Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 9
Edward patea una piedra en el asfalto.
Lleva puesta una chaqueta negra de cuero y una bufanda rodeándole el cuello. Al darse cuenta de mi presencia, tira la piedra lejos de él, esperando mientras me acerco.
—Hola —se sacude las manos.
Creo que él es la última persona que hubiese pensado que vendría de todas las que conozco. Quiero decir… ni siquiera debe estar en mi lista de posibles visitas inesperadas.
—Hola —le respondo confusa— ¿Qué haces aquí?
Eso sonó como si me estuviera molestando su visita y no tengo idea de cómo arreglarlo.
—Bueno… —mira hacia el cielo, hacia mi casa, hacia la casa de enfrente, todo eso para no enfrentarme— estabas mal ayer ¿sabes? Así que… quería asegurarme de que estuvieras bien. O relativamente bien —dice esto último con apremio— dadas las circunstan… —se corta— Voy a dejar de divagar.
—¿Quieres saber si estoy bien?
—Sí
—¿Cómo me ves?
—Horrible.
—Ahí tienes mi respuesta —me estoy acostumbrando a su sinceridad en demasía— ¿Quieres pasar?
Esconde las manos en los bolsillos, titubeando hacia mi casa.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —me quedo esperando a que siga y como no lo hace, agito mi mano en el aire para animarlo— ¿Quién es la mujer que salió a atender?
Doblo el pie derecho detrás de mi pierna izquierda, haciendo una flexión para sentir un poco de dolor. No sé a qué vino esa necesidad de repente.
—Oh, te refieres a mi tía Esme. —se queda callado después de eso— ¿Vas a entrar o no? —le pregunto por segunda vez y él da un brinco, siguiéndome hacia la entrada.
Puedo sentir sus pasos detrás de mí mientras nos adentramos hacia la sala principal.
La casa huele a café y tabaco y necesito quitar ese olor tan tóxico del humo antes de que me duela la cabeza. A pesar de que he fumado antes, ahora siento que no puedo tolerarlo.
Mi mamá no se extraña de ver a un desconocido en casa. Tiene tantas cosas por las que preocuparse que no hace ninguna pregunta y no hay presentaciones formales como de costumbre. Tiene un viaje a Seattle demasiado importante como para detenerse a pensar en otra cosa.
Se me revuelve el estómago de solo pensarlo. Alejo las lágrimas que se acumulan en mis ojos.
Tanto papá como ella se aseguran de que Jasper y yo vamos a portarnos bien. No es la primera vez que me dejan con Esme cuando tienen que salir del pueblo, así que están tranquilos de irse. Me abrazan hasta dejarme sin aliento.
Papá se acerca a darme un beso, y cuidadoso, me susurra al oído:
—Nada de chicos en tu cuarto y si los llevas, la puerta abierta.
Él nunca se cansa de decir eso.
Los veo marcharse desde mi posición en la ventana. Es tan distinta la sensación a las veces en que ellos han salido de viaje. Ojalá solo viajaran por trabajo como antes.
Esme posa sus manos en mis hombros.
—¿Por qué no vas al jardín con tu amigo? Les llevaré café y galletas recién horneadas —ella se da la vuelta, fingiendo entusiasmo— ¿Cómo te llamas?
Se dirige a él que está en silencio junto a Jasper.
—Edward.
—Un gusto, Edward. Bella te llevará al jardín trasero mientras les llevo algo para comer.
Quiero decirle que no tengo doce años para que me diga a dónde tengo llevar a Edward. Me retracto solo porque sé que está intentando alivianar el ambiente, hacer todo más normal.
Le indico a Edward la puerta trasera para salir mientras sus mejillas se ruborizan. Eso ha sido tan extraño. Ni siquiera había una posibilidad en mi intelecto de que Edward pudiese ruborizarse por cualquier motivo. Si el primer día que lo conocí alguien me hubiese dicho que su corazón latía y sabía avergonzarse, entonces yo me hubiera partido de la risa.
La fotografía de mi hermana en su graduación sigue sobre la mesa del jardín y todo lo anterior se va al carajo. Mis comisuras que se han elevado por mi comentario propio sobre Edward, rápidamente se desvanecen y tengo que sostenerla porque es casi una necesidad. Admiro por unos segundos su felicidad absoluta por haber acabado la secundaria.
Ella tenía tantos sueños.
Tantos sueños arruinados por culpa de un amor.
O del miedo.
Edward está justo detrás de mí y exhalo el aire contenido de golpe. Él observa y me pide permiso para coger el cuadro. Se lo tiendo consciente de que voy a romperme si digo una sola palabra.
Nos sentamos al tiempo que contempla la fotografía.
—Ustedes se parecían muchísimo —observa.
Me cruzo de brazos encima de mi pecho.
—Puede que sí —contesto melancólica— pero Lizzy era hermosa.
Me echa un rápido vistazo, tan rápido que más pronto de lo previsto está de regreso en la fotografía.
El silencio que nos invade es tan incómodo que quiero echarme abajo en la silla, esconder mi rostro, llorar y volver a patalear como anoche. Las imágenes de Edward agarrando mis muñecas, calmándome y yo rasguñándolo, llegan a mi cabeza como una bomba y la vergüenza comienza a hacer que mi cuerpo entero se adormezca.
Es posible que mi piel se haya enrojecido ante el recuerdo.
¿Debería disculparme? ¿Agradecerle? ¿Qué se hace en estos casos?
Tiro mi labio entre mis dientes, haciendo un débil gesto con la cabeza.
—¿Qué? —deposita la fotografía en la mesa, esperando a que le responda.
—¿Cómo están tus rodillas?
—¿Mis rodillas? —repite a su vez, haciendo memoria— ¡Ah! Mis rodillas… sí, están bien, no te preocupes. —no soy capaz de mirarlo a la cara— Oye —susurra— de verdad que no pasa nada. También he tenido esas crisis antes.
—¿En serio?
—Muchas veces.
—¿Por tu abuelo?
—Sí.
Esme llega con una bandeja de café y galletas. No pasa demasiado tiempo antes de darse cuenta del cuadro de Elizabeth. La coge con la mano sin pensárselo dos veces.
—Voy a estar en casa, por cualquier cosa que necesiten —nos guiña un ojo y se retira.
Las galletas en forma de estrellas, el aroma a mantequilla y vainilla; es imposible que eso no me haga retroceder diez años atrás, cuando la abuela Marie estaba viva y Esme acostumbraba a hornear galletas los domingos. La leche, el café y la mesa larga del patio trasero nunca podían faltar. La vida parecía tan sencilla en aquel tiempo… o solo es que yo era demasiado pequeña para tener problemas.
—Bella —doy un respingo. Edward truena los dedos delante de mi cara, encorvando su cabeza— ¿Dónde estabas?
—¿Dónde estaba qué?
—No estabas aquí hace un rato.
Evado responder a su comentario, tomando un sorbo de café caliente, el cual quema mi lengua de una manera agradable, y apoyo los antebrazos en la mesa.
Rápidamente pienso en cualquier cosa que decir para quitarme de la cabeza los recuerdos de mi familia que jamás volverán.
—¿Sabes una cosa? —él toma la palabra— Estuve pensando mucho… en tu hermana anoche —sé que por más que lo intente, no puedo rehuir del tema— de su suicidio.
—Ella no se suicidó.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque la conocía. Crecimos juntas.
—A veces eso no es suficiente.
Me tiemblan los dedos.
—Mira, es imposible que alguien pueda… morir —me estremezco— apretándose con una almohada por sí misma. Es una simple almohada, se necesita más para morir. Lo he hecho a veces cuando estoy abrumada, lo que no quiere decir que intente suicidarme. Es absurdo, es patético.
—Pero pudo haber puesto algo encima para que…
—Edward, no estás ayudando —le espeto molesta— ¿Podemos dejar de hablar de esto? Necesito despejarme, olvidarlo por un momento. ¿Por qué no me hablas de ti?
—¿De mí?
—Sí —aseguro—, háblame de tu abuelo.
Eso provoca que la tensión comience a ser una verdadera perra entre nosotros. Puedo darme cuenta de la incomodidad que mis palabras han causado en él, tanto así que no es capaz de verme a los ojos. Quiero decirle que mejor no hablemos de eso tampoco y en cambio comentemos sobre el clima, pero ahora no tengo ese bichito de lástima, porque no estoy sintiendo nada en absoluto por nadie. Ni siquiera por mí.
Por mucho que eso le parece una pésima idea, me sorprendo al escucharlo decir:
—Está bien.
Se toma su tiempo para pensar en qué decir y me cuenta de cómo su abuelo fue su figura paterna toda la vida. Tiene un padre que apenas ve dos días a la semana aun si viven en la misma casa. Su relación nunca se ha caracterizado como "unida", de hecho, nunca que él recuerde, han tenido una conversación seria. El trabajo siempre ha sido la línea que los separa de tener un vínculo especial. Su madre y él nunca han sido su prioridad. Por esa razón su abuelo es quién ocupó el papel de superhéroe, dándole algo más importante que el dinero: amor y valores.
—Él podía estar muy cansado, hastiado por el trabajo, haber discutido con mi abuela cinco minutos antes, pero si yo le pedía jugar, siempre estaba disponible —dice con las manos entrelazadas— y eso era fantástico para mí, un crío de ocho años que veía con suerte dos minutos a su papá al desayuno.
—¿Le contabas tus secretos a él? —pregunto con curiosidad.
Mi relación con mis abuelos no fue así de cercana, incluso cuando hubo un tiempo en que vivimos todo juntos en la antigua casa, nunca fue de esa manera.
—Sí. Todo. Le contaba absolutamente todo. —reconoce con una triste sonrisa— Sabía dar el consejo correcto en el momento correcto. Él decía que cuando muriera, sus consejos lo harían seguir vivo para mí. Y trabajo duro en ello para creer que es cierto.
No puedo evitar ser egoísta y pensar en mí en este momento.
Me pregunto si eso ocurrirá conmigo más adelante. Me pregunto si recordar los consejos de Elizabeth, sus regaños y sus palabras dulces hará que la sienta junto a mí cuando esté teniendo un mal día. Me pregunto si alguna vez voy a superar el hecho de que ya no existe en el mundo.
Me pregunto si el dolor en mi pecho por su partida se quitará alguna vez en el futuro.
—Bella —Edward me llama y parpadeo. Frunce el ceño frente a mi cara— Oh, demonios. Lo siento.
—¿Qué pasa? —mi voz rasposa.
Él me tiende un pañuelo desechable.
—Estás llorando.
En cuanto lo menciona, suelto un gemido inesperado desde el fondo de mi garganta, cubriendo la cara con mis manos y moviendo el pañuelo como puedo para sonarme la nariz.
—L-lo siento. Creo que es mejor que no hablemos de nada sobre… nada.
Continúo sacudiéndome por los sollozos, bajando la cabeza con vergüenza. Lo único que quiero es estar en cualquier parte menos aquí.
Para mi sorpresa, unas manos que reconozco como las que me sostuvieron anoche se posan en las mías para sacarme de mi escondite. Mi pelo mojado por las lágrimas logra que parte de él se pegue en mi cara.
La seriedad con que Edward me mira, no es de una persona molesta, sino de alguien empático.
—¿Por qué haces esto? ¿Por qué todavía estás aquí? —sueno rota, la pequeña risa que suelto ha sido la peor risa entre llantos del mundo.
Él mismo desecha mi pelo mojado de mi cara, metiendo las mechas detrás de mis orejas con cuidado. Lo veo inclinado sobre la mesa para que la distancia no sea un impedimento de hacer lo que está haciendo.
—Porque también me hubiese gustado apoyarme en alguien en su momento —me vuelvo a sonar la nariz, mirándolo entre hipidos— y no creas que es lástima. Te prometo que no es lástima.
Me muerdo la lengua y asiento, segura de que lo dice de verdad.
Sin embargo, no puedo dejar de pensar que no conozco a este chico.
Y él no me conoce a mí.
Pero nos entendemos.
Después de que Edward se marcha, agradeciéndole a Esme por las galletas y el café, no tengo tiempo para echarme en el sillón a hacer nada en especial, porque las chicas llegan sin avisarme.
Alice no puede disimular su estremecimiento cuando, al subir la escalera, ve el enorme adhesivo amarillo de investigaciones. "No entrar" está escrito por todas partes.
Yo trato de que eso no me estremezca tampoco.
Mi cama está igual de desecha desde que me levanté y no hacen ningún comentario.
Lo primero que noto en ellas es que desde que entramos a mi cuarto, no han dejado de mirarse de reojo. Reparo de inmediato que no se trata de que no sepan cómo consolarme, sino del periódico que Bree trae escondido en su espalda.
Levanto la mirada hacia ella.
—Tú nunca lees el periódico.
Se mueve de un lado para el otro.
—Yo no, pero papá sí. No sé por qué la traje de todos modos.
—Bree —advierte Alice.
Doy una vuelta en mi cama, fastidiada por su comportamiento.
—¿Qué es lo que pasa? —se vuelven a mirar, estresándome — Chicas ¿qué dice el periódico?
Con dudas, Bree me entrega el periódico y no tengo que buscar por mucho tiempo para leer en primera plana la noticia:
JOVEN DE 21 AÑOS ES ENCONTRADA SIN VIDA AL INTERIOR DE UN CUARTO DE HOTEL.
Según fuentes cercanas, la joven identificada como Elizabeth Marie Swan, de 21 años de edad, se habría suicidado luego de meses de haber abandonado su hogar.
La policía aún no entrega datos para confirmar o descartar ingesta de sustancias al momento del suicidio, como tampoco los motivos de su marcha.
Recordemos que Elizabeth Swan es la hija mayor de una conocida profesora de baile en Forks y del director del Instituto local.
Lo demás son detalles sobre lo mucho que mamá ha ayudado a la comunidad.
Quiero gritar mientras arranco la hoja y la rompo en pedacitos pequeños.
—Ellos no tienen idea… no tienen idea —digo mientras sigo rompiéndolo.
Alice me toma las muñecas para que deje de hacerlo.
—Lo sabemos, Bella. Tienes que calmarte. Estas cosas pasan a menudo cuando hay un… crimen o suicidio. Ya sabes que es un pueblo pequeño y los chismes son la primera cosa que llegan a nuestros oídos.
Eso no me calma para nada. Cuando el suicidio sea descartado y comiencen a saber la verdadera razón de su muerte, las cosas van a empeorar.
Ese día no me quedo tranquila.
Al siguiente mucho menos. No me atrevo a salir a la calle. La gente se asoma en sus ventanas cuando recojo nuestra correspondencia en el buzón.
En el trabajo no me dieron mayores problemas para ausentarme. Me dieron todas las facilidades para regresar cuando me sienta preparada.
Sin el trabajo, sin asistir a clases, la casa comienza a ser una cárcel para mí, y eso que solo han pasado unos pocos días. Esme y Jasper se sienten de la misma forma.
Papá y mamá no han tenido ninguna información relevante sobre el caso, así que solo nos queda esperar.
La policía sigue viniendo para recoger cosas del cuarto de Elizabeth; sacan fotografías por doquier, los veo guardar sus pertenencias en bolsas de plástico, buscar cada minucioso detalle en los rincones, en las paredes, en el álbum familiar. Eso me marea.
Me hicieron muchas preguntas cuando mencioné el correo que me envió en navidad.
Al quinto día, estoy realmente insoportable.
Pelusa salta en mis piernas cuando entro a casa. Arrojo otra carta de condolencias que no han dejado de llegar de familiares lejanos. Ni siquiera recuerdo quién es el tío Oliver, por ejemplo.
O tía Melisa. O la tía abuela Rachel.
Esme agita su mano hacia mí para acercarme. Está hablando con mi madre y rápidamente le quito el teléfono.
La voz de mamá es ronca, como si llevase años fumando y sus pulmones estén desintegrados.
Mis dedos tironean del cable del teléfono, esperando que diga algo que me deje con los nervios de punta, pero solo dice lo que estuve asegurando desde el momento en que me enteré de la noticia.
Quiero echarme a llorar porque por lo menos, la conocía demasiado para saber que no haría una cosa así.
Ella no se suicidó. La autopsia confirmó que fue un asesinato.
Y entonces, cuando he calmado a mi corazón de su frenético latido, sintiéndome triste y al mismo tiempo aliviada de saber la verdad, escucho a mamá decirme:
—Cariño, encontraron al bebé de Elizabeth.
¡Hola!
Tenemos nuevo capi y un poco de acercamiento de Edward y Bella. Así como dice ella, no se conocen, pero se entienden. A veces por extraño que parezca, la gente que no nos conoce nos entiende mejor que la que tenemos alrededor todo el tiempo.
Y... el bebé de Elizabeth.
Gracias por leer y comentar.
Hasta el siguiente ;)
