Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 12
Bree y Alice me miran horrorizadas desde el espejo.
No necesito preguntarles si aquello se nota demasiado.
Bree llegó corriendo al baño a chismorrear sobre la cara arañada, el moretón en la mejilla y el labio partido de Leah Clearwater. La sorpresa se la terminó llevando ella al darse cuenta de lo sucedido. Por mucho que lo intentase, no pudo evitar sonreír orgullosa de mí por haberla callado de un golpe.
No puedo negar que también me siento orgullosa, a pesar de que no debería estarlo.
No, no debes estarlo.
No soy una matona, pero espero que Leah se lo piense dos veces antes de hablar de mí… y de mi familia.
Acelero hacia el vestíbulo con la cabeza baja.
—Lo notará —Alice dice viéndome esconder mi ojo en una mata de pelo— Dile que estábamos en clases de teatro y te tocó el papel de mapache.
Le miro escéptica.
Ella no está hablando en serio.
Nos despedimos a la salida de la escuela y hago mi camino rápido a la parte trasera del Instituto.
Edward está apoyado en la puerta de su auto en la esquina de la calle. Tomo una gran bocanada de aire, cortando la distancia que nos separa sin mirarlo. Sin embargo, no es suficiente porque de todos modos se da cuenta.
—No preguntes —soy tajante.
Subimos al auto en silencio.
Se pasa todo el camino mirándome de reojo.
Aclarando su garganta.
Sacudiendo la cabeza.
Volviendo a mirarme de reojo.
—¿Me das permiso para decir algo? —no aparta la vista de la carretera y tampoco espera a que responda— Me pregunto cómo es que quedó la otra persona.
No suena como una broma, solo lo dice.
—¿Y cómo estás tan seguro que hubo otra persona?
Levanta las cejas.
—¿Acaso te golpeaste con una pared? —ahora sí, una sonrisa pequeña ilumina su rostro— A menos que se trate de un novio que sea demasiado imbécil contigo —no digo nada a propósito— ¡¿Tienes un novio que es demasiado imbécil contigo?!
Muevo la cabeza.
—Ningún novio me golpeó, Edward —me echo a reír— Fui yo la que empezó… o algo así.
En el semáforo aprovecha para echarme un vistazo.
—¿Está todo bien?
Tal vez mi risa no sonó tan animada después de todo.
—De maravilla. Mi familia y yo seguimos siendo motivo de habladurías.
Hace caso omiso a mi sarcasmo.
—¿Llegó tu sobrino a casa?
—Nop. Mañana.
—¿Cómo estás con eso?
—Nerviosa.
Reanudamos nuestro camino, finalizando la conversación.
La ciudad se alza y estoy deseosa por llegar.
—¿Quieres hacer esto? —susurra y estoy segura que se refiere a lo que haremos hoy.
Me vuelvo sin necesidad de pensar nada.
—Lo quiero.
Edward aparca en el sitio vacío en la pequeña cancha de fútbol de Port Angeles. Es un terreno de juego con mucho tierral y gradas de pintura descascarada.
Me acerco a la valla y vagos recuerdos invaden mi cabeza de las veces que papá me trajo de niña, una o dos veces, mientras él jugaba con sus amigos.
Mis manos tocan el áspero alambrado, quedándome allí un instante.
—Mi padre solía jugar aquí también. —digo sintiendo a Edward llegar a mi lado.
—¿En serio?
Asiento.
Recuerdo a Elizabeth y a mí hacerle barra a papá cada vez que pateaba al arco.
La mano de Edward se posa en mi cara cuando he decidido que es hora de entrar. Echa un mechón de pelo detrás de mi oreja, su intensa mirada en mi ojo amoratado, el pulgar recorriendo con suavidad mi piel, todo eso me asusta. Quiero alejarme para cortar la humillación de que tenga que verme así. Pero por algún motivo se me hace difícil.
—¿Estás segura que no debo preocuparme por esto?
Deposito mi mano en la suya a regañadientes, apartándole.
—Te lo prometo. —contesto sincera— Una chica de la escuela estaba hablando mal de mi hermana y no pude controlarme. Es todo.
—¿Esa chica es idiota?
—Bastante.
Levanta ambos pulgares.
—Buen trabajo.
Sonreímos y entramos a la cancha.
Edward coge una de las pelotas viejas esparcidas por el suelo y la lanza hacia mí. Él no espera que sea rápida para atraparla entre mis manos.
Nunca he sido buena para jugar fútbol. Nunca he sido buena para el deporte en general, quitando el pedaleo.
Aun así, hago el intento de lanzarle la pelota devuelta con mi pie. Edward hace algunos trucos raros para meterla dentro del arco.
—Eso ha sido trampa. —le digo.
—Claro que no. Soy el mejor jugando a la pelota. —infla el pecho, sacudiéndose las manos.
Pongo los ojos en blanco.
—Acabas de anotar sin que haya un portero. Eso, querido amigo ¡es trampa!
Me ignora entre carcajadas, golpeando la pelota con el pie hacia mi dirección. Esta vez la maldita cosa redonda pasa de largo por mi lado.
Frustrada, la cojo y arrojo desde el aire. Edward logra atraparla sin problemas.
—Cuidado con el ojo ¿eh? Yo que tú estaría pendiente. —bromea lanzándomela devuelta. Después de patear un poco, inserto dentro del arco. — Eso ha sido suerte. Nada más que suerte. —aclara.
Le enseño la lengua.
Pasamos la siguiente hora jugando y anotando goles al azar. En algún momento de distracción aprovecho para caer de rodillas al suelo. Él se burla mientras me toma de la mano.
Soy un pez fuera del agua cuando me tiende una botella fría ya sentados en las gradas.
Mientras cierro la botella, Edward observa mi brazo derecho con atención.
—¿Qué es eso? —indica— ¿No solo se dieron de puñetazos en la cara?
Miro mi brazo.
—Ah, claro que no. —Edward se refiere a la cicatriz circular que tengo en el brazo derecho, un poco por encima de la muñeca— Es una marca que me hice de niña.
—Apuesto a que eras una diablilla.
Me rio.
—Más o menos. Fui un poco el dolor de cabeza de mis padres. —toco la cicatriz, que obviamente no duele— Mi madre dice que me colgué del columpio por alguna razón y no me fijé que había un alambrado justo en el costado. —levanto el brazo— Ya ves las consecuencias.
—Eso debió doler —hace una mueca.
Encojo los hombros.
Lo cierto es que no lo recuerdo. Supongo que era demasiado pequeña en ese entonces.
Un grupo de chicos pasa por delante de nosotros riendo a carcajadas.
Pasamos inadvertidos solo porque están lo bastante interesados en besuquearse que asegurarse de que no haya nadie en la cancha.
—¿En serio están enrollándose delante de nosotros? —pregunto haciendo una mueca.
Edward arruga la nariz, sonriendo.
—Acabas de sonar como de 80 años —le codeo divertida, y él sigue mofándose— ¿Tienes novio?
Casi me atraganto con mi propia saliva.
Esa es la última pregunta que espero que me haga.
—¿Y a qué viene eso?
—¿No puedo preguntar si lo tienes?
—Sí
—¿Sí de tienes novio?
—N-no —tartamudeo— Es decir… ya no tengo novio.
—Ya no tienes novio —repite en voz baja.
Pellizco el plástico de la botella, mordiéndome la boca.
—¿Y tú tienes novia?
Si no fuera porque él preguntó primero estaría revolcándome en el tierral por ser tan entrometida.
—No
—¿Desde cuándo?
Ahora sí, Bella, puedes revolcarte en el tierral.
Lo peor es que Edward tarda en responderme. O está demasiado pensativo para hacerlo, o demasiado nervioso para mirarme.
—Desde siempre.
Se ve avergonzado cuando sus ojos me encuentran.
—¿Desde siempre? ¿Desde siempre en el sentido de…?
—Desde siempre en el sentido de desde siempre.
Parpadeo.
—No entiendo.
¿Él está tomándome el pelo de nuevo?
—Nunca he tenido novia. —sus mejillas se ruborizan. Mierda. Él es tan adorable— Diablos ¿qué estoy diciendo?
Lo veo removerse inquieto en las gradas. No pasa mucho tiempo antes de comprender lo que acaba de decir.
No soy buena reaccionando adecuadamente.
—¡¿NUNCA HAS TENIDO NO…?!
Cubre mi boca con su mano, echándome hacia atrás en las gradas y enanchando sus ojos por llamar la atención de los chicos hormonales de la otra esquina.
—¡No grites! —me pide en un gruñido— Bella, por favor, olvida lo que te he dicho ¿sí?
Una vez que me quita la mano de la boca, estoy sentada en la orilla de la banca.
—Déjame entender esto… ¿nunca has tenido novia? ¿nunca, nunca? Es decir… ¿nunca has dado un beso?
Él se ríe.
—Sí he dado un beso, Bella. Nunca he tenido una novia oficial, esa es la diferencia.
—Oh.
—¿Qué es lo que te sorprende? —pregunta con las mejillas enrojecidas.
Sacudo los hombros.
—¿Eres de los tipos que andan con muchas mujeres sin compromiso?
Eso le hace reír tanto que tiene que apretarse el abdomen.
—No, te aseguro que no. Estoy muy lejos de serlo.
No tengo idea de cómo seguir sin meter la pata, así que opto por cambiar el tema.
—Entonces… —balanceo los pies— aquí es donde jugabas con tu abuelo.
Mentiría si dijera que la respuesta a esa pregunta en realidad me importa. No puedo quitarme de la cabeza el hecho de que Edward Masen nunca ha tenido novia.
Nunca.
Jamás.
Una novia oficial.
—Todos los fines de semana —me cuenta, de acuerdo en que cambiar el tema es la mejor idea del mundo.
—¿Te sientes extraño de estar aquí sin él? —dudo si esa sea una buena o mala pregunta.
Sin embargo, a él no le incomoda o por lo menos no lo demuestra.
—Lo es. Es muy extraño, pero se siente bien al mismo tiempo.
Estamos tan cerca el uno del otro que su nariz casi roza la mía. Su aliento se expulsa en mi rostro como una suave brisa marina. Mis ojos caen a sus labios, de pronto erizándose el vello de mis brazos. Levanto el rostro y creo que he dejado de respirar porque Edward no está mirándome a los ojos.
Me tiembla la barbilla, así que, volviéndome de pronto una cobarde, aparto la cara.
Él se mueve y gira su botella en las manos. El corazón me late con tanta fuerza que voy a desvanecerme.
—Deberíamos irnos… —le digo despacio.
Pienso que dirá algo más, pero a cambio, se pone de pie.
—Tienes razón.
No me voy a casa.
Edward me lleva a la fuente de soda donde trabaja Emmett, su amigo.
Nos sentamos junto a Rose, la misma chica de la Floristería y esposa de Emmett.
Edward me apunta con la barbilla.
—Rosalie, ella es B-
—Lo sé, lo sé —le corta— Mi memoria es buena, Eddie. La recuerdo en la tienda. O por lo menos recuerdo esos ojos… menos ese moretón, cariño. —hace una mueca de dolor, apretando mi mano— Mucho gusto, Bella. Eddie ha hablado mucho sobre ti.
Emmett pone sus brazos llenos de tatuajes encima de la mesa.
—Edward, te he dicho que controles tu fuerza —le regaña en broma— ¡Mira como le dejaste el ojo a esa pobre muchacha!
Rose le codea el brazo.
Ellos empiezan una pequeña discusión donde Rosalie termina ganando, solo porque Emmett debe volver a su trabajo. Los dos son mucho más mayores que nosotros, diría que diez o quince años más grandes.
Edward me relata un poco de cómo conoció a Emmett en la fuente de soda cuando éste llevaba poco tiempo trabajando. En aquel tiempo Edward y su familia frecuentaban el lugar los domingos al medio día, así es como los dos se hicieron amigos. La gente pensaba que eran hermanos, ya que Emmett le ayudaba en sus tareas de la escuela en la secundaria.
Después, cuando él y Rose se casaron, su amistad se hizo más fuerte, más unida.
Ellos se convirtieron en su familia sustituta.
Cuando termina su relato, se disculpa para ir al baño y Rose y yo nos quedamos a solas. Termina su cena en silencio, echándome un vistazo.
—Hace mucho que no le veía a alguien desconocido a Edward… —reconoce con una risilla— Ya sé que son amigos, por eso no voy a preguntar si tienen algo. Aunque no tiene nada de malo si tienen algo —aclara— Emmett y yo le tenemos mucho cariño a Edward. Él es un poco testarudo a veces. Pero está bien. Él se ve bien ahora ¿verdad?
Pone una mano sobre su mejilla.
—Eso creo.
—Sí —se apresura en responder— Luego del accidente de su abuelo, las cosas no han ido fáciles para él y tampoco para su madre. Y en cierto modo lo entiendo porque… ya sabes, no es fácil pensar que pudiste hacer algo para evitarlo y que crees que no hiciste —suspira— Supongo que él te ha mencionado esto ¿verdad? ¿No estoy metiendo la pata?
Niego en respuesta demasiado deprisa y somos interrumpidas por Edward, que regresa del baño. Me muevo en el asiento perseguida por su mirada, creyendo –bastante imposible- que ha escuchado todo.
Solo puedo reafirmar dos cosas:
-Rose piensa que sé algo que en verdad no sé.
-Hay más sobre la muerte de su abuelo que no me ha contado.
Comemos patatas con picante, charlamos con los chicos y sigo pensando en lo que Rose ha dicho.
—Bella ¿nos vamos? —Edward se coloca la chaqueta encima de la espalda, empujando la silla con el pie hacia la mesa.
Rose y yo nos ponemos de pie también.
—Espero que podamos vernos en otra oportunidad, Bella, querida —ella me guiña un ojo, dándome un apretado abrazo. Después, se acerca y sacude la chaqueta de Edward— Y tú, no andes tan desaparecido.
Emmett también se despide de nosotros, entonces salimos del local.
Le sigo hasta su casa sin chistar. Edward asume que quiero entrar a su casa con él y eso me pone nerviosa.
La casa está vacía. Su madre ha dejado una nota y comida fría en la nevera.
—Puedes subir, si quieres. —invita.
Lo veo sonreír mientras asiento a su sugerencia.
Subo con el corazón en la boca.
Sigue mis pasos por la escalera, su aliento filtrándose a través de mi cuello y hago lo posible para hacerme a un lado.
Debería controlar mi desorden hormonal.
—¿Quieres algo para tomar? —aun si me hice para un lado, su voz ha sonado igual de cerca.
Inhalo.
—Agua —le contesto— Agua estaría bien.
Doy una vuelta para mirarlo a la cara. Sonríe y se echa para atrás, contemplándome hasta salir de la habitación.
Muerdo fuerte mi labio inferior, controlándome a mí misma. Por esa razón caigo sentada en la cama, haciendo rebotar un cuadernillo sin querer. Lo cojo con intensión de guardarlo en su mesita de noche, pero no puedo evitar quedarme en las letras de marcador negro con rayas extrañas, llamativos dibujos… también extraños.
Tardo un par de segundos en entender un poco lo que significa el cuadernillo… y los dibujos.
No es un diario, ni un cuaderno viejo de la escuela.
Es más que eso.
¡Hola! Mil disculpas si no he actualizado. Por ahora solo lo haré una vez y no sé si cada semana. Estoy de vacaciones fuera de casa, por eso la demora.
Gracias por seguir leyéndome!
