Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 10
Queridos lectores:
Es con un corazón sorprendentemente sentimental que escribo estas palabras. Después de once años de informar acerca de la ida y actividades del bello mundo, esta cronista abandona su pluma.
Si bien el desafío de lady Danbury ha acelerado mi retiro, en realidad no se puede poner (enteramente) la culpa sobre los hombros de la condesa. La redacción de la hoja informativa se me ha hecho pesada este último tiempo, menos gratificante y, tal vez menos entretenida de leer. Esta cronista necesita un cambio; esto no es difícil imaginárselo. Once años es mucho tiempo.
Y, la verdad, la reciente renovación del interés por la identidad de esta cronista, se ha hecho inquietante. Amigos se vuelven contra amigos, hermanos contra hermanas, todo en el inútil intento de resolver un secreto irresoluble.
Además, los métodos detectivescos de la alta sociedad se han tornado claramente peligrosos. La semana pasada fue la torcedura de tobillo de lady Blackwood; el daño de esta semana ha ido a recaer, al parecer, en Hyacinth Cullen, que se lesionó ligeramente en la fiesta del sábado ofrecida en la casa de cuidad de lord y lady Riverdale. (No ha escapado a la atención de esta cronista que lord Riverdale es sobrino de lady Danbury.) La señorita Hyacinth debió haber sospechado de alguno de los asistentes, porque se hizo su lesión al caerse dentro de la biblioteca cuando alguien abrió la puerta teniendo ella el oído pegado ahí.
Escuchar tras las puertas, perseguir a niños repartidores…, y estos son sólo retazos que han llegado a los oídos de esta cronista. Esta cronista os asegura, queridos lectores, que nunca, ni una sola vez en estos once años, ha escuchado tras una puerta.
Todos los cotilleos aparecidos en esta hoja los ha conseguido limpiamente, sin ningún instrumento ni truco aparte de sus buenos ojos y oídos.
¡Me despido de ti, Londres! Ha sido un placer servirte.
ECOS DE SOCIEDAD DE
LADY WHISTLEDOWN
19 de abril de 1824
A nadie sorprendió que esto fuera el tema de conversación en el baile de los Macclesfield.
—¡Lady Whistledown se ha retirado!
—¿Te lo puedes creer?
—¿Qué voy a leer ahora mientas desayuno?
—¿Cómo voy a saber lo que me perdí si no asisto a una fiesta?
—Ahora no vamos a descubrir jamás quién es.
—¡Lady Whistledown se ha retirado!
Una mujer se desmayó, y casi se rompió la cabeza en el borde de una mesa al caer desgarbadamente al suelo. Al parecer no había leído la hoja esa mañana y se enteró de la noticia allí, en el baile. La reanimaron haciéndola oler sales, pero pasado un momento volvió a desmayarse.
—Eso es fingido —comentó Hyacinth Cullen a Renesmee Swan.
Las dos estaban en un pequeño grupo con la vizcondesa Cullen viuda e Isabella.
Isabella asistía oficialmente como carabina de Renesmee, ya que su madre decidió quedarse en casa porque estaba mal del estómago.
—El primer desmayo fue de verdad —explicó Hyacinth—. Eso le quedó claro a cualquiera por la forma torpe como cayó. Pero eso… —Hizo un gesto de disgusto con la mano hacia la dama que estaba en el suelo—. Nadie se desmaya como una bailarina de ballet. Ni siquiera las bailarinas de ballet.
Isabella lo había oído todo, porque Hyacinth estaba a su lado, a la izquierda, así que sin dejar de mirar a la infortunada mujer, que en ese momento estaba volviendo en sí con un delicado movimiento de pestañas mientras le sostenían las sales bajo la nariz, le preguntó:
—¿Te has desmayado alguna vez?
—¡Nooo, desde luego que no! —contestó Hyacinth, no sin cierta medida de orgullo—. Los desmayos son para las tontas tiernas de corazón. Y si lady Whistledown siguiera escribiendo, prestad atención a lo que digo, diría exactamente lo mismo en su próxima hoja.
—Ay de mí, ya no hay que prestar atención —repuso Renesmee, suspirando tristemente.
Lady Cullen manifestó su acuerdo.
—Es el fin de una era —dijo—, me siento muy abandonada sin ella.
—Bueno, todavía no hemos pasado más de dieciocho horas sin ella —se sintió obligada a señalar Isabella —. Recibimos una hoja esta mañana. ¿De qué hay que sentirse abandonada?
—Es el principio —dijo lady Cullen suspirando—. Si este fuera un lunes normal, sabríamos que recibiríamos un nuevo informe el miércoles. Pero…
—Ahora estamos perdidas —dijo Renesmee, sorbiendo por la nariz.
Isabella miró incrédula a su hermana.
—Vaya, sí que estás melodramática.
Renesmee hizo un exagerado encogimiento de hombros, digno de un escenario.
—¿Melodramática? ¿Yo?
Hyacinth le dio una compasiva palmadita en la espalda.
—No te lo creas, Renesmee. Yo me siento exactamente igual que tú.
—Sólo es una hoja de cotilleos —dijo Isabella, mirándolas a todas como en busca de alguna señal de cordura.
Tenían que saber que el mundo no se iba a acabar simplemente porque lady Whistledown había decidido poner fin a su carrera.
—Tienes razón, por supuesto —dijo lady Cullen, alzando el mentón y frunciendo los labios de una manera que suponía le daría un aire pragmático—. Gracias por ser la voz de la razón para este pequeño grupo. —Pero entonces pareció desinflarse un poco y añadió—: Pero he de reconocer que me había acostumbrado bastante a tenerla por aquí. Sea quien sea.
Isabella decidió que ya era hora de cambiar de tema.
—¿Dónde está Alice esta noche?
—Enferma, me temo. Con dolor de cabeza —explicó lady Cullen, con un pequeño ceño arrugando su cara por lo demás tersa—. No se ha sentido muy bien desde hace varios días. Estoy comenzando a preocuparme.
Isabella, que había estado mirando distraídamente hacia un esconce de la pared, volvió inmediatamente la atención a lady Cullen.
—¿No es nada grave, espero?
—No es nada grave —contestó Hyacinth antes de que su madre alcanzara a abrir la boca—. Alice nunca cae enferma.
—Justamente por eso estoy preocupada —dijo lady Cullen—. No ha comido muy bien estos días.
—Eso no es cierto —rebatió Hyacinth—. De hecho, esta tarde Wickham le llevó una bandeja bien pesada. Panecillos, huevos y me pareció oler jamón. — Hizo un gesto irónico, sin dirigirse a nadie en particular—. Y cuando Alice dejó la bandeja en el corredor, estaba totalmente vacía.
Hyacinth Cullen tenía un ojo sorprendentemente bueno para los detalles, decidió Isabella.
—Ha estado de mal humor desde que se peleó con Edward —continuó Hyacinth.
—¿Se peleó con Edward? —preguntó Isabella, empezando a sentir una desagradable sensación en el estómago—. ¿Cuándo?
—Un día de la semana pasada —contestó Hyacinth.
¡¿Qué día?!, deseó gritar Isabella, pero seguro que parecería raro si pedía que le dijeran el día exacto. ¿Sería el viernes?
Siempre recordaría que su primer beso, y muy probablemente el único de su vida, lo había recibido un viernes.
Tenía esa rareza. Siempre recordaba los días de la semana.
Conoció a Edward un lunes.
Él la besó un viernes.
Doce años después.
Suspiró. Más patético imposible.
—¿Te pasa algo Isabella? —le preguntó lady Cullen.
Isabella miró a la madre de Alice. Sus ojos azules eran todo cariño y preocupación, y algo en su manera de ladear la cabeza le produjo deseos de llorar.
Sí que se había puesto emotiva; llorar por un ladeo de la cabeza, desde luego.
—No me pasa nada —contestó, con la esperanza de que su sonrisa pareciera sincera—. Sólo estoy preocupada por Alice.
Hyacinth emitió un bufido.
Isabella decidió que necesitaba escapar. Todas esas Cullen, bueno, dos en todo caso, le hacían pensar en Edward.
Lo cual no era nada que no hubiera hecho casi cada minuto de los tres últimos días. Pero por lo menos esos habían sido momentos secretos, en que podía suspirar, gemir y gruñir a plena satisfacción de su corazón.
Pero esa debía de ser su noche de suerte, porque justo en ese instante oyó a lady Danbury ladrar su nombre.
(¿Hacia dónde iba su mundo que consideraba una suerte quedar atrapada en un rincón con la lengua más mordaz de todo Londres?)
Pero lady Danbury le ofrecía la disculpa perfecta para dejar su pequeño cuarteto de damas; además, estaba llegando a comprender que, de un modo muy extraño, aquella dama le caía bastante bien.
—¡Señorita Swan! ¡Señorita Swan!
Renesmee retrocedió un paso.
—Creo que te llama a ti —susurró, apremiante.
—Por supuesto que me llama a mí —dijo Isabella, con un cierto toque de altivez—. Considero una muy querida amiga a lady Danbury.
—¿Sí? —exclamó Renesmee, con los ojos desorbitados.
—¡Señorita Swan! —exclamó lady Danbury llegando a su lado y golpeando con su bastón a una pulgada del pie de Isabella —. Usted no —le dijo a Renesmee, aun cuando ésta sólo se había limitado a sonreír amablemente—. Usted —le dijo a Isabella.
—Eh… buenas noches, lady Danbury —dijo Isabella, pensando que el saludo contenía un buen número de palabras, tomando en cuenta las circunstancias.
—La he andado buscando toda la noche —declaró lady Danbury.
Eso lo encontró algo sorprendente.
—¿Sí?
—Sí. Quiero hablar con usted sobre el anuncio que hace en su última hoja esa mujer Whistledown.
—¿Conmigo?
—Sí, con usted —gruño lady Danbury—. Me encantaría hablar con otra persona si me señalara a alguna con más de medio cerebro.
Isabella tragó saliva para disimular y contener las ganas de reírse e hizo un gesto hacia sus acompañantes.
—Eh… esto… le aseguro que lady Cullen…
Lady Danbury la interrumpió negando enérgicamente con la cabeza.
—Está demasiado ocupada intentando casar a su más que numerosa prole —declaró—. No se puede esperar que sepa llevar una conversación decente últimamente.
Espantada, Isabella miró con disimulo a lady Cullen para ver si estaría ofendida por ese insulto: al fin y al cabo ya llevaba diez años intentando casar a su más que numerosa prole. Pero lady Cullen no se veía ofendida en lo más mínimo; en realidad parecía estar reprimiendo la risa.
Reprimiendo la risa, alejándose y llevándose con ella a Hyacinth y Felicity.
Traidoras, las tres.
Ah, bueno, no debería quejarse. Su deseo había sido escapar de las Cullen, ¿no? Pero no le agradaba particularmente que Renesmee y Hyacinth creyeran que le habían gastado una mala pasada.
—Se fueron —cacareó lady Danbury—, y mejor, también. Esas dos niñas no tienen ni una sola cosa inteligente que decir.
—Oh, vamos, eso no es cierto —protestó Isabella, sintiéndose obligada—. Renesmee y Hyacinth son muy inteligentes las dos.
—No he dicho que no sean inteligentes —replicó lady Danbury ásperamente—, sólo que no tienen nada inteligente para decir. Pero no se preocupe —añadió, dándole una alentadora palmadita en el brazo (¿alentadora? ¿alguien podía decir que lady Danbury dijera o hiciera algo alentador?)—, no es culpa de ellas que su conversación sea tan sosa. Ya crecerán. Las personas son como los buenos vinos. Si comienzan siendo buenos sólo mejoran con la edad.
Isabella había estado mirando ligeramente por encima del hombro derecho de lady Danbury, a un hombre que pensó que podría ser Edward (pero no lo era), y eso le llevó inmediatamente la atención hacia donde quería la condesa.
—¿Buenos vinos? —repitió.
—Jumjum. Y yo que creía que no estaba escuchando.
—Sí que estaba escuchando —dijo Isabella, notando que se le curvaban los labios en algo que no era exactamente una sonrisa—. Sólo que… me distraje.
—Buscando a ese muchacho Cullen, sin duda.
Isabella ahogó una exclamación de sorpresa.
—Ah, no se sorprenda tanto. Lo tiene escrito en toda la cara. Lo único que me sorprende es que él no lo haya notado.
—Me imagino que sí lo ha notado —masculló Isabella.
Lady Danbury frunció el ceño y las comisuras de los labios se le curvaron hacia abajo, formando dos surcos verticales que le bajaban hasta el mentón.
—¿Sí? Humm. No dice mucho en su favor que no haya hecho nada al respecto.
A Isabella se le oprimió el corazón. Encontraba algo tan extrañamente dulce en esa fe de la anciana en ella, como si fuera de lo más normal que hombres como Edward se enamoraran de mujeres como ella. Había tenido que rogarle que la besara, por el amor de Dios. Y luego, cómo acabó todo; él se marchó de la casa con un ataque de rabia y ya llevaban tres días sin hablarse.
—Bueno, no se preocupe por él —dijo lady Danbury de repente—. Le encontraremos otro.
Isabella se aclaró delicadamente la garganta.
—Lady Danbury, ¿es que me ha convertido en su «proyecto»?
La anciana sonrió de oreja a oreja, su sonrisa alegre y radiante en su arrugada cara.
—¡Pues claro! Me extraña que no lo haya descubierto antes.
—Pero ¿por qué? —preguntó Isabella, sin lograr comprenderlo.
Lady Danbury suspiró. El suspiro no sonó triste, sino más bien reflexivo.
—¿Le importaría que nos sentáramos? Estos huesos viejos ya no son lo que eran.
Isabella se sintió fatal por no haber pensado en la edad de la condesa mientras estaban ahí de pie en el atestado salón. Pero claro, la anciana era tan vibrante que era difícil imaginársela débil o adolorida.
—Por supuesto —se apresuró a decir, cogiéndole el brazo y llevándola hasta un banco cercano—. Aquí. —Una vez que lady Danbury estuvo instalada, ella se sentó a su lado—. ¿Se siente más cómoda ahora? ¿Le apetece beber algo?
Lady Danbury asintió, agradecida, de modo que Isabella le hizo una seña a un lacayo para que les trajera dos vasos de limonada. No quería dejar sola a la condesa, que estaba muy pálida.
—Ya no soy tan joven —dijo lady Danbury una vez que el lacayo partió en dirección a la mesa de refrescos.
—Ninguna de las dos lo somos —repuso Isabella.
Ése podía ser un comentario frívolo, pero lo dijo con irónico cariño, y algo le dijo que la anciana agradecería ese sentimiento.
Tenía razón. Lady Danbury se echó a reír y la miró agradecida.
—Cuanto mayor me hago más comprendo que la mayoría de las personas de este mundo son unas tontas.
—¿Y ahora lo ha descubierto? —le preguntó Isabella, no para burlarse sino porque dado el habitual comportamiento de la anciana hacía difícil creer que no hubiera llegado a esa conclusión hacía años.
Lady Danbury se rió cordialmente.
—No, a veces creo que lo supe antes de nacer. De lo que me he dado cuenta últimamente es que ya es hora de que haga algo al respecto.
—¿Qué quiere decir?
—No podría importarme menos lo que les ocurra a los tontos de este mundo, pero a las personas como usted —por falta de pañuelo se limpió los ojos con los dedos—, bueno, me gustaría verla bien establecida.
Durante unos segundos, Isabella no pudo hacer otra cosa que mirarla.
—Lady Danbury —dijo al fin, cautelosa—. Le agradezco mucho ese gesto, y el sentimiento, pero debe saber que yo no soy responsabilidad suya.
—Claro que lo sé —bufó lady Danbury—. No tema, no siento ninguna responsabilidad hacia usted. Si la sintiera, esto no sería tan divertido.
—No lo entiendo —dijo Isabella, sabiendo que eso la hacía parecer una boba total, pero fue lo único que se le ocurrió.
Lady Danbury guardó silencio mientras dos lacayos les entregaban vasos con limonada y las dos bebían unos cuantos sorbos.
—Me cae bien, señorita Swan —explicó después—. Y son muchas las personas que me caen mal. Es así de simple. Y quiero verla feliz.
—Pero es que soy feliz —dijo Isabella, más por reflejo que por otra cosa.
Lady Danbury arqueó una arrogante ceja, gesto que hacía a la perfección.
—¿De veras? —preguntó.
¿Era feliz?, pensó Isabella. ¿Qué significaba que tuviera que pararse a pensar la respuesta? No era infeliz, de eso sí estaba segura. Tenía amigas maravillosas, una verdadera confidente en su hermana menor Renesmee, y su madre y sus hermanas mayores no eran mujeres a las que habría elegido por amigas, bueno, las quería de todos modos. Y sabía que ellas la querían.
La suya no era tan mala suerte. A su vida le faltaba drama y emoción, pero estaba contenta.
Pero contento no es lo mismo que felicidad, y sintió una fuerte punzada en el pecho al caer en la cuenta de que no podía contestar afirmativamente la pregunta de lady Danbury.
—He criado a mi familia —dijo lady Danbury—. Cuatro hijos, y todos se casaron bien. Incluso le encontré esposa a mi sobrino, el cual, la verdad sea dicha —se acercó a susurrarle el final en el oído, como si se tratara de un secreto de Estado—, me gusta más que mis hijos.
Isabella no pudo evitar sonreír. Lady Danbury se veía tan furtiva, tan pícara. Muy cuca, en realidad.
—Puede que la sorprenda —continuó la condesa—, pero por naturaleza soy algo entrometida.
Isabella mantuvo la expresión escrupulosamente seria.
—Me encuentro sin nada que hacer —continuó lady Danbury, levantando las manos como en señal de derrota—. Quiero ver felizmente establecida a una última persona antes de marcharme.
—No hable así, lady Danbury —le dijo Isabella, cogiéndole impulsivamente una mano, y apretándosela un poquito—. Nos sobrevivirá a todos, no me cabe duda.
—Pffs, no sea tonta —dijo la anciana en tono de no tomárselo en serio, pero no hizo ademán de retirar la mano de la de Isabella —. No soy una persona depresiva —añadió—, simplemente soy realista. Ya he pasado de los setenta, y no voy a decir cuántos años hace de eso. No me queda mucho tiempo en este mundo y eso no me importa ni un ápice.
Isabella deseó ser capaz de enfrentar su mortalidad con la misma ecuanimidad.
—Pero usted me gusta, señorita Swan. Me recuerda a mí misma.
No tiene miedo de hablar claro.
Isabella sólo pudo mirarla pasmada. En los diez últimos años de su vida no había logrado jamás decir lo que deseaba decir. Con las personas a las que conocía bien era sincera y locuaz, a veces incluso divertida, pero entre desconocidos su lengua simplemente se negaba a moverse.
Recordó un baile de máscaras al que asistió una vez. En realidad había asistido a muchos bailes de máscaras, pero ése fue único porque encontró un disfraz, nada especial, simplemente un vestido a la moda del siglo XVII, que le dio la impresión de que de verdad escondía totalmente su identidad. O tal vez fue el antifaz; le quedaba un poco grande y le cubría casi toda la cara.
Se sintió transformada. Repentinamente libre de la carga de ser Isabella Swan, sintió aflorar una nueva personalidad. No fue como darse aires de que era diferente, sino que lo sintió como si fuera más ella misma, la persona que no sabía mostrarse ante nadie que no conociera bien, y por fin se soltó.
Se rió, gastó bromas, e incluso coqueteó.
Y se juró que la noche siguiente, cuando se quitara el disfraz, nuevamente vestida con su mejor vestido de noche, se acordaría de ser ella misma.
Pero eso no ocurrió. Cuando llegó al baile, saludó y sonrió educada y amable como siempre, y nuevamente se encontró de pie en el perímetro del salón, siendo la fea del baile, confundida con las flores del papel de la pared.
Por lo visto, ser Isabella Swan significaba algo; su suerte había sido echada años atrás, durante esa horrible primera temporada, cuando su madre insistió en presentarla en sociedad cuando ella aun le rogó y le rogó que todavía no. La niña regordeta. La niña torpe. La que siempre vestía de colores que no le sentaban bien. No significó nada que hubiera tirado todos sus vestidos amarillos, que hubiera adelgazado y aprendido a moverse con elegancia. Para ese mundo, el mundo de la sociedad londinense y la aristocracia, ella siempre sería la misma antigua Isabella Swan.
Era tanto culpa de ella como de cualquier otra persona. Un círculo vicioso, en realidad. Cada vez que entraba en un salón de baile y veía a toda esa gente que la conocía desde hacía tanto tiempo, se sentía replegándose, cerrándose en su interior, convirtiéndose en la niña tímida y torpe que fuera años atrás, en lugar de ser la mujer segura de sí misma en que le gustaba pensar que se había transformado, al menos en su corazón.
—¿Señorita Swan? —le llegó la voz dulce, sorprendentemente dulce, de lady Danbury—. ¿Le pasa algo?
Comprendió que tardaba más tiempo del debido en contestar, pero le hicieron falta unos segundos para encontrar la voz.
—No creo que sepa hablar claro —dijo al fin, y se volvió a mirar a la anciana antes de añadir—: Nunca sé qué decirle a la gente.
—Sabe qué decirme a mí.
—Usted es diferente.
Lady Danbury echó atrás la cabeza y se rió.
—Si alguna vez ha existido un eufemismo… Vamos, Isabella, espero que no te moleste que te tutee, si eres capaz de hablarme claro a mí, eres capaz de hacerlo con cualquiera. La mitad de los hombres adultos presentes en este salón corren acobardados a esconderse en un rincón tan pronto como me ven acercarme.
—Simplemente no la conocen —dijo Isabella, dándole unas palmaditas en la mano.
—A ti tampoco te conocen —repuso lady Danbury, muy intencionadamente.
—No —dijo Isabella, con un leve dejo de resignación.
—Yo diría que ellos se lo pierden, pero eso sería bastante arrogante por mi parte, no hacia ellos sino hacia ti, porque aun cuando muchas veces los llamo tontos, y esto lo hago con bastante frecuencia, como sin duda sabes, en
realidad algunos son personas bastante decentes, y es un crimen que no hayan llegado a conocerte. Mmm… me gustaría saber qué ocurre.
Isabella se sorprendió sentada inexplicablemente más erguida.
—¿Qué quiere decir? —preguntó, aun cuando era evidente que ocurría algo.
Se veía a la gente susurrando y haciendo gestos hacia el pequeño estrado donde estaban sentados los músicos.
—¡Usted! —exclamó lady Danbury, enterrándole el bastón en la cadera a un caballero que estaba cerca—. ¿Qué pasa?
—Cressida Twombley desea hacer una especie de anuncio —contestó él y se apresuró a alejarse, tal vez para evitar seguir hablando con lady Danbury, o tal vez para evitar su bastón.
—Detesto a Cressida Twombley —susurró Isabella.
Lady Danbury casi se atragantó de risa.
—Y dices que no sabes hablar claro. No me tengas en suspenso. ¿Por qué la detestas?
Isabella se encogió de hombros.
—Siempre se ha portado muy mal conmigo.
Lady Danbury asintió como buena conocedora.
—Todos los matones tienen una víctima favorita.
—Ahora no es tan terrible —dijo Isabella —, pero en aquella época cuando las dos estábamos recién presentadas en sociedad, cuando ella todavía era Cressida Cowper, siempre aprovechaba cualquier oportunidad para atormentarme. Y la gente… bueno… —Movió la cabeza—. No tiene importancia.
—No, por favor. Continúa.
—En realidad no tiene importancia —suspiró Isabella —. Sólo que he observado que las personas no suelen acudir en defensa de otras. Cressida era popular, al menos en ciertos grupos, e inspiraba miedo a las otras niñas de nuestra edad. Nadie se atrevía a ir en su contra. Bueno, casi nadie.
Eso captó la atención de lady Danbury, y sonrió.
—¿Quién te defendía, Isabella?
—Defenderme, en realidad. Los Cullen siempre acudían en mi ayuda.
Anthony Cullen una vez le dio el esquinazo y me acompañó al comedor para la cena —elevó la voz al emocionarse, recordando—, y no debería haberlo hecho. Era una cena formal y debería haber dado el brazo a una marquesa, creo. —Suspiró, evocadora—. Fue fantástico.
—Es un buen hombre ese Anthony Cullen.
Isabella asintió.
—Su esposa me dijo que ése fue el día en que se enamoró de él. Cuando lo vio siendo mi defensor.
Lady Danbury sonrió.
—¿Y el Cullen más joven ha corrido en tu ayuda alguna vez?
—¿Edward, quiere decir? —preguntó Isabella, pero añadió sin esperar a que la anciana asintiera—: Sí, por su puesto, aunque nunca con tanto dramatismo. Pero he de decir que por agradable que sea que los Cullen sean tan protectores…
—¿Qué, Isabella?
Isabella volvió a suspirar. Al parecer ésa era una noche para suspiros.
—Bueno, que me gustaría que no tuvieran que defenderme con tanta frecuencia. Me gustaría saber que soy capaz de defenderme sola, o por lo menos que sé portarme de tal manera que no sea necesario defenderme.
Lady Danbury le dio unas palmaditas en la mano.
—Creo que te las arreglas mucho mejor de lo que crees. Y en cuanto a esa Cressida Twombley… —Se le arrugó la cara en una expresión de disgusto—. Bueno, ha recibido su merecido, si me lo preguntas. Aunque — añadió sarcástica—, la gente no me pregunta con la frecuencia que debiera.
Isabella no pudo reprimir una risita.
—Fíjate cómo está ahora. Viuda y sin siquiera una fortuna para demostrar que estuvo casada. Se casó con ese viejo libertino de Horace Twombley, y
resultó que él se las había arreglado para engañar a todo el mundo haciendo creer que tenía dinero. Ahora ella no tiene nada aparte de su belleza marchita.
—Sigue siendo muy atractiva —dijo Isabella, impulsada por la sinceridad.
—Jumjum. Si te gustan las mujeres relumbrones —dijo lady Danbury entrecerrando los ojos—. Hay un algo demasiado ostentoso en esa mujer.
Isabella miró hacia el estrado, donde estaba Cressida de pie, esperando con una sorprendente paciencia que se hiciera el silencio en el salón.
—¿Qué querrá decir? —comentó.
—Nada que pueda interesarme —repuso lady Danbury—. A mí… Oh…
Se quedó callada, con una expresión extrañísima, un pelín ceñuda, un pelín sonriente.
—¿Qué pasa? —preguntó Isabella, alargando el cuello para tener la línea de visión de la anciana, pero un señor bastante gordo le impidió ver.
—Se está acercando tu señor Cullen —le dijo lady Danbury, la sonrisa haciendo a un lado el ceño—. Y se ve muy resuelto.
Isabella giró la cabeza al instante.
—¡Por el amor de Dios, hija, no mires! —exclamó lady Danbury, enterrándole el codo en el brazo—. Va a saber que estás interesada.
—No creo que haya muchas posibilidades de que no lo sepa ya — masculló Isabella.
Y de pronto ahí estaba él, espléndido delante de ella, tan apuesto como un dios que se ha dignado a regalar con su presencia a la Tierra.
—Lady Danbury —saludó, inclinándose en una elegante reverencia—. Señorita Swan.
—Señor Cullen —dijo lady Danbury—. Cuánto me alegra verle.
Edward miró a Isabella.
—Señor Cullen —dijo ella, sin saber qué más decir.
¿Qué le dice una mujer a un hombre al que besó no hace mucho? Ella no tenía la menor experiencia en ese aspecto. Por no añadir la complicación de que él salió hecho una furia de la casa después de que acabó el beso.
—Tenía la esperanza… —dijo Edward, pero se interrumpió y frunció el ceño, mirando hacia el estrado—. ¿Qué mira todo el mundo?
—Cressida Twombley va a hacer una especie de anuncio —contestó lady Danbury.
La expresión de Edward adquirió un leve ceño de molestia.
—No me imagino qué podría tener que decir que yo desee escuchar — masculló.
Isabella no pudo evitar sonreír. A Cressida Twombley se la consideraba líder en la sociedad, o al menos se la consideraba así cuando estaba joven y soltera, pero a los Cullen nunca les había caído bien, y eso siempre le hacía sentirse un poco mejor.
En ese instante sonó una trompeta y todos se quedaron en silencio, volviendo la atención hacia el conde de Macclesfield, que parecía sentirse algo incómodo al ser el foco de toda esa atención..
Isabella sonrió. Le habían contado que el conde fue en otro tiempo un libertino terrible, pero ahora era de tipo más bien estudioso, erudito, consagrado a su familia. Aunque seguía siendo apuesto como para ser un libertino. Casi tan apuesto como Edward.
Pero sólo casi. Isabella sabía que su opinión no era objetiva, pero le costaba imaginarse a un hombre tan magnéticamente hermoso como Edward cuando sonreía.
—Buenas noches —dijo el conde en voz alta.
—¡Buenas noches tengas! —gritó una voz estropajosa desde la parte de atrás del salón.
El conde asintió bonachón, con una tolerante media sonrisa jugueteando en sus labios.
—Mi, eh… estimada invitada —indicó a Cressida— desea hacer un anuncio. Así que si le dais vuestra atención a la dama que está a mi lado, os dejo con lady Twombley.
Una ola de suaves murmullos se extendió por todo el salón mientras Cressida daba un paso adelante y hacía una majestuosa venía a la multitud.
Esperó a que todos se callaran y entonces dijo:
—Señoras y señores, muchas gracias por tomaros un tiempo de la festividad para prestarme su atención.
—¡Date prisa! —gritó una voz, tal vez la misma persona que le gritara las buenas noches al conde.
Cressida no se alteró por la interrupción.
—He llegado a la conclusión de que ya no puedo continuar el engaño que ha regido mi vida estos once últimos años.
El salón pareció estremecerse con el murmullo de susurros. Todos sabían lo que iba a decir, pero nadie se podía creer que fuera cierto.
—Por lo tanto —continuó Cressida, elevando el volumen de su voz—, he decidido revelar mi secreto. Señoras y señores, yo soy lady Whistledown.
