Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 12
Sólo fue al despertar a la mañana siguiente cuando Edward cayó en la cuenta de que todavía no le había pedido disculpas a Isabella. Estrictamente hablando, tal vez ya no fuera necesario hacerlo; aun cuando casi no habían hablado esa noche en el baile de los Macclesfield, tenía la impresión de que habían firmado una especie de tregua tácita. De todos modos, sabía que no sentiría cómodo en su piel mientras no hubiera dicho las palabras «Lo siento».
Eso era lo correcto.
Él era un caballero, después de todo.
Además, tenía bastantes ganas de verla esa mañana.
Pasó a desayunar con su familia en la casa Número Cinco. Pero puesto que deseaba volverse directamente a su casa después de ver a Isabella, subió en su coche para hacer el trayecto hasta la casa de Mount Street, aun cuando la distancia era tan corta que hacerlo le hacía sentirse absolutamente perezoso.
Sonriendo satisfecho se instaló cómodamente entre los cojines y se dedicó a contemplar la hermosa escena primaveral que iba pasando por la ventanilla. Era uno de esos días perfectos, en que todo se siente sencillamente correcto. Brillaba el sol, se sentía extraordinariamente energizado, y acababa de tomar un excelente desayuno.
La vida no podía ser mejor.
E iba de camino a ver a Isabella.
Decidió no analizar por qué estaba tan deseoso de verla; eso era el tipo de cosas en que por lo general a un soltero de treinta y tres años no le gusta pensar. Simplemente iba a disfrutar del día, del sol, el aire, incluso de la vista de las tres casas delante de las cuales tenía que pasar antes de ver la puerta de Isabella. No había nada ni remotamente diferente ni original en ninguna de ellas, pero la mañana estaba tan perfecta que se veían extraordinariamente encantadoras así dispuestas una al lado de la otra, altas y delgadas, majestuosas con su piedra gris de Pórtland.
Era un día maravilloso en realidad, cálido y sereno, soleado y tranqui…
Justo en el instante en que empezó a incorporarse le llamó la atención un movimiento al otro lado de la calle.
Isabella.
Estaba en la esquina de Mount con Pender, la más alejada, aquella que no era visible a nadie que mirara por la ventana de la casa Swan. E iba subiendo a un coche de alquiler.
Interesante.
Frunciendo el ceño se dio mentalmente una palmada en la frente. Eso no era interesante; ¿pero qué demonios estaba pensando? No tenía nada de interesante. Podría ser interesante si ella fuera, digamos, un hombre; o si el vehículo en el que acababa de subir fuera uno de la cochera Swan y no un destartalado coche de alquiler.
Pero no, esa era Isabella, la que sin lugar a dudas no era un hombre, y además, subió al coche sola, presumiblemente para dirigirse algún lugar nada conveniente, porque si quisiera hacer algo normal y decente iría en un vehículo de la familia. O, mejor aún, iría acompañada por una hermana, una doncella o cualquier otra persona, no sola, maldita sea.
Eso no era interesante, era una idiotez.
—Será tonta —masculló.
Sin perder un instante, abrió la puerta para bajar y correr a sacarla de un tiró de ese coche. Pero justo cuando había sacado el pie derecho, lo golpeó la misma locura que lo llevaba a correr mundo.
La curiosidad.
Soltó varias palabrotas selectas en voz baja, todas dirigidas a él. No podría evitarlo. Era algo tan impropio de Isabella salir sola en un coche de alquiler que tenía que saber adónde iba. Así pues, en lugar de ir a sacudirla para meterle por la fuerza un poco de sensatez, le ordenó a su cochero que siguiera al coche de alquiler y a los pocos segundos iban traqueteando en dirección norte, hacia Oxford Street, de, con toda seguridad, Isabella desearía hacer algunas compras. Podía haber un sinfín de motivos para que no fuera en el coche Swan, reflexionó.
Tal vez estaba averiado, tal vez uno de los caballos estaba enfermo, o tal vez Isabella iba a comprar un regalo y deseaba guardarlo en secreto.
No, eso no podía ser. Isabella no se embarcaría nunca en una expedición de compras ella sola. Iría acompañada por una criada, por una hermana, o incluso por una hermana de él. Caminando sola por Oxford Street sólo daría pie a habladurías. Una mujer sola era prácticamente un anuncio para la próxima hoja Whistledown.
O lo habría sido, enmendó. Sería difícil acostumbrarse a una vida sin Whistledown. No se había dado cuenta de lo acostumbrado que estaba a ver la hoja de cotilleos en la mesa del desayuno cuando estaba en la ciudad.
Y hablando de lady Whistledown, estaba más seguro que nunca que no era otra que su hermana Alice. Esa mañana había ido a desayunar a la Número Cinco con la expresa intención de interrogarla, y resultó que todavía se sentía mal y no bajaría a desayunar con la familia.
No escapó a su observación, eso sí, que le subieron una bandeja bastante llena a la habitación. Lo que fuera que aquejaba a Alice, no afectaba a su apetito.
Lógicamente él no hizo ninguna alusión a sus sospechas durante el desayuno; no veía ningún motivo para inquietar a su madre, a la que sin duda horrorizaría la idea. Era difícil, sin embargo, creer que Alice, a cuyo gusto por hablar de un escándalo sólo lo eclipsaba la emoción de descubrirlo, se fuera a perder la oportunidad de comentar la revelación de Cressida Twombley la noche pasada.
A no ser que fuera realmente lady Whistledown, en cuyo caso estaría encerrada en su habitación planeando su próximo paso.
Todas las piezas encajaban. Le resultaría deprimente si no se sintiera tan curiosamente entusiasmado por haberla descubierto.
Cuando ya llevaban varios minutos de trayecto, asomó la cabeza por la ventanilla para asegurarse de que el cochero no había perdido de vista el coche en que iba Isabella. Ahí iba, justo delante del de él. O al menos le pareció que era; la mayoría de los coches de alquiler eran más o menos iguales. Tendría pues que fiarse de su cochero y esperar que fuera siguiendo al correcto. Pero al mirar vio también que iban mucho más al este de lo que había esperado. En ese momento iban pasando por Soho Street, lo cual significaba que estaban muy cerca de Tottenham Court Road, lo cual significaba…
Santo cielo, ¿es que Isabella iba en dirección a su casa? Bedford Square estaba prácticamente a la vuelta de la esquina.
Sintió subir una deliciosa sensación por el espinazo, porque no lograba imaginarse qué iba a hacer ella en esa parte de la ciudad si no era ir a verlo a él; ¿a qué otra persona podía conocer en Bloomsbury una mujer como Isabella? No podía imaginarse que su madre le permitiera relacionarse con personas que trabajaban para ganarse la vida, y los vecinos de Bedford Square, si bien eran personas bien nacidas, no pertenecían a la aristocracia, e incluso rara vez provenían de familias bien. Y todos salían a sus trabajo cada mañana, a sus oficios de médico, abogado, o…
Frunció el ceño bien fruncido. Acababan de cruzar Tottenham Court Road. ¿Qué demonios iba a hacer tan al este? Le pasó la idea por la cabeza de que tal vez el cochero no conocía muy bien el tráfico de la ciudad y pensó tomar por Bloomsbury Street para subir a Bedford Square, aun cuando eso era hacer un largo rodeo, pero…
Oyó un sonido muy raro y cayó en la cuenta de que era el rechinar de sus dientes. Acababan de dejar atrás Bloomsbury Street e iban entrando en High
Holborn.
Condenación, pero si ya estaban cerca de la City. ¿Qué pensaba hacer Isabella en la City? Ese no era lugar para una mujer. Demonios, si ni siquiera él iba allí nunca. El mundo de la alta sociedad estaba mucho más al oeste, en los sagrados barrios de St. Jame's y Mayfair. No en la City, con sus calles medievales estrechas y serpenteantes y la peligrosa proximidad de las barriadas pobres del East End.
La mandíbula le fue bajando y bajando a medida que continuaban y continuaban hacia el este, hasta que vio que viraban a la derecha y entraban en Shoe Lane. Sacó la cabeza por la ventanilla. Sólo había estado una vez allí, a los nueve años, cuando su preceptor los llevó a rastras a él y a Benedict para enseñarles el lugar donde comenzó el gran incendio de Londres de 1666.
Recordaba su sentimiento de desencanto cuando se enteró de que el culpable fue un simple panadero que no apagó bien las brasas de su horno. Un incendio de esa magnitud no era nada comparado con los sentimientos que sentía hervir en su pecho. A Isabella le valía más tener un motivo condenadamente bueno para explicar su presencia allí. No debería ir a ninguna parte sin compañía, y mucho menos a la City.
Entonces, justo cuando ya estaba convencido de que Isabella iba a hacer todo el viaje hasta Dover, los coches cruzaron Fleet Street y se detuvieron. Se quedó quieto, esperando para ver qué iba a hacer Isabella, aun cuando todas las fibras de su ser le gritaban que bajara de un salto y la enfrentara ahí mismo en la acera.
Llámese intuición, llámese locura, algo le dijo que si la abordaba inmediatamente, nunca se enteraría de la verdadera finalidad que la llevaba allí, cerca de Fleet Street.
Cuando ella ya iba lo bastante lejos para poder bajar él sin que lo viera, saltó del coche y la siguió en dirección sur, hacia una iglesia que tenía decididamente el aspecto de una tarta de bodas.
—Por el amor de Dios, Isabella, éste no es el momento de buscar la religión —masculló, totalmente inconsciente de la blasfemia y del juego de palabras.
Ella se perdió de vista al entrar en la iglesia. Las piernas de él devoraron acera hasta llegar a la puerta, donde aminoró el paso. No quería sorprenderla demasiado pronto. Primero debía descubrir exactamente qué iba a hacer ahí. A pesar de las palabras masculladas antes, ni por un momento había creído que ella hubiera adquirido repentinamente el deseo de extender su asistencia a la iglesia a los días de semana.
Entró sigilosamente en el templo, pisando con sumo cuidado para no hacer el menor ruido. Isabella iba caminando por el pasillo central, colocando la mano izquierda en cada banco, casi como si estuviera…
¿Contándolos?
Con el ceño fruncido la vio detenerse ante un banco y luego entrar y avanzar por el largo reclinatorio hasta sentarse justo en el medio. Pasado un momento de inmovilidad absoluta, ella abrió su ridículo y sacó un sobre. Movió casi imperceptiblemente la cabeza a la izquierda y luego a la derecha. Edward pudo imaginarse su cara, sus ojos oscuros mirando en cada dirección comprobando si había otras personas en la nave. A él no lo podía ver pues estaba justo en línea recta detrás de ella, oculto por la oscuridad, prácticamente apoyado en la pared de atrás. Además, ella parecía muy decidida a mantenerse muy quieta y disimular al máximo el movimiento de la cabeza; no la movió para mirar hacia atrás.
En el respaldo de los reclinatorios había biblias y libros de oraciones metidos en estrechos receptáculos. De pronto ella colocó subrepticiamente el sobre detrás de un libro. Después se levantó y comenzó a caminar hacia el pasillo central.
Ese fue el momento elegido por Edward para intervenir.
Saliendo de la oscuridad, avanzó con paso enérgico hacia ella, y observó con implacable satisfacción su cara horrorizada cuando lo vio.
—Ed… Edw… —balbuceó.
—Edward, supongo —dijo él con voz arrastrada, cogiéndole el brazo por encima del codo.
No se lo apretó, pero lo tenía cogido con firmeza, por lo que no cabía la posibilidad de que ella pudiera pensar siquiera que podría escapar.
Como era inteligente, ni siquiera lo intentó.
Pero lo que sí intentó fue hacerse la inocente.
—¡Edward! —logró exclamar al fin—. ¡Qué… qué…!
—¿Sorpresa?
Ella tragó saliva.
—Sí.
—No me cabe duda.
Ella miró hacia la puerta, paseó los ojos por la nave, por todas partes, pero no miró hacia la parte del banco donde había escondido su sobre.
—No… nunca te había visto aquí.
—Nunca había estado.
Isabella movió varias veces la boca hasta que al fin le salieron las palabras:
—Es muy apropiado, en realidad, que te encuentres aquí, porque… en realidad… eh… ¿conoces la historia de la iglesia de Saint Bride?
Él arqueó una ceja.
—¿Así se llama esta iglesia?
Vio claramente que ella trataba de sonreír, pero lo que le salió fue más o menos una boca abierta de idiota. Normalmente eso le habría divertido, pero seguía enfadado con ella por haber salido sola, sin preocuparse de su seguridad.
Pero más que ninguna otra cosa, le enfurecía que ella tuviera un secreto.
No tanto que hubiera guardado un secreto; los secretos son para guardarlos, y eso podía comprenderlo. Pero, por irracional que fuera, no podía tolerar de ninguna manera que «ella» tuviera un secreto. Era Isabella: tenía que ser un libro abierto. Él la conocía; siempre la había conocido.
Y ahora era como si no la hubiera conocido nunca.
—Sí —contestó ella al fin, con la voz temblorosa—. Esta es una de las iglesias de Wren, ¿sabes?, de las que construyó después del gran incendio, que están repartidas por toda la City, y es mi favorita. Me encanta la torre con la aguja. ¿No encuentras que parece una tarta de bodas?
Estaba parloteando, comprendió él. Nunca es buena señal cuando alguien parlotea; por lo general significa que oculta algo. Ya era evidente que Isabella se esforzaba por ocultar algo, pero la nada característica rapidez con que hablaba le dijo que su secreto era extraordinariamente grande.
La miró fijamente un largo rato, alargándolo con el único fin de torturarla.
—¿Por eso piensas que es apropiado que yo esté aquí? —preguntó finalmente.
Ella lo miró sin comprender.
—La tarta de bodas…
—¡Ah! —exclamó ella, ruborizándose intensamente, sus mejillas de color rojo intenso—. ¡No! ¡No! Es sólo que… lo que quería decir es que es la iglesia de los escritores. Y de los editores. Creo. Es decir, lo de los editores.
Se le estaba acabando la locuacidad, y ella lo sabía. Él lo veía en sus ojos, en su cara, en su forma de retorcerse las manos mientras hablaba. Pero seguía intentándolo, tratando de mantener la simulación, así que él se limitó a mirarla con expresión sardónica cuando continuó:
—Pero que es de los escritores estoy segura. —Y entonces, con un movimiento de la mano que podría haber sido triunfal si no lo hubiera estropeado tragando saliva por los nervios, añadió—: ¡Y tú eres escritor!
—O sea que ¿quieres decir que esta es mi iglesia?
—Eh… —miró hacia la izquierda—. Sí.
—Excelente.
Ella volvió a tragar saliva.
—¿Sí?
—Oh, sí —dijo él, en tono de dulce despreocupación, con la intención de aterrarla.
Ella volvió a mover los ojos hacia la izquierda, hacia el lugar del banco donde había escondido su carta. Hasta el momento lo había hecho tan bien manteniendo la atención alejada de la prueba incriminatoria que él casi se había sentido orgulloso de ella.
—Mi iglesia —mi iglesia—. Qué idea más bonita.
Ella agrandó los ojos, asustada.
—Creo que no entiendo lo que quieres decir.
Él se dio unos golpecitos en la mandíbula con el índice y luego extendió la mano en gesto pensativo.
—Creo que me ha entrado un gusto por la oración.
—¿Oración? —repitió ella con una vocecita débil—. ¿Tú?
—Pues sí.
—Ah, bueno… yo.. eh…
—¿Sí? —preguntó él.
Ya empezaba a disfrutar del asunto de una manera asquerosa. Nunca había sido un tipo colérico ni siniestro; no sabía lo que se había perdido; encontraba algo bastante agradable en hacerla sufrir.
—¿ Isabella? —continuó—. ¿Ibas a decirme algo?
Ella tragó saliva.
—No.
—Estupendo —dijo él sonriéndole—. Entonces creo que necesito unos minutos solo.
—Perdona, no te entendí.
Él dio un paso a la derecha.
—Estoy en una iglesia. Creo que deseo rezar.
Ella dio un paso a la izquierda.
—¿Perdón?
Él ladeó ligeramente la cabeza, interrogante.
—Dije que deseo rezar. Me parece que no es un deseo muy difícil de entender.
Vio que ella se estaba esforzando en no picar el anzuelo. Quería sonreír, pero tenía la mandíbula rígida, y él habría apostado a que se iba a moler los dientes de tanto apretarlos.
—No sabía que fueras una persona particularmente religiosa.
—No lo soy —repuso él. Esperó a ver su reacción y añadió—: Quiero rezar por ti.
Ella tragó saliva otra vez.
—¿Por mí? —casi chilló.
—Porque, cuando haya terminado —continuó él, sin poder evitar elevar la voz—, ¡la oración es lo único que te va a salvar!
Dicho eso, la apartó hacia un lado y avanzó por en medio del reclinatorio hasta donde estaba escondido el sobre.
—¡Edward! —gritó ella, angustiada, corriendo tras él.
Él sacó el sobre de detrás del libro de oraciones, pero no lo miró.
—¿Deseas decirme qué es esto? Antes que lo mire yo, ¿quieres decirme qué es?
—No —contestó ella, con la voz rota.
A él se le rompió el corazón al ver la expresión de sus ojos.
—Por favor. Dámelo, por favor —suplicó ella. Entonces, al ver que él no se lo entregaba sino que la miraba con ojos duros enfadados, susurró—: Es mío. Es un secreto.
—¿Un secreto que vale tu bienestar? —casi rugió él—. ¿Qué vale tu vida?
—¿De qué hablas?
—¿Tienes una idea de lo peligroso que es para una mujer andar sola por la City? ¿Ir sola a cualquier parte?
—Edward, por favor —dijo ella, alargando la mano para coger el sobre, que él sostenía fuera de su alcance.
Y de repente, él ya no sabía lo que hacía. Ése no era él. Esa furia, esa rabia demencial… no podía ser de él.
Pero lo era.
Pero la parte problemática era… que Isabella lo había puesto así. ¿Y qué había hecho? ¿Viajar sola por Londres? Sí, le irritaba que no le preocupara su seguridad, pero eso se quedaba corto ante la furia que sentía porque ella le ocultaba secretos.
Su furia era totalmente injustificada. Él no tenía ningún derecho a esperar que ella le contara sus secretos. No había ningún compromiso entre ellos, nada parte de una agradable amistad y un solo beso, por perturbadoramente conmovedor que hubiera sido. Él no le habría enseñado sus diarios si ella no hubiera encontrado uno abierto.
—Edward —musitó ella—. Por favor, no.
Ella había visto sus escritos secretos. ¿Por qué no podía ver él los de ella? ¿Tendría un amante? Toda esa tontería de que no la habían besado nunca, ¿sería exactamente eso, una tontería?
Santo cielo, ese fuego que le quemaba las entrañas, ¿era de celos?
—Edward —repitió ella, con la voz ahogada.
Puso la mano sobre la de él, tratando de impedirle que abriera el sobre; no con fuerza, porque jamás podría igualarlo en eso, sino sólo con su presencia.
Pero no había manera… nada podría detenerlo en ese momento. Moriría antes que entregarle ese sobre sin abrir.
Lo abrió.
Isabella emitió un grito ahogado y salió corriendo de la iglesia.
Edward leyó el papel.
Y entonces se dejó caer en el banco, aniquilado, sin aliento.
—Ay, Dios —musitó—. Ay, Dios mío.
Cuando Isabella llegó a la escalinata de la iglesia de St. Bride ya iba histérica. O al menos tan histérica como podía estar alguna vez en su vida. La respiración le salía entrecortada, las lágrimas le escocían los ojos y sentía el corazón…
Bueno, sentía el corazón como si quisiera vomitar, si eso fuera posible.
¿Cómo pudo hacer eso Edward? La había seguido, ¡seguido! Pero ¿por qué? ¿Qué pensaba sacar con eso? ¿Por qué iba a querer…?
De pronto miró alrededor.
—¡Vamos, maldita sea! —exclamó, sin importarle si alguien la oía.
El coche de alquiler se había marchado. Ella le dio la orden concreta al cochero de que la esperara, que sólo tardaría un minuto, pero el coche no estaba por ninguna parte.
Otra transgresión de la que podía acusar a Edward. Él la retrasó dentro de la iglesia, ahora el coche se había marchado y estaba clavada en la escalinata de St. Bride, en medio de la City, tan lejos de su casa en Mayfair que igual podría estar en Francia. La gente ya empezaba a mirarla y en cualquier momento alguien la abordaría, porque ¿quién había visto jamás a una dama de alcurnia sola en la City, sobre todo a una que estaba evidentemente al borde de un ataque de nervios?
¿Por qué, por qué, había sido tan tonta para pensar que él era el hombre perfecto? Se había pasado la mitad de su vida adorando a un hombre que ni siquiera era real; porque estaba claro que el Edward que conocía, no, el Edward que creía conocer, no existía en la realidad. Y fuera quien fuera ese hombre, no sabía si le caía bien. El hombre al que amara tan fielmente a lo largo de los años jamás se habría portado así. Para empezar, no la habría seguido… ah, bueno, igual sí la habría seguido, pero sólo para asegurarse de que no le ocurriera nada. Pero no habría sido tan cruel, y seguro que no le habría abierto una carta personal.
Ella leyó dos páginas de su diario, cierto, ¡pero no estaban en un sobre sellado!
Se sentó en uno de los peldaños, y sintió pasar el frío de la piedra por la tela del vestido. No era mucho lo que podía hacer, aparte de quedarse sentada ahí esperando a Edward. Sólo una tonta echaría a andar a pie estando tan lejos de casa. Sí, podría ir a Fleet Street a ver si pasaba un coche del alquiler, pero ¿y si iban todos ocupados? Además, ¿tenía algún sentido huir de Edward? El sabía dónde vivía y, a menos que huyera a las islas Orcadas, no lograría escapar de un enfrentamiento con él.
Exhaló un suspiro. Probablemente Edward la encontraría en las Orcadas, con lo experimentado que era como viajero. Y ni siquiera le apetecía ir a las
Orcadas.
Ahogó un sollozo. Y ahora se había vuelto idiota. ¿De dónde le vino esa fijación con las Orcadas?
Y entonces oyó la voz de Edward detrás de ella, muy seca y muy fría:
—Levántate.
Se levantó, no porque él se lo ordenara (o al menos eso se dijo), y no porque le tuviera miedo, sino porque no podía continuar eternamente sentada en la escalinata de St. Bride, y aún en el caso de que deseara ocultarse de él los seis meses siguientes, en ese momento él era su único medio seguro de volver a casa.
Él movió bruscamente la cabeza en dirección a la calle.
—Al coche.
Caminó hasta el coche, y mientras subía oyó a Edward dar al cochero la dirección de ella, y añadir: «Toma la ruta larga».
Ay, Dios.
Ya llevaban sus buenos treinta segundos de trayecto cuando él le pasó la hoja que había estado doblada dentro del sobre que dejara en la iglesia.
—Creo que esto es tuyo —dijo.
Ella tragó saliva y miró el papel, aun cuando no tenía ninguna necesidad.
Ya se sabía de memoria todo el texto. Había escrito reescrito tantas veces las palabras la noche pasada que creía que no se le irían jamás de la memoria.
Nada detesto más que a un caballero que encuentre divertido darle a una dama una desdeñosa palmadita en la mano diciendo: «Es la prerrogativa de una mujer cambiar de decisión». Y efectivamente, dado que pienso que uno siempre ha de apoyar sus palabras con sus actos, procuro que mis opiniones y decisiones sean firmes y verídicas.
Por eso, amables lectores, cuando escribí mi hoja del 19 de abril, mi verdadera intención era que fuera la última. Sin embargo, acontecimientos que escapan a mi control (o escapan a mi aprobación, en realidad) me obligan a poner mi pluma sobre el papel una última vez.
Señoras y señores, esta cronista NO ES lady Cressida Twombley.
Esa dama no es otra cosa que una impostora intrigante, y me rompería el corazón ver mis años de arduo trabajo atribuidos a una persona como ella.
ECOS DE SOCIEDAD DE
LADY WHISTLEDOWN
21 de abril de 1824
Isabella dobló el papel con gran precisión, aprovechando ese tiempo para serenarse y decidir qué demonios convenía decir en un momento como ese. Finalmente, trató de ponerse una sonrisa en la cara y, sin mirarlo a los ojos, bromeó:
—¿Lo habías adivinado?
Él no dijo nada, así que se vio obligado a mirarlo. Al instante deseó no haberlo hecho.
Edward parecía ser absolutamente otra persona. Esa sonrisa llana que siempre jugueteaba en sus labios, ese buen humor que siempre iluminaba sus ojos, habían desaparecido, reemplazados por unos surcos que le daban una expresión dura y fría, hielo puro.
El hombre que conocía, el hombre al que había amado tanto tiempo, ya no sabía quién era.
—Tomaré eso por un no —dijo, con la voz temblorosa.
—¿Sabes qué estoy haciendo en este momento? —preguntó él, su voz sobrecogedora, fuerte, que resonó por encima del clop clop de los cascos de los caballos.
Ella abrió la boca para decir no, pero una sola mirada a su cara le dijo que él no esperaba respuesta, así que volvió a cerrarla.
—Estoy intentando decidir por qué motivo exactamente estoy más enfadado contigo —continuó él—. Porque son tantas las cosas, tantas, tantas, que me está resultando extraordinariamente difícil centrar la atención en una sola.
Isabella tuvo en la punta de la lengua una sugerencia, la de que el mejor tema para comenzar sería el engaño de ella, pero pensándolo bien, le pareció que el momento era excelente para guardar silencio.
—En primer lugar —continuó él, dando la impresión, por su tono tremendamente monótono, que estaba haciendo ímprobos esfuerzos por dominar su genio (lo cual era ya de suyo bastante perturbador, puesto que ella siempre pensó que él no tenía mal genio)—, me cuesta creer que hayas sido tan estúpida para aventurarte en la City sola, y en un coche de alquiler, nada menos.
—No podía salir sola en uno de nuestros coches —saltó ella, justo antes de recordar su decisión de guardar silencio.
Él movió la cabeza uno o dos dedos hacia la izquierda. Ella trató de determinar qué significaría eso, pero no pudo imaginarse nada bueno, puesto que parecía que el cuello se le estiraba como si lo estuvieran retorciendo.
—¿Qué has dicho? —preguntó él, su voz convertida todavía en esa horrorosa mezcla de seda y acero.
Bueno, ahora sí que tenía que contestar, ¿no?
—Eh, no tiene importancia —dijo, con la esperanza de que esa evasiva redujera su atención al resto de su respuesta—: Sólo que no me permiten salir sola.
—Eso lo sé. Y hay motivos condenadamente buenos para eso.
—Así que si quería salir sola —continuó ella, decidiendo para por alto la segunda parte de la respuesta de él—, no podía usar uno de nuestros coches.
Ninguno de nuestros cocheros habría aceptado traerme aquí.
—Está claro que vuestros cocheros son hombres de sabiduría y sensatez impecables —ladró él.
Isabella no dijo nada.
—¿Tienes una idea de lo que podría haberte ocurrido? —preguntó él, su dura máscara de autodominio algo resquebrajada.
—Eh… muy poco en realidad —dijo, tragando saliva—. He venido aquí antes y…
—¡¿Qué?! —Le cogió el brazo con tanta fuerza que le causó dolor—. ¿Qué acabas de decir?
Repetirlo sería casi peligroso para su salud, pensó Isabella, así que se limitó a mirarlo, con la esperanza de poder abrirse paso a través de la rabia de sus ojos y encontrar al hombre que conocía y amaba tanto.
—Sólo vengo cuando necesito dejar un mensaje urgente para el impresor —explicó—. Le envío un mensaje cifrado, y entonces él sabe que ha de recoger mi nota aquí.
—Y hablando de eso —dijo Edward ásperamente, arrancándole el papel de las manos—, ¿qué demonios es esto?
Isabella lo miró perpleja.
—Yo habría pensado que es evidente. Yo soy…
—Sí, ya, eres lady Whistledown, y me imagino que te habrás reído de mí una semana cuando yo insistí en que era Alice —dijo él, con la cara contraída.
Eso casi le rompió el corazón a ella.
—¡No! No, Edward, nunca. Jamás me reiría de ti.
Pero la cara de él le dijo claramente que no le creía. Vio humillación en esos ojos esmeralda, algo que no había visto nunca antes, algo que jamás se imaginó que vería.
Era un Cullen, un hombre popular, seguro, dueño de sí mismo. Nada podía avergonzarlo; nada podía humillarlo.
A excepción de ella, al parecer.
—No podía decírtelo —susurró, intentando hacer desaparecer esa horrible expresión de sus ojos—. Tú sabes que no podía decírtelo.
Él guardó silencio durante un rato angustiosamente largo, y luego como si ella no hubiera hablado, como si no hubiera intentado explicarse, levantó el papel incriminador y lo agitó, sin hacer el menor caso de la protesta de ella.
—Esto es una estupidez —dijo—. ¿Es que has perdido el juicio?
—No sé qué quieres decir.
—Tenías una escapada perfecta a la espera. Cressida Twombley estaba dispuesta a atribuirse tu culpa.
Y entonces, de repente, la cogió por los hombros y se los apretó con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—¿Por qué no pudiste dejarlo estar, Isabella? —le preguntó.
Su tono era apremiante, desesperado, le relampagueaban los ojos. Era el sentimiento más intenso que ella había visto en él en toda su vida, y le partió el corazón que estuviera dirigido a ella con rabia. Y con vergüenza.
—No podía permitírselo —susurró—. No puedo permitir que se haga pasar por mí.
Aaaa ya se descubrió la identidad de Lady Wistledown! ¿Quien imaginaba que era Isabella? ¡Yo no!
Lemonicullen tenias toda la razón! era Isa.
Ahora si la cosa se va a poner interesante.
