Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 7
Edward Cullen tuvo a toda una bandada de damitas a su lado en la velada musical Smythe-Smith la noche del viernes, todas deseando acariciar su mano herida.
Esta cronista no sabe cómo se hizo la herida; la verdad es que el señor Cullen se ha mostrado molestamente hermético al respecto. Y hablando de molestias, el susodicho caballero parecía bastante irritado por toda la atención.
En realidad, esta cronista lo oyó decirle a su hermano Anthony que ojalá se hubiera dejado en casa la (palabra irrepetible) venda.
ECOS DE SOCIEDAD DE
LADY WHISTLEDOWN
16 de abril de 1824
¿Por qué se hacía eso?, estaba pensando Isabella. Año tras año llegaba la invitación enviada con un mensajero, y año tras año ella juraba, poniendo a Dios por testigo, que nunca jamás volvería a asistir a otra velada musical Smythe-Smith.
Sin embargo, año tras año se encontraba sentada en la sala de música de la casa Smythe-Smith, haciendo ímprobos esfuerzos por no encogerse (al menos no visiblemente) mientras la última generación de niñas Smythe-Smith destrozaba al pobre señor Mozart en su efigie musical.
Era penoso. Horrible, atroz, espantosamente penoso. No había otra manera de describirlo, de verdad.
Más desconcertante aún era que siempre acababa sentada en la primera fila, o muy cerca, lo cual era mucho más que atroz. Y no sólo para los oídos.
Cada año había una jovencita Smythe-Smith que parecía saber que estaba tomando parte en lo que sólo se podía calificar de delito contra la ley auditiva.
Mientras las otras atacaban sus violines y pianos con inconsciente vigor, esta única tocaba con una tal expresión de pena en la cara… una expresión que ella conocía muy bien.
Era la cara que pone uno cuando desea estar en cualquier otra parte menos donde está. Uno puede tratar de ocultarla, pero siempre aparece, en las comisuras de la boca, apretadas, tensas; y en los ojos, por supuesto, que vagan o bien por encima o por debajo de toda persona que se encuentre en la línea de visión.
El cielo sabía que esa misma expresión había amargado su cara muchas veces.
Tal vez por eso nunca conseguía quedarse en casa cuando se ofrecía ese recital. Alguien tenía que estar ahí para sonreír alentadora y fingir que estaba disfrutando con la música.
En todo caso, no era que se viera obligada a asistir y escuchar más de una vez al año.
De todos modos, era imposible no elucubrar acerca de la fortuna que se podría hacer fabricando discretos tapones para los oídos.
Las componentes del cuarteto se estaban calentando; un revoltijo de notas y escalas discordantes que sólo prometía empeorar cuando comenzaran a tocar en serio.
Isabella eligió un asiento en el centro de la segunda fila, para gran consternación de Renesmee.
—Hay dos asientos perfectamente buenos en el rincón de atrás —le siseó
Renesmee al oído.
—Ya es demasiado tarde —replicó Isabella, acomodándose en la silla ligeramente acolchada.
—Dios me asista —gimió Renesmee.
Isabella cogió su programa y empezó a hojearlo.
—Si nos sentamos aquí se sentarán otras personas —explicó.
—Exactamente lo que deseo.
—Contamos con que nosotras vamos a sonreír y ser amables. Imagínate que aquí se sentara alguien como Cressida Twombley y estuviera todo el recital riendo burlona.
Renesmee miró alrededor.
—No creo que a Cressida Twombley la pillen aquí ni muerta.
Isabella decidió pasar por alto ese comentario.
—Lo último que necesitan es tener sentada delante a una persona que le guste hacer comentarios crueles. Esas pobres niñas se sentirían humilladas.
—Se van a sentir humilladas de todas maneras —gruñó Renesmee.
—No. Al menos no esa, ni aquella —dijo Isabella, señalando a las dos con violines y a la del piano. Pero esa —indicó discretamente a la niña sentada con el violoncello entre las rodillas— ya se siente desgraciada. Lo menos que podemos hacer es no empeorarle las cosas permitiendo que se siente aquí una persona cruel y malévola.
—Sólo la va a destripar lady Whistledown esta misma semana —masculló Renesmee.
Isabella abrió la boca para decir algo, pero en ese mismo instante vio que la persona que acababa de ocupar el asiento del lado era Alice.
— Alice —le dijo, sonriendo encantada—. Creí que pensabas quedarte en casa.
Alice hizo una mueca y su piel adquirió un decidido tinte verdoso.
—No sé explicarlo, pero parece que no puedo no venir. Es como un accidente de coche. Simplemente no puedes «no» mirarlo.
—O escucharlo —añadió Renesmee—, como podría darse el caso.
Isabella sonrió. No pudo evitarlo.
—¿Estabais hablando de lady Whistledown cuando llegué? —preguntó Alice.
—Le dije a Isabella —explicó Renesmee, inclinándose nada elegantemente por delante de su hermana para hablar en voz baja—, que lady W las va a destrozar esta semana.
—No lo sé —dijo Alice, pensativa—. No elige a las niñas Smythe-Smith para hacer sus comentarios cada año. No sé por qué.
—Yo sé por qué —cacareó alguien detrás.
Alice, Isabella y Renesmee se giraron en sus asientos y tuvieron que echarse atrás al ver moverse el bastón de lady Danbury demasiado cerca de sus caras.
—¡Lady Danbury! —exclamó Isabella, sin poder resistirse a tocarse la nariz, aunque sólo fuera para asegurarse de que seguía ahí.
—Tengo calada a esa lady Whistledown —dijo lady Danbury.
—¿Sí? —preguntó Renesmee.
—Tiene blando el corazón —continuó la anciana. Apuntó con el bastón a la cellista, casi perforando de paso la oreja de Alice—. ¿Veis a ésa de ahí?
—Sí —dijo Alice, frotándose la oreja—, aunque no creo que vaya a poder oírla.
—Probablemente le he hecho un favor —dijo lady Danbury, dejando de lado el tema que tenían entre manos—. Después podrá agradecérmelo.
—¿Iba a decir algo sobre la cellista? —se apresuró a preguntar Isabella antes que Alice dijera algo totalmente inapropiado.
—Pues sí. Mírenla. Se siente desgraciada. Y bien que debe. Está claro que es la única que tiene una idea de lo horrorosamente mal que tocan. Las otras tres tienen el sentido musical de una garrapata.
Isabella miró a su hermana menor con expresión un tanto presumida.
—Óiganme bien —continuó lady Danbury— lady Whistledown no va a decir ni una sola cosa sobre este recital. No querrá herir los sentimientos de ésa. El resto…
Renesmee, Isabella y Alice bajaron las cabezas para evitar el bastón que se movió en una barrida.
—Bah, el resto no podría importarle menos.
—Interesante esa teoría —comentó Isabella.
Lady Danbury se acomodó muy satisfecha en su asiento.
—Sí, ¿verdad?
—Creo que tiene razón —asintió Isabella.
—Jumjum. Normalmente la tengo.
Todavía girada en el asiento, Isabella miró primero a Renesmee y luego a Alice.
—Es el mismo motivo por el que yo vengo a estos infernales recitales año tras año —dijo.
—¿A ver a lady Danbury? —preguntó Alice, pestañeando confundida.
—No. Debido a las niñas como ella —señaló a la cellista—. Porque sé exactamente cómo se siente.
—No seas tonta, Isabella —dijo Renesmee —. Nunca has tocado el piano en público, y en el caso de que lo hicieras, tocas muy bien.
—No me refiero a la música, Renesmee.
Entonces a lady Danbury le ocurrió algo de lo más extraño. Le cambió la cara; le cambió absoluta y asombrosamente. Se le empañaron y entristecieron los ojos; se le suavizó la boca, que normalmente tenía fruncida en las comisuras en gesto sarcástico.
—Yo fui esa niña también, señorita Swan —dio, en voz tan baja que Alice y Renesmee tuvieron que acercarse más, Alice preguntando «Perdón, no la oí» y Renesmee un menos educado «¿Qué?».
Pero lady Danbury sólo tenía ojos para Isabella.
—Por eso vengo año tras año —continuó—. Igual que usted.
Y por un momento Isabella tuvo una extrañísima sensación de conexión con la anciana. Lo cual era tonto, porque no tenían nada en común aparte del sexo; ni la edad, ni la posición social, nada. Y sin embargo era como si la condesa la hubiera elegido a ella…, con qué fin no lograba imaginárselo. Pero parecía resuelta a encender una hoguera debajo de su bien ordenada y muchas veces aburrida vida.
Y ella no podía evitar pensar que eso estaba dando resultado.
«¿No es fantástico descubrir que no somos exactamente lo que creíamos ser?»
Esas palabras de lady Danbury aquella noche seguían resonando en su cabeza. Casi como una letanía.
Casi como un desafío.
—¿Sabe lo que pienso, señorita Swan? —le dijo lady Danbury en un tono engañosamente dulce.
—No podría ni empezar a imaginármelo —dijo Isabella, con mucha sinceridad y respeto en la voz.
—Pienso que usted podría ser lady Whistledown.
Renesmee y Alice ahogaron exclamaciones.
A Isabella se le abrió la boca de sorpresa. A nadie se le había ocurrido jamás acusarla de eso. Era increíble, impensable…
Y bastante halagador, en realidad.
Notó que los labios se le curvaban en una sonrisa astuta y se inclinó un poco hacia ella, como para comunicarle una noticia de la mayor importancia.
Lady Danbury se echó hacia delante.
Renesmee y Alice acercaron las cabezas.
—¿Sabe lo que yo pienso, lady Danbury? —preguntó Isabella, en voz muy dulce.
—Bueno —dijo la anciana, con un destello travieso en los ojos—. Le diría que estoy sin aliento por la expectación, pero ya me dijo la otra noche que cree que yo soy lady Whistledown.
—¿Lo es?
Lady Danbury sonrió pícara.
—Igual sí.
Renesmee y Alice volvieron a exclamar, esta vez más fuerte.
A Isabella le dio un vuelto el estómago.
—¿Lo reconoce? —preguntó Alice en un susurro.
—Pues claro que no —ladró lady Danbury, enderezando la espalda yg olpeando el suelo con el bastón, tan fuerte que las componentes del cuarteto interrumpieron momentáneamente el calentamiento—. Y aun si fuera cierto, y no digo si lo es o no lo es, ¿sería tan tonta como para reconocerlo?
—Entonces, ¿por qué dijo…?
—Porque quiero demostrar algo, boba.
Y entonces se quedó callada, hasta que Isabella se vio obligada a preguntar:
—¿Y ese algo es…?
Lady Danbury las miró a las tres exasperada.
—Que cualquiera podría ser lady Whistledown —exclamó, golpeando el suelo con el bastón con renovado vigor—. Cualquiera.
—Bueno, excepto yo —acotó Renesmee—. Yo estoy segura de que no lo soy.
Lady Danbury no honró a Renesmee ni siquiera con una mirada.
—Permítanme que les diga una cosa —dijo.
—Como si pudiéramos impedírselo —añadió Isabella, en tono tan dulce que salió como un cumplido.
Y dicha sea la verdad, era un cumplido. Ella admiraba muchísimo a lady Danbury; admiraba a cualquiera que supiera hablar claro en público.
Lady Danbury se echó a reír.
—Hay más en ti de lo que ven los ojos, Isabella Swan.
—Eso es cierto —dijo Renesmee sonriendo—. Puede ser bastante cruel, por ejemplo. Nadie lo creería, pero cuando éramos niñas…
Isabella le dio un codazo en las costillas.
—¿Lo ven? —dijo Renesmee.
—Lo que iba a decir —continuó lady Danbury— es que los miembros de la alta sociedad han reaccionado a mi desafío de una manera muy equivocada.
—¿Cómo sugiere que lo hagamos, entonces? —preguntó Alice.
Lady Danbury agitó la mano ante la cara de Alice.
—Primero tengo que explicar qué es lo que están haciendo mal. Vuelven la mirada hacia las personas más evidentes. —Miró a Isabella y a Renesmee—. Personas como vuestra madre.
—¿Mi madre? —dijeron las dos al unísono.
—Vamos, por favor —bufó lady Danbury—. Persona más meto en todo no ha visto jamás la ciudad. Es exactamente el tipo de persona de la que todo el mundo sospecha.
Isabella no supo qué decir. Su madre era famosa por lo cotilla, pero era difícil imaginársela como lady Whistledown.
—Justamente por eso —continuó lady Danbury, con un destello astuto en los ojos—, no puede ser ella.
—Bueno, eso —dijo Isabella, con un cierto toque de sarcasmo—, y el hecho de que Renesmee y yo podemos decirle con toda seguridad que no es ella.
—Pfff. Si vuestra madre fuera lady Whistledown habría encontrado la manera de ocultároslo.
—¿Mi madre? —dijo Renesmee, dudosa—. No lo creo.
—Lo que quería decir —gruñó lady Danbury— antes de todas estas infernales interrupciones…
Isabella creyó oír bufar a Alice.
—… es que si lady Whistledown fuera alguien «evidente», ya la habrían descubierto hace tiempo, ¿no os parece?
Le contestó el silencio, hasta que quedó claro que era necesaria una reacción; entonces las tres asintieron con la debida consideración y energía.
—Tiene que ser una persona de la que nadie sospeche —dijo la anciana—. Tiene que serlo.
Isabella se sorprendió asintiendo otra vez. Eso tenía sentido, de una extraña manera.
—Justamente por eso, ¡yo no soy la mejor candidata! —concluyó triunfalmente lady Danbury.
Isabella entrecerró los ojos, sin entender del todo esa lógica.
—Perdón, no la sigo.
Lady Danbury la obsequió con una mirada de lo más desdeñosa.
—Vamos, por favor. ¿Cree que usted es la única que sospecha de mí?
Isabella negó con la cabeza.
—Sigo pensando que es usted.
Eso le ganó una medida de respeto.
—Es más descarada de lo que parece —dijo, asintiendo aprobadora.
Renesmee se acercó más y dijo en tono de complicidad:
—Eso es cierto.
—Creo que va a comenzar el recital —advirtió Alice.
—Dios nos asista a todos —declaró lady Danbury—. No sé por qué ven… ¡Señor Cullen!
Isabella ya se había sentado bien de cara al pequeño escenario, pero volvió a girar la cabeza y vio a Edward avanzando hacia la silla desocupada al lado de la de lady Danbury, pidiendo disculpas al tocar las rodillas de las personas que ya habían tomado asiento.
Pero sus disculpas iban acompañadas por una de sus letales sonrisas, y no menos de tres damas decididamente se derritieron en sus asientos.
Isabella las observó ceñuda. Asqueroso.
—Isabella —le susurró Renesmee—. ¿Has gruñido?
—Edward —dijo Alice—. No sabía que ibas a venir.
Él se encogió de hombros, su cara iluminada por una sonrisa sesgada.
—Cambié de opinión en el último minuto. Siempre he sido un gran amante de la música, después de todo.
—Lo cual explica tu presencia aquí —dijo Alice, en un tono excepcionalmente sarcástico.
Edward sólo se dio por aludido arqueando una ceja, y luego miró a Isabella.
—Buenas noches, señorita Swan. —Hizo una inclinación hacia Renesmee—. Señorita Swan.
Isabella tardó un momento en encontrar la voz. Ese mediodía se habían separado de una manera bastante violenta, y ahora él estaba ahí con una sonrisa amistosa.
—Buenas noches, señor Cullen —logró decir al fin.
—¿Alguien sabe qué se nos ofrecerá en el programa de esta noche? — preguntó él, como si estuviera tremendamente interesado.
Isabella tuvo que admirarle por eso. Edward tenía una manera de mirar, como indicando que nada en el mundo podía ser más interesante que lo que uno iba a decir. Eso era un verdadero talento. Sobre todo en ese momento, cuando todos sabían que de ninguna manera podía importarle qué habían elegido las niñas Smythe-Smith para tocar esa noche.
—Creo que Mozart —contestó Renesmee—. Casi siempre eligen Mozart.
—Fantástico —dijo Edward, reclinándose en el asiento como si acabara de terminar una excelente comida—. Soy gran admirador de Mozart.
—En ese caso —cacareó lady Danbury, dándole un codazo en las costillas—, tal vez le convenga escapar mientras existe esa posibilidad.
—No sea tonta —dijo él—. Estoy seguro de que las niñas tocarán lo mejor que sepan.
—Ah, de eso no cabe la menor duda —dijo Alice en tono ominoso.
—Chsss —musitó Isabella —. Creo que están listas para empezar.
No, reconoció para sí misma, no estaba terriblemente impaciente por escuchar la versión Smythe-Smith de Eine Kleine Nachtmusic [Pequeña serenata nocturna], pero la presencia de Edward la ponía tremendamente nerviosa. No sabía qué decirle, aparte de que lo que fuera que le dijera tendría que decirlo delante de Alice, Renesmee y, peor aún, de lady Danbury.
Un mayordomo hizo una ronda apagando algunas velas para indicar que las niñas estaban litas para empezar. Isabella se preparó, tragó saliva de una manera que tal vez podría taparle los conductos auditivos interiores (no resultó), y entonces dio comienzo la tortura.
Y continuó… continuó… y continuó.
Isabella no sabía discernir qué era más angustioso, si la música o saber que Edward estaba en el asiento de atrás. La nuca le hormigueaba con ese conocimiento, y parecía una loca moviendo los dedos, golpeteando sin piedad el terciopelo azul oscuro de su falda.
Cuando por fin terminó su actuación el cuarteto Smythe-Smith, tres de las niñas sonrieron de oreja a oreja ante los educados aplausos, mientras la cuarta, la cellista, daba la impresión de querer meterse reptando debajo de una piedra.
Por lo menos a ella, pensó Isabella suspirando, en ninguna de sus fracasadas temporadas, nunca la obligaron a exhibir sus deficiencias delante de toda la aristocracia, como a esas niñas. Siempre le permitieron fundirse con las sombras, rondar calladamente por el perímetro del salón, mirando a las demás jovencitas hacer sus turnos en la pista de baile. Ah, sí que su madre la arrastraba aquí y allá, intentando ponerla en el camino de uno u otro caballero elegible, pero eso no era nada, ¡nada!, comparado con lo que les obligaban a soportar a las niñas Smythe-Smith.
Aunque, con toda sinceridad, tres de las cuatro parecían dichosamente inconscientes de su ineptitud musical. Isabella se limitó a sonreír y aplaudir.
De ninguna manera iba a romperles su burbuja colectiva.
Y si la teoría de lady Danbury era la correcta, lady Whistledown no escribiría nada acerca del recital.
El aplauso terminó bastante rápido, y muy pronto todos se estaban moviendo de aquí para allá, conversando con sus vecinos y mirando ávidamente la mesa con refrigerios dispuesta en la parte de atrás de la sala.
Limonada, se dijo. Perfecto. Tenía un calor horrible, la verdad, ¿en qué estaría pensado cuando se puso ese vestido de terciopelo para esa noche tan calurosa?, y una bebida fresca sería exactamente lo que necesitaba para sentirse mejor. Por no decir que Edward estaba atrapado conversando con lady Danbury, así que era el momento ideal para escapar.
Pero justo en el instante en que logró tener un vaso con limonada en la mano y bebió un poco, oyó la voz dolorosamente conocida de Edward detrás de ella, musitando su nombre.
Se giró, y antes de darse cuenta de lo que hacía, dijo:
—Lo siento.
—¿Sí?
—Sí, al menos eso creo.
A él se le formaron diminutas arruguitas en las comisuras de los ojos.
—La conversación se va poniendo más interesante por segundos —dijo.
—Edward…
Él le ofreció el brazo.
—¿Me acompañas a dar una vuelta por la sala, por favor?
—No creo que…
Él acercó más el brazo, sólo unas pulgadas, pero el mensaje era claro.
—Por favor.
Ella asintió y dejó el vaso en la mesa.
—Muy bien.
Llevaban casi un minuto caminando en silencio cuando él dijo:
—Quiero pedirte disculpas.
—Fui yo la que salí como un huracán del salón —señaló ella.
Él ladeó la cabeza, y ella vio una sonrisa indulgente esbozada en sus labios.
—Yo no diría como un «huracán» —dijo.
Isabella frunció el ceño. Tal vez no debería haber salido tan enfadada, pero puesto que ya lo había hecho, se sentía curiosamente orgullosa. No todos los días tiene una mujer como ella la oportunidad de hacer una salida tan espectacular.
—Bueno, no debería haber sido tan grosera —musitó, aunque ya no lo decía en serio.
Él arqueó una ceja y fue evidente que decidió no continuar con eso.
—Quiero pedirte disculpas por portarme como un crío llorica.
Isabella se tropezó con el pie.
Él la ayudó a recuperar el equilibrio y continuó:
—Sé que tengo muchas, muchísimas cosas en mi vida por las que debería estar agradecido. Por las que estoy agradecido —enmendó, con una sonrisa que no era una verdadera sonrisa sino más un gesto de azoramiento—. Fue imperdonablemente grosero que me quejara ante ti.
—No —dijo ella—, he estado toda la tarde pensando en lo que dijiste, y aunque yo…
Tragó saliva y se pasó la lengua por los labios, que los sentía totalmente secos. Se había pasado toda la tarde pensando en las palabras adecuadas, y creía haberlas encontrado, pero al estar él ahí a su lado, no le venía ninguna a la cabeza.
—¿Necesitas otro vaso de limonada? —le preguntó Edward, solícito.
Ella negó con la cabeza.
—Tienes todo el derecho a tus sentimientos —dijo a borbotones—. Puede que no sean lo que sentiría yo si estuviera en tu lugar, pero tienes todo el derecho a sentirlos. Pero…
Se interrumpió, y Edward cayó en la cuenta de que se sentía bastante desesperado por saber qué había pensado decirle.
—Pero ¿qué, Isabella?
—No tiene importancia.
—Para mí tiene importancia, Isabella. —Tenía la mano en su brazo, así que se la apretó suavemente para indicarle que lo decía en serio.
Esperó un buen rato, y justo cuando estaba pensando que ella no iba a contestar, cuando ya creía que se le iba a romper la cara por la sonrisa que mantenía con sumo cuidado en los labios, al fin y al cabo estaban en público, y no iría nada bien provocar comentarios y elucubraciones pareciendo apremiante y perturbado, ella suspiró.
Fue un sonido hermoso, curiosamente consolador, suave, juicioso. Y le hizo desear mirarla más detenidamente, para verle la mente, para oír los ritmos de su alma.
—Edward —dijo ella en voz baja—, si te sientes frustrado con tu situación actual deberías hacer algo para cambiarla. Es así de sencillo.
—Eso es lo que hago —dijo él con un despreocupado encogimiento del hombro que no daba al lado de ella—. Mi madre me acusa de coger y marcharme del país por puro capricho, pero la verdad es que…
—Lo haces cuando te sientes frustrado —terminó ella.
Él asintió. Ella lo entendía. No sabía cómo ocurrió ni si tenía mucha lógica, pero Isabella Swan lo comprendía.
—Deberías publicar tus diarios —dijo ella.
—No podría.
—¿Por qué no?
Él se detuvo en seco y le soltó el brazo. La verdad era que no tenía ninguna respuesta a eso, aparte del extraño golpeteo de su corazón.
—¿Quién querría leerlos? —preguntó al fin.
—Yo —repuso ella francamente, y empezó a enumerar con los dedos—. Alice, Renesmee, tu madre —sonrió traviesa—, lady Whistledown, no me cabe duda, escribe muchísimo acerca de ti.
Su buen humor era contagioso y él no pudo reprimir una sonrisa.
— Isabella, no vale si las únicas personas que compran el libro son las que conozco.
—¿Por qué no? —Se le curvaron los labios—. Conoces a muchísima gente. Vamos, si sólo cuentas a los Cullen…
Él le cogió la mano. No supo por qué, pero se la cogió.
— Isabella, basta.
Ella se rió.
—Creo que Alice me dijo que tenéis montones de primos también, y…
—Basta —advirtió él, pero estaba sonriendo.
Isabella se miró la mano en la de él y añadió:
—Muchas personas querrán leer acerca de tus viajes. Tal vez al principio sólo lo desearán porque eres una figura muy conocida en Londres. Pero no llevará mucho tiempo que todo el mundo se dé cuenta de lo buen escritor que eres. Y entonces gritarán pidiendo más.
—No quiero tener éxito gracias al apellido Cullen —replicó él.
Ella retiró la mano de la de él y se la plantó en la cadera.
—¿No me has escuchado? Acabo de decirte que…
—¿De qué estáis hablando vosotros dos?
Era Alice, con una expresión de mucha, mucha curiosidad.
—De nada —dijeron los dos al mismo tiempo.
—No me insultéis —bufó Alice—. Hablabais de algo. Isabella parecía estar a punto de estallar en cualquier momento.
—Lo que pasa es que tu hermano es muy obtuso —explicó Isabella.
—Bueno, eso no es nada nuevo.
—¡Un momento! —exclamó Edward.
—¿Y en qué está obtuso ahora? —preguntó Alice como si no hubiera oído a Edward.
—Es un asunto privado —dijo Edward entre dientes.
—Lo cual lo hace mucho más interesante —replicó Alice, y miró a Isabella expectante.
—Lo siento, no puedo decirlo —dijo Isabella.
—¡No lo puedo creer! —exclamó Alice—. ¿No me lo vas a decir?
—No —contestó Isabella, sintiéndose curiosamente satisfecha consigo misma.
—No lo puedo creer —repitió Alice, mirando a su hermano—. No me lo puedo creer.
—Créelo —dijo él esbozando una leve sonrisa satisfecha.
—Me ocultas secretos.
Él arqueó las cejas.
—¿Creías que te lo contaba todo?
—No, claro que no —dijo ella, ceñuda—. Pero pensé que Isabella sí.
—Pero es que éste no es un secreto mío —dijo Isabella —. Es de Edward.
—Creo que el planeta ha cambiado de repente la inclinación de su eje — gruñó Alice—. O tal vez Inglaterra ha chocado con Francia. Lo único que sé es que éste no es el mismo mundo en que habitaba esta mañana.
Isabella no lo pudo evitar. Se echó a reír.
—¡Y encima te ríes de mí! —añadió Alice.
—No, no —dijo Isabella, sin dejar de reír—. No, de verdad que no.
—¿Sabes lo que necesitas? —preguntó Edward.
—¿Quién, no? —preguntó Alice.
—Un marido —contestó él, asintiendo.
—¡Eres tan terrible como madre!
—Podría ser mucho peor si pusiera empeño.
—De eso no me cabe la menor duda.
—¡Basta, basta! —exclamó Isabella, ya riendo casi a carcajadas.
Los dos la miraron expectantes, como diciendo «¿Y ahora qué?».
—Me alegra muchísimo haber venido a esta velada —dijo Isabella; las palabras le salieron solas, como por voluntad propia—. No logro recordar una velada más agradable. De verdad, no lo logro.
Varias horas después cuando Edward yacía en su cama contemplando el cielo raso de su dormitorio en la casa recién alquilada en Bloomsbury, se le ocurrió que él se sentía exactamente igual.
