Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 2

No logro conciliar el sueño.

Mi cabeza busca el hueco de luz que despide la única ventana de mi habitación, con el fin de hacerme sentir menos sola.

Me da un poco de miedo la oscuridad. En realidad, me da un poco de miedo la noche en general.

Casi nunca tengo pesadillas; por las mañanas me despierto con la mente en blanco, completamente espabilada, y aun así la noche es un verdadero suplicio para mí. Papá dice que la noche es el medio que tiene la desdicha para meterse en el cuerpo de una persona. Apenas tocas la almohada comienzas a recrear historias en tu cabeza, recordar lo que hiciste en el día o lo que pudiste haber hecho.

Esa es una clara manera de reventarte las pelotas.

A mí me deprime la noche, independiente de cualquier situación en la que me encuentre, mirar la oscuridad del cielo me hace sentir pequeña.

Mamá piensa que soy melancólica por pensar de ese modo.

Papá cree que solo soy sensible.

Antes de darme cuenta, la puerta de mi habitación se abre hacia adelante, dejándose ver los rizos claros de mamá agitándose en el poco viento a su alrededor. Se sienta a la orilla de mi cama, dejando un beso cariñoso en mi frente e intentando verme bajo la poca luz del cuarto.

—Ya estoy en casa, cariño —me avisa, como si no me hubiese percatado de ello.

Mi madre es maestra de danza en Forks. Ella les hace clases de baile a personas de mediana edad por la noche y de ballet a las niñas por el día. Ama bailar ballet. Si hubiera una ley que exigiera usar tutús por el resto de la vida, mamá sería la primera en votar a favor.

Dueña de una bella y cálida sonrisa. Sus ojos pequeños y claros, profundos de un ámbar casi dorado iguales a los de mi hermana. Aquello es una de las cosas que más se asimilan sin duda.

Pestañeo ante ese detalle.

Por mucho que me duela admitirlo, se me hace imposible creer que haya cambiado todo tan rápido.

Con Navidad a portas de llegar todo me resulta más difícil. En ese sentido mamá lleva razón, soy melancólica. De solo pensar que este año hay un puesto vacío en la mesa, me produce un vacío interior insoportable.

Considerando la actitud que mis padres han empleado en el último tiempo, no me sorprendería si me llenan de regalos para así enmendar cualquier cosa. Su conducta descuidada de padres felices, me enfada. No me gusta que intenten meterme en un círculo familiar "perfecto" como si Elizabeth nunca se hubiese marchado, o nunca hubiese vivido en casa. Sé que es su forma de esconder el dolor, y eso es todavía peor. Pero también estoy enfadada con mi hermana. Ella arruinó nuestra familia. Ella nos tiene nadando en la incertidumbre.

La primera semana dejé pasar el comportamiento de papá y mamá como una reacción espontánea. Intentaban asimilar los hechos recientes a su manera. Cuando comenzó a pasar el tiempo sin que hubiera un cambio, me preocupé. Y aunque yo me encontraba en una especie de aturdimiento, segura de que volvería, intentaba de igual manera entender la decisión de Elizabeth.

No estoy segura si yo hubiese sido capaz de hacerlo; irme sin decir a donde, olvidar el lugar en donde crecí, tratar de alejarme por propia voluntad de mi entorno.

A veces odio ser tan egoísta.

En cualquier caso, si tan solo Lizzy me hubiese mencionado sus planes o presentado a su novio para dejarme tranquila, no estaríamos como estamos.

La noche antes de que se fugara, tuvimos nuestra cena familiar como todos los días. Nada de miradas extrañas, nada de malas caras, nada de nada.

Supongo que así es como debió ser.

Mamá sale de mi habitación en silencio y mis ojos se desvían hacia el tercer cajón de mi armario. Allí, entremedio de mis camisetas, reposa la maltratada gorra roja que me traje hace dos semanas de Port Angeles. Decidí a último momento no dársela a Pelusa, mi gata, ya que en ese minuto el coraje se me había esfumado y me daba un poco de pena que la estropeara. Recordar la mirada violenta de aquel sujeto, me producen escalofríos. Su voz dura contra mí zarandeando mi mente, por un momento creí que iba a pasar por encima sin pedir permiso.

Salgo de la cama de un salto, llevando mi pelo hacia un lado de mi hombro y sin pensarlo dos veces, la tomo del cajón. La lamparilla de noche me permite ver a través de la áspera tela. Me vuelvo a recostar en la cama, pasando mis dedos por la parte trasera de la gorra.

«Debería usarte como adorno para mi mono de nieve» pienso para mí misma.

Me pregunto qué tan mal lo lleva señor amargado para actuar de ese modo, o tal vez es así en general. Eso sería una lástima porque una mujer tan amable como su madre, no debería merecer un hijo tan desabrido.

Bella, no juzgues.

Regreso la gorra al armario, soltando un suspiro tembloroso y repitiéndole a mi cabeza que es hora de dormir. A ver si me obedece.

Por las mañanas, soy un algodón de azúcar.

O eso creo.

Una de mis cláusulas cuando el sol se cuela en mi habitación es que debo intentar ser una mejor persona cada día. Más que ayer y menos que mañana. Tener una cara de tres metros no hará que mis problemas se resuelvan.

Conseguí convencerme de que el ser humano tiene una infinidad de razones por las que sufrir y que es nuestro deber invertirlo. Si viviésemos en una monotonía diaria, nuestra existencia sería aburrida y todos terminaríamos suicidándonos porque no hay motivos para quedarnos. Pienso que es importante que la gente crea en la lucha contra la adversidad, aun si parece que fuese imposible, sin darnos cuenta la vida de un momento a otro te recompensa.

Jasper sostiene a Pelusa en su regazo cuando entro a la cocina.

Me he amarrado el cabello con un elástico rojo, mechones desordenados de cabello vuelan sobre mi frente.

Él frunce el ceño al verme, segura de que está mirando mi bufanda.

—¿En serio estás usando una bufanda con la cara de Donner el Reno?

Encojo mis hombros, ignorando su tono de burla.

—No pareces tener tu espíritu navideño, Jasper.

Jazz es unos pocos meses más grande que yo. Fuimos juntos a la Guardería antes de que su familia se mudara fuera del país. Desde entonces hemos mantenido contacto gracias a nuestras madres, que a la primera oportunidad viajaban para verse. De grandes conservamos la amistad por nuestra cuenta y con la tecnología de hoy en día, ha sido mucho más fácil.

Un mes después de que las clases comenzaran, Jasper llegó a Forks con todo y maletas. Sus padres tomaron esa determinación para que él se centrara más en lo que aspire a futuro. No tuvo que ingeniárselas para conseguir con la mayoría ni interactuar con las chicas, aunque él es algo reservado en ese aspecto; tiene especial cuidado en lo que respecta su vida amorosa, sobre todo ahora que Alice merodea a su alrededor como un perrito faldero. Él no le toma demasiada importancia. A veces tengo que recordarle que su nombre es Alice y no Elisa.

Engulle un cruasán de un mordisco, arrugando la nariz.

—La tengo —asegura— Está reservada para nochebuena.

—Como digas —Tomo a Pelusa en mis brazos, su cabeza acariciando con ternura mi mano— ¿Cómo has estado, nena? ¿Cómo te trata el tonto de Jasper?

Este gime en protesta, vertiendo crema a su café.

Echo un vistazo a la ventana de la cocina; pequeños copos de nieve cubren la calle principal, tapando a los autos estacionados en la acera. Sostengo con fuerza a mi gata que comienza a gruñir por mi repentino agarre, intentando soltarse.

—¿Tienes que ir a trabajar? —pregunta Jasper.

Dejo a pelusa en el suelo.

—Sí —miro el reloj negro de la pared para cerciorarme de que no estoy equivocada— y estoy con tiempo para acompañarte con un café.

—Ten cuidado con la bici ¿eh? —me tiende una taza— Una cosa es caer en un charco y otra distinta sobre la nieve. No te gustará.

Le arrugo mi nariz para restarle importancia, enseñando una breve sonrisa.

Aquel día, yo había llegado con un agujero en el pantalón a causa de mi caída.

El timbre nos interrumpe.

No me sorprendo a quién me encuentro detrás.

Alice agita una caja de galletas de Navidad en el aire, su sonrisa extendiéndose alrededor de su nariz roja por el frío. Al contrario que a mí, lleva una bufanda verde sin dibujos. No necesito que me explique que hace un viernes a las nueve de la mañana en la entrada de mi casa.

—¡Buen día! —entra sin esperar que diga nada al respecto. Su mirada felina cae de inmediato en Jasper, apoyado en el umbral de la puerta con su café y mirada distraída… esa es la razón por la que está aquí delante de mí— Compré galletas y… me preguntaba que estaría haciendo mi buena amiga Bella. Ya que trabajas tanto, cariño. Casi no te he visto desde que salimos de vacaciones por las fiestas.

Se queda cerca del mesón a propósito, quitando la tapa de la caja de galletas y depositándolas en un plato.

Cabe mencionar que Alice llega a casa como si fuera la suya. Mamá piensa que eso es adorable.

—Nos vimos ayer —recuerdo.

Su cabello rizado revolotea en sus hombros al mirarme.

—Oh. Es cierto —encoje los hombros sin darle importancia. Entonces extiende el plato a Jasper, de lo más entusiasma para solo ofrecer una galleta indefensa— ¿Quieres una?

Jasper explora el variado de galletas; sus formas, colores y glaseados. Escoge una en forma de árbol navideño, regalándole una sonrisa a mi amiga.

—Gracias

Eso es lo más cercano a coqueteo que han tenido desde que Jasper llegó al pueblo.

Alice no se rinde, por cierto. Eso debería considerarse al menos.

Ella ha sido como una sombra extra en los últimos meses. No solo le basta con que nos veamos todos los días en la escuela sino que además llama por teléfono a la medianoche. Comprendo que lo hace por preocupación –o porque cree que puedo tirarme por la ventana- Alice me asegura que no se trata de eso, pero no soy tonta. Por algo se lleva tan bien con Esme, ambas son igual de sobreprotectoras. Pueden iniciar una conversación de dos horas sobre el clima y siempre será interesante para ellas.

Alice Brandon llegó a Forks hace un par de años con sus padres luego de que uno de ellos perdiera el trabajo y comenzaran a tener problemas económicos. Regresaron al pueblo en donde nació para vivir con sus abuelos, los únicos parientes cercanos que podían ayudarle con dinero mientras tanto. Ahora no tienen ese tipo de problemas, pero optaron por permanecer aquí.

En aquel tiempo, incluso si todos en la clase teníamos entre 14 y 15 años de edad, Alice siempre tuvo un aspecto de más mayorcita.

No sé qué ocurrió en el camino que ahora no parece cambiar más.

Y también está Bree, mi otra amiga.

Mi madre le hizo clases de ballet a ella de niña y ambas compartíamos algunas clases hasta que yo decidí retirarme. Meses después, Bree también lo dejó. Ninguna servía para el ballet, no porque fuésemos torpes, sino porque se nos hacía aburrido.

Bree es mucho más relajada que Alice.

No está encima de mí todo el tiempo para saber si estoy bien o mal. Intenta no sofocarme con el tema ni sobrexplotarlo. Cuando ocurrió lo de Elizabeth, Bree se sentaba junto a mí en el suelo de mi habitación a escucharme llorar y darme palmaditas en la espalda.

No necesitaba más.

—¿Quieres un café? —le ofrezco— compramos crema en la tienda ayer. Es riquísimo.

No tengo idea si me ha puesto atención, de cualquier manera sirvo dos tazas con abundante café caliente y crema batida. Sin que ella me mire pongo la taza en sus manos, asegurándome de que presiona los dedos en ella. Reprimo las ganas de reírme por lo boba que se ha puesto.

—Entonces… ¿qué tal tus vacaciones, Jasper? —le pregunta.

Jasper da un brinco al escuchar su nombre.

—Han estado genial —contesta con una sonrisita— Uno nunca se aburre con Bella.

Me atraganto con el café.

—¿Eso fue sarcasmo puro o estás diciéndolo en serio? —inquiero.

Él sonríe de nuevo.

—Lo digo en serio ¿Cuándo he hablado con sarcasmo? —le pongo mi mejor cara de sorprendida, y él se carcajea— Ya, va en serio, Bella. Como mi hermana de corazón, tienes que saber que hablo con la verdad.

Entrecierro los ojos.

—Más te vale.

Alice le pregunta cosas triviales a Jasper solo para escucharle hablar. Más de alguna vez mencionó lo mucho que le gusta su voz grave. Ella podría preguntarle si come pan y esperaría ansiosa su respuesta.

Llegada la hora de irme, ambos ofrecen irse conmigo. Llevo la bici a un lado de mí, empujándola por la calzada mientras charlamos. En el servicio de correos cada uno se va por su lado.

Está empezando a nevar cuando entro.

El trabajo ha comenzado su temporada exhaustiva, teniendo en cuenta de la fecha en la que estamos, muchos envían regalos y postales por adelantado. Lo único negativo es que los paquetes hacen que pedalee más despacio, así que me tardo un poco más en despacharlos.

Por lo menos, el señor Newton me dio la primera paga en mi primer mes de trabajo. En cuatro semanas he logrado enviar más correspondencia a los domicilios que Jessica Stanley, otra chica que trabaja aquí hace más de año y medio. Es la que siempre tiene una excusa para no ir a Port Angeles.

A Lauren le cae de la patada y en general, todos hacen caso omiso de las ocurrencias de Jessica.

Después de terminar mi jornada y sin tener nada más que hacer, hago una parada en la tienda de comestibles donde trabaja Bree.

Los niños se lanzan bolas de nieve unos a otros entre risas celestiales. Otros arman sus propios monos de nieve, decorándolos con ese toque distinto que los hace ser especiales.

Esta es la época en donde deseo volver a ser pequeña.

La Navidad es magia.

La Navidad es unión.

La Navidad es significativa en muchos sentidos.

Apenas entro por la puerta de la tienda, veo a Bree con su cabello negro y ondulado encima de su cara, el intenso verde de sus ojos mientras termina de atender a las personas. Es más baja que yo… bueno, es más baja que cualquiera; tiene que ponerse de puntillas para agarrar algo de la estantería.

Me señala con la mano que espere un minuto.

Se acerca a mí y nos sentamos en una de las mesas al fondo. Me sirve un trozo de tarta de arándanos y pone dos tazas de chocolate caliente para compartir.

—Te ves cansada —apoya los codos en la mesa, mirándome fijo— ¿Sabes qué? Pienso que ese viejo tonto de Newton te sobrexplota en ese lugar. Es decir… sabe que eres responsable y te hace trabajar horas extras.

Froto mis ojos con cansancio.

—No es cierto. Él solo…

—Él solo es un dolor en el culo. Admítelo.

Soy incapaz de negarlo.

—Está bien, a veces suele ser… demasiado manipulador, pero no al grado de ser insoportable. Creo que no ha llegado a ese límite aún.

Bree me da una mirada escéptica, y sacude la cabeza.

—Y bueno, no quiero hablar más de Newton —no puedo estar más de acuerdo— ¿no te ha salido otro amable señor con el periodo?

Ruedo los ojos.

Desde que les mencioné a Alice y a ella del incidente en Port Angeles, Bree no tardó en bromear que el sujeto de la gorra andaba con el periodo. Y cada vez que nos vemos, me pregunta si me ha tocado alguno parecido.

—Ninguno más, por suerte.

Un instante más tarde, ella tiene una sonrisa pícara en el rostro.

—¿Todavía tienes su gorra?

El chocolate caliente me quema la lengua.

—Sí —contesto— voy a tirarla, de todas formas.

—¿Por qué? ¡Oh, no! Deja que me la quede.

—¿Por qué quieres quedártela?

—Porque huele espectacular.

No estábamos muy seguras de qué olor tenía la gorra cuando se las mostré. Champú, loción, no lo sé, pero las chicas quedaron locas. Dos semanas más tarde, poco queda de ese aroma.

Bree atiende a la clientela mientras me tomo el chocolate a sorbos. Cuando regresa otra vez, tamborilea los dedos sobre la mesa.

Su mirada verde está puesta en la mía para preguntar:

—¿Qué planes tienes para Nochebuena?

El último sorbo de mi chocolate está tibio, por lo tanto prefiero dejarlo. Esquivo seguir mirando a Bree para que deje de ponerme cara de corderito.

—No lo sé —admito— Cenar como todos los años supongo.

Asiente con la cabeza.

—Supongo —repite, quedándose en silencio después. No le pregunto nada hasta que toma la palabra una vez más— A menos que…

—¿A menos qué, qué? —demando curiosa. Se muerde fuerte el labio, suficiente para que me haga gruñir— Solo dilo.

Baja los hombros.

—Alice y yo hemos estado hablando… —explica— y nos parece entretenida la idea de juntarnos pasada la medianoche, ya sabes la que se arma en el parque a esa hora.

Parpadeo.

»—No es que no vayamos a pasarla con nuestras familias —prosigue— pero siempre hay algún festín improvisado.

Muevo la cabeza.

—¿Esto es como una especie de lástima?

Sus ojos se agrandan.

—¡No! —suena molesta— No es lástima. Es para hacer más llevadera la situación. Además ¿no crees que es una genial idea? Solo piénsalo. Jasper se nos puede unir, estoy segura que los chicos se van a reunir de igual manera —hay un corto silencio— es para alegrarte un poquito la noche, es todo.

Tengo una pequeña sonrisa en mis labios.

La sensación de un pecho inflado, justo ahora.

—Gracias —me sincero. No voy a negar que esa es una estupenda idea.

—¿Eso es un sí?

Simulo que lo pienso, desesperándola.

—Con una condición —levanto un dedo— tenemos que ir con cuernos de reno.

Bree odio los renos.

Hace una mueca de disgusto.

—¡De acuerdo, de acuerdo!

Mi móvil suena con un mensaje y me apresuro a cogerlo. Revisando la caja de mensajería, me doy cuenta que no se trata de eso, sino de un correo electrónico.

Que extraño. Los únicos correos que recibo son de ofertas de tiendas online.

No hay nada escrito en el asunto y la dirección no la conozco. De todos modos, pincho el mensaje.

No puede ser.

Un poco demasiado histérica, me disculpo con Bree para ir al baño. Mis manos se vuelven torpes y tengo que obligarme a mantenerlas calmadas –cosa improbable- para entender lo que dice. No necesito preguntarme de quién se trata.

Mi corazón da un vuelco.

Elizabeth.

Querida Bella:

Durante hace mucho tiempo que he querido comunicarme contigo, pero hasta ahora tuve el coraje de hacerlo. No encontraba el lugar ni el momento. No podía dejar pasar estas fechas tan importantes sin saludarte y puedo comprender lo difícil que será este año en casa.

Lo es para mí, aunque no me creas.

También sé que es probable que estés muy enfadada conmigo. Lo entiendo. No te pido que comprendas por qué hice lo que hice. Solo confía en mí ¿puedes confiar en mí?

Me encantaría decirte donde estoy, sin embargo es mejor así. Te lo prometo, Bella. Eso no significa que no te quiera. Espero que tengas claro eso.

Estoy bien y espero que ustedes lo estén igual.

Como bien dije al principio, no podía no saludarte en estas fechas, ya que todas las Navidades que recuerdo las he pasado contigo.

Estás en mi mente cada segundo.

Feliz Navidad, engorrosa.

Te quiere,

E.

Las lágrimas caen desbordadas de mis ojos.

¿Por qué no quiere que sepa dónde está y por qué está usando un correo electrónico que no es de ella?

Quitando eso, por lo menos sé que está bien.

Maldita seas, Lizzy.

Me la imagino sentada en un sofá con el ordenador en su regazo. Me la imagino apartándose el cabello castaño rebelde de los hombros. Me la imagino con su infaltable café con leche mañanero.

Me la imagino.

No quiero dejar de imaginarla.

Eso es lo único que puedo tener de ella por ahora.


Holaaa!

Sé que va un poco lento pero es para que vayan más o menos adaptándose y conozcan a los personajes. Más pronto de lo que imaginan aparece Edward de nuevo ;)

Gracias por poner la historia en favoritos y alertas, además de los comentarios. Muchísimas gracias!

Beso a todas.