Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 6
Todo el mundo tiene secretos.
Especialmente yo.
ECOS DE SOCIEDAD DE
LADY WHISTLEDOWN
14 de abril de 1824
—Ojalá hubiera sabido que llevabas un diario —dijo Isabella volviéndole a aplicar presión en la palma.
—¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
—No sé. Siempre es interesante descubrir que alguien es algo más de lo que ven los ojos, ¿no crees?
Edward estuvo callado un momento y de repente le preguntó:
—¿De verdad te gustó?
Ella pareció divertida. Él se sintió horrorizado. Ahí estaba él, considerado uno de los hombres más populares y sofisticados de la alta sociedad, convertido en un tímido escolar, pendiente de cada palabra de Isabella Swan, sólo para agarrarse de un pequeño elogio.
Isabella Swan, por el amor de Dios.
Y no es que hubiera nada malo en Isabella, claro, se dijo. Simplemente era… bueno… Isabella.
—Claro que me gustó —dijo ella sonriendo levemente—. Acabo de decírtelo.
—¿Qué fue lo primero que te sorprendió? —continuó preguntando él, decidiendo que bien podía hacer el tonto completo puesto que ya estaba a la mitad.
Ella sonrió traviesa.
—En realidad, lo primero que me sorprendió fue que tuvieras tan buena letra, más clara y pulcra de lo que habría imaginado.
—¿Qué significa eso?
—Me cuesta imaginarte inclinado sobre un escritorio practicando tus trazos —repuso ella, apretando las comisuras de los labios para reprimir una sonrisa.
Si había algún momento para una justa indignación, ciertamente era ése.
—Has de saber que pasé muchas horas en el aula de los cuartos de los niños inclinado sobre un escritorio, como lo expresas tan delicadamente.
—No me cabe duda.
—Jumjum.
Ella bajó la vista, tratando claramente de no sonreír.
—Mi caligrafía es muy buena —añadió.
Ya era sólo un juego, pero encontraba bastante divertido hacer el papel de escolar malhumorado.
—Eso es obvio. Me gustan especialmente las curvas en las haches.
Muy… experta mano la tuya.
—En efecto.
Ella le imitó la cara seria a la perfección.
—En efecto.
Él desvió la vista y por un momento se sintió inexplicablemente tímido.
—Me alegra que te haya gustado el diario —dijo.
—Lo encontré precioso —dijo ella, con una voz suave, como lejana—.
Muy hermoso y… —Desvió la vista, ruborizándose—. Vas a pensar que soy tonta.
—Nunca.
—Bueno, creo que uno de los motivos de que me gustara tanto es que, no sé, me pareció que disfrutabas escribiéndolo.
Edward guardó silencio un largo rato. Nunca se le había ocurrido pensar que disfrutaba escribiendo; era algo que simplemente hacía.
Lo hacía porque no podía imaginarse no haciéndolo. ¿Cómo iba a viajar a otros países sin dejar constancia de lo que veía, de sus experiencias y, tal vez lo más importante, de lo que sentía?
Pero al pensarlo en retrospectiva, cayó en la cuenta de que sentía una curiosa oleada de satisfacción cada vez que escribía una frase que le quedaba bordada, un comentario particularmente acertado. Recordaba claramente el momento en que escribió la parte que leyó Isabella. Estaba sentado en la playa al caer el crepúsculo, el sol todavía caliente sobre la piel, sintiendo la arena áspera y suave al mismo tiempo en los pies descalzos. Fue un momento celestial, con esa sensación cálida, de pereza, que sólo se experimenta verdaderamente en pleno verano (o en las playas perfectas del Mediterráneo), tratando de encontrar la manera acertada de describir el agua.
Estuvo sentado ahí una eternidad, seguro que una media hora completa, con la pluma lista sobre la página, esperando que le viniera la inspiración. Y de pronto se le ocurrió que la temperatura era exactamente la del agua de la bañera cuando ya ha pasado un rato, y en su cara apareció una ancha sonrisa de felicidad.
Sí, disfrutaba escribiendo. Curioso que nunca antes se hubiera dado cuenta.
—Es bueno tener algo en la vida —dijo Isabella apaciblemente—. Algo que satisfaga, que llene las horas con una sensación de finalidad. —Cruzó las manos en la falda y se las miró, al parecer muy interesada en sus nudillos—. Nunca he entendido las supuestas alegrías de una vida de ocio.
Edward sintió deseos de ponerle los dedos bajo el mentón para verle los jos cuando le preguntara: «¿Y qué haces tú para llenar tus horas con la sensación de finalidad?». Pero no lo hizo. Sería demasiado atrevido, y significaría reconocer para sí mismo lo interesado que estaba en su respuesta.
Así que le hizo la pregunta, pero mantuvo quietas las manos.
—Nada, en realidad —contestó ella, examinándose las uñas. Pasado un momento, repentinamente lo miró, alzando el mentón con tanta rapidez que él casi se mareó—. Me gusta leer. Leo bastante, en realidad. Y de tanto en tanto bordo, pero no soy muy buena para el bordado. Ojalá hubiera algo más, pero, bueno…
—¿Qué? —la animó él.
—No, nada. Deberías estar agradecido por tus viajes. Te envidio muchísimo.
A eso siguió un largo silencio, no incómodo, pero extraño, y finalmente lo rompió Edward diciendo bruscamente:
—Eso no basta.
Su tono estaba tan fuera de lugar en la conversación que Isabella sólo pudo mirarlo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó pasado un momento.
Él hizo un leve encogimiento de hombros.
—Un hombre no puede viajar eternamente: eso le quitaría toda la diversión a los viajes.
Ella se echó a reír y luego lo miró, al comprender que él lo decía en serio.
—Perdona, no ha sido mi intención ser grosera.
—No has sido grosera. —Bebió un poco de su limonada; al dejar el vaso se derramó un poco en la mesa; no estaba acostumbrado a usar la mano izquierda—. Dos de las mejores partes de viajar —explicó, limpiándose la boca con una de las servilletas limpias— son la partida y la vuelta a casa. Además, echaría mucho de menos a mi familia si viajara indefinidamente.
Isabella no supo qué decir, o al menos no se le ocurrió nada que no fuera una perogrullada, así que esperó a que él continuara.
Él estuvo un momento sin decir nada, luego soltó un bufido de burla y cerró el diario con un fuerte golpe.
—Éstos no cuentan. Son sólo para mí.
—No tienen por qué serlo.
Si él la oyó, no lo dio a entender.
—Está muy bien y es bueno llevar un diario mientras viajas, pero cuando vuelvo a casa sigo sin tener nada que hacer.
—Encuentro difícil creer eso.
Él no dijo nada; se limitó a coger una loncha de queso de la bandeja. Ella guardó silencio mientras lo comía, observándolo. Cuando terminó de comerlo bebió otro trago de limonada, y entonces ella notó que había cambiado totalmente su actitud; se veía más alerta, más nervioso cuando le preguntó:
—¿Has leído el Whistledown últimamente?
Isabella pestañeó ante el repentino cambio de tema.
—Sí, claro, ¿por qué? ¿No lo lee todo el mundo?
Él descartó la pregunta con un gesto de la mano.
—¿Te has fijado cómo me describe?
—Eh… casi siempre es favorable, ¿no?
Él volvió a mover la mano, con un aire algo despectivo, en opinión de ella.
—Sí, sí, pero eso no hace al caso —dijo, en tono inquieto.
—Tal vez encontrarías que sí hace al caso si te hubiera comparado con un cítrico demasiado maduro —replicó ella, irritada.
Él la miró sorprendido, abrió y cerró la boca dos veces y al fin dijo:
—Si te hace sentir mejor, hasta este momento no recordaba que hubiera dicho eso de ti. —Se interrumpió, pensó un momento y añadió—: En realidad, todavía no lo recuerdo.
—No pasa nada —dijo ella, poniendo su mejor cara de «acepto bien las bromas»—: Te aseguro que ya paso de eso. Y siempre me han gustado las naranjas y los limones.
Él volvió a abrir la boca para decir algo, la cerró y luego la miró con bastante franqueza.
—Espero que lo que voy a decir no sea abominablemente insensible o insultante, puesto que una vez dicho y hecho, poco tengo de qué quejarme.
Lo cual tal vez insinuaba que ella sí, pensó Isabella.
—Pero te lo voy a decir —continuó él, sus ojos francos y serios— porque creo que tal vez lo entiendas.
Eso era un cumplido, un cumplido raro, insólito, pero cumplido de todos modos. Isabella deseó más que cualquier otra cosa poner su mano sobre la de él, pero no podía hacerlo, por supuesto, así que se limitó a asentir.
—Puedes decirme cualquier cosa, Edward.
—Mis hermanos… Mis hermanos son… —Miró hacia la ventana, con una expresión vaga y pasado un momento se volvió hacia ella y continuó—: Son muy diestros. Anthony es el vizconde, y Dios sabe que yo no desearía esa responsabilidad, pero tiene una finalidad; todo nuestro patrimonio está en sus manos.
—Más que eso diría yo —dijo Isabella dulcemente.
Él la miró interrogante.
—Creo que tu hermano se siente responsable de toda tu familia. Me imagino que eso es una carga pesada.
Edward intentó mantener la cara impasible, pero jamás había sido un estoico consumado, por lo que en su cara debió reflejarse su consternación, ya que Isabella prácticamente se levantó de su asiento al apresurarse a añadir:
—¡No es que yo crea que eso le molesta! Es parte de lo que es.
—¡Exactamente! —exclamó Edward, como si acabara de descubrir algo muy importante, en cuanto opuesto a esa banal conversación sobre su vida. No tenía nada de qué quejarse; sabía que no tenía nada de qué quejarse, y sin embargo…—. ¿Sabías que Benedict pinta? —preguntó inesperadamente.
—Por supuesto. Todo el mundo sabe que pinta. Tiene un cuadro en la National Gallery. Y creo que piensan colgarle otro muy pronto. Otro paisaje.
—¿Sí?
—Alice me lo dijo —asintió ella.
Él volvió a hundirse en el sillón.
—Entonces debe ser cierto. No puedo creer que nadie me lo haya dicho.
—Has estado fuera.
—Lo que quería decir —continuó él— es que los dos tienen una finalidad en sus vidas. Yo no tengo nada.
—Eso no puede ser cierto.
—A mí me parecería que estoy en posición de saberlo.
Isabella se echó hacia atrás, sorprendida por su tono brusco.
—Sé lo que la gente piensa de mí…
—Gustas a todo el mundo —se apresuró a interrumpir ella, sin poder evitarlo aun cuando se había prometido guardar silencio para permitirle expresar todo lo que tenía en la mente—. Te adoran.
—Lo sé —gimió él, con expresión angustiada y azorada al mismo tiempo—. Pero… —Se pasó una mano por el pelo—. No sé cómo decir esto sin parecer un burro absoluto.
Isabella lo miró con los ojos agrandados.
—Estoy harto de que me consideren un encantador casquivano —soltó al final.
—No seas tonto —dijo ella, más rápido que al instante, si eso fuera posible.
—Isabella…
—Nadie te considera estúpido.
—¿Cómo pue…?
—Porque llevo clavada aquí en Londres más años de los que tendría que estar nadie —dijo ella ásperamente—. Puede que no sea la mujer más popular de la ciudad, pero en diez años he oído más que mi justa cuota de chismes, mentiras y opiniones idiotas, y jamás, ni una sola vez, he oído a alguien calificarte de estúpido.
Él la miró fijamente un momento, algo sorprendido por su apasionada defensa.
—No quise decir «estúpido» exactamente —dijo con voz suave, que esperaba fuera humilde—. Más bien… sin sustancia. Incluso lady Whistledown me llama encantador.
—¿Qué hay de malo en eso?
—Nada —repuso él, irritado—, si no lo hiciera día sí día no.
—Sólo publica su hoja día sí día no.
—Exactamente lo que quiero decir —replicó él—. Si ella pensara que hay algo más en mí aparte de mi encanto supuestamente legendario, ¿no crees que ya lo habría dicho?
Isabella estuvo un buen rato en silencio, y al final dijo:
—¿Importa realmente lo que piense lady Whistledown?
Él se inclinó y se golpeó las rodillas con las palmas, y tuvo que aullar de dolor cuando esto le recordó (tardíamente) lo de la herida.
—No lo has entendido —dijo, haciendo un gesto de dolor al volver a presionarse la palma—. No podría importarme menos lady Whistledown. Pero nos guste o no, representa al resto de la sociedad.
—Me imagino que hay bastantes personas a las que ofendería esa afirmación.
Él arqueó una ceja.
—¿Entre ellas tú?
—En realidad, pienso que lady Whistledown es bastante astuta —dijo ella, cogiéndose recatadamente las manos en la falda.
—¡Esa mujer te llamó un melón demasiado maduro!
Aparecieron manchas rojas en las mejillas de ella.
—Un cítrico demasiado maduro —dijo entre dientes—. Te aseguro que hay una gran diferencia.
Edward decidió en ese instante y lugar que la mente femenina es un órgano extraño e incomprensible, uno que ningún hombre debería intentar comprender jamás. No había ni una sola mujer viva capaz de pasar del punto A al B sin pararse en C, D, X y otros doce entre medio.
—Isabella —dijo finalmente, mirándola incrédulo—, esta mujer te insultó.
¿Cómo puedes defenderla?
—No dijo otra cosa que la verdad —repuso ella cruzándose de brazos—.
De hecho, ha sido bastante amable desde que mi madre comenzó a permitirme que yo eligiera m i ropa.
Edward emitió un gemido.
—Me parece que estábamos hablando de otra cosa en algún momento.
Dime que no era nuestra intención hablar de tu guardarropa.
Ella entrecerró los ojos.
—Creo que estábamos hablando de tu insatisfacción con la vida del hombre más popular de Londres.
Elevó la voz en las últimas palabras, y Edward comprendió que acababan de reprenderlo, de verdad.
Y eso lo encontró extraordinariamente irritante.
—No sé por qué pensé que lo entenderías —dijo, mordaz, detestando el matiz infantil que se le metió en la voz y no logró eliminar.
—Lo siento, pero me resulta algo difícil estar sentada aquí oyéndote lamentarte de que tu vida es nada.
—No dije eso.
—¡Sí lo dijiste!
—Dije que no «tengo» nada —corrigió él, y trató de no hacer un mal gesto al darse cuenta de lo estúpido que sonaba eso.
—Tienes más que cualquier persona que yo conozca —dijo ella, enterrándole un dedo en el hombro—. Pero si no lo ves, entonces tal vez tienes razón, tu vida no es nada.
—Es muy difícil de explicar —masculló él, irritado.
—Si quieres que tu vida tome otro rumbo, entonces, por el amor de Dios, elige algo y hazlo. Tienes el mundo a tus pies, Edward. Eres joven, rico, y eres «hombre». —La voz le salió amargada, resentida—. Puedes hacer cualquier cosa que desees.
Él la miró enfurruñado, y eso no la sorprendió. Cuando una persona está convencida de que tiene problemas, lo último que desea es oír una solución sencilla y clara.
—No es tan sencillo —dijo él.
—Es exactamente así de sencillo.
Lo contempló un buen rato, deseando saber, tal vez por primera vez en su vida, quién era él realmente. Antes creía que lo sabía todo de él, pero no sabía que llevaba un diario.
No sabía que era capaz de enfadarse y tener prontos de genio.
No sabía que estaba insatisfecho con su vida.
Y no sabía que era lo bastante irritable y malcriado para sentir esa insatisfacción, la que el cielo sabía no tenía por qué. ¿Qué derecho tenía a sentirse desgraciado con su vida? ¿Cómo podía atreverse a quejarse, en particular a ella?
Se levantó y se alisó la falda con un gesto brusco, como a la defensiva.
—La próxima vez que desees quejarte de los sufrimientos y tribulaciones que te causa la adoración universal, trata de ser una solterona por un día. Ve cómo te sientes siéndolo y entonces dime de qué deseas quejarte.
Y entonces, mientras Edward seguía repantigado en el sillón, mirándola boquiabierto como si fuera un fenómeno con tres cabezas, doce dedos y cola, salió del salón.
Esa era la salida más espléndida de toda su vida, pensó cuando bajaba la escalinata a Bruton Street.
Era una pena, entonces, que el hombre al que dejó en el salón fuera el único en cuya compañía siempre desearía continuar.
Edward se sintió fatal todo el resto del día. La mano le dolía horrorosamente, a pesar del coñac con que se bañó la palma y se echó por la boca.
El agente inmobiliario que se ocupaba del alquiler de la acogedora casa de serie que encontrara en Bloomsbury acababa de informarlo de que el inquilino tenía ciertas dificultades para mudarse, por lo que no podría trasladarse allí ese día como tenía planeado; ¿le iría bien la próxima semana?
Y para colmo de males, sospechaba que podría haber hecho un daño irreparable a su amistad con Isabella.
Lo cual le hacía sentirse peor aún, dado que a) valoraba bastante su amistad con Isabella, b) no había comprendido cuánto valoraba su amistad con Isabella, lo cual c) le producía un leve terror.
Isabella era una constante en su vida. Era la amiga de su hermana, la que siempre estaba en la periferia de la fiesta, cerca, pero no verdaderamente partícipe.
Pero al parecer el mundo había cambiado. Sólo llevaba dos semanas de vuelta en Inglaterra e Isabella ya había cambiado. O tal vez había cambiado él. O tal vez no era ella la que había cambiado sino la forma de verla él.
Ella le importaba. No sabía de qué otra manera expresarlo.
Y después de diez años en que ella siempre estaba simplemente… «ahí», encontraba bastante raro que le importara tanto.
No le gustaba nada que ese mediodía se hubieran separado de esa manera tan violenta. No recordaba ninguna ocasión en que se hubiera sentido violento con Isabella. No, eso no era cierto. Estaba aquella vez… santo Dios, ¿cuántos años hacía? ¿Seis? ¿Siete? Sí que la recordaba bien. Su madre había estado acosándolo para que se casara, lo cual no era nada nuevo, sólo que esa vez le sugirió a Isabella como posible esposa. Eso sí era nuevo, y él no estaba de humor para contender con sus maquinaciones casamenteras embromándola como de costumbre, por lo que ella continuó y continuó hablando de Isabella día y noche, hasta que él no tuvo más remedio que escapar. Nada drástico, simplemente una corta visita a Gales; ¿pero qué se había creído su madre?
Nada más regresar, su madre lo envió a llamar, por supuesto, aunque esta vez el motivo era que su hermana Rosalie estaba embarazada nuevamente y quería hacer el anuncio a toda la familia. ¿Pero cómo iba a saber eso él? Por lo tanto, no tenía el menor deseo de hacer esa visita, por la certeza de que ella reanudaría el asedio con insinuaciones nada veladas sobre el matrimonio. Y entonces va y se encuentra con sus hermanos, los que comenzaron a atormentarlo con el mismo tema, como saben hacer los hermanos, y, sin pensarlo, él declaró en voz muy alta que no se iba a casar con
Isabella Swan.
Y, horror de horrores, entonces vio que Isabella estaba en la puerta, con la mano sobre la boca, los ojos agrandados por la pena y el azoramiento y quizá cuantas otras emociones que él por vergüenza prefirió no imaginar.
Ese fue uno de los momentos más horrorosos de su vida. Un momento, en realidad, que se había esforzado por olvidar. No creía que él le gustara a Isabella, al menos no más de lo que le gustaba a otras damitas, pero la avergonzó. Elegirla a ella para hacer esa declaración…
Imperdonable.
Le pidió disculpas, lógicamente, y ella las aceptó, pero jamás había podido perdonarse del todo.
Y ahora había vuelto a insultarla otra vez. No de forma tan directa, cierto, pero debería haberlo pensado más antes de quejarse de su vida.
Demonios, si hasta él encontraba estúpidas sus quejas. ¿De qué tenía que quejarse?
De nada.
Sin embargo, seguía sintiendo ese fastidioso vacío. Un anhelo, en realidad, de algo que no sabía definir. Les tenía envidia a sus hermanos, por el amor de Dios, por haber encontrado sus pasiones, sus legados.
La única señal que dejaría él de su paso por el mundo estaba en las páginas de Ecos de Sociedad de Lady Whistledown.
Qué broma.
Pero todas las cosas son relativas, ¿no? Y comparado con Isabella, él tenía muy poco de qué quejarse.
Lo cual significaba que habría hecho mejor guardándose para él sus pensamientos. No le gustaba pensar en ella como en una solterona ya destinada a vestir santos, pero tal vez eso era exactamente lo que era. Y ésa no era una posición muy respetada en la sociedad británica.
De hecho, era una situación de la que muchas personas se quejarían.
Amargamente.
Pero a Isabella jamás, ni una sola vez, la había visto mostrarse como otra cosa que estoica; tal vez no estaba contenta con su suerte, pero por lo menos la aceptaba.
Aunque, ¿quién podía saberlo? Era posible que Isabella tuviera sus esperanzas y sueños de una vida diferente a la que llevaba con su madre y su hermana en su pequeña casa de Mount Street. Era posible que tuviera sus planes y aspiraciones, pero se las guardaba para sí, bajo un velo de dignidad y buen humor.
Tal vez era mucho más de lo que parecía.
Y tal vez, pensó suspirando, se merecía una disculpa. No sabía exactamente de qué tenía que pedir disculpas; no sabía si existía algo «preciso» que hiciera necesario pedir disculpas.
Pero la situación hacía necesario «algo».
Demonios. Pues tendría que asistir a la velada musical en casa de los Smythe-Smith esa noche. Era un evento anual penoso y discordante; justo cuando parecía que todas las hijas Smythe-Smith eran adultas, aparecía otra prima que ocupaba su lugar, cada una más sorda que la anterior.
Pero allí era donde iba a estar Isabella esa noche, y eso significaba que allí era donde tendría que estar él también.
mm parece que Eddy empieza a notar a Isa...
