Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 22
Transcurridas tres horas, Isabella seguía en el salón sentada en el sofá, seguía mirando al espacio, seguía tratando de encontrar una manera de solucionar sus problemas.
Corrección: problema, singular.
Sólo tenía un problema, pero por su volumen igual podían ser mil.
No era una persona agresiva y no recordaba ninguna ocasión en que hubiera tenido un pensamiento violento, pero en ese momento le habría retorcido alegremente el cuello a Cressida Twombley.
Tristemente fatalista observaba la puerta, esperando la legada de su marido, pensando que cada segundo que pasaba la acercaba más al momento de la verdad, en que tendría que explicárselo todo.
Él no le diría: «Te lo dije»; jamás diría una cosa así.
Pero lo pensaría.
Ni por un instante se le había ocurrido la idea de no decírselo. La amenaza de Cressida no era el tipo de cosa que se puede ocultar de un marido y, además, necesitaría su ayuda.
No sabía qué debía hacer, pero fuera lo que fuera, no podría hacerlo sola.
Pero había una cosa que sí sabía de cierto, no quería pagarle a Cressida.
Ésta no se conformaría jamás con diez mil libras si creía que podía obtener más. Si capitulaba en esos momentos se pasaría el resto de la vida entregándole dinero a Cressida.
Lo cual significaba que dentro de una semana Cressida Twombley le diría a todo el mundo que Isabella Swan Cullen era la infame lady Whistledown.
Calculó sus opciones. Podía mentir y decir que Cressida era una tonta, con la esperanza de que todos le creyeran, o podía buscar la manera de desviar la revelación de Cressida para provecho suyo.
Pero por su vida que no sabía cómo.
—¿Isabella?
La voz de Edward. Deseó volar a arrojarse en sus brazos y al mismo tiempo escasamente logró girarse a mirarlo.
—¿Isabella? —repitió él en tono más preocupado, apresurando el paso—. Dunwoody me dijo que Cressida estuvo aquí.
Se sentó al lado de ella y le acarició la mejilla. Ella le miró la cara y vio las arruguitas de preocupación en las comisuras de sus ojos, sus labios ligeramente entreabiertos musitando su nombre.
Y entonces fue cuando finalmente se dio permiso para llorar.
Era increíble cómo podía contenerse, mantener todo guardado dentro hasta que lo veía. Pero estando ya él ahí, lo único que pudo hacer fue hundir la cara en su cálido pecho, acurrucarse más entre sus brazos.
Como si él con su sola presencia pudiera hacer desaparecer sus problemas.
—¿Isabella? ¿Qué ocurrió? —le preguntó él en tono dulce y preocupado—. ¿Qué pasa?
Isabella se limitó a mover la cabeza, y ese movimiento tendría que bastar hasta que encontrara las palabras, reuniera el valor y le pararan las lágrimas.
—¿Qué te hizo?
—Uy, Edward —dijo ella, sacando de alguna parte la energía para levantar la cabeza y poder verle la cara—. Lo sabe.
—¿Cómo? —preguntó él, palideciendo.
Isabella sorbió por la nariz y se pasó el dorso de la mano por la nariz.
—Por culpa mía.
Él le pasó un pañuelo sin apartar los ojos de su cara.
—No es por tu culpa —dijo en tono duro.
Ella curvó los labios en una triste sonrisa. El tono duro de él era para Cressida, pero ella también se lo merecía.
—Lo es —dijo, con un dejo de resignación—. Ocurrió exactamente como dijiste. No presté atención a lo que escribí. Cometí un desliz.
—¿Qué hiciste?
Ella le contó todo, desde el momento en que entró Cressida hasta su exigencia de dinero. Le explicó su mala elección de palabras, que iba a ser su ruina, pero eso no era una ironía, porque de veras se sentía como si se le estuviera rompiendo el corazón.
Pero mientras hablaba notó que él se alejaba; la estaba escuchando pero no estaba allí con ella. En sus ojos había una expresión extraña, remota, como si estuviera mirando en la lejanía, aun cuando los tenía entrecerrados e intensos.
Estaba planeando algo, seguro.
Eso la aterró.
Y la fascinó.
Lo que fuera que estuviera planeando, era por ella. Le fastidiaba que hubiera sido su estupidez la que lo había puesto en ese dilema, pero no pudo quitarse el hormigueo de entusiasmo que le discurría por la piel al mirarlo.
—¿Edward? —preguntó, vacilante; había estado hablando un minuto entero y él todavía no decía nada.
—Yo me ocuparé de todo —dijo él—. No quiero que te preocupes en lo más mínimo.
—Te aseguro que eso es imposible —le dijo ella con voz trémula.
—Me tomo muy en serio mis promesas del matrimonio —contestó él, en un tono casi aterrador—. Creo que prometí honrarte y mantenerte.
—Deja que yo te ayude. Juntos podemos resolver esto.
A él se le curvó una comisura de la boca en una insinuación de sonrisa.
—¿Tienes una solución?
—No —negó ella con la cabeza—. He estado pensando toda la tarde y no sé… aunque…
—¿Aunque qué? —preguntó él, arqueando las cejas.
Ella abrió la boca, luego frunció los labios, y volvió a abrirlos para decir:
—¿Y si le pidiera ayuda a lady Danbury?
—¿Quieres pedirle que le pague a Cressida?
—No —repuso ella, aun cuando el tono de él le indicó que no decía en serio es—. Le voy a pedir que sea yo.
—¿Qué?
—Todos creen que ella es lady Whistledown, de todos modos. Al menos, muchas personas lo creen. Si ella hiciera una declaración…
—Cressida la refutaría al instante —interrumpió Edward.
—¿Quién le creería a Cressida más que a lady Danbury? —dijo ella, mirándolo con los ojos agrandados, muy serios—. Yo no me atrevería a contradecir a lady Danbury en nada. Si ella dijera que es lady Whistledown, probablemente hasta yo lo creería.
—¿Qué te hace pensar que podrías convencer a lady Danbury de que mintiera por ti?
—Bueno —repuso ella mordiéndose el labio—, le caigo bien.
—¿Le caes bien?
—Sí, bastante. Creo q podría gustarle ayudarme, dado especialmente que detesta a Cressida casi tanto como yo.
—¿Crees que su afecto por ti la llevaría a mentirle a toda la aristocracia? —preguntó él, dudoso.
Ella se hundió en el asiento.
—Vale la pena preguntárselo.
Él se levantó bruscamente y fue a asomarse a la ventana.
—Prométeme que no recurrirás a ella.
—Pero…
—Prométemelo.
—Te lo prometo, pero…
—Sin peros. Si es necesario, contactaremos con lady Danbury, pero no antes de que yo haya tenido la oportunidad de pensarlo a ver si se me ocurre otra cosa. —Se pasó la mano por el pelo—. Tiene que haber otra solución.
—Tenemos una semana —dijo ella dulcemente, pero no encontró tranquilizadoras sus palabras, y era difícil imaginarse que para él lo fueran.
Entonces él se dio media vuelta, su giro tan enérgico y preciso que igual podría haber sido un militar.
—Volveré —dijo, dirigiéndose a la puerta.
—¿Adónde vas? —exclamó ella, levantándose de un salto.
Él se detuvo con la mano puesta en el pomo.
—Tengo que pensar.
—¿No puedes pensar aquí conmigo?
A él se le suavizó la cara y volvió a su lado. Le cogió tiernamente la cara entre las manos, musitando su nombre.
—Te quiero —le dijo en voz baja y ardiente—. Te amo con todo lo que soy, todo lo que he sido y todo lo que espero ser.
—Edward…
—Te amo con mi pasado y te amo por mi futuro. —La besó dulcemente en los labios—. Te amo por los hijos que tendremos y por los años que tendremos juntos. Te amo por todas y cada una de mis sonrisas y más aún, por todas y cada una de tus sonrisas.
Isabella se apoyó en el respaldo de un sillón.
—Te amo —repitió él—. Sabes eso, ¿verdad?
Ella asintió, y cerró los ojos dejándose acariciar las mejillas.
—Tengo cosas que hacer —dijo él—, y no podré concentrarme si estoy pensando en ti, preocupándome si lloras, pensando que estás sufriendo.
—Estoy bien —susurró ella—. Estoy bien ahora que te lo he dicho.
—Yo arreglaré esto —prometió él—. Sólo necesito que confíes en mí.
—Te confío mi vida —dijo ella, abriendo los ojos.
Él sonrió y de pronto ella comprendió que tenía razón. Todo iría bien. Tal vez no se arreglarían las cosas ese día ni al día siguiente, pero sí pronto. La tragedia no podía coexistir en un mundo con una de las sonrisas de Edward.
—No creo que llegue a eso —dijo él con cariño, le hizo otra caricia en la mejilla y bajó los brazos a los costados. Caminó hasta la puerta y se volvió a mirarla cuando cogió el pomo—. No te olvides de la fiesta de mi hermana esta noche.
A Isabella se le escapó un corto gemido.
—¿Tenemos que ir? Lo último que necesito ahora es presentarme en público.
—Tenemos que ir. Daphne no ofrece bailes con mucha frecuencia y se sentiría muchísimo si no asistiéramos.
—Lo sé —suspiró Isabella—. Lo sé. Lo sabía mientras me quejaba. Lo siento.
—No pasa nada. —Sonrió irónico—. Tienes derecho a estar un poco malhumorada hoy.
—Sí —dijo ella, tratando de sonreír también—. Lo tengo, ¿verdad?
—Volveré —prometió él.
—¿Adónde…?
No terminó la pregunta. Era evidente que él no quería que le hicieran preguntas, ni siquiera ella. Pero él la sorprendió, contestando:
—A ver a mi hermano.
—¿A Anthony?
—Sí.
Ella asintió alentadora.
—Ve. Yo estaré muy bien.
Los Cullen siempre encontraban fuerza en otros Cullen. Si Edward necesitaba el consejo de su hermano, debía ir allí sin tardanza.
—Acuérdate de prepararte para el baile de Daphne —dijo él, abriendo la puerta.
Ella le hizo un desanimado gesto de despedida cuando él salió. Debió salir por la puerta de atrás en dirección a las caballerizas. Suspirando, medio se sentó en el alféizar de la ventana. No se había dado cuenta de lo mucho que deseaba haberlo visto una última vez antes de que se marchara.
Ojalá supiera lo que planeaba él.
Ojalá supiera si tenía un plan.
Pero al mismo tiempo se sentía extrañamente tranquila. Edward lo arreglaría todo. Él lo había dicho, y jamás mentía.
Comprendía que su idea de pedirle ayuda a lady Danbury no era la mejor solución, pero a no ser que a él se le ocurriera algo mejor, ¿qué otra cosa podían hacer?
Por el momento trataría de sacarse todo el asunto de la cabeza. Estaba tan cansada, tan agotada que en ese momento lo único que necesitaba era cerrar los ojos y no pensar en nada aparte de los ojos verdes de su marido y la luz brillante de su sonrisa.
Mañana.
Mañana ayudaría a Edward a resolver el problema.
Esa tarde descansaría. Echaría una cabezada, a ver si lograba dormir, e intentaría imaginarse cómo enfrentaría a la sociedad esa noche, sabiendo que Cressida estaría allí, observándola y a la espera de que diera un paso en falso.
Cualquiera diría que después de doce años de fingir que no era otra cosa que la feúcha Isabella Swan, ya estaría acostumbrada a representar papeles y a ocultar su verdadero ser.
Pero eso era cuando su secreto estaba seguro; ahora todo era diferente.
Se acomodó en el sofá y cerró los ojos.
Todo era diferente, sí, pero eso no significaba que tuviera que ser peor, ¿no?
Todo iría bien. Iría bien. Tenía que ir bien.
¿No?
.
.
.
.
Edward ya empezaba a lamentar su decisión de coger el coche para ir a la casa de su hermano.
Habría preferido caminar, el uso vigoroso de sus piernas, pies y músculos era la única salida socialmente aceptable para su furia. Pero el tiempo era esencial, e incluso con el tráfico, el coche lo llevaría a Mayfair más rápido que sus dos pies. Pero de pronto las paredes de la calle le parecieron demasiado juntas y el aire demasiado denso, y, maldición, ¿era ese carro de la leche volcado el que bloqueaba la calzada?
Abrió la puerta y se asomó, colgando del coche aun cuando este no se detenía del todo.
—Dios de los cielos —masculló al ver la escena.
La calzada estaba cubierta de cristales rotos, la leche corría por todas partes, y no logró distinguir quienes chillaban más, si los caballos que estaban enredados en las riendas o las señoras de la acera cuyos vestidos estaban totalmente salpicados de leche.
Bajó de un salto, con la intención de ayudar a despejar la calle, pero no tardó en ver claramente que la circulación por Oxford Street estaría bloqueada durante al menos una hora, con o sin su ayuda. Se acercó a asegurarse de que los caballos del carro de la leche estuvieran bien atendidos, informó a su cochero que continuaría a pie, y echó a andar.
Miraba desafiante las caras de las personas que se cruzaban con él, disfrutando perversamente cuando desviaban la mirada al verle la expresión de hostilidad. Casi deseaba que alguien hiciera un comentario para poder descargar la furia a puñetazos. Aunque la única persona a la que realmente deseaba estrangular era Cressida Twombley, en esos momentos cualquiera habría sido un buen blanco.
La furia lo desequilibraba, lo volvía irracional. Lo transformaba en otro.
Todavía no entendía bien lo que le ocurrió cuando Isabella le contó lo de la amenaza de Cressida. Era más que rabia, más que furia. Era algo físico; discurría por sus venas, le vibraba bajo la piel.
Deseaba golpear a alguien.
Deseaba patear cosas, enterrar los puños en una pared.
Sí que sintió furia cuando Isabella publicó su última hoja; en realidad, pensó que era imposible que pudiera experimentar una furia más grande.
Pues, se equivocó.
O tal vez lo que sentía en esos momentos era simplemente otro tipo de rabia. Alguien quería hacerle daño a la persona que amaba por encima de todas las demás.
¿Podía tolerar eso? ¿Podía permitir que ocurriera?
La respuesta era sencilla: no.
Tenía que impedir eso. Tenía que «hacer» algo.
Después de tantos años de andar muy despacio por la vida, riéndose de las travesuras de los demás, era hora de que actuara él.
Levantó la vista y le sorprendió ver que ya estaba delante de la casa Cullen. Curioso que ya no le pareciera su hogar. Se había criado allí, pero ahora estaba muy claro que era la casa de su hermano.
Su hogar estaba en Bloomsbury. Su hogar estaba con Isabella.
Su hogar estaba en cualquier parte con Isabella.
—¿Edward?
Se giró hacia la voz. Anthony estaba en la acera, al parecer de vuelta de algún recado o cita.
—¿Pensabas llamar? —le preguntó Anthony haciendo un gesto hacia la puerta.
Edward lo miró aturdido, cayendo en la cuenta de que estaba absolutamente inmóvil en la escalinata y sólo Dios sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
—¿Edward? —repitió Anthony, frunciendo el ceño, preocupado.
—Necesito tu ayuda —dijo Edward.
Sólo necesitó decir eso.
Isabella ya estaba vestida para el baile cuando entró su doncella con una nota de Edward.
—Dunwoody lo recibió del mensajero —explicó la doncella y luego de hacerle una venia se retiró para que pudiera leer la nota tranquila.
Isabella pasó el dedo enguantado bajo la solapa del sobre, lo abrió y sacó la hoja en que vio la hermosa y pulcra letra que ya le era tan conocida desde que comenzara a corregir los diarios de Edward.
Esta noche iré al baile por mi cuenta. Por favor ve a la casa Número Cinco. Madre, Alice y Hyacinth te estarán esperando para acompañarte a la casa Hastings.
Todo mi amor
Edward
Para ser alguien que escribía tan bien en sus diarios, no era muy bueno para escribir cartas, pensó Isabella sonriendo irónica.
Se levantó y se alisó la fina seda de la falda. Había elegido un vestido de su color favorito, verde salvia, con la esperanza de que le diera valor. Su madre siempre decía que cuando una mujer se ve bien se siente bien. Dios sabía que había pasado sus buenos ocho años de su vida sintiéndose mal con los vestidos que su madre aseguraba que le sentaban bien.
Llevaba el pelo recogido hacia arriba muy flojo, en un peinado que le sentaba bien a la cara, y al peinarla su doncella le había metido algo (no se atrevió a preguntar qué) por entre las guedejas que le hacia destacar los visos cobrizos.
El pelo rojizo no estaba muy de moda, claro, pero Edward le dijo una vez que le encantaba la viveza que le daba a su pelo la luz de las velas, así que decidió que esa era una ocasión en que ella y la moda tendrían que estar en desacuerdo.
Cuando llegó abajo, el coche ya la estaba esperando, y el cochero ya había recibido la orden de llevarla a la casa Número Cinco.
Era evidente que Edward se había ocupado de todo. No sabía por qué eso le sorprendía; él no era el tipo de hombre que olvidara los detalles. Pero ese día él estaba preocupado por otra cosa. Era extraño que se hubiera tomado el tiempo para enviar órdenes al personal para que la llevaran a la casa de su madre cuando ella podría haber dado la orden igual de bien.
Tenía que estar planeando algo. ¿Pero qué? ¿Iría a interceptar a Cressida Twombley para embarcarla a una colonia como prisionera?
No, demasiado melodramático.
Tal vez había descubierto algún secreto de Cressida y pensaba chantajearla. Silencio por silencio.
Asintió aprobadora mientras el coche traqueteaba por Oxford Street. Eso tenía que ser. Típico de Edward idear algo tan perfectamente adecuado e ingenioso. ¿Pero qué podía haber descubierto de Cressida en tan poco tiempo? En todos sus años como lady Whistledown jamás había oído ni un susurro de algo verdaderamente escandaloso adherido al nombre de Cressida.
Cressida era cruel, y era mezquina, pero jamás se salía de las reglas de la sociedad. Lo único verdaderamente atrevido que había hecho en su vida fue declarar que era lady Whistledown.
El coche viró al sur para entrar en Mayfair y a los pocos minutos se detuvo delante de la casa Número Cinco. Alice debió haber estado mirando por la ventana, porque bajó prácticamente volando por la escalinata y habría chocado con el coche si el cochero no se hubiera bajado en ese preciso instante bloqueándole el camino.
Saltando de un pie al otro Alice esperó que el cochero abriera la puerta; estaba tan impaciente que a Isabella le sorprendió que no hiciera a un lado al cochero para abrir ella la puerta. Una vez estuvo abierta, no hizo caso de la mano que le tendía el cochero para ayudarla y subió de un salto, se le enredó un pie en la falda y estuvo a punto de caer de bruces al suelo. Tan pronto como se enderezó, miró a ambos lados, con la cara curiosamente arrugada en una expresión muy furtiva y cerró bruscamente la puerta, y por un pelo no le arrancó la nariz al cochero.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Isabella la miró fijamente.
—Lo mismo podría preguntarte yo.
—¿Sí? ¿Por qué?
—Porque casi volcaste el coche en tu prisa por subir dentro.
—Ah. —Alice sorbió por la nariz, restando importancia a eso—. De eso sólo tú tienes la culpa.
—¿Yo?
—¡Sí, tú! Quiero saber qué pasa. Y necesito saberlo esta noche.
Isabella estaba muy segura de que Edward no le había dicho nada a su hermana sobre el chantaje de Cressida, bueno, a no ser que su plan consistiera en poner a Alice a hostigarla hasta matarla.
—No sé qué quieres decir —dijo.
—¡Tienes que saber lo que quiero decir! —insistió Alice, mirando por encima del hombro hacia la casa. La puerta se estaba abriendo—. Ah, qué lata. Ya vienen madre y Hyacinth. ¡Dímelo!
—¿Decirte qué?
—Por qué Edward nos envió esa nota abominablemente enigmática ordenándonos que nos pegáramos a ti como «cola» toda la noche.
—¿Eso hizo?
—Sí, ¿y puedo señalar que subrayó la palabra «cola»?
—Y yo que pensé que el énfasis era tuyo —dijo Isabella, sarcástica.
—Isabella —dijo Alice, enfurruñada—, este no es el momento para que te rías de mí.
—¿Cuándo es el momento?
—¡Isabella!
—Perdona, no pude resistirme.
—¿Sabes de qué iba la nota?
Isabella negó con la cabeza. Lo cual no era del todo una mentira, se dijo. No sabía lo que tenía planeado Edward para esa noche.
Justo entonces se abrió la puerta y subió Hyacinth de un salto.
—¡Isabella! —exclamó muy entusiasmada—. ¿Qué pasa?
—No lo sabe —contestó Alice.
Hyacinth la miró molesta.
—Se ve que llegaste aquí antes.
Esme asomó la cabeza.
—¿Se están peleando? —preguntó a Isabella.
—Sólo un poco —contestó Isabella.
Esme subió y se sentó al lado de Hyacinth, al frente de Isabella y Alice.
—Muy bien, no es que yo se lo pueda impedir. Pero dime, ¿qué quiso decir Edward al ordenarnos que nos pegáramos a ti como cola?
—La verdad es que no lo sé.
Esme la miró con los ojos entrecerrados, como evaluando su sinceridad.
—Muy categórica la nota. Subrayó la palabra «cola», ¿sabes?
—Lo sé —repuso Isabella.
—Ya se lo dije —explicó Alice al mismo tiempo.
—La subrayó dos veces —añadió Hyacinth—. Si su tinta hubiera sido más oscura, yo habría tenido que salir a matar un caballo, para hacer la cola con la piel.
—¡Hyacinth! —exclamó Esme.
—Todo esto es muy extraño —dijo Hyacinth, encogiéndose de hombros.
—En realidad —dijo Isabella, deseosa de cambiar el tema, o al menos desviarlo un poco_, lo que yo me pregunto es qué se va a poner Edward.
Eso captó la atención de todas.
—Salió de casa con su ropa de tarde —explicó Isabella— y no volvió.
No me imagino que vuestra hermana vaya a aceptar nada inferior a un traje completo de gala para su baile.
—Se pondrá algo de Anthony —dijo Alice despreocupadamente—. Tienen exactamente la misma talla. Y la misma de Gregory también. Sólo Benedict es diferente.
—Dos pulgadas más alto —acotó Hyacinth.
Isabella asintió, fingiendo interés. Miró por la ventanilla al notar que el coche iba más lento. Seguramente el cochero trataba de agenciárselas para pasar por entre la cantidad de coches que abarrotaban Grosvenor Square.
—¿A cuántas personas se espera esta noche? —preguntó.
—Creo que invitaron a quinientas —contestó Esme—. Daphne no ofrece fiestas con mucha frecuencia, pero lo que le falta en frecuencia lo compensa con cantidad.
—Detesto las multitudes —masculló Hyacinth—. No voy a poder hacer una respiración decente esta noche.
—Tengo suerte de que hayas sido la última —le dijo Esme, con cansino cariño—. No habría tenido energía para ninguna hija más después de ti, estoy segura.
—Lástima que no fuera la primera, entonces —dijo Hyacinth, con su sonrisa descarada—. Imagínate toda la atención que podría haber tenido. Por no decir la fortuna.
—Y eres toda una heredera tal como estás —dijo Esme.
—Y siempre te las arreglas para ser el centro de atención —bromeó Alice.
Hyacinth se limitó a sonreír de oreja a oreja.
—¿Sabías —dijo Esme a Isabella— que esta noche van a estar todos mis hijos? No recuerdo la última vez que estuvimos todos juntos.
—¿Y para tu fiesta de cumpleaños? —preguntó Alice.
—No, Gregory no pudo dejar la universidad para venir.
—Supongo que no esperarán que nos pongamos todos en fila según tamaño y cantemos una melodía festiva, ¿verdad? —dijo Hyacinth, sólo medio en broma—. Ya me lo imagino: Los Cullen a coro. Haríamos una fortuna en el escenario.
—Estás de humor pendenciero esta noche —le comentó Isabella.
Hyacinth se encogió de hombros.
—Sólo me estoy preparando para mi inminente transformación en cola. Me parece que eso exige una cierta preparación mental.
—¿Un estado mental pegajoso?
—Exactamente.
—Tenemos que casarla pronto —dijo Alice a su madre.
—Tú primero —replicó Hyacinth.
—Estoy trabajando en ello —dijo Alice enigmáticamente.
—¡¿Qué?!
La exclamación sonó con un volumen bastante amplificado porque salió de tras bocas al mismo tiempo.
—Eso es todo lo que voy a decir —contestó Alice, en un tono que hizo comprender a todas que lo decía en serio.
—Yo llegaré al fondo de esto —aseguró Hyacinth a su madre y a Isabella.
—No me cabe duda —contestó Esme.
Alice se limitó a alzar el mentón y mirar por la ventanilla.
—Hemos llegado —anunció.
Las cuatro damas esperaron a que el cochero abriera la puerta y bajaron una a una.
—Buen Dios —dijo Esme aprobadora—, Daphne se ha superado a sí misma.
Era difícil no detenerse a mirar. Toda la casa Hastings estaba iluminada.
Había velas en todas las ventanas y antorchas en los esconces de las paredes exteriores. También llevaban antorchas el ejército de lacayos que iban a recibir los coches.
—Qué lástima que lady Whistledown no esté aquí —comentó Hyacinth, su voz carente por una vez de su fresco descaro—. Le habría encantado esto.
—Tal vez está aquí —dijo Alice—. En realidad, es probable que esté.
—¿Daphne invitó a Cressida Twombley? —preguntó Esme.
—Seguro que sí —dijo Alice—. Y no es que yo crea que ella es lady Whistledown.
—No creo que nadie lo crea ya —repuso Esme, poniendo el pie en el primer peldaño de la escalinata—. Vamos, niñas, nuestra noche nos espera.
Hyacinth se adelantó para acompañar a su madre y Alice comenzó a subir al lado de Isabella.
—Siento magia aquí —comentó Alice, mirando alrededor, como si nunca hubiera estado en un baile en Londres—. ¿No la sientes?
Isabella se limitó a mirarla, temiendo que si abría la boca soltaría todos sus secretos. Alice tenía razón. Había algo extraño, eléctrico en el aire, una especie de energía crujiente, la que se siente justo antes de una tormenta eléctrica.
—Casi la siento como un momento decisivo —musitó Alice—, como si a uno pudiera cambiarle la vida totalmente, todo en una noche.
—¿Qué quieres decir, Alice? —le preguntó Isabella, alarmada por la expresión que veía en los ojos de su amiga.
—Nada —dijo Alice, encogiéndose de hombros. Pero seguía dibujada una sonrisa misteriosa en sus labios cuando pasó el brazo por el de Isabella y musitó—: Vamos, la noche nos espera.
Aaaa que emoción esto se esta calentando!
Por qué Edward anda con tanto misterio?
Sera que encontró ya la solución? Que sera?
