Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 20
Ya habían transcurrido varios días cuando Isabella volvió de una salida de compras con Alice, Hyacinth y Renesmee, y encontró a su marido sentado ante su escritorio en su estudio. Estaba leyendo algo, muy encorvado, lo que no era típico de él, sobre un libro o documento desconocido.
—¿Edward?
Él levantó la cabeza sobresaltado. No debió oírla entrar, aun cuando ella no había hecho nada para silenciar sus pasos.
— Isabella —dijo, levantándose mientras ella entraba—, ¿cómo te fue en tu… eh, lo que fuera que saliste a hacer?
—Compras —dijo ella, sonriendo divertida—. Fui de compras.
—Eso. Así que fuiste de compras —dijo él, balanceándose sobre uno y otro pie—. ¿Compraste algo?
—Una papalina —repuso ella, tentada de añadir «y tres anillos de diamantes», para ver si él la estaba escuchando.
—Estupendo, estupendo —musitó él, claramente impaciente por volver a lo que fuera que tenía sobre su escritorio.
—¿Qué estás leyendo?
—Nada —contestó él, casi automáticamente—. Bueno, en realidad este es uno de mis diarios.
En su cara apareció una expresión extraña, algo azorada, algo desafiante, casi como si le avergonzara que lo hubiera sorprendido y al mismo tiempo la desafiara a preguntar más.
—¿Puedo mirarlo? —preguntó ella con vez dulce y no amenazadora, al menos eso esperaba.
Le resultaba raro que Edward se sintiera inseguro por algo. Pero hablar de sus diarios parecía producirle una vulnerabilidad sorprendente y… conmovedora.
Ella se había pasado gran parte de su vida considerándolo una torre invencible de felicidad y buen humor. Era seguro de sí mismo, apuesto, querido e inteligente. Qué fácil tenía que ser ser un Cullen, había pensado en más de una ocasión.
Muchas, muchas veces, más de las que podría contar, cuando se tendía en la cama al llegar a casa después de tomar el té con Alice y su familia, había deseado haber nacido en la familia Cullen. La vida era fácil para ellos, pensaba. Eran inteligentes, atractivos, ricos, y caían bien a todo el mundo.
Y era imposible odiarlos por llevar esas existencias tan espléndidas, simplemente porque eran muy simpáticos.
Bueno, ella ya era una Cullen, por matrimonio si no por nacimiento y era cierto, la vida era mejor siendo una Cullen, aun cuando eso tenía menos que ver con ningún enorme cambio en sí misma y mucho que ver con que estaba perdidamente enamorada de su marido y, por un fabuloso milagro, él le correspondía el amor.
Pero la vida no era perfecta, ni siquiera para los Cullen.
Incluso Edward, el niño dorado, el hombre de la sonrisa llana y el humor pícaro, tenía sus puntos débiles. Estaba acosado por sueños no realizados e inseguridades secretas. Qué injusta había sido cuando consideraba su vida sin dar margen para sus debilidades.
—No tiene por qué ser todo —lo tranquilizó—. Uno o dos párrafos tal vez, elegidos por ti. Tal vez algo que te guste especialmente.
Él miró el cuaderno abierto, con la cara sin expresión, como si las palabras estuvieran escritas en chino.
—No sabría qué elegir —masculló—. Todo es lo mismo, en realidad.
—Pues no lo es. Eso lo comprendo mejor que cualquiera. —De pronto miró alrededor, vio que la puerta estaba abierta y se apresuró a cerrarla—. He escrito incontables columnas, y te aseguro que no son iguales. Algunas me encantaban. —Sonrió nostálgica, recordando la oleada de satisfacción y orgullo que sentía siempre que escribía una columna que parecía salir redonda, una frase o párrafo realmente bueno—. Era maravilloso, ¿sabes lo que quiero decir?
Él negó con la cabeza.
—Esa sensación que sientes —explicó ella— cuando sabes que la frase te ha salido bordada, que las palabras que has elegido son exactamente las correctas. Y eso es algo que sólo tú puedes valorar cuando llevas un buen rato sentado ahí, abatido y encorvado mirando la hoja de papel blanco, sin saber qué decir, qué escribir.
—Eso lo conozco —dijo él.
Isabella trató de reprimir una sonrisa.
—Sé que conoces esa primera sensación. Eres un escritor espléndido, Edward. He leído tu trabajo.
Él la miró alarmado.
—Sólo el trozo que sabes —lo tranquilizó ella—. Jamás leería tus diarios sin tu invitación. —Se ruborizó al recordar que así fue como leyó esas páginas acerca de Chipre—. Bueno, ya no lo hago —añadió—. Pero lo encontré estupendo, Edward. Casi mágico, y en alguna parte dentro de ti tienes que saber eso.
Él continuó mirándola, como si no supiera qué decir. Era una expresión que ella había visto en muchísimas caras, pero jamás en la de él; una expresión muy rara, muy extraña. Sintió deseos de llorar, de estrecharlo en sus brazos. Principalmente, sentía la intensa necesidad de restablecer la sonrisa en su cara.
—Sé que tienes que haber experimentado esos momentos que he descrito —insistió—. Esos en que sabes que lo que has escrito es bueno. —Lo miró esperanzada—. Sabes lo que quiero decir, ¿verdad?
Él no contestó.
—Lo sabes. Sé que lo sabes. No puedes ser un escritor y no saberlo.
—No soy un escritor.
—Pues sí que lo eres. La prueba está ahí —hizo un gesto hacia el diario y avanzó unos pasos—. Edward, por favor, ¿me permites leer un poco más?
Por primera vez vio que él parecía indeciso, lo que consideró una pequeña victoria.
—Tú ya has leído todo lo que yo he escrito —dijo, tratando de engatusarlo—. Entonces es justo que…
Se interrumpió al verle la cara. No habría sabido describir su expresión,
pero era velada, cerrada, absolutamente inalcanzable.
—¿Edward? —susurró.
—Prefiero guardármelo para mí —dijo él secamente—, si no te importa.
—No, claro que no —dijo ella pero los dos sabían que mentía.
Edward continuó tan inmóvil y callado que a ella no le quedó más remedio que disculparse y dejarlo solo en la sala mirando impotente la puerta.
La había herido.
Qué más daba que no hubiera sido esa su intención. Ella trató de llegar a él y él fue incapaz de cogerle la mano.
Y lo peor era que sabía que ella no entendía. Creía que él se avergonzaba de ella. Él le había dicho que no, pero puesto que no logró decidirse a decirle la verdad, que la envidiaba, no lograba imaginarse que ella pudiera creerle.
Demonios, él tampoco lo habría creído, porque en cierto modo, estaba mintiendo. O por lo menos reservándose una verdad que lo incomodaba y desagradaba.
Pero en el instante en que ella le recordó que él había leído todo lo que ella había escrito, algo se tornó feo y negro dentro de él.
Él había leído todo lo escrito por ella porque ella había publicado las hojas que escribía. En cambio los escritos de él estaban aburridos y muertos en sus diarios, bien guardados para que nadie pudiera leerlos.
¿Importaba que un hombre escribiera si nadie lo leía nunca? ¿Tenían sentido las palabras si nadie las oía nunca?
Jamás había considerado la posibilidad de publicar sus diarios hasta que Isabella se lo sugirió hacía unas semanas; y el pensamiento ya lo consumía día y noche (cuando no estaba consumido por Isabella, claro está). Pero se sentía atenazado por un potente miedo. ¿Y si ningún editor quería publicar sus escritos? ¿Y si alguno sí los publicaba pero sólo porque la suya era una familia rica y poderosa? Él deseaba más que nada ser él mismo, dueño de sí mismo, ser conocido por sus obras, no por su apellido o posición, y ni siquiera por su sonrisa o encanto.
Y luego estaba la posibilidad más temible de todas: ¿Y si publicaba sus escritos y no gustaban a nadie?
¿Cómo arrostraría eso? ¿Cómo existiría siendo un fracasado?
¿O sería peor continuar siendo lo que era en esos momentos: un cobarde?
A última hora de esa tarde, después que Isabella se levantó por fin de su sillón para beber una restauradora taza de té y luego vagó sin rumbo por el dormitorio hasta finalmente instalarse en la cama apoyada en los almohadones con un libro que no lograba obligarse a leer, apareció Edward.
No dijo nada, simplemente se quedó ahí de pie, sonriéndole; pero esta no era una de sus sonrisas habituales, esas que irradian desde dentro e inducen al receptor a corresponderle la sonrisa.
Era una sonrisa leve, tímida, azorada.
Una sonrisa de disculpa.
Isabella dejó el libro sobre su abdomen, con el lomo hacia arriba.
—¿Puedo? —preguntó Edward, señalando el lugar vacío en la cama junto a ella.
—Por supuesto —dijo ella, moviéndose hacia la derecha y dejando el libro en la mesilla de noche.
—He marcado algunos pasajes —explicó él, enseñándole el diario mientras se acomodaba en la cama—. Si quieres leerlos para… —se aclaró la garganta— para darme una opinión, eso sería… —volvió a toser—, eso sería aceptable.
Isabella miró el diario, elegantemente encuadernado en piel carmesí, y luego lo miró a él. Tenía la cara seria, los ojos sombríos, y aunque estaba absolutamente quieto (ni retorciéndose las manos ni jugueteando con ellas) se veía a las claras que estaba nervioso.
Nervioso. Edward. Algo extrañísimo, inimaginable.
—Me sentiría honrada —dijo dulcemente, quitándole el cuaderno de las manos.
Vio que algunas páginas estaban marcadas con cintas, de modo que lo abrió delicadamente por una de las páginas seleccionadas.
14 de marzo de 1819
Las Highlands son curiosamente castañas
—Eso lo escribí cuando fui a Escocia a visitar a Francesca —interrumpió él.
Isabella le dirigió una sonrisa ligeramente indulgente, que significaba un suave reproche por su interrupción.
—Perdona —masculló él.
Uno habría pensado, al menos uno de Inglaterra, que las montañas y valles serían de un exquisito color verde esmeralda. Al fin y al cabo Escocia se encuentra en la misma isla y, a decir de todos, padece las mismas lluvias que atormentan Inglaterra.
Me han dicho que a estos extraños cerros color beige se los llama mesetas, y son tristes, castaños y desiertos. Y sin embargo conmueven el alma.
—Eso fue cuando estaba en lo alto de una elevación —explicó él—. Cuando estás más abajo, o cerca de los lagos, es muy diferente.
Isabella se giró a echarle una miradita.
—Lo siento —masculló él.
—¿Quizá estarías más cómodo si no leyeras por encima de mi hombro? —sugirió ella.
Él pestañeó, sorprendido.
—Yo diría que ya has leído todo esto —dijo ella. Al ver su mirada de incomprensión, añadió—: Así que no necesitas leerlo ahora. —Esperó una reacción y no hubo ninguna—. Así que no necesitas mirar por encima de mi hombro —concluyó.
—Ah —dijo él apartándose—. Lo siento.
Ella lo miró dudosa.
—Fuera de la cama, Edward.
Con cara de sentirse muy castigado, Edward se bajó de la cama y fue a sentarse en un sillón en el extremo más alejado de la habitación; allí se cruzó de brazos y empezó a golpetear con el pie en el suelo, en una especie de loca danza de impaciencia.
Tap tap tap, tapiti tap tap tap.
—¡Edward!
Él la miró sinceramente sorprendido.
—¿Qué?
—¡Deja de golpear con el pie!
Él se miró el pie como si fuera un objeto desconocido.
—¿Lo estaba golpeando?
—Sí.
—Ah. —Apretó más los brazos cruzados en el pecho—. Lo siento.
Isabella volvió la atención al diario.
Tap tap tap.
—¡Edward!
Él plantó firmemente los pies sobre la alfombra.
—No pude evitarlo. Ni siquiera me di cuenta de que lo hacía.
Descruzó los brazos y los apoyó en los brazos del sillón, pero no parecía estar relajado, tenía tensos y flexionados los dedos de las dos manos.
Ella lo miró un momento, esperando para ver si realmente iba a ser capaz de estarse quieto.
—No lo volveré a hacer —la tranquilizó él—. Te lo prometo.
Ella le echó una última mirada evaluadora y nuevamente volvió la atención a la página que tenía delante.
En cuanto al pueblo, los escoceses detestan a los ingleses, y muchos dirían que con toda razón. Pero individualmente son muy cálidos y amistosos, deseosos de ofrecer un vaso de whisky, una comida caliente o un lugar abrigado para dormir. Un grupo de ingleses, o, la verdad sea dicha, cualquier inglés que vista cualquier tipo de uniforme, no encuentra una calurosa bienvenida en un pueblo escocés. Pero si un inglés solitario va caminando por su calle principal, la gente de la localidad lo saluda con los brazos abiertos y anchas sonrisas.
Eso fue lo que me ocurrió cuando estuve en Inveraray, a la orilla del Loch Fyne. Pulcra ciudad, bien planificada, que diseñó Robert Adam cuando el duque de Argyll decidió trasladar a toda la aldea para dar cabida a su nuevo castillo, está situada al borde del agua, sus casas encaladas en ordenadas hileras que se cruzan en ángulo recto (sin lugar a dudas, una existencia extrañamente ordenada para uno como yo, criado en medio de las tortuosas intersecciones de Londres).
Estaba tomando mi comida de la tarde en el George Hotel, disfrutando de un buen whisky en lugar de la habitual cerveza que uno podría beber en un establecimiento similar en Inglaterra, cuando caí en la cuenta de que no tenía idea sobre cómo llegar a mi siguiente destino, ni de cuánto tiempo tardaría en llegar allí. Me acerqué al dueño (un tal señor Clark), le expliqué mi intención de visitar el castillo Blair, y luego no pude hacer otra cosa que pestañear maravillado y desconcertado cuando el resto de los ocupantes de la posada intervinieron inesperadamente ofreciendo consejos.
—¿El castillo Blair? —tronó el señor Clark (era un hombre bastante atronador, nada dado a hablar suave)—. Muy bien, pues, si quiere ir al castillo Blair, sin duda le convendrá dirigirse al oeste, hacia Pitlochry y desde ahí tomar hacia el norte.
Esto fue recibido por un coro de aprobación y otro coro igualmente fuerte de desaprobación.
—¡Och, no! —gritó otro (cuyo apellido era MacBogel, según me enteré después)—. Tendrá que atravesar el lago Tay, y mejor receta para el desastre no se ha probado jamás. Mejor que se dirija al norte ahora y después avance hacia el oeste.
—Sí —intervino un tercero— pero entonces se encontrará con el Ben Nevis. ¿Me vas a decir que una montaña es un obstáculo menor que un insignificante lago?
—¿Llamas insignificante al lago Tay? Te diré que nací en la orilla del lago Tay y nadie lo va a llamar insignificante en mi presencia. (No tengo idea de quién dijo esto, ni, en realidad, quién dijo todo lo que sigue, pero todo se dijo con gran sentimiento y convicción).
—No tiene por qué hacer todo el camino hasta el B en Nevis. Puede virar al oeste en Glencoe.
—Jo, jo, jo, y una botella de whisky. No hay ningún camino decente que lleve al oeste de Glencoe. ¿Quieres matar al pobre muchacho?
Y así continuaron yendo y viniendo los consejos. Si el lector ha observado que dejé de escribir quién dijo qué se debe a que el bullicio de voces era tan abrumador que era imposible distinguir a nadie, y esto continuó sus buenos diez minutos, hasta que habló Angus Campbell, anciano de ochenta años por lo menos, y por respeto todos se callaron.
—Lo que necesita hacer —resolló Angus— es viajar al sur hasta Kintyre, volver al norte y cruzar el fiordo de Lorne hasta Mull, para que de ahí pueda cruzar hasta Iona, luego navegar hasta Skye, cruzar a tierra firme y llegar a Ullapool, bajar a Inverness, presentar sus respetos en Culloden y de ahí puede proseguir al sur hasta el castillo Blair, y pasar por Grampian si quiere para ver cómo se hace una verdadera botella de whisky.
A este discurso siguió un silencio absoluto. Finalmente un valiente señaló:
—Pero eso le llevará meses.
—¿Y quién ha dicho que no? —dijo Campbell, con un leve matiz de belicosidad—. El sassenach está aquí para ver Escocia. ¿Me vas a decir que podrá decir que ha hecho eso si lo único que hace es seguir una línea recta de aquí a Perthshire?
Me sorprendí sonriendo y tomé la decisión en el acto. Seguiría esa ruta exacta, y cuando regresara a Londres sabría en mi corazón que conocía Escocia.
Edward observaba a Isabella mientras leía. De tanto en tanto ella sonreía, y a él le daba un vuelco el corazón, y de pronto cayó en la cuenta de que su sonrisa se había hecho permanente y tenía los labios fruncidos como para reprimir la risa.
Cayó en la cuenta de que él también estaba sonriendo.
Le había sorprendido enormemente la reacción de ella la primera vez que leyó sus escritos; su reacción fue muy apasionada aunque al mismo tiempo fue muy analítica y precisa en sus comentarios. Ya todo adquiría sentido, lógicamente. Ella era escritora también, probablemente mejor que él, y de todas las cosas que entendía de este mundo, entendía las palabras.
Le costaba creer que hubiera tardado tanto en pedirle consejo. El miedo, suponía, se lo impedía. El miedo, la preocupación y todas esas estúpidas emociones que él se imaginaba que lo rebajaban.
¿Quién habría supuesto que le importaría tanto la opinión de una mujer?
Había trabajado en sus diarios durante años, relatando esmeradamente sus viajes, tratando de describir más de lo que veía y hacía, tratando de captar lo que «sentía». Y nunca jamás se los había enseñado a nadie.
Hasta ese momento.
No había nadie a quien hubiera deseado enseñárselos. No, eso no era cierto. En el fondo, había deseado enseñárselos a un buen número de personas, pero nunca le pareció que era el momento oportuno, o temía que la persona mintiera o dijera que algo era bueno cuando no lo era, sólo para no herirle los sentimientos.
Pero Isabella era distinta. Era escritora, una escritora condenadamente buena además. Y si ella decía que sus escritos en el diario eran buenos, casi podía creer que era cierto.
Ella frunció ligeramente los labios al dar la vuelta a una página, frunció el ceño al no poder cogerla, se mojó el dedo, cogió la página y continuó leyendo.
Y volvió a sonreír.
Edward soltó el aliento, que había retenido sin darse cuenta.
Finalmente ella dejó el cuaderno en su falda, abierto en la parte que había estado leyendo, y lo miró.
—¿Supongo que querías que parara al final de esta parte?
Él no sabía qué había esperado que dijera, por lo que eso lo desconcertó.
—Eh… si quieres… —tartamudeó—, si quieres leer más, estaría bien, supongo.
Fue como si el sol hubiera tomado residencia en la sonrisa de ella.
—Pues claro que quiero leer más —exclamó—. No veo las horas de saber qué ocurrió cuando fuiste a Kintyre, a Mull, a… —frunciendo el ceño miró la página—, a Skye, a Ullapool, a Culloden y a Grampian. —Volvió a mirar el cuaderno—, ah, sí, y al castillo Blair, por supuesto, si llegaste allí al fin.
Supongo que ibas allí a visitar a algún amigo.
Él asintió.
—A Murray —dijo, refiriéndose a un compañero de colegio cuyo hermano era el duque de Atholl—. Pero he de decirte que al final no seguí la ruta exacta recomendada por Angus Campbell. Para empezar, ni siquiera encontré caminos que conectaran la mitad de los lugares que recomendó.
—Tal vez deberíamos ir allí en nuestro viaje de luna de miel —dijo ella, con ojos soñadores.
—¿A Escocia? —preguntó él, absolutamente sorprendido—. ¿No prefieres viajar a algún lugar caluroso y exótico?
—Para una que nunca ha viajado más lejos de a cien millas de Londres, Escocia «es» exótica —repuso ella descaradamente.
—Te aseguro que Italia es más exótica —dijo él, sonriendo y atravesando la habitación hasta sentarse en el borde de la cama—. Y más romántica.
Ella se ruborizó, cosa que a él le encantó.
—Ah —dijo, con expresión vagamente azorada.
Él pensó cuánto tiempo podría azorarla hablándole de romance y de amor y todas las espléndidas actividades que acompañaban esos temas.
—Iremos a Escocia en otra ocasión —le aseguró—. De todos modos cada
unos años voy al norte a visitar a Francesca.
—Me sorprendió que me pidieras la opinión —dijo Isabella pasado un momento.
—¿A qué otra persona se la iba a pedir?
—No lo sé —repuso ella, repentinamente muy interesada en mirarse los dedos que estaban enterrados en la colcha—. A tus hermanos, supongo.
Él le cubrió una mano con la suya.
—¿Qué saben ellos de escribir?
Ella alzó el mentón y sus ojos cálidos, francos y castaños se encontraron con los de él.
—Sé que valoras sus opiniones.
—Eso es cierto —concedió él—, pero valoro más la tuya.
Le observó atentamente la cara, y vio las emociones que pasaban por ella.
—Pero no te gusta lo que escribo —dijo ella, su voz vacilante y
esperanzada al mismo tiempo.
Él le puso la mano en la curva de la mejilla, sosteniéndosela suavemente para que ella lo mirara mientras hablaba.
—Nada podría estar más lejos de la verdad —dijo, con una ardiente intensidad—. Pienso que eres una escritora maravillosa. Defines claramente la esencia de una persona con una sencillez e ingenio incomparables. Durante diez años has hecho reír a la gente; les has hecho estremecerse, asustarse, les has hecho pensar, Isabella. Has hecho pensar a la gente. No sé qué podría ser una consecución más grande. Por no decir —continuó, casi como si no pudiera parar una vez que había comenzado— que escribes acerca de la sociedad, nada menos. Escribes acerca de la sociedad y la haces divertida, interesante e ingeniosa, cuando todos sabemos que con más frecuencia que menos no puede ser más aburrida.
Durante un largo rato Isabella no pudo decir nada. Todos esos años se había enorgullecido de su trabajo y sonreía para sus adentros siempre que alguien citaba algo de una de sus hojas o se reía de algunas de sus pullas.
Pero no tenía a nadie con quien comentar sus triunfos.
Ser anónima era un panorama solitario.
Pero ahora tenía a Edward. Y aunque el mundo nunca sabría que lady Whistledown era la fea, olvidada, solterona hasta el último momento posible, Isabella Swan, Edward lo sabía. Y estaba llegando a comprender que aun cuando eso no fuera lo único que importaba era lo que importaba más.
Pero seguía sin entender su comportamiento.
—¿Por qué, entonces te pones tan distante y frío cada vez que pongo el tema? —le preguntó, pronunciando lentamente y midiendo las palabras.
—Es difícil de explicar —dijo él pasado un momento, casi en un murmullo.
—Soy buena para escuchar.
Él bajó la mano que tenía ahuecada tan amorosamente en su cara y la puso sobre la rodilla. Y entonces dijo algo que ella jamás había esperado.
—Te tengo envidia. —Se encogió de hombros—. Lo siento.
—No sé qué quieres decir —dijo ella, sin poder evitar que la voz le saliera tan débil como un susurro.
—Mírate, Isabella. —Le cogió las dos manos y se las giró hasta dejar las palmas enfrentadas—. Eres un inmenso éxito.
—Un éxito anónimo.
—Pero tú lo sabes, y yo lo sé. Además, no es a eso a lo que me refiero.
—Le soltó una mano y se pasó los dedos por el pelo, buscando las palabras—. Tú has hecho algo. Tienes un volumen de trabajo.
—Pero tú tienes…
—¿Qué tengo yo, Isabella? —interrumpió él, con la voz agitada, levantándose y comenzando a pasearse—. ¿Qué tengo yo?
—Bueno, me tienes a mí —dijo ella, pero le faltó fuerza a su voz; sabía que no era eso lo que él quería decir.
Él la miró cansinamente.
—No me refiero a eso, Isabella…
—Lo sé.
—Necesito algo a lo que pueda apuntar —dijo él por encima de la corta frase de ella—. Necesito una finalidad. Anthony tiene una, Benedict tiene una,
pero yo soy pura baratija.
—Edward no. Eres…
—Estoy harto de que se me considere nada más que un… —se interrumpió.
—¿Qué, Edward? —preguntó ella, algo sobresaltada por la expresión de repugnancia que le cruzó por la cara.
—Por Cristo de los cielos —maldijo él en voz baja, siseando la S.
Ella lo miró con los ojos como platos. Edward no era dado a soltar maldiciones.
—No lo puedo creer —dijo él, incrédulo—. Me he quejado de lady Whistledown contigo.
—Muchas personas han hecho eso, Edward. Estoy acostumbrada.
—No lo puedo creer. Me quejé contigo de que lady Whistledown me llamara encantador.
—A mí me llamó cítrico demasiado maduro —dijo ella, tratando de poner alegría en el asunto.
Él dejó de pasearse el tiempo suficiente para mirarla molesto.
—¿Te reíste de mí todo el tiempo mientras yo lloriqueaba que lo único que recordarían de mí las generaciones venideras sería lo que aparecía en las hojas Whistledown?
—¡No! Supongo que me conoces lo bastante bien para saber que no.
Él movió la cabeza como si no lo creyera.
—No puedo creer que haya estado sentado ahí quejándome de que no tenía ninguna habilidad cuando tú tenías todas las hojas Whistledown.
Ella se bajó de la cama; ya no soportaba seguir sentada ahí mientras él se paseaba como un tigre enjaulado.
—Edward, no podías saberlo.
—De todos modos. —Suspiró disgustado—. La ironía sería estupenda si no fuera dirigida a mí.
Isabella abrió la boca para hablar pero descubrió que no encontraba las palabras para expresar todo lo que tenía en el corazón. Él tenía a su haber tantos éxitos que ella ni siquiera podía empezar a contarlos. No eran cosas que se pudieran coger como una hoja de Ecos de Sociedad de Lady Whistledown, pero igual de especiales.
Tal vez más especiales.
Recordó las muchas veces que lo había visto hacer sonreír a alguien, todas las veces que lo vio pasar de largo ante las jovencitas populares para ir a sacar a bailar a una fea. Pensó en los lazos fuertes, casi mágicos que tenía con sus hermanos. Si esos no eran logros, no sabía qué lo era.
Pero sabía que esos no eran el tipo de hitos a los que él se refería. Sabía lo que él necesitaba: una finalidad, una vocación.
Algo para demostrar al mundo que era más de lo que creían que era.
—Publica las memorias de tus viajes —le dijo.
—No voy a…
—Publícalas. Corre el riesgo y ve si vuelas.
Él la miró a los ojos un momento y luego su mirada pasó al cuaderno que todavía tenía ella en las manos.
—Necesitan corrección —masculló.
Isabella se echó a reír, porque sabía que había ganado. Y él había ganado también. Aún no lo sabía, pero había ganado.
—Todo necesita corrección —dijo, ensanchando la sonrisa con cada palabra—. Bueno, excepto yo, supongo —bromeó—. O tal vez sí la necesitaba —añadió, encogiéndose de hombros—. Nunca lo sabremos porque no tenía a nadie que me corrigiera.
De pronto él levantó la vista.
—¿Cómo lo hacías?
—¿Cómo hacía qué?
Él frunció los labios, impaciente.
—Sabes qué quiero decir. ¿Cómo hacías la hoja? Era algo más que escribirla. Tenías que imprimirla y distribuirla. Alguien tiene que haber sabido quién eras.
Ella hizo una larga espiración. Había guardado tanto tiempo esos secretos que le resultaba difícil contarlos, incluso a su marido.
—Es una larga historia. Tal vez deberíamos sentarnos.
Él la llevó de vuelta a la cama, y los dos se acomodaron, apoyados en los almohadones con las piernas estiradas.
—Era muy joven cuando empecé —comenzó ella—. Sólo tenía diecisiete años, y ocurrió por casualidad.
Él sonrió.
—¿Cómo puede ocurrir por casualidad una cosa así?
—Lo escribí como broma, para divertirme. Me sentía tan desgraciada esa primera temporada… —Lo miró muy seria—. No sé si lo recordarás, pero en ese tiempo pesaba casi una arroba más que ahora, y no es que ahora esté delgada como está de moda.
—Yo te encuentro perfecta —dijo él, lealmente.
Y eso formaba parte, pensó ella, del motivo de que lo encontrara perfecto.
—En todo caso —continuó—, no me sentía tremendamente feliz, así que escribí una descripción bastante mordaz de la fiesta a la que había asistido la noche anterior. Después escribí otra y otra. No las firmaba lady Whistledown, simplemente las escribía para divertirme y las escondía en mi escritorio. Pero resulta que un día se me olvidó esconderlas.
—¿Qué ocurrió? —preguntó él, inclinándose hacia ella, absolutamente interesado.
—Todas habían salido y yo sabía que tardarían bastante en volver, porque entonces fue cuando mi madre seguía pensando que podría convertir a Prudence en un diamante de primerísimo calidad, y sus compras les llevaban todo el día.
Edward hizo un gesto circular con la mano, indicándole que fuera al grano.
—Bueno, resulta que decidí trabajar en el salón, porque mi habitación estaba húmeda y con olor a encierro, porque alguien dejó la ventana abierta durante una lluvia torrencial, bueno, igual fui yo. Pero entonces tuve que ausentarme un momento para ir a atender… bueno, ya sabes.
—No —dijo él bruscamente—. No lo sé.
—Atender a mi asunto —susurró ella, ruborizándose.
—Ah, ya —dijo él, descartándolo, no interesado en esa parte de la historia—. Continúa.
—Cuando volví al salón, estaba ahí el abogado de mi padre. Y estaba leyendo lo que yo había escrito. Me horroricé.
—¿Y qué pasó?
—No puede hablar todo un minuto. Pero entonces vi que él se estaba riendo, y no porque pensara que yo era una tonta sino porque encontraba bueno lo escrito.
—Bueno, es que escribes bien.
—Eso lo sé ahora —dijo ella sonriendo irónica—, pero tienes que recordar que entonces tenía diecisiete años. Y decía cosas bastante horrendas.
—Sobre personas horrendas, seguro.
—Bueno, sí, pero de todas maneras… —cerró los ojos dejando pasar los recuerdos por su cabeza—. Eran personas populares, personas influyentes.
Personas a las que yo no les caía muy bien. La verdad es que no me importaba que fueran horrendas conmigo si se descubría lo que yo escribía. En realidad habría sido peor porque eran personas horrendas. Me habrían arruinado y yo habría arruinado a toda mi familia junto conmigo.
—¿Qué ocurrió entonces? Supongo que fue de él la idea de publicarlas.
Isabella asintió.
—Sí. Él lo organizó todo con el impresor, el que a su vez buscó a los niños para repartirlas. Y fue idea de él la de dar gratis la hoja las dos primeras semanas. Dijo que necesitábamos crear adicción en la alta sociedad.
—Yo estaba fuera del país cuando comenzó a aparecer la hoja —dijo Edward—, pero recuerdo que mi madre y mis hermanas me lo contaban todo acerca de ella.
—La gente se fastidió cuando los niños exigieron pago después de esas dos semanas gratis. Pero todos pagaron.
—Brillante idea la de tu abogado —musitó Edward.
—Sí, era muy inteligente.
Él captó el uso del tiempo pasado.
—¿Era?
Ella asintió, triste.
—Murió hace unos años. Pero sabía que estaba enfermo así que antes de morir me preguntó si quería continuar. Supongo que entonces podría haber dejado de escribir, pero no tenía ninguna otra cosa que hacer en mi vida, y lógicamente ninguna perspectiva de matrimonio. —Levantó bruscamente la cabeza y lo miró—. No quiero decir que… Es decir…
Él curvó los labios en una sonrisa de reproche a sí mismo.
—Puedes regañarme todo lo que quieras por no haberte propuesto matrimonio años atrás.
Isabella lo miró sonriendo. ¿Era de extrañar que amara a ese hombre?
—Pero sólo si terminas tu historia —añadió él en tono bastante firme.
—De acuerdo —dijo ella, obligándose a poner la atención a lo que tenía entre manos—. Depuse que el señor… —lo miró vacilante—. No sé si debo decir su nombre.
Edward comprendió que ella estaba desgarrada entre su amor y confianza en él y su lealtad al hombre que, con toda probabilidad, fue como un padre para ella después que se fue de este mundo su verdadero padre.
—No pasa nada —le dijo dulcemente—. Ya murió. Su nombre no tiene importancia.
Ella dejó salir suavemente el aliento que tenía retenido.
—Gracias —dijo, mordiéndose el labio inferior—. No es que no me fíe de ti, es que…
—Lo sé —dijo él, tranquilizado, apretándole los dedos—. Si más adelante quieres decírmelo, muy bien. Y si no quieres, muy bien también.
Ella asintió, sus labios apretados en las comisuras, en esa expresión que ponen las personas cuando se están esforzando en no llorar.
—Él lo tenía todo organizado, así que después que murió yo me entendía directamente con el impresor. Establecimos un sistema para la entrega de los originales, y los pagos continuaron como siempre, los depositaba en una discreta cuenta a mi nombre.
Edward hizo una inspiración entrecortada al pensar cuánto dinero debía haber acumulado en todos esos años. ¿Pero cómo podría haberlo gastado sin despertar sospechas?
—¿Has retirado dinero?
Ella asintió.
—Cuando llevaba unos cuatro años escribiendo, murió mi tía abuela y le dejó su propiedad a mi madre. El abogado de mi padre escribió el testamento.
No tenía mucho así que cogimos mi dinero y simulamos que era de ella. —Se le alegró ligeramente la cara, moviendo la cabeza, como aturdida—. Mi madre se sorprendió. Jamás se había imaginado ni en sueños que la tía Georgette fuera tan rica. Estuvo sonriendo durante meses. Nunca he visto nada igual.
—Fuiste muy generosa.
Isabella se encogió de hombros.
—Era la única manera para poder usar mi dinero.
—Pero se lo diste a tu madre.
—Es mi madre —dijo ella, como si eso debiera explicarlo todo—. Me mantenía. Todo se iba a gastar en lo mismo.
Él deseó decir más, pero no lo dijo. Renne Swan era la madre de Isabella, y si Isabella quería amarla él no se lo iba a prohibir.
—Desde entonces —dijo ella—, no he tocado nada. Bueno no para mí.
He dado algún dinero a obras benéficas. —Su expresión se tornó irónica—. Anónimamente.
Él estuvo callado un rato, tomándose el tiempo para pensar en todo lo que ella había hecho esos diez años pasados, todo sola, todo en secreto.
—Si quieres usar el dinero ahora —dijo al fin—, deberías. Nadie hará ninguna pregunta si de repente tienes más fondos. Eres una Cullendespués de todo. —Se encogió de hombros modestamente—. Es bien sabido que Anthony estableció buenos fondos para sus hermanos.
—No sabría qué hacer con todo ese dinero.
—Cómprate algo nuevo —sugirió él. ¿No les gustaba comprar a todas las mujeres?
Ella lo miró con una expresión extraña, casi inescrutable.
—No sé si entiendes cuánto dinero tengo —dijo, evasiva—. No creo que pueda gastarlo todo.
—Resérvalo para nuestros hijos, entonces —dijo él—. Yo he tenido la inmensa suerte de que mi padre y mi hermano tuvieran a bien proveerme, pero no todos los hijos menores tienen tanta suerte.
—Ni las hijas —dijo ella—. Nuestras hijas deberían tener dinero propio. Aparte de sus dotes.
Edward tuvo que sonreír. Esas disposiciones eran excepcionales, pero qué típico de Isabella insistir en eso.
—Lo que tú quieras —dijo afectuosamente.
Ella sonrió y suspiró, reclinándose nuevamente en los almohadones. Le deslizó suavemente los dedos por el dorso de la mano, pero su mirada era remota y él dudó que estuviera consciente de esos movimientos.
—Tengo que hacerte una confesión —dijo ella entonces, en voz baja y un pelín tímida.
Él la miró dudoso.
—¿Más grande que la de Whistledown?
—Diferente.
—¿Qué?
Ella desvió los ojos del punto en la pared en que parecía estar concentrada y fijó toda su atención en él.
—Este último tiempo me he sentido un poco… —se mordió el labio, como buscando la palabra— impaciente contigo. No, eso no. Decepcionada.
—¿Decepcionada en qué sentido? —preguntó, cauteloso.
Ella encogió levemente los hombros.
—Parecías tan molesto conmigo. Por lo de Whistledown.
—Ya te dije que eso se debía…
—No, por favor, déjame terminar —dijo ella, colocándole suavemente la mano en el pecho—. Te dije que pensé que se debía a que te avergonzabas de mí, y traté de no hacer caso, pero me dolía mucho. Pensaba que te conocía, que sabía quién eras, y me costaba creer que esa persona se sintiera tan por encima de mí que sintiera vergüenza por mis logros.
Él se limitó a mirarla en silencio, esperando que continuara.
—Pero lo curioso es que… —se giró a mirarlo con una animada sonrisa— . Lo curioso es que no era porque te avergonzaras de mí. Todo se debía a que deseabas algo similar para ti. Algo como Whistledown. Ahora lo encuentro tonto, pero me preocupaba mucho que no fueras el hombre perfecto de mis sueños.
—Nadie es perfecto —dijo él en voz baja.
—Lo sé. —Se le acercó más y le dio un impulsivo beso en la mejilla—. Eres el hombre imperfecto de mi corazón, y eso es mejor todavía. Siempre creí que eras infalible, que llevabas una vida encantada, que no tenías ninguna preocupación, ni miedos, ni sueños sin realizar. Pero no era justa al pensar eso.
—Nunca me he avergonzado de ti, Isabella —susurró él—. Nunca.
Continuaron así sentados los dos en agradable silencio, hasta que de pronto Isabella preguntó:
—¿Te acuerdas que te pregunté si podríamos hacer un viaje de luna de miel retrasado?
Él asintió.
—Podríamos usar parte de mi dinero Whistledown para eso, ¿te parece?
—«Yo» pagaré el viaje de luna de miel.
—Estupendo —dijo ella con expresión altiva—. Puedes coger del dinero de tu asignación trimestral.
Él la miró sorprendido luego se desternilló de risa.
—¿Me vas a dar dinero para gastos menores? —le preguntó sin poder borrarse la risa.
—Dinero para pluma —enmendó ella—. Para que puedas trabajar en tus diarios.
—Dinero para pluma —musitó él—. Me gusta eso.
Ella sonrió y puso las manos en las de él.
—A mí me gustas tú.
Él le apretó las manos.
—Y a mí me gustas tú.
Isabella suspiró y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Tiene que ser así de maravillosa la vida?
—Creo que sí —musitó él—. Sí, lo creo.
Awww amo este capitulo! Edward y Bella son taaan lindos, su relacion es super linda gracias a esa confianza que tienen para hablar de todo, me encantan!
