Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.


Capítulo 11

Me despierto con una manta de lino sobre las piernas y un terrible dolor de cabeza.

Tardo un par de segundos en percatarme que estoy sola en la habitación y la vergüenza me invade mientras asimilo que me quedé dormida en la cama de Edward. No necesito averiguar si ha pasado mucho tiempo desde entonces o si Edward se ha dado cuenta puesto que no recuerdo haber cogido una manta.

Aparto el pelo de mi rostro. El reloj de su mesita marca las diez de la noche.

¡¿LAS DIEZ DE LA NOCHE?!

Mierda.

Brinco fuera de la cama, cogiendo el celular y encontrando más mensajes y llamadas perdidas que la última vez que revisé.

Me doy prisa hasta la puerta justo antes de tropezar y echarme hacia atrás para no estrellarme en el pecho de Edward.

—¡Eh! ¿Creo que te despertaste algo exasperada?

—¡¿Exasperada?! ¡¿Acaso me ves exasperada?! —pregunto y acabo de sonar como… exasperada— Edward ¿te das cuenta la hora que es? ¡Es tardísimo! ¿Por qué no me despertaste? ¡Oh Dios, tengo que irme!

Cruzo rápido la puerta y me detengo abruptamente cuando coge mi muñeca.

—¿Puedes bajar tus revoluciones, por favor? —ahora él suena exasperado, pero no exasperado de que crea que el mundo se va a acabar, como reacciono yo— Ya avisé que te llevaré yo.

Dejo de intentar el débil forcejeo para irme. Muy en el fondo no quería oponer tanta resistencia.

—¿Cómo es eso de que avisaste?

Mi tono de sorpresa lo pone nervioso, entonces señala mi móvil.

—Llamaron… varias veces y tú estabas roncando en tu mundo de los sueños, así que contesté. Era Jasper. Le dije que estabas cansada y que me aseguraría de que comieras algo antes de llevarte a casa. Estuvo de acuerdo con eso porque dijo que no has estado comiendo bien.

Parpadeo, aturdida por tanta información.

—Oh. Bueno, eso es mentira. He comido… lo he hecho.

—No te creo.

—¿Le quieres hacer una autopsia a mi estómago?

Edward esboza una sonrisa.

—Sabes que no te conviene.

—De verdad que no tengo hambre. ¿Puedes llevarme a casa?

—Cuando comas algo —repite ahora dándose la vuelta— Ya vuelvo.

Desaparece del lugar sin dejar que proteste y decido recorrer su habitación.

Presiono una tecla de la máquina de escribir por pura curiosidad. Avanzo un poco más hasta llegar al escritorio, donde hay varios portarretratos familiares. Puedo adivinar que en la mayoría de ellas aparece su abuelo. El niño revoltoso con mucho cabello en la frente junto a él, es Edward.

Más a la izquierda, una serie de revistas descansan una arriba de la otra en una esquina del escritorio, cerca del ordenador. Cojo unas cuantas para echarles un vistazo.

Todas tratan de superación personal.

Son volúmenes delgados, de letras muy grandes. Me pregunto si Edward se lee esto antes de dormir.

Es obvio que la muerte de su abuelo fue un suceso que afectó y marcó mucho su vida. Tal vez somos iguales en ese aspecto, el dolor guardado en el interior. La diferencia es que lo mío es tan reciente que mi rostro ojeroso me delata. Y el hecho de que yo tenga que pasar por tantas etapas difíciles como para llegar a pensar en leer libros de superación, me pone enferma. No enferma en el sentido de caer en un hospital, enferma en el sentido de que es demasiado para mí.

—Mi madre traía una revista de esa cada semana, creyendo que con eso iba a sentirme mejor.

Me giro todavía con la revista en la mano.

—¿Las leíste todas? —curioseo.

El vapor que sale del plato de sopa sobre la bandeja, logra revolverme el estómago de una manera desagradable.

—Leí algunos párrafos de cada una. No son la mejor cosa del mundo. Algunas frases me hacen pensar que todos estamos locos de una u otra manera, pero ayuda. En su momento ayuda.

Examino la revista, insegura de cuánto es lo que un cuadernillo de siete páginas puede ayudar. Nunca he leído sobre esto en mi vida y es por eso que se me hace difícil de creer.

Sin embargo, no se necesita leer para saber lo evidente.

—¿Así es como te sentías? —ignoro su mirada— Una vez que te das cuenta que jamás va a volver, que jamás escucharás su voz de nuevo… ¿se sentía como si estuvieras vacío, como si además tu alma se hubiese ido también? —cierro la revista— ¿Así te sentías con la muerte de tu abuelo?

Edward desliza la bandeja encima de la cama, y nos sentamos.

—Sí —contesta—, te puedo asegurar que sí.

De lo poco que llevamos conociéndonos, he visto solo el lado más amargo de Edward. La severidad que intenta calificar como su carácter. Ahora, más que un rostro serio y lleno de incógnitas, veo su absoluta vulnerabilidad. Veo tristeza en sus cautivadores ojos verdes. Veo el trauma y el desconsuelo de una pérdida irreparable. Puede que también haya una soledad oculta, quién sabe.

Pese a todo eso, él está sonriendo, está recordando.

—Está bien, Edward.

—No, no lo está —me contradice— Me gustaría decirte que va a pasar, Bella. La muerte de tu hermana, el dolor y el vacío que dices tener, el mismo vacío que sentí con mi abuelo. El mismo vacío que he luchado para llenar. Y es tan difícil. No sé cómo hacerlo. No soy como tú.

—¿Cómo yo?

—Te ves más fuerte que yo.

—Eso no es cierto.

Suelta una risita.

—Lo digo en serio. Puede que no te conozca lo suficiente para admitirlo, pero es lo que veo. Es lo que dicen tus ojos. Ellos no mienten.

Me quedo en silencio.

Edward es demasiado inseguro de sí mismo para darse cuenta que es fuerte. La gente que sufre tiende a encerrarse en una burbuja oscura temiendo recuperarse y volver a sufrir. Como si eso fuese posible. Algunos lamentablemente nunca salen de esa burbuja apestosa.

Recuerdo la conversación que tuve con Esme sobre Elizabeth hace algunos días, señalándole que me gustaría vivir lo que ella no podrá nunca más.

—¿Edward? —le llamo. Sus ojos pronto están puesto en los míos— Me has dicho que tu abuelo y tú eran muy unidos ¿verdad? —asiente despacio, removiendo sus manos— Supongo que paseaban mucho. Quiero decir… tenían actividades juntos.

No tiene que pensarlo demasiado.

—La pesca y el fútbol eran nuestros panoramas favoritos.

Su sonrisa ante ese recuerdo me anima a seguir.

—Mira, no tengo idea si esto vaya a funcionar o no. Si no lo intentamos nunca sabremos si es la peor o mejor idea del mundo. —hablo rápidamente, preparándome para acomodar mis ideas— ¿Y si haces todo lo que hiciste con tu abuelo en vida? A lo mejor puedas aliviar un poco el dolor en tu corazón por su ausencia. Tal vez… —le cojo la mano— tal vez solo extrañas pasar ratos con él, en lo que solían ser sus ratos contigo.

Fija la vista al suelo. No pasa mucho tiempo antes de regresarme la mirada y encontrarme con sus ojos exaltados, que me hacen pensar que estoy frente a un niño y no a un chico de veinte años.

—¿Cómo una especie de terapia? —inquiere.

Encojo los hombros.

—Llámalo como quieras.

Pesca el labio inferior entre sus dientes, algo que logra acelerarme el pulso.

—No lo sé —se rasca la mejilla— Bella ¿y si no funciona?

—Escucha, no te he dicho que vaya a funcionar a la primera. Necesitas buscar la manera de superarlo por ti mismo, incluso si es fracasando la mayoría de las veces —parece entenderlo mejor ahora por la forma en que su cabeza se mueve hacia arriba— Yo extraño muchas cosas de Elizabeth. Daría cualquier cosa por pasar ratos con ella como antes. Por supuesto, mis panoramas no tratan ni de fútbol ni de pesca como los tuyos.

Envuelve su mano en la mía.

—Hagamos un trato. —se endereza, comprobando que no pasa a llevar la bandeja con comida— Haremos esto a beneficio de ambos. —se apresura a explicarme al notar mi confusión— Los panoramas que tenías con tu hermana, también estarán en nuestra lista de cosas por hacer. —las palabras quedan atrapadas en mi garganta. Edward estira su palma abierta hacia la mía— ¿De acuerdo?

Estaba tan absorta en la idea de que Edward hiciera frente a la realidad, que en ningún instante pensé en mí, y su propuesta me genera muchas dudas.

¿Estoy preparada para afrontar esto tan pronto, para recordarla de esa manera?

Edward sigue con la mano estirada, esperando que responda con la mía y su fervor me tranquiliza. Sus ganas de hacer esto, de aceptar mi propuesta aun si no sabemos que vaya a resultar; sé que es lo correcto, sé que todo va a estar bien con él.

—De acuerdo —acepto, nuestras manos balanceándose en un trato equitativo.

Todo va a estar bien.

Después de sellar nuestro pacto, me obliga a tomar la crema de espárragos que trajo de la cocina. Tiene un rico sabor, pero sigo sin tener nada de apetito. Es tanta su insistencia que acabo con el plato vacío.

Me limpio con la servilleta y me detengo unos segundos.

—Oye —lanzo el papel a la bandeja— ¡Yo no ronco! —me quejo.

Suelta una carcajada estridente y tentada por el sonido de su risa, comienzo a hacerlo también. Me siento extraña por el sentimiento de paz que me rodea y nos miramos durante tanto tiempo que no nos damos cuenta hasta mucho después que hemos dejado de reírnos.

El vello de mis brazos se eriza con la intensidad de su mirada y corto de inmediato nuestro contacto visual, segura de que mis mejillas se han ruborizado.


Las luces de la sala en casa todavía están encendidas.

No es la primera vez que salgo sin avisar. Lo normal es que mis padres me esperen despiertos listos para regañarme. Esta vez no tengo excusa para justificarme, ya que elegí el peor día para salir sin decirle a nadie.

Soy la persona más desconsiderada del mundo.

Nos quitamos los cinturones de seguridad cuando mamá enciende la luz de la fachada para salir a recibirnos.

Ella se asegura de que estoy bien, echando un rápido vistazo a mi vestimenta. No disimula su vacilación al ver a Edward. No lo conoce. O no se acuerda cuando vino a casa la primera vez. No tuve tiempo de presentarlo en esa oportunidad.

—Bella —dice sin dejar de observarlo—, debiste haber avisado que saldrías, cariño. Nos tenías preocupados.

—Lo siento, mamá. —sacudo las manos en mis vaqueros— Este es Edward, ma. Un… un amigo.

Edward se acerca y coge la mano de mamá, que la pilla desprevenida.

—Un gusto conocerla, señora Swan.

—El gusto es mío —contesta ella— Gracias por traer a Bella a casa. Es muy considerado de tu parte.

—No hay de qué.

Él se aleja para bajar mis cosas del auto y mamá me toma del brazo.

—Vale, vale, será mejor que te despidas de tu amigo para que entremos a casa.

Nuestras miradas se encuentran en la distancia y mi pulso se vuelve a disparatar.

Han sido tantas las emociones las de hoy, que me he vuelto sensible para todo.

—Te veo pronto —dice en voz tan baja que tengo que leer sus labios.

Mamá detiene su forcejeo.

—Nos vemos pronto—repito.

Él se marcha poco después y mi madre cruza los brazos.

—¿Para qué te compramos un celular, Bella? De pronto llegas a casa a las once de la noche sin dar señales de vida en toda la tarde y encima te trae un desconocido. ¿Cuándo y dónde lo conociste? —sus ojos se entrecierran— ¿Qué hicieron?

Pongo los ojos en blanco.

—¿No te dijo Jasper? Me quedé dormida.

—¿Te acostaste con él?

—¡No! —alzo la voz ante eso. Me niego a seguir con la discusión porque su cansancio es suficiente por hoy. Ella tiene miedo de que termine como Elizabeth— Estoy en casa ¿bien? Te prometo que avisaré para la próxima.

No se ve segura de mi promesa y aun así asiente con la cabeza.


Volver a la escuela ha sido un infierno.

En vez de acceder a dar exámenes libres tal y como me ofreció papá, quise enfrentarme a la realidad de la manera tradicional.

La primera semana no tuve que hacer esfuerzos para que llamase la atención de todos en el pasillo de camino al aula. Los susurros y las miradas de lástima me tenían con los pelos de punta.

Me repetí en silencio que podía con esto, que es transitorio, que ellos lo olvidarán pronto.

El asunto no mejoró cuando el suicidio fue descartado y la verdadera razón de su marcha fuese la comidilla del pueblo. Y entonces la misma gente que vi lloriqueando en el funeral, abrazando a mis padres y rezando por su descanso eterno, comenzaron a chismear en los supermercados y en la biblioteca. La mayoría se expresaba de una manera poco sutil sobre nosotros.

En el Instituto se hizo costumbre escuchar las palabras "zorra" "trepadora de hombres" y "rompe hogares" a cada lugar al que circulo.

Bree se encarga de espantar esos dichos, ya sea hablándome de lo que sea o arrimándose sin llegar a tocarles un pelo a los cotillas.

Estoy cansándome de escuchar mi nombre y apellido como si se tratara de una celebridad.

—…un bebé ¿puedes creerlo? La muy tonta creyó que podía atrapar de esa forma a un hombre. Siempre pensé que la Swan mayor era bastante putita. —murmura entre risas Leah Clearwater, compañera de salón— pero ya sabes, las calladitas son las peores.

Alice me lanza una mirada de advertencia en el lavabo. Leah y su amiga Emily no se han percatado que acabamos de entrar al baño de chicas del gimnasio.

Sigo mi camino hacia el agua haciendo oídos sordos.

—Pobre señor y señora Swan. Tiene que haber sido un dolor tremendo darse cuenta de la clase de hija que tuvieron. Quiero decir ¡les dejó un bebé! Qué fácil es hacer bebés si luego mueres y tus padres lo cuidan. —comenta Emily a modo de broma.

Ambas salen del cubículo del baño.

—Y la Swan menor…

Leah se corta de inmediato al darse cuenta de nuestra presencia.

Veo a Alice dar un brinco y esconder su sonrisa en el espejo del baño, como si supiera lo que haré a continuación.

—¿Y la Swan menor qué, Leah? —le pregunto.

Los ojos de Leah son tan negros como su cabello. Ella perdió el papel de Jasmine en la obra de Aladdín porque Bree reunía todas las características del personaje.

Jamás lo olvidé, mofándome en cada oportunidad.

—No estaba hablando de ti, por cierto.

Meto las manos en el agua fría unos segundos.

—¡Ah! Es bueno saberlo. No tenía idea que habían más personas, aparte de Elizabeth y de mí, a quienes llames Swan mayor y menor.

Solía —corrige— Tu hermana está muerta. Solía llamarlas así, ya no.

Eso fue sin duda intencional.

—Te estás pasando, Leah —gruñe Alice.

Leah le lanza una mirada altanera a mi amiga.

—Bella, entiendo que estés sufriendo la pérdida de tu hermana, pero eso no quiere decir que todos tengamos que hacerlo. Ella ya se murió y fue su culpa. Todo Forks ya se enteró de la aventura que tuvo con ese misterioso hombre casado.

—Cállate —exijo.

—Es una lástima —prosigue—, que hasta hace unos días era recordada como la chica buena y tranquila del pueblo y ahora no sea más que una puta rompe ho-

No dejo que termine esa frase porque mi puño se estrella en su dura y huesuda cara. Eso ha dolido como un demonio, pero no pienso aflojar.

Ella tropieza y cae hacia atrás.

Verla caer es un verdadero deleite. Ojalá Alice hubiese estado grabando el momento para después repetirla en mi ordenador las veces que quisiera.

La distracción termina yéndose en mi contra; no veo venir cuando Leah se pone de pie y me regresa el puñetazo.

No caigo al suelo como ella, choco contra las baldosas del lavabo. Alice chilla mientras me sostiene del brazo, preguntándome si estoy bien cuando es evidente que no. Mientras presiono mi palma en mi ojo adolorido, me grita:

—¡Pégale, Bella!

Y es todo lo que necesito para seguir. Mi puño vuelve a precipitarse en su cara y Leah alcanza a jalarme del cabello.

Caemos al suelo; intento enterrar mis uñas en la piel de su rostro con fuerza.

Emily y Alice están gritándose entre ellas.

Soy rápida en colocar mi pierna arriba de las rodillas de Leah para que deje de patearme. Eso le enfurece en gran medida, porque la presión de su mano en mi pelo crece y no sé cómo hace para golpearme el rostro de nuevo.

No me importa tener el ojo negro. La satisfacción de haberla golpeado primero, no me la quita nadie.

—¡Dile a Emily que siga gritando! —medio vocifero en su oído— ¿Crees que vas a tener menos problemas que yo? ¿Olvidaste quién es el director? Cuando mi papá se entere de lo que estás hablando sobre nosotros, no dudará en sacarte a patadas de aquí.

Recibo su gruñido en respuesta, pescando mi adolorido cuero cabelludo para pedirle a Emily que deje de gritar.

Es obvio que nada de lo que dije es cierto. Papá nunca utilizaría su puesto de director para beneficio propio. Aunque hubiese deseado que sucediera, pero solo porque estoy emputecida.

Alice me levanta desde la cintura y Emily agarra las manos de Leah para soltarme el pelo.

—Bella, por el amor de Dios, estoy tan orgullosa de que le pegaras a la perra de Leah pero ahora necesito que te calmes. Vamos a tener un problemón las cuatro si nos pillan.

No pasa demasiado tiempo antes de que las susodichas abandonen el lugar a regañadientes, no sin antes recibir la mirada oscura de Leah con desprecio.

Alice intenta disimular su estremecimiento al verme desde el espejo. Mi ojo derecho se ha puesto negro. No es gris ni mucho menos violeta, es negro.

Podría sentirme enfurecida o tan exaltada como para golpear mi puño contra la pared, en su lugar, me siento eufórica. Tranquila de haberme defendido, de haberme descargado de una manera que no acostumbro.

¿Eso siquiera es normal?

Por otra parte, no dejo de lamentar mi desafortunada casualidad. ¿Por qué tuve que pelearme hoy? ¿Por qué justo cuando Edward y yo quedamos de vernos después de la escuela?

Me empapo el ojo con agua como si de esa manera se quitara la hinchazón.

O el color desapareciera.


Hasta el próximo! Gracias por leer :)