Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 5

Cuando su lengua está metida en mi boca sin permiso, lo aparto de un empujón.

—No te pases de listo, Paul —protesto.

Sus manos bailan en el aire, enfadado por mi repentina interrupción.

—¿Por qué te esfuerzas en alejarme? —su sonrisa, que ya no me deslumbra, aparece con torpeza— Antes estabas pegada a mí.

Eso hasta me di cuenta de mis malas decisiones.

—Pero ya no ¿puede tu cerebro entenderlo? No seas patético.

Alice acude en mi ayuda tomándome del brazo junto a ella. Paul chasquea la lengua, borracho y molesto, antes de desaparecer en torno a la aglomeración de gente en el lugar. Puedo intuir por el rabillo de mi ojo el manifiesto recordatorio de mi amiga con su "te lo dije"

Odio con mi alma los te lo dije.

Paul es un chico caliente, no niego eso. Lo era más a los quince años, época en que me encapriché con él como una tontorrona. Nunca he sido insegura de mí misma, así que utilicé mis dotes de coquetería para conocerlo más allá de ser el líder en el equipo de voleibol.

Eso sí, yo tenía mis propias condiciones. Apenas estuviera comiendo de mi mano, me haría la desentendida. Mamá dice que es una manera cruel de atrapar a los hombres. De este modo cuando lo conquisté, me distancié para que fuese su turno de ganarme.

Nuestra relación duró un año y medio entre peleas y reconciliaciones. En el último tiempo comencé a dejar de darle importancia a cosas insignificantes para dar paso a los sentimientos y me di cuenta que lo único atrayente de Paul, era su físico. Su personalidad siempre ha sido tosca, demasiado brusco para muchas cosas. Decidimos terminar por lo sano, a pesar de que luego de eso empezara a hablar mierda sobre mí. No tomé en cuenta sus palabras hirientes, porque en verdad, nunca me ha importado lo que tengan que decir sobre mí.

Alice siempre me advirtió que Paul no era un buen chico, una advertencia que no tomé en cuenta.

Ella decía que era falso, casi como un prototipo de chico ficticio de los libros clichés. Supongo que hasta que no me saqué la venda de los ojos, no me di cuenta. Ellos se lanzaban dagas por los ojos. Varias veces discutí con Alice por Paul, y yo creía que solo estaba celosa de que pasara más tiempo con él que con ellas.

A veces es bueno escuchar a las amigas, son como la otra versión de la intuición de padres.

Incluso Jasper, que en aquel tiempo no conocía a Paul por vivir en otro país, no le agradaba demasiado, y cuando llegó, supe que no se llevarían bien. No se dirigen tanto la palabra considerando que tienen el mismo grupo de amigos.

—Estás ebria hasta la médula —me susurra, arrastrándome con ella por el camino. Le silva a Bree desde nuestra posición, agitando la mano en el aire— ¡Dios mío! ¿En serio Jasper puede ser más guapo con esa camisa abierta?

Murmuro algo ininteligible, mis ojos viajando en imágenes nebulosas del parque.

Me percato de la risa chillona de Bree mientras se acerca.

—¿Qué? —le pregunta.

—Vámonos a casa —dice— Bella está borracha.

Bree vuelve a reírse.

—Yo también.

—¿Qué tenía la cerveza? —inquiero, parpadeando para quitar la capa borrosa de mis ojos— necesito un baño.

—¿Quieres hacer pipí? —no estoy segura de quién lo pregunta.

—Nop. Quiero vomitar el beso de Paul.

El murmullo y las risas me irritan los tímpanos. Puedo oír parlotear a Jasper como un loro todo el tiempo. Por lo menos no está prestando atención a mi estado, algo que agradezco.

No considero que esté borracha.

Bueno, tal vez sí.

Puedo caminar sin que estén sujetándome; el problema es que Alice piensa que no soy capaz de hacerlo, entonces se asegura de llevarme del brazo. Solo estoy mareada y un poco enojada por dejar que Paul me besara.

A estas alturas no puedo soportar sus labios otra vez en los míos.

Voy a llorar si no me controlo.

Nos sentamos las tres en la hierba húmeda, demasiado húmeda y blanca. Mis manos se adormecen por dejarlas sobre el césped, pero no me importa. El hecho de que la hierba haya adormecido mi trasero también, hace que no sienta nada en absoluto. Algo bueno.

Alice me tiende un chicle de menta.

—Chicas, esto está que revienta —Bree aplaude como una foca.

Ella, sin duda, está peor que yo. Sinceramente.

Echo un vistazo a donde estamos sentadas, sintiendo que la grieta en mi garganta está desprendiéndose. De pronto las ganas de hablar sin parar como Jasper son tentadoras.

—No sé si alguna vez se los he dicho, pero son las mejores amigas del puto universo —mi voz se quiebra a mitad de frase.

Bree solloza, acercándose a Alice para apretarla en un abrazo. Un poco celosa, me acerco del mismo modo y la abrazo desde el otro lado desocupado.

—No sé qué haría sin ustedes. Nadie más aguanta mis estupideces. —Bree está llorando mientras lo dice.

Y luego yo igual estoy llorando.

Alice, intentando consolarnos, nos da palmaditas en la cabeza a cada una.

¿Estar ebria es sinónimo de sentimentalismo? Porque no soy demasiado expresiva con la gente.

—Shh —susurra— Ahora sí que es hora de irnos a casa, chicas. ¡En marcha!

No recuerdo cómo llegué a casa, lo único que sé es que estoy tropezándome en la puerta de mi cuarto a oscuras. No tengo idea qué ocurrió con Jasper ni si me despedí de las chicas y mucho menos si mis padres y Esme me han visto así.

Supongo que no, por algo las luces están apagadas.

Quejándome por el tropiezo, acaricio la pared para buscar el interruptor.

Me quito la ropa a duras penas para ponerme el pijama. Logro meter mis pies en calcetines gruesos antes de que se enfríen en el suelo.

Dejo la ropa que acabo de sacarme en el canasto. Cuando camino de regreso a mi cama, tropiezo con algún objeto contundente que me hace brincar del dolor y mi mano resbala hacia el cajón del armario. Por supuesto, el dolor en mi brazo es más fuerte que cualquier cosa que mi pie haya tocado.

—¡Maldición! —me quejo, sobando mi brazo y abriendo el cajón. La primera cosa que veo es el rojo intenso –o es que esta noche veo todo intenso- de la gorra. La tomo entre mis manos, analizándola— No entiendo por qué te tengo aquí todavía. ¿Sabes todo el espacio que ocupas en mi cajón?

La lanzo hacia la cama con frustración.

La cara de señor amargado se balancea por mi habitación como una mancha negra. Me quedo un momento parpadeando para quitar esa imagen borrosa, intentando ver a través de ello y recordando la agresividad de su carácter de mierda.

Luego la sigo y me siento en el colchón, columpiándome demasiado en el aire y mareándome. La visera de la gorra está enfocada hacia mí como si tuviera ojos propios. Intento no prestar atención a eso, ya que aunque estoy en otro planeta, eso es de una bobada del porte de un buque.

Aturdida como estaba, agarro la gorra para desplazarme fuera de la cama. Salgo del cuarto a toda prisa, caminando por la oscuridad y encendiendo la luz de la escalera evitando así rodar hasta el primer piso. El cuarto de lavado queda a mi izquierda, y de una sola vuelta, entro rápidamente.

Mamá acostumbra a tener una hilera de canastos de todos los colores para diferentes cosas; ropa blanca, ropa negra y… ropa que no usamos. No entiendo muy bien el propósito, porque de todos modos tenemos canastos llenos de ropa en nuestras habitaciones.

Ella por lo general apila la ropa que no se usa para regalarla a la iglesia.

Camino con pasos agiles y meto la gorra en aquel canasto.

De seguro alguien la querrá con todo y sus defectos.

Me limpio las manos en las piernas, echando un último vistazo y regresando a mi habitación.


En Año nuevo, Jasper y yo no tuvimos permiso para salir.

Nos castigaron por el suceso en la noche de Navidad. A pesar de que no se dieron cuenta de mi estado, sí lo hicieron con Jasper, que llegó a casa desesperado diciendo que me había perdido de vista, cuando en realidad estaba durmiendo como perezosa en mi cama.

Ellos me despertaron entre gritos y lamentaciones, prohibiéndome beber una sola gota más de alcohol. Tuve que aguantar el sermón típico de Esme sobre la adolescencia y sus desventajas.

No es como si fuese la primera vez que salgo a divertirme, es solo que ellos están un poco bastante aprensivos conmigo.

La escuela llegó sin que nadie se diera cuenta y con eso, mi tía Esme regresó a Arizona, prometiendo volver antes de que el invierno acabase.

No recibí ninguna respuesta por parte de Elizabeth en mi correo, algo que estuve revisando cada vez que podía con la esperanza de encontrar algún remitente de su parte.

Comencé a esforzarme más en el trabajo junto con la escuela para quitarme un poco de esa desazón insufrible. Ya había trabajado y estudiado al mismo tiempo antes de las vacaciones de invierno, pero aun así cuesta acostumbrarse cuando llevas unos días haciendo solo una cosa.

No solo tengo que salir de clases y correr a casa para quitarme el uniforme, sino que además regresar a casa después del trabajo a estudiar para los exámenes.

A mí me gusta, de todos modos. Mientras menos tiempo me queda sin hacer nada, mejor para mí.

—Creo que odio demasiado geometría —susurra Alice un asiento más atrás que el mío.

La maestra nos pide silencio, siguiendo con su explicación. Volteo un poco mi cara hacia un lado cuidando de que no me atrapen.

—Creo que yo también —contesto— ¿debería puntualizar en mi curriculum vitae que lo odio?

Los números nunca han sido mis mejores amigos.

A la salida de clases tengo números y líneas en mi cabeza, la voz grave de la maestra llamándome para resolver uno de los ejercicios en el pizarrón. Si no fuera porque Bree me sopló todo el ejercicio, todavía estaríamos en la sala de clases.

Bree es rápida para las matemáticas y Alice es un cero a la izquierda como yo, pero con menos tolerancia a los resultados. Si algo no entiende fijo se echa a morir en el asiento, cabeceándose en la mesa mientras maldice su existencia. En cambio yo, intento entenderlo de alguna forma aun sabiendo que eso nunca ocurre.

Bree ha tratado de enseñarnos… dándose por vencida, como es de esperar.

—Matemáticas es casi como la menstruación misma —dice Alice mientras cruzamos la cafetería de la escuela— frustrante y difícil de entender.

Sigue molesta y quejándose con nosotras.

—¿Por qué no vamos por un granizado? Escuché que los chicos irían por uno después de clases —sugiere Bree.

Alice da saltitos de entusiasmo.

—¡Sí! Por favor, por favor por f…

—Tengo que trabajar —corto con pena—, diviértanse por mí.

Ambas hacen un mohín.

—¡Ah! —Bree sonríe burlona— es que Bella quiere ir a Port Angeles para encontrarse con alguien en especial.

Las chicas se largan a reír.

—No es cierto —sostengo, sintiendo a mis mejillas ruborizarse.

—Ya sé que no es cierto —reconoce Bree, rodando los ojos— pero si por algún motivo lo ves, pregúntale que perfume usa —me guiña un ojo.

Vuelvo a escuchar sus risas burlonas, haciendo un esfuerzo por no tomarlas en cuenta.

Nos despedimos y me voy a casa.

La única que me espera cuando llego es Pelusa, ronroneando con su cola moviéndola alrededor de mi pierna. Me doy prisa a rellenarle el cuenco de comida y de agua, para luego subir a mi habitación a cambiarme el uniforme por el trabajo.

Cuando le mencioné al señor Newton lo de la bicicleta, no se molestó conmigo.

Solo me miró de arriba abajo, repitiéndome que tenga más cuidado para la próxima y más ojo con la bicicleta.

Nada de "¿te hiciste daño?" pero nunca esperé que lo preguntara.

De momento estoy usando una de repuesto hasta que le devuelva la dañada.

Después de tramitar la primera ronda de cartas, estaciono en la entrada del correo y alcanzo a esquivar a Eric, que pasa corriendo a toda velocidad.

Lauren se dirige a mí notando mi llegada.

—Bella —su mirada de extraño nerviosismo— Alguien te busca —señala la salita de estar.

Me vuelvo y encuentro a señor amargado ponerse de pie con las manos en los bolsillos.

La primera cosa que hago es levantar la mano y saludarlo en el aire, sin saber muy bien cómo actuar en su presencia.

Se queda paralizado delante de mí, su expresión serena y un tanto aburrida mientras inclina la cabeza y frunce los labios, suponiendo que eso es un saludo, espero a que tome la palabra primero.

Me tomo ese momento para observarlo mejor. No me había tomado el tiempo antes de ponerle atención; sus ojos son de un verde opacado, las líneas en su mandíbula recta y el cabello desordenado con reflejos rojizos. Su rostro, a simple vista, luce escuálido, pero no demasiado. Tiene pequeñas marcas de afeitado en la barbilla, como también alrededor de su boca.

No es la persona más guapa del mundo, sin embargo, tiene algo que lo hace atractivo.

—Este es el único lugar que tenía para buscarte —comienza— Cuando recordé que no te pedí nada con qué comunicarnos, era demasiado tarde.

Jessica Stanley pasa por entre medio de nosotros, pidiendo permiso.

—Lo sé —agito mi cabeza— también lo recordé demasiado tarde.

Intento esbozar una sonrisa que no llega mucho a mis ojos.

Tengo una extraña sensación. Una sensación de agobio tan grande que mi corazón late con fuerza.

El silencio nos inunda. Seguimos mirándonos a los ojos antes de que se aclare la garganta.

—Ven, acompáñame.

—¿A dónde?

Levanta un poco el brazo, azorado.

—¿No quieres ir por la bici?

—Oh. —¿qué otra cosa iba a ser? ¿secuestrarme y picarme en pequeños trocitos? A estas alturas, sabiendo que recompensó la bicicleta, debería saber que es una buena persona, aunque no lo parezca por fuera— Sí, sí.

Caminamos hasta el aparcamiento sin decir una sola palabra, nada más que con el sonido de nuestros pies contra el suelo. En algún momento él se adelanta a mí, yéndose al maletero y quitando las cadenas que envuelven la bicicleta para sostenerla.

La bici es idéntica a la anterior, salvo que el canastillo es de color amarillo a diferencia del otro que era naranjo.

—Espero que no sea problema lo del canastillo —dice como si me leyera el pensamiento.

Tengo una sonrisa tímida en el rostro, queriendo abalanzarme a la bici pero al mismo tiempo no quiero verme como una loca.

—No, no hay problema en eso. Está perfecto. —sin poder evitarlo, pongo una mano en el asiento de la bicicleta— Gracias —digo con sinceridad.

Encoje los hombros, restándole importancia al asunto sin darse cuenta de lo significativo que es esto en realidad. Cualquier otra persona se hubiese lavado las manos por el accidente, aprovechando que dejamos de vernos sin ningún contacto de por medio.

—No es nada —su voz no se escucha tan apagada— No me gusta deberle a la gente. —hasta antes de eso todo iba de viento en popa. Una oleada fría revolotea mi cabello y mi cuerpo da un leve temblorcito, que hace que me cruce de brazos— ¿Eres friolenta?

Su pregunta me toma por sorpresa.

—Algo —respondo dubitativa— ¿Tú?

Echa el labio inferior hacia afuera.

—No mucho. —confiesa señalando sus orejas, presionándolas con el gorro de lana— Lo importante… —dice— es mantener esto tapado.

Frunzo el ceño.

—Creo que necesitas más lana para abrigarlas mejor —quiero reírme de su diminuto gorro, pero no quiero estropear su "amabilidad" conmigo hasta ahora— Por cierto, lindo gorro.

Me echa un rápido vistazo, un atisbo de indolencia.

—Ya, no lo dices en serio —tuerce la cabeza. Sonrío mostrando la totalidad de mis dientes, un leve dolor en las mejillas por las ganas de reírme— No es mío. De hecho, no me gustan los gorros de lana —manifiesta, como si necesitara hacerlo por obligación— Tengo uno que es mi favorito pero… lo perdí.

—¿Una gorra?

—Sí —contesta cabizbajo. No pasa inadvertido que eso lo pone tremendamente triste— ¿alguna vez has tenido algo que para la gente no vale nada pero para ti vale muchísimo? Bueno, algo así.

Me preparo para decirle que tengo su gorra hasta que recuerdo con horror la noche de Navidad.

Mis ojos se abren desmesurados.

—Tengo que irme. —me apresuro a interceptar, moviéndome de un lado para el otro y cogiendo la bici— Todavía tengo que ir por más cartas y… ¡gracias por la bici! —echo a andar lejos de él, maldiciéndome a mí misma de camino. Algo pasa por mi cabeza antes de que mis pies sigan avanzando y sin contenerme, me regreso, notando que sigue de pie sin hacer ningún movimiento— ¿Puedo saber tu nombre? Solo por saber.

Se lleva las manos a los bolsillos, girando la punta del pie en la nieve.

—Edward —contesta.

Había esperado que no me respondiera.

—Ok —digo, nerviosa— Gracias de nuevo, Edward.

De camino al correo, suplico en silencio que mamá no haya enviado la ropa a la iglesia todavía.

Lo menos que se merece es que yo le devuelva su gorra ¿no?

Si es que la encuentro.


Hoola ¿qué tal?

De a poco van teniendo encuentros menos intensos jeje o por lo menos Edward dejó de lado su carácter podrido con ella.

Ahora ¿será que encuentre la gorra a tiempo?

Pronto se viene lo interesante

Gracias por su tiempo de leer y comentar.

Hasta el siguiente