Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 10

Es un niño.

Mamá tiene que darse prisa para explicarme la situación antes de que salgan para el Hospital; el bebé es prematuro, tan pequeño como la palma de una mano.

No tiene mucha información sobre cómo y por qué, pero Elizabeth dio a luz en el Hospital de Bellevue y escapó horas más tarde.

Aún están haciendo las averiguaciones pertinentes para confirmar que él sea su hijo, por lo que deben hacer pruebas de ADN. Sin embargo, él tiene la pulsera celeste con el nombre de mi hermana, eso debería ser más que una evidencia.

Se me encoge el corazón de solo pensar en ese pequeño.

—¿Qué va a pasar con él, mamá? —le pregunto, frenando las ganas de soltarle lo de la nota en el periódico.

Puedo notar el optimismo en su voz pese a la tristeza.

—Irá a casa con nosotros, por supuesto.

Después de que me prometa volver a llamar más tarde, tengo que asimilar la situación conmigo misma y dejar que Esme me zarandee hasta conseguir que le cuente todo. Lloriquea un momento mientras la pongo al tanto. No recuerdo haber visto quebrarse a Esme en estos días tanto como ahora.

Nos sentamos en el sofá y ella prepara té para apaciguar los nervios.

No puedo dejar de pensar que Elizabeth tiene un bebé.

Por supuesto que sabía que estaba embarazada, pero siempre fue tan irreal. Jamás le vi panza, así que es igual de alucinante que si me hubiese enterado recién de la noticia.

Un bebé.

Su bebé es lo único que nos queda de ella.

Esme deposita nuestras tazas de té en la mesa, acomodándose para sentarse en el sofá junto a mí.

—Te veo intranquila, Bells ¿va todo bien?

Me muerdo los dedos por instinto.

—¿Aparte del hecho de que estamos teniendo un año de mierda? No, todo bien. —ella exhala un suspiro, bajando el rostro hacia su regazo.

Me estiro y cojo mi taza.

—Bella, estoy preocupada por ti —tuerce sus dedos— Estoy preocupada por esta familia. No sé si estamos preparados para salir adelante tan pronto, no sé si estamos preparados para saber la verdad sobre Elizabeth.

—Su novio la mató.

—Eso lo tenemos más que claro, pero ¿quién? ¿Es alguien desconocido? ¿Es alguien conocido? Eso está poniéndome de los nervios.

Me muevo para que mi espalda toque el respaldo.

—Y a mí. —no había pensado mucho en el tema de su asesino hasta ahora. No tengo sospechosos y no he querido ahondar en eso porque me hace mal— Solo quiero que todo se aclare, que podamos seguir viviendo tranquilos y ella descanse en paz.

Esme se queda mirándome y rodea su taza caliente de té.

—¿Sientes que eres capaz de salir adelante?

Su pregunta me hace replantearme muchas cosas.

Pero sé la respuesta.

—Quiero salir adelante.

—¿Estás segura?

Pienso en ello un poco, solo un poco.

—Segura. Estoy viva. Mi corazón late tan deprisa que me asusta. El corazón de Lizzy no está latiendo, no latirá más. Y es tan extraño. Es increíble como la vida de una persona puede terminar de esa forma en un par de segundos. —digo eso a toda velocidad— La única manera que tengo para que su partida me consuele, es vivir todo lo que ella no puede a partir de ahora.

Cuando una persona muere, nos replanteamos tanto nuestra existencia. ¿Por qué esa persona murió? ¿Por qué sigo vivo? Y nos damos cuenta que nuestro paso por la tierra es solo temporal, queramos o no. No podemos ayudarnos entre nosotros. Nadie puede pelear contra la muerte.

—Cuentas conmigo para todo, cielo. Lo sabes ¿verdad? —ella acomoda mi pelo, escuchándose desconsolada.

Tomo una inspiración.

—Lo sé.


Las pruebas de ADN que le hicieron al bebé, resultaron positivas.

Al no estar reconocido y no tener a nadie para su cuidado, mis padres se quedarán con su tutela. Es eso o enviarlo a un orfanato. Por ahora él no podrá ser derivado a Forks hasta dentro de dos semanas, para ver su evolución.

Papá y mamá estuvieron seis días en Seattle. Creo que nunca desee verlos tanto como ahora.

Los detectives no encontraron evidencias significativas en los correos. Aparte de enviarme uno por Navidad, le envió otro a su amiga Tanya, pero nada era demasiado importante.

Eso me hace pensar que su amiga tampoco sabe nada.

También se confirmó que al momento de encontrarla en un cuarto en Bellevue, habían transcurrido diez horas desde su muerte.

El cuerpo fue trasladado a Forks sin mayores problemas.

He insistido tanto en poder verla, sin obtener buenos resultados. Eso me frustra muchísimo. Yo necesito verla por última vez.

Alice dice que es por mi bien.

Bree piensa que mis padres están siendo egoístas y sobreprotectores.

Jasper piensa como Alice.

Esa mañana, antes de que mis padres fuesen con la funeraria a recoger el cuerpo, hago mi último intento.

—Cariño, hemos hablado de esto. —repite mamá con cansancio.

—¡Es que ese es el problema! No lo hemos hablado. Solo han dicho "no" sin que me dejen rebatir.

Papá está desde el otro lado de la sala, asegurándose de llevar los documentos de conducir.

—Somos tus padres y sabemos lo que es bueno para ti. Esto va a destrozarte, Bella —al no escuchar respuesta por mi parte, levanta la cabeza— No vayas a ponerte a llorar, nena.

Estoy luchando contra las lágrimas pero mi voz me delata.

—Solo serán dos minutos. No les estoy pidiendo traerla a mi habitación por última vez como si de una muñeca se tratara. Dos minutos para despedirme ¿es mucho pedir?

Se miran entre ellos en silencio. Estoy creyendo que su rotundo "no" va a seguir siendo el rotundo y exasperado "no" para siempre.

—Está bien —continúa papá y mis ojos se agrandan— Dos minutos.

Ninguno está convencido de su decisión pero no pregunto de nuevo para no arriesgarme a que cambien de parecer.

Estoy más nerviosa que ansiosa. Los nervios hacen que me duela el estómago y necesite un poco del aire de la ventana del auto.

Retuerzo mis manos en la silla de espera mientras los teléfonos suenan y la gente llora por sus familiares muertos.

Cuando toca nuestro turno, Esme me pregunta por cuarta vez si estoy segura de lo que hago, recordándome que aún hay tiempo para echarme para atrás. Me pregunto si existe la posibilidad de arrepentirse de esto. No podría arrepentirme de querer ver a Elizabeth por última vez en lo que me resta de vida.

Sigo a una señora de tez morena por un largo y ruidoso pasillo. Sus tacones son la única cosa que puedo escuchar en este momento. Me cruzo con más personas que limpian sus ojos llorosos. Hay demasiadas puertas cerradas con números y flechas que no comprendo.

Llegamos a la puerta número 338 y me detengo. Peleo conmigo misma para no entrar en pánico ahora. Ella gira la cerradura con su manojo de llaves y me echa un vistazo.

—Entraré dentro de dos minutos —me tiende una mascarilla.

La habitación huele a algo extraño, no tanto como para usar la mascarilla, por lo tanto la dejo caer al suelo. No me importa el olor que hay, no importa que se trate de descomposición o lo que sea. No es demasiado fuerte para que tenga que salir a vomitar. Además, me siento demasiado inquieta para pensar en eso.

Trato de hacerme a la idea de que tengo frente a mí a mi hermana cubierta con un manto blanco de seda.

Sin lograr acercarme, mi espalda choca con la pared y me quedo allí intentando tranquilizar a mi corazón. Pasan unos segundos en los que no puedo moverme. Cuando recuerdo que el reloj sigue su ritmo, decido tomar fuerzas de alguna parte y con la mano, aparto la cortina.

No podría explicar lo que siento en este instante; no sé si es alivio o impotencia.

Ella yace dormida sobre una camilla, demasiado pálida para creer que esté viva. Sus manos traslúcidas descansan sobre su abdomen y su largo cabello castaño y las copiosas pestañas largas que siempre le representaron, es lo único que me hace reconocerla.

Hay manchas de moretones por todas partes en sus mejillas.

Aun así, se ve como un ángel.

Intento que mi voz no suene rota. Lo único que sale de mi boca son jadeos incontrolables antes de romper a llorar.

Me inclino hasta que mi frente se encuentra con la piel de su mano. Sigo llorando sin poder decirle nada, a pesar de que sé que no me escucha.

Rápidamente limpio mis lágrimas con mis pulgares, aprovechando el resto de segundos que me queda para acariciar su pelo, observar su inmovilizado rostro y desear que hiciese algún movimiento que me pusiera en alerta.

Después de que la mujer entre para decirme que es hora de irnos, reprimo las ganas de volver a llorar y en cambio, me acerco y dejo un beso en su frente que intento sea interminable. Mis labios se pegan a su piel sin ganas de separarme. Es el último beso que le voy a dar, necesito memorizarlo y tatuarlo en mi cabeza.

—Te quiero tanto, Lizzy —le digo al separarme—. Te voy a extrañar toda mi vida. —paso mis dedos por la lívida piel de su rostro— Y si es que existe otra vida después de la muerte, por favor, no me olvides, porque yo no lo haré en esta.

Miro por última vez su rostro, repitiendo una y otra vez en mi cabeza que quién fuese el que le hizo esto, tarde o temprano va a pagar por todo el dolor que le ha causado a mi familia.

Nunca he deseado tanto mal a alguien como a quién se cruzó en la vida de mi hermana.


Los funerales son fastidiosos, agotadores, abrumadores en un sentido literal de la palabra.

Nunca había sido abrazada y besada por tantas personas. Nunca había escuchado tanto las palabras "Lo siento" y "Todo estará bien". Nunca había visto a tanta gente desconocida en mi vida.

Mientras el sacerdote sigue hablando de las muchas cualidades que tenía mi hermana, me atrevo a recorrer con la mirada a toda la gente sentada en las bancas escuchando el discurso. Cuánta gente hipócrita rezando por su descanso eterno.

Lo siento, no puedo sentirme agradecida por su presencia, no cuando nunca antes se han acercado a mi familia. Odio a la gente que dice que es una manera de acompañar en el dolor. Yo no quiero que ellos acompañen mi dolor, quiero que mi familia lo haga. Tú puedes irte a casa a ver la televisión. No estoy obligándote a venir.

En los dos días siguientes desde que vi a Elizabeth por última vez, no he podido llorar.

He visto a mamá romperse al verla en el ataúd, a Esme persignarse entre lágrimas y a Tanya Denali, su mejor amiga, sin maquillaje y demacrada, pero no puedo llorar.

Así que me quedo sosteniendo la flor mientras los encargados del cementerio descienden su cuerpo hacia las profundidades.

Ahora el llanto a mi alrededor se intensifica. Jasper pone un brazo alrededor de mi cuello para acercarme a él y aun así no siento la necesidad de romperme.

Tal vez solo lloré demasiado.

Veo irse a Elizabeth en ese hueco profundo y oscuro, la tierra cubriéndola como si de un manto se tratara. Beso la flor sujeta en mi mano, justo antes de lanzarla al vacío. Las flores que los demás lanzan comienzan a desaparecer de nuestra visión y estoy deseando que todo termine pronto.

Lo deseo con todo mi corazón.


Esa misma tarde logro escaparme de casa cogiendo la bici del garaje.

Pedaleo sin que me importe si un auto pueda atropellarme. Pedaleo porque el viento frío que se pega en mis mejillas es más somnífero que estar con mi destruida familia en casa.

Y no sé por qué estoy saliendo de Forks.

Y no sé por qué estoy yendo a Port Ángeles.

Y no sé por qué estoy frente a la casa de Edward.

Es una estupidez venir, pero este chico me entiende más que cualquier otra persona conocida. Más que Alice y Bree, más que Jasper y Esme.

Los siguientes veinte minutos o más continúo sentada en la bicicleta, memorizando cada margarita plantada en el jardín delantero. Después de darme cuenta de lo tarde que se está haciendo, decido emprender mi viaje de regreso.

Pongo mi pie en el pedal cuando una voz me interrumpe.

—Espera… ¿eres Bella? ¿la chica del correo? —la mamá de Edward está de pie en la entrada, secándose las manos en su delantal— ¿Bella Swan?

Retrocedo y me quito el casco, viendo el brillo intenso en sus ojos.

—Sí… Lo siento, estaba por irme.

—Oh, no, entra a casa. Te he visto hace rato aquí fuera y hace mucho frío. —ella estira su mano— Por favor, entra conmigo.

Su ruego es suficiente para que yo me baje de la bici sin saber muy bien la razón. Ella me ayuda con el casco mientras empujo la bici dentro.

Elizabeth Masen cierra la puerta al entrar y recibe mi chaqueta para colgarla en el perchero. Sigo sus pasos tranquilos hasta la cocina. No tengo tiempo de contemplar la amplitud de la casa, solo sé que es muy bonita.

Tan rápido como llegamos, me tiende una taza llena de chocolate espeso.

—Siento molestarle —me disculpo.

Se cruza de brazos apoyándose en la mesa.

—No es molestia.

Tomo un sorbo solo para no ser descortés. Mi estómago ha perdido todo hábito de las comidas. Con todo el embrollo causado estoy saltándome las horas para comer como el salto de un canguro.

—Creo que… me he quemado la lengua —miento para dejar la taza sobre la mesa.

Ella asiente y sonríe, sin que llegue a sus ojos. Se queda cruzada de brazos analizando mi apariencia… o eso creo.

—¿Sabes qué…?

—¿Bella? ¿Qué haces aquí? —Edward aparece en la puerta de la cocina, quitándose la gorra y sorprendido de verme junto a su madre.

La falta de emoción que he traído en el viaje y luego de haber entrado en su casa sin haberle avisado antes –aunque no tenía como hacerlo- me pasan la cuenta, porque me pongo muy nerviosa.

Sus ojos se posan en los míos.

—Ven —dice y sin que hubiese adivinado sus próximos pasos, me coge de la mano—, sígueme.

Elizabeth pega un salto en su sitio, abandonando el cómodo lugar para abrir la nevera.

—¿Ya comiste, cariño?

—Sí, con Emmett y Rose —él responde, suavizándose con ella.

No parece muy segura.

—De todas maneras, calentaré comida.

Le doy las gracias a la señora Masen por el chocolate y sigo a Edward fuera de la cocina. Su mano ha abandonado la mía al momento que subimos por la escalera.

Su habitación es la primera puerta a la derecha.

Por la edad que tiene Edward uno podría pensar que su cuarto abunda en lo moderno o en posters de música, estantes de libros, guitarras o cosas por el estilo. Sin embargo, es todo lo contrario.

Es un lugar simple; una cama, paredes en tono azul zafiro, su armario, una máquina de escribir al fondo.

Me siento a la orilla de su cama sin preguntarle antes si puedo hacerlo.

Después de quitarse la chaqueta, guardarla en su armario, se sienta a los pies de la cama.

—¿Usas la máquina de escribir? —le pregunto.

Edward menea la cabeza.

—Nop. Solo está aquí porque es bonita.

Le alzo una ceja.

—¿Tienes cosas en tu cuarto solo porque son bonitas?

Se ríe.

—Sí

Frunzo los labios, un intento vago de no sonreír.

—Interesante. —le echo una ojeada— ¿en qué categoría me encuentro yo?

Sus ojos se estrechan y se queda pensando en la respuesta demasiado tiempo para mi propio bienestar. Quiero golpearme contra una pared por la pregunta absurda que le he hecho. Espero que no me esté ruborizando porque sobrepasaría la línea de humillación.

—Hmm… no eres tan bonita.

Oh.

—Gracias, qué amable. —su risa se vuelve una carcajada y estoy algo confundida por su reacción— ¿Qué?

—Eres fácil de convencer.

—¿Convencer?

—Me creíste de inmediato.

—¿Acaso estás tomándome el pelo?

—Sí —sigue riéndose. Hago caso omiso a su burla y trato de evitar que eso no me haga sonreír, por mucho que quiera hacerlo. En los pocos minutos que llevo en su cuarto, Edward ha logrado que por un momento me olvide de todo. Hasta ahora—. ¿Qué pasa? —después de un lapsus yo no había dicho una sola palabra devuelta— Te ves…

—Hoy fue el sepelio de mi hermana —le corto antes de que pudiese continuar.

Eso tampoco me hace llorar.

—Oh, sí. Lo leí en el… en el periódico.

Contemplo en silencio mis zapatillas.

—No fuiste —incluso si no fue un reclamo, mas bien una observación, me sorprendo de lo gélida que ha sonado mi voz, y recuerdo que ha sonado así desde esta mañana. Es probable que suene de esa manera por mucho tiempo.

Hasta que las heridas sanen.

—No —responde tranquilo— Iba a hacerlo ¿sabes? Pero sentí que no era apropiado.

—¿Por qué?

Encoje los hombros.

—Porque no conocía a tu hermana. No conocía a nadie a excepción de ti. Si yo estuviera en el lugar de tu familia, tampoco me hubiese gustado ver a extraños en el funeral de alguien importante. —no puedo evitar esbozar una pequeña sonrisa, y Edward frunce el ceño— ¿Por qué sonríes?

Muevo la cabeza.

—Porque pensamos lo mismo. —admito sin mirarlo— Bueno, no era un reclamo, por cierto. Solo recordé que no estabas.

Suelto un suspiro repentino.

—Te ves cansada. —musita.

—Lo estoy —miro alrededor y me siento intrusa por haber subido a su habitación— Debería irme, Edward.

—Deberías, pero no lo harás.

—¿Me vas a secuestrar? —bromeo.

Edward sonríe y puedo notarlo mejor ahora que no borra la sonrisa de inmediato. Su hoyuelo marcado en la mejilla y la forma en que sus ojos se contraen, viéndose como otra persona.

—Sí sabes qué hora es ¿verdad? Son las nueve de la noche y todo está oscuro. ¿Te quieres ir en bici y arriesgarte a que te asalten?

—Los asaltos ocurren a cualquier hora del día.

Se muerde el labio.

—Me da igual, te llevaré yo más tarde. Ahora… vas a quedarte aquí y te traeré algo para comer.

—No, gracias, no tengo hambre.

Antes de ponerse de pie, pasa su mano por mi cara y atrapa mi nariz. Son solo unos segundos que me dejan absorta. Luego camina hasta la puerta, no sin antes girarse.

—No te pregunté si querías, lo traeré.

Se va sin que pueda contradecirle nada. Suspiro echándome para atrás en su cama, sacando el móvil del bolsillo y jadeando por la cantidad de mensajes y llamadas perdidas. Lo había puesto en silencio por la ceremonia en la iglesia y luego olvidé cambiarlo.

Me pesan los ojos por la luz de la pantalla y sin llamar de regreso, lo lanzo a mi lado al tiempo que me acurruco encima de su cubrecama.

No estoy lúcida ni pensando en la prudencia de que esta no es mi casa, pero mis ojos no aguantan más estar abiertos y los cierro con la intención de mitigarlos.

No obstante, lo único que logro es que eso me relaje…

Y no tardo en quedarme dormida.


Gracias por leer y comentar, hasta el viernes :)