Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 4
Es difícil imaginarse que haya alguna noticia del baile de los Cullen distinta a la resolución de lady Danbury de descubrir la identidad de esta cronista, pero convendría tomar nota de los siguientes detalles:
Al señor Jacob Black se lo vio bailar con la señorita Renesmee Swan.
A la señorita Renesmee Swan se la vio bailar también con el señor Lucas Hotchkiss.
Al señor Lucas Hotchkiss se lo vio bailar también con la señorita Hyacinth Cullen.
A la señorita Hyacinth Cullen se la vio bailar también con el vizconde Burwick.
Al vizconde Burwick se lo vio bailar también con la señorita Jane Hotchkiss.
A la señorita Jane Hotchkiss se la vio bailar también con el señor Edward Cullen.
Al señor Edward Cullen se lo vio bailar también con la señorita Isabella Swan.
Y para redondear este circulito teóricamente incestuoso, a la señorita Isabella Swan se la vio conversando con el señor Jacob Black. (Habría sido perfecto si hubiera bailado con él, ¿no estáis de acuerdo mis queridos lectores?)
ECOS DE SOCIEDAD DE
LADY WHISTLEDOWN
12 de abril de 1824
Cuando Isabella y Edward entraron en el salón, Alice y Hyacinth ya estaban bebiendo té, junto con las dos ladies Cullen. Esme, la vizcondesa viuda, estaba sentada ante la mesita con el servicio de té, y Kate, su nuera y esposa de Anthony, la vizcondesa actual, estaba tratando sin mucho éxito de mantener más o menos quieta a su hija de dos años, Charlotte.
—Mirad con quién me tropecé en Berkeley Square —dijo Edward.
— Isabella —dijo lady Cullen con una cálida sonrisa—, toma asiento.
El té todavía está bueno y caliente, y la cocinera ha hecho sus famosas galletas de mantequilla.
Edward fue en línea recta hacia la comida, sin apenas detenerse a saludar asus hermanas.
Isabella siguió el movimiento de la mano de lady Cullen hacia un sillón cercano y se sentó.
—Galletas están buenas —dijo Hyacinth, ofreciéndole un plato.
—Hyacinth, procura hablar con frases completas —le dijo lady Cullen en tono vagamente desaprobador.
Hyacinth la miró sorprendida.
—Galletas. Están. Buenas. —Ladeó la cabeza—. Sustantivo. Verbo. Adjetivo.
—Hyacinth.
Isabella observó que lady Cullen deseaba poner una expresión severa al reprender a su hija, pero no lo conseguía del todo.
—Sustantivo. Verbo. Adjetivo —dijo Edward, limpiándose las migas de su cara sonriente—. Frase. Es. Correcta.
—Si eres mínimamente culta —continuó Kate cogiendo una galleta—. Éstas están buenas. —Miró a Isabella, sonriendo tímidamente—. Ésta es mi cuarta.
—Te quiero, Edward —dijo Hyacinth, sin hacer caso de Kate.
—Pues claro —musitó él.
—Yo, personalmente —dijo Alice, sarcástica—, prefiero poner artículos delante de los sustantivos en mis escritos.
—¿Tus escritos? —bufó Hyacinth.
—Escribo muchas cartas —explicó Alice, sorbiendo por la nariz—, y llevo un diario, lo que te aseguro es una costumbre muy beneficiosa.
—Eso te mantiene disciplinada —terció Isabella, cogiendo el platillo con la taza de la mano de lady Cullen.
—¿Llevas un diario? —le preguntó Kate sin mirarla, pues acababa de saltar a coger a su hija antes de que se subiera a la mesilla lateral.
—Nooo —contestó Isabella, negando la cabeza—. Eso me exigiríademasiada disciplina.
—No creo que siempre sea necesario poner un artículo antes de un sustantivo —insistió Hyacinth, incapaz, como siempre, de dejar de lado su parte de la discusión.
Por desgracia para el resto de los persistentes, Alice era igual de tenaz.
—Podrías prescindir del artículo si hablas de tu sustantivo en un sentido general, —dijo, frunciendo los labios en gesto desdeñoso. — pero en este caso, puesto que hablabas de galletas «concretas»…
Isabella creyó oír gemir a lady Cullen, aunque no podía estar segura.
—… entonces, concretamente —terminó Alice, arqueando las cejas—, tu frase era incorrecta.
Hyacinth se volvió hacia Isabella.
—Estoy segura de que no usó correctamente «concretamente» en esa última frase.
Isabella alargó la mano para coger otra galleta.
—Me niego a entrar en la discusión.
—Cobarde —le dijo Edward.
—No, simplemente hambrienta. Éstas están buenas —le dijo a Kate.
Kate manifestó su acuerdo asintiendo.
—He oído rumores —le dijo a Isabella — de que tu hermana podría comprometerse.
Isabella pestañeó, sorprendida. No se había imaginado que la conexión de Renesmee con el señor Black fuera de conocimiento público.
—Eh… ¿dónde oíste ese rumor?
—A Alice, por supuesto —contestó Kate con la mayor naturalidad—. Siempre lo sabe todo.
—Y lo que no sé yo —dijo Alice con su franca sonrisa—, normalmente lo sabe Hyacinth. Es muy cómodo.
—¿Estáis seguras de que ninguna de vosotras dos sois lady Whistledown? —bromeó Edward.
—¡ Edward! —exclamó lady Cullen—. ¿Cómo se te puede ocurrir semejante cosa?
Él se encogió de hombros.
—Las dos son lo bastante inteligentes para hacer semejante hazaña. Alice y Hyacinth sonrieron de oreja a oreja.
Ni siquiera lady Cullen pudo desentenderse del todo del cumplido.
—Sí, bueno. Pero Hyacinth es demasiado joven y Alice… —Miró a Alice, que la estaba mirando con expresión de sentirse muy divertida—.Bueno, Alice no es lady Whistledown, estoy segura.
—No soy lady Whistledown —dijo Alice mirando a Edward.
—Una gran lástima —repuso él—. Ya serías asquerosamente rica, me imagino.
—¿Sabéis? —dijo Isabella, pensativa—, ésa podría ser una buena manera de detectar su identidad.
Cinco pares de ojos se volvieron hacia ella.
—Tiene que ser alguien que posee más dinero del que debería tener —explicó Isabella.
—Buen argumento —dijo Hyacinth—, aunque no tengo la menor idea de cuánto dinero deberían tener las personas.
—Bueno, yo tampoco —repuso Isabella —, pero uno tiene más o menos una idea general. —Al ver la cara de incomprensión de Hyacinth, añadió—: Por ejemplo, si de repente yo fuera y me comprara un juego de diamantes, eso sería muy sospechoso.
Kate le dio un codazo.
—¿No te has comprado unos diamantes últimamente, eh? A mí me irían muy bien las mil libras.
Isabella miró hacia el techo poniendo los ojos en blanco un momento antes de contestar, porque siendo la vizcondesa Cullen, Kate no necesitaba en absoluto mil libras.
—Te aseguro que no poseo ni un solo diamante. Ni siquiera un anillo.
Kate dejó escapar un «uf» de desilusión.
—Bueno, no me sirves, entonces.
—No es tanto por el dinero —declaró Hyacinth—. Es la gloria.
Lady Cullen se atragantó con el té y tosió sobre la taza.
—Perdona, Hyacinth, ¿qué acabas de decir?
—Pensad en los entusiastas elogios que recibiría uno por haber pillado por fin a lady Whistledown —explicó Hyacinth—. Sería glorioso.
—¿Quieres decir que no te importa el dinero? —le preguntó Edward con una expresión engañosamente sosa.
—Jamás diría «eso» —exclamó Hyacinth con su descarada sonrisa.
Entonces se le ocurrió a Isabella que de todos los hermanos Cullen, Hyacinth y Edward eran los más parecidos. Probablemente era bueno que Edward estuviera fuera del país con tanta frecuencia. Si él y Hyacinth unieran sus fuerzas en serio, podrían conquistar todo el mundo.
—Hyacinth, no vas a hacer de la búsqueda de lady Whistledown el trabajo de tu vida —dijo lady Cullen firmemente.
—Pero…
—No quiero decir que no puedas pensar en el problema y hacer unas cuantas preguntas —se apresuró a añadir lady Cullen, levantando una mano para evitar más interrupciones—. Buen Dios, es de suponer que después de cuarenta años de maternidad sé muy bien que no debo intentar detenerte cuando tienes la mente tan puesta en algo, por tonto que sea.
Isabella se llevó la taza a la boca para ocultar su sonrisa.
—Simplemente es sabido que eres algo… —lady Cullen se aclaró delicadamente la garganta—, resuelta a veces.
—¡Madre!
—… y no quiero que olvides que tu principal centro de atención ahora debe ser buscar un marido —continuó lady Cullen como si Hyacinth no hubiera dicho nada.
Hyacinth volvió a pronunciar la palabra «Madre», pero le salió más como un gemido que como una protesta.
Isabella miró con disimulo a Alice, que tenía los ojos clavados en el techo y estaba claramente poniendo todo su empeño en no sonreír. Alice había soportado años de implacables sermones y maquinaciones casamenteras por parte de su madre y no le importaba lo más mínimo que ésta hubiera tirado la toalla con ella y pasado su atención a Hyacinth.
Dicha sea la verdad, a Isabella le sorprendía que lady Cullen hubiera aceptado finalmente el estado de soltería de Alice. Jamás había hecho nada por ocultar que el principal objetivo de su vida era ver felizmente casados a sus ocho hijos. Y lo había logrado con cuatro. La primera, Rosalie , se casó con Emmet, convirtiéndose en la duquesa de Hastings; al año siguiente Anthony se casó con Kate. Después transcurrió un buen tiempo sin novedades, hasta que Benedict y Francesca se casaron con diferencia de un año, Benedict con Sophie y Francesca con el escocés conde de Kilmartin.
Desafortunadamente, Francesca enviudó a los dos años de matrimonio.
Ahora repartía su tiempo entre la familia de su difunto marido en Escocia y la suya en Londres. Pero cuando estaba en la ciudad insistía en residir en la casa Kilmartin en lugar de en la casa Cullen o la Número Cinco. Isabella la comprendía muy bien. Si ella fuera viuda desearía gozar de su independencia también.
En general, Hyacinth llevaba con buen humor las maquinaciones casamenteras de su madre, ya que, como le había dicho a Isabella, no es que no deseara casarse finalmente. Le convenía dejarle todo el trabajo a su madre y luego ella elegir un marido cuando se presentara el marido adecuado.
Y fue con ese humor que Hyacinth se levantó, fue a besar a su madre en la mejilla y le prometió que su principal objetivo en su vida era buscar un marido, mientras al mismo tiempo sonreía pícaramente a su hermano y su hermana. No bien había vuelto a sentarse, dijo a todos los congregados:
—¿Así que creéis que la van a descubrir?
—¿Vamos a seguir hablando de esa mujer Whistledown? —gimió lady Cullen.
—¿No ha oído, entonces, la teoría de Alice? —preguntó Penelope.
Todos los ojos se volvieron hacia ella y luego a Alice.
—Esto… ¿cuál es mi teoría? —preguntó Alice.
—Fue…, ah, no lo sé, tal vez la semana pasada. Estábamos hablando de lady Whistledown y yo dije que no me parecía posible que pudiera continuar eternamente sin cometer finalmente un error. Entonces Alice dijo que ella no lo veía tan claro, porque ya llevaba más de diez años escribiendo y que si había de cometer un error, ¿cómo era que no lo había cometido ya? Entonces yo le dije que sólo era un ser humano. Finalmente tendría que equivocarse, porque nadie puede continuar eternamente y…
—¡Ah, ahora lo recuerdo! —interrumpió Alice—. Estábamos en tu casa, en tu habitación. ¡Y yo tuve una idea luminosa! Le dije que apostaría a que lady Whistledown ya ha cometido un error y que nosotros somos tan estúpidos que no lo hemos notado.
—No es muy elogioso para nosotros, he de decir —masculló Edward.
—Bueno, quise decir toda la sociedad, no sólo los Cullen —acotó
Alice arrastrando la voz.
—Ah, o sea, que tal vez —musitó Hyacinth, pensativa—, lo único que tenemos que hacer es echar una mirada a los números anteriores de su hoja.
Lady Cullen la miró con ojos casi aterrados.
—Hyacinth Cullen, no me gusta la expresión de tu cara.
Hyacinth se encogió de hombros, sonriendo.
—Podría pasarlo en grande con mil libras.
—Dios nos asista a todos —replicó su madre.
—Isabella —dijo Edward de repente—, al final no nos dijiste lo de Renesmee.
¿Es cierto que se va a comprometer?
Isabella se zampó de un trago el resto del té. Edward tenía una manera de mirar a una persona, sus ojos verdes tan intensos y enfocados, que hacían sentirse como si fueran las dos únicas personas del universo. Por desgracia para ella, también tenía una manera de convertirla en una imbécil tartamuda.
Cuando estaban en medio de otros conversando, por lo general ella lograba mantener firme la voz, pero cuando la sorprendía así, volviendo la atención a ella justo cuando se había convencido de que estaba fundida a la perfección con el papel de la pared, se quedaba totalmente sin palabras.
—Eh… sí, es bastante posible —contestó—. El señor Black ha estado insinuando sus intenciones. Pero si decide proponerle matrimonio me imagino que viajará a East Anglia para pedirle su mano a mi tío.
—¿Tu tío? —preguntó Kate.
—Mi tío Geoffrey. Vive cerca de Norwich. Es nuestro pariente masculino más cercano, aunque, la verdad sea dicha, no lo vemos muy a menudo. Pero el señor Black es bastante tradicional. No creo que se sienta cómodo pidiéndoselo a mi madre.
—Es de esperar que se la pida a Renesmee también —dijo Alice—. Muchas veces he pensado que es una tontería que un hombre pida la mano de una mujer a su padre en lugar de pedírsela a ella. No es el padre el que va a tener que vivir con él.
—Esa actitud —dijo Edward, ocultando sólo a medias su sonrisa detrás de la taza— podría explicar por qué continúas soltera.
—Edward —musitó lady Cullen en tono desaprobador, mirándolo con expresión severa.
—Ah, no, madre —dijo Alice al instante—. A mí no me importa. Me siento muy a gusto como vieja doncella. —Miró a Edward con un cierto aire de superioridad—. Prefiero con mucho ser una solterona a estar casada con un pelmazo. ¡Como prefiere Isabella! —añadió, señalándola con un ademán triunfal.
Sobresaltada por el repentino movimiento de la mano en su dirección, Isabella enderezó la espalda y dijo:
—Eh… sí, claro.
Pero tenía la sensación de que sus convicciones no eran tan firmes como las de su amiga. A diferencia de Alice, ella no había rechazado seis proposiciones de matrimonio. No había rechazado ninguna; no había recibido ni una sola.
Solía decirse que no habría aceptado en ningún caso puesto que su corazón pertenecía a Edward. ¿Pero sería verdad eso, o simplemente se lo decía para sentirse mejor por haber sido un fracaso tan sonado en el mercado del matrimonio?
Si alguien le propusiera matrimonio, digamos, mañana, un hombre perfectamente amable y aceptable, al que nunca podría amar pero que era muy posible que le cayera muy bien, ¿diría sí?
Probablemente.
Y eso la puso muy melancólica, porque reconocerlo para sí misma significaba que ya había renunciado a toda esperanza con Edward. Significaba que no era fiel a sus principios, como había esperado ser. Significaba que estaba dispuesta a conformarse con un marido menos que perfecto con el fin de tener un hogar y una familia propios.
No era nada que no hicieran cada año cientos de mujeres, pero era algo que jamás había pensado que haría ella.
—Te has puesto muy seria de repente —le dijo Edward.
Eso la sacó bruscamente de su ensimismamiento.
—¿Yo? Ah, no, no. Simplemente estaba sumida en mis pensamientos.
Edward aceptó su explicación asintiendo, y alargó la mano para coger otra galleta.
—¿Tenemos algo más sustancioso? —preguntó, arrugando la nariz.
—Si hubiera sabido que vendrías —contestó su madre en tono sarcástico—, habría doblado la comida.
Él se levantó y caminó hasta el cordón de llamar.
—Llamaré para que traigan más. —Después de tirar del cordón, se volvió
a preguntar a su madre—. ¿Has oído la teoría de Isabella sobre lady Whistledown?
—No —contestó lady Cullen.
—Es muy ingeniosa, la verdad. —Se interrumpió para pedirle bocadillos a la criada y concluyó—: Opina que es lady Danbury.
—¡Ooooh! —exclamó Hyacinth, visiblemente impresionada—. Eso es muy perspicaz, Isabella.
Isabella inclinó la cabeza hacia ella, agradeciéndoselo.
—Y justo el tipo de cosa que haría lady Danbury —añadió Hyacinth.
—¿La hoja o el desafío? —preguntó Kate, cogiendo el fajín del vestido de Charlotte antes de que se le escapara.
—Las dos cosas —repuso Hyacinth.
—E Isabella se lo dijo —añadió Alice—. En su cara.
Hyacinth la miró boquiabierta, e Isabella vio claramente que acababa de elevarse, muy alto, en la estimación de Hyacinth.
—¡Me habría gustado ver eso! —dijo lady Cullen, con una ancha y orgullosa sonrisa—. Francamente, me sorprende que eso no apareciera en el Whistledown de esta mañana.
—No creo que lady Whistledown desee comentar las teorías de personas individuales acerca de su identidad —dijo Isabella.
—¿Por qué no? —preguntó Hyacinth—. Sería una excelente manera de dar unas cuantas pistas falsas. Por ejemplo, digamos que yo —con un teatral movimiento del brazo señaló a su hermana— creyera que es Alice.
—¡No es Alice! —protestó lady Cullen.
—No soy yo —dijo Alice sonriendo.
—Pero supongamos que yo creyera que lo es —insistió Hyacinth, en tono exagerado, como para contrarrestar la oposición—. Y que lo dijera en público.
—Lo que no harías jamás —dijo su madre severamente.
—Lo que no haría jamás —repitió Hyacinth imitando a un loro—. Pero sólo para ser académicos, simulemos que lo hago, y digo que Alice es lady Whistledown. Que no lo es —se apresuró a añadir antes de que su madre volviera a interrumpirla.
Lady Cullen levantó las manos dándose por derrotada.
—¿Qué mejor manera de engañar a las masas que reírse de mí en su columna? —continuó Hyacinth.
—Claro que si lady Whistledown fuera realmente Alice… —musitó Isabella.
—¡No lo es! —exclamó lady Cullen.
Isabella no pudo contener la risa.
—Pero si lo fuera…
—¿Sabéis? Ahora desearía serlo, de veras —dijo Alice.
—Qué broma nos estarías gastando a todos —continuó Isabella—. Claro que entonces el miércoles no podrías escribir una columna riéndote de Hyacinth por pensar que eres lady Whistledown, porque todos sabríamos que tendrías que ser tú.
—A no ser que fueras tú —rió Kate mirándola a ella—. Eso sí sería un ardid sinuoso.
—A ver si lo he entendido bien —dijo Alice riendo—. Isabella es lady Whistledown y el miércoles llena una columna riéndose de la teoría de Hyacinth de que yo soy lady Whistledown, porque Hyacinth sugirió que eso sería una ingeniosa estratagema.
—Me he perdido totalmente —dijo Edward a nadie en particular.
—A no ser que Edward sea lady Whistledown… —dijo Hyacinth con un destello diabólico en los ojos.
—¡Basta! —suplicó lady Cullen—. Por favor.
Pero todos se estaban riendo tan fuerte, que Hyacinth no pudo acabar la frase.
—Las posibilidades son infinitas —suspiró Hyacinth, limpiándose las lágrimas de los ojos.
—Tal vez, sencillamente todos deberíamos mirar a la izquierda —sugirió Edward volviendo a sentarse—. Quién sabe, esa persona podría muy bien ser nuestra infame lady Whistledown. Todos miraron a la izquierda, a excepción de Alice, que miró a la derecha, a Edward.
—¿Era para decirme algo que te has sentado a mi derecha? —le preguntó, sonriendo divertida.
—No, no, nada —dijo él, alargando la mano hacia la fuente con galletas y deteniéndola en seco al recordar que estaba vacía.
Pero no miró a los ojos a Alice al decir eso.
Si alguien aparte de Isabella observó ese gesto evasivo, no pudo preguntarle nada, porque en ese instante llegaron los bocadillos y él se quedó fuera de la conversación.
