Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.


Capítulo 8

Edward Cullen y Isabella Swan fueron vistos en animada conversación en la velada musical Smythe-Smith, aunque al parecer nadie sabe de qué hablaban. Esta cronista aventuraría la opinión de que su conversación se centró en la identidad de esta cronista, puesto que ése era el tema de que hablaban todos antes, después y durante (y con bastante grosería, en opinión de esta cronista) el recital.

Pasando a otra noticia, el violín de la señorita Honoria Smythe-Smith sufrió graves daños cuando lady Danbury lo hizo caer de la mesa accidentalmente al mover su bastón.

Lady Danbury insistió en resarcir el daño restituyéndole el instrumento, pero declaró que puesto que ella no tiene por costumbre comprar nada que no sea lo mejor, Honoria recibirá un violín Ruggieri, importado de Cremona, Italia.

De acuerdo al entendimiento de esta cronista, si uno toma en cuenta el tiempo de manufactura y de transporte en barco, además de la sin duda larga lista de espera, el violín Ruggieri tardará seis meses en llegar a nuestras costas.

ECOS DE SOCIEDAD DE

LADY WHISTLEDOWN

16 de abril de 1824

Hay momentos en la vida de una mujer en que el corazón le revolotea en el pecho, en que de pronto el mundo se ve insólitamente de color rosa y perfecto, en que es posible oír una sinfonía en el sonido del timbre de la puerta.

Isabella Swan tuvo exactamente ese momento dos días después de la velada musical en la casa Smythe-Smith.

Sólo fue necesario un golpe en la puerta de su dormitorio, seguido por la voz de su mayordomo informándola:

—El señor Edward ha venido a verla.

Isabella se cayó de la cama sin más.

Briarly, que llevaba años sirviendo de mayordomo en la familia Swan, y que ni siquiera movió una pestaña ante la torpeza de Isabella, le preguntó en voz baja:

—¿Le digo que no está?

—¡No! —exclamó Isabella, casi en un chillido—. No —añadió en un tono más moderado—, pero necesitaré diez minutos para decentarme un poco.

— Se miró en el espejo e hizo un mal gesto al ver su descuidada apariencia—. Quince.

—Como quiera, señorita Isabella.

—Ah, y ordena preparen una bandeja con comida. El señor Cullen debe tener hambre, sin duda. Siempre tiene hambre.

El mayordomo volvió a asentir.

Isabella se mantuvo inmóvil como una estatua mientras Briarly salía y desaparecía por la puerta. Después, sin poder contenerse, bailó y saltó de uno a otro pie, emitiendo una especie de chillido, uno que, estaba convencida, o al menos eso esperaba, jamás había salido de sus labios.

Pero claro, le era imposible recordar la última vez que vino a visitarla un caballero, y mucho menos aquel del que llevaba perdidamente enamorada casi la mitad de su vida.

—Cálmate —dijo, estirando los dedos y moviendo las palmas abiertas más o menos igual que cuando se quiere apaciguar a una pequeña multitud agitada—. Debes mantenerte tranquila. Tranquila —repitió, como si ésa fuera la palabra clave—. Tranquila.

Pero por dentro le bailaba el corazón.

Hizo unas cuantas respiraciones profundas, fue hasta el tocador y cogió el cepillo. Sólo le llevaría unos minutos arreglarse el pelo y recolocarse las horquillas; seguro que Edward no se iba a marchar si lo hacía esperar un ratito. Él supondría que a ella le llevaría un rato arreglarse, ¿no?

De todos modos, se arregló el pelo en tiempo récord, y cuando entró en la sala de estar sólo habían pasado cinco minutos desde el anuncio del mayordomo.

—Eso ha sido rápido —comentó Edward con una de sus sonrisas sesgadas.

Estaba junto a la ventana, donde había estado contemplando Mount Street.

—¿Sí? —dijo Isabella, deseando que el calor que sentía en la piel no se tradujera en rubor.

Era una costumbre establecida que la mujer siempre debe hacer esperar a un caballero, aunque no demasiado rato. De todos modos no le veía sentido a ceñirse a esa tonta regla de comportamiento con Edward. Él jamás estaría interesado en ella del modo romántico y, además, eran amigos.

Amigos. Eso le resultaba un concepto extraño, pero era eso exactamente lo que eran. Su relación siempre había sido amistosa, pero desde su regreso de Chipre se habían hecho amigos de verdad.

Era algo mágico.

Aun cuando él nunca la amara, y tenía la idea de que nunca la amaría, eso era mejor de lo que tenían antes.

—¿A qué debo el placer? —preguntó, sentándose en el sofá de brocado amarillo algo desteñido.

Edward se sentó frente a ella, en un sillón de respaldo alto bastante incómodo. Se inclinó, apoyando las manos en las rodillas, y ella comprendió al instante que algo iba mal. Sencillamente ésa no era la postura que adopta un caballero para una visita social normal. Además, se veía afligido, muy nervioso.

—Es bastante grave —dijo él con cara lúgubre.

Isabella casi se levantó.

—¿Ha ocurrido algo? ¿Alguien está enfermo?

—No, no, nada de eso. —Exhaló un suspiro y se pasó la mano por el pelo ya algo revuelto—. Se trata de Alice.

—¿Qué le pasa?

—No sé cómo decir esto. Eh, ¿tienes algo para comer?

Isabella le habría retorcido el cuello.

—¡Por el amor de Dios, Edward!

—Lo siento —masculló él—, no he comido en todo el día.

—Una novedad, sin duda —dijo ella, impaciente—. Ya le dije a Briarly que preparara una bandeja. Y ahora, ¿vas a decirme qué pasa o piensas esperar a que yo haya expirado de impaciencia?

—Creo que ella es lady Whistledown —soltó él.

Isabella se quedó boquiabierta. No sabía qué había esperado que dijera, pero no era eso.

— Isabella, ¿me has oído?

—¿Alice? —preguntó ella, aunque sabía muy bien de quién estaban hablando.

Él asintió.

—No puede ser.

Él se levantó y comenzó a pasearse, tan lleno de energía nerviosa que no podía estarse quieto.

—¿Por qué no?

—Porque… porque… —¿Por qué?—. Porque es absolutamente imposible que haya hecho eso durante diez años sin que yo lo supiera.

En un instante la expresión de él pasó de preocupada a desdeñosa.

—No creo que estés al tanto de todo lo que hace Alice.

—No, desde luego que no —repuso Isabella, dirigiéndole una mirada algo irritada—, pero puedo decirte con absoluta certeza que de ninguna manera podría haberme ocultado un secreto de esa magnitud más de diez años. Sencillamente es incapaz de eso.

— Isabella, es la persona más fisgona que conozco.

—Bueno, eso es cierto —convino ella—. A excepción de mi madre, supongo. Pero eso no basta para condenarla.

Edward detuvo el paseo y se plantó las manos en las caderas.

—Vive escribiendo cosas.

—¿Por qué dices eso?

Él levantó la mano y se pasó fuertemente el pulgar por las yemas de los dedos.

—Manchas de tinta. Constantemente.

—Muchas personas usan pluma y tinta —rebatió ella. Hizo un amplio gesto con el brazo hacia él—. Tú escribes diarios. Me imagino que alguna vez te has manchado los dedos de tinta.

—Sí, pero no «desaparezco» cuando escribo.

Isabella notó que se le aceleraba el pulso.

—¿Qué quieres decir? —preguntó, con la voz ya casi en un resuello.

—Quiero decir que se encierra en su habitación y se pasa horas y horas ahí, y es después de esos periodos cuando tiene los dedos todos manchados de tinta.

Isabella guardó silencio un largo y penoso momento. La «prueba» de Edward era condenatoria, sí, sobre todo si se sumaba a la muy conocida y bien documentada inclinación de Alice a fisgonear.

Pero no era lady Whistledown. No podía serlo. Ella podía apostar su vida a que no lo era.

Finalmente se cruzó de brazos y, en un tono que habría sido más apropiado para hablarle a un niño de seis años muy tozudo, dijo:

—No es ella.

Edward volvió a sentarse, con aspecto derrotado.

—Ojalá pudiera compartir tu seguridad.

—Edward, tienes que…

—Donde demonios está la comida? —bramó él.

Ella debería haberse escandalizado ante esos malos modales, pero en realidad le divirtieron.

—Briarly no tardará mucho —dijo.

Él se arrellanó en el sillón.

—Tengo hambre.

A ella se le curvaron los labios.

—Sí, ya lo había deducido.

Él exhaló un largo suspiro, cansado, preocupado.

—Si ella es lady Whistledown, será un desastre. Un puro y absoluto desastre.

—No sería tan terrible —dijo ella, cautelosa—. No creo que sea lady Whistledown, ¡simplemente porque no lo creo! Pero en el caso de que lo fuera, ¿sería tan horroroso? A mí me cae bastante bien lady Whistledown.

—Sí, Isabella —replicó él en tono algo duro—, sería muy horroroso.

Estaría deshonrada.

—No creo que estuviera deshonrada…

—Claro que estaría deshonrada. ¿Tienes una idea de a cuántas personas ha insultado esa mujer a lo largo de los años?

—No sabía que odiaras tanto a lady Whistledown.

—No la odio —repuso él, impaciente—. ¿Qué importaría si yo la odiara?

Todos los demás la odian.

—No creo que eso sea cierto. Todos compran su hoja.

—¡Claro que compran su hoja! Todo el mundo compra esa maldita hoja.

—¡Edward!

—Perdona —masculló él, pero no parecía lamentarlo.

Isabella asintió, aceptando la disculpa.

—Quienquiera sea lady Whistledown —dijo él, moviendo un dedo hacia ella con tal vehemencia que Isabella tuvo que echarse hacia atrás—, cuando la desenmascaren no podrá mostrar su cara en Londres.

Ella se aclaró delicadamente la garganta.

—No sabía que te importara tanto la opinión de la sociedad.

—No me importa —replicó él—, al menos no mucho. Cualquiera que diga que no le importa es un mentiroso y un hipócrita.

Isabella pensaba bastante igual, pero le sorprendió que él lo reconociera. A los hombres siempre les gustaba aparentar que eran totalmente autosuficientes, absolutamente indiferentes a los caprichos y opiniones de la sociedad.

Edward se inclinó, sus ojos verdes ardiendo de intensidad.

—No es por mí, Isabella, es por Alice. Si la expulsaran de la sociedad, se sentiría aniquilada. —Se enderezó, todo su cuerpo irradiando tensión—. Por no decir lo que eso le haría a mi madre.

Isabella dejó salir una larga espiración.

—De veras creo que te estás angustiando por nada —dijo.

—Espero que tengas razón —dijo él, cerrando los ojos.

No sabía bien en qué momento comenzó a sospechar que su hermana podría ser lady Whistledown. Probablemente después que lady Danbury lanzara su famoso reto. A diferencia de la mayoría de los londinenses, a él nunca le había interesado mucho conocer la verdadera identidad de lady Whistledown. La hoja era entretenida y la leía igual que todos, pero en su mente, lady Whistledown era simplemente… lady Whistledown, y eso era lo único que necesitaba ser.

Pero ante el desafío de lady Danbury comenzó a pensar y, como todos los demás Cullen, una vez que se le metía algo en la cabeza era absolutamente incapaz de dejarlo estar. Sin saber cómo, se le ocurrió que Alice tenía el temperamento y la habilidad para escribir una hoja así, y luego, antes de que lograra convencerse de que eso era una locura, le vio las manchas de tinta en los dedos. Desde ese momento casi se había vuelto loco, sin poder pensar en otra cosa que en la posibilidad de que Alice tuviera una vida secreta.

No sabía qué lo irritaba más, que Alice pudiera ser lady Whistledown o que se las hubiera arreglado para ocultárselo a él durante más de diez años.

Qué humillante ser engañado por una hermana. A él le gustaba creerse más listo.

Pero tenía que centrar la atención en el presente, porque si no estaba equivocado en sus sospechas, ¿cómo demonios iban a arreglárselas con el escándalo cuando la descubrieran?

Porque la descubrirían. Estando todo Londres deseoso de conseguir el premio de las mil libras, lady Whistledown no tenía la menor posibilidad de continuar de incógnito.

—¡Edward! ¡Edward!

Abrió los ojos, pensando cuánto rato llevaría Isabella llamándolo.

—De verdad creo que deberías dejar de preocuparte por Alice —dijo ella—. Hay cientos y cientos de personas en Londres. Lady Whistledown podría ser cualquiera de ellas. Cielos, con tu buen ojo para los detalles —movió los dedos para recordarle las manchas de tinta—, tú podrías ser lady Whistledown.

Él la miró con expresión de superioridad.

—Salvo el pequeño detalle de que he estado fuera del país la mitad del tiempo.

Isabella decidió pasar por alto el sarcasmo.

—Bueno, pero eres tan buen escritor que podrías habértelas arreglado muy bien para hacerlo.

Edward pensó decirle algo gracioso, ligeramente malhumorado, para rebatir ese débil argumento, pero la verdad fue que se sintió tan encantado por el cumplido de «buen escritor» que lo único que pudo hacer fue quedarse quieto con una estúpida sonrisa en la cara.

—¿Te sientes mal?

—Estoy muy bien —repuso él, enfocando la atención y adoptando una expresión más seria—. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque de repente me pareció que te sentías mal. Mareado.

—Estoy bien —repitió él, tal vez en voz más alta de lo que era necesario—. Estaba pensando en el escándalo.

Ella exhaló un suspiro, como si estuviera molesta, y eso lo irritó porque no veía qué motivo podía tener ella para sentirse impaciente con él.

—¿Qué escándalo? —preguntó ella.

—El escándalo que va a estallar cuando la descubran.

—Pero ¡si no es lady Whistledown! —insistió ella.

De pronto Edward se enderezó, sus ojos iluminados por una nueva idea.

—¿Sabes lo que pienso? —dijo con una voz algo intensa—. No creo que importe si es lady Whistledown o no.

Isabella lo miró sin entender durante tres segundos enteros y luego miró alrededor.

—¿Dónde está la comida? —masculló—. Debo de estar atontada. ¿No te has pasado los diez últimos minutos volviéndote loco por la posibilidad de que lo sea?

Como si eso hubiera sido la señal, entró Briarly en la sala con una bandeja bien cargada. Isabella y Edward observaron en silencio mientras el mayordomo disponía la comida en la mesita.

—¿Sirvo los platos? —preguntó Briarly.

—No, no, está bien así —se apresuró a decir Isabella —. Podemos arreglarnos solos.

Briarly asintió y tan pronto como dejó los platos y llenó los vasos con limonada, salió de la sala.

—Escúchame —dijo Edward levantándose de un salto.

Fue hasta la puerta y la dejó apenas entreabierta, casi tocando el marco (pero técnicamente quedó abierta, por si alguien quería poner reparos relativos al decoro).

—¿No quieres comer algo? —preguntó Isabella, levantando un plato que acababa de llenar con diversas cosas para picar.

Él se sentó, cogió una loncha de queso, se la zampó nada delicadamente en dos bocados, y continuó:

—No importa si Alice es lady Whistledown, aunque eso sí, sigo pensando que lo es. Porque si «yo» sospecho de ella, seguro que otra persona también lo sospechará.

—¿Y con eso quieres decir…?

Edward alcanzó a notar que había levantado los brazos y detuvo el movimiento justo antes de cogerla por los hombros y sacudirla.

—¡Que no importa! ¿No lo ves? Si alguien la señala con el dedo, estará deshonrada.

—Pero si no es lady Whistledown —dijo Isabella, que al parecer tuvo que hacer un enorme esfuerzo para separar los dientes.

—¿Cómo podría demostrarlo? —replicó Edward, poniéndose de pie de un salto—. Una vez que se echa a correr el rumor, ya está hecho el daño. Cobra vida propia.

—Edward, dejaste olvidada la lógica hace cinco minutos.

—No, escúchame. —Se giró a mirarla y lo sobrecogió un sentimiento tan intenso que no podría haber desviado los ojos de los de ella ni aunque la casa se hubiera estado desmoronando alrededor—. Imagínate que yo le dijera a alguien que te seduje.

Isabella se quedó muy, muy quieta.

—Estarías deshonrada para siempre —continuó él, acuclillándose junto al brazo del sofá para quedar al mismo nivel—. No importaría que yo nunca te hubiera besado siquiera. Ése, mi querida Isabella, es el poder de la palabra.

Ella parecía extrañamente paralizada. Y al mismo tiempo ruborizada.

—No… no sé qué decir —tartamudeó.

Y entonces a él le ocurrió algo de lo más extraño. Cayó en la cuenta de que tampoco sabía qué decir. Porque había olvidado lo de los rumores, el poder de la palabra y todas las demás tonterías; en lo único que podía pensar era en esa parte de besarla y…

Y…

Y…

Dios bendito de los cielos, deseaba besar a Isabella Swan.

¡A Isabella Swan!

Igual podría haber dicho que deseaba besar a su hermana.

Sólo que ella no era su hermana. La miró disimuladamente; estaba muy atractiva, insólitamente atractiva; ¿cómo pudo no haberse fijado antes? No era su hermana.

Decididamente no era su hermana.

—¿Edward? —dijo ella.

Su nombre sonó apenas un susurro en sus labios, sus ojos adorablemente confundidos… ¿y cómo es que nunca se había fijado en ese precioso matiz castaño? Casi dorado cerca de las pupilas. Nunca había visto nada igual, y no es que no la hubiera visto cientos de veces.

Se incorporó, sintiéndose repentinamente borracho. Sería mejor si no estaban al mismo nivel. Más difícil verle los ojos desde arriba.

Ella también se levantó.

Condenación.

—¿Edward? —repitió ella, con voz apenas audible—. ¿Podría pedirte un favor?

Llámese intuición masculina, llámese locura, pero una voz interior muy insistente le gritaba que lo que fuera que ella deseara «tenía» que ser muy inconveniente.

Pero era un idiota.

Tenía que serlo, porque notó que se le abrían los labios y oyó una voz tremendamente parecida a la suya decir:

—Por supuesto.

Ella hizo un morro y por un momento él creyó que iba a tratar de besarlo, pero entonces comprendió que sólo los había juntado para formar una palabra.

—¿Me…?

Sólo una palabra. Nada más que una palabra comenzada por M. la M siempre parecía un beso.

—¿Me podrías besar por favor?


Aaaaaaaaa! que nervios... ¿sera que la besa?