Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.


Capítulo 17

Edward Cullen era famoso por muchas cosas.

Era famoso por su buena apariencia, lo que no era ninguna sorpresa pues todos los hombres Cullen eran famosos por su buena apariencia.

Era famoso por su sonrisa ligeramente segada, que era capaz de derretir el corazón de una mujer desde el otro extremo de un salón lleno de gente incluso una vez fue causa de que una jovencita perdiera del todo el conocimiento, o por lo menos se desmayó delicadamente y al golpearse la cabeza en una mesa perdió del todo el conocimiento.

Era famoso por su dulce encanto, su capacidad para hacer sentirse cómoda a cualquier persona con una sonrisa llana y un comentario divertido.

Pero por lo que no era famoso, y de hecho muchas personas jurarían que ni siquiera lo poseía, era por tener mal genio.

Y en realidad, debido a su extraordinario (y por lo tanto, desconocido) autodominio, nadie iba a ver ni un atisbo de su mal genio esa noche tampoco, aun cuando la que pronto sería su esposa podría despertar al día siguiente con un buen moratón en el brazo.

—Edward —exclamó suavemente ella, mirándose el lugar donde le tenía cogido el brazo.

Pero él no la soltó. Sabía que le estaba causando dolor, sabía que no era tremendamente agradable estarle causando dolor, pero se sentía tan condenadamente furioso en ese momento que o bien le apretaba el brazo con todas su fuerzas o daba rienda suelta a su mal genio delante de quinientos de sus conocidos más cercanos y queridos.

Tomado todo en cuenta, creía que la opción elegida era la mejor.

Iba a matarla. Tan pronto se le ocurriera alguna manera de sacarla del maldito salón, la mataría. Habían acordado que lady Whistledown era algo del pasado, que iban a dejar el asunto en paz. Eso no debería haber ocurrido; invitaba al desastre, a la ruina, y a la deshonra.

—¡Esto es fabuloso! —exclamó Alice, cogiendo una hoja que pasaba volando—. Absoluta, decididamente sensacional. Apuesto que salió de su retiro para celebrar vuestro compromiso.

—Qué simpático sería, ¿verdad? —dijo Edward en tono burlón.

Isabella no dijo nada, pero estaba muy, muy pálida.

—¡Oh, cielos!

Edward miró a su hermana, que estaba leyendo con la boca abierta.

—¡Cójame una, Cullen! —ordenó lady Danbury, golpeándole la pierna con el bastón—. No puedo creer que publique una un sábado. Tiene que ser buena.

Edward se agachó y recogió dos hojas del suelo, le pasó una a lady Danbury y miró la otra, aunque estaba bastante seguro de saber exactamente qué decía.

Tenía razón.

Nada detesto más que a un caballero que encuentre divertido darle a una dama una desdeñosa palmadita en la mano diciendo: «Es la prerrogativa de una mujer cambiar de decisión». Y efectivamente, dado que pienso que uno siempre ha de apoyar sus palabras con sus actos, procuro que mis opiniones y decisiones sean firmes y verídicas.

Por eso, amables lectores, cuando escribí mi hoja del 19 de abril, mi verdadera intención era que fuera la última. Sin embargo, acontecimientos que escapan a mi control (o escapan a mi aprobación, en realidad) me obligan a poner mi pluma sobre el papel una última vez.

Señoras y señores, esta cronista NO ES lady Cressida Twombley.

Esa dama no es otra cosa que una impostora intrigante, y me rompería el corazón ver mis años de arduo trabajo atribuidos a una persona como ella.

ECOS DE SOCIEDAD DE

LADY WHISTLEDOWN

24 de abril de 1824

—Esto es lo mejor que he visto en mi vida —dijo Alice en un alegre susurro—. Puede que en el fondo sea una mala persona, porque nunca había sentido tanta felicidad por la caída de otra persona.

—¡Por Balder! —exclamó lady Danbury—, yo no soy mala persona y encuentro delicioso esto.

Edward no dijo nada. No se fiaba de su voz. No se fiaba de sí mismo.

—¿Dónde está Cressida? —preguntó Alice, alargando el cuello—. ¿Alguien la ve? Apostaría que ya se marchó. Debe de sentirse humillada. Si yo fuera ella me sentiría humillada.

—Usted nunca será ella —dijo lady Danbury—; usted es una persona demasiado decente.

Isabella guardó silencio.

—De todos modos, uno casi siente pena por ella —continuó Alice jovialmente.

—Pero sólo casi —acotó lady Danbury.

—Ah, eso seguro. Un apenas casi, la verdad sea dicha.

Edward continuaba ahí de pie, moliéndose los dientes.

—¡Y yo logré ahorrarme mis mil libras! —cacareó lady Danbury.

—¡ Isabella! —exclamó Alice, dándole un codazo—. No has dicho una palabra. ¿No es maravilloso esto?

—No lo puedo creer —dijo Isabella, asintiendo.

Edward le apretó más fuerte el brazo.

—Ahí viene tu hermano —susurró ella.

Él miró a la derecha. Anthony venía caminando hacia ellos, con Esme y Kate pegadas a sus talones.

—Bueno, esto nos eclipsa —dijo Anthony, poniéndose al lado de Edward.

Saludó a las damas con una inclinación de la cabeza—. Alice, Isabella, lady Danbury.

—Me parece que ahora nadie va a escuchar el brindis de Anthony —dijo Esme paseando la vista por el salón.

La actividad era frenética en el salón; en el aire seguían flotando hojas y la gente se resbalaba sobre las que ya habían caído al suelo. El murmullo de susurros era constante y casi irritante, y Edward tenía la sensación de que le iba a salir volando la tapa de los sesos.

Tenía que marcharse. Ya. O por lo menos lo antes posible.

La cabeza le chillaba, se sentía acalorado, la piel ardiente. Era casi como pasión, sólo que no era pasión; era furia, era indignación, la horrible y negra sensación de haber sido traicionado justamente por la persona que debería estar de su parte sin condiciones.

Era curioso. Isabella era la del secreto, la que tenía más que perder; el problema era de ella, no de él. Eso lo sabía intelectualmente, por lo menos.

Pero en cierto modo eso ya no importaba; ya eran un equipo, y ella había actuado sin él.

Isabella no tenía ningún derecho a ponerse en esa precaria posición sin consultarle a él antes. Él era su marido, o lo sería, y era su deber impuesto por Dios protegerla, lo deseara ella o no.

—¿Edward, te sientes mal? —le preguntó su madre—. Te encuentro algo raro.

—Haz el brindis —dijo él, mirando a Anthony—. Isabella no se siente bien, y tengo que llevarla a su casa.

—¿No te sientes bien? —preguntó Alice a Isabella –. ¿Qué te pasa? No habías dicho nada.

En honor de Isabella hay que decir que se las arregló para decir de modo creíble:

—Sólo me duele un poco la cabeza.

—Sí, sí, Anthony —dijo Esme—, venga, haz el brindis ya para que Edward y Isabella puedan bailar su vals. Ella no se puede marchar mientras no lo bailen.

Anthony se limitó a asentir e hizo un gesto a Edward y a Isabella para que lo siguieran hasta el otro extremo del salón. Un trompetista sopló fuerte su instrumento para pedir silencio a los fiesteros. Todos obedecieron, tal vez porque supusieron que el anuncio que se iba a hacer se refería a lady Whistledown.

—Señoras y señores —dijo Anthony en voz alta, cogiendo una copa de champán que le ofreció un lacayo—. Sé que todos estáis curiosos por la reciente intrusión de lady Whistledown en nuestra fiesta, pero debo invitaros a recordar para qué nos hemos reunido aquí esta noche.

Ese debería haber sido un momento perfecto, pensó Edward, objetivamente.

Iba a ser la noche de triunfo de Isabella, su noche para brillar, para mostrar al mundo lo hermosa, encantadora e inteligente que era.

Era la noche para que él hiciera muy públicas sus intenciones, para asegurarse de que todos supieran que él la había elegido y ella lo había elegido a él.

Y lo único que deseaba era cogerla por los hombros y sacudirla hasta quedarse sin fuerzas. Ella lo ponía en peligro todo; ponía en peligro su propio futuro.

—Como cabeza de la familia Cullen —continuó Anthony—, siento una enorme alegría cuando uno de mis hermanos elige esposa. O esposo —añadió sonriendo, mirando hacia Daphne y Simon.

Edward miró a Isabella. Estaba muy erguida y muy quieta en su vestido de satén azul hielo. No estaba sonriendo, lo cual tendría que parecer extraño a los cientos de personas que la estaban mirando. Pero tal vez pensarían que simplemente estaba nerviosa. Después de todo había cientos de personas mirándola. Cualquier persona estaría nerviosa.

Aunque si una estuviera al lado de ella, como él, vería el terror en sus ojos, notaría el rápido movimiento de su pecho con la respiración más rápida e irregular.

Estaba asustada.

Estupendo. Debía estar asustada. Asustada de lo que podría ocurrirle si se descubría su secreto. Asustada de lo que ciertamente le ocurriría cuando tuvieran la oportunidad de hablar.

—Por lo tanto —concluyó Anthony—, es un inmenso placer para mí alzar mi copa para brindar por mi hermano Edward y por su futura esposa Isabella Swan.

¡Por Edward e Isabella!

Edward se miró la mano y vio que alguien le había puesto en ella una copa de champán. La levantó, empezó a llevársela a los labios y entonces lo pensó mejor y la acercó a la boca de Isabella. Mientras la multitud aclamaba enloquecida, él la observó beber un sorbo y luego otro y otro, obligada a beber hasta que él le apartó la copa, cosa que no hizo hasta que ella la había terminado.

Entonces cayó en la cuenta de que su infantil exhibición de poder lo había dejado sin beber, lo que necesitaba tremendamente, así que cogió la copa que tenía Isabella en la mano y se la bebió de un golpe.

La multitud gritó sus vivas más fuerte aún.

Entonces él se le acercó a susurrarle al oído:

—Ahora vamos a bailar. Vamos a bailar hasta que los demás se hayan unido a nosotros en la pista y ya no seamos el centro de atención. Entones tú y yo saldremos de aquí. Y hablaremos.

Ella movió el mentón en un imperceptible gesto de asentimiento.

Él le cogió la mano y la llevó a la pista de baile. Entonces le colocó la otra mano en la cintura al tiempo que la orquesta tocaba las primeras notas de un vals.

—Edward —susurró ella—, no era mi intención que ocurriera esto.

Él se fijó una sonrisa en la cara. Después de todo ese era su primer baile oficial con su novia.

—Ahora no —le ordenó.

—Pero…

—Dentro de diez minutos tendré que decirte muchísimas cosas, pero por el momento simplemente vamos a bailar.

—Sólo quería decirte…

Él le apretó más la mano, en un gesto de inconfundible advertencia. Ella frunció los labios, lo miró a la cara un breve instante y desvió la vista.

—Debería estar sonriendo —susurró, sin mirarlo.

—Entonces sonríe.

—«Tú» deberías estar sonriendo.

—Tienes razón —dijo él—. Debería.

Isabella no sonrió.

Isabella sintió deseos de fruncir el ceño. Con toda sinceridad, sentía deseos de llorar, pero consiguió curvar las comisuras de los labios, en una sonrisa. Todo el mundo la estaba mirando, todo su mundo, al menos, y sabía que estaban examinando hasta sus más mínimos movimientos y gestos, analizando y calificando cada expresión que pasaba por su cara.

Había pasado años sintiéndose invisible y detestando eso. Y en ese momento daría cualquier cosa por unos breves momentos de anonimato.

No, no cualquier cosa. No daría a Edward. Si tenerlo significaba que se pasaría el resto de la vida sometida a detenido escrutinio por parte de la alta sociedad, valdría la pena. Y si tener que soportar su rabia y desdén en un momento como ese formaba parte del matrimonio también, también lo valdría.

Cuando lo hizo ya sabía que él se enfurecería con ella por publicar una última hoja. Le temblaban las manos cuando volvió a escribirla, y estuvo aterrada todo el tiempo que permaneció en la iglesia de St. Bride (y durante todo el trayecto de ida y vuelta), segura de que en el momento más inesperado aparecería él y cancelaría la boda porque no soportaba casarse con lady Whistledown.

Pero lo hizo de todos modos.

Sabía que él pensaría que cometía un error, pero sencillamente no podía permitir que Cressida Twombley se llevara el mérito del trabajo de su vida.

¿Pero sería demasiado pedir que Edward por lo menos hiciera el intento de considerarlo desde su punto de vista? Ya le habría resultado difícil permitir que cualquier persona declarara ser lady Whistledown, pero que fuera Cressida era insoportable. Había trabajado y aguantado demasiado a manos de Cressida.

Además, sabía que Edward jamás la dejaría plantada una vez que se hiciera público su compromiso. Eso era parte del motivo de que le dijera concretamente a su impresor que hiciera repartir las hojas el lunes en el baile de los Mottram. Bueno, eso y el hecho de que encontraba terriblemente mal que las repartieran en el baile de su propio compromiso, sobre todo, dada la fuerte oposición de Edward a la idea.

¡Maldito señor Lacey! Sin duda lo hizo para asegurarse la máxima circulación de la hoja. Leyendo la hoja Whistledown sabía lo bastante acerca de la sociedad para discernir que una invitación al baile de un Cullen sería la más codiciada de la temporada. Por qué a él le importaba eso, no lo sabía, puesto que aumentar el interés en la hoja Whistledown no le atraería más dinero a su bolsillo; la hoja Whistledown ya había llegado a su fin y ni ella ni el señor Lacey recibirían ni una libra más por su publicación.

A no ser que…

Frunciendo el ceño, suspiró. Probablemente el señor Lacey esperaba que ella cambiara de opinión.

Sintió más fuerte la presión de la mano de Edward en la cintura y lo miró.

Sus ojos estaban clavados en los de ella, sorprendentemente verdes a la luz de las velas. O tal vez simplemente se debía a que ella sabía que eran tan verdes; seguro que se los vería color esmeralda en la oscuridad.

Él hizo un gesto hacia los demás bailarines, que ya llenaban la pista de baile.

—Es el momento para escapar —dijo.

Ella le contestó con un gesto de asentimiento. Ya le habían dicho a la familia de él que ella no se sentía bien y deseaba irse a casa, por lo tanto nadie le daría mucha importancia a su partida. Y si bien no era «de rigor» que viajaran solos en el coche de él, bueno, a veces se estiraban las normas para las parejas ya comprometidas, sobre todo en esas noches tan románticas.

Se le escapó una ridícula risita de pánico. Esa noche tenía todas las trazas de convertirse en la menos romántica de su vida.

Edward la miró fijamente, con una arrogante ceja arqueada, interrogante.

—No es nada —dijo ella.

Él le apretó la mano, aunque no con un afecto terrible.

—Quiero saberlo.

Ella se encogió de hombros, derrotada por el fatalismo. No lograba imaginarse diciendo nada que pudiera estropear esa noche más de lo que ya estaba.

—Sólo estaba pensando que esta noche debería ser romántica.

—Podría haberlo sido —repuso él, cruelmente.

Aflojó la presión de su mano en la cintura pero la retuvo con la otra, apretándole ligeramente los dedos para llevarla por entre los bailarines hasta que salieron por la puerta cristalera que daba a la terraza.

—Aquí no —susurró Isabella, mirando nerviosa hacia el salón de baile por encima del hombro.

Sin siquiera dignarse a contestar su comentario, él continuó internándola en la negra oscuridad. Llegaron a una esquina y al dar la vuelta ya estaban totalmente solos. Pero no se detuvieron ahí. Echando una rápida mirada alrededor para asegurarse de que no había nadie, él empujó una puerta pequeña que casi pasaba inadvertida.

—¿Qué es esto? —preguntó ella.

La respuesta de él fue empujarla por la espalda a la altura de la cintura, haciéndola entrar en un oscuro vestíbulo.

—Sube —ordenó, indicándole la escalera.

Isabella no sabía si debía sentir miedo o entusiasmo, pero empezó a subir la escalera, muy consciente de la ardiente presencia de él a su espalda.

Cuando ya habían subido varios tramos, Edward la adelantó, abrió una puerta y asomó la cabeza al corredor. No había nadie, por lo tanto entró, llevándola con él cogida de la mano; caminaron silenciosamente por el corredor (el que Isabella ya había reconocido; ahí estaban los aposentos de la familia) hasta llegar a la puerta de una habitación en cuyo interior ella no había estado nunca.

Era la habitación de Edward. Ella lo sabía, desde siempre, aun cuando en todos los años que iba allí a ver a Alice jamás había hecho algo más que pasar la mano por la madera de la maciza puerta. Hacía años que Edward no vivía allí, pero su madre había insistido en mantenerle su habitación; nunca se sabe cuándo él podría necesitarla, decía, y tenía razón, como se demostró al comienzo de esa temporada cuando Edward volvió de Chipre y no tenía casa alquilada.

Él abrió la puerta y la hizo entrar detrás de él. Pero la habitación estaba tan oscura que ella avanzó a tropezones y cuando se detuvo fue porque chocó con el cuerpo de él, que se había detenido.

Él le cogió los brazos para afirmarla y estabilizarla, pero luego no se los soltó, simplemente la sostuvo ahí en la oscuridad. No era un abrazo, pero su cuerpo tocaba el de ella a todo lo largo. Ella no veía nada, pero lo sentía, lo olía y oía su respiración, su aliento girando por el aire, acariciándole suavemente la mejilla.

Era un sufrimiento.

Era un éxtasis.

Él bajó lentamente las manos por sus brazos desnudos, torturándole todos los nervios y de pronto, bruscamente se apartó.

A eso siguió silencio.

Ella no sabía qué había esperado. Si él le gritaría, si la insultaría, si le ordenaría que le diera una explicación.

Pero él no hacía ninguna de esas cosas. Seguía allí de pie en la oscuridad, forzando las cosas, forzándola a decir algo.

—¿Podrías… podrías encender una vela? —preguntó al fin.

—¿No te gusta la oscuridad? —preguntó él con voz arrastrada.

—Ahora no. Así no.

—Comprendo —musitó él—. ¿Quieres decir entonces que podría gustarte así?

De pronto ella sintió sus dedos en la piel, deslizándolos por el borde del corpiño.

Y de pronto los quitó.

—No —dijo, con la voz trémula.

—¿Qué no te acaricie? —preguntó él en tono burlón, y a ella le alegró no poder verle la cara—. Pero eres mía, ¿no?

—Todavía no.

—Ah, pues sí que lo eres. Tú te encargaste de eso. Fuiste bastante lista en realidad al programar las cosas, esperar hasta nuestro baile de compromiso para hacer tu último anuncio. Sabías que yo no quería que publicaras esa última hoja. ¡Te lo prohibí! Acordamos…

—¡No acordamos nada!

Él pasó por alto la exclamación.

—Esperaste hasta…

—No acordamos nada —repitió ella, decidida a dejarle claro que o había incumplido su palabra. Lo que fuera que hubiera hecho, no le había mentido.

Bueno, aparte de mantener en secreto la hoja Whistledown casi doce años, pero él no había sido el único engañado en eso—.

Y sí —reconoció, porque no encontraba correcto empezar a mentir—, sabía que no me plantarías. Pero esperaba…

No pudo terminar, se le cortó la voz.

—¿Esperabas qué? —preguntó él después de un silencio interminable.

—Esperaba que me perdonaras —susurró ella—, o por lo menos que entendieras. Siempre te creí el tipo de hombre que…

—¿Qué tipo de hombre? —preguntó él, pasado un mínimo instante de silencio.

—Es culpa mía, en realidad —dijo ella, oyéndose la voz cansada y triste— . Te he puesto en un pedestal. Has sido tan simpático todos estos años que supongo que pensé que eras incapaz de otra cosa.

—¿Qué demonios he hecho que no sea simpático? Te he protegido, te pedí la mano, he…

—No has intentado ver esto desde mi punto de vista —interrumpió ella.

—¡Porque has actuado como una idiota! —exclamó él, casi en un gruñido.

A eso siguió el silencio, el tipo de silencio que irrita los oídos, que roe el alma.

—No logro imaginarme qué más hay que decir —dijo Isabella al fin.

Edward desvió la cara; no sabía por qué lo hacía, si en realidad no la veía en la oscuridad. Pero algo que detectó en su voz lo inquietó. Le pareció vulnerable, cansada, triste, apenada. Eso le hacia desear comprenderla, o por lo menos intentarlo, aun cuando estaba seguro de que ella había cometido un terrible error. Cada vez que notaba que se le entrecortaba un pelín la voz se le enfriaba la furia. Seguía enfadado, pero había perdido la voluntad de exhibir el enfado.

—Te van a descubrir, ¿sabes? —dijo, en voz baja y controlada—. Has humillado a Cressida; tiene que estar más que furiosa y no va a descansar hasta descubrir a la verdadera lady Whistledown.

Isabella se alejó unos pasos; él oyó el frufrú de sus faldas.

—Cressida no es lo bastante inteligente para descubrirme. Además, no voy a escribir más hojas, así que no habrá ninguna oportunidad de que cometa un desliz y revele algo. —Pasado un momento añadió—. Tienes mi promesa.

—Es demasiado tarde.

—No es demasiado tarde —protestó ella—. ¡Nadie lo sabe! Nadie lo sabe fuera de ti, y te avergüenzas tanto de mí que no puedo soportarlo.

—Vamos, Isabella, por el amor de Dios —ladró él—. No me avergüenzo de ti.

—¿Podrías encender una vela, por favor? —suplicó ella.

Edward fue hasta la cómoda y hurgó en un cajón en busca de una vela y los medios para encenderla.

—No me avergüenzo de ti —repitió—, pero sí creo que has actuado tontamente.

—Puede que tengas razón, pero tengo que hacer lo que creo que es correcto.

—No pienses —dijo él, pasando por alto eso y girándose a mirarla a la cara mientras encendía una llama—. Olvida, si quieres, aunque yo no puedo, lo que ocurrirá a tu reputación si la gente descubre quién eres realmente. Olvida que te aislarán y hablarán de ti a tu espalda.

—Esas son personas de las que no vale la pena preocuparse —dijo ella, la espalda derecha como una vara.

—Tal vez no —concedió él, cruzándose de brazos y mirándola, fijamente—. Pero te dolerá. No te gustará, Isabella. Y a mí no me gustará.

Ella tragó saliva. Estupendo, pensó él. Tal vez había logrado hacerla comprender.

—Pero olvida todo eso —continuó—. Te has pasado los diez últimos años insultando a personas, ofendiéndolas.

—He dicho muchas cosas simpáticas también —rebatió ella, sus oscuros ojos brillantes de lágrimas sin derramar.

—Sí, claro que sí, pero esas no son las personas de las que vas a tener que preocuparte. Me refiero a las furiosas, a las insultadas. —Se le acercó le cogió los brazos—. Isabella, habrá personas que desearán herirte —dijo, apremiante.

Dijo esas palabras para ella, pero estas se volvieron y le perforaron el corazón a él.

Trató de imaginarse la vida sin Isabella; le resultó imposible.

Sólo unas semanas atrás ella era… Se detuvo a pensar. ¿Qué era? ¿Una amiga? ¿Una conocida? ¿Una persona a la que veía pero en la que nunca se fijaba?

Y ahora era su novia, pronto sería su esposa. Y tal vez… tal vez era algo más que eso. Algo más profundo, algo más precioso.

—Lo que quiero saber —dijo, obligándose a volver la conversación al tema para impedir que su mente vagara por esos caminos tan peligrosos— es por qué no aprovechaste la coartada perfecta si de lo que se trata es de continuar anónima.

—¡Porque de lo que se trata no es de continuar o no anónima! —exclamó ella, casi gritando.

—¿Quieres que te descubran? —preguntó él, mirándola boquiabierto.

—No, claro que no. Pero este es mi trabajo. Es el trabajo de mi vida. Es lo único que tengo para mostrar que he vivido, y si no puedo llevarme el mérito de haberlo hecho, que me cuelguen si se lo lleva otra persona.

Edward abrió la boca para replicar, pero ante su sorpresa, comprobó que no se le ocurría nada. El trabajo de su vida. Isabella tenía un trabajo de su vida.

Él no.

Ella no podía poner su nombre en su trabajo, pero cuando estaba sola en su habitación podía mirar en retrospectiva los números de sus hojas publicadas, señalarlos y decirse «Esto, esto, esto es lo que he hecho en mi vida».

—¿Edward? —susurró ella, visiblemente sorprendida por su silencio.

Era pasmosa, continuó pensando él. No entendía cómo no se había dado cuenta antes, cuando ya sabía que era inteligente, encantadora, ingeniosa y creativa. Pero todos esos adjetivos, y los muchísimos otros que aún no se le ocurrían, no daban su verdadera talla.

Era pasmosa.

Y él… Dios de los cielos, le tenía envidia.

—Me voy —dijo ella en voz baja, girándose y echando a caminar hacia la puerta.

Por un instante él no reaccionó. Su mente seguía paralizada, deslumbrada por esas revelaciones. Pero cuando vio su mano en el pomo, comprendió que no podía dejar que se marchara. Ni esa noche, ni nunca.

—No —dijo con la voz ronca, cruzando la distancia en tres pasos—. No — repitió—. Quiero que te quedes.

Ella lo miró, sus ojos dos pozos de confusión.

—Pero si dijiste…

Él ahuecó tiernamente las manos en su cara.

—Olvida lo que dije.

Y entonces fue cuando comprendió que Daphne tenía razón. Su amor no fue como un rayo caído del cielo. Comenzó con una sonrisa, una palabra, una mirada guasona. Con cada segundo pasado en presencia de ella fue aumentando hasta llegar a ese momento, en que de repente lo supo.

La amaba.

Seguía furioso con ella por haber publicado esa última hoja, y se sentía terriblemente avergonzado por envidiarle que hubiera encontrado un trabajo y finalidad en su vida, pero aun con todo eso, la amaba.

Y si la dejaba salir por esa puerta en ese momento, no se lo perdonaría jamás.

Tal vez eso era la definición del amor entonces. Cuando uno la desea, la necesita, la adora de todos modos, aun cuando esté absolutamente furioso con ella y muy dispuesto a atarla a la cama para que no salga a crearse más problemas.

Esa era la noche. Ese era el momento. Se sentía a rebosar de emoción y tenía que decírselo. Tenía que «demostrárselo».

—Quédate —le susurró—. Y la atrajo hacia él, con fuerza, ávidamente, sin pedir disculpas ni ofrecer explicaciones—. Quédate —repitió, llevándola hacia su cama.

Y en vistas de que ella no decía nada, lo dijo una tercera vez:

—Quédate.

Ella asintió.

Él la cogió en sus brazos.

Esa era Isabella, y eso era amor.


Awww me encanta este capitulo! Ed es tan tierno y sincero consigo mismo, simplemente esplendido.