Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 14
Isabella cayó en la acera cual larga era.
Era bastante más ágil, al menos en su opinión, de lo que la creía la mayoría de la gente. Era buena bailarina, sabía tocar el piano con los dedos flexionados a la perfección, y normalmente se abría paso por un salón atiborrado sin chocar con nada, ni persona ni mueble.
Pero cuando Edward le hizo esa proposición con tanta naturalidad, el pie, que acababa de sacar del coche, sólo encontró aire, y así fue como la cadera fue a estrellársele en el bordillo y la cabeza en el pie de Edward.
—Buen Dios, Isabella —exclamó él, acuclillándose—. ¿Te has hecho daño?
—Estoy muy bien —logró balbucear ella, buscando el hoyo que tenía que haberse abierto en el suelo para meterse ahí y morir.
—¿Estás segura?
—No ha sido nada —repuso ella, sosteniéndose la mejilla, que, seguro, ya lucía la impresión perfecta del empeine de la bota de Edward—. Me sorprendí un poco, nada más.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —repitió ella.
—Si, ¿por qué?
Ella pestañeó. Una vez, dos veces, otra más.
—Eh… bueno… podría tener que ver con tu alusión al matrimonio.
Él la puso de pie de un solo tirón, nada ceremonioso, de paso casi dislocándole el brazo.
—Bueno, ¿qué creíste que iba a decir?
Ella lo miró fijamente, incrédula.
—No «eso» —contestó finalmente.
—No soy un completo patán.
Ella se quitó polvo y piedrecillas de la manga.
—No he dicho que lo fueras, simplemente…
—Puedo asegurarte —continuó él, con cara de estar mortalmente ofendido—, que no me porto como lo he hecho con una mujer de tu clase sin hacer una proposición de matrimonio.
A Isabella se le abrió la boca, haciéndola sentirse como un búho.
—¿No tienes respuesta a eso?
—Todavía estoy tratando de entender lo que has dicho —reconoció ella.
Él se puso las manos en la cadera y la miró con una decidida falta de tolerancia.
—Tienes que reconocer —dijo ella, bajando el mentón hasta que quedó mirándolo, dudosa, a través de las pestañas—, que dio la impresión de que… eh… has hecho proposiciones de matrimonio antes.
—Desde luego que no —repuso él, ceñudo—. Ahora, cógete de mi brazo, antes de que empiece a llover.
Ella miró el cielo azul despejado.
—Al paso que vas —dijo él, impaciente—, esteremos días aquí.
—Mmm… bueno… —se aclaró la garganta—, supongo que podrás perdonarme la falta de serenidad ante tamaña sorpresa.
—Vamos, ¿quién habla en círculos?
—Perdona.
—Vamos —dijo él, apretando la mano sobre su brazo.
—¡Edward! —dijo ella, casi en un chillido, tropezándose al subir la escalinata—. ¿Estás seguro…?
—No hay momento como el presente —dijo él, casi airosamente.
Parecía muy complacido consigo mismo, y eso la desconcertaba, porque habría apostado toda su fortuna (y en calidad de lady Whistledown había amasado su buena fortuna) a que él no había tenido la menor intención de pedirle que se casara con él, hasta el momento en que su coche se detuvo delante de la casa.
Y tal vez hasta que las palabras le salieron de la boca.
Él giró la cabeza hacia ella.
—¿Necesito golpear?
—No, yo…
Pero él golpeó de todos modos, o más bien casi echó abajo la puerta, si hay que ceñirse a los detalles.
Cuando el mayordomo abrió la puerta, Isabella trató de ponerse una sonrisa en la cara.
—Briarly —dijo.
—Señorita Isabella —musitó él, arqueando una ceja sorprendido. Hizo una inclinación hacia Edward—. Señor Cullen.
—¿Está en casa la señora Swan? —preguntó Edward, sin preámbulos.
—Sí, pero…
—Excelente —dijo Edward, entrando y arrastrando a Isabella con él—. ¿Dónde está?
—En el salón, pero debo decirle que…
Pero Edward ya iba a medio camino por el vestíbulo, e Isabella a un paso detrás de él (y no podría haber ido de otra manera, porque él le tenía firmemente cogido el brazo).
—¡Señor Cullen! —gritó el mayordomo, en un tono ligeramente aterrado.
Isabella se giró a mirarlo, aunque sus pies continuaron siguiendo a Edward. Briarly no se aterraba jamás. Por nada. Si pensaba que Edward no debía entrar en el salón, tenía que tener un muy buen motivo.
Tal vez incluso…
Oh, no.
Plantó los talones, que se fueron deslizando por la madera dura ya que Edward seguía arrastrándola cogida del brazo.
—Edward —dijo, atragantándose en la primera sílaba—. ¡Edward!
—¿Qué? —preguntó él, sin detenerse.
—En realidad creo que… ¡Aaay! —los talones chocaron con el borde de la alfombra, y salió volando hacia delante.
Él la cogió limpiamente y la puso de pie.
—¿Qué pasa?
Ella miró nerviosa hacia la puerta del salón. Estaba un pelín entreabierta, pero tal vez había tanto ruido dentro que su madre aún no los había oído acercarse.
— Isabella —dijo él, impaciente.
—Eh…
Todavía había tiempo para escapar, ¿no? Miró desesperada alrededor, aun cuando estaba claro que ahí no encontraría ninguna solución a su problema.
— Isabella —dijo él, golpeando el suelo con el pie—, ¿qué demonios te pasa?
Ella miró hacia Briarly, que se limitó a encogerse de hombros.
—De verdad, este podría no ser el mejor momento para hablar con mi madre.
Él arqueó una ceja, más o menos igual que hiciera el mayordomo unos segundos antes.
—No estarás pensando en rechazarme, ¿verdad?
—No, claro que no —se apresuró a decir ella, aun cuando todavía no aceptaba la realidad de que él tenía la intención de pedirle la mano.
—Entonces este es un momento excelente —afirmó él, en un tono que no admitía protesta.
—Pero es que es…
—¿Qué?
Martes, pensó ella tristemente. Y era recién pasado el mediodía, lo cual significaba…
—Vamos —dijo él, avanzando.
Y antes que ella pudiera impedírselo, empujó la puerta.
El primer pensamiento de Edward al abrir la puerta del salón fue que el día, si bien no se había desarrollado de ninguna manera como él podría haber pensado esa mañana al levantarse de la cama, se estaba convirtiendo en una empresa muy excelente.
Casarse con Isabella era una idea eminentemente sensata, y asombrosamente atractiva también, si se podía juzgar por su reciente encuentro en el coche.
Su segundo pensamiento fue que acababa de entrar en su peor pesadilla.
Porque la madre de Isabella no estaba sola en el salón. Estaban ahí todas las Swan, actuales y exs, junto con sus diversos maridos, e incluso un gato.
Era el conjunto de personas más aterrador que había visto en su vida. La familia de Isabella era… bueno…, a excepción de Renesmee (aun cuando esta siempre le había inspirado un cierto recelo, porque, ¿cómo puede uno fiarse de alguien que sea tan buena amiga de Hyacinth?); en fin, la familia de Isabella era… bueno…
No se le ocurrió ninguna palabra agradable. Ninguna elogiosa, desde luego (aunque quería creer que sería capaz de evitar un insulto rotundo), y la verdad, ¿existiría un adjetivo que combinara bien con ligeramente lerda, excesivamente conversadora, bastante entrometida, atrozmente aburrida y, no podía olvidar esta, siendo Robert Huxley un reciente añadido al clan, insólitamente ruidosa?
Así que, sencillamente, sonrió; su fabulosa sonrisa ancha, amistosa, un tanto traviesa. Casi siempre daba buen resultado, y ese día no fue una excepción. Todos los Swan le sonrieron y, gracias a Dios, no dijeron nada.
Al menos no inmediatamente.
—Edward —dijo la señora Swan, visiblemente sorprendida—. Qué amable al traer a Isabella a casa para nuestra reunión familiar.
—¿Reunión familiar? —repitió él. Miró a Isabella, que estaba a su lado con aspecto de sentirse indispuesta.
—Todos los martes —dijo ella, sonriendo débilmente—. ¿No te lo dije?
—No —contestó él, aun cuando era evidente que ella había hecho la pregunta a beneficio del público—. No, no me lo dijiste.
—¡Cullen! —gritó Robert Huxley, que estaba casado con la hermana mayor de Isabella, Prudence.
—Huxley —saludó Edward, dando un discreto paso atrás. Mejor protegerse los tímpanos, por si el cuñado de Isabella decidía dejar su lugar junto a la ventana.
Afortunadamente, Huxley continuó donde estaba, pero el otro cuñado de Isabella, el bien intencionado pero cabeza hueca, Nigel Berbrooke, sí atravesó el salón y lo saludó con una cordial palmada en la espalda.
—No te esperaba —dijo jovialmente.
—No, me imagino que no.
—Estamos sólo la familia, después de todo —añadió Berbrooke—, y tú no eres de la familia. Al menos no de la mía.
—No todavía, en todo caso —musitó Edward, mirando a Isabella de soslayo; vio que se había ruborizado.
Entonces volvió a mirar a la señora Swan, que parecía a punto de desmayarse por la emoción. Edward emitió un gemido por en medio de sus sonrientes labios. Sin saber muy bien por qué, había deseado reservar un elemento de sorpresa antes de pedir la mano de Isabella. Si Renee Swan conocía sus intenciones de antemano, lo más probable era que enredara las cosas (en su mente, al menos) de tal manera que diera a entender que ella había orquestado el matrimonio.
Y por algún motivo, eso él lo encontraba tremendamente desagradable.
—Espero no ser una molestia —le dijo a la señora Swan.
—No, de ninguna manera —se apresuró a decir ella—. Estamos encantados de tenerle aquí, en una reunión «familiar».
Pero tenía una expresión rara, no exactamente como si estuviera indecisa acerca de su presencia allí, sino más bien insegura acerca de cuál debía ser su próxima intervención. Se mordió el labio inferior, y luego echó una furtiva mirada a Renesmee. A Renesmee, nada menos.
Entonces Edward miró a Renesmee. Estaba mirando a Isabella, con una sonrisita secreta en la cara. Isabella estaba mirando indignada a su madre, con la boca torcida en un rictus de irritación.
Pasó la mirada de Swan a Swan a Swan. Estaba claro que algo se estaba cociendo a fuego lento bajo la superficie, y si no hubiera estado ocupado en pensar a) cómo podría evitar quedar atrapado en una conversación con los parientes de Isabella y al mismo tiempo b) arreglárselas para hacer la proposición de matrimonio…, bueno, habría sentido bastante curiosidad por saber cuál era la causa de todas esas miraditas disimuladas que iban y venían entre las mujeres Swan.
La señora Swan echó una última mirada a Renesmee y le hizo un gesto que él habría jurado quería decir «Siéntate derecha», y luego fijó la atención en él.
—¿No quiere sentarse? —le dijo, con una ancha sonrisa, dando una palmadita al sofá, al lado de ella.
—Ah, sí, sí —musitó él, porque ya no había forma de salir de esa.
Todavía tenía que pedir la mano de Isabella y aunque no le agradaba particularmente la idea de hacerlo delante de todas las Swan ( los dos sosos maridos), estaba clavado allí, al menos mientras no se le presentara una oportunidad de escapar educadamente.
Se giró y le ofreció el brazo a la mujer con la que quería casarse.
—¿ Isabella?
—Ah, sí, sí, claro —tartamudeó ella, colocando la mano en su codo.
—Ah, sí —dijo la señora Swan, como si se hubiera olvidado totalmente de la presencia de su hija—. Lo siento terriblemente, Isabella, no te había visto. ¿Podrías hacerme el favor de ir a decirle a la cocinera que aumente la ración de comida? Vamos a necesitar más comida estando aquí el señor Cullen.
—Por supuesto —dijo Isabella, con las comisuras de los labios temblorosas.
—¿No puede llamar? —preguntó Edward, en voz alta.
—¿Qué? —dijo la señora Swan, distraída—. Bueno, supongo que podría, pero eso llevaría más tiempo, y a ella no le importa, ¿verdad?
Isabella negó con la cabeza.
—A mí sí me importa —dijo Edward.
La señora Swan dejó escapar un suave murmullo de sorpresa y añadió:
—Muy bien, Isabella, eh… —apuntó a una silla que quedaba fuera del círculo en que se centraba la conversación—, ¿por qué no te sientas ahí?
Renesmee, que estaba sentada frente a su madre, se levantó de un salto.
— Isabella, siéntate aquí.
—No —dijo la señora Swan firmemente—. Te has sentido bastante indispuesta, Renesmee. Necesitas estar sentada.
Edward pensó que la joven se veía el cuadro mismo de la salud perfecta, pero esta volvió a sentarse.
— Isabella —dijo Prudence en voz muy alta, desde la ventana—, necesito hablar contigo.
Isabella miró indecisa de Edward a Prudence a Renesmee y a su madre.
Edward la acercó más a él.
—Necesito hablar con ella también —dijo tranquilamente.
—Muy bien, supongo que hay sitio para los dos aquí —dijo la señora Swan, moviéndose a un lado para dejar más espacio en el sofá.
Edward se sintió atrapado entre los buenos modales que le habían inculcado desde la cuna y el avasallador deseo de estrangular a la mujer que algún día sería su suegra. No tenía idea de por qué trataba a Isabella como a una especie de hijastra menos favorecida, pero eso tenía que acabar.
—¿Qué te ha traído por aquí? —gritó Robert Huxley.
Edward se tocó la oreja, sin poder evitarlo.
—Iba…
—Uy, Dios mío —interrumpió la señora Swan—, no vamos a interrogar a nuestro invitado, ¿verdad?
A Edward no se le había pasado por la mente que la pregunta de Huxley constituyera un interrogatorio, pero no quería insultar a la señora Swan diciéndolo, así que se limitó a asentir y dijo algo totalmente sin sentido:
—Sí, bueno, por supuesto.
—¿Por supuesto qué? —preguntó Philippa.
Philippa estaba casada con Nigel Berbrooke, y Edward siempre había pensado que formaban una excelente pareja.
—¿Perdón? —preguntó.
—Ha dicho «por supuesto», ¿por supuesto qué?
—No sé —contestó Edward.
—AH, bueno, ¿entonces por qué…?
—Philippa —dijo la señora Swan—, tal vez tú podrías ir a ver lo de la comida, ya que a Isabella se le olvidó llamar.
—Ah, lo siento —se apresuró a decir Isabella, comenzando a levantarse.
—No te preocupes —le dijo Edward, sonriendo tranquilamente, cogiéndole la mano y sentándola—. Tu madre ha dicho que podría ir Prudence.
—Philippa —dijo Isabella.
—¿Qué pasa con Philippa?
—Dijo que podría ir Philippa, no Prudence.
Él deseó preguntarle dónde se había dejado el cerebro, porque estaba claro que éste le desapareció en algún lugar del trayecto entre el coche y ese sofá.
—¿Importa eso? —le preguntó.
—No, no, pero…
—Renesmee —interrumpió la señora Swan—, ¿por qué no le explicas lo de tus acuarelas al señor Cullen?
Ni aunque en ello le fuera la vida podría imaginarse Edward un tema menos interesante (a no ser, tal vez, para las acuarelas de Philippa), pero de todos modos miró a la menor de las Swan, sonriendo amistoso y le preguntó:
—¿Cómo están tus acuarelas?
Entonces Renesmee, bendito su corazón, lo miró con una sonrisa amistosa y contestó:
—Me imagino que están bien, gracias.
La señora Swan dio la impresión de haberse tragado una angula viva.
—¡Renesmee? —exclamó.
—¿Sí? —preguntó Renesmee dulcemente.
—No le has dicho que ganaste un premio —dijo ella, y se volvió hacia Edward—. Las acuarelas de Renesmee son muy únicas. —Se giró hacia Renesmee—. Dile al señor Cullen lo de tu premio.
—Ah, no me imagino que a él le interese eso.
—Pues claro que le interesa —insistió la señora Swan.
En una situación normal, él se habría apresurado a gorjear «Sí que me interesa», ya que, después de todo, era un hombre extraordinariamente afable, pero hacerlo sería confirmar la afirmación de la señora Swan y, tal vez más importante aún, estropearle la diversión a Renesmee.
Y Renesmee sí que parecía estar divirtiéndose muchísimo.
—Philippa —dijo—, ¿no ibas a ver lo de la comida?
—Ah, sí —contestó Philippa—. Lo había olvidado. Hago eso muchísimo. Vamos, Nigel, puedes hacerme compañía.
—¡Al instante! —exclamó Nigel, sonriendo de oreja a oreja.
Y acto seguido, los dos salieron del salón, sin parar de reír. Edward reafirmó su convicción de que la boda Berbrooke- Swan fue muy, muy acertada.
—Creo que iré a dar una vuelta por el jardín —anunció Prudence de repente, cogiendo del brazo a su marido—. Isabella, ¿vienes conmigo?
Isabella abrió la boca y la dejó así unos segundos, como pensando qué decir, y eso le dio el aspecto de un pececito desorientado (aunque en opinión de Edward, un pececito bastante atractivo, si eso fuera posible). Finalmente su mentón adquirió un aire resuelto y dijo:
—Creo que no, Prudence.
—¡ Isabella! —exclamó la señora Swan.
—Necesito que me enseñes una cosa —insistió Prudence.
—Creo que se me necesita aquí —repuso Isabella —. Más tarde puedo ir contigo, si quieres.
—Te necesito ahora.
Isabella miró a su hermana sorprendida; estaba claro que no había esperado tanta insistencia.
—Lo siento, Prudence, creo que se me necesita aquí.
—Tonterías —dijo la señora Swan despreocupadamente—. Renesmee y yo podemos hacer compañía al señor Cullen.
—¡Uy, no! —exclamó Renesmee, poniéndose de pie de un salto, con los ojos agrandados, toda inocencia—. Olvidé algo.
—¿Qué puedes haber olvidado? —preguntó la señora Swan entre dientes.
—Ehh…, mis acuarelas. —Se volvió a Edward, con una sonrisa traviesa—. Quería verlas, ¿verdad?
—Pues sí —musitó él, decidiendo que le caía muy bien la hermana menor de Isabella —. Para ver qué las hace tan únicas.
—Podríamos decir que son únicamente ordinarias —dijo Renesmee haciendo un gesto de asentimiento con exagerada seriedad.
— Isabella —dijo la señora Swan, haciendo esfuerzos por ocultar su fastidio—, ¿serias tan amable de ir a buscar las acuarelas de Renesmee?
— Isabella no sabe dónde están —se apresuró a decir Renesmee.
—¿No se lo puedes decir?
—Por el amor de Dios —explotó Edward—, deje que vaya Renesmee. En todo caso, necesito un momento en privado con usted.
Se hizo el silencio. Era la primera vez que Edward perdía los estribos en público. Oyó una exclamación ahogada de Isabella a su lado, pero cuando la miró vio que ella tenía una mano en la boca, ocultando una sonrisita.
Y eso le hizo sentirse ridículamente bien.
—¿Un momento en privado? —repitió la señora Swan, abanicándose el pecho con la mano.
Miró hacia Prudence y Robert, que seguían junto a la ventana. Los dos salieron inmediatamente de la sala, aunque no sin una buena cantidad de gruñidos por parte de Prudence.
— Isabella —continuó la señora Swan—, tal vez deberías acompañar a Renesmee.
— Isabella se queda —dijo Edward entre dientes.
—¿ Isabella? —preguntó la señora Swan, dudosa.
—Sí, Isabella —dijo él con lentitud, por si todavía no entendía lo que quería decir.
—Pero…
Edward la miró con tanta indignación que ella se echó hacia atrás y juntó las manos en la falda.
—¡Me voy! —gorjeó Renesmee, saliendo del salón.
Pero Edward vio que, antes de cerrar la puerta, ella le hacía un rápido guiño a Isabella. E Isabella sonrió, su cariño por su hermana menor brillando en sus ojos.
Edward se relajó. No se había dado cuenta de lo nervioso que lo ponía el sufrimiento de Isabella. Y era evidente que sufría. Buen Dios, no veía la hora de sacarla del seno de su ridícula familia.
La señora Swan estiró los labios en un débil intento de esbozar una sonrisa; luego miró a Edward, miró a Isabella y volvió a mirarlo a él.
—¿Deseaba hablar conmigo? —preguntó finalmente.
—Sí —contestó él, impaciente por acabar con eso de una vez—. Me sentiría muy honrado si me concediera la mano de su hija en matrimonio.
La señora Swan estuvo un momento sin reaccionar. De pronto puso los ojos redondos, la boca redonda, el cuerpo…, bueno el cuerpo ya lo tenía redondo, y juntó sonoramente las manos.
—¡Oh! ¡Oh! —dijo, como si fuera incapaz de decir otra cosa. Y luego gritó—: ¡Renesmee! ¡ Renesmee!
¿ Renesmee?
Renee Swan se levantó de un salto, corrió hasta la puerta y allí gritó, como una pescadera voceando su mercancía:
—¡ Renesmee! ¡ Renesmee!
—Ay, madre —gimió Isabella, cerrando los ojos.
—¿Para qué llama a Renesmee? —preguntó Edward, levantándose.
La señora Swan lo miró perpleja.
—¿No quiere casarse con Renesmee?
Edward pensó que igual se ponía a vomitar.
—No, por el amor de Dios —ladró—. No quiero casarme con Renesmee. Si quisiera casarme con Renesmee no la habría enviado arriba a buscar sus malditas acuarelas, ¿no?
La señora Swan tragó saliva, incómoda.
—Señor Cullen —dijo, retorciéndose las manos—. No lo entiendo.
Él la miró horrorizado, hasta que el horror se transformó en repugnancia.
—Con Isabella —dijo, cogiéndole la mano, levantándola y atrayéndola hasta tenerla muy junto a él—. Quiero casarme con Isabella.
—¿ Isabella? —repitió ella—. Pero…
—¿Pero qué? —interrumpió él, su voz amenaza pura.
—Pero… pero…
—Está bien, Edward, no pasa nada —se apresuró a decir Isabella —, yo…
—No, no está bien —explotó él—. Nunca he dado el menor indicio de que tenga el más mínimo interés en Renesmee.
En ese momento apareció Renesmee en la puerta, se cubrió la boca con la mano y desapareció al instante, cerrando juiciosamente la puerta.
—Ya —dijo Isabella, apaciguadora, echando una rápida mirada a su madre—, pero Renesmee está soltera y…
—Tú también —observo él.
—Lo sé, pero yo soy vieja y…
—Y Renesmee es un bebé —ladró él—. Buen Dios, casarme con ella sería como casarme con Hyacinth.
—Eh… sólo que no sería incesto —dijo Isabella.
Él la miró con una expresión nada divertida.
—De acuerdo —dijo ella, principalmente para llenar el silencio—. Sólo ha sido un terrible malentendido, ¿verdad?
Nadie dijo nada. Isabella miró a Edward suplicante.
—¿Verdad?
—Sí —masculló él.
Ella entonces miró a su madre.
—¿Mamá?
—¿ Isabella? —dijo su madre.
Isabella que eso no era una pregunta sino que su madre seguía expresando su incredulidad de que Edward pudiera desear casarse con ella.
Bueno, eso le dolió, y mucho. Y pensar que ya debería estar acostumbrada.
—Quiero casarme con el señor Cullen —dijo, tratando de hacer acopio de toda la dignidad posible—. Él me lo pidió y yo le dije sí.
—Bueno, claro que dirías sí —replicó su madre—. Tendrías que ser una idiota para rechazarle.
—Señora Swan —dijo Edward ásperamente—, le sugiero que trate con más respeto a mi futura esposa.
—Edward, eso no es necesario —dijo Isabella, colocándole la mano en el brazo.
Pero la verdad era que sentía volar el corazón. Él podía no amarla, pero le tenía afecto. Ningún hombre podría defender a una mujer con esa fiereza sin tenerle un poco de afecto.
—Es necesario —repuso él—. Por el amor de Dios, Isabella, llegué aquí contigo, insistí y dejé muy claro que necesitaba tu presencia en el salón, y prácticamente empujé a Renesmee por la puerta para que fuera a buscar sus acuarelas. ¿Por qué demonios iba a pensar alguien que yo deseaba casarme con Renesmee?
La señora Swan abrió y cerró la boca varias veces, hasta que al fin dijo:
—Quiero a Isabella, por supuesto, pero…
—¿Pero la conoce? —la interrumpió Edward—. Es hermosa, es inteligente y tiene un maravilloso sentido del humor. ¿Quién no desearía casarse con una mujer así?
Isabella habría caído derretida al suelo si no hubiera estado cogida de la mano de él.
—Gracias —susurró, sin importarle si la oía su madre, y en realidad sin importarle si la oía él.
Simplemente necesitaba decirlo, para sí misma. Y no que creyera que era todo lo que había dicho él.
Ante sus ojos pasó la cara de lady Danbury, su expresión cálida y un poquitín pícara, astuta.
«Algo más.» Tal vez ella era algo más, y tal vez Edward era la única otra persona que comprendía eso también.
Y eso le hizo amarlo más aún.
Su madre se aclaró la garganta y se le acercó a abrazarla. Al comienzo el abrazo fue tímido por ambos lados, pero luego Renee la estrechó con fuerza en los brazos y Isabella, ahogando un sollozo, se lo correspondió con igual fuerza.
—Sí que te quiero, Isabella —dijo Renee—, y estoy muy contenta por ti. —Se apartó y se limpió una lágrima—. Me sentiré sola sin ti, claro, porque había supuesto que envejeceríamos juntas, pero sé que esto es lo mejor para ti, y eso, supongo, es lo que significa ser una madre.
A Isabella se le escapó una sonora sorbida por la nariz y a tientas buscó el pañuelo de Edward, que él ya se había sacado del bolsillo y lo tenía puesto delante de ella.
—Lo sabrás algún día —dijo Renee, dándole una palmadita en el brazo.
Mirando a Edward, añadió—: Estamos encantados de darle la bienvenida en la familia.
Él asintió, no con una simpatía tremenda.
Pero Isabella consideró que había hecho un simpático esfuerzo, tomando en cuenta lo enfadado que estaba sólo un momento antes.
Le sonrió y le apretó la mano, muy consciente de que estaba a punto de embarcarse en la aventura de su vida.
Y si, habrá boda! aunque en este capitulo odie un poquito demasiado a Renee(fue una bruja).
Amo a este nuevo Edward que defiende a Isabella de todos!
