Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 6

—Bella ¿qué estás haciendo?

Mamá tira a un lado el canasto repleto de ropa mientras comienzo a buscar con prisa en todos lados.

—Por favor, dime que no has enviado la ropa a la iglesia —lanzo algunas camisas viejas, polleras y calcetines. Con un suspiro, levanto la cara para mirarla— todavía.

Mi madre me mira con preocupación, creyendo que me he vuelto loca.

—Lo hice hace unos días. —las palabras detienen mi búsqueda, sintiéndome tremendamente culpable por alguna razón. Mi cara ha obtenido un calor sofocante y estoy segura que mis mejillas están enrojecidas, de manera que intento cubrirlas con parte de mi pelo. Mi madre sigue de pie, ahora parpadeando y empujando el canasto con ella— Bella, cariño, necesito pedirte un favor.

Muerdo el interior de mi labio tan fuerte que me hago una pequeña herida.

—¿Cuál?

—Necesito que… —de pronto deja de hablar.

Espero a que continúe, mas no lo hace.

—¿Necesitas qué?

Señala la puerta.

—¿Puedes ir al cuarto de arriba, por favor? Hay mucha ropa en el canasto, seguramente voy a tener que dejarla sobre cloro por todo el tiempo que ha estado allí.

Espero a que diga a donde quiere enviarme, confiando en que sea capaz de reconocerlo.

—Mamá —llamo, pero no me mira— ¿a dónde?

Se ve enfadada, sus mejillas se colorean por mi pregunta. Sabe que sé a lo que se refiere, pero necesito que lo diga. De pronto, sus ojos ahora están mirándome y no hay luz en ellos.

—Necesito que vayas al cuarto de Elizabeth y me traigas la canasta con ropa. —antes de que pueda opinar al respecto, ella sale deprisa del cuarto.

Que pronuncie su nombre con tanta indolencia me hace querer sacudirla de los hombros, gritarle que es su hija mayor y que tiene que apoyarla. Es como si su nombre fuera un martirio, un dolor reflejado en su rostro. No es necesario que diga más, sin embargo, quiero que diga más. Mucho más. Quiero que me grite si quiere.

Echando un rápido vistazo al cuarto, suspirando por no encontrar la gorra, me voy cerrando la puerta detrás de mí.

Yo tampoco pongo de mi parte en esto; en los meses que le han seguido no he asomado siquiera la cabeza a su cuarto. Mis ojos se ajustan a la puerta de su recámara, intentando reconocer si me encuentro en el lugar correcto. El letrero de "Toque antes de entrar. Gracias" en letras desgarbadas me provocan náuseas. Si yo toco la puerta, no voy a encontrar más que silencio.

La puerta hace un crujido y la luz que se asoma desde la ventana me hace entrecerrar los ojos.

La habitación huele a moho en exceso. Apenas entro tengo que taparme la nariz y alejar un poco el mal olor. Me apresuro para quitarle el seguro a la ventana y que entre un poco de aire. Mis manos se vuelven ásperas por tocar la cortina, cubierta de polvo.

Todo está en el mismo lugar que hace seis meses, la única diferencia es que está tan sucio que me entra un coraje interno ¿Por qué no entré antes y ordené?

Doy un rápido vistazo a sus fotografías en las paredes, mis ojos viajando de inmediato a su armario, todavía desordenado como aquella vez que leímos su carta y se armó el despelote.

Después del shock inmediato que mamá tuvo por su huida inesperada, corrió a su cuarto y comenzó a lanzar lejos la ropa del closet con el fin de encontrar algo que la pudiese llevar a donde mi hermana: otra carta, algún video, alguna mala broma. Estaba desesperada, histérica de un modo que nunca antes la había visto.

Ella nunca superó que Elizabeth se marchase de esa forma. Nunca se le cruzó esa idea por la cabeza. Cualquier padre quiere que su hijo haga las cosas bien, sobre todo si Elizabeth jamás dio problemas. Pero, para su desgracia, ella decidió lo opuesto a sus sueños.

Entonces, tan pronto como leyó que confesaba en letras su embarazo, la derrumbó.

Mamá siempre nos inculcó valores e intentó hablarnos sobre relaciones y sexo a muy temprana edad. Quería que tuviésemos la confianza suficiente con ella para hablar de lo que sea. Y una hija embarazada a los 21, sin un título, sin una pareja estable, sin nada qué ofrecer, era su eterna pesadilla.

Así que, aquí estoy yo reordenando todo en su armario, como si eso recompensara algo.

Tomo el canasto con ropa, lo único que no se llevó esa noche y salgo.

Podrías por lo menos haber dejado tu ropa limpia, querida -pienso para mí.

Papá me sacude el pelo cuando paso cerca de él, creo que no se ha dado cuenta que llevo la ropa de mi hermana. Es mejor así.

Cuando entro al cuarto, mamá sostiene algo rojo en su mano, frunciendo el entrecejo.

El jadeo que suelto al darme cuenta que sostiene la gorra, me hace casi atropellar a Pelusa a mi paso para tratar de quitársela. Tiempo suficiente para que levante el brazo lejos de mí. Somos de la misma estatura, así que tiene que hacer un mayor esfuerzo.

—¿Desde cuándo usas gorras de chico?

Logro alcanzarla, quitándosela de las manos.

—Es obvio que no es mía —pongo los ojos en blanco y digo una mentira piadosa— es de Jasper.

Reflexiona como si acabara de recordar que Jasper vive con nosotros, ahogando cualquier duda sobre meter chicos en casa sin permiso. Se dirige tranquila hacia el canasto de mi hermana, metiendo la ropa dentro de un cubo lleno de agua sin detenerse a dividir la ropa blanca de la negra como hace siempre.

Me quedo ensimismada con la gorra, satisfecha de que se haya caído de donde la metí. Tal vez en el estado un poco "movido" de la noche de Navidad, ni siquiera logré achuntarle al canasto.

Esa es una buena posibilidad.


—¿Estamos solos en casa? —Jasper atrapa un puñado de maní sin sal del cuenco.

El horno hace su sonido habitual de que ha terminado su trabajo. Me acerco y me aseguro de que lo abro con un trapo de cocina.

—Mis padres tienen una cita.

—¿Están de aniversario?

—No, solo fueron a divertirse.

Es sábado por la noche y el frío ha hecho que tenga razones por las que debería odiarlo, pero no lo hago. Es tan reconfortante sentir frío, sea como sea, lo adoro.

Saco la bandeja con la carne al jugo. Tengo que apartar la mano curiosa de Jasper para que no saque un trozo. Cuando nos quedamos solos, mamá dice que debo ser una buena anfitriona con él, algo que no tiene mucho sentido ya que es casi de la familia.

Si yo fuera otra persona, haría que él se preparara su propia comida.

Comemos en la sala mientras vemos una película. Hasta ese momento me doy cuenta del hambre que tengo. El ruido ronco en mi estómago me hace reír en silencio, al mismo tiempo que me llevo una cucharada de puré de patatas a la boca.

Jasper se ríe de lo que sea que esté pasando en la película. No estoy prestándole mucha atención por observarme comer con tanta paz, que me pregunto si ya me habré resignado a la vida que tenemos ahora.

Tal vez sí.


El profesor Scott reparte material para el próximo proyecto en Literatura. Él tiene una voz tan suave que podría dormirme en la mesa. Recibo un par de hojas que me entrega y le echo un ojo. Por lo general, cuando hay algún proyecto en clases siempre es de a dos personas, pero esta vez es de a tres.

Bree, Alice y yo nos miramos, sonrisas cómplices apareciendo en nuestros rostros.

Solo espero que al profesor no se le ocurra la genial idea de hacer grupos al azar.

No lo hace.

Nos explica un poco sobre el proyecto en los últimos minutos de clases.

—Me da exactamente igual el autor que escojan en su proyecto, pero una cosa sí les digo, no pueden ser best sellers.

La mayoría abuchea.

—¿Por qué no? —pregunta una enfadada Leah.

El profesor Scott levanta sus gafas, sonriendo como si hubiese deseado que hiciesen esa pregunta.

—Porque es lo primero que se piensa de una generación demasiado vaga para sentarse a leer un libro. Chicos, quiero que elijan bajo un argumento sensato y no porque sea el libro más vendido ni que tengan las mejores franquicias ni mucho menos que la autora sea la más genial creadora de vampiros.

Algunos ríen.

—Sea cual sea el autor que elijan, quiero que detallen su vida y sus libros con total concentración. Ojalá se leyesen algunos libros, eso ayudaría muchísimo a su nota.

La campana suena.

Alice se lleva la mochila a la espalda.

—¿Qué tal Claudia Gray? Es una escritora genial.

Caminamos fuera de la escuela todavía discutiendo sobre el proyecto. Las chicas defienden sus propios puntos de vista y sinceramente, a mí me da igual que autor elijamos.

Veo como Tyler persigue a Paul intentando agarrarlo del pescuezo.

Ojalá lo atrape.

Bree se dirige a mí.

—Bella, no has dicho una sola palabra —avanzamos lejos del instituto, adentrándonos en la calle más pantanosa y oscura, cubierta de mucho musgo. El lugar es tenebroso, pero es indefenso— Debemos entregar el proyecto la última semana de enero. ¡No tenemos tiempo!

—Claro que tenemos tiempo —le digo— Aún faltan unas semanas para eso.

Alice cierra la cremallera de su mochila, tendiéndonos un cigarro para cada una.

Esa es la razón por la que decidimos en primer lugar venir al lugar pantanoso.

Apenas le doy una pitada rápida al cigarro estoy desistiendo de seguir haciéndolo, pero lo mantengo en mi mano. El humo sale de mis fosas nasales como si se tratara del vapor de un tren.

Dos pitadas más y recuerdo que he dicho que no lo haría. Esa es la cosa del cigarro, por mucho que lo mantenga lejos de mi mente, si lo tengo al alcance de mi mano, no puedo hacer como si no estuviera.

Soy pésima para mantener el humo en mi nariz, eso demuestra que no soy buena haciendo esto. A veces termino tosiendo descontrolada.

Deseando en tener una larga vida sin cáncer de pulmón, le quito la colilla de la punta antes de lanzarlo al piso. Alice rueda los ojos, acostumbrada a que siempre termino haciendo lo mismo.

—¿Vas al trabajo? —Bree pregunta cuando me despido.

—No, estoy de libre.

Ambas se miran.

—¿Por qué te vas, entonces? —inquiere.

—Tengo cosas que hacer.

—Mmm —Alice entrecierra los ojos— ¿No será que algo tiene que ver la gorra que traes en la mochila?

A ellas nunca se les escapa nada. Fueron las primeras en convencerme de entregársela en persona, con la condición de que estuvieran a una distancia para conocerlo.

Ni en sus sueños.

Mi cara de culpable tiene que ser evidente porque ambas se ríen.

—Tengo otras cosas que hacer, aparte de entregarle la gorra. —en verdad eso no es cierto. Voy a Port Angeles solo por la gorra, pero ellas no tienen por qué saberlo. Agito mi mano hacia ellas mientras su humo me hace toser— Recuérdenme llevarnos a un centro de rehabilitación cuando regrese —aparto el humo— estoy segura que mi abuela tenía los pulmones más limpios al morir.

De camino a casa, me repito que debo tener más fuerza de voluntad para no seguirle la corriente a Alice con los cigarros.

Siempre termino con dolor de cabeza.

Mamá está en casa cuando regreso y le echo otra mentira para salir, diciendo que a última hora me llamaron para trabajar. Ella no pone obstáculos, gritando un simple "Cuídate" desde la atención de su revista de modas.

Hago mi camino a la ciudad en bicicleta.

No es que yo esté ansiosa de llegar pero el camino se me hace larguísimo. Me detengo un momento en el parque para descansar mis piernas por todo el pedaleo y cojo de mi mochila la botella de agua que llené en casa. El sorbo que le doy bien puede equivaler a diez en total. La sed es sofocante y necesito un respiro.

Por lo menos la brisa fría oscila cerca de mi mejilla.

Mientras diviso a niños jugando al pillarse, decido reanudar mi camino.

Dejo la bici en el pavimento de la calle correspondiente para evitar cualquier destrozo. Mi casco está debajo de mi brazo mientras camino a la entrada y toco el timbre. El eco del tono junto a pasos vacilantes que cada vez son más fuertes, me impacientan, y todo lo que recibo es a un rostro desconocido.

—¿En qué puedo ayudarle? —pregunta con amabilidad una mujer mayor.

Mi voz tropieza.

—Hola… sí… —aclaro mi garganta— ¿se encuentra Edward?

Su nombre le dulcifica la expresión; ella puede ser… ¿su abuela?

—Él no se encuentra en casa en este momento ¿quién lo busca? Puedo dejarle su recado.

Oh.

Por algún motivo eso me decepciona. Sin embargo, intento probar suerte.

—¿De casualidad sabrá a qué hora regresa? —alza una ceja mientras añado— es urgente.

Cambia el peso de su pie para estar más cómoda y se muerde el labio, pensando.

—Nunca tiene una hora fija, pero… él iba al trabajo de su madre. Si es urgente, como dices, podrías dirigirte hasta allá.

Me enderezo.

—¿Dónde es eso?

—¿Eres alguna amiga de la facultad?

Su pregunta me desvía.

—Eh… algo así.

Asiente con la cabeza, sin creerme con certeza. Lo siguiente que hace me deja sin habla, de pronto me cierra la puerta en las narices.

¿Qué demonios?

Estoy a punto de echar chispas cuando reaparece nuevamente con una tarjeta en las manos. Me la tiende con una sonrisa.

—Ten, es fácil de ubicar. Sobre todo por la apariencia. —reclina la cabeza— que tenga un buen día.

Y ahora sí me cierra la puerta.

Echo un vistazo a la tarjeta.

"Floristería Masen"

Leo una y otra vez la dirección, memorizándola y tratando de guiarme. Sin darle más vueltas, cojo la bici y comienzo a buscarla.

No es tan difícil la ubicación, además de darle la razón a la mujer sobre la apariencia. Se trata de un puesto colorido a mitad de la calle con el logo de "Floristería Masen" tal y como dice la tarjeta.

Cuando entro, la campanilla llama la atención de la chica en el mostrador, que sonríe.

Está demás decir que la estancia huele demasiado a flores, tanto que reprimo las ganas de estornudar.

—Hola ¿qué puedo hacer por ti? ¿Necesitas algo en especial?

Su emoción inmediata me da la impresión de que quisiera que comprara y me fuera pronto, a pesar de que su sonrisa hacia mí es afable. Me quedo como un pollo perdido en medio de la habitación sin saber si decirle que el olor está comiendo mi nariz o comentar lo lindas que son las flores.

—Rose, querida ¿puedes ayudarme con estas cajas? ¡Ah, pero si estás con una cliente! deja que me ocupo yo.

"Rose" mueve la cabeza, apresurándose a ayudarle a la mujer a mi espalda. Cuando noto que se trata de la madre de Edward, intento ordenar el desorden en mi cabeza.

Elizabeth Masen sacude las manos en su delantal y deposita las cajas en el suelo. Aun si las mechas de su moño se han salido de dirección y sus ojos luzcan con una leve sombra oscura, se ve preciosa. Sus ojos son tan verdes que por un momento creo que son lentes de contacto, pero lo descarto. Es el mismo que vi en Edward la última vez, salvo que esos eran más apagados.

Por un segundo sus ojos se entrecierran.

—Hola —saludo.

—Disculpa, nosotras nos conocemos ¿verdad?

Esa misma pregunta me hice el día que la conocí.

¿Nos conocemos?

—Sí —sonrío con timidez— te traje la correspondencia una vez ¿lo recuerda?

El reconocimiento que emana antes de que sus ojos se agranden, agitando la cabeza.

—¡Ah! Tienes razón, muchacha. ¿Traes algo para mí?

Me rasco la mejilla, nerviosa.

—No, la verdad es que…

—Déjame adivinar ¿necesitas flores y no tienes idea de cuáles? Si quieres, puedes decirme el tipo o flor que te gustaría y así recomendarte algunas.

Permanezco con las uñas clavadas en mi mejilla, segura de que la zona se ha vuelto roja por tanto pellizco.

—No, no —digo rápido— estoy buscando… a su hijo.

Todo lo que veo a continuación es su mirada de sorpresa y luego está mirando por encima de mi hombro.

—Oh, bueno… allí lo tienes.

Me giro sobre mis talones al escuchar el suave ruido de la campanilla, viéndolo entrar al local todo desgarbado y serio, como siempre. No estoy segura si lo que veo en él es desconcierto, no soy capaz de leerlo ¡es tan difícil! Sin embargo, puedo apostar a que viene de malhumor.

Que extraño.

—¿Isabella? —pregunta.

Su madre sale del mostrador, mirándonos a ambos.

—¿Ustedes se conocen?

—¿Señora Masen? ¿Puede echarme una manito aquí? —la voz de Rose interviene.

Elizabeth vuelve a sacudir sus manos en la ropa, dando una pequeña disculpa y desapareciendo para atender a la voz de Rose desde la otra puerta.

Mis manos hacen un puño alrededor de las correas de mi mochila.

Si las miradas mataran, ahora mismo estaría postrada en el suelo con algún tipo de disparo en mi pecho. La mirada de Edward o "señor/chico amargado" tiene tanta intensidad que estoy creyendo seriamente que es así todo el tiempo. No es que tenga un problema conmigo, no es que esté furioso por alguna razón. A juzgar por la forma en que miró a su madre hablar, él tenía la misma mirada de quiero-matar-a-todo-el-mundo.

—¿Qué haces aquí? —pregunta con rudeza.

¿Eso debería considerarse como su tono natural en el planeta del odio?

—Bueno, yo… —antes de que pueda decir algo más, estornudo. Mal momento. Sorbo mi nariz totalmente asqueada por el olor— ¿podemos… podemos hablar afuera, por favor?

Él abre la puerta para mí, dejando que salga primero. Por lo menos tiene buenos modales. Punto para Edward majadero.

Sigo sorbiéndome la nariz afuera, feliz de tener un poco del aire de la calle y alejarme de las flores. Después de sentirme mucho mejor, me vuelvo a encararlo, sintiéndome tonta e inquieta.

—Antes de cualquier cosa, quiero pedirte disculpas por haberme ido así tan rápido ese día. Fui una maleducada contigo después de que hicieses ese viaje para llevarme la bici. No voy a excederme en esto, así que… lo siento —todo lo digo viéndolo a los ojos.

Lo veo asentir.

—¿Eso es todo? —cruza los brazos.

¡Caramba! ¿Si toco su brazo, sentiré piedra o piel humana?

Muerdo mi labio inferior.

—No —me quito la mochila de la espalda, abriendo la cremallera y sacando la gorra del interior— creo que esto te pertenece.

Su reacción va a quedar grabada en mi cabeza.

Sé del momento exacto en que su rostro inexpresivo pasa a uno totalmente expresivo. Descruza los brazos con el rostro tan perplejo, creyendo que son imaginaciones suyas, incapaz de parpadear.

Me la quita de las manos de inmediato.

La observa durante un minuto sin decir una sola palabra. Para asombro mío, lo veo esbozar una débil sonrisa. Muy débil.

Tiene sonrisa, después de todo.

Y luego, sus ojos se elevan a los míos.

—¿Dónde la encontraste? —pregunta entre curioso y exaltado.

Es un golpe para mí que pese a eso su tono sea amable.

Me llevo una mano a la mejilla.

—En el césped fuera de tu casa. Estaba tirada y la tomé. Cuando me dijiste que era algo importante, sentí que debía regresártela.

Mueve la cabeza arriba abajo, todavía con su leve sonrisa en los labios.

—Dios —susurra— es ésta. Lo es. Es mi gorra —lo dice para sí mismo. Por un momento creo que estoy frente a un niño de diez años. Me sorprende muchísimo ver en sus ojos un brillo especial, como si quisiera llorar— Gracias —dice y vuelve a mirarme— En serio, gracias.

Encojo los hombros.

—No es nada.

Agita la gorra frente a él, arreglándose el pelo y colocándosela.

Transcurre un momento en que no decimos nada y no estoy segura de cómo empezar a despedirme. Un instante está ensimismado mirando sus manos vacías y al otro está con su ceño fruncido.

—¿Cómo llegaste hasta acá? —no, no es brusco esta vez.

Inhalo una buena bocanada de aire.

—Tu abuela me lo dijo.

—¿Mi abuela?

—¿Señora bajita, cabello corto y castaño?

Se ríe. Mierda, no alucino. Fueron dos segundos de risa. Un "ja" seco, pero risa al fin y al cabo.

—No, ella no es mi abuela. Es Heidi, nuestra criada.

—¡¿Eres rico?! —mis ojos se abren por el uso de mis palabras, sintiéndome avergonzada.

No se ríe pero no parece enfadado.

—No, claro que no. Heidi ha estado con nosotros desde siempre y sí, se puede decir que es como una abuela. Cuidó de mi madre de pequeña y así sucesivamente —se echa la visera más arriba— No puedo creer que la tenga de regreso. —lo dice señalando su cabeza.

Vuelvo a morderme el labio inferior. Nos quedamos en otro silencio incómodo, ahora sí sin saber qué decirnos, así que opto por tomar la iniciativa.

—Debería irme…

—Hay un puesto de comida…

Nos detenemos. Me echo a reír por lo absurdo del momento.

—Sigue —le digo.

—¿Seguir qué?

—Dijiste "hay un puesto de comida…" —muevo la mano— ¿qué ibas a decir?

—Ah —se lleva las manos a los bolsillos— ¿te gustaría una soda? O comida. Yo me muero de hambre.

A decir verdad, yo también me muero de hambre.

—Oh, no creo que…

—Por la gorra —dice— déjame agradecerte la gorra. Mi madre siempre me ha enseñado a agradecer las buenas acciones de la gente.

Me siento tan mal por eso porque yo no le agradecí como se debe la bici, aunque devolviéndole la gorra es una manera de agradecer también ¿verdad? Tiro la correa de mi mochila de nuevo, sintiendo el dolor por morder tanto mi labio.

No sirvo para hacerme de rogar, así que respondo de inmediato.

—De acuerdo. Una hamburguesa estaría bien.

—Y patatas fritas. Ellos hacen las mejores patatas fritas de todo Port Angeles.

Da media vuelta, invitándome a seguirlo y estoy confundida. ¿Este chico, amargado y sin expresión, acaba de invitarme a comer y más extraño aún, está siendo amable?

Tal vez sea de ese tipo de persona que es grosera con la gente que no conoce y luego son personas geniales.

Uh.

Debería estar yéndome a casa ahora mismo, pero en serio, mi estómago pide a gritos una hamburguesa. Y es gratis.

¿Qué mejor?


Nos leemos en el siguiente! :)