Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 13
—¡¿Por qué demonios no?!
Isabella no pudo hacer otra cosa que mirarlo fijamente unos segundos.
—Porque… porque…
Se le quebró la voz, pensando cuál sería la mejor manera de explicarlo.
Se le estaba rompiendo el corazón, le habían destrozado su más aterrador y estimulante secreto, ¿y él creía que tendría la presencia de ánimo para explicarse?
—Sé que posiblemente es la zorra más maligna…
Isabella ahogó una exclamación.
—… que ha producido Inglaterra, al menos en esta generación, pero por el amor de Dios, Isabella —se pasó una mano por el pelo y clavó en ella una intensa mirada—, se iba a echar encima la culpa…
—El mérito —interrumpió ella, irritada.
—La culpa —continuó él—. ¿Tienes una idea de lo que te ocurrirá si la gente descubre quién eres realmente?
A ella se le tensaron las comisuras de los labios, por impaciencia e irritación ante ese tono de superioridad tan evidente.
—He tenido más de diez años para rumiar esa posibilidad.
—¿Es un sarcasmo eso? —dijo él, entrecerrando los ojos.
—No —ladró ella—. ¿De veras crees que no me he pasado una buena parte de estos diez años de mi vida contemplando qué me ocurriría si me descubrieran? Sería una ciega idiota si no.
Él volvió a cogerla por los hombros, apretándoselos fuertemente, mientras el coche zangoloteaba al pasar por adoquines irregulares.
—Estarás deshonrada, Isabella, ¡deshonrada! ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Si no lo entendía —replicó ella—, te aseguro que ahora lo entiendo, después de tus largas disertaciones sobre el tema cuando acusabas a Alice de ser lady Whistledown.
Él hizo un mal gesto, sin duda molesto porque ella le echara en cara el error.
—La gente dejará de hablarte —continuó—. Te harán el vacío…
—Nunca hablan conmigo —ladró ella—. La mitad del tiempo ni siquiera se enteraban de mi presencia. ¿Cómo crees que he podido mantener tanto tiempo el engaño? Era invisible, Edward. Nadie me veía, nadie hablaba conmigo. Yo estaba simplemente ahí y escuchaba, y nadie se fijaba en mí.
—Eso no es cierto —dijo él, pero desvió la mirada al decirlo.
—Ah, sí que es cierto, y lo sabes. —Lo golpeó en el brazo—. Lo niegas porque te sientes culpable.
—¡No me siento culpable!
—Vamos, por favor —bufó ella—. Todo lo que haces, lo haces por sentimiento de culpa.
—Isab…
—En todo lo que se refiere a mí al menos —enmendó ella. Tenía la respiración agitada, la piel le escocía de calor y, por una vez, sentía arder el alma—. ¿Crees que no sé qué tu familia me tiene lástima? ¿Crees que no me he fijado que siempre que estás tú o tus hermanos en la misma fiesta que yo, me sacáis a bailar?
—Somos amables —dijo él entre dientes—, y nos caes bien.
—Y sientes lástima de mí. Renesmee te cae bien pero no te veo bailar con ella cada vez que se cruzan vuestros caminos.
Repentinamente él la soltó y se cruzó de brazos.
—Bueno, no me cae tan bien como tú.
Ella pestañeó, interrumpido su tranquilo discurso por esa limpia zancadilla. Típico de él hacerle un cumplido en medio de una pelea. Nada podría haberla desarmado más.
—Y no has respondido a mi primer punto —continuó él, alzando el mentón en gesto algo desdeñoso.
—¿El que…?
—Que lady Whistledown te va a deshonrar.
—Por el amor de Dios, hablas como si fuera otra persona.
—Bueno, perdóname si todavía me cuesta conciliar a la mujer que tengo delante con la bruja que escribe la hoja.
—¡Edward!
—¿Insultada? —se mofó él.
—¡Sí! He trabajado muchísimo en esa hoja.
Apretó los puños, estrujando la delgada tela verde menta de su vestido de mañana, sin pensar en las arrugas que estaba dejando. Tenía que hacer algo con las manos porque si no iba a estallar por la energía nerviosa y la rabia que discurría por sus venas. La única otra opción sería cruzarse de brazos, pero de ninguna manera iba a ceder a esa obvia muestra de irritación. Ya él estaba cruzado de brazos y uno de los dos debía actuar como una persona mayor de seis años.
—Ni soñaría con denigrar lo que has hecho —dijo él, con aire de superioridad.
—Claro que lo harías.
—No.
—¿Y qué crees que estás haciendo, entonces?
—¿Ser adulto! —exclamó él, en tono elevado e impaciente—. Uno de los dos tiene que serlo.
—¡No te atrevas a hablarme a mí de comportamiento adulto! —estalló ella—. Tú, que huyes a la menor insinuación de responsabilidad.
—¿Y qué demonios quieres decir con eso?
—Me parece que es bastante evidente.
Él se echó hacia atrás.
—No puede creer que me hables así.
—¿No puedes creer que lo haga o que tenga el valor para hacerlo?
Él se limitó a mirarla, visiblemente sorprendido por la pregunta.
—Soy algo más de lo que crees, Edward —dijo ella, y luego añadió en tono más apacible—: Soy algo más de lo que yo creía.
Él estuvo callado un momento, hasta que de pronto, como si simplemente no pudiera apartarse del tema, le preguntó entre dientes:
—¿Qué has querido decir con eso de que huyo de la responsabilidad?
Ella frunció los labios y luego los relajó, haciendo una respiración larga con la esperanza de que la calmara.
—¿Por qué crees que viajas tanto?
—Porque me gusta —repuso él, entre dientes.
—Y porque te desquicias de aburrimiento aquí en Inglaterra.
—¿Y eso hace de mí un niño? ¿Porque…?
—Porque no estás dispuesto a crecer y hacer algo adulto que te mantenga en un lugar.
—¿Cómo qué?
Ella levantó las manos en un gesto que decía yo diría que es evidente.
—Como casarte.
—¿Es una proposición? —se mofó él, curvando la boca en una sonrisa insolente.
Ella sintió subir el calor y el color a las mejillas, pero se obligó a continuar:
—Sabes que no, y no trates de cambiar de tema siendo intencionadamente cruel. —Esperó a que él dijera algo, tal vez una disculpa; el silencio fue un insulto, así que soltó un bufido y añadió—: Por el amor de Dios, Edward, tienes treinta y tres años.
—Y tú tienes veintiocho —señaló él, y no en tono amable.
Eso a ella le sentó como un puñetazo en el vientre, pero ya estaba demasiado irritada para retirarse dentro de su conocido caparazón.
—A diferencia de ti —dijo con grave precisión—, yo no gozo del lujo de proponerle matrimonio a alguien. Y a diferencia de ti —añadió, con la sola intención de inducirle el sentimiento de culpa de que lo había acusado antes—, no dispongo de una inmensa reserva de posibles pretendientes, así que nunca he podido darme el lujo de decir no.
Él apretó los labios.
—¿Y crees que revelarte como lady Whistledown va a aumentar tu numero de pretendientes?
—¿Pretendes insultarme?
—¡Lo que pretendo es ser realista! Algo que al parecer has perdido totalmente de vista.
—Nunca he dicho que piense revelarme como lady Whistledown.
Él cogió el sobre con la última hoja del asiento.
—Entonces, ¿qué es esto?
Ella lo cogió y sacó el papel.
—Tienes que perdonarme —dijo, cada sílaba cargada de sarcasmo— debo haber pasado por alto la frase en que proclamo mi identidad.
—¿Crees que ese canto del cisne tuyo va a hacer algo para calmar el frenesí de interés en la identidad de lady Whistledown? Vamos, perdona, tal vez debería haber dicho «tu» identidad. Después de todo no quiero negarte el «mérito».
—Bueno, ahora ya eres simplemente desagradable.
Mientras tanto una vocecita en el interior del cerebro le preguntaba por qué no estaba llorando ya. Ese era Edward, al que había amado toda su vida, y actuaba como si la odiara. ¿Había algo en el mundo más digno de lágrimas?
—Quería demostrar una cosa —dijo él, arrebatándole el papel—. Mira esto. Bien podría ser una invitación a investigar más. Te burlas de la sociedad, la desafías a descubrirte.
—¡No es eso lo que hago!
—Puede que no sea esa tu intención, pero sí será el resultado final.
Probablemente él tenía un punto de razón en eso, pero le fastidiaba concedérselo.
—Ese es un riesgo que tendré que correr —contestó, cruzándose de brazos y desviando la mirada—. Llevo once años sin que me detecten. No veo por qué he de preocuparme exageradamente ahora.
Él exhaló el aliento en un corto bufido de exasperación.
—¿No tienes ni idea de lo que es el dinero? ¿Tienes una idea de cuántas personas querrían ganar las mil libras que ofrece lady Danbury?
—Tengo más idea de eso que tú —repuso ella, erizada por el insulto—. Además, la recompensa de lady Danbury no hace más vulnerable mi secreto.
—Los hace a todos más resueltos y eso te hace más vulnerable. Por no decir que —añadió, curvando los labios en una sonrisa irónica—, como señaló mi hermana menor, está la gloria.
—¿Hyacinth?
Él asintió pesaroso, dejando el papel n el asiento, a su lado.
—Y si Hyacinth considera envidiable la gloria de descubrir tu identidad, puedes estar segura de que no es la única. Bien podría ser el motivo de que Cressida haya decidido llevar a cabo su estúpido engaño.
—Cressida lo hace por el dinero —gruñó Isabella —. Estoy segura.
—Muy bien. No importa por qué lo hace. Lo único que importa es que lo hace, y una vez que tú la hayas eliminado con tu idiotez —golpeó el papel con el puño, haciéndola pegar un salto con el fuerte ruido—, otra persona ocupará su lugar.
—Eso no es nada que yo no sepa ya —dijo ella, principalmente porque no soportaba dejarlo con la última palabra.
—Entonces, por el amor de Dios, mujer —explotó él—, deja que Cressida se salga con su plan. Ella es la respuesta a tus oraciones.
Ella levantó la vista bruscamente y lo miró.
—No conoces mis oraciones.
Algo en el tono de su voz golpeó a Edward directamente en el pecho. Ella no había cambiado de opinión, ni en un ápice, y él no lograba encontrar las palabras para llenar el silencio. La miró y después miró por la ventanilla, dejando vagar distraídamente la mente, contemplando la cúpula de la catedral de San Pablo.
—Sí que tomamos la ruta larga a casa —musitó.
Ella no dijo nada, y eso no le extrañó. Había sido un comentario estúpido, simples palabras para llenar el silencio, nada más.
—Si permites que Cressida…
—Basta —le rogó ella—. No digas nada más. No puedo permitírselo.
—¿Has pensado en lo que ganarías?
Ella lo miró fijamente.
—¿Crees que he sido capaz de pensar en otra cosa estos últimos días?
Él probó otra táctica:
—¿Importa verdaderamente que la gente sepa que tú eras lady Whistledown? Tú sabes que has sido lista y nos has engañado a todos. ¿No basta eso?
—¡No me has escuchado! —exclamó ella. Y continuó con la boca abierta en un óvalo de incredulidad, como si no pudiera creer que él no le hubiera entendido—. No necesito que la gente sepa que era yo. Sólo necesito que sepan que no era ella.
—Pero en realidad no te importa que la gente crea que era otra persona —insistió él—. Después de todo, llevas semanas acusando a lady Danbury.
—Tenía que acusar a alguien. Lady Danbury me preguntó a bocajarro quién creía yo que era, y lógicamente no podía decirle que era yo. Además, no sería tan terrible si la gente pensara que era lady Danbury. Por lo menos ella me cae bien.
— Isabella …
—¿Cómo te sentirías si publicaran tus diarios poniendo a Nigel Berbrooke como su autor?
—Nigel Berbrooke escasamente sabe unir dos oraciones —bufó él, despectivo—. Me imagino que nadie creería que pudiera haber escrito mis diarios.
Tardíamente le hizo un leve gesto disculpas, puesto que Berbrooke, después de todo, estaba casado con su hermana.
—Trata de imaginártelo —dijo ella entre dientes—. O reemplázalo por cualquiera que consideres similar a Cressida.
— Isabella —suspiró él—. Yo no soy tú. No puedes compararnos. Además, si yo publicara mis diarios, no me deshonrarían a los ojos de la sociedad.
Ella se hundió en el asiento exhalando un fuerte suspiro, y él comprendió que su argumento había dado en el clavo.
—Muy bien —declaró—, está decidido entonces. Romperemos esto… — alargó la mano para coger el papel.
—¡No! —exclamó ella, casi levantándose de un salto—. ¡No!
—Pero si acabas de decir…
—¡No he dicho nada! Lo único que hice fue suspirar.
—Vamos, Isabella, por el amor de Dios —dijo él, irritado—. Claramente estuviste de acuerdo…
Ella lo miró boquiabierta por esa audacia.
—¿Cuándo te he dado permiso para interpretar mis suspiros?
Él miró el papel incriminador, todavía en sus manos, pensando qué demonios debía hacer con él en ese momento.
—Y en todo caso —continuó ella, sus ojos relampagueantes de furia y fuego, que la hacían casi hermosa—, no creerás que no tengo memorizada hasta la última palabra. Puedes destruir ese papel, pero no puedes destruirme a mí.
—Me gustaría —masculló él.
—¿Qué has dicho?
—A Whistledown —dijo él entre dientes—. Me gustaría destruir a la Whistledown. A ti, me encantará dejarte cómo estás.
—Pero es que yo soy la Whistledown.
—Dios nos asista a todos.
Entonces algo se quebró dentro de ella. Se le soltó toda la rabia, toda la frustración, todos y cada uno de los sentimientos negativos que había tenido reprimidos a lo largo de los años, todo dirigido a Edward, que, de todos los miembros de la alta sociedad, era tal vez el que menos se lo merecía.
—¿Por qué estás tan enfadado conmigo? —explotó—. ¿Qué he hecho que sea tan repugnante? ¿Ser más lista que tú? ¿Guardar un secreto? ¿Echar una buena risa a expensas de la sociedad?
— Isabella, no…
—No —dijo ella enérgicamente—. Tú te callas. Me toca hablar a mí.
A él se le cayó la mandíbula, mirándola con los ojos todo sorpresa e incredulidad.
—Me siento orgullosa de lo que he hecho —logró decir ella, con la voz trémula por la emoción—. No me importa lo que digas. No me importa lo que diga nadie. Nadie puede quitarme eso.
—No preten…
—No necesito que la gente sepa la verdad —se apresuró a continuar ella, ahogando esa inoportuna protesta—. Pero que me cuelguen si permito que Cressida Twombley, justamente la persona que… que…
Se le estremeció todo el cuerpo, al venirle recuerdo tras recuerdo, todos ellos malos.
Cressida, famosa por su elegancia y porte, pisándole y derramándole ponche en el vestido ese primer año, el único no amarillo o naranja que le permitió usar su madre.
Cressida, suplicándoles dulcemente a los jóvenes solteros que la sacaran a bailar a ella, hablando en voz tan elevada y con tanto fervor que ella sólo podía sentirse humillada.
Cressida, comentando ante un grupo de personas cuánto le preocupaba la apariencia de ella: «Sencillamente no es sano pesar más de cinco arrobas y media a nuestra edad».
Ella nunca supo si Cressida logró disimular su sonrisa burlona después de ese dardo, porque salió corriendo del salón, cegada por las lágrimas, sin poder desentenderse del movimiento de sus regordetas caderas mientras corría.
Cressida siempre sabía exactamente dónde clavar su espada, sabía muy bien retorcer su bayoneta. Por mucho que Alice continuara siendo su defensora y lady Cullen siempre tratara de estimularle la seguridad en sí misma, había llorado hasta dormirse más veces de las que lograba recordar, y siempre debido a un muy certero dardo de Cressida Cowper Twombley.
Había dejado que Cressida se saliera con la suya en muchísimas cosas en el pasado, simplemente porque nunca tuvo el valor para defenderse. Pero no podía permitir que se saliera con la suya en «eso»; no podía permitir que se apoderara de su vida secreta, del recoveco de su alma en que era fuerte, orgullosa y absolutamente intrépida.
Podía ser que ella no supiera defenderse, pero por Dios que lady Whistledown sí sabía.
—¿ Isabella? —preguntó Edward, cauteloso.
Ella lo miró sin entender, y le llevó varios segundos recordar que estaban en 1824, no en 1814, y que estaba en un coche con Edward Cullen, no acobardada en un rincón de un salón de baile para escapar de Cressida.
—¿Te sientes mal? —preguntó él.
Ella negó con la cabeza. O al menos lo intentó.
Él abrió la boca para decir algo, pero no lo dijo, simplemente se quedó unos segundos con los labios entreabiertos. Finalmente le colocó una mano en la suya.
—¿Hablaremos de esto después? —dijo.
Ella asintió, y esta vez le salió el movimiento de la cabeza. Y en realidad, aunque sólo deseaba que acabara del todo esa horrible conversación, había una cosa que no podía dejar pasar.
—Cressida no se deshonró —dijo en voz baja.
Él se volvió a mirarla, con un ligero velo de confusión en los ojos.
—¿Perdón?
—Cressida dijo que era lady Whistledown y eso no la deshonró —dijo ella ligeramente más fuerte.
—Eso porque nadie le creyó —repuso Edward—. Además —añadió, sin pensar—, ella es… diferente.
Isabella se giró lentamente, muy lentamente, a mirarlo, la mirada firme.
—¿Diferente en qué sentido?
Algo parecido al terror comenzó a golpearle en el pecho a Edward. Y mientras le salían las palabras de la boca se dio cuenta de que no eran las correctas. ¿Cómo podía ser una frase tan errónea?
«Ella es diferente.»
Los dos sabían lo que quiso decir. Cressida era popular. Cressida era hermosa, Cressida sabía llevarlo todo con aplomo.
Isabella, en cambio…
Era Isabella. Isabella Swan. Y no tenía la influencia ni las conexiones que la salvaran de la deshonra. Los Cullen podían respaldarla y ofrecerle apoyo, pero ni siquiera ellos podrían impedir su caída. Cualquier otro escándalo sería controlable, pero lady Whistledown había insultado, en uno u otro momento, a casi todas las personas de las Islas Británicas. Una vez que la gente superara la sorpresa, comenzarían los comentarios malignos.
A Isabella no la alabarían por ser inteligente, ingeniosa u osada.
La calificarían de mezquina, rencorosa y envidiosa.
Él conocía bien a la alta sociedad, sabía cómo actuaban sus iguales.
Había aristócratas capaces de grandeza, pero la aristocracia como colectividad tendía a caer muy bajo, hasta el mínimo común denominador.
Lo cual era decir muy, muy bajo.
—Comprendo —dio Isabella en medio del silencio.
—No —se apresuró a decir él—, no lo comprendes. Lo que…
—No, Edward —dijo ella en un tono casi dolorosamente juicioso—. Sí que lo comprendo. Pero supongo que siempre había esperado que «tú» fueras diferente.
Él la miró a los ojos y, casi sin darse cuenta, ya le tenía puestas las manos sobre los hombros, apretándoselos con tal intensidad que ella no podía de ninguna manera desviar la mirada. No dijo nada, dejando que sus ojos hicieran las preguntas.
—Pensaba que tú creías en mí —dijo, entonces—, que veías más allá del patito feo.
Su cara le era tan conocida, pensó él; la había visto miles de veces y sin embargo hasta esas últimas semanas no habría podido decir que la conocía.
¿Habría recordado esa pequeña marca de nacimiento que tenía cerca del lóbulo de la oreja izquierda? ¿Había notado alguna vez el cálido color de su piel? ¿O que sus ojos castaños tenían pintas doradas justo cerca de la pupila?
¿Cómo había bailado con ella tantas veces sin fijarse nunca en que su boca era llena, ancha, hecha para besarla?
Se pasaba la lengua por los labios cuando estaba nerviosa. La había visto hacerlo unos días atrás. Seguro que lo habría hecho más de una vez en los doce años que se conocían, y sin embargo era sólo ahora que el sólo verle la lengua le contraía de deseo el cuerpo.
—No eres fea —le dijo, en voz baja y apremiante.
Ella agrandó los ojos.
—Eres hermosa.
—No —dijo ella, su voz apenas algo más que un murmullo—. No digas cosas que no piensas.
Él le enterró los dedos en los hombros.
—Eres hermosa —repitió—. No sé cómo… no sé cuándo… —le tocó los labios, y sintió su cálido aliento en las yema —. Pero lo eres —susurró.
Se inclinó y la besó, lenta, reverentemente, ya no tan sorprendido de que estuviera ocurriendo, de desearla tanto. La sorpresa o conmoción había desaparecido, reemplazada por una simple y primitiva necesidad de reclamarla, de poseerla, de marcarla como suya.
¿Suya?
Se apartó y la miró otro momento, explorándole la cara.
¿Por qué no?
—¿Qué pasa? —susurró ella.
—Eres hermosa —dijo él, y agitó el cabeza, confundido—. No sé por qué nadie más lo ve.
Una sensación de calor y agrado comenzó a extenderse por el pecho de Isabella. No sabía explicarlo, era algo así como si alguien le hubiera calentado la sangre. Le comenzó en el corazón y se le fue extendiendo por los brazos, por el abdomen, hasta los dedos de los pies.
El calorcillo la hizo sentirse mareada, la hizo sentirse contenta.
La hizo sentirse completa.
No era hermosa. Sabía que no era hermosa; sabía que nunca sería algo más que pasablemente atractiva, y eso sólo en sus días buenos. Pero él la encontraba hermosa, y cuando la miraba…
Se sentía hermosa. Y jamás antes se había sentido así.
Él volvió a besarla, sus labios más ávidos esta vez, mordisqueando, acariciando, despertándole el cuerpo, despertándole el alma. Empezó a hormiguearle el vientre y sintió la piel caliente y ansiosa donde él la acariciaba por encima de la delgada tela verde del vestido.
Y ni una sola vez se le ocurrió pensar «esto está mal». Ese beso era todo lo que le habían enseñado a temer y evitar, pero sabía, en cuerpo, mente y alma, que nada en su vida había sido tan correcto jamás. Había nacido para ese hombre, y había pasado muchísimos años tratando de aceptar que él había nacido para otra mujer.
Que le demostraran que estaba equivocada era el placer más exquisito imaginable.
Lo deseaba, deseaba eso, deseaba sentir lo que él le hacía sentir.
Deseaba ser hermosa, aunque sólo fuera a los ojos de ese hombre.
Esos eran los únicos ojos que importaban, pensó soñadora mientras él la empujaba hasta dejarla tendida sobre el mullido asiento acolchado del coche, con la cabeza apoyada en un cojín.
Lo amaba. Siempre lo había amado. Lo amaba incluso cuando él estaba tan enfadado con ella que apenas lo reconocía. Incluso cuando estaba tan enfadado que ni siquiera sabía si él le caía bien, lo amaba.
Y deseaba ser de él.
La primera vez que la besó ella lo aceptó con un placer pasivo, pero esta vez estaba resuelta a ser una pareja activa. Aún le costaba creer que estuviera ahí con él, y no estaba dispuesta a permitirse soñar que podría seguir besándola con frecuencia.
Era posible que eso no volviera a ocurrirle nunca. Era posible que nunca más sintiera el exquisito peso de él encima de ella, ni el escandaloso cosquilleo de su lengua sobre la suya.
Tenía esa única oportunidad. Una oportunidad de hacerse un recuerdo que tendría que durarle toda la vida. Una oportunidad para alcanzar la dicha.
El mañana sería horrible, sabiendo que él encontraría a otra mujer con la cual reír, bromear e incluso casarse, pero ese momento…
Ese momento era de ella.
Y por Dios que haría de ese un beso para recordar.
Levantó las manos y le acarició el pelo. Al principio con timidez: el hecho de estar decidida a ser una pareja activa y bien dispuesta no significaba que tuviera una idea de lo que debía hacer. Los labios de él le estaban evaporando toda razón e inteligencia, pero de todas maneras no pudo dejar de notar que la textura de su pelo era igual a la del pelo de Alice, que había cepillado incontables veces en todos esos años de amistad. Y, santo cielo…
Se le escapó una risita.
Eso captó la atención de él, y levantó la cabeza, sus labios curvados en una sonrisa de diversión.
—¿Qué? —le preguntó.
Ella negó con la cabeza, tratando de borrarse la sonrisa de la cara, pero sabiendo que iba a perder la batalla.
Ah, no, tienes que decírmelo —insistió él—. No podría continuar sin saber el motivo de esa risita.
Ella sintió arder las mejillas, y entonces cayó en la cuenta de lo ridículamente retardado que venía eso. Ahí estaba, portándose absolutamente mal dentro de un coche, ¿y sólo en ese momento tenía la decencia de ruborizarse?
—Dímelo —musitó él, mordisqueándole la oreja.
Ella negó con la cabeza.
Él encontró con los labios el punto exacto donde le latía el pulso en la garganta.
—Dímelo.
Lo único que hizo ella, lo único que pudo hacer, fue gemir y arquear el cuello para darle más acceso.
Su vestido, que ni siquiera se había dado cuenta que estaba desabotonado en parte, bajó hasta dejarle al descubierto la clavícula, y observó fascinada que él le seguía el contorno con sus labios y luego bajaba hasta tener toda la cara peligrosamente cerca de sus pechos.
—¿Me lo vas a decir? —susurró él, rozándole la piel con los dientes.
—¿Decirte qué? —logró decir ella.
Los pícaros labios de él continuaron bajando, más y más.
—De qué te reíste.
Durante varios segundos ella no supo de qué le hablaba.
Él ahuecó la mano en un pecho por encima del vestido.
—Te atormentaré hasta que me lo digas —la amenazó.
La respuesta de ella fue arquear la espalda, con lo que su pecho quedó más firme en la mano de él. Le gustaba ese tormento.
—Comprendo —musitó él, bajándole el corpiño y moviendo la palma rozándole el pezón—. Entonces, tal vez —dejó inmóvil la mano y la levantó—, pararé.
—No —gimió ella.
—Entonces dímelo.
Ella se miró el pecho, como hipnotizada al verlo desnudo y descubierto a la mirada de él.
—Dímelo —susurró él, soplando suavemente, rozándoselo con el aliento.
Isabella sintió contraerse algo dentro de ella, abajo, muy al fondo, en esos lugares de los que nunca se habla.
—Edward, por favor —suplicó.
Él sonrió, una sonrisa perezosa, satisfecha aunque todavía algo hambrienta.
—¿Por favor qué?
—Acaríciame.
Él le pasó el dedo índice por el hombro, siguiendo la curva del cuello.
—¿Aquí?
Ella negó enérgicamente con la cabeza.
Él bajó por la curva del cuello.
—¿Me voy acercando?
Ella asintió, sin dejar de mirarse el pecho.
Él volvió a acariciarle el pezón, deslizando los dedos lenta y seductoramente en espirales, por alrededor, por encima, y mientras ella miraba sentía el cuerpo cada vez más tenso.
Lo único que oía era su respiración, agitada, el aire caliente al salir de su boca.
Entonces…
—¡Edward! —se le escapó una exclamación ahogada. Seguro que él no…
Él cerró los labios alrededor de su pecho, y casi antes de sentir más su calor, levantó las caderas, sorprendida por ese movimiento automático, apretándolas desvergonzadamente contra las de él, y luego las hundió en el asiento cuando él se apretó contra ella, manteniéndola inmóvil mientras le daba placer.
—Edward, Edward —resolló, moviendo las manos por su espalda, presionándole desesperadamente los músculos, ansiando tenerlo así abrazado y no soltarlo jamás.
Él se tironeó la camisa y sacó los faldones por la cinturilla de las calzas; entendiendo, ella pasó las manos por debajo y las deslizó por la cálida piel de su espalda. Jamás había acariciado así a un hombre, jamás había tocado a nadie así, a excepción de ella misma, tal vez, y aun así, no le era fácil tocarse la espalda.
Él gimió al sentir su contacto y se tensó al sentir deslizarse sus manos por su piel. A ella le dio un vuelco el corazón. A él le gustaba eso; le gustaba su forma de acariciarlo. No tenía idea de lo que debía hacer, pero le gustó de todos modos.
—Eres perfecta —susurró él, con la boca sobre su piel.
Subió los labios, dejándole una estela de besos, hasta llegar a la curva bajo el mentón. Nuevamente se apoderó de su boca, esta vez con mayor ardor, y deslizó las manos por debajo de ella hasta cogerle las nalgas, apretándoselas, presionándola contra su miembro excitado.
—Dios mío, te deseo —resolló, moviendo y presionando las caderas contra las de ella—. Deseo desnudarte, hundirme en ti y no soltarte jamás.
Isabella gimió de deseo, sin poder creer cuánto placer podía sentir por simples palabras. Él le hacía sentirse escandalosa, traviesa y oooh muy deseable.
— Isabella, oh, Isabella —estaba gimiendo él, sus labios y manos cada vez más frenéticos—. Isabella, Isabella, oohh. —Levantó la cabeza; muy bruscamente—. Ay, Dios.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, tratando de levantar la cabeza del cojín.
—Hemos parado.
A ella le llevó un momento darse cuenta de la importancia de eso. Si habían parado quería decir, muy probablemente, que habían llegado a su destino, que era…
Su casa.
—¡Ay, Dios! —exclamó, comenzando a subirse y abotonarse el corpiño, a toda prisa—. ¿No podemos pedirle al cochero que continúe?
Ya había demostrado ser una lasciva total. Llegada a eso, qué más daba añadir «desvergonzada» a su lista de comportamientos.
Él la ayudó a arreglarse bien el corpiño.
—¿Qué posibilidad hay de que tu madre aún no haya visto mi coche delante de tu casa?
—Bastante buena, en realidad, pero Briarly sí lo habrá visto.
—¿Tu mayordomo reconocerá mi coche? —preguntó él, incrédulo.
Ella asintió.
—Viniste el otro día. Siempre recuerda esas cosas.
Él frunció los labios en gesto de resolución.
—Muy bien, entonces. Ponte presentable.
—Puedo subir corriendo a mi habitación —dijo ella—. Nadie me verá.
—Eso lo dudo —dijo él en tono ominoso, metiéndose la camisa dentro de las calzas y arreglándose el pelo.
—No, te aseguro que…
—Y yo te aseguro —interrumpió él—, que te verán. —Se lamió los dedos y se los pasó por el pelo—. ¿Estoy presentable?
—Sí —mintió ella.
La verdad, se veía bastante sonrojado, tenía los labios hinchados y su pelo no se adhería ni remotamente a ningún estilo de peinado del momento.
—Estupendo —dijo él.
Acto seguido bajó de un salto y le tendió la mano.
—¿Vas a entrar también? —le preguntó ella.
Él la miró como si de repente se hubiera vuelto loca.
—Por supuesto.
Ella no se movido, tan perpleja por su actuación que no lograba darle a sus piernas la orden de bajar. No había ningún motivo en absoluto para que él entrara con ella en la casa. El decoro no lo exigía, y además…
—Por el amor de Dios, Isabella —dijo él, cogiéndole la mano y dándole un tirón—. ¿Te vas a casar conmigo o no?
mmm Cuan pasionales son estos polluelos! y Matrimonio a la vista!
