Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.


Capítulo 11

Edward no lograba recordar ni una sola vez que hubiera entrado en un salón de baile con tanta aprensión.

Esos últimos días no se podían contar entre los mejores de su vida. Había estado de mal humor, lo que sólo hizo que empeorara por el hecho de ser famoso por su buen humor, lo que significaba que todos se sentían obligados a comentar su mala disposición.

Nada peor para el mal humor que ser sometido constantemente a la pregunta: «¿Por qué estás tan malhumorado?»

En su familia dejaron de preguntárselo después de que él le gruñó, ¡le gruñó!, a Hyacinth cuando ésta le pidió que la acompañara al teatro un día de la próxima semana.

Hasta ese momento él no tenía ni idea de que sabía gruñir.

Tendría que pedirle disculpas a Hyacinth, lo cual iba a ser una tarea penosa, porque ella jamás aceptaba disculpas con garbo, al menos no las que procedían de sus hermanos o hermanas.

Pero Hyacinth era el menor de sus problemas, pensó, gimiendo. Su hermana no era la única persona que se merecía disculpas.

Y ése era el motivo de que el corazón le latiera con esa extraña rapidez nerviosa, totalmente sin precedentes, cuando entró en el salón de baile de los Macclesfield. Isabella estaría allí. Eso lo sabía porque ella siempre asistía a los bailes más importantes, aun cuando la mayoría de las veces lo hacía para servir de acompañante a su hermana menor.

Había algo un poco humillante en sentirse nervioso por ver a Isabella.

Isabella era… bueno, Isabella. Era casi como si hubiera estado siempre ahí, sonriendo amablemente en el rincón más alejado de un salón de baile. Y él lo daba por descontado, en cierto modo. Algunas cosas no cambian, e Isabella era una de ellas.

Sólo que sí había cambiado.

No sabía en qué momento sucedió, ni si alguien lo había notado aparte de él, pero Isabella Swan no era la misma mujer que había conocido.

O tal vez sí lo era y era él el que había cambiado.

Pensar eso lo hacía sentirse peor aún, porque si era cierto, quería decir que Isabella había sido interesante, hermosa y digna de besar desde hacía años y él no había tenido la madurez para notarlo.

No, mejor pensar que había cambiado ella. Él nunca había sido muy partidario de la autoflagelación.

Fuera como fuera tenía que presentar sus disculpas, y debía hacerlo pronto. Tenía que pedirle disculpas por ese beso, porque ella era una dama y él un caballero (al menos la mayor parte del tiempo). Y tenía que pedirle disculpas por haberse portado como un idiota loco de atar después, simplemente porque eso era lo correcto.

Sólo Dios sabía qué creía Isabella que él pensaba de ella.

Una vez que entró en el salón no le fue difícil encontrarla. Ni se molestó en mirar hacia las parejas que estaban bailando (y eso lo enfureció: ¿por qué los demás no la sacaban a balar?). Centró la atención en las paredes y, cómo no, ahí estaba ella, sentada en un banco al lado de, ay, Dios, lady Danbury.

Bueno, no tenía otra cosa que hacer que ir allí derecho. A juzgar por la forma como Isabella y la vieja entrometida estaban cogidas de la mano, no cabía esperar que ésta se esfumara muy pronto.

Cuando llegó hasta ellas, saludó primero a lady Danbury, inclinándose en una elegante reverencia («Lady Danbury»), y luego volvió su atención a Isabella («Señorita Swan»).

—Señor Cullen —dijo lady Danbury, en un tono sorprendentemente dulce—. Cuánto me alegra verle.

Él asintió y miró a Isabella, tratando de imaginar qué estaría pensando ella, pensando si lograría verlo en sus ojos.

Pero fuera lo que fuera lo que ella estaba pensando, o sintiendo, estaba oculto bajo una gruesa capa de nerviosismo. O tal vez sólo era nerviosismo lo que sentía. No podía dejar de comprenderla. Él había salido a toda prisa de su salón sin darle ninguna explicación; ella tenía que estar confundida. Y según su experiencia, la confusión siempre lleva al nerviosismo.

—Señor Cullen —dijo ella al fin, toda su actitud escrupulosamente amable.

Él se aclaró la garganta. ¿Cómo sacarla de las garras de lady Danbury?

No le hacía la menor gracia la idea de mostrarse humilde delante de la fisgona condesa.

—Tenía la esperanza… —empezó.

Su intención era añadir que deseaba hablar con Isabella en privado.

Lady Danbury se moriría de curiosidad, pero no había ninguna otra manera de actuar, y tal vez le iría bien a la anciana quedarse en la ignorancia por una vez.

Pero justo cuando sus labios estaban formando la petición, notó que ocurría algo raro en el salón. Todos estaban hablando en susurros y apuntando hacia la pequeña orquesta, cuyos componentes acababan de bajar sus instrumentos.

Además, ni Isabella ni lady Danbury le prestaban la más mínima atención.

—¿Qué mira todo el mundo? —preguntó.

—Cressida Twombley va a hacer una especie de anuncio —contestó lady Danbury, sin siquiera molestarse en mirarlo.

Vaya fastidio. Jamás le había caído bien Cressida Twombley. Ya era mezquina, rencorosa y criticona cuando era Cressida Cowper, y como Cressida Twombley lo era aún más. Pero era hermosa y astuta, en cierto modo cruel, y además estaba considerada una líder en ciertos círculos sociales.

—No me imagino qué podría tener que decir que yo desee escuchar — masculló.

Vio que Isabella trataba de reprimir una sonrisa, y lo miró como diciéndole «te pillé», pero al mismo tiempo diciéndole «estoy totalmente de acuerdo contigo».

—Buenas noches —dijo entonces el conde en voz alta.

—¡Buenas noches tengas! —gritó un tonto borracho desde la parte de atrás.

Se giró a mirar pero la gente se había apretujado y no logró ver quién era.

El conde dijo algo más, luego Cressida abrió la boca y él dejó de prestar atención. Lo que fuera que tuviera que decir aquella mujer no le iba a servir para solucionar el problema principal: con qué palabras se iba a disculpar ante Isabella. Había intentado ensayarlas mentalmente pero de ninguna manera le sonaban bien, así que esperaba que su famoso pico de oro lo llevara en la dirección correcta cuando llegara el momento. Seguro que ella comprendería…

—¡… Whistledown!

Sólo captó la última palabra del monólogo de Cressida, pero era absolutamente imposible no captar la exclamación ahogada colectiva que recorrió el salón.

Seguida por el murmullo de susurros apremiantes que sólo se oye cuando se ha sorprendido a alguien en una situación muy vergonzosa, muy comprometedora y muy pública.

—¿Qué? —preguntó, volviéndose hacia Isabella, cuya cara se había puesto blanca como el papel—. ¿Qué ha dicho?

Pero Isabella estaba muda, como aturdida.

Miró a lady Danbury, pero la anciana estaba con una mano sobre la boca y parecía a punto de desmayarse.

Lo cual era bastante alarmante, ya que él estaría dispuesto a apostar una buena suma de dinero a que lady Danbury no se había desmayado jamás en sus setenta y tantos años.

—¿Qué? —volvió a preguntar, con la esperanza de que una de las dos saliera de su estado de estupefacción.

—No puede ser —susurró lady Danbury finalmente, con la mandíbula todavía caída—. No me lo creo.

—¿Qué?

Ella apuntó hacia Cressida, su dedo tembloroso bajo la parpadeante luz de las velas de las lámparas.

—¡Esa dama no es lady Whistledown! —exclamó al fin.

Edward giró bruscamente la cabeza de un lado a otro. Hacia Cressida, hacia lady Danbury, hacia Cressida, hacia Isabella.

—¿«Ella» es lady Whistledown? —preguntó.

—Eso dice ella —repuso lady Danbury, la duda marcada en toda su cara.

Edward estaba totalmente de acuerdo con ella. Cressida Twombley era la última persona a la que habría imaginado como lady Whistledown. Era ladina, sí, eso era innegable. Pero no era inteligente, y tampoco era ingeniosa, a no ser que fuera para reírse de otros. Lady Whistledown tenía un sentido del humor muy mordaz, pero a excepción de sus infames comentarios sobre la moda, jamás se cebaba con las personas menos populares de la sociedad.

Una vez dicho y hecho, tenía que reconocer que lady Whistledown tenía bastante buen gusto con las personas.

—No lo puedo creer —dijo lady Danbury, con un fuerte bufido de disgusto—. Si hubiera soñado que iba a ocurrir esto, jamás habría hecho este maldito desafío.

—Esto es horrible —susurró Isabella.

Le tembló la voz, y eso inquietó a Edward.

—¿Te sientes mal? —le preguntó.

Ella asintió.

—Sí, creo que sí. Me siento enferma, en realidad.

—¿Deseas marcharte?

Ella negó con la cabeza.

—Pero continuaré sentada aquí, si no te importa.

—No, claro —dijo él, mirándola preocupado. Seguía terriblemente pálida.

—Vamos, por el amor de…

Lady Danbury soltó una blasfemia que cogió por sorpresa a Edward, pero luego añadió otras maldiciones, que le hicieron pensar que muy bien podrían haber cambiado la inclinación del eje del planeta.

—¿Lady Danbury? —dijo, boquiabierto.

—Viene hacia aquí —masculló ella, girando la cabeza hacia la derecha—. Tendría que haber supuesto que no podría escapar.

Edward miró a la izquierda. Cressida venía abriéndose paso por entre el gentío, seguro que con la intención de llegar hasta lady Danbury para recoger el premio. Naturalmente a cada paso la abordaban diversos fiesteros. Ella parecía disfrutar con la atención, pero también se veía resuelta a continuar su camino hasta lady Danbury.

—No hay manera de eludirla, me parece —le dijo Edward a lady Danbury.

—Lo sé —gimió ella—. Llevo años intentando evitarla y nunca lo he conseguido. Yo que me creía tan lista. —Lo miró, moviendo la cabeza disgustada—. Pensé que sería muy divertido descubrir la identidad de la identidad de lady Whistledown.

—Eh…, bueno, ha sido divertido —dijo él, aunque no lo decía en serio.

Lady Danbury le golpeó la pierna con el bastón.

—Esto no tiene nada de divertido, niño tonto. Fíjate lo que tengo que hacer ahora. —Agitó el bastón hacia Cressida, que ya estaba bastante cerca—. Jamás soñé que tendría que tratar con una mujer de su calaña.

—Lady Danbury —dijo Cressida, deteniéndose ante ella con un frufrú de faldas—. Cuánto me alegra verla.

Lady Danbury jamás había tenido fama de decir cosas simpáticas, pero en ese momento se superó a sí misma; ni siquiera fingió alguna forma de saludo.

—Supongo que ha venido aquí con el fin de recoger el dinero —ladró.

Cressida ladeó la cabeza de un modo muy mono, muy practicado.

—Usted dijo que le daría mil libras a quienquiera que desenmascarara a lady Whistledown —señaló. Se encogió de hombros, levantó las manos, las giró y unió las palmas en un gesto de falsa humildad—. En ningún momento estipuló que no podía desenmascararme yo misma.

Lady Danbury se levantó y la miró con los ojos entrecerrados.

—No creo que sea usted.

Edward se tenía por bastante cortés e imperturbable, pero incluso él ahogó una exclamación ante eso.

A Cressida le relampaguearon de furia los ojos azules, pero rápidamente dominó sus emociones y dijo:

—Me sorprendería si no se comportara con un cierto grado de escepticismo, lady Danbury. Después de todo no está en su naturaleza ser confiada y afable.

Lady Danbury sonrió. Bueno, tal vez no fue una sonrisa, sino que simplemente se le movió el labio.

—Eso lo tomaré como un cumplido —dijo—, y le permitiré que me diga que ésa era su intención.

Edward estaba observando el duelo en empate con interés y con creciente inquietud, hasta que lady Danbury se volvió repentinamente hacia Isabella, que se había levantado también un segundo después de ella.

—¿Qué le parece, señorita Swan? —le preguntó.

Visiblemente sorprendida, a Isabella se le estremeció ligeramente todo el cuerpo.

—¿Qué…? Perdone, no la he entendido —tartamudeó.

—¿Qué le parece? —insistió lady Danbury—. ¿Lady Twombley es lady Whistledown?

—Ah… esto… no lo sé.

—Ah, vamos, señorita Swan —dijo lady Danbury, plantándose las manos en las caderas y mirándola con una expresión rayana en la exasperación—. Seguro que tiene una opinión sobre este asunto.

Edward se acercó un paso a Isabella. Lady Danbury no tenía ningún derecho a hablarle así. Además, no le gustaba nada la expresión que veía en la cara de ella. Parecía sentirse atrapada, como un zorro en una cacería, mirándolo con un terror que él nunca había visto en sus ojos.

La había visto incómoda, la había visto apenada, pero nunca verdaderamente aterrada. Y entonces se le ocurrió: ella detestaba ser el centro de atención. Podía hacer bromas sobre su posición como la fea del baile y solterona, y tal vez le habría gustado recibir un poco más de atención de la sociedad, pero ese tipo de atención… en que todos la estaban mirando, esperando que saliera una palabra de su boca…

Se sentía desgraciada.

—Señorita Swan —dijo, poniéndose a su lado—, parece que se siente mal. ¿Desea marcharse?

—Sí —dijo ella.

Pero entonces ocurrió algo raro.

Ella cambió; él no habría sabido describirlo de otra manera. Sencillamente cambió. Ahí, en ese instante, en el salón de baile de los Macclesfield, Isabella Swan se transformó en otra persona. Enderezó la espalda, y él habría jurado que le aumentó el calor del cuerpo.

—No, no —dijo—. Tengo algo que decir.

Lady Danbury sonrió.

Isabella miró a los ojos a la anciana condesa y dijo:

—No creo que sea lady Whistledown. Creo que miente.

Instintivamente Edward se acercó más a su lado. Cressida parecía estar a punto de arrojársele al cuello.

—Siempre me ha gustado lady Whistledown —continuó Isabella, alzando el mentón, adoptando un porte casi regio. Miró a Cressida hasta captarle la mirada y añadió—: Y se me rompería el corazón si resultara ser alguien como lady Twombley.

Edward le cogió la mano y se la apretó. No pudo evitarlo.

—Bien dicho, señorita Swan —exclamó lady Danbury batiendo palmas, encantada—. Eso es exactamente lo que estaba pensando yo, pero no lograba encontrar las palabras. —Miró a Edward, sonriendo—. Es muy inteligente, ¿sabe?

—Lo sé —repuso él, sintiéndose inundado de un nuevo orgullo.

—La mayoría de la gente no lo nota —susurró lady Danbury, girándose hacia él para que le llegaran sus palabras, y tal vez para que sólo él la oyera.

—Lo sé, pero yo sí —susurró él.

Tuvo que sonreír ante el comportamiento de lady Danbury, que estaba seguro ella eligió en parte para fastidiar y sacar de quicio a Cressida, a la que no le gustaba nada que no le hicieran caso.

—No permitiré que me insulte esa… esa… «nadie» —exclamó Cressida, furiosa. Miró a Isabella hirviendo de rabia y siseó—: Exijo una disculpa.

Isabella se limitó a asentir lentamente y dijo:

—Ésa es su prerrogativa.

Y no dijo nada más.

Edward casi tuvo que borrarse con la mano la sonrisa de la cara.

Se hizo evidente que Cressida deseaba decir algo más (y tal vez acompañar las palabras con un acto de violencia), pero se contuvo, tal vez porque estaba claro que Isabella se encontraba entre amigos. Pero siempre había sido famosa por su aplomo, así que a Edward no le sorprendió verla volverse muy serena hacia lady Danbury para decirle:

—¿Qué piensa hacer respecto a las mil libras?

Lady Danbury la contempló durante el segundo más largo que a él le había tocado soportar; y después lo miró a él, Dios santo, lo último que deseaba era que lo metieran en ese desastre, y le preguntó:

—¿Y qué piensa usted, señor Cullen? ¿Dice la verdad nuestra lady Twombley?

Edward le dirigió su muy practicada sonrisa.

—Debe usted estar loca si cree que voy a ofrecer una opinión.

—Es usted un hombre sorprendentemente juicioso, señor Cullen — dijo lady Danbury aprobadora.

Él asintió modestamente y luego estropeó el efecto diciendo:

—Me precio de ello.

Pero, demonios, no todos los días lady Danbury llamaba juicioso a un hombre. La mayoría de sus adjetivos eran de la variedad decididamente negativa.

Cressida ni siquiera se molestó en agitar las pestañas en dirección a él; tal como ya había supuesto, no era estúpida sino simplemente cruel, y después de once años en sociedad tenía que saber que no le caía bien y que él no iba a caer presa de sus encantos. Ella simplemente miró a lady Danbury y le preguntó con la voz muy serena y modulando bien:

—¿Qué haremos, entonces, milady?

Lady Danbury apretó los labios hasta que ya parecía que no tenía boca, y luego dijo:

—Necesito una prueba.

Cressida pestañeó.

—¿Cómo ha…?

—¡Una prueba! —exclamó lady Danbury golpeando el suelo con su bastón, bastante fuerte—. ¿Qué letra de la palabra no ha entendido? No voy a entregar el rescate de un rey sin pruebas.

—Mil libras no es el rescate de un rey —dijo Cressida, su expresión ya bastante malhumorada.

Lady Danbury la miró con los ojos entrecerrados.

—Entonces, ¿por qué las desea tanto?

Cressida guardó silencio un momento, pero había una especie de rigidez en toda ella, su cuerpo, su postura, el contorno de su mandíbula. Todos sabían que su marido la había dejado en graves apuros económicos, pero ésa era la primera vez que alguien se lo insinuaba a la cara.

—Tráigame una prueba y le daré el dinero —dijo lady Danbury.

—¿Quiere decir que no le basta mi palabra? —preguntó Cressida

(Y aún cuando la detestaba, Edward se vio obligado a admirar su capacidad

para mantener la voz serena.)

—Eso es exactamente lo que quiero decir —ladró lady Danbury—. Buen Dios, niña, uno no llega a mi edad sin que se le permita insultar a quien le plazca.

Edward creyó oír atragantarse a Penelope, pero cuando la miró ella seguía a su lado, observando con mucho interés la conversación. Sus ojos castaños se veían grandes y luminosos en su cara, y ya había recuperado el color que le desapareció cuando Cressida hizo su anuncio. De hecho, Isabella parecía estar muy interesada en lo que estaba ocurriendo.

—Muy bien —dijo Cressida en voz baja y letal—. Le presentaré la prueba dentro de dos semanas.

—¿Qué tipo de prueba? —preguntó Edward.

Al instante se dio de patadas mentalmente. Lo último que necesitaba era embrollarse en ese desastre, pero su curiosidad pudo con él.

Cressida se volvió hacia él, su cara notablemente plácida, tomando en cuenta el insulto que acababa de arrojarle lady Danbury ante incontables testigos.

—Lo sabrá cuando la presente —le dijo en tono coqueto.

Acto seguido extendió el brazo, esperando que alguno de sus favoritos se la cogiera y se la llevara.

Y en realidad fue bastante pasmoso, porque al instante se materializó a su lado un joven (un tonto enamorada, por toda su apariencia), como si ella lo hubiera conjurado con el simple movimiento del brazo.

Pasado un momento, ya se habían alejado.

—Bueno —suspiró lady Danbury, cuando ya todos llevaban casi un minuto en silencio, tal vez reflexivo, tal vez pasmado—. Esto ha sido desagradable.

—Nunca me ha caído bien —comentó Edward, a nadie en particular.

Ya se había congregado una pequeña multitud alrededor de ellos, así que sus palabras las oyeron no solamente Isabella y lady Danbury, peor no le importó.

—¡Edward!

Miró hacia el lado y vio a Hyacinth corriendo por en medio del gentío en dirección a ellos, arrastrando a Renesmee Swan.

—¿Qué ha dicho? —preguntó resollante al frenar junto a él con un patinazo—. Tratamos de llegar aquí antes, pero había un tumulto…

—Ha dicho exactamente lo que habrías esperado que dijera —contestó él.

Hyacinth arrugó la nariz.

—Los hombres jamás sois buenos para el cotilleo. Quiero saber las palabras exactas.

—Es muy interesante —dijo Isabella repentinamente.

Algo en el tono reflexivo de su voz exigía atención, y a los pocos segundos todos los que los rodeaban estaban en silencio.

—Habla —le ordenó lady Danbury—. Todos te escuchamos.

Edward supuso que esa orden pondría incómoda a Isabella, pero fuera cual fuese la infusión de confianza que había experimentado unos minutos antes seguía surtiendo efecto, porque ella se irguió orgullosa y dijo:

—¿Con qué fin querría alguien revelarse como lady Whistledown?

—Por el dinero, por supuesto —contestó Hyacinth.

Isabella negó con la cabeza.

—Sí, pero uno supondría que lady Whistledown ya debe de ser bastante rica. Todos hemos pagado por su hoja durante años.

—¡Pardiez, tiene razón! —exclamó lady Danbury.

—Tal vez Cressida sólo deseaba atención —sugirió Edward.

No era una hipótesis tan increíble; Cressida se había pasado la mayor parte de su vida adulta intentando colocarse en el centro de los focos de atención.

—Ya he pensado en eso —coincidió Isabella —, pero ¿de veras desea «este» tipo de atención? Lady Whistledown ha insultado a unas cuantas personas a lo largo de los años.

—A nadie que signifique algo para mí —bromeó Edward. Entonces, cuando se hizo evidente que sus acompañantes necesitaban que se explicara mejor, añadió—: ¿No se han fijado que lady Whistledown sólo insulta a las personas que necesitan insultos?

Isabella se aclaró delicadamente la garganta.

—A mí me llamó cítrico demasiado maduro.

Él hizo un gesto con la mano descartando su preocupación.

—Aparte de sus comentarios sobre la ropa, claro.

Isabella debió decidir no insistir en el tema, porque se limitó a mirarlo largamente, con expresión evaluadora, y luego se volvió hacia lady Danbury, diciendo:

—Lady Whistledown no tiene ningún motivo para revelarse. Es evidente que Cressida sí.

Lady Danbury sonrió de oreja a oreja y luego volvió a arrugar la cara en un ceño:

—Supongo que tendré que darle las dos semanas para que presente su «prueba». Juego limpio y todo eso.

—Yo, por mi parte, estaré muy interesada en ver lo que presenta —terció Hyacinth. Miró a Isabella y añadió—: Oye, eres muy inteligente, ¿lo sabias?

Isabella se ruborizó modestamente y miró a su hermana.

—Tenemos que irnos, Renesmee.

—¿Tan pronto? —exclamó ella.

Horrorizado Edward cayó en la cuenta de que había modulado esas mismas palabras.

—Madre quería que volviéramos temprano —dijo Isabella.

—¿Sí? —preguntó Renesmee, verdaderamente extrañada.

—Sí. Y aparte de eso, no me siento bien.

Renesmee asintió lúgubremente.

—Le diré a un lacayo que haga traer nuestro coche.

—No, tú te quedas —dijo Isabella, colocándole una mano en el brazo—. Yo me encargaré de eso.

—Yo me encargaré de eso —declaró Edward.

La verdad, ¿de qué servía ser un caballero si las damas insistían en hacer las cosas ellas solas?

Y entonces, antes de darse cuenta de lo que hacía, ya había organizado la partida de Isabella, y ella abandonó el escenario sin que él alcanzara a pedirle disculpas.

Y por ese solo motivo debería dar por fracasada esa noche, pero dicha sea la verdad, no lograba decidirse a darla por fracasada.

Al fin y al cabo, había pasado casi cinco minutos con la mano de ella en la de él.


Hasta que por fin Edward se da cuenta de que Isabella vale oro!

Por otro lado, ¿Sera Cressida nuestra querida Lady Whistledown?