban cortejando? Muy pronto se comprobaría que el rumor era falso y tendrían un motivo para reírse a costa de la sociedad. Tuvo en la punta de la lengua las palabras «Al cuerno la sociedad», pero se quedó callado. Vio brillar algo en las profundidades de esos ojos castaños, una emoción que ni siquiera podría empezar a identificar.

Una emoción que, sospechó, él nunca había sentido.

Y comprendió que lo último que deseaba era herir a Isabella Swan. Era la mejor amiga de su hermana. Además era, pura y simplemente, una niña muy simpática.

Frunció el ceño. En realidad ya no debería llamarla niña. A los veintiocho años no era más una niña que él un niño a sus treinta y tres.

Finalmente, con mucha cautela y en un tono que esperaba reflejara una buena dosis de sensibilidad, le preguntó:

—¿Hay algún motivo para que lo lamentemos si la gente piensa que estamos cortejando?

Ella cerró los ojos y por un instante él pensó que podrí estar sufriendo.

Cuando los abrió, su mirada era casi agridulce:

—En realidad sería muy divertido —dijo—, al principio.

Él no dijo nada, simplemente esperó que continuara.

—Pero después se haría evidente que no estamos cortejando y sería… —

Se interrumpió y tragó salvia.

Entonces cayó en la cuenta de que ella no estaba tan serena en su interior como quería aparentar.

—Se supondría —continuó ella—, que fuiste tú el que rompiste, porque… bueno, simplemente sería así.

Él no se lo discutió; sabía que eso era cierto.

Ella hizo una espiración que sonó triste.

—No quiero someterme a esto —dijo—. Incluso lady Whistledown escribiría sobre ello. ¿Cómo podría no hacerlo? Sería un cotilleo demasiado jugoso para resistirse.

—Lo siento, Isabella —dijo Edward.

No sabía de qué pedía disculpas, pero le pareció que era lo correcto.

Ella hizo un leve gesto de asentimiento.

—Sé que no debería importarme lo que digan los demás, pero me importa.

Él se sorprendió apartándose ligeramente al considerar sus palabras. O tal vez consideró el tono de su voz; o tal vez ambas cosas.

Siempre se había creído algo por encima de la sociedad. No fuera exactamente, ya que se movía en los círculos sociales y normalmente lo disfrutaba bastante. Pero siempre había supuesto que su felicidad no dependía de las opiniones de los demás.

Pero tal vez no consideraba el asunto de la manera correcta. Es fácil suponer que no preocupan las opiniones de los demás cuando esas opiniones son constantemente favorables. ¿Le resultaría tan fácil desdeñar al resto de la sociedad si lo trataran como trataban a Isabella?

A ella jamás la habían aislado, nunca le habían hecho tema de escándalo.

Simplemente no era… popular.

Ah, sí que eran educados con ella, y toda su familia siempre la había acogido amistosamente, pero en la mayoría de sus recuerdos, Isabella estaba en las orillas del salón de baile mirando cualquier cosa que no fueran las parejas bailando, fingiendo claramente que no deseaba bailar. Ella siempre parecía agradecida, pero también algo avergonzada, porque los dos sabían que él lo hacía al menos un poco por compasión.

Trató de ponerse en su piel. No le resultó fácil. Él siempre había sido popular; en el colegio sus amigos lo admiraban y cuando entró en sociedad las mujeres se agrupaban a su lado. Y por mucho que dijera que no le importaba lo que pensara la gente, pensándolo bien…

Le gustaba bastante caer bien.

De pronto no supo qué decir. Lo cual era raro porque siempre sabía qué decir. De hecho, tenía su cierta fama por saber siempre qué decir. Y probablemente, pensó, eso era uno de los motivos de que cayera tan bien.

Pero tenía la impresión de que los sentimientos de Isabella dependían de lo que le diría él, y en algún momento de esos últimos diez minutos esos sentimientos se le habían hecho muy importantes.

—Tienes razón —dijo al fin, decidiendo que siempre conviene decirle a alguien que tiene razón—. He sido un tonto insensible. ¿Qué te parece si empezamos de nuevo?

Ella pestañeó.

—¿Qué quieres decir?

Edward movió la mano abarcando el entorno, como si ese movimiento lo explicara todo.

—Empezar de nuevo.

Ella se veía adorablemente confundida, y eso lo confundió a él, ya que nunca había pensado que Isabella fuera ni un poquitín adorable.

—Pero si nos conocemos desde hace doce años —dijo ella.

—¿De tanto tiempo? —Buscó en su cerebro, pero por su vida no logró encontrar el momento de su primer encuentro—. Eso no importa. Me refería a esta tarde, boba.

Ella sonrió, claramente a su pesar, y entonces él comprendió que llamarla boba había sido justamente lo correcto, aunque la verdad no tenía idea de por qué.

—Empezamos —dijo, subrayando la palabra con un majestuoso ademán con el brazo—. Tú vas cruzando Berkeley Square y me divisas en la distancia.

Yo digo tu nombre y tú contestas diciendo…

Isabella se cogió el labio inferior entre los dientes, tratando, sin saber por qué, de reprimir su sonrisa. ¿Bajo qué estrella mágica nacería Edward que siempre sabía qué decir? Era el flautista encantador que sólo dejaba corazones felices y caras sonrientes a su paso. Apostaría dinero, mucho más que las mil libras que ofrecía lady Danbury, a que ella no era la única mujer de Londres perdidamente enamorada del tercer Cullen.

Él ladeó la cabeza luego la enderezó, como para indicarle su turno.

—Yo contestaría… —dijo ella—, contestaría…

Él espero dos segundos y dijo:

—De verdad, cualquier cosa irá bien.

Ella había planeado pegarse una alegre sonrisa en la cara, pero descubrió que la sonrisa que tenía en los labios era muy auténtica.

—¡Edward! —dijo, tratando de parecer sorprendida—. ¿Qué andas haciendo por aquí?

—Excelente respuesta —dijo él.

Ella movió un dedo ante él.

—Te has salido de tu papel.

—Ah, sí, sí. Mis disculpas. —Pestañeó dos veces y continuó—: Aquí vamos. Qué tal esto: Más o menos lo mismo que tú, me imagino. De camino a la Número Cinco a tomar el té.

A Isabella no le costó entrar en el ritmo de la conversación.

—Hablas como si sólo fueras de visita. ¿No vives ahí?

Él hizo un mal gesto.

—Espero que sólo sea hasta la próxima semana. Dos semanas como máximo. Ando buscando otro alojamiento. Cuando me marché a Chipre tuve que dejar las habitaciones que alquilaba y aún no he encontrado otras buenas para reemplazarlas. Tenía un asunto que atender en Picadilly y se me ocurrió volver a pie.

—¿Bajo la lluvia?

Él se encogió de hombros.

—No estaba lloviendo cuando salí esta mañana. Y esto de ahora es una simple llovizna.

Una simple llovizna, pensó Isabella. Una llovizna que se le pegaba a las pestañas obscenamente largas que le enmarcaban esos ojos verdes perfectos a los que más de una jovencita se había sentido movida a escribir poemas (tremendamente malos). Incluso ella, sensata como le gustaba creerse, había pasado muchas noches en la cama mirando el techo sin ver otra cosa que esos ojos.

Una simple llovizna, desde luego.

—¿Isabella?

Ella pegó un salto.

—Sí, de acuerdo. Yo también voy a casa de tu madre a tomar el té. Voy todos los lunes. Y muchas veces otros días también. Cuando… eh.. cuando no ocurre nada interesante en mi casa.

—No tienes ninguna obligación de decirlo como si te sintieras culpable. Mi madre es una mujer encantadora. Si desea tenerte para el té, debes ir.

Isabella tenía la costumbre de intentar leer entre líneas en las conversaciones, y tuvo la sospecha de que en realidad Edward quería decir que la comprendía si escapaba de su madre de cuando en cuando.

Lo cual, inexplicablemente, la apenó un poco.

Él se balanceó sobre los talones un momento y luego dijo:

—Bueno, no debería retenerte aquí bajo la lluvia.

Ella sonrió, ya que llevaban ahí detenidos por lo menos quince minutos.

De todos modos, si él quería continuar la representación ella estaba bien dispuesta.

—Soy yo la que lleva quitasol —observó.

A él se le curvaron ligeramente los labios.

—Pues sí. Pero de todos modos, no tendría mucho de caballero si no te hiciera caminar hacia un entorno más acogedor. —Frunció el ceño y miró alrededor—. Hablando de eso…

—¿Hablando de qué?

—De ser un caballero. Creo que debemos ocuparnos del bienestar de las damas.

—¿Y?

Él se cruzó de brazos.

—¿No deberías llevar una doncella contigo?

—Vivo sólo a la vuelta de la esquina —dijo ella, algo desanimada porque él no recordaba eso. Al fin y al cabo ella y su hermana eran las mejores amigas de dos de las hermanas de él. Si incluso la había acompañado a casa una o dos veces—. En Mount Street —añadió, al ver que no se le deshacía el ceño.

Él entrecerró ligeramente los ojos mirando hacia Mount Street, aunque ella no tenía idea de qué esperaba lograr con eso.

—Por el amor de Dios, Edward. Mi casa está al lado de la esquina con Davies Street. No me lleva más de cinco minutos caminar hasta la casa de tu madre. Cuatro, si me siento excepcionalmente enérgica.

—Sólo quería ver si hay lugares muy oscuros o entrados. —Se giró a mirarla—. Donde podría acechar un delincuente.

—¿En Mayfair?

—En Mayfair —dijo él, implacable—. De verdad creo que deberías hacerte acompañar por una doncella cuando vas de aquí para allá. No me gustaría nada que te ocurriera algo.

Ella se sintió extrañamente conmovida por su preocupación, aun cuando sabía que él haría extensiva su consideración a cualquiera de las mujeres que conocía. Eso era sencillamente la clase de hombre que era.

—Te aseguro que observo todas las reglas del decoro cuando hago trayectos largos —explicó—, pero es que esto está tan cerca. Sólo unas pocas manzanas. Ni siquiera a mi madre le importa.

De pronto a Edward se le puso rígida la mandíbula.

—Por no decir —añadió ella—, que tengo veintiocho años.

—¿Y qué tiene que ver eso? Yo tengo treinta y tres, si quieres saberlo.

Ella ya lo sabía, lógicamente, puesto que lo sabía casi todo de él.

—Edward —dijo, sin poder evitar que se le metiera un sonido agudo de molestia en la voz.

—Isabella —contestó él, exactamente en el mismo tono.

Ella hizo una larga espiración y dijo:

—Estoy firmemente establecida para vestir santos, Edward. No tengo ninguna necesidad de preocuparme de todas las reglas que me fastidiaban cuando tenía diecisiete años.

—No creo…

—Pregúntale a tu hermana si no me crees —interrumpió ella, plantándose las manos en las caderas.

Repentinamente él se puso más serio de lo que había visto nunca.

—Me cuido muy bien de no preguntarle a mi hermana nada que tenga que ver con el sentido común.

—¡Edward! Qué terrible es que digas eso.

—No he dicho que no la quiera. Ni siquiera he dicho que me caiga mal. Adoro a Alice, como bien lo sabes. Sin embargo…

—Cualquier cosa que comience con «sin embargo» tiene que ser malo —masculló ella.

—Alice ya debería estar casada —dijo él, en un nada característico tono autoritario.

Bueno, eso sí era demasiado, consideró ella, sobre todo en ese tono.

—Hay quienes podrían decir —replicó, alzando la barbilla con un cierto aire gazmoño—, que también tú deberías estar casado ya.

—Vamos, por fa…

—Tienes treinta y tres años, como acabas de informarme con tanto orgullo.

Él la miró con una expresión ligeramente divertida, pero con un matiz de irritación que le dijo que no seguiría manteniéndola mucho rato.

—Isabella, no int…

—¡Anciano! —gorjeó ella.

Él soltó una maldición en voz baja, y eso la sorprendió, porque no recordaba haberlo oído nunca hacerlo en presencia de una dama. Tal vez debería hacer caso de ese aviso, pero estaba demasiado irritada. Tal vez era cierto el viejo dicho: el valor engendra más valor.

O tal vez sencillamente era más cierto que la temeridad alienta más temeridad, porque lo miró sarcástica y dijo:

—¿No estaban ya casados tus dos hermanos mayores a los treinta?

Ante su sorpresa, Edward se limitó a sonreír, se cruzó de brazos y apoyó un hombro en el árbol bajo el cual estaban.

—Mis hermanos y yo somos hombres muy distintos.

Ésa era una afirmación muy reveladora, comprendió ella, porque muchos miembros de la alta sociedad, entre ellos la legendaria lady Whistledown, daban mucha importancia al enorme parecido entre los hermanos Cullen.

Algunos llegaban incluso a decir que eran intercambiables. A ella nunca se le había ocurrido pensar que eso les molestara; en realidad, suponía que se sentían halagados por la comparación puesto que se querían tanto. Pero era posible que estuviera equivocada.

O tal vez nunca los había observado muy detenidamente.

Lo cual era bastante raro porque se sentía como si hubiera pasado media vida observando a Edward Cullen.

Pero una cosa que sí sabía, y que debería haber recordado, era que si Edward tenía mal genio, nunca había hecho nada ante ella que le permitiera verlo. Sí que había sido presumida al pensar que su pulla sobre el matrimonio de sus hermanos lo iba a sacar de quicio.

No, su táctica de ataque era una sonrisa perezosa, una broma bien oportuna. Si Edward alguna vez tenía un pronto de genio…

Movió ligeramente la cabeza, incapaz de imaginárselo siquiera. Edward no se descontrolaría jamás, al menos no delante de ella. Tendría que estar verdaderamente, no, intensamente, furioso, para descontrolarse. Y ese tipo de furia sólo la puede provocar alguien a quien uno quiere intensamente.

Ella le caía bastante bien, tal vez más que muchas otras personas, pero no la «quería». No de esa manera.

—Tal vez deberíamos ponernos de acuerdo en el desacuerdo —dijo al fin.

—¿En qué?

—Eh… —no lograba recordarlo—. Eh… ¿en lo que puede o no hacer una solterona?

—Tal vez eso me obligaría a someterme en cierto modo al juicio de mi hermana menor, lo cual me resultaría muy difícil, como sin duda te puedes imaginar.

—Pero ¿no te importa someterte a mi juicio?

Él la miró con una sonrisa perezosa y pícara.

—No, si me prometes no decírselo a ningún alma viviente.

No lo decía en serio, por supuesto. Y sabía que él sabía que ella sabía que no lo decía en serio. Pero ése era su método. Con humor y una sonrisa despejaba cualquier camino. Y, maldito fuera, le daba resultado, porque ella se oyó suspirar, se sintió sonreír y antes de darse cuenta ya estaba diciendo:

—¡Basta! Pongámonos en camino a la casa de tu madre.

Edward sonrió de oreja a oreja.

—¿Crees que tendrá galletas?

Isabella miró al cielo poniendo los ojos en blanco.

—Sé que tendrá galletas.

—Estupendo —dijo él echando a correr y medio arrastrándola con él—. Quiero mucho a mi familia, pero en realidad voy por la comida.


¿Tendrá razón Isabella? ¿Sera Lady Danbury?...