Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 3
Bree vuelve a leer por tercera vez el mensaje convencida de que hay algo oculto, como en las películas.
Por más que leí, no encontré nada que pudiese señalarme su paradero. Alice piensa que estamos tomándolo muy a pecho. Ella se nos unió en la tienda tan pronto como le contamos lo sucedido por teléfono. En menos de lo que canta un gallo estaba entrando por la puerta a toda prisa, tirando su bolsa encima de la mesa y empujándome en la silla para hacerle un espacio.
Ninguna de nosotras tiene una buena excusa para explicar la razón por la que Elizabeth usase un correo diferente y no quiera decirme dónde se está quedando.
¿Acaso teme que nuestros padres se enteren y vayan a buscarla de un ala?
Por un lado estoy contenta de tener noticias de mi hermana, después de pasar seis meses preguntándome por ella, pero por el otro confundida por lo poco que escribió, aun cuando me aseguró que estaba bien.
Bien en todo sentido ¿verdad? Quiero creer que sí.
—Pienso que si estuviera en el lugar de Liz, tampoco te digo dónde estoy —confiesa Alice. Bree y yo la miramos— No me miren así, es la verdad. ¿Podemos recordar en el tremendo lío en que está metida? Se va a llevar el castigo de su vida en algún momento.
—Alice, no es lo mismo —discrepa Bree— Elizabeth es mayor de edad y trabaja desde los 18 —me mira para confirmar— No es como si ellos pudiesen negarle algo.
Me aclaro la garganta.
—Eso sigue sin tener sentido —considero— No había razón para irse de esa forma.
Pasados unos minutos de silencio, las tres nos damos por vencidas.
Me voy a casa con el celular en la mano, esperando algún otro mensaje que muy en el fondo sé que no va a llegar. Voy a enviarle una respuesta de regreso de todos modos.
La casa huele a salsa de tomates, orégano y pimienta.
Mamá está tarareando una canción ochentera mientras revuelve dentro de la cacerola con una cuchara. Tiene un delantal envuelto alrededor de su cintura y sus caderas se mueven suaves por la cocina.
Dejo mi chaqueta húmeda en el colgador de la entrada, recibiendo a Pelusa en mi pecho para saludarla.
Por lo general, mamá siempre está en casa a eso de las cinco. Entre sus clases de la mañana y las de la noche, se hace un espacio para estar con nosotros toda la tarde y así preparar una abundante cena. No importa si no hay nada que celebrar, ella acostumbra a cocinar tanto como en un festín.
Apenas nota mi presencia, su sonrisa se extiende.
—¡Bella, por fin llegas! —exclama emocionada— tu padre ha estado preguntando por ti desde que llegó. A propósito ¿has visto a Jasper?
Dejo un beso en su mejilla.
—Lo vi esta mañana —recuerdo, apoyándome en la encimera— ¿no ha dado señales de vida?
Ladea la cabeza.
—No estaba cuando regresé de las clases —dice— espero que no se tarde mucho. Él sabe lo puntuales que somos a la hora de cenar.
Por un segundo tengo la intención de mencionarle lo de Lizzy, solo para ver si eso hace que se quite la coraza que lleva desde hace tiempo. De cualquier modo, me arrepiento a último minuto, absteniéndome de cualquier problema que eso cause. Además, estaría confirmando las sospechas de Alice; Elizabeth no quiere decirme nada porque teme que se lo cuente a nuestros padres.
Es más complicado aún, puesto que también quiero que se sientan más tranquilos por tener noticias de ella.
Interrumpo mis pensamientos cuando papá hace acto de presencia en la cocina.
—¿Qué hay de nuevo, Bella? —rodea mis hombros.
Incluso si él estuviera en otra habitación, puedo sentir que está en casa.
Él es el director general en la escuela de Forks.
Nunca ningún idiota en el colegio se ha metido en problemas conmigo debido a quién soy. Todos le temen en extremo a papá porque encima tiene una mirada dura y cautelosa.
A pesar de eso, ser la hija del director general no necesariamente significa que tenga privilegios. Mi padre ha sabido comportarse como una autoridad en torno a mí. Es cosa de escucharlo llamarme por mi apellido en clases. Del vestíbulo para afuera, vuelvo a ser su Bella.
—Hola, pa —saludo devuelta— Nada especial, mucho correo como siempre.
Su imagen pétrea que ha mantenido como una especie de defensa personal, no es la misma imagen que veo todos los días en casa. Él es cariñoso y atento; es de esos padres que podrían comprarte la luna si se lo pidieras. A veces había obsequios debajo de mi cama o huevos de chocolate escondidos en el jardín de niña.
No puedo obviar el hecho de que también intentó inculcarme valores más allá de lo material, por mucho que eso no se notara.
—Esme tiene razón, cariño. Nadie entiende tus razones para trabajar.
—Papá… —gruño.
Levanta las manos, rendido.
—No pensaba hacerte cambiar de opinión. —le da un rápida mirada a mi madre, que está probando la comida al mismo tiempo que nos echa un vistazo— de todos modos voy a tener que comprobar que vas bien en la escuela para seguir permitiéndote trabajar.
Pongo cara de ofendida.
—¡Tengo buenas calificaciones!
—Deja en paz a tu hija, Charlie —mamá tiene una evidente sonrisa confabulada— ¿Saben una cosa? Los amaría mucho más si me ayudaran con los cubiertos en la mesa… oh ¡llegó Jasper!
El portazo que da lo confirma.
Se quita el resto de escarcha del pelo, todo eso mientras nos saluda de beso. Él y papá se dan la mano, como siempre.
—¿Cómo estuvo el día, muchacho?
Jazz esboza una sonrisa.
—Bastante bien, señor Swan.
—Charlie, Jasper. —papá chasquea la lengua— Vives en mi casa y tienes derecho a llamarme Charlie.
—Ok, señor Sw- —tartamudea— Charlie.
—Ey, Charlie —lo llamo.
Sus ojos me escudriñan con una media sonrisa, segura de que va a fingir ser duro conmigo.
—No, tú no tienes ese derecho.
Podría ofenderme, pero me rio.
La cena transcurre con normalidad. Con Jasper aquí, las comidas son mucho más movidas. Su presencia es tranquilizante sin necesidad de decir nada al respecto. Él, de alguna forma, es nuestro boleto hacia la resignación. Eso es bueno.
Decido no mencionarle sobre el mensaje que Elizabeth me envió. Por lo menos por ahora.
En mi cuarto, con mi estómago satisfecho, enciendo el ordenador a toda prisa. Me quedo en blanco frente a la pestaña del correo, mordiéndome el dedo meñique con nerviosismo.
Es más difícil de lo que imaginé. Tengo tantas cosas en mi cabeza que eso hace que no pueda expresarme como deseo.
Comienzo con un pequeño saludo.
Querida Elizabeth:
El "querida" me suena a una carta escrita a pluma y enviada por botella.
En primer lugar me sorprendió mucho ver que enviaste el mensaje por un correo diferente, pero supongo que es parte de lo que mencionaste después, mantenernos alejadas.
Me alegra muchísimo saber de ti. La incertidumbre de no saber tu paradero me ha tenido al borde del colapso. Supongo que debí advertir que sabías subsistir por tu cuenta. Sin embargo, te fuiste dejando una carta pequeña y concisa. Eres, en pocas palabras, ¡una desconsiderada!
Pero quitando eso, de verdad que me alegra saber que te encuentras bien. ¿Te cuento un secreto? Intento todos los días entenderte un poquito más que ayer (algo muy difícil) y aceptar tu decisión. Probablemente me hubiese gustado que la aceptaras por mí en el caso contrario.
No te voy a juzgar y tampoco pretendo pelear contigo. Las cosas están hechas de esta manera y es imposible volver atrás.
¿Cómo está el bebé? Ojalá pudieras responderme, aunque lo dudo.
Te adoro, Liz. Y me haces mucha falta. Las cosas en casa están difíciles. Papá y mamá no se reponen de nada.
Estoy dando la pelea por ti, todo el tiempo.
Feliz Navidad.
-B
Arrojo el celular a un lado de mi cama cuando apago el ordenador. Mis ojos parpadean hacia el foco de mi habitación y en poco tiempo me quedo dormida.
En vísperas de Navidad, tengo que levantarme temprano para ir a trabajar.
El señor Newton permitió que tuviésemos dos días de descanso seguidos por las fiestas, algo que tenía a la mayoría muy emocionado. No di opinión sobre eso, tampoco quiero que me vean raro por decir que no me agrada mucho la idea.
Para mi sorpresa, hoy Mike Newton apareció en gloria y majestad con una tarjeta de visitante en el pecho.
Es el hijo de mi jefe y una bomba de problemas constante para todos. Su rostro retraído es suficiente para que me mantenga lo más lejos posible de él.
Es un verdadero hijito de papá.
—De ninguna manera voy a llevar eso a donde dices, Lauren —se queja.
Lauren suspira extenuada. Esa chica me cae bien, tiene la misma mirada irritada que hubiera puesto yo en su lugar. Ni siquiera sé cómo le hace para que su voz suene tan suave en vez de gritarle en la cara.
—Lo siento mucho por ti, Mike, pero tu padre ha dado instrucciones claras sobre ti.
Mike resopla.
No sigo escuchando la discusión. Entro a la habitación contraria con mi llave de casilleros en mano. Allí es donde guardamos la correspondencia. Me voy hacia el casillero nro. 362 y apoyo las cartas en mi regazo, caminando de regreso a la mesa antes de que se desparramen en el suelo. Eric me ayuda con algunas pocas para no hacer tres viajes seguidos, él también lleva un mes aquí, así que de alguna manera empatizamos.
Selecciono con toda calma una por una hasta terminar, luego las meto dentro de un carrito y me voy fuera.
Mike y Lauren siguen discutiendo.
—¡Que no voy, te dije! ¿Acaso eres sorda? —él grita.
Lauren tiene el rostro rojo como un tomate.
—No quiero sonar grosera, Newton, pero podrías ir con tu rabieta de mierda donde tu padre. ¡A mí no me vengas a gritar, yo solo cumplo órdenes!
Alguien de atrás, susurra: hijo de puta.
Yo hubiese modificado eso a "Maldito hijo de tu santa madre" porque, vamos, acostumbramos a decir hijo de puta pero estamos ofendiendo a la madre y el problema no es con ella.
Además, a mí me cae bien la señora Newton.
Mike tira la caja encima del escritorio con un estruendo. Sea lo que esté dentro de eso, espero que no se haya roto. Mis labios forman una delgada línea recta, cabreada por la actitud altanera de este… de este ser vivo.
—¿Te das cuenta que eso no te pertenece? —interrumpo. Él clava los ojos azul cielo en los míos— ¿Entiendes que si rompes algo de allí dentro, el dueño puede reclamar y el que tendrá problemas será tu padre? —Él parece todavía más cabreado que yo. Sin esperar que diga nada al respecto, tomo la caja y la meto en mi carrito— Puedo llevarla yo, ya que parece que vas a ponernos de mal humor a todos.
Lauren asiente hacia mí.
—Gracias, Bella.
El viento del exterior me quita un poco la exaltación del cuerpo. Acomodo mis cosas ahora en la canastilla y amarro la caja en la parte trasera de la bici, pasando una cuerda por todo su contorno. Asegurándome de que está bien firme, me pongo el casco y comienzo a pedalear.
Andar en bici hace que me olvide de todo.
Mientras más me alejo, más libre me siento.
Entrego algunas de las cartas que tengo en la canastilla en Port Angeles, dejando la caja para el final. Hago una parada obligatoria en la ciclo vía para revisar la dirección.
Olvidé leerla antes de salir del correo.
Trato de ubicarme en la avenida en la que me encuentro, buscando algún sitio conocido en las cercanías. Mi problema termina en el momento que recuerdo que ya he ido antes a esa dirección.
Y de manera automática recuerdo la gorra.
Suspiro contra mi mano, deseándome suerte en silencio.
Si el paquete es para Elizabeth Masen, solo espero que Mike no haya destrozado nada.
Estoy rezando eso cuando me estaciono.
Le quito la correa a la caja, tomándola entre mis brazos y depositándola de inmediato sobre el césped para quitarme el casco. Estoy extrayendo el seguro de la amarra en mi barbilla cuando todo ocurre muy rápido.
Primero, estoy en shock porque pudo haber ocurrido estando yo sentada.
Segundo, ni siquiera escuché el sonido del claxon.
Tercero, mi bicicleta está debajo de un auto.
Todo lo que tengo en mente es el ruido del freno y la marca en el pavimento por la velocidad de las ruedas; mi primera reacción es gritar con las manos en mi boca, al tiempo que me echo hacia atrás asustada, creyendo que el auto seguirá su camino hasta aplastarme.
No obstante, se detiene y el humo sale a borbotones.
Mi corazón va a salir de mi pecho si no me calmo. Pude haber estado sentada allí –repito una y otra vez.
Este es el momento oportuno cuando la vida pasa por mi cabeza sin que esté agonizando.
Veo como el conductor sale del auto rápidamente. Mis pulmones listos para gritar.
—¡Idiota! ¿Acaso no sabes manejar? ¡Mira lo que le hiciste… lo que le hiciste a mi bici! —voy a lloriquear si sigo viendo a la pobre y maltratada bicicleta debajo de las ruedas. Lo peor es que la bici ni siquiera es mía.
Mis ojos se adaptan hacia el rostro del hombre.
¡Claro, lo que me faltaba! Señor amargado en persona.
Eso hace que mi enojo empeore.
—¡¿A qué persona en su sano juicio se le ocurre estacionar una bicicleta en un lugar permitido solo para autos?! —gruñe, señalando la bici— ¡Apenas se ve desde donde venía!
Mis uñas se clavan en mis palmas.
—¡No es mi problema! ¿Qué pasa si hubiese estado yo allí? ¡Venías a toda velocidad!
No estaba segura de ello, pero no es momento para analizar los hechos.
—¡No es cierto! —su voz vuelve a producirme escalofríos y con la adrenalina en mi cuerpo, se esfuma tan rápido como llegó— Mira, no me eches la culpa de tus imprudencias —¿en serio está diciéndome eso?— Demándame si quieres, todos saben que las bicis se estacionan en la acera.
Mis labios tiemblan por las ganas de llorar.
—Al menos reconoce que la cagaste —digo por último y como la guinda de la torta, se dirige a su casa muy campante, dejándome sola en medio de la nada.
Me llevo las manos a la cara, incapaz de reprimir el llanto.
¿Qué voy a hacer ahora?
Repentinamente recuerdo algo de suma importancia.
—¡Las cartas!
Las cartas que tengo que enviar a Forks y que no lo hice antes para venir directo aquí, están debajo también, tiradas por todas partes.
El señor Newton no solo me va a matar por la bici, también por las cartas.
Estoy imaginando la escena de mi despido.
Me pongo en cuclillas para recogerlas en silencio, intentando pensar la manera de regresar al pueblo lo antes posible.
—Ey
—Déjame en paz —pido entre dientes— Ambos tuvimos la culpa pero no tengo tiempo para seguir discutiendo contigo. Tengo que mandar esto antes del mediodía y… —miro alrededor— ¿sabes dónde debo ir para tomar un bus? No puedo recordarlo.
No me dice nada.
Limpio las pocas lágrimas que tengo en mis mejillas antes de levantar el rostro. Él tiene su ceño fruncido, de pie a unos cinco pasos alejado de mí.
Suelto un suspiro.
—No hace falta que te molestes, muchas gracias.
Pego las cartas a mi pecho, levantándome con el casco en la mano.
Antes de que pueda irme, él dice:
—Deja que te lleve.
—No, gracias. Tengo dos pies perfectamente buenos.
—Ya sé que tus pies son buenos pero yo arruiné tu bicicleta, así que creo que es lo correcto que te lleve a casa.
—No voy a casa ¡estoy trabajando! —no tengo idea de por qué estoy aclarando eso— y… y esa bici… —de pronto, estoy llorando como una nena.
Se echa más hacia atrás, gimoteando.
—No tienes que llorar delante de mí —se queja— ¿Sabes lo incómodo que es para cualquier persona ver llorar a otra que no conoces y que además te importe un bledo la razón?
Detengo mi hipo.
—Oh, demasiada sinceridad —me limpio las mejillas con el dorso del brazo, molesta por su descortesía— no pareces del tipo que consuela de todas formas.
—Tú no me conoces.
—No, no te conozco, y no me importa conocerte, adiós. —giro en mis talones, dispuesta a irme enseguida y recuperar de alguna manera mi dignidad. Eso se acaba en cuanto recuerdo que no traje dinero de casa. Maldiciéndome a mí misma, vuelvo a encararlo, ahora mordiéndome el interior del labio.
Se ve sorprendido de verme volver.
—¿Qué? —pregunta con un leve encogimiento de hombros— ¿Cambiaste de parecer?
Mi lado terco quiere regresar caminando a casa, pero es tanto el frío que preveo mi inminente muerte entre la nieve.
Levanto el dedo índice hacia él.
—Voy a aceptar porque aun creo que es más culpa tuya que mía —me excuso— y porque olvidé traer dinero.
Los músculos de su cara lucen tensos, como si no tuviese expresión.
Señala su auto.
—Súbete —exige con aspereza.
El vehículo sigue despidiendo humo gris al acercarme y me pregunto cuánto duraremos dentro antes de que explote.
Mis nervios consumen mis entrañas de solo pensar que debo subirme; no porque piense que vamos a explotar como una granada, sino porque no conozco a este tipo. Él puede ser un psicópata profesional. Y sí, su carencia de expresión me intimida.
Este viaje, sin duda, va a ser demasiado incómodo.
Segundo encuentro sin buenos resultados… ya veremos qué pasa.
Gracias infinitas por sus comentarios.
Hasta el próximo.
