Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de la saga de la grandiosa Stephenie Meyer, la historia pertenece a Quinn.
Capítulo 23
Isabella había estado muchas veces en la casa Hastings, tanto en fiestas formales como en reuniones más informales, pero jamás había visto tan hermoso ni más mágico el antiguo y majestuoso edificio, que esa noche.
Las damas Cullen y ella estaban entre los primeros en llegar; lady Cullen siempre decía que era muy mala educación que los miembros de la familia se atuvieran a la regla de llegar tarde que estaba de moda. Y era agradable llegar tan temprano, pensó. Podría ver las decoraciones sin tener que abrirse paso por en medio de una multitud.
Daphne había decidido no dar un tema a su baile, a diferencia del baile egipcio de la semana anterior y el griego de hacia dos semanas. Había decorado su casa con la misma sencilla elegancia con que vivía su vida diaria.
Cientos de velas en candelabros adornaban las paredes y las mesas, su luz parpadeante reflejándose en las enormes lámparas arañas que colgaban del cielo raso. Las ventanas estaban cubiertas por vaporosas cortinas plateadas, la tela semejante a la que uno se podría imaginar vestían las hadas. Los lacayos, que normalmente vestían librea azul con dorado, esa noche llevaban la azul con adornos plateados.
El ambiente casi le hacía sentirse una princesa en un cuento de hadas.
—Me encantaría saber cuánto ha costado todo esto —comentó Hyacinth con los ojos agrandados.
—¡Hyacinth! —la reprendió Esme, dándole un golpecito en el brazo—. Sabes que es de mala educación preguntar esas cosas.
—No he preguntado. Sólo dije que me encantaría saber. Además, sólo es Daphne.
—Tu hermana es la duquesa de Hastings —dijo Esme—, y como tal tiene ciertas responsabilidades. Harías bien en recordar eso.
—Pero supongo que estarás de acuerdo —repuso Hyacinth, cogiéndose de su brazo y apretándole afectuosamente la mano—, que es más importante recordar sencillamente que es mi hermana.
—Te ha pillado —dijo Alice sonriendo.
—Hyacinth —suspiró Esme—, vas a ser mi muerte.
—No, yo no —replicó Hyacinth—, será Gregory.
Isabella tuvo que reprimir la risa.
—Aún no veo a Edward —dijo Alice, alargando el cuello.
—¿No? —Isabella paseó la vista por el salón—. Qué raro.
—¿Te dijo que estaría aquí antes de que llegaras?
—No, pero no sé por qué pensé que estaría.
Esme le dio unas palmaditas en el brazo.
—Seguro que no tardará en llegar, Isabella. Y entonces todas sabremos cuál es ese gran secreto que lo ha hecho insistir en que no nos apartemos de tu lado. Y no es que eso lo consideremos una tarea engorrosa —se apresuró a añadir abriendo los ojos como alarmada—. Sabes que adoramos tu compañía.
Isabella le sonrió, tranquilizadora.
—Lo sé. El sentimiento es mutuo.
Ya quedaba sólo un grupo de personas delante de ellas en la fila de recepción, así que no tardarían mucho en saludar a Daphne y a su marido Simon.
—¿Qué le pasa a Edward? —preguntó Daphne tan pronto como comprobó que los otros invitados no podían oírla.
Puesto que la pregunta parecía dirigida principalmente a ella, Isabella se vio obligada a contestar:
—No lo sé.
—¿Envió una nota aquí también? —preguntó Alice.
—Sí —asintió Daphne—, tenemos que vigilarla, decía.
—Podría ser peor —dijo Hyacinth—. Nosotras tenemos que pegarnos a ella como cola. —Se le acercó más—. Subrayó «cola».
—Y yo que pensaba que no era una tarea tan engorrosa —bromeó Isabella.
—Ah, no lo eres —dijo Hyacinth alegremente—, pero encuentro algo placentero en la palabra «cola». Se desliza por la lengua de una manera bastante agradable, ¿no te parece? Cooollllllla.
—¿Soy yo, o a esta se le ha soltado un tornillo? —preguntó Alice.
Hyacinth se encogió de hombros sin hacerle caso.
—Por no decir el drama —continuó—. Me siento como si formara parte de un fabuloso complot de espionaje.
—Espionaje —gimió Esme—. Dios nos asista a todos.
Daphne se les acercó con mucho dramatismo:
—A nosotros nos dijo que…
—No es una competición, esposa —terció Simon.
Ella lo miró molesta, y continuó, dirigiéndose a su madre y sus hermanas:
—Nos dijo que vigiláramos que no se acercara a lady Danbury.
—¡A lady Danbury! —exclamaron todas.
A excepción de Isabella, que tenía una muy buena idea de por qué Edward podría querer que se mantuviera alejada de la anciana condesa. Tenía que haber ideado algo mejor que su plan de convencer a lady Danbury de que mintiera diciéndole a todo el mundo que ella era lady Whistledown. Tenía que ser la teoría del doble chantaje. ¿Qué otra cosa podía ser? tenía que haber descubierto algún secreto horrible acerca de Cressida.
Se sintió casi mareada de placer.
—Yo creí que eras muy buena amiga de lady Danbury —le dijo Esme.
—Lo soy —repuso ella, tratando de parecer perpleja.
—Esto es muy curioso —dijo Hyacinth, dándose golpecitos en la mejilla con el índice—. Muy curioso.
—Alice, estás muy callada —dijo Daphne de repente.
—Sólo ha hablado para decir que estoy loca —señaló Hyacinth.
Alice había estado mirando al espacio, o tal vez a algo que estaba detrás de Daphne y Simon, sin prestar atención a la conversación.
—¿Mmmm? —dijo—. Ah, bueno, no tengo nada que decir, supongo.
—¿Tú? —exclamó Daphne.
—Exactamente lo que estaba pensando —dijo Hyacinth.
Isabella pensaba igual que Hyacinth, pero decidió guardárselo. No era típico de Alice no intervenir con una opinión, menos aún en una noche como esa, que a cada segundo iba pareciendo más envuelta en el misterio.
Alice simplemente se encogió de hombros.
—Todas estabais diciendo todo muy bien —dijo—, ¿qué podría haber añadido yo a la conversación?
Y eso Isabella lo encontró muy raro. El disimulado sarcasmo sí era característico, pero Alice siempre pensaba que tenía algo para añadir a la
conversación.
—Deberíamos avanzar —dijo Esme—. Estamos comenzando a retener a los demás invitados.
—Nos veremos —dijo Daphne—. Y… ¡ah!
Todas se le acercaron.
—Tal vez os interese saber que lady Danbury aún no ha llegado.
—Eso simplifica mi trabajo —dijo Simon, con aspecto de estar cansado de tanta intriga.
—El mío no —terció Hyacinth—. Sigo teniendo que pegarme a ella…
—… como cola —terminaron todas, incluida Isabella.
—Bueno, yo sí —insistió Hyacinth.
—Y hablando de cola dijo Alice cuando se alejaban de Daphne y Simon—. Isabella, ¿te parece que puedes conformarte con dos raciones un rato? Yo debo separarme un momento.
—Yo iré contigo —declaró Hyacinth.
—No podéis marcharos las dos —dijo Esme—. Estoy segura de que Edward no quería que Isabella se quedara sólo conmigo.
—¿Puedo ir cuando ella vuelva, entonces? —preguntó Hyacinth haciendo una mueca—. No es algo que pueda evitar.
Esme miró a Alice, expectante.
—¿Qué?
—Esperaba que dijeras lo mismo.
—Yo soy muy decorosa —dijo Alice, sorbiendo por la nariz.
—Vamos, por favor —masculló Hyacinth.
Esme emitió un gemido.
—¿Estás segura de que deseas que continuemos a tu lado? —le preguntó a Isabella.
—Me parece que no tengo elección —contestó Isabella, divertida.
—Ve —dijo Esme a Alice—. Pero date prisa.
Alice asintió y luego, ante la sorpresa de todas, se acercó a Isabella a darle un rápido abrazo.
—¿Y esto por qué? —le preguntó Isabella, sonriendo afectuosa.
—Ningún motivo —repuso Alice, sonriéndole con una sonrisa muy parecida a una de Edward—. Sólo que creo que esta va a ser una noche especial para ti.
—¿Sí? —preguntó Isabella, cautelosa, sin saber qué podría haber adivinado Alice.
—Bueno, está claro que va a ocurrir algo. No es propio de Edward actuar con tanto secreto. Y quería ofrecerte mi apoyo.
—Vas a volver dentro de unos minutos —dijo Isabella—. Lo que sea que ocurra, si es que ocurre algo, no te lo vas a perder.
Alice se encogió de hombros.
—Fue un impulso. Un impulso nacido de una amistad de doce años.
—Alice Cullen, ¿es que te vas a poner sentimental conmigo?
—¿Ahora? Creo que no —contestó Alice simulando estar horrorizada.
—Alice, ¿te vas a ir de una vez? —interrumpió Hyacinth—. No puedo estar esperando toda la noche.
Alice echó a andar haciendo un rápido gesto de despedida con la mano.
Toda la hora siguiente, Isabella, Esme y Hyacinth se mantuvieron juntas, hablando con otros invitados y avanzando como un ser gigantesco.
—Tres cabezas y seis piernas tenemos —comentó Isabella, caminando hacia una ventana, seguida por las dos Cullen.
—¿Cómo has dicho? —preguntó Esme.
—¿De verdad quieres mirar por la ventana o sólo quieres ponernos a prueba? —le preguntó Hyacinth—. ¿Y dónde está Alice?
—Quería ponerte a prueba a ti —dijo Isabella—. Y seguro que a Alice la ha detenido algún invitado. Tú y yo sabemos muy bien que hay muchas personas con las que es bastante difícil cortar una conversación.
—Humm —masculló Hyacinth—. Alguien necesita revisar su definición de cola.
—Hyacinth, si necesitas ir a alguna parte y dejarme unos minutos, por favor ve. —Miró a Esme—. Usted también. Si necesita irse, le prometo que continuaré aquí en este rincón hasta que vuelva.
Esme la miró horrorizada.
—¿Y faltar a la palabra dada a Edward?
—Eh… ¿le dio su palabra?
—No, pero eso estaba implícito en su petición, no me cabe duda. ¡Ah, mira! —exclamó—. ¡Ahí está!
Isabella hizo una señal para captar la atención de su marido lo más discretamente que pudo, pero toda su circunspección la estropeó Hyacinth al agitar vigorosamente los brazos, gritando:
—¡Edward!
Esme emitió un gemido.
—Lo sé, lo sé —dijo Hyacinth, sin el más leve asomo de arrepentimiento—. Debo ser más señorita.
—Si lo sabes, ¿por qué no lo haces? —dijo Esme, en todo el tono de madre.
—¿Qué gracia tendría eso?
—Buenas noches, señoras —dijo él, besando a su madre y ocupando inmediatamente su lugar al lado de Isabella y pasándole el brazo por la cintura.
—¿Y bien? —preguntó Hyacinth.
Edward se limitó a arquear una ceja.
—¿Nos lo vas a decir?
—Todo a su tiempo, querida hermana.
—Eres un hombre horrible, horrible —masculló Hyacinth.
—Oye, ¿y qué le ha ocurrido a Alice?
—Esa es muy buena pregunta —masculló Hyacinth, justo en el momento en que Isabella decía:
—No tardará en volver.
Él asintió, al parecer no terriblemente interesado.
—Madre, ¿cómo has estado? —preguntó a Esme.
—¿Has estando enviando notas por toda la cuidad y quieres saber cómo he estado?
Él sonrió.
—Sí.
Esme comenzó a mover un dedo delante de él, cosa que tenía prohibido hacer en público a sus hijos.
—Ah, eso sí que no, Edward Cullen. No te vas a escapar de explicarlo. Soy tu madre, ¡tu madre!
—Sé muy bien el parentesco —musitó él.
—No te vas a poner a bailar el vals aquí y distraerme con una frase ingeniosa y una sonrisa seductora.
—¿Encuentras seductora mi sonrisa?
—¡Edward!
—Pero has hecho una buena observación —dijo él.
Esme pestañeó.
—¿Sí?
—Sí, lo del vals. —Ladeó ligeramente la cabeza—. Creo que oigo el comienzo de uno.
—Yo no oigo nada —dijo Hyacinth.
—¿No? Una lástima. —Le cogió la mano a Isabella—. Vamos, esposa. Creo que ese es nuestro baile.
—Pero nadie está bailando.
—Lo estarán —dijo él sonriéndole satisfecho.
Entonces, antes de que cualquiera pudiera hacer un comentario, tiró de la mano de Isabella y la introdujo en medio del gentío.
—¿No querías bailar? —le preguntó Isabella, jadeante, cuando pasaron
junto a la pequeña orquesta, cuyos miembros parecían estarse tomando un descanso largo.
—No, sólo quería escapar —explicó él, pasando por una puerta lateral, llevándola con él.
Después de subir una estrecha escalera de pronto se encontraron en una salita de estar cuya única luz era la de las antorchas encendidas fuera en la ventana.
—¿Dónde estamos? —preguntó Isabella, mirando alrededor.
—No lo sé. Me pareció un lugar tan bueno como cualquiera.
—¿Me vas a decir qué pasa?
—No, primero te voy a besar.
Y antes de que ella pudiera contestar (y no que hubiera protestado), los labios de él se apoderaron de los de ella en un beso ávido, avasallador y tierno a la vez.
—¡Edward! —exclamó ella en la fracción de segundo que él apartó los labios para respirar.
—Ahora no —musitó él, volviéndola a besar.
—Pero… —alcanzó a decir ella.
Era el tipo de beso que la envolvía de la cabeza a las puntas de los pies, por la forma como él le mordisqueaba los labios, sus manos apretándole las nalgas y deslizándose por su espalda. Era el tipo de beso que le habría licuado las rodillas y llevado a desmayarse en el sofá, dejándolo hacer lo que fuera, cuanto más escandaloso mejor, aun cuando estaban sólo a unas cuantas yardas de los quinientos aristócratas invitados, pero…
—¡Edward! —exclamó, logrando apartar la boca.
—Chhs.
—¡Edward, tienes que parar!
Él la miró como un cachorrito perdido.
—¿Debo?
—Sí.
—Supongo que vas a decir que por toda la gente que está cerca.
—No, aunque esa es una muy buena razón que considerar.
—¿Considerar y rechazar, tal vez? —preguntó él, esperanzado.
—¡No! Edward… —Se desprendió de sus brazos y se apartó unos cuantos palmos, no fuera que su cercanía la tentara de olvidare de sí misma—. Edward, tienes que decirme qué pasa.
—Bueno. Te estaba besando y…
—Eso no es lo que quiero decir, y lo sabes.
—Muy bien. —Se alejó, y sus pasos sonaron fuertes; cuando se giró a mirarla, su cara estaba mortalmente seria—. He decidido qué hacer respecto a Cressida.
—¿Sí? ¿Qué? Dímelo.
La expresión de él se tornó algo apenada.
—En realidad, creo que sería mejor que no te lo dijera hasta que el plan esté en marcha.
Ella lo miró incrédula.
—No lo dices en serio.
—Bueno… —él miró hacia la puerta, como con la esperanza de escapar.
—Dímelo.
—Muy bien —suspiró él, y volvió a suspirar.
—¡Edward!
—Voy a hacer un anuncio —dijo él, como si eso lo explicara todo.
Ella estuvo un momento sin decir nada, pensando que todo se aclararía si esperaba y lo pensaba, pero eso no le resultó, así que preguntó, lentamente y con cautela:
—¿Qué tipo de anuncio?
—Voy a decir la verdad —dijo él, con la expresión muy resuelta.
—¿Sobre mí?
Él asintió.
—¡No puedes hacer eso!
—Isabella, creo que es lo mejor.
A ella le subió el terror a la garganta y se le oprimieron terriblemente los pulmones.
—No, Edward, no puedes. ¡No puedes hacer eso! ¡No es un secreto tuyo, que puedas revelar!
—¿Quieres pagarle a Cressida el resto de tu vida?
—No, claro que no, pero puedo pedirle a lady Danbury…
—No le vas a pedir a lady Danbury que mienta por ti —ladró él—. Eso es indigno de ti, y lo sabes.
Isabella ahogó una exclamación ante la dureza de su tono. Pero en el fondo sabía que él tenía razón.
—Si estabas tan dispuesta a permitir que otra te usurpara tu identidad, deberías haber dejado que lo hiciera Cressida.
—No podía —susurró ella—. Ella no.
—Muy bien. Entonces es hora de que los dos salgamos a la luz y afrontemos las consecuencias.
—Edward, quedaré deshonrada.
Él se encogió de hombros.
—Nos iremos al campo.
Ella negó con la cabeza, tratando de encontrar las palabras para explicarse. Él le cogió las manos.
—¿De veras importa tanto? —le dijo dulcemente—. Isabella, yo te quiero. Mientras estemos juntos seremos felices.
—No es eso —dijo ella, tratando de soltarse una mano para limpiarse las lágrimas.
Pero él no la soltó.
—¿Qué es, entonces?
—Tú también quedarás deshonrado.
—No me importa.
Ella lo miró muda de incredulidad. Decía eso tan tranquilo, tan indiferente a algo que le cambiaría toda su vida, se le cambiaría de maneras que ni podía imaginarse.
—Isabella, ésa es la única solución —dijo él, en tono tan tolerante que ella casi no lo pudo soportar—. O lo decimos al mundo nosotros o lo dice Cressida.
—Podríamos pagarle.
—¿Es eso lo que quieres, de verdad? ¿Darle todo el dinero que has ganado trabajando tan arduamente? Igual podrías haberla dejado que dijera al mundo que ella era lady Whistledown.
—No puedo permitirte hacer eso —dijo ella—. Me parece que no entiendes lo que significa estar fuera de la sociedad.
—¿Y tú lo entiendes?
—Mejor que tú.
—Isabella…
—Intentas actuar como si no importara, pero sé que no lo sientes así. Te enfureciste tanto cuando publiqué esa última hoja porque pensabas que yo no debía arriesgarme a que se descubriera el secreto.
—Y resultó que tenía razón —comentó él.
—¿Lo ves? ¿Lo ves? Todavía estás molesto conmigo por eso.
Edward hizo una larga espiración. La conversación no iba en la dirección que había esperado. No se le había ocurrido que ella le arrojaría a la cara su anterior insistencia a que no le dijera a nadie lo de su vida secreta.
—Si no hubieras publicado esa última hoja —dijo—, no estaríamos en esta posición, es cierto, pero ahora eso es discutible, ¿no te parece?
—Edward, si le dices al mundo que yo soy lady Whistledown, y todos reaccionan como creemos que reaccionarán, jamás verás publicados tus diarios.
A él se le paró el corazón.
Porque entonces fue cuando finalmente entendió.
Ella ya le había dicho que lo amaba, y le había demostrado su amor también, de todas las maneras que él le había enseñado, pero nunca, hasta ese momento, lo había visto tan claro, tan franco, tan puro. Todas sus súplicas de que no hiciera el anuncio, todas eran por él.
Tragó saliva para pasar el nudo que se le había formado en la garganta, trató de encontrar palabras, incluso tuvo que tratar de respirar.
Ella le tocó la mano, sus ojos suplicantes, sus mejillas todavía mojadas por las lágrimas.
—No podría perdonármelo jamás —le dijo—, no quiero destruir tus sueños.
—Nunca fueron mis sueños hasta que te conocí —susurró él.
—¿No quieres publicar tus diarios? —le preguntó ella, pestañeando confusa—. ¿Sólo lo ibas a hacer por mí?
—Nooo —dijo él, porque ella se merecía una total sinceridad—. Lo deseo. Es mi sueño. Pero es un sueño que tú me diste.
—Eso no significa que pueda estropeártelo.
—No me lo vas a estropear.
—Sí, yo…
—No —dijo él enérgicamente—, no. Y conseguir que publiquen mi trabajo no se compara ni recerca con mi verdadero sueño que es pasar el resto de mi vida contigo.
—Eso lo tendrás siempre —dijo ella dulcemente.
—Lo sé. —Le sonrió y luego adoptó su sonrisa engreída—. ¿Qué tenemos que perder, entonces?
—Posiblemente más de lo que podríamos imaginar.
—Y posiblemente menos. No olvides que soy un Cullen. Y que tú también lo eres ahora. Ejercemos su buen poquito de poder en esta ciudad.
Ella agrandó los ojos.
—¿Qué quieres decir?
Él se encogió de hombros modestamente.
—Anthony está dispuesto a darte todo su apoyo.
—¿Se lo dijiste a Anthony?
—Tenía que decírselo. Él es el cabeza de familia. Y hay muy pocas personas en esta tierra que se atrevan a contrariarlo.
—Ah. —Isabella se mordió el labio, considerando todo eso—. ¿Y qué dijo? —preguntó entonces, porque tenía que saberlo.
—Se sorprendió.
—Eso me lo imaginaba.
—Y se mostró bastante complacido.
A ella se le iluminó la cara.
—¿Sí?
—Y divertido. Dijo que era digna de admiración la persona capaz de guardar tantos años un secreto así. Dijo que no veía las horas de contárselo a Kate.
—Supongo, entonces, que tendrás que hacer el anuncio. El secreto ya se sabe.
—Anthony no dirá nada si yo se lo pido. Eso no tiene nada que ver con mi motivo para desear decir la verdad al mundo.
Ella lo miró expectante, recelosa.
—La verdad es —dijo Edward, tironeándole la mano y acercándola a él—, es que me siento orgulloso de ti.
Ella notó que estaba sonriendo, y lo encontró de lo más raro, porque sólo hacía un momento no podía imaginarse que alguna vez podría volver a sonreír.
Él acercó la cara hasta tocarle la nariz con la suya.
—Quiero que todo el mundo sepa lo orgulloso que me siento de ti. Cuando haya terminado no habrá ni una sola persona en Londres que no reconozca lo inteligente que eres.
—De todos modos podrían odiarme —dijo ella.
—Podrían —concedió él—, pero ese será problema de ellos, no nuestro.
—Ay, Edward, cuánto te quiero —suspiró ella—, y eso es algo excelente en realidad.
—Lo sé —sonrió él.
—No, de verdad. Antes pensaba que te amaba, y estoy segura de que te amaba, pero eso no es nada comparado con lo que siento ahora.
—Estupendo —dijo él, con un destello bastante posesivo en sus ojos—, así es como me gusta a mí. Ahora ven conmigo.
—¿Adónde?
—Aquí —dijo él, abriendo una puerta.
Pasmada, Isabella se encontró en un pequeño balcón del que se dominaba la vista de todo el salón de baile.
—Ay, Dios mío —musitó, tironeándolo para hacerlo retroceder hacia la salita oscura.
Nadie los había visto; todavía podían escapar.
—Tss, tss. Valentía, cariño —dijo él.
—¿No podrías poner el anuncio en el diario? —susurró ella, apremiante— . ¿O decírselo a alguien y dejar que se propague el rumor?
—No hay nada como un gesto grandioso para que surta efecto un mensaje.
Ella volvió a tragar saliva. En cuanto a gestos, ese sí iba a ser grandioso.
—No soy muy buena para ser el centro de la atención —dijo, esforzándose por recordar cómo se respiraba a ritmo normal.
Él le apretó la mano.
—No te preocupes, yo sí.
Paseó la vista por la multitud hasta que sus ojos encontraron los del anfitrión, su cuñado el duque de Hastings. Entonces hizo un gesto de asentimiento y el duque echó a andar hacia la orquesta.
—¿Simon lo sabe? —preguntó Isabella en un susurro.
—Se lo dije cuando llegué —musitó Edward, distraídamente—. ¿Cómo crees que supe encontrar la salita con el balcón?
Y entonces ocurrió algo de lo más extraordinario. Apareció un verdadero ejército de lacayos y comenzaron a pasar copas altas de champán a todos los invitados.
—Aquí están las nuestras —dijo Edward, cogiendo dos copas que estaban en un extremo de la baranda—. Tal como lo pedí.
Isabella cogió la suya en silencio, todavía sin comprender del todo lo que se estaba desarrollando a su alrededor.
—Probablemente éste ya está menos burbujeante —le susurró Edward en un tono de complicidad con el que, comprendió ella, intentaba relajarla—. Pero es lo mejor que logré hacer dadas las circunstancias.
Apretando la mano de Edward, aterrada e impotente, Isabella vio cómo Simon hacía callar a la orquesta y ordenaba a la multitud de invitados que volvieran la atención hacia su hermano y su hermana que estaban en el balcón.
Su hermano y su hermana, pensó, maravillada. Sí que creaban lazos fuertes los Cullen. Jamás se había imaginado que vería el día en que un duque la llamara su hermana.
—Señoras y señores —dijo Edward, su voz fuerte y segura resonando en todo el salón—, quiero proponer un brindis por la mujer más extraordinaria del mundo.
Discurrió un suave murmullo por el salón, y Isabella se mantuvo inmóvil, viendo cómo todos la miraban.
—Estoy recién casado —continuó Edward, seduciendo a los fiesteros con su sonrisa sesgada—, por lo tanto tendréis que consentirme mi comportamiento de enamorado.
Risas amistosas pasaron ondulando por la muchedumbre.
—Sé que muchos os sorprendisteis cuando le pedí a Isabella Swan que se casara conmigo. Yo me sorprendí.
Por el aire subieron unas pocas risitas nada amables, pero Isabella se mantuvo inmóvil, muy erguida. Edward diría lo correcto, lo sabía. Edward siempre decía lo correcto.
—No me sorprendió que me enamorara de ella —dijo él con énfasis, mirando a la gente desafiante, como diciendo a ver si se atreven a hacer un comentario—; lo que me sorprendió fue haber tardado tanto tiempo. La conozco desde hace muchos años, y no sé por qué nunca me había tomado el tiempo para mirar al fondo, para mirar dentro, para ver a la mujer hermosa, inteligente e ingeniosa en que se había convertido.
Isabella sintió bajar las lágrimas por la cara, pero no se movió; en realidad, escasamente podía respirar. Había esperado que él revelara su secreto y en cambio él le estaba haciendo ese increíble regalo, esa espectacular declaración de amor.
—Por lo tanto —continuó Edward—, teniéndoos a todos por testigos, quiero decir, Isabella —se volvió hacia ella, cogiéndole la mano libre—, te quiero, te amo, te adoro. Adoro el suelo que pisas. —Volviéndose hacia la multitud, alzó la copa: ¡Por mi mujer!
—¡Por tu mujer! —gritaron todos, atrapados en la magia del momento.
Edward bebió y Isabella bebió, aun cuando no podía dejar de pensar en qué momento les iba a decir el verdadero motivo de ese discurso.
—Deja tu copa, querida —musitó él quitándole la copa y dejándola sobre la baranda.
—Pero…
—Me interrumpes demasiado —le reprendió él.
Entonces la cogió entre sus brazos y la besó apasionadamente allí mismo en el balcón delante de todos los miembros de la aristocracia.
—¡Edward! —exclamó ella en el instante que él le dio la oportunidad de respirar.
Él dibujó su sonrisa lobuna mientras el público rugía su aprobación.
—¡Ah, una última cosa! —tronó entonces.
Ya todos estaban golpeando el suelo con los pies, pendientes de sus palabras.
—Me marcharé pronto de la fiesta. En realidad ahora mismo. —Miró de reojo a Isabella, con expresión pícara—. No me cabe duda de que lo comprenderéis.
Los hombres silbaron y ulularon, mientras Isabella se ponía roja granate.
—Pero antes de irme, tengo que decir una última cosa. Una última cosa, por si todavía alguien no me cree cuando os digo que mi mujer es la mujer más ingeniosa, más inteligente, más encantadora de todo Londres.
—¡Noooo! —gritó una voz en la parte de atrás del salón.
Isabella comprendió que era Cressida.
Pero ni siquiera Cressida podía con la multitud; nadie la dejó pasar, nadie hizo el menor caso de sus gritos.
—Podríamos decir que mi mujer tiene dos apellidos de soltera —dijo Edward, muy serio—. Como es lógico, todos la conocéis como Isabella Swan, como la conocía yo. Pero lo que no sabíais, y lo que ni siquiera yo tuve la inteligencia para descubrir hasta que ella me lo dijo… —esperó hasta que se hizo el silencio en el salón— es que es también la brillante, la ingeniosa, la extraordinaria, la pasmosamente magnífica…, ah, todos sabéis a quien me refiero —movió el brazo como para abarcar a toda la muchedumbre—. ¡Os revelo a mi mujer! —dijo, su amor y orgullo resonando en el salón—. ¡Lady Whistledown!
Por un momento reinó el silencio. Era casi como si nadie se atreviera a respirar.
Y entonces comenzó: clap, clap, clap. Un aplauso lento y metódico, pero con tanta fuerza que todos tuvieron que girarse para ver quién se había atrevido a romper el pasmado silencio.
Era lady Danbury.
Había puesto su bastón en la mano de alguien y estaba con los brazos en alto aplaudiendo fuerte, con una ancha sonrisa de orgullo y placer.
Entonces comenzó a aplaudir otra persona. Isabella giró la cabeza para ver quién era.
Anthony Cullen.
Y luego Simon Bassett, el duque de Hastings.
Y luego las mujeres Cullen, luego las mujeres Swan, y luego otro y otro y otro, hasta que todos los presentes aplaudían y vitoreaban.
Isabella no se lo podía creer.
Mañana se acordarían de enfadarse con ella, de sentirse irritados por haber sido engañados tantos años, pero esa noche…
Esa noche lo único que podían hacer era admirar y vitorear.
Para una mujer que había tenido que llevar en secreto todas sus habilidades, eso era todo lo que podría haber soñado.
Bueno, casi todo.
Todo lo que había soñado siempre estaba a su lado, rodeándole la cintura con el brazo. Y cuando lo miró, le miró su amada cara, él le estaba sonriendo con un amor y un orgullo que le dejó atascado el aire en la garganta.
—Enhorabuena, lady Whistledown —musitó.
—Prefiero señora Cullen —repuso ella.
—Excelente elección —sonrió él.
—¿Podemos irnos? —susurró ella.
—¿Ahora?
Ella asintió.
—Ah, pues sí —dijo él entusiasmado.
Y nadie los volvió a ver durante varios días.
Dios! amo locamente a este Edward y me alegro muchisimo de que todo se haya solucionado de un modo tan encantador.
Siento decirlo pero ya solo queda el epilogo de esta historia.
