Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía


Capítulo 7

El pequeño puesto de soda queda a solo dos cuadras de la Floristería.

Es un pequeño y ruinoso local con las puertas chirriantes. Las mesas, que deberían estar adornadas con lindos manteles de presentación, tienen a su vez rayas extrañas en marcador negro.

El ambiente que se vive en el lugar es divertido, aunque la mayoría de la gente parece tener más como la edad de mis padres, hay un rincón exclusivo para gente más como nosotros. Sin embargo, Edward decide ocupar una mesa junto a la ventana.

Aquella imagen de la ventana con la cortina cubriendo parte del marco, me recuerdan a las películas en blanco y negro que Esme y yo siempre vemos.

Edward no necesita levantar la mano para llamar al camarero. Él viene enseguida con una libretilla y un lápiz colgando de sus dedos. Ambos se saludan con demasiada confianza, y he de suponer que se conocen de antes y no solo por ser cliente del local.

El chico tiene una sonrisa en sus labios y mastica su chicle mientras me echa un veloz vistazo. Al darse cuenta que estoy mirándolo, regresa su atención a la libreta.

—Así que… Edward —dice, señalándome.

Tengo la impresión de que este acaba de recordar que estoy sentada frente a él.

—Oh, sí… ella es-

—Bella —le corto.

Se queda mirándome.

—Es lo que estaba intentando decirle—explica.

La forma en que sus ojos se ven fijos, me hace encoger en mi asiento.

—No, no, solo digo que me llames Bella ¿de acuerdo?

Le sigue un corto silencio.

—De acuerdo —después de contemplarme como si fuese un bicho raro, señala al camarero— Él es Emmett. Un… se puede decir que un buen amigo.

"Emmett" sonríe sacudiendo su cabeza y se dispone a enterrar el lápiz en la hoja. Sus ojos son pequeños, parecidos a los de un reptil y ahora está mirándome de nuevo.

—Hola, Bella—saluda y respondo con una pequeña y vergonzosa sonrisa— Entonces, chicos, volvamos a lo nuestro ¿qué van a ordenar?

Edward me mira alzando las cejas, esperando que ordene por mi cuenta, olvidándose que estamos aquí en primer lugar por las hamburguesas.

Y como si hubiese leído mi mente, me pregunta:

—¿Te gusta el picante en la hamburguesa?

Sin llegar a contestar, Emmett me alcanza.

—Si quieres mi consejo, las patatas con picante, son para chuparse los dedos.

Eso me hace recordar una sola cosa:

Las patatas con picante son las favoritas de Lizzy.

Con ese recuerdo, asiento hacia Emmett, demasiado rápido para mi gusto.

—Eso está bien para mí.

Edward me mira apoyando el codo en la mesa y su cuerpo medio echado en la silla.

—Trae las hamburguesas de todos modos, Emm. Y dos gaseosas.

—De acuerdo, enseguida regreso —se va dando rebote, entrando a la cocina.

Pellizco la piel de mis dedos, nerviosa e intranquila con él sentado frente a mí. ¿Qué debo preguntar? ¿Su edad? ¿Su estado civil? ¿Por qué estoy tan malditamente nerviosa?

—Bueno —se acomoda en la silla, acercándose y cruzando los brazos en la mesa. Aun lleva puesta su gorra sobre la mata de pelo en la cabeza— ¿Estás bien? Luces… rara.

En realidad no estoy segura de por qué me siento intranquila… o nerviosa. No sé si es porque acabo de recordar la comida que le gusta a mi hermana o porque es extraño que chico amargado no esté fulminándome con la mirada.

—Estoy bien —miento, cruzando una pierna encima de la otra— o un poco cohibida.

Debería callarme sin duda.

Encorvando un poco el cuerpo, veo lo sorprendido que lo dejan mis palabras.

—¿Así que te cohíbo?

—Sí… no… sí. —cierra la boca.

Levanta las cejas curioso, manteniéndolas en el aire.

—O-kay —no se ríe y tampoco parece enojado. Solo está serio mirándome y no puedo adivinar lo que está pensando de mí— Entonces… Bella —recalca mi nombre— ¿Cuántos años tienes?

Él no parece tener menos que yo y esa es la razón por la que me gustaría decir que tengo más, sin embargo, no lo hago porque las palabras salen sin ser permitidas.

—Diecisiete —contesto.

—Una niña. —murmura despectivo.

Comienzo a mover mi pie en círculos debajo de la mesa, notando como el nerviosismo desaparece.

—¿Y cuántos años tienes tú, señor-tengo-la-experiencia-de-un-cuarentón?

No tengo idea si acabo de alucinar o vi la sombra de una sonrisa, igual de rápida que la anterior.

Se acomoda en la silla, la vista fija en el frenético vibrar de la mesa por el movimiento de mi pie.

—Tengo veinte.

Muevo la cabeza hacia arriba, simulando que eso acaba de sorprenderme de una manera increíble.

—¡Por el amor de Dios! Si podría ser tu hija…

Él nota el sarcasmo en mi voz y se quita la gorra.

—Creo que de verdad herí tus sentimientos —no es una pregunta y está esperando que responda, pero me encuentro ensimismada observándolo— Lo siento.

Quiero echarme a reír por la forma en que sus ojos se agrandan, creyendo que de verdad me enfadé por su comentario de la edad.

—Muy bien —digo con voz suave— Disculpa aceptada.

Su amigo llega con nuestro pedido en ese momento. No es hasta que deposita la gaseosa frente a mí, que noto que Emmett tiene los brazos tatuados, tanto así que apenas puedo distinguir el tono claro de su piel.

—No se preocupen por las gaseosas, esas corren por cuenta de la casa.

Edward rueda los ojos.

—No estarás pensando en… —no termina de formar la frase cuando vemos que Emmett se sienta en la silla vacía junto a nosotros— Cuando él dice que va por cuenta de la casa es porque quiere sentarse y chismear.

—¡Oye! —le golpea el brazo— No es cierto. Solo quiero conocer a tu nueva amiga Bella.

—No es mi amiga —le dice entre dientes.

Emmett hace caso omiso de eso.

—Bella —se dirige a mí— ¿Bella…?

—Bella Swan.

Estira su mano y coge la mía, balanceándola en el aire.

—Un gusto en conocerte, Bella Swan —sonríe y acomoda los brazos en la mesa, sin esperar que responda a su saludo— Estoy muy interesado en saber cómo es que no saliste corriendo con lo encantador que es mi amigo Edward.

El tono de burla no me es indiferente y quiero reírme porque es cierto. No obstante, a Edward no le hace ninguna gracia.

Y eso es suficiente para seguirle la corriente a su amigo.

—La verdad es que no estaría acá si no fuera porque tengo mucha hambre.

Edward se ríe. Mierda, sí. Soltó una carcajada seca.

Emmett, a mi lado, se lleva una mano al pecho.

—¿Acabas de escuchar lo mismo que yo? —se mueve de un lado para el otro— ¿Acaso Edward Masen se carcajeó como una persona común y corriente?

—No seas imbécil, McCarthy —se queja.

Emmett se larga a reír, ahora dirigiéndose por completo a mí y fingiendo que Edward no está presente.

—Él no suele reír, nunca. Ni siquiera es cosquilloso. Mi esposa no se cansa de decirme que lo deje en paz, pero me gusta fastidiarlo. Podría contar con los dedos de las manos las veces que lo he visto reír en el último tiempo. Cuando él iba a la escuela…

—Podrías tomar más en cuenta lo que dice tu esposa, Emmett. No te entrometas en mis asuntos.

Emmett abre sus palmas.

—Masen, estoy hablando con la señorita. Es de mala educación interrumpir. —lo reprende. Tomo un poco de la gaseosa, atenta a Emmett y a sus líneas marcadas bajo los ojos. Él se ve mucho más mayor que nosotros— como te iba diciendo, este chico, rudo y antipático, era el alma de la fiesta en la secundaria. ¿No es así?

—Vas a asustar a Bella, Emmett.

Le echo un vistazo a Edward y este me mira con súplica.

Y siento lástima por él.

Después de beber un poco más de la gaseosa, me enderezo y le señalo a Emmett la cocina.

—Estoy segura que oí tu nombre salir de allí.

Eso, por supuesto, lo pone en alerta y se disculpa antes de marcharse.

Nos quedamos nuevamente a solas y ya no siento nervios. Solo estoy sentada, masticando mi hamburguesa.

Coge su lata de soda, dando pequeños sorbos.

—Gracias —dice bajito.

—¿Gracias, por qué?

—Por distraerlo —responde— Emmett nunca pone límites a lo que dice.

Encojo los hombros.

—A mí me pareció agradable. Y estoy sorprendida de todo lo que dijo, o lo poco que dijo.

Su pie choca con el mío debajo de la mesa.

—Solo… solo olvida lo que él dijo ¿de acuerdo?

Lo miro durante mucho tiempo, demasiado para mi gusto y no puedo controlar mis pensamientos.

—¿Por qué es tan importante esa gorra para ti? —mi pregunta le sorprende en gran medida e intuyo lo que dirá a continuación, por ese motivo me apresuro a decir— No, no me importa en absoluto, pero estoy muy curiosa.

Ahora sus ojos verdes brillan con tanta intensidad, que por un instante reniego del chico molesto de las otras veces.

Gira la gorra roja encima de la mesa, contemplándola con mucha atención.

—Mi abuelo —musita— Mi abuelo me la regaló hace un par de años. ¿Si ves que la gorra está algo…?

—Fea.

Se muerde el labio inferior.

—Sí, yo diría lo mismo. El caso es que la usaba demasiado y luego la dejé en algún rincón de mi cuarto por mucho tiempo. —se queda en silencio y espero a que siga con su historia— Mi abuelo murió hace poco y esto es lo único cercano que tengo de él, aparte de un montón de recuerdos.

—Lo siento mucho.

Sacude los hombros.

—He escuchado esas tres palabras centenares de veces en los últimos meses.

No sé qué decir a continuación. Cuando la abuela Marie murió, yo también estaba triste, así que intento recordar lo que habría dicho en su lugar.

—No podemos evitar la muerte, por mucho que queramos —debería taparme la boca con cinta adhesiva, a pesar de que eso realmente me llegó— No tengo idea si eres de los que piensa que el alma de los muertos nunca nos abandona. A veces es tranquilizador creer que es así.

Se queda viendo a la mesa, jugueteando con la gorra y dejando que su comida se enfríe. En cambio yo, le doy una gran mordida a mi hamburguesa.

Después de un momento de silencio, empuja mi plato de patatas.

—Pruébalas con picante, te fascinará.

Entonces, me guiña un ojo.

Cojo una patata ya fría y unto en el picante rojo, metiéndolo a mi boca. Al principio no hay ninguna reacción, pero al cabo de unos segundos, el ardor en mi lengua me hace sonreír.

—Es… agradable.

—Lo es.

—Ya veo por qué a Elizabeth le gustan tanto.

—¿Elizabeth?

—Mi hermana.

—Oh —asiente con la cabeza, llevándose también una papa con picante a la boca— Mi madre se llama Elizabeth.

—Lo sé. Soy la chica del correo ¿no lo recuerdas?

Termina de masticar.

—Lo recuerdo —nos quedamos disfrutando nuestra comida obviando el hecho de que no sabemos nada del otro— ¿Qué puedes decirme de ti?

—¿Y por qué tendría que decir algo sobre mí?

Ladea la cabeza.

—Porque mencioné a mi abuelo y eso en verdad no te incumbe, así que quiero saber algo de ti que no me importa.

Suelto una carcajada en el borde de mi lata de gaseosa, sacudiéndome.

—Eres… ¿te han dicho lo desagradable que eres?

—Uff, ni te imaginas. Todo tipo de cosas. Creo que "desagradable" es una palabra muy suave.

—Hmm…

—De acuerdo, no te desvíes del tema —pone las manos en la mesa como si fuese a ponerse de pie, pero solo es para acercarse más— ¿Quién es Bella Swan? Dime algo insignificante.

Mastico lo que queda de mi hamburguesa, demasiado satisfecha para seguir con el resto de papas.

—No puedo orinar en baños ajenos.

—¿En serio? —suena incrédulo.

—No. —reconozco— Da igual si es verdad o mentira. De todas formas no te importa.

Entrecierra sus ojos y sonríe.

—Eso tiene sentido.

Mientras más hablamos, más me impresiona que no esté diciendo alguna cosa enfadosa. Eso me hace confirmar que es así con la gente que no conoce y cuando ya hablas con él, te das cuenta que es una persona tratable. Aunque, debo reconocer que hay pequeños lapsus en donde su seriedad me aturde.

Como si de un segundo a otro recordara algo tan triste que eso lo echa para abajo.

Paga nuestra comida, nos despedimos de Emmett a lo lejos y salimos.

Sorprendida, me percato que el cielo está oscureciéndose. ¿Cuánto tiempo estuvimos adentro y cómo es que no me di cuenta?

Tomo la bici estacionada y el casco.

—Gracias por…

—Deja llevarte a tu casa. Es peligroso que andes sola en la carretera.

—¿Y eso qué? ¿Me crees incapaz de andar sola? No es la primera vez que regreso a casa de noche.

—Mira, me da igual eso. Si luego te secuestran e investigan, se darán cuenta que la última persona que estuvo contigo, fui yo —parpadeo— Así que… Bella Swan… no acepto peros.

No lo intento de todos modos. Caminamos devuelta a la Floristería y guarda la bici en su auto. Tiene un maletero con espacio suficiente para que quede bien resguardada, de manera que no me preocupo por si se llegara a dañar.

El camino hacia Forks es silencioso. Edward enciende la emisora y no entablamos conversación. La música es suave y desconocida y me quedo mirando las líneas blancas de la carretera, deseando que el camino fuese mucho más corto.

Reviso mi móvil un par de veces, el cual no tiene cobertura. Sin nada más que hacer que esperar a que el tramo termine, lo guardo en mi bolsillo.

Le señalo la calle en la que vivo tan pronto llegamos.

Un poco contrariada, me sorprendo de ver demasiado movimiento.

Edward aparca fuera de mi casa y me bajo aun cuando él me dice que espere.

Las luces policiales y la gente que sale y entra, me atolondra.

No puedo reconocer caras. Lo primero que pienso es que hubo un incendio, pero la casa está intacta.

De pronto, veo a Jasper entre la multitud.

Me acerco rápidamente.

—Bella ¿dónde estabas? Hemos estado llamándote desde hace un rato.

—¿Qué está pasando? ¿Qué hace toda esta gente aquí?

Él no responde.

—¿Les pasó algo a mis padres? ¿Están adentro? —tampoco dice nada y lo empujo— ¡Demonios, Jazz!

—Ellos están bien, Bella. No te preocupes. Solo cálmate ¿sí? Tenemos que hablar —se acerca a tomar mis hombros y en un rápido movimiento, me zafo, alejándome lo más lejos posible.

—Solo dime lo que está pasando. ¿Es sobre Elizabeth? ¿Acaso mis padres están buscándola? Mira, yo hablé con ella…

—Bella…

—¡No, cállate! ¡No puedo creer que estén haciendo este escándalo para buscarla, es obvio que quiere alejarse de nosotros!

—¡Bella! —me grita.

Me callo, y luego sus ojos se llenan de lágrimas y yo no quiero escucharlo porque no es cierto.

No es cierto nada de lo que tenga que decirme, y es por esa razón que sacudo la cabeza.

—No…

—Bells…

—No.

—Elizabeth está muerta.


Supimos un poco sobre Edward y en el próximo, un poco más sobre este drama con la hermana de Bella, que como ven, no va por buen camino.

Gracias por leer y Feliz año a todas :)