Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Capítulo 14
No soy buena con el llanto de los bebés, y mi cabeza va a explotar.
No llora demasiado, es su presencia lo que me provocan ganas de gritar. Es el sentimiento de culpa de que él puede llorar todo lo que quiera, pero aun así su mamá no vendrá para calmarlo. Mi madre y Esme han estado turnándose para que se sienta más cómodo, algo que no han logrado con mucha facilidad; cambio de pañal, biberón tibio, arrumacos, pasearle de un cuarto a otro.
Nada de eso sirve de mucho.
—Oye, tú —Jasper pasa su índice por la parte amoratada de mi ojo— ¿Qué demonios te pasó?
Me separo de él rápidamente, dirigiéndome al espejo de la otra sala. Para mi suerte, no se ve tan mal.
—¿No es eso un moretón? —pregunta en voz alta Esme, acercándose para tomarme la cara entre sus dedos.
Cubro mi ojo con la mano, rodando el ojo bueno.
—¿Y acabas de darte cuenta? —le pregunto, recordando nuestra conversación en mi cuarto.
Mamá se ha acercado también, examinándome con preocupación.
—Yo pensé… —Esme sacude la cabeza, parpadeando— ¡Eso parecía maquillaje! ¡¿Pero quién te hizo eso?!
Solo puedo suspirar resignada, y puede que un poco aliviada de saber que papá ha tenido reunión con el personal de Instituto, porque estaría molesto conmigo si supiera mis razones. Mi explicación para él no hubiese sido razonable. O por lo menos no para mis padres. Ellos jamás apoyarían el uso de la fuerza para arreglar algo.
Y no quiero mentirles como siempre lo he hecho para evitar castigos porque, si hay algo que me he resignado a aceptar desde la partida de Elizabeth, es que ahora soy yo mi propio ejemplo.
—Leah Clearwater se ha encargado de desprestigiarnos a nosotros a su antojo. Por supuesto que eso me molestó muchísimo, entonces le golpee, ella me golpeó de vuelta y…
Mi madre pone una mano delante de mí.
—Detente —sacude su cabeza— Por todos los cielos, Bella. No puedo creer que te estés dando de golpes con la gente.
Se me infla el pecho, pero no de orgullo.
—Ella estaba siendo grosera conmigo en mi cara, mamá. No estoy dándome de golpes con la gente.
Jasper se pone detrás de mi madre para guiñarme un ojo y hacerme ver que he hecho lo correcto. Sin embargo, él no se espera que Esme se dé cuenta de ello y le palmee fuerte la mano.
—Si nosotros le hiciésemos caso a todos los comentarios de la gente de este pueblo, cariño, hace tiempo que estaríamos lejos de aquí.
Su tono irritado, me enoja.
—Entonces deberías saber que a veces la gente acaba con nuestra paciencia, o con la mía. Si crees que golpeo a la gente porque sí, quiere decir que no me conoces tan bien. Y odio cuando hablas en plural ¿sabes?
Achica sus ojos.
—No estoy hablando en plural, Bella. —suspira y acurruca al bebé en su pecho— Solo que me estoy dando cuenta que no es tarde para actuar como una madre contigo.
—¿Qué quieres decir? —aparta la vista de mí— Mamá.
Creo que odio cuando se pone en esa postura de silencio.
—Tu padre y yo íbamos a hablar contigo de todas formas, pero… —miro a Esme para darme cuenta que luce tan confundida como yo— Queremos que veas a un psicólogo. Acaba de llegar uno a Forks, por esa razón tu padre tuvo esa reunión porque estará a cargo de los problemas estudiantiles.
El calor sube a mis mejillas.
—¿Un psicólogo? ¿Y por qué iba yo a necesitar un psicólogo?
Esme le quita a mi madre el bebé que ha empezado a retorcerse en sus brazos.
—¿Es necesario que te lo explique? Hemos pasado por tanto, Bella. Y necesitas ver un especialista. El shock que ha causado la… muerte de tu hermana nos ha destrozado a todos. Eres una niña que ha estado intentando encerrar su dolor, porque ni siquiera lo demuestras a los demás, y eso no está bien.
Parpadeo tres veces, viendo a los ojos llenos de lágrimas de mi madre y comprendiendo que todo lo que me ha dicho es en serio. No hay cámaras indiscretas escondidas por la casa.
En vez de enojarme, me echo a reír.
—Todo el mundo reacciona diferente.
Mamá se acerca a mí y zarandea mis hombros.
—No estoy esperando que lo entiendas ahora. Vas a ver a ese psicólogo quieras o no. No es tema a discusión y puede que quieras gritarme ahora porque es lo que siempre haces cuando no estás de acuerdo con algo.
No le grito, como ella espera que haga. Me quito de en medio y salgo rápidamente de casa, cogiendo un abrigo del perchero.
No sé cómo reaccionar a todo esto. No lo veo como algo horrible tampoco, el tema aquí es que necesito que ellos dejen de creer que voy a romperme por cualquier cosa.
O tal vez solo temen perderme a mí también.
Me voy al correo.
No he vuelto a trabajar desde todo el rollo de Elizabeth. El señor Newton entendió mis razones de ausencia tanto como la escuela, pero no estoy segura si todavía mi puesto está esperándome vacío.
Entro al familiar vestíbulo con un poco de desconfianza. Lauren está detrás del mostrador discutiendo con alguien al teléfono. Ella mueve arriba y abajo el bolígrafo entre sus dedos, marcándosele dos líneas debajo de los ojos, como si estuviera a punto de gritonear y colgar. Apenas nota mi presencia, sus ojos se agrandan en una cálida sonrisa.
Después de unos minutos, cuelga y se aleja del mostrador.
—¡Bella! —sorprendida, sus brazos me envuelven con cariño— ¿Qué haces aquí?
El ruido y las pisadas, las sonrisas de los chicos que pasan por mi lado, todo eso extrañaba. Inclusive ver las cajas color marrón sobre la mesa de recepción, esperando ser entregadas a sus dueños.
—Bueno, me preguntaba si el señor Newton tiene unos minutos para hablar.
Lauren arregla su melena rubia, ubicándonos en las sillas de la sala de estar.
—Tienes suerte. Justo hoy ha venido temprano de casa. Puedes tocar a su puerta si quieres —sus palabras suenan tan lejanas cuando noto el periódico en la mesita de centro. El periódico con el apellido de mi familia en letras negras y cursivas de portada. Lauren se percata de ello— Nosotros solo recibimos el periódico. No pienses que es por morbosidad.
Ella se ve tan avergonzada.
—No te preocupes. —le aseguro, tratando de cambiar rápidamente de tema— ¿Crees que todavía hay un lugar para mí aquí?
Mira a su alrededor, sonriendo y encogiendo sus hombros.
—Aquí nunca hay suficiente gente, Belly.
Después de intercambiar unas cuantas palabras, Lauren regresa a su puesto mientras me dirijo a la oficina del señor Newton. La insignia con su nombre en la puerta de madera brilla más que todos los sueños que tengo para mi vida, así que aclarándome la garganta, toco dos veces para hacerme notar.
El silencio a continuación dura tanto que por un momento creo que no hay nadie, sin embargo, su voz pastosa y varonil, me invitan a pasar.
Él se sorprende de verme, como si no creyera que yo hubiese seguido en Forks en el último tiempo. Está sentado en su silla del escritorio, perfectamente vestido y el cabello corto hasta lo absurdo.
—Isabella Swan —me llama, asintiendo a su vez— que curioso tenerte por aquí. Pensé que nunca regresarías. Por favor, adelante. —parece que tuviera doce años y el director de la escuela me hubiese llamado para regañarme— He de decir también que me esperaba tu regreso en algún momento, solo que estaba esperando que tomaras la decisión.
Tomo la silla vacía y la ocupo, mirándolo de reojo.
—¿Qué quiere decir?
Mi jefe apoya los codos en la mesa, sonriéndome.
—Que tienes tu puesto, obviamente. Es por eso que vienes ¿no es así?
El tono de mi celular en el bolsillo del pantalón me hace dar un brinco. El señor Newton invita a que atienda sin problemas. Un poco avergonzada, cojo el aparato que ha dejado de sonar.
Llamada perdida de Edward Masen.
Le doy una vuelta al teléfono sintiendo el rubor en mis mejillas, entonces vuelve a vibrar.
Mierda
Tengo al señor Newton tratando de convencerme que no pasa nada si contesto frente a él. El tema es que no quiero contestar. Más bien, me da vergüenza contestar. El revoltijo de sentimientos y cosquillas que hay en mi estómago de solo imaginar la voz al otro lado del teléfono, me hace querer devolver todo lo que he comido en los últimos días.
Y es casi imposible no recordar que me he besado con Edward. Así que sí, no voy a contestarle por ese motivo.
No obstante, él parece bastante insistente, puesto que como no contesto sus llamadas, termina enviándome un mensaje.
Otro revoltijo más.
El señor Newton comienza a ordenar cosas en su escritorio en tanto yo presiono el mensaje.
Edward: Quiero creer que no estás enfadada conmigo.
Segundo mensaje.
Edward: No te enojes conmigo.
Aprovechando la distracción, escribo una respuesta.
Bella: No lo estoy, pero… ¿podemos dejarlo ya?
No pasa mucho antes de recibir algo de regreso.
Edward: Esto es incómodo ¿verdad?
Bella: Ni te imaginas.
Edward: Lo sé.
El señor Newton me deja recomenzar hoy mismo. Con todo lo de mi madre, no estoy dispuesta a regresar a casa para discutir más. Eso sumado a papá, las cosas pueden terminar yéndose para otro lado y no quiero seguir malgastándome. Ellos creen que estoy loca, así que independiente de las excusas que dé, ellos van a seguir creyendo que algo va mal en mí, y las cartas son una buena distracción.
Tampoco es fácil. Volver a usar la bicicleta y el casco es como volver atrás, como cuando todo era "casi" normal. Tener que ver a la misma gente de siempre, ser amable y cortés con las mismas personas que tienen entre ceja y ceja la noticia fatídica que involucra a mi familia.
Estoy cansándome de la cortesía.
Y la cortesía está en extinción, por cierto.
—Puedes tener una hora de almuerzo, pero asegúrate de regresar a la hora indicada.
Doblo en la siguiente esquina, justo para ver a Bree dar un salto.
—¿Una hora? ¡Mamá! ¡Eso es sobrexplotación! ¡No parece que fuese tu hija!
La señora Tanner rueda los ojos y le entrega las llaves del carro a Bree, que sigue despotricando en su contra.
—Déjate de quejas y ayúdame. No estamos en nuestro mejor momento y no pienso perder clientes. —entonces, la señora Tanner recae en mí— Bella, cariño. Estoy segura que tú piensas como yo.
Realmente, yo no voy a decirle que en este minuto estoy odiando todo lo que tenga que ver con las decisiones de los padres.
Bree me lanza una mirada de ayuda, pero no digo nada. La señora Tanner le da unas últimas indicaciones antes de marcharse por la avenida.
—Mamá se aprovecha de que no puedo demandarle por incumplimiento laboral. —se queja, traqueteando el pie contra el suelo. De pronto, sus ojos me dirigen una cálida mirada— ¡Oye! Haz vuelto a trabajar.
Empujo la bicicleta, presionándola contra la puerta.
—Sí. —respondo suspirando— Ya era hora ¿no crees?
La cálida mirada de Bree desaparece para fruncir el entrecejo.
—No pareces estar bien. Y no lo digo por tu atrayente ojo negro.
Me llevo una mano a la cara.
—No está tan mal, no te pongas como mi madre.
Aquella respuesta es suficiente para que lo comprenda.
—Oh, ya veo. Has discutido con tu madre ¿verdad? ¿Cuánto de castigo esta vez?
Sacudo la cabeza, cruzando los brazos.
—Psicólogo.
—¡Qué! —exclama— ¿Estás de broma?
—No. Se veía bastante segura d- —corto la frase mientras mis mejillas se ruborizan.
Por un momento lo único que puedo pensar es que el tipo de la esquina es demasiado parecido a Edward, aunque luego mis sentidos me cercioran que es él acercándose a nosotras.
Voy a tomar la bicicleta para irme, pero no llego a ese límite de la cobardía.
Y luego está el hecho de que Bree me da un codazo con tanta fuerza que pierdo el equilibrio.
Creo que ella está juntándose mucho con Alice.
—¡Bella! —susurra Bree entre dientes.
—Lo sé —le susurro de la misma manera.
Edward llega hasta nosotras con una bolsa blanca de la tienda de abarrotes, que por cierto es la competencia de la tienda de abarrotes de los Tanner. Bree estaría ofendida si no notara que estamos todos incómodos.
—¿Qué tal, Edward? —Bree saluda y olvido que se conocieron el día en que tuve mi ataque de pánico.
Él tiene que haber respondido a su saludo porque está mirándome ahora.
—¿Podemos hablar?
Bree aclara su garganta:
—Eh… Los dejo, chicos. Mi madre ha decidido ejercer de madrastra de la nada y darme una hora de colación sin derecho a reclamos, así que… ¡nos vemos luego!
No alcanzo a agarrarla de la muñeca.
Reúno el manojo de nervios, obligándome a serenar de pronto a este desbocado corazón. Si con solo hacerme a la idea de mirarlo a los ojos fuese demasiado para mí. De pronto, todo se vuelve rojo.
No de ira, no de enojo.
Nervios.
Le señalo la bicicleta.
—Estoy trabajando. ¿Podemos más tarde? —no obtengo respuesta— Te llamo… lo prometo.
Sigue sin haber respuesta, entonces decido moverme porque tengo que hacerlo. Cuando he agarrado el mango de la bici, soy interceptada por él, porque me agarra del codo.
—¿Bella?
Y luego está cerca, muy cerca. No tengo escapatoria, vamos a besarnos de nuevo. No tengo la fuerza para alejarme tampoco. De repente la situación no es absurda, de repente quiero besarle.
Su nariz casi está tocando la mía. Su respiración se ha vuelto acelerada, mis labios se secan, Edward se lame los suyos.
Doy el primer paso. Sí. Yo, quién quería mantenerse más lejos, da el primer paso. Me pongo de cuclillas y enredo sus labios en los míos. Mis brazos se han envuelto alrededor de su cuello, mis pies abandonan el suelo porque Edward me mantiene con sus brazos en el aire. Su lengua rápidamente hace contacto en mi boca y es tan dulce que deslizo la mía con descaro. Estamos así, y se siente tan bien.
Después de lo que parece una sesión completa de besos, me separo. Pero no demasiado. Puedo traspasar sus ojos, puedo sentir aún su boca caliente sobre la mía, rozándonos, descubriendo esto que de pronto es demasiado evidente.
Edward tiene su mano sobre mi barbilla, atento a cualquier movimiento.
—Bueno, esto es lo último que pensé que haríamos —confiesa.
Le sonrío, escondiendo mi cara en su pecho.
—Lo sé.
—Bella ¿qué es esto?
Encojo los hombros.
—No lo sé.
Me mantiene en sus brazos, sujetándome fuerte mientras mi cabeza sigue en su pecho.
—Esto no lo hacen los amigos normales.
Me rio.
—¿Siquiera somos normales?
Ahora es su turno para reír.
—No —me aparto a regañadientes y él se asegura de arreglarme el cabello de la cara— Esto es tan raro, Bella. Y tú me gustas mucho.
—Sí… creo que… tú me gustas también. No, espera. No es que lo crea, estoy segura, de otro modo no te hubiese besado ¿no? Estoy como divagando mucho.
—Sí, mejor cállate.
—Está bien. —mi cara enrojece— No quiero que esto sea más incómodo de lo que es.
Edward echa el labio hacia abajo, como si no estuviese de acuerdo.
—Yo quiero seguir besándote… mucho.
Le pego en el brazo.
—Edward, hablo en serio.
—¿Y quién dice que no hablo en serio?
Le doy un mordisco a mi lengua.
—Ya, yo igual quiero, pero… recuerda nuestro trato. Somos amigos, estamos haciendo todo esto por tu abuelo y mi hermana, no podemos solo arruinarlo porque nos confundimos. Yo quiero seguir el plan.
Se acerca y me agarra de los hombros suavemente.
—Tranquila, Bella, no pensaba pedirte matrimonio.
Le vuelvo a pegar en el brazo.
—Chistosito. Oye, necesito seguir trabajando.
Me acerco a la bici de nuevo, pero Edward me vuelve a interceptar.
—¿Entonces qué? No somos novios, pero tampoco somos amigos normales.
Se ve tan confundido, que me echo a reír. Eso le confunde más. Me inclino para tomar su barbilla y darle un pico.
—Ya está, señor amigo con derechos y deberes.
—¿Qué? ¿Deberes?
—Sip. Mañana en Port Angeles. En la tienda de vestidos.
—¿Tienda de vestidos? ¿Estás loca?
—¡Oye! —regaño— Es mi turno esta vez. Ahora vete y déjame trabajar.
Hago sonar la alarma a la bicicleta y me alejo, dejándole solo en medio de la calle.
Sonrío.
Una carta sobresale del canasto de la bicicleta y las letras cursivas llaman mi atención. No porque sean cursivas, sino porque dicen mi nombre.
Para: Bella.
Lo cojo, silenciosamente quitándole la pegatina. Ni siquiera recuerdo haber dejado ese sobre allí antes.
Lo abro y solo hay una frase que me deja con la piel de gallina.
Yo sé quién mató a tu hermana.
Después de mil años vengo con capi nuevo... mil disculpas.
Gracias por seguir aquí
Hasta el próximo!
