Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 4
El recorrido a casa transcurre en completo silencio.
Puedo sentir la respiración pausada de él cerca de mi oído, creando una burbuja de temor en mi interior. Yo nunca antes me he subido al auto de un extraño y aunque de alguna forma sé que voy a llegar sana y salva, sigue sin darme absoluta confianza.
Miro de reojo para buscar nada en particular, arrepintiéndome de inmediato al ver que está mirándome de vuelta. Regreso a la carretera, repitiendo con los labios apretados que debo comportarme como un adulto.
Recuerda que es un imbécil.
Su cabeza se gira hacia mí.
—¿Gracias?
—¿Gracias por qué? —lo miro devuelta.
—Por lo de imbécil.
Mis mejillas se calientan. ¿Pensé en voz alta?
—See —responde.
Mierda
Tiro de mi labio entre los dientes, notando lo tonta que me pongo cuando estoy nerviosa. A pesar de eso, no es primera vez que creo que estoy pensando algo y en realidad lo estoy diciendo en voz alta.
—Lo siento —digo.
Encoje los hombros.
—Está bien —suena tranquilo— no es primera vez que me llaman imbécil, así que puedes estar tranquila. No me has traumatizado. —Frunzo el ceño, deseosa de decir algo al respecto pero prefiero no seguir metiéndome en problemas. Me aseguro de que estoy pensando lo siguiente y no diciéndolo bajito "¿por algo le llaman así?"— Pareces a punto de explotar.
—¿Explotar?
—Quieres decirme algo y prefieres no decirlo.
Miro por la ventanilla.
—No es cierto. —miento.
¿Acaso lee mentes? No dice nada después de eso.
—Bueno, entonces —retoma la palabra— ¿Cómo te llamas?
—¡Qué te importa!
—La verdad me importa un carajo pero me irrita verte ahí como un animalito asustado.
Cruzo mis brazos sobre el pecho ¿él será así con todo el mundo? ¿O solo es que está enojado porque me crucé en su camino? Yo no ayudo mucho con mis respuestas tampoco.
—Isabella —digo al fin.
—Isabella —repite.
—¿No vas a decirme tu nombre?
—No.
Ajá.
Tan pronto como visualizo Forks, respiro aliviada. Necesito desesperadamente quitarme el cinturón de seguridad. Es como si darme cuenta que estamos llegando, no puedo esperar por salir. Tengo que darle la razón en eso a señor amargado: soy un animalito asustado.
Le indico el lugar a donde tiene que dirigirse y lo noto un poco malhumorado.
Me pregunto si tiene sonrisa.
Antes de aparcar afuera del correo ya me estoy desabrochando el cinturón. No sé en realidad que esperar de todo esto, e incluso no llegando a pensar nada, él abre su puerta para bajar, dejándome sola. Un poco cohibida lo hago también. Tomo las cartas de la guantera y las sujeto como si la vida dependiera de ello.
Él se queda observando a su alrededor.
—Gracias por traerme —digo.
—¿Aquí vives? —pregunta con incredulidad, obviando mi agradecimiento.
—No —respondo lo evidente— Estoy trabajando, ya te lo dije.
—Ah —su tono es distante— Bueno, tengo que irme —Me quedo de pie sobre la nieve en silencio. Camina de regreso a su auto, abriendo la puerta y quedándose de pie para mirarme— Y… disculpa por el accidente. Voy a pagar lo de la bici, lo prometo.
Es la primera vez en la última hora que noto un poco de bondad. Un poco.
—Ok
Cuando va a subirse al asiento, se vuelve a mí de nuevo.
—Hay una caja en el asien…
—Es para tu madre. —lo corto.
La confusión en su rostro es palpable por saber que ubico a su madre. Me limito a contener mi sonrisa.
Echándome un último vistazo, se sube al auto y se va. Estoy segura, por su reacción, que no recuerda que me gritó en la entrada de su casa.
Sin embargo, eso no es lo que pienso en este momento; él va a pagarme la bici, Dios sabe qué día, pero no me dio ningún número de teléfono.
Y mucho menos su nombre.
¿Cómo es que lo llamó su madre aquella vez?
Me muerdo el labio mientras pienso. Subo la escalinata del correo, entrando a toda prisa.
Lauren me ve y sonríe, una sonrisa que se disipa examinando mi cara de disgusto.
Por algún motivo, las ganas de llorar regresan.
—Oh, cariño ¿Qué ocurrió? ¿Te asaltaron?
Reprimo el llanto cuando me arrastra hacia el sofá de recepción, sobando mi espalda con cariño.
Le explico lo sucedido en Port Angeles, de cómo casi quedo debajo de un auto y que la bici se destruyó. Me pregunta en repetidas veces si me hice algún daño. Después de un momento me trae un vaso con agua, sin darle mucha importancia a la bicicleta.
—Espero que el señor Newton no se moleste mucho.
Lauren resopla.
—Es que no tiene que molestarse —dice— primero es tu integridad, podemos conseguirnos veinte bicicletas si queremos, eso no es lo que importa.
Logro calmarme poco a poco con sus palabras y el agua. No quiero arruinar el ambiente festivo que todos tienen en este momento. Por mucho que Lauren insiste en que alguien más envíe las cartas que quedan por mí, no la dejo. Me armo de valor para amarrarlas a la bicicleta extra del garaje y empiezo lo que debo terminar.
Es cierto que el señor Newton tiene demasiadas bicis aparte de la que rompí y mucho dinero para comprar unas cuantas más, pero eso no termina por hacerme sentir mejor. No era mi bici, punto.
No acostumbro a romper cosas que no son mías.
Aparte que apenas él nos contrata, nos hace responsables de llevar la bici con nosotros a casa, de modo que él no se hará cargo de nada. No sé si eso sea legal o no, pero da igual a estas alturas.
Después de repartir todo me despido de los chicos en el correo, dejando segura la bicicleta en el garaje del señor Newton para irme a casa. Saco un gorro de lana hecho por mí de mi bolsa, abrigándome la cabeza a pesar de que sigo con frío. No me quejo mucho de ello, amo el frío tanto como la lluvia. La mezcla de frío-lluvia-café es uno de mis mayores placeres en la vida. Eso sumado a las sopas de invierno.
La sopa de espárrago es la mejor.
Hay mucha gente en el pequeño parque de Forks coordinando los últimos detalles para la medianoche; grandes pinos decorados, puestos de comida, un gran escenario y dj.
Paso sin pena ni gloria, admirando la luminosidad.
No me doy cuenta cuando he llegado a mi calle.
Mamá ha puesto un papá Noel colgando de la fachada de nuestra casa. Es lo primero que veo apenas me asomo, preguntándome cómo demonios se subió allí o si papá tuvo que acatar su capricho como siempre.
La última vez que eso fue colgado de la fachada, papá terminó con un brazo roto en Navidad.
Giro la perilla para entrar, siendo inundada por el olor a canela y jengibre.
Mis oídos se agudizan por la voz familiar.
—¿Esme? —pregunto aun cuando tengo la certeza de que es ella.
Se asoma por la puerta.
—¡Hola, cariño! —Se abalanza a mí en un abrazo.
Respondo a su abrazo con la misma emoción. La última vez que nos vimos fue en mayo y de eso ha pasado un largo tiempo.
—Pero… pensé que no vendrías —le digo— es lo que me dijiste.
Ella se encoje de hombros.
—Era una sorpresa. —Se separa y me aparta un mechón de pelo— ¿Qué iba a hacer en Navidad lejos de mi familia? Aparte de claro, beber ponche de Navidad hasta hincharme.
Nos reímos.
Ahora es turno de mamá de abrazarme.
—Creí que llegarías más tarde, cielo ¡Me alegro que estés en casa por fin! Tenemos tiempo para que te pongas bonita y nos ayudes con la cena.
Todo suena como una idea genial pero de pronto tengo otra vez el nudo incómodo en el estómago.
Papá Noel en la fachada no es suficiente, ni las luces ni el aroma a canela con jengibre ni la visita inesperada de mi tía Esme o que en esta oportunidad tengamos a Jasper en casa.
No es suficiente.
Esme tironea de mi brazo, y estoy agradecida de que no haya captado mi rápido desanimo, para empujarme hacia la escalera.
—Vamos a escoger una linda ropa y te peinaré para que luzcas increíble esta noche.
Eso sin duda le entusiasma.
Los recuerdos que tengo de Esme de niña, es que siempre le ha gustado peinarme. Ella pasaba el cepillo gigante en mi cabeza con cuidado de no hacerme daño. Toda mi infancia tuve el cabello largo así que tenía para regodearse conmigo. Elizabeth y yo simulábamos que Esme era nuestra peluquera, solo para que hiciera con nosotras lo que quisiese; amarrarnos el pelo de mil maneras distintas, trenzarnos, destrenzarnos. Un sinfín de estilos.
Y no, no es estilista. Es como su pasatiempo favorito.
Mientras hace maravillas con mi pelo, me mira por el espejo frente a nosotras.
—No pongas esa cara —gruño.
Sigue su trabajo, sacudiendo la cabeza.
—Solo estaba mirándote ¿no puedo mirarte?
—Sí que puedes.
—¿Estuviste llorando?
Debí intuir que lo notaría.
—¿Tienes una bola de cristal o algo así?
—Bella —advierte.
Suspiro.
—Fue un día intenso, nada más que eso.
—Umm…
—Cuéntame que has hecho —intento cambiar de tema— ¿tienes algún novio escondido en Arizona?
Vuelve a sacudir la cabeza, su sonrisa genuina en el rostro.
La calidez en la sonrisa de Esme te tienta a correr para contarle todo lo que te pasa, como una especie de psicóloga. Sabes que va a mantener tu secreto bajo ochocientas llaves y que siempre tendrá un buen consejo que darte. A pesar de que es soltera –o divorciada- sabe mucho de la vida.
Tal vez por esa misma razón prefiere estar sola. Ella dice que no necesita a nadie para ser feliz.
Supongo que por su experiencia, tiene razón.
Su ex marido era un cero a la izquierda. Al principio era amoroso y simpático con todo el mundo, pero celópata. Esme por lo general toda su vida ha sido una persona muy sociable y caritativa, y eso a su ex marido le enfurecía. Él creía que ella era demasiado coqueta y que su amabilidad con los demás era intencionada.
Ella lo dejó tan pronto sus celos comenzaron a ser imposibles.
No eran una verdadera pareja, así que no entiendo el motivo de casarse en primer lugar.
—Los novios no están hechos para mí. Además, no estoy en edad de…
—¿Estás jodiéndome? —resoplo.
Me da golpecitos en el hombro con el cepillo.
—Isabella, cuida ese vocabulario.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo siento —me disculpo— ¿estás de broma?
Finge que no ha escuchado eso, tampoco insisto.
No hablamos tampoco de Elizabeth. En cambio, le cuento de mí en los últimos meses. De cómo Alice está embobada por Jasper y de mi nuevo trabajo. Le conté a duras penas lo sucedido hoy en Port Angeles y ella empezó a convencerme de dejar el trabajo hasta que le di un pare, diciéndole que no se lo dije para que empezara con su histeria, de modo que no persiste.
—O sea que… ¿es un muchacho un poco malhumorado?
—¿Un poco? —sueno incrédula— el 98%.
Se ríe.
—Supongo que es un chico serio. A veces solemos confundir el malhumor con la seriedad.
—Sus palabras no son más que ofensivas todo el tiempo. Si vieras su cara, Esme, hasta tú estarías de mal humor.
Vuelve a sonreír.
—Déjame deducir algo… ¿se ven a diario?
—No, ni siquiera sé su nombre —Nos miramos en el espejo. Por más intentos que hago de recordar su nombre, no lo consigo— y tengo su gorra.
—¿Qué tienes su qué?
Me estiro hasta alcanzarla en el cajón del armario.
—Lo pillé en el suelo cuando salió furioso la primera vez. Creo que no le servía para nada ¿crees que le sirve a alguien? Está tan sucia e inservible.
Asiente con la cabeza.
—Sí, bastante.
El peinado que me hace es simple, lindo. Ella me ayuda a escoger algo que ponerme para la cena. Termino usando una falda en tono azul marino por encima de la cintura con el fin de que mis piernas se vean más largas, acompañada de una blusa blanca dentro de esta. Elijo unas pantis negras, no pienso salir a la calle a morirme de frío.
Me miro al espejo y sonrío.
Hace mucho tiempo que no veo a la Bella que solía ser antes, a la chica en el espejo.
Mi cabello castaño oscuro y largo hasta la cintura, mis ojos marrones en un poco de sombra de maquillaje, mis pómulos levemente rosas.
Creo que voy a raptar a mi tía desde mañana.
Me lleno de elogios por parte de papá y Jasper, que intentan hacer sonidos con la boca y dedos, fallando en el intento.
Para mi sorpresa la cena de Navidad no es triste, por suerte. Temía que fuese en silencio, penosa, recordando celebraciones pasadas y yéndome a dormir antes de la medianoche. Mamá, por ejemplo, actúa como de costumbre, demasiado ansiosa para ver nuestras reacciones sobre la cena. Jasper es quien le halaga como si fuera un hijo que necesita su permiso para salir.
Recibo infinidades de suéteres y blusas de regalo, además de un perfume y libros.
Jazz está obsesionado con su afeitadora nueva, regalo de papá, para notar como lo tiro hacia mí para salir. Los chicos están esperándonos en la entrada y salimos prometiendo que nos cuidaremos.
No soy una líder en la escuela o amiga de todo el mundo. Se puede decir que me llevo bien con la mayoría. Por un lado están Bree y Alice, que por supuesto, íbamos a estar juntas. Luego está Jasper con su grupo: Quil, Ben, Tyler y Paul.
Si el grupo hubiese sido Quil, Ben y Tyler, yo estaría más cómoda.
—¡Miren! —Alice nos toma del brazo— hay cerveza. —susurra.
Bree se ríe, dirigiéndose a Tyler.
—¿En serio traes cerveza por Navidad? ¿Dónde dejaste el ponche o el vino?
Él se encoje de hombros.
—No fastidies, Bree —sonríe.
Reparte botellas de cerveza a cada uno, abriéndolas a su paso. Me quedo contemplando el líquido frío y sin sabor un momento, sintiéndome tonta y pudorosa de repente, ya que no es primera vez que bebo una cerveza. No soy una adicta, solo la tomo cuando hay oportunidad.
Ese es el tipo de cosas que me diferencian de Elizabeth, ese tipo de cosas donde todo el mundo se daba el derecho de distinguir. Nunca tomamos en cuenta ese detalle de todos modos. Por esa misma razón el impacto fue más fuerte. Todo el mundo hubiese creído que la primera en fugarse de casa, sería yo.
Con ese pensamiento en la cabeza, bebo el primer y largo sorbo de cerveza, congelándome de inmediato. El frío y la cerveza congelada al mismo tiempo no es una buena combinación. A menos que lleve cinco botellas y esté en verdad cocida.
Bree tiene mala borrachera, se marea con la mitad del líquido de la botella. Suelta risitas tontas con todos los que se acercan a ella.
¿Se supone que eso debe pasar con la mitad de una cerveza?
Bueno, no todos reaccionamos igual.
Por ejemplo, cuando voy por la cuarta botella, estoy realmente aturdida, riéndome, y llorando, y riéndome de nuevo.
Eso hasta que Paul se acerca.
Intento con fracaso alejarme de él, que toma mi cintura lo más rápido que puede.
—Ey, Bells ¿por qué te arrancas de mí?
También está ebrio; su aliento es una mezcla de cerveza y cigarro. La vista se me nubla.
—Estoy siendo solidaria y evitándote un disgusto —explico— no quiero hablar contigo.
Me toma nuevamente por la cintura cuando intento escapar. Y pese a que quiero alejarme más, mis piernas se sienten como gelatina.
—¿Te he dicho que te ves hermosa esta noche? —susurra en mi oído— sexy, muy sexy.
Paul Lahote es de esos ex novios insistentes hasta el último de sus días.
—Sí, sí —aparto mi cara de la suya, demasiado cerca para mi gusto— tengo un ego grande, así que lo sé.
Se ríe.
Entonces me besa. Es un beso torpe y muy baboso. Mi cabeza pide que me aleje de él, en cambio me quedo en sus brazos, dejando que lo haga. En ningún momento respondo al beso.
Necesito vomitar.
Por la cerveza y por Paul.
Edward no es muy agradable al parecer... hay que descubrir si con el tiempo cambia o quién lo hace cambiar ;)
Beso a todas, gracias por leer y comentar.
